La Naturaleza de la Judeofobia
Por: Gustavo
Perednik
"La
Naturaleza de la Judeofobia" explora las raíces del odio antijudío y su
desarrollo hasta la era actual, analizando la imagen del judío en diferentes
períodos, a través de mitos, ensayos y obras literarias. Las clases enfocan las
principales expresiones de la judeofobia, y el modo en que se justificó en
diversas épocas. Finalmente, se exponen hipótesis varias acerca de las causas
del fenómeno.
Dedicamos las últimas dos lecciones a
dos modelos de la judeofobia moderna, Francia y Alemania. Ahora pasaremos al
tercer paradigma, el conspiracional. Hemos dicho que en la época moderna, el
país con más libelos de sangre fue Rusia, donde el agravante adicional fue que,
en contraste con los papas y monarcas de Occidente, los zares estimularon la
calumnia.
El primer caso ruso ocurrió en Senno en
1799, cuando antes de la Pascua cuatro judíos fueron arrestados debido al hallazgo
de un cadáver. Ese año se solicitó al poeta Gabriel Derzhavin que investigara.
Su Opinión elevada al zar acerca de la organización del status de los judíos
de Rusia denunció el "parasitismo económico" y que "en estas
comunidades se hallan personas que perpetran el crimen, o que por lo menos
protegen a quienes lo perpetran, de derramar sangre cristiana, de lo que los
judíos fueron sospechosos en varias épocas en distintos países. Si bien
considero que tales crímenes en la antigüedad fueron cometidos por fanáticos
ignorantes, creo apropiado no pasarlos por alto".
Con este sello semioficial, el zar
Alejandro I dio instrucciones para que el libelo fuera revivido en Velizh, en
donde el juicio duró diez años. Y aunque los judíos probaron finalmente su inocencia,
el mero debate público bastó para que el siguiente zar Nicolás I se negara a
firmar una circular de 1817 que requería no incriminar a judíos sin evidencias.
La judeofobia se exacerbaba mientras duraban esos procesos, cualesquiera fueran
los veredictos.
Libelos en Kovno, Zaslav, Volhynia,
Saratov, etc., llevaron a que en 1855 se designara otro comité investigador.
Una vez más sus conclusiones fueron categóricas: no había ninguna evidencia
para acusar a los judíos. Y sin embargo, la noticia del asesinato ritual se
difundía sin pausa y "expertos" en el tema publicaban libros que
"describían los modos" en que la sangre cristiana se utilizaba
(ejemplos de libelistas en Rusia fueron Lutostansky y Pranatis, fuera de ella
Desportes y Cholewa).
Después de la partición de Polonia a
fines del siglo XVIII, el mayor bloque de israelitas quedó bajo dominio ruso;
durante el siglo XIX la mitad de los judíos del mundo vivían en Rusia
(aproximadamente cinco de los diez millones). La judeofobia se intensificaba
agravada por los sucesivos juicios de asesinato ritual.
Los judíos tenían prohibido residir
fuera de la Zona de Residencia (Catalina II había formulado una
invitación a los extranjeros para que se radicaran en el país, pero explicitó:
"todos, excepto los judíos". También la emperatriz Elizabeth, cuando
le solicitaron la admisión de judíos con propósitos comerciales había
replicado: "No acepto beneficios de los enemigos de Cristo").
Con todo, las peores víctimas de la
judeofobia zarista fueron los niños. La causa principal fue un sistema de
reclutamiento de judíos, promulgado en 1827, conocido como Cantonismo.
La ley establecía que la edad de conscripción obligatoria serían los doce (12)
años, bajo el pretexto de excluir a quienes sostenían a sus familias. El objetivo
lo aclaraba la propia ley, al fijar que "los menores judíos serán
colocados en establecimientos de entrenamiento preparatorio para servir en el
ejército del zar por veinticinco años durante los cuales serán guiados a fin de
aceptar el cristianismo". Los niños así reclutados se llamaban cantonistas
("cantones" eran las barracas de entrenamiento) y se los disciplinaba
bajo amenaza de hambre y castigos corporales.
Sobre los hombros de los líderes
comunitarios judíos se depositaba la responsabilidad de alcanzar altos cupos de
adolescentes. Estos provenían de los hogares más pobres, de los que eran
arrancados para siempre. Cada comunidad se veía en la obligación de recurrir a
bravucones llamados jpers ("secuestradores" en idioma ídish)
que arrebataban a los niños ante los gritos de padres y vecinos. Desde los ocho
(8) años de edad, los niños eran aprisionados en el edificio de la comunidad y
de allí los retiraba el ejército. El sistema se hizo más riguroso durante la
Guerra de Crimea (1854) cuando la cuota se fijó en treinta conscriptos por cada
mil judíos, y las bandas de jápers acechaban para cazar a sus víctimas.
De la Zona de Residencia, los
niños eran transferidos hasta Siberia, en viaje de varias semanas. El pensador
ruso Alexander Herzen registró su encuentro con un convoy de cantonistas en
1835, y la explicación que recibió del oficial a cargo: "un muchachito
judío es una criatura debilucha y frágil... no está habituado a marchar en
ciénagas por diez horas diarias, ni a comer galleta entre gente extraña, sin
madre ni padre que lo mimen; por ende tosen y tosen hasta que se tosen ellos
mismos a la tumba... Ni la mitad llegará a destino; mueren así nomás como
moscas... Ya dejamos un tercio en el camino" dijo, señalando la tierra.
Durante las tres décadas en que hubo
cantonismo, cuarenta mil niños judíos fueron reclutados. El nombre bíblico Be-emek
Ha-Bajá, En el Valle de Lágrimas, que mencionamos hace tres clases,
también fue el título de una novela del escritor ídish Mendele Mojer Sforim (m.
1917), en la que se narra ese horror (Peretz Smolenskin y otros escritores
también incluyeron páginas escalofriantes sobre el tema).
Una vez en las barracas, los niños que
sobrevivían eran entregados a sargentos que habían sido entrenados para
"influir" en la religión de los mancebos. Los "educadores"
usaban hambre, privación de sueño, azotes y varios otros tormentos hasta que se
alcanzaba el bautismo, o la muerte. Después de la ceremonia, los jovencitos
debían cambiar sus nombres, eran registrados como hijos de padrinos designados,
y comenzaban el entrenamiento propiamente dicho. Sus nuevos camaradas
frecuentemente les hacían recordar su origen judío por medio del maltrato y la
humillación. El zar Nicolás I definía el cantonismo como "el método para
corregir a los judíos del reino".
Un efecto colateral del sistema fue que
muchos padres optaban (aunque reticentemente) por enviar a sus hijos a escuelas
públicas o a colonias agrícolas, ya que así se los eximía de la conscripción.
Por ello éstas pasaron a ser financiadas por el impuesto de vela, un
gravamen sobre las velas para rituales judíos, tales como recordatorios y
casamientos.
El Baile Y Su Fin
La deplorable situación de los judíos
de Rusia hizo que creyeran que un zar con nuevas ideas personificaría un
promisorio amanecer. Alejandro II es todavía llamado el Zar Libertador
en la historiografía rusa, debido a su política liberal, la Era de las
Grandes Reformas. En lo que se refiere a los judíos, el cantonismo fue
abolido y la Zona de Residencia mitigada. Como escribe Jaim Potock en su
historia de los judíos, los iluministas judíos en Rusia supusieron que
comenzaba la Emancipación según el modelo occidental "y el baile
comenzó". Pero no calcularon que el proceso liberador desataría un
violento contragolpe.
Ya avanzados en el curso de judeofobia,
podemos prever lo que ocurrió: como en Francia y Alemania, los judíos
ingresaron en las artes y el periodismo, fueron abogados y dramaturgos,
críticos y compositores, pintores y poetas. De súbito se los percibió notorios
y ubicuos en la vida política y cultural del país. Y no a todos los gentiles
los entusiasmó esta repentina participación judía en la vida de la patria.
Estereotipos judíos repulsivos comenzaron a aparecer en las obras de Lermontov,
Gogol y Pushkin. Dostoievsky fue más lejos y en La Cuestión Judía (1873)
justificó la repulsa, acusando a los judíos de "explotadores, chupasangres
de la población que los rodea, en especial de los pobres e ignorantes
campesinos... Los rusos, ciudadanos del único país donde el cristianismo es aún
fuerza dominante, son considerados por los judíos como bestias de carga".
Para él, los judíos, sentados sobre sus bolsas de oro, tramaban contra Rusia
desde el Oeste.
Pero el baile continuaba. La prensa y
la literatura judía florecieron, especialmente en hebreo y en ídish; también en
ruso. Zvi Dainow publicó en hebreo un sermón en honor del zar, y Lev Levanda
llamaba a los judíos a "despertar bajo el cetro de Alejandro II". Y
de golpe se apagaron las luces.
El 31 de marzo de 1881 fue una de las
fecmás fatídicas de la historia judía. Marcó el mayor éxodo de judíos de la
historia, cuando dos millones de ellos establecieron las comunidades judías de
los EE.UU., de Latinoamérica, y de la Tierra de Israel.
El asesinato de Alejandro II, fue el
trampolín para una furibunda reacción judeofóbica, so pretexto de que en la
célula revolucionaria que asesinó al zar había una joven judía. El nuevo y
precario régimen convocó a las masas culpando a "los judíos" del
regicidio. Las viejas formas de la judeofobia rusa (Zona de Residencia,
cantonismo, etc.) fueron reemplazadas a partir de Alejandro III por otras más
temibles aún, como los pogroms ("embestida" en ruso) que eran
ataques del populacho contra la población indefensa, con saqueos, incendios,
violaciones y asesinatos.
El bao de sangre inspirado por el
gobierno ocurrió en tres olas de furor creciente, y dejó decenas de miles de
muertos, e incontables mutilados y heridos. El primero de los pogroms tuvo
lugar en abril de 1881 en Yelizavetgrad. El nuevo ministro de interior, conde
Nicolás Ignatiev, los denominó "actos de justicia espontánea del pueblo
ruso explotado".
Por un lado, los grupos revolucionarios
redoblaron su accionar; por el otro, surgieron organizaciones
ultraconservadoras para combatirlos, y para que se revirtiera la liberalización
de Alejandro II. Entre ellas la Liga Sagrada, la Unión del Pueblo
Ruso, las Centurias Negras, la Nobleza Unificada. Su lema era
"Golpea al judío y salva a Rusia". En cuanto a los bolcheviques y
anarquistas, muchos aceptaron los pogroms, en los que veían un medio para
despertar al pueblo, que eventualmente se volcaría contra el régimen. Su lema
revolucionario era "Golpea a la burguesía y al judío!"
Ignatiev informó al zar acerca de la
violencia desatada: "durante los últimos veinte años -escribe- los judíos
gradualmente ganaron el comercio y la industria... hicieron todos los esfuerzos
para explotar a la población general... Así han fomentado una ola de protesta,
que cobró la infortunada forma de violencia... La justicia exige normas severas
que alteren las relaciones entre los habitantes generales y los judíos, y
protejan a los primeros de la dañina actividad de los últimos".
Estas "normas severas" fueron
conocidas como las Leyes de Mayo, decretos "temporarios" que
se aplicaron a los judíos hasta la revolución de 1917, y que les prohibían
residir fuera de ciertas ciudades y aldeas (cien en total) y cancelaban todo
contrato de compraventa con judíos en las áreas prohibidas. De este modo los
comerciantes rurales se libraron de la competencia de sus colegas judíos, y los
policías fueron dotados de un instrumento permanente de extorsión y maltrato a
los judíos que aún vivían en regiones vedadas.
Gracias a presión internacional, un
decreto proyectado fue abortado: la expulsión de todos los judíos a las
planicies de Asia Central. Pero una restricción que sí se agregó en la nueva
Rusia fue el Numerus Clausus ("números cerrados") para
estudiantes judíos (esta práctica restrictiva prevaleció en muchos países,
incluso en los EE.UU.). En julio de 1887 el Ministerio de Educación estipuló
para los establecimientos secundarios y terciarios, un tope de 10% de judíos en
las ciudades de la Zona de Residencia, 5% afuera de ella, y 3% en Moscú y
Petersburgo. A veces estos topes incluían aun a judíos que se habían convertido
al cristianismo.
Uno de los propulsores de estas
restricciones fue el conde Constantino Pobedonostev, cuyo cargo era similar al
de un ministro de religión. Como opinaba que los judíos tenían más talento que
los rusos, temía que los dominaran. Por ello bregaba por la total rusificación
y vaticinó el destino de los judíos de Rusia: "Un tercio morirá, un tercio
emigrará y un tercio se asimilará".
Además de lo antedicho, la faceta de la
judeofobia rusa que tuvo mayor influencia a largo plazo fue su modo de
justificarse. La Ojrana, policía secreta del zar, procuraba explicar
ideológicamente sus acciones por medio de un libro actualizara la vieja
tradición demonológica. Había buenos precedentes.
El primero de ellos, según vimos, era
la obra en cinco tomos del abate Barruel (el mismo que frustró el Sanhedrín
de Napoleón) en la que mostraba la detestada Revolución Francesa como la
culminación de una milenaria conspiración secreta. Tres libros que emparentaban
la conspiración con los judíos aparecieron en 1869: uno alemán (El discurso
del rabino de Hermann Goedsche), uno francés (El judío, el judaísmo y la
judaización de los pueblos cristianos de Gougenot de Mousseaux, quien
recibió "por su coraje" la bendición papal de Pío IX), y uno ruso (El
libro del Kahal de Jacob Branfman).
También se citaba una fuente inglesa,
que no surgía de textos judeofóbicos sino de una travesura literaria. Me
refiero a Coningsby, la novela de Benjamín Disraeli publicada en 1844.
En un párrafo el rico y aristocrático judío Sidonia refiere cómo durante sus
travesías por Europa en busca de un préstamo, comprobaba que en cada país el
ministro al que entrevistaba, era indefectiblemente judío. Y concluye con el
siguiente comentario: "Ya ves, entonces, mi querido Coningsby, que el
mundo está gobernado por personajes muy diferentes de los que imaginan quienes
no están detrás del escenario" (capítulo XV del libro tercero). ¡Y esto
había salido de la pluma de un judío que llegó a ser Primer Ministro! (Innecesario
aclarar que quienes lo citaban para "demostrar el poder de los
judíos" salteaban el hecho de que los varios ministros mencionados en la
novela en rigor no eran judíos).
El mito reaparece hacia 1850 en muchos
diarios alemanes que buscaban misteriosas raíces para la revolución de 1848. En
la novela Biarritz de Goedsche, el capítulo En el cementerio judío de
Praga refiere una reunión secreta nocturna durante la Fiesta de los
Tabernáculos, en la que los delegados de las doce tribus de Israel planeaban
una vez por siglo la toma del planeta.
Otra publicación en alemán, que para
1875 ya iba por la séptima edición, fue La conquista del mundo por los
judíos, de un tal Millinger (alias Osman-Bey). Allí se señalaba como fuente
del mal a la Alliance Israélite Universelle (aunque fundada en 1860, se
la presentaba tan antigua como los judíos) y se auguraba que "En un mundo
sin judíos las guerras serán menos frecuentes porque nadie lanzará a una nación
contra la otra; cesarán el odio entre las clases y las revoluciones, porque los
únicos capitales serán nacionales que jamás explotan a nadie... Tendremos ante
nosotros la Edad de Oro, el ideal del progreso en sí. ¡Arrojad a los judíos al
Africa! ¡Viva el principio de las nacionalidades y de las razas! ¡La Alliance
Israélite Universelle sólo puede ser destruida mediante el exterminio total
de la raza judía!".
Como varios señalaban a la Alliance
de París como centro de la confabulación, allí fue donde la Ojrana
(policía política del zar) instaló al agente Orgeyevsky con el objeto de
"documentar" las siniestras actividades judías. El ministro Peter
Stolypin descartó varias propuestas por "propaganda inadmisible para el
gobierno", pero terminaron por aceptar un panfleto del místico Sergei
Nilus, escrito por 1902.
El libro supuestamente contenía los
"verdaderos" protocolos del congreso efectuado en Basilea (Suiza) un
lustro antes (el Primer Congreso Sionista Mundial) que, aunque supuestamente
había fingido el objetivo de establecer un hogar nacional para los judíos, en
realidad se había convocado para un plan de dominación mundial. En dichos Protocolos
de los Sabios de Sin, rabinos y líderes expresan sin vueltas su sed de
sangre, maquinaciones y ansias de poder. La historia completa de cómo se fraguó
el libro fue explicada por Norman Cohn en El mito de los Sabios de Sión
(1967).
Durante los primeros tres lustros los Protocolos
tuvieron poca influencia. Luego los rusos, motivados por un artículo publicado
en el Morning Post de Londres (7/8/1917) que sugería la existencia de un
gobierno judío secreto e internacional, decidieron enviar copias de los Protocolos
a numerosos diarios europeos para "corroborar" la hipótesis.
El éxito de la patraña no tuvo
precedentes. Millones de ejemplares se vendieron en más veinte idiomas. En los
EE.UU. su gran mentor fue el magnate del automóvil, Henry Ford, quien durante
los años veinte difundió la mentira en su diario The Dearborn Independent.
También The Spectator londinense requirió en 1920 que se designara una
Comisión Real para revisar si existía una confabulación judía internacional
para destruir el cristianismo. De ser probada su existencia, "se
justificará nuestra cautela para admitir judíos a la ciudadanía... Debemos
arrastrar a los conspiradores a la luz, y mostrarle al mundo cuán malvada es esta
plaga social".
¿Suena al Sínodo de Conversos del año
1235? ¿Beben los judíos sangre cristiana? ¿Nos dominan secretamente? La
Comisión Real nunca fue erigida, gracias a que un corresponsal del diario The
Times, Philip Graves, descubrió casualmente la novela en base de la cual se
habían fraguado los Protocolos. Era una sátira contra Napoleón III
escrita medio siglo antes (en 1865), Diálogos en el infierno de Maurice
Joly, en la que los franceses (no los judíos) acumulaban poder. De 2.560
renglones, 1.040 habían sido copiados literalmente por Nilus, palabra por
palabra. El editorial del Times del 18 de agosto de 1921 fue una
resonante admisión del macabro error. Los Protocolos eran falsos y la
conspiración judía mundial un nuevo mito judeofóbico.
Pero tal como había sucedido con el
libelo de sangre, el hecho de que la patraña fuera racionalmente desenmascarada
no disminuyó el odio. Los Protocolos siguieron difundiéndose y
creyéndose como ninguna obra anterior. Aun en 1992 salió en primera página del
diario Sovetskaia Rossiia una serie de artículos de Yoann (Metropolitano
Ortodoxo Ruso de Petersburgo) que denunciaba con los Protocolos un
complot judío del que Rusia era el primer blanco.
Nueva Esperanza, Nueva Frustración
Otra vez el déja vu. Nos hace
recordar las esperanzas que despertó el iluminismo después de siglos de
judeofobia cristiana. ¿Qué vemos ahora en el horizonte? Parece nuevamente la
salvación de los judíos de los mitos acumulados, de la discriminación y el
desprecio, las mentiras y leyendas. Es la Rusia del siglo XX en cuyo aire
flotan racionalismo y socialismo, en la que los revolucionarios que luchan por
la igualdad se mofan de las supersticiones del pasado y planifican la religión
de la razón en un mundo de confraternidad. La revolución bolchevique pondría
fin a la discriminación y la violencia de los zares... Pero oh sorpresa, muchos
de sus portaestandartes mostraron ser ellos mismos judeófobos.
Entre ellos, los teóricos del
anarquismo, quienes propugnaban la destrucción de todo el viejo régimen, salvo
una parte. Así escribía en 1847 el francés Pierre Proudhon acerca de los
judíos: "Esta raza lo envenena todo al entrometerse por doquier. Exigid su
expulsión de Francia, a excepción de los hombres casados con mujeres francesas.
Prohibid las sinagogas, no los admitáis en ningún empleo, procurad la abolición
final de esta secta... El judío es el enemigo de la raza humana. Uno debe
devolver esta raza al Asia o exterminarla... Por fuego o expulsión el judío
debe desaparecer... Lo que los pueblos de la Edad Media detestaban por
instinto, yo detesto por reflexión, y de modo irrevocable".
El principal teórico de la revolución,
Carlos Marx, nació judío y fue bautizado a los seis años por su padre,
Hirschel, hijo, yerno y hermano de rabinos, y descendiente de sabios
talmúdicos. Hirschel cambió su nombre por Heinrich y se hizo protestante cuando
un edicto prusiano de 1817 prohibió a los judíos ejercer la abogacía (fue uno
de los miles a los que nos referimos, que se convirtieron al cristianismo con
la reversión post-napoleónica de la Emancipación).
El primer ensayo de Carlos Marx, La
Cuestión Judía (1844) fue en respuesta a Bruno Bauer, quien había
condicionado la Emancipación de los judíos a que éstos abjuraran de su
religión. Para Marx ni la apostasía era suficiente: "La nacionalidad
quimérica del judío es la del comerciante... La base secular del judaísmo es la
necesidad práctica, el interés propio. ¿Cuál es el culto mundano del judío? El
chalaneo. ¿Cuál es su dios mundano? El dinero. La sociedad burguesa crea
continuamente judíos... La emancipación del chalaneo y del dinero, y
consecuentemente del judaísmo real, será la autoemancipación de nuestra
era". La emancipación humana es, en el libro de Marx, un sinónimo de la
abolición del judaísmo.
Hemos trazado dos contrastes. Uno, el
del enciclopedismo con el contexto medieval del que provenía; otro, el del
socialismo con su telón de fondo zarista. La pregunta es por qué estos dos
movimientos basados en el racionalismo y la confraternidad estuvieron infestados
de la judeofobia que caracterizaba el viejo orden. Aparentemente, las
sociedades europeas estaban tan saturadas por siglos de odio antijudío, que
fueron incapaces de producir un iluminismo o un socialismo libres del mal.
En un abarcador estudio, el historiador
Zosa Szajkowski no pudo encontrar una sola palabra en defensa de los judíos en
la literatura socialista francesa entre 1820 y 1920, aun cuando la mitad de ese
lapso estuvo repleta de seiscientos pogroms. Como ejemplos de la judeofobia
izquierdista, mencionamos a Toussenel, Fourier y Proudhon. Saint-Simon es la
notable excepción. En cuanto a Marx, a partir de sus escritos y biografía,
podemos reflexionar acerca de cuatro aspectos de la judeofobia, a saber:
A) Los judeófobos inflan la importancia
de los judíos de los que disgustan, y enfatizan su judeidad aun cuando sea
virtualmente inexistente. Así, para los nazis el comunismo era una ideología
judía. Y dentro de la izquierda, el anarquista Mikhail Bakunin (quien
consideraba a los judíos "una nación de explotadores") llamaba a Marx
"un Moisés moderno". Por el contrario, cuando hay judíos importantes
para su causa, los judeófobos se esmeran en empañar la judeidad. Así, el origen
judío de Marx fue soslayado por los regímenes comunistas. En la edición de 1952
de la Enciclopedia Soviética se omitió toda mención al respecto.
B) Como los judíos eran acusados desde
los dos flancos del espectro político con argumentos contradictorios, no tenían
ninguna posibilidad de salir airosos de la acusación (como cuando se les
censura a un tiempo el ser avaros y ostentosos, o entrometidos y muy cerrados).
A pesar de su sufrimiento bajo los estados cristianos, los judíos fueron
ulteriormente vistos por muchos librepensadores como el germen del
cristianismo. Del mismo modo, la judeofobia de Marx y los marxistas no disuadió
a los judeófobos anticomunistas de acusar a "los judíos" de haber
creado el marxismo. Por esta razón, durante la guerra civil que siguió a la
revolución bolchevique, las bandas de combatientes anticomunistas en Ucrania
asesinaron a cincuenta mil judíos inocentes que residían en Ucrania.
C) Otro rasgo típicamente judeofóbico
de Marx fue pasar por alto tanto el sufrimiento de los judíos como la
existencia del odio antijudío en su época. Su antagonismo hacia los judíos se
expresó en sus ensayos como en su correspondencia privada. Nunca tuvo una
palabra de solidaridad para las víctimas de los pogroms, cuya inmigración a
Londres comenzó mientras Marx vivía allí. Este "humanismo selectivo"
es una característica de los judeófobos de izquierda, judíos y no-judíos por
igual. En 1891 la reunión de la Segunda Internacional Socialista en Bruselas
(que incluyó a muchos delegados judíos) rechazó una moción de condena a la
creciente judeofobia. Cuando queramos desenmascarar tendencias judeofóbicas,
debemos preguntar al sospechoso si la judeofobia realmente existe en el
presente. Una respuesta negativa sería muy elocuente.
D) Marx también ejemplifica un fenómeno
que exacerba la judeofobia: el que dio en llamarse judío ajudaico (como
en el título del libro de Isaac Deutscher publicado de 1968, un año después de
su muerte. El judío ajudaico es un revolucionario radical quien, aunque no
tiene conexión alguna con el judaísmo, es percibido como "el judío"
por la sociedad que aspira a destruir. El judío ajudaico simpatiza con todo
perseguido, siempre y cuando no sea judío. Así lo definía Rosa
Luxemburgo en una carta de 1916: "¿Para qué vienes a mí con tus penas
judías? Me sicerca de las desdichadas víctimas de las de las plantaciones de
caucho en Putumayo, o de los negros del Africa con cuyos cuerpos los europeos
juegan a la pelota... No tengo un rincón para el ghetto reservado en mi
corazón: me siento en mi hogar en todo el mundo, doquiera que haya nube, y
pájaros y lágrimas humanas". En retrospectiva, esos judíos del ghetto en
1916 habrían gustosamente cambiado su destino con los trabajadores brasileños o
africanos. Pero como lo dijera Irving Howe "aún en el más cálido de los
corazones hay un lugar frío para los judíos".
En cuanto a los seguidores de Marx en
la Rusia comunista, estudiaremos su judeofobia en nuestra próxima clase.
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