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martes, 9 de junio de 2026

LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA John Flanders

 




LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA

 

John Flanders

 

Los viejos londinenses que quieren mandarle a uno al diablo cortésmente, dicen:

-¡Váyase a Berdmonsey!

Con una parte de la población de Kent, de Surrey y de Middlesex, las gentes de Berdmonsey forman la clase estúpida de Londres. Se caracterizan por una gran facilidad para la resignación.

-No somos malos, pero tenéis que aceptarnos tal como somos -declaran, sonriendo de un modo que obliga a perdonarles su falta de seso.

También Horace Hyslop era un pobre imbécil. No sólo porque había nacido en aquel barrio, porque vivía en él y pensaba acabar en él sus días, sino sobre todo porque era un solterón impenitente. Y ello a pesar de las rubias de ojos azules de Berdmonsey, muchachas que sin duda no brillaban tampoco por su inteligencia, pero que eran bonitas.

Para dirigirse desde la Abbey Street a Dockhead hay que atravesar todo un laberinto de callejones de muy mala fama. En una de ellas tenía su tienda de comestible Horace Hyslop.

Era una tienda sin pretensiones, pero en ella podía adquirirse a precios razonables todo lo que era útil o comestible: salmón salado o cordones de zapatos, bizcochos azucarados o pinceles de todas clases, papel matamoscas u hojas de afeitar baratas…

Cuando empieza esta sombría historia, M. Horace había sobrepasado ampliamente el medio siglo. Sus cabellos adquirían el color del viejo pergamino, y unos filamentos blancos como la nieve plateaban ya su barba. Tenía los ojos bondadosos de un fiel setter escocés y una nariz achatada, cuyo color rojizo daba lugar a unas declaraciones escépticas acerca de la sobriedad de su propietario.

Sin embargo, aquellas acusaciones no podían ser más injustas, ya que M. Hyslop sólo tomaba, por la noche, un modesto ponche compuesto de azúcar, mucha agua caliente y muy poco ron.

Una vez por semana, no obstante, se permitía un pequeño extraordinario en el figón de Abe Grummer, donde los diversos platos y bebidas eran alabados por medio de versos perfectamente rimados, como:

«Hasta los niños de teta conocen nuestras croquetas.»

O:

«En casa de Abe, en la esquina, el mejor vino se empina.»

Al morir, su padre Dave le había legado la tienda y un sólido capital amasado chelín a chelín, penique a penique. Pero M. Horace había heredado también de él su aversión a las viudas y a las solteronas, ya que la amada esposa del difunto M. Hyslop no había hecho nunca la vida fácil ni agradable a su marido.

Pero lo que el difunto no pudo desarraigar de su hijo fue su pasión por la lectura. Una pasión insensata la que experimentaba el joven Horacio, ya que la biblioteca Richards de la Tanner Street exigía dos peniques por semana por un volumen prestado, un gasto que cualquiera podía abstenerse de hacer en Berdmonsey.

Por la noche, después de haber cerrado la tienda y atrancado puertas y ventanas, M. Horace se retiraba a su estrecha cocina, atiborraba su pipa con uno de esos tabacos baratos de Kent, preparaba su modesto ponche y se ponía a leer unas obras cuyos títulos le prometían unas horas emocionantes: El Secreto de la Tumba, El Castillo de la Luna sangrienta, etc.

He aquí todo lo que hubiera podido contar sobre M. Horace Hyslop el más sabio de los historiadores de Berdmonsey.

No hay mucho que decir a propósito de su casa, excepto que la tienda no era muy grande -aunque atestada de mercancías como puede estarlo de comida el estómago de un avestruz-, que un estridente timbre estaba fijado en la puerta de entrada y que, en cuanto caía la noche, se encendía en el establecimiento una pequeña lámpara que proyectaba una claridad mortecina.

En la cocina, que servía también de trastienda, la calefacción quedaba asegurada por una pequeña estufa avarienta y la iluminación por un mechero de gas que suscitaba en las paredes mil sombras demenciales. Al fondo, en el rincón de la izquierda, una empinada escalera de caracol conducía al insalubre dormitorio del dueño de la casa.

-Exiguo, aunque suficientemente espacioso para vivir con una honorable esposa -murmuraban con aire decepcionado las damas de Berdmonsey que aspiraban al matrimonio.

Una noche de otoño húmeda y fría, en el preciso instante en que el tendero se disponía a cerrar el establecimiento, entró una mujer y pidió azúcar cande.

M. Horace no la había visto nunca. Pensando que podía convertirse en una nueva cliente, omitió el ejercer la habitual e indelicada presión sobre la balanza. La mujer recibió así una onza de azúcar más de lo que M. Horace solía entregar por una libra.

Con su abrigo negro y ajustado y su pequeño gorro de piel adornado con una pluma, la desconocida estaba muy elegante.

Pagó y salió de la tienda dando las buenas noches con una voz seca y, no obstante, melodiosa.

Aquella noche, M. Horace sorbió su ponche como de costumbre, pero soltó un momento Las Aventuras del Pirata Enmascarado para pensar en la enigmática desconocida.

-¡Tiene unos ojos inmensos! -se dijo-. ¡Y una extraña palidez!

Al día siguiente, la bruma del crepúsculo corría por las sinuosas callejas de Berdmonsey cuando la desconocida reapareció y compró media libra de bizcochos al jengibre y otros tantos macarrones.

-¿La señora vive en el barrio? -inquirió M. Horace.

Ella respondió negativamente y se marchó. En el umbral de la puerta se detuvo, volvió la cabeza y dijo:

-Buenas noches, M. Hyslop.

-¡Sabe mi nombre! -murmuró M. Horace, alzando los ojos hacia el mechero de gas-. En realidad, no tiene nada de sorprendente. Lo habrá leído en el letrero de la calle.

En voz más baja, añadió:

-¡Tiene unos dientes blanquísimos! ¡Y la tela de su abrigo es de una calidad superior!

No volvió a verla hasta al cabo de tres días. La desconocida se presentó a la misma hora y pidió dos onzas de queso y la misma cantidad de higos secos.

Fue el momento que escogió Betty Bleacher para entrar y pedir manteca de cerdo, sal y café.

La misteriosa desconocida depositó el importe de su compra sobre el mostrador y salió.

-¡Betty! -exclamó M. Horace, despechado-. Pudo usted aguardar un momento a que hubiera terminado de servir a esta dama. Ni siquiera he podido envolver adecuadamente sus mercancías.

Betty le miró con unos ojos redondos como platos.

-¿Qué dama? -inquirió, asombrada-. Yo no he visto a nadie. ¡Creo, mi querido Horace, que ha apurado usted ya su ponche vespertino!

La señorita Bleacher había tendido numerosos anzuelos con la esperanza de atrapar a M. Hyslop, pero sin duda los había provisto de cebos poco apetitosos, ya que todos sus esfuerzos habían resultado inútiles.

-¡Vieja loca! -gruñó M. Horace, cuyos pensamientos se volvieron inmediatamente hacia la dama vestida de negro-. ¡Qué mujer tan hermosa! -suspiró-. ¡Y tan elegante! Demasiado hermosa y elegante para vivir en estos alrededores.

No sabía que desde hacía unas noches los perros vagabundos de Berdmonsey se regalaban con azúcar cande, con bizcochos al jengibre, con macarrones, con queso y con higos secos, que una mano desenvuelta dejaba caer en las callejas del barrio.

Había cerrado ya puertas y ventanas cuando llamaron.

Fuera, el tiempo era tormentoso. El abrigo negro de la dama brillaba con mil gotas de lluvia.

-¿No quiere usted calentarse un momento junto a la estufa? -se arriesgó M. Horace.

Ella aceptó sentarse, pero en cambio rechazó el humeante ponche que le era ofrecido; permaneció inmóvil y silenciosa al lado de la estufa.

-Un tiempo asqueroso, ¿verdad? -dijo M. Hyslop-. No me extrañaría que nevara.

Ella inclinó la cabeza en señal de asentimiento, se puso en pie, le entregó un chelín por el paquete de chocolate que había comprado y luego desapareció en la tenebrosa calleja, cuyos dos únicos faroles había apagado el viento, como si se tratara de dos vulgares velas.

Un poco más tarde, tres perros famélicos se disputaban unas pastillas de chocolate caídas sobre el fango.

M. Hyslop continuaba ignorando este último detalle. Pero ahora la dama se presentaba cada noche, pedía alguna cosa, pagaba religiosamente su cuenta y se sentaba unos instantes cerca de la estufa avarienta, ya que el tiempo seguía siendo áspero y brumoso.

-¿Qué es lo que quiere de mí, en realidad? -se preguntaba M. Horace-. Apenas me dirige la palabra y, sin embargo, me da la impresión de que aquí se siente como en su casa. ¡De todos modos, no puede negarse que es hermosa y elegante!

Apenas se asombró cuando ella le dijo, una vez:

-Después de tanto tiempo, tendríamos que pensar en casarnos, Horace.

Y, como subyugado, M. Hyslop respondió:

-Sí.

Entonces se enteró de su nombre. Se llamaba Elfrida. Elfrida Smith.

Se unieron una mañana, muy temprano, en una pequeña capilla de la Green Street.

No era aún de día, y el clérigo tuvo que encender un cirio para poder leer un fragmento de la Biblia.

M. Hyslop le entregó la licencia de matrimonio, y su esposa le pagó la suma de quince chelines.

-¿Volvemos a casa? -inquirió M. Horace.

-A casa, sí -respondió ella-, pero a la mía.

-¡Ah! ¿Dónde vives, Elfrida?

-En el Middlesex -dijo ella, deteniendo con la mano un taxi que pasaba.

M. Horace la siguió, dócil como un cordero. Hubiera querido hacerle más preguntas, pero no pudo: su lengua estaba como atacada de parálisis.

En la estación de Paddington subieron a un tren que silbaba ya anunciando su próxima salida. El viaje fue relativamente corto.

La última estación que sobrepasaron antes de apearse fue la Yeading.

Abandonaron el tren en un lugar sórdido y desagradable; un viejo vagón en desuso servía a la vez de despacho y de sala de espera.

El encargado de recoger los billetes parecía desempeñar también las funciones de guardabarrera, de farolero y de jefe de estación.

-Buenas tardes, caballero -le dijo a M. Hyslop-. Un tiempo de perros, ¿verdad?

«¡Qué descortés! -pensó M. Horace, mientras el hombre se retiraba apresuradamente a su garita-. Ni siquiera ha saludado a mi esposa.»

Ésta seguía ya con paso rápido un angosto camino que serpenteaba entre unas tierras de barbecho y una enmarañada maleza.

-¿No hay modo de obtener un vehículo, querida? -preguntó M. Horace, visiblemente preocupado por su abrigo negro y su reluciente sombrero de copa, cada vez más empapados.

-No vamos muy lejos -dijo ella.

Bordearon todavía un bosquecillo cuyos árboles estaban atestados de graznantes cornejas. Luego alcanzaron una verja desarticulada y completamente oxidada, que emitió un espantoso chirrido cuando Elfrida la abrió, sin esfuerzo aparente.

-He aquí mi casa -dijo ella súbitamente.

M. Hyslop apenas daba crédito a sus ojos.

-¡Pero, es un castillo! -exclamó

-Un castillo, en efecto.

«Ya me parecía a mí que era una gran dama -pensó el tendero-. Pero, un castillo…»

En realidad se trataba de una casa solariega espantosa y desagradable, casi en ruinas. Los amorcillos crecían en abundancia al pie de las murallas que ocultaban su decrepitud bajo una espesa capa de musgo gris y fangoso. Un ambiente de tristeza invadía los alrededores.

-Los criados no están enterados de nuestra llegada -declaró Mme. Hyslop-. Entraremos por una de las puertas laterales.

Precedió a M. Horace en un pasadizo estrecho y oscuro, que olía a humedad y a madera podrida. Treparon por una oscura escalera que crujía y gemía bajo sus pasos, y desembocaron finalmente en un espacioso vestíbulo.

En un amplio hogar ardían unos troncos. M. Hyslop tuvo por un instante la sensación de que se habían encendido en el preciso momento en que ellos penetraban en la estancia, pero aquello había sido una simple ilusión, naturalmente. No obstante, aquel fuego no desprendía ningún calor. Un aire frío y húmedo flotaba en la inmensa sala.

En el centro se alzaba una gran mesa de ébano, rodeada de altos sillones de cuero.

-Sentaos -dijo Mme. Elfrida-. Voy a llamar al mayordomo para que prepare la cena. Pero antes permitidme que os sirva un poco de vino.

Sacó de una rinconera una panzuda botella y un vaso de fino cristal.

-¡Delicioso! -opinó M. Horace-. ¡Nunca lo había bebido mejor!

En su tienda vendía una especie de clarete al que bautizaba sucesivamente con los nombres de Mâcom, San Emilio o San Esteban, pero se preguntó inútilmente con qué nombre habría podido bautizar aquel excelente vinillo.

-¿Es oporto? -inquirió.

-Amontillado.

-¡Ah! Tendré que comprar de este amontillado -dijo M. Horace, vaciando su segundo vaso.

Paseó la mirada a través de la sala y la detuvo finalmente sobre un gran retrato que colgaba de la pared, al lado del hogar.

El retrato representaba a un hombre vestido a la antigua, con una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

El personaje tenía una cabellera rizada, una nariz aguileña y unos ojos melancólicos.

-¡Bien, bien! -exclamó M. Hyslop, que había vaciado ya la mitad de su tercer vaso-. Si la vista no me engaña, ese elegante personaje tiene un raro parecido conmigo… ¿No os parece?

-Es Sir Horacc Crofton -dijo Mme. Hyslop.

-¿Y se llama también Horace? ¡Que divertido! Servidme un poco más de este exquisito vino, querida. Decíais, pues, que se llamaba Sir Horace…

-Crofton. Le ahorcaron en Tyburn, el año 1663.

-¡Ahorcado! -exclamó el tendero-. ¡Pobre muchacho! ¿Y por qué motivo?

-Por el asesinato de su esposa, que está allí.

Señaló con el dedo otro retrato, colgado en la pared de enfrente.

-Lady Elfrida Crofton -añadió.

-Elfrida, ¿eh? ¡Extraordinario! ¡Realmente curioso! Pero, ¿son los efectos del vino o los de la luz crepuscular? ¡Podría jurarse que habéis servido de modelo al artista que pintó ese retrato!

-Sir Horace Crofton mezcló veneno con el vino de su esposa -continuó Elfrida-, y ella murió en la flor de su juventud.

-¡Espantoso! -dijo M. Horace, estremeciéndose-. Yo también conocí a un hombre que estuvo a punto de ser ahorcado. Se llamaba Bram Mudd. Le acusaban de haber administrado a su esposa una buena dosis de matarratas. Pero en el último momento se descubrió su inocencia.

El vino empezaba a subírsele peligrosamente a la cabeza. Súbitamente quedó como sumergido en una leve bruma.

-Un poco más de amontillado -balbució.

Pero su esposa no estaba sentada ya a la mesa. Creyó verla de pie contra la pared. M. Horace se levantó trabajosamente y se dirigió hacia ella, con paso titubeante.

-Amor mío… Casi había olvidado que estamos casados… Y ni siquiera he recibido un beso…

Se precipitó con los brazos extendidos hacia la pared, contra la cual chocó violentamente.

Había tomado por su esposa al retrato de Lady Crofton.

-¡Elfrida!

-¡Ah, ah, ah! -le respondió el eco.

Vio el cordón de una campanilla que colgaba de la pared. Tiró de él con una mano húmeda, pero la cuerda estaba podrida y quedó entre sus dedos, sin que hubiera resonado ningún campanillazo en la mansión. El fuego estaba apagado, en el hogar sólo quedaban unas cenizas negras y frías.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, M. Hyslop empezó a luchar contra los efectos embrujadores y diabólicos del vino. Se repuso lo suficiente como para arriesgarse a abandonar la sala y a visitar el castillo.

En el curso de aquella visita su asombro se acrecentó sin cesar, hasta convertirse en horror. Doquiera que dirigía sus pasos sólo encontraba estancias vacías y desiertas, techos decrépitos, escaleras en ruinas, muros cuarteados.

En vano trató de regresar al vestíbulo de los retratos, donde había bebido el amontillado.

-Y, sin embargo -gimió-, me he casado con ella. Esta misma mañana… ¡Oh, ese maldito vino!

Y, de repente, las tinieblas se espesaron a su alrededor.

Dándose cuenta de que la tienda llevaba algún tiempo cerrada, los vecinos avisaron a la policía, la cual descerrajó la puerta.

Horace Hyslop estaba colgado del sólido brazo del mechero de gas.

La muerte debía remontarse a varios días, ya que en la trastienda flotaba un espantoso olor a cadáver.

-¡Estaba loco! -exclamó el hombre que había acompañado a la fuerza pública al interior de la casa-. Tenía que estar loco para disfrazarse así.

En efecto, M. Hyslop llevaba una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

-Lleva encima más de cien libras de telas finas y metales preciosos -dijo uno de los agentes-. ¿Por qué se ha suicidado, pues?

-No se trata de un suicidio -declaró el inspector encargado de la investigación-. ¿Cómo hubiera podido atarse de ese modo, sin la ayuda de nadie?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, señaló las cuerdas que apretaban fuertemente los brazos y las piernas del muerto.

-¡Qué coincidencia! -continuó el inspector-. Así es como antaño el verdugo de Tyburn ataba a los criminales para conducirlos a la horca. Incluso los nudos son iguales que los que se hacían en aquella época. En todo caso, esto sólo puede ser obra de un maníaco perfectamente enterado de cómo se llevaban a cabo los ajusticiamientos en los siglos pasados.

Las ruinas del castillo de Crofton no han vuelto a recibir, desde hace años, la visita de los derechohabientes que huyen como de la peste de la casa solariega maldita.

En la antigua sala de honor continúan tal cual los retratos de Sir Horace Crofton y de su esposa Lady Elfrida.

A la luz amarillenta del crepúsculo, los dos personajes se miran fijamente con sus ojos muertos, en los cuales, no obstante, brillan aún el enojo, el odio y la desesperación.

 

FIN

 

viernes, 10 de octubre de 2025

LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA .-John Flanders


LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA

 

John Flanders

 

Los viejos londinenses que quieren mandarle a uno al diablo cortésmente, dicen:

-¡Váyase a Berdmonsey!

Con una parte de la población de Kent, de Surrey y de Middlesex, las gentes de Berdmonsey forman la clase estúpida de Londres. Se caracterizan por una gran facilidad para la resignación.

-No somos malos, pero tenéis que aceptarnos tal como somos -declaran, sonriendo de un modo que obliga a perdonarles su falta de seso.

También Horace Hyslop era un pobre imbécil. No sólo porque había nacido en aquel barrio, porque vivía en él y pensaba acabar en él sus días, sino sobre todo porque era un solterón impenitente. Y ello a pesar de las rubias de ojos azules de Berdmonsey, muchachas que sin duda no brillaban tampoco por su inteligencia, pero que eran bonitas.

Para dirigirse desde la Abbey Street a Dockhead hay que atravesar todo un laberinto de callejones de muy mala fama. En una de ellas tenía su tienda de comestible Horace Hyslop.

Era una tienda sin pretensiones, pero en ella podía adquirirse a precios razonables todo lo que era útil o comestible: salmón salado o cordones de zapatos, bizcochos azucarados o pinceles de todas clases, papel matamoscas u hojas de afeitar baratas…

Cuando empieza esta sombría historia, M. Horace había sobrepasado ampliamente el medio siglo. Sus cabellos adquirían el color del viejo pergamino, y unos filamentos blancos como la nieve plateaban ya su barba. Tenía los ojos bondadosos de un fiel setter escocés y una nariz achatada, cuyo color rojizo daba lugar a unas declaraciones escépticas acerca de la sobriedad de su propietario.

Sin embargo, aquellas acusaciones no podían ser más injustas, ya que M. Hyslop sólo tomaba, por la noche, un modesto ponche compuesto de azúcar, mucha agua caliente y muy poco ron.

Una vez por semana, no obstante, se permitía un pequeño extraordinario en el figón de Abe Grummer, donde los diversos platos y bebidas eran alabados por medio de versos perfectamente rimados, como:

«Hasta los niños de teta conocen nuestras croquetas.»

O:

«En casa de Abe, en la esquina, el mejor vino se empina.»

Al morir, su padre Dave le había legado la tienda y un sólido capital amasado chelín a chelín, penique a penique. Pero M. Horace había heredado también de él su aversión a las viudas y a las solteronas, ya que la amada esposa del difunto M. Hyslop no había hecho nunca la vida fácil ni agradable a su marido.

Pero lo que el difunto no pudo desarraigar de su hijo fue su pasión por la lectura. Una pasión insensata la que experimentaba el joven Horacio, ya que la biblioteca Richards de la Tanner Street exigía dos peniques por semana por un volumen prestado, un gasto que cualquiera podía abstenerse de hacer en Berdmonsey.

Por la noche, después de haber cerrado la tienda y atrancado puertas y ventanas, M. Horace se retiraba a su estrecha cocina, atiborraba su pipa con uno de esos tabacos baratos de Kent, preparaba su modesto ponche y se ponía a leer unas obras cuyos títulos le prometían unas horas emocionantes: El Secreto de la Tumba, El Castillo de la Luna sangrienta, etc.

He aquí todo lo que hubiera podido contar sobre M. Horace Hyslop el más sabio de los historiadores de Berdmonsey.

No hay mucho que decir a propósito de su casa, excepto que la tienda no era muy grande -aunque atestada de mercancías como puede estarlo de comida el estómago de un avestruz-, que un estridente timbre estaba fijado en la puerta de entrada y que, en cuanto caía la noche, se encendía en el establecimiento una pequeña lámpara que proyectaba una claridad mortecina.

En la cocina, que servía también de trastienda, la calefacción quedaba asegurada por una pequeña estufa avarienta y la iluminación por un mechero de gas que suscitaba en las paredes mil sombras demenciales. Al fondo, en el rincón de la izquierda, una empinada escalera de caracol conducía al insalubre dormitorio del dueño de la casa.

-Exiguo, aunque suficientemente espacioso para vivir con una honorable esposa -murmuraban con aire decepcionado las damas de Berdmonsey que aspiraban al matrimonio.

Una noche de otoño húmeda y fría, en el preciso instante en que el tendero se disponía a cerrar el establecimiento, entró una mujer y pidió azúcar cande.

M. Horace no la había visto nunca. Pensando que podía convertirse en una nueva cliente, omitió el ejercer la habitual e indelicada presión sobre la balanza. La mujer recibió así una onza de azúcar más de lo que M. Horace solía entregar por una libra.

Con su abrigo negro y ajustado y su pequeño gorro de piel adornado con una pluma, la desconocida estaba muy elegante.

Pagó y salió de la tienda dando las buenas noches con una voz seca y, no obstante, melodiosa.

Aquella noche, M. Horace sorbió su ponche como de costumbre, pero soltó un momento Las Aventuras del Pirata Enmascarado para pensar en la enigmática desconocida.

-¡Tiene unos ojos inmensos! -se dijo-. ¡Y una extraña palidez!

Al día siguiente, la bruma del crepúsculo corría por las sinuosas callejas de Berdmonsey cuando la desconocida reapareció y compró media libra de bizcochos al jengibre y otros tantos macarrones.

-¿La señora vive en el barrio? -inquirió M. Horace.

Ella respondió negativamente y se marchó. En el umbral de la puerta se detuvo, volvió la cabeza y dijo:

-Buenas noches, M. Hyslop.

-¡Sabe mi nombre! -murmuró M. Horace, alzando los ojos hacia el mechero de gas-. En realidad, no tiene nada de sorprendente. Lo habrá leído en el letrero de la calle.

En voz más baja, añadió:

-¡Tiene unos dientes blanquísimos! ¡Y la tela de su abrigo es de una calidad superior!

No volvió a verla hasta al cabo de tres días. La desconocida se presentó a la misma hora y pidió dos onzas de queso y la misma cantidad de higos secos.

Fue el momento que escogió Betty Bleacher para entrar y pedir manteca de cerdo, sal y café.

La misteriosa desconocida depositó el importe de su compra sobre el mostrador y salió.

-¡Betty! -exclamó M. Horace, despechado-. Pudo usted aguardar un momento a que hubiera terminado de servir a esta dama. Ni siquiera he podido envolver adecuadamente sus mercancías.

Betty le miró con unos ojos redondos como platos.

-¿Qué dama? -inquirió, asombrada-. Yo no he visto a nadie. ¡Creo, mi querido Horace, que ha apurado usted ya su ponche vespertino!

La señorita Bleacher había tendido numerosos anzuelos con la esperanza de atrapar a M. Hyslop, pero sin duda los había provisto de cebos poco apetitosos, ya que todos sus esfuerzos habían resultado inútiles.

-¡Vieja loca! -gruñó M. Horace, cuyos pensamientos se volvieron inmediatamente hacia la dama vestida de negro-. ¡Qué mujer tan hermosa! -suspiró-. ¡Y tan elegante! Demasiado hermosa y elegante para vivir en estos alrededores.

No sabía que desde hacía unas noches los perros vagabundos de Berdmonsey se regalaban con azúcar cande, con bizcochos al jengibre, con macarrones, con queso y con higos secos, que una mano desenvuelta dejaba caer en las callejas del barrio.

Había cerrado ya puertas y ventanas cuando llamaron.

Fuera, el tiempo era tormentoso. El abrigo negro de la dama brillaba con mil gotas de lluvia.

-¿No quiere usted calentarse un momento junto a la estufa? -se arriesgó M. Horace.

Ella aceptó sentarse, pero en cambio rechazó el humeante ponche que le era ofrecido; permaneció inmóvil y silenciosa al lado de la estufa.

-Un tiempo asqueroso, ¿verdad? -dijo M. Hyslop-. No me extrañaría que nevara.

Ella inclinó la cabeza en señal de asentimiento, se puso en pie, le entregó un chelín por el paquete de chocolate que había comprado y luego desapareció en la tenebrosa calleja, cuyos dos únicos faroles había apagado el viento, como si se tratara de dos vulgares velas.

Un poco más tarde, tres perros famélicos se disputaban unas pastillas de chocolate caídas sobre el fango.

M. Hyslop continuaba ignorando este último detalle. Pero ahora la dama se presentaba cada noche, pedía alguna cosa, pagaba religiosamente su cuenta y se sentaba unos instantes cerca de la estufa avarienta, ya que el tiempo seguía siendo áspero y brumoso.

-¿Qué es lo que quiere de mí, en realidad? -se preguntaba M. Horace-. Apenas me dirige la palabra y, sin embargo, me da la impresión de que aquí se siente como en su casa. ¡De todos modos, no puede negarse que es hermosa y elegante!

Apenas se asombró cuando ella le dijo, una vez:

-Después de tanto tiempo, tendríamos que pensar en casarnos, Horace.

Y, como subyugado, M. Hyslop respondió:

-Sí.

Entonces se enteró de su nombre. Se llamaba Elfrida. Elfrida Smith.

Se unieron una mañana, muy temprano, en una pequeña capilla de la Green Street.

No era aún de día, y el clérigo tuvo que encender un cirio para poder leer un fragmento de la Biblia.

M. Hyslop le entregó la licencia de matrimonio, y su esposa le pagó la suma de quince chelines.

-¿Volvemos a casa? -inquirió M. Horace.

-A casa, sí -respondió ella-, pero a la mía.

-¡Ah! ¿Dónde vives, Elfrida?

-En el Middlesex -dijo ella, deteniendo con la mano un taxi que pasaba.

M. Horace la siguió, dócil como un cordero. Hubiera querido hacerle más preguntas, pero no pudo: su lengua estaba como atacada de parálisis.

En la estación de Paddington subieron a un tren que silbaba ya anunciando su próxima salida. El viaje fue relativamente corto.

La última estación que sobrepasaron antes de apearse fue la Yeading.

Abandonaron el tren en un lugar sórdido y desagradable; un viejo vagón en desuso servía a la vez de despacho y de sala de espera.

El encargado de recoger los billetes parecía desempeñar también las funciones de guardabarrera, de farolero y de jefe de estación.

-Buenas tardes, caballero -le dijo a M. Hyslop-. Un tiempo de perros, ¿verdad?

«¡Qué descortés! -pensó M. Horace, mientras el hombre se retiraba apresuradamente a su garita-. Ni siquiera ha saludado a mi esposa.»

Ésta seguía ya con paso rápido un angosto camino que serpenteaba entre unas tierras de barbecho y una enmarañada maleza.

-¿No hay modo de obtener un vehículo, querida? -preguntó M. Horace, visiblemente preocupado por su abrigo negro y su reluciente sombrero de copa, cada vez más empapados.

-No vamos muy lejos -dijo ella.

Bordearon todavía un bosquecillo cuyos árboles estaban atestados de graznantes cornejas. Luego alcanzaron una verja desarticulada y completamente oxidada, que emitió un espantoso chirrido cuando Elfrida la abrió, sin esfuerzo aparente.

-He aquí mi casa -dijo ella súbitamente.

M. Hyslop apenas daba crédito a sus ojos.

-¡Pero, es un castillo! -exclamó

-Un castillo, en efecto.

«Ya me parecía a mí que era una gran dama -pensó el tendero-. Pero, un castillo…»

En realidad se trataba de una casa solariega espantosa y desagradable, casi en ruinas. Los amorcillos crecían en abundancia al pie de las murallas que ocultaban su decrepitud bajo una espesa capa de musgo gris y fangoso. Un ambiente de tristeza invadía los alrededores.

-Los criados no están enterados de nuestra llegada -declaró Mme. Hyslop-. Entraremos por una de las puertas laterales.

Precedió a M. Horace en un pasadizo estrecho y oscuro, que olía a humedad y a madera podrida. Treparon por una oscura escalera que crujía y gemía bajo sus pasos, y desembocaron finalmente en un espacioso vestíbulo.

En un amplio hogar ardían unos troncos. M. Hyslop tuvo por un instante la sensación de que se habían encendido en el preciso momento en que ellos penetraban en la estancia, pero aquello había sido una simple ilusión, naturalmente. No obstante, aquel fuego no desprendía ningún calor. Un aire frío y húmedo flotaba en la inmensa sala.

En el centro se alzaba una gran mesa de ébano, rodeada de altos sillones de cuero.

-Sentaos -dijo Mme. Elfrida-. Voy a llamar al mayordomo para que prepare la cena. Pero antes permitidme que os sirva un poco de vino.

Sacó de una rinconera una panzuda botella y un vaso de fino cristal.

-¡Delicioso! -opinó M. Horace-. ¡Nunca lo había bebido mejor!

En su tienda vendía una especie de clarete al que bautizaba sucesivamente con los nombres de Mâcom, San Emilio o San Esteban, pero se preguntó inútilmente con qué nombre habría podido bautizar aquel excelente vinillo.

-¿Es oporto? -inquirió.

-Amontillado.

-¡Ah! Tendré que comprar de este amontillado -dijo M. Horace, vaciando su segundo vaso.

Paseó la mirada a través de la sala y la detuvo finalmente sobre un gran retrato que colgaba de la pared, al lado del hogar.

El retrato representaba a un hombre vestido a la antigua, con una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

El personaje tenía una cabellera rizada, una nariz aguileña y unos ojos melancólicos.

-¡Bien, bien! -exclamó M. Hyslop, que había vaciado ya la mitad de su tercer vaso-. Si la vista no me engaña, ese elegante personaje tiene un raro parecido conmigo… ¿No os parece?

-Es Sir Horacc Crofton -dijo Mme. Hyslop.

-¿Y se llama también Horace? ¡Que divertido! Servidme un poco más de este exquisito vino, querida. Decíais, pues, que se llamaba Sir Horace…

-Crofton. Le ahorcaron en Tyburn, el año 1663.

-¡Ahorcado! -exclamó el tendero-. ¡Pobre muchacho! ¿Y por qué motivo?

-Por el asesinato de su esposa, que está allí.

Señaló con el dedo otro retrato, colgado en la pared de enfrente.

-Lady Elfrida Crofton -añadió.

-Elfrida, ¿eh? ¡Extraordinario! ¡Realmente curioso! Pero, ¿son los efectos del vino o los de la luz crepuscular? ¡Podría jurarse que habéis servido de modelo al artista que pintó ese retrato!

-Sir Horace Crofton mezcló veneno con el vino de su esposa -continuó Elfrida-, y ella murió en la flor de su juventud.

-¡Espantoso! -dijo M. Horace, estremeciéndose-. Yo también conocí a un hombre que estuvo a punto de ser ahorcado. Se llamaba Bram Mudd. Le acusaban de haber administrado a su esposa una buena dosis de matarratas. Pero en el último momento se descubrió su inocencia.

El vino empezaba a subírsele peligrosamente a la cabeza. Súbitamente quedó como sumergido en una leve bruma.

-Un poco más de amontillado -balbució.

Pero su esposa no estaba sentada ya a la mesa. Creyó verla de pie contra la pared. M. Horace se levantó trabajosamente y se dirigió hacia ella, con paso titubeante.

-Amor mío… Casi había olvidado que estamos casados… Y ni siquiera he recibido un beso…

Se precipitó con los brazos extendidos hacia la pared, contra la cual chocó violentamente.

Había tomado por su esposa al retrato de Lady Crofton.

-¡Elfrida!

-¡Ah, ah, ah! -le respondió el eco.

Vio el cordón de una campanilla que colgaba de la pared. Tiró de él con una mano húmeda, pero la cuerda estaba podrida y quedó entre sus dedos, sin que hubiera resonado ningún campanillazo en la mansión. El fuego estaba apagado, en el hogar sólo quedaban unas cenizas negras y frías.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, M. Hyslop empezó a luchar contra los efectos embrujadores y diabólicos del vino. Se repuso lo suficiente como para arriesgarse a abandonar la sala y a visitar el castillo.

En el curso de aquella visita su asombro se acrecentó sin cesar, hasta convertirse en horror. Doquiera que dirigía sus pasos sólo encontraba estancias vacías y desiertas, techos decrépitos, escaleras en ruinas, muros cuarteados.

En vano trató de regresar al vestíbulo de los retratos, donde había bebido el amontillado.

-Y, sin embargo -gimió-, me he casado con ella. Esta misma mañana… ¡Oh, ese maldito vino!

Y, de repente, las tinieblas se espesaron a su alrededor.

Dándose cuenta de que la tienda llevaba algún tiempo cerrada, los vecinos avisaron a la policía, la cual descerrajó la puerta.

Horace Hyslop estaba colgado del sólido brazo del mechero de gas.

La muerte debía remontarse a varios días, ya que en la trastienda flotaba un espantoso olor a cadáver.

-¡Estaba loco! -exclamó el hombre que había acompañado a la fuerza pública al interior de la casa-. Tenía que estar loco para disfrazarse así.

En efecto, M. Hyslop llevaba una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

-Lleva encima más de cien libras de telas finas y metales preciosos -dijo uno de los agentes-. ¿Por qué se ha suicidado, pues?

-No se trata de un suicidio -declaró el inspector encargado de la investigación-. ¿Cómo hubiera podido atarse de ese modo, sin la ayuda de nadie?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, señaló las cuerdas que apretaban fuertemente los brazos y las piernas del muerto.

-¡Qué coincidencia! -continuó el inspector-. Así es como antaño el verdugo de Tyburn ataba a los criminales para conducirlos a la horca. Incluso los nudos son iguales que los que se hacían en aquella época. En todo caso, esto sólo puede ser obra de un maníaco perfectamente enterado de cómo se llevaban a cabo los ajusticiamientos en los siglos pasados.

Las ruinas del castillo de Crofton no han vuelto a recibir, desde hace años, la visita de los derechohabientes que huyen como de la peste de la casa solariega maldita.

En la antigua sala de honor continúan tal cual los retratos de Sir Horace Crofton y de su esposa Lady Elfrida.

A la luz amarillenta del crepúsculo, los dos personajes se miran fijamente con sus ojos muertos, en los cuales, no obstante, brillan aún el enojo, el odio y la desesperación.

 

FIN

 


 

sábado, 2 de agosto de 2025

LOS NAIPES DE MARFIL .- Alfret M. Burrage

 



 

Desde la edad de dos años, y hasta que cumplí los doce, vi muy poco a mi madre. Yo era el hijo póstumo de un padre que regentaba un modesto negocio y que dejó a mi madre casi en la miseria; de modo que poco después de quedarse viuda volvió a emplearse en la gran casa donde antes había trabajado en calidad de doncella.

Por fortuna para mí, los comerciantes del ramo de mi padre poseían un Montepío bastante bien organizado, y a su debido tiempo ingresé en una institución que me proporcionaba cama, comida y educación durante diez meses al año. Las vacaciones iba a pasarlas con mi tío, que tenía una panadería en Hounslow; y sólo veía a mi madre en sus ocasionales y breves visitas a la escuela o a la casa de su hermano.

Un año antes de mi duodécimo aniversario, mi madre había ascendido a la categoría de ama de llaves de Sir George Suttwell, en su gran mansión de Hampshire, y tenía muchos criados bajo su mando. Era una de aquellas mujeres fuertes, honradas y capaces, diseñadas especialmente por la naturaleza para ocupar modestas posiciones de confianza. Mi madre inspiraba una especie de miedo a la mayoría de la gente, y creo que los dos únicos seres a los cuales ella temía eran Sir George y su esposa. Le inspiraban un respeto rayano en la reverencia, y adoraba a la familia como si hubiese sido algún siervo feudal nacido y criado en la casa solariega.

Esa actitud hacia sus dueños contribuyó de un modo decisivo a nuestra larga separación. Mi madre temía pedir permiso para tenerme a su lado durante las vacaciones, pensando que yo podía hacer algo que atrajera sobre nuestras cabezas la cólera del Olimpo. De modo que fui creciendo y considerando a mi madre como a una persona querida y extraña al mismo tiempo, una gran dama cuyas periódicas visitas salpicaban la insulsa conversación de mis tíos de alusiones a cacerías, bailes de sociedad y cosas por el estilo que, en lo que a mí se refiere, podían haber tenido lugar en el planeta Marte.

Aunque yo quería a mi madre, como es natural, y siempre esperaba con afán el momento de verla, era bastante feliz con mis tíos cuando no estaba en la escuela. Mi tío, un buen hombre, era una de aquellas naturalezas sencillas que pueden buscar y encontrar compañía en un chiquillo. Poco amigo de salir de casa, su única afición era el fútbol, en calidad de espectador, desde luego; y cuando yo estaba en Hounslow siempre me llevaba con él a los partidos.

Me había enseñado a jugar al descarte y a la brisca, y muchas tardes jugábamos interminables partidas en la trastienda. Mi conocimiento del primero de aquellos juegos me valió más tarde el mejoramiento de mi educación, una modesta fortuna y los medios para establecerme por mi cuenta. Y la historia de aquella partida de descarte que me ganó un lugar en la vida muy por encima de la condición en que había nacido es algo que no reprocharé a ningún hombre que lo ponga en duda.

Acababa de cumplir los doce años cuando llegaron aquellas afortunadas vacaciones de Pascua.

Sir George y Lady Suttwell eran dos personas de cierta edad que raramente permanecían ausentes de su casa de Hampshire más de un fin de semana. Pero aquella primavera habían decidido efectuar algunas reformas necesarias en la casa y estarían fuera una temporada. Mi madre reunió el valor necesario para pedirles que le permitieran tenerme a su lado durante su ausencia. Los Suttwell no pusieron ningún inconveniente. «Ver Suttwell y morir» era una frase que había oído más de una vez de labios de mi madre; puede imaginarse, pues, el estado de excitación en que me sumió la perspectiva de aquel viaje.

Suttwell Court se encuentra en el borde occidental del New Forest, y a cuatro millas por carretera de la estación de Farringhurst. Recuerdo el tren, después de dejar atrás Southampton, llevándome a través de extensiones de bosque bañado por el sol y con el tierno verdor de la primavera. Pero el sol estaba muy bajo en el cielo cuando me apeé en el andén de Farringhurst, y unas nubes plomizas, avanzando por el oeste, tendían una lúgubre cortina sobre el atardecer.

En la estación me esperaba mi madre, la cual me besó y me acompañó hasta un destartalado vehículo que por espacio de una generación había servido de medio de transporte para los equipajes y los criados. Durante la mayor parte del trayecto, la lluvia repiqueteó contra las ventanillas y contra el techo del vehículo, y aquel melancólico final de un día brillante, añadido al hecho de que yo estaba cansado después de mi viaje, probablemente tendieron a deprimirme y a inspirarme los más absurdos presentimientos.

Supe que tenía un extraño e irrazonado temor a la casa cuando me asomé a la ventanilla y la vi por primera vez, mientras la cálida lluvia empapaba mis cabellos. Había imaginado que Suttwell Court era un palacio oriental como los que describen los cuentos de hadas, para descubrir que su aspecto resultaba todavía más lúgubre que el de la institución donde había pasado la mayor parte de mi vida. Entré en la enorme mansión con la misma sensación de espanto que experimenta un chiquillo al entrar por primera vez en una catedral.

Una sopa de salchichas en el gabinete de mi madre contribuyó a mejorar mi estado de ánimo. Un caballero muy amable, llamado Mr. Hewitt, compartió la cena con nosotros. Mi madre me dijo que era el mayordomo; y desde entonces en mi valoración de las categorías sociales los mayordomos se situaron a un nivel equivalente al de los miembros de la Cámara de los Lores. Me pareció que tenía más dignidad, más sentido del humor y más condescendencia hacia un niño de doce años que cualquiera de los profesores del orfelinato.

Mi madre me envió a la cama muy temprano, pero antes de hacerlo me mostró un poco, muy poco, de aquellas partes de la casa que en época normal eran sagradas. Entonces volví a sentirme deprimido y asustado. Todo era alarmantemente grande y macizo; no había ni un solo cuadro que no pareciera veinte veces mayor que un cuadro normal, ni un sillón en el cual no hubiese podido sentarse cómodamente un gigante. Las propias alfombras bajo mis pies eran un fastidio: temía que en cualquier momento me riñeran por andar sobre ellas.

Agradecí el hecho de que mi dormitorio se encontrara al final de un pasillo que parecía el rincón más sencillo de la casa, con esteras de paja en el suelo. En mi cuarto, el piso era de linóleo, y las alfombras, finas y gastadas, me recordaron Hounslow y el cómodo gabinete de tío Fred.

Mi estado de ánimo había mejorado al día siguiente, y la casa me pareció menos impresionante a la luz matinal, cuando, acompañado por mi madre, terminé de recorrerla. Mi madre, sumamente activa, se movía al compás de un perpetuo entrechocar de llaves, y ello me hizo sentir que era una persona muy importante, aumentando el respeto que ya me inspiraba. Una sola mirada le bastaba para escoger la llave que iba a utilizar, sin que se equivocara nunca. Y en cada una de las habitaciones que visitábamos tenía un breve comentario a punto, señalando un mueble raro o un cuadro interesante, o contando algún importante acontecimiento familiar que había tenido aquella estancia por escenario.

Supongo que los cuadros me interesaban más que cualquier otra cosa. Había muchos retratos de antepasados, especialmente en el vestíbulo y en la larga galería del piso alto. El parecido familiar entre aquellos Suttwell era muy notable, y si mi madre no me hubiera informado del parentesco que unía a aquellos personajes, habría pensado que todos los retratos eran del mismo hombre con diferentes vestidos y en épocas distintas de su vida.

En nuestro recorrido por la casa sólo dejamos de visitar una habitación, debido a que era la única de la cual mi madre no tenía la llave. La puerta cerrada se encontraba en el primer piso, en un pasillo que se extendía directamente desde la escalinata principal hasta el ala oeste, y mi curiosidad se despertó cuando mi madre pasó de largo ante ella.

-¿Qué hay ahí dentro? -pregunté.

-No lo sé -respondió secamente mi madre.

-Pero, ¿por qué no tienes la llave?

-La tiene Sir George. Si prefiere guardarla él, por algo será.

Pensé que mi madre estaba disgustada porque no le habían confiado la llave de aquella habitación junto con las demás, y que ése era el motivo de que respondiera a mis preguntas de un modo más brusco que de costumbre.

La misteriosa habitación me impresionó vivamente y mi fantasía se desbordó: alguien había cometido un asesinato allí. El esqueleto de un hombre yacía aún en el centro de la estancia, sobre una gran mancha de sangre seca… Pero cuando le sugerí aquella horrible y deliciosa posibilidad a mi madre, se mostró impaciente y muy desalentadora.

La casa hubiese sido un campo de juego ideal para mí si me hubieran permitido utilizarla como tal, pero estaba limitado a la habitación de mi madre y a la gran cocina, aunque a veces el amable Mr. Hewitt me permitía ayudarle a quitar el polvo de los cristales de su despensa. Fuera de la casa la situación no mejoraba. Los jardines eran todavía más sagrados para las pisadas que la gran alfombra gris del salón principal.

Pero los criados, dentro y fuera, se mostraban muy cariñosos conmigo, y parecían disfrutar malcriándome cuando mi madre no estaba a la vista. Ninguno de ellos idolatraba a la familia como mi madre, y Mr. Sturgess, que era uno de los jardineros y nunca estaba demasiado atareado para hablar, me contó más detalles de la historia de los Suttwell que mi propia madre. Un día me dejó sin aliento al decirme que Sir George era un hombre pobre. Parpadeé, para dar a entender que la cosa no resultaba fácil de creer.

-No me refiero a que a ti y a mí no nos gustara cambiarnos con él, por ejemplo -confesó Mr. Sturgess-. Pero no es un hombre rico de acuerdo con sus propias ideas. Cuando un personaje de su categoría empieza a vender tierras, mal van las cosas. Si el padre de Sir George estuviera vivo, la familia habría perdido la casa hace tiempo.

Y entonces me contó que durante muchas generaciones los cabezas de familia de la mansión habían sido alternativamente tacaños y despilfarradores. Un Suttwell había malgastado su fortuna y dejado un montón de deudas; su hijo había trabajado duramente para restablecer el equilibrio financiero de la casa, sólo para que la generación siguiente volviera a gastar sin medida.

-Sir Hugh, el padre de Sir George, fue el hombre más despilfarrador que pueda imaginarse -me informó Mr. Sturgess.

-Entonces, Sir George es un tacaño, ¿no? -pregunté.

Sturgess sonrió y se rascó la barbilla.

-Bueno, tal vez no sea ése el nombre exacto que puede dársele -dijo-. Pero no le falta mucho para serlo…, no le falta mucho.

Mis cinco primeros días en Suttwell Court transcurrieron agradablemente y con bastante placidez. Me atrevo a decir que mi aburrimiento habría sido completo si los criados no se hubieran mostrado tan predispuestos a alegrar mi estancia en la casa. Además, me gané el respeto de Mr. Hewitt enseñándole a jugar al descarte.

-El mejor juego de naipes para dos personas que se ha inventado nunca -fue su veredicto sobre el descarte.

La cosa ocurrió el sexto día de mi estancia en Suttwell Court.

Mi madre, amante como era de la disciplina, no me permitía permanecer levantado hasta altas horas de la noche. A las nueve y media en punto me besaba, encendía mi vela y me enviaba a la cama. Siempre, al cabo de media hora, la oía entrar en la habitación contigua a la mía.

Los obreros solían trabajar hasta la puesta del sol, pero aquella noche un grupo de ellos había decidido terminar una reparación en la escalera de la parte de atrás, de modo que cuando mi madre me envió a la cama tuve que cruzar el vestíbulo y subir por la escalinata principal.

Era una noche muy oscura, sin luna y sin estrellas, y la casa estaba sumida en una oscuridad casi total. Recuerdo las divertidas y horribles sombras que acompañaron mi paso a través del vestíbulo con mi pequeña vela, y cómo los ojos de los retratos me miraban fijamente a través de la penumbra, tal vez preguntándose con indignación qué derecho tenía yo a estar allí.

A mi alrededor, las sombras se alargaban y se hinchaban a medida que subía la escalinata, y me alegré de llegar al rellano, lejos de las miradas que me acechaban en el vestíbulo.

Había dado media docena de pasos por el pasillo que conducía al ala oeste, cuando me detuve súbitamente. Había llegado a la puerta de aquella misteriosa habitación cerrada y tuve que pararme y contemplarla unos instantes, como un chiquillo que carece del dinero necesario para entrar en un cine contempla el vestíbulo del local. Estaba a punto de reanudar mi camino cuando ocurrió algo que sé perfectamente que es cierto y que, no obstante, todavía me parece increíble.

De pronto, sin el menor ruido que me alarmara, la puerta se abrió. En el umbral apareció un caballero, y detrás de él la habitación estaba iluminada. Retrocedí un paso y miré. Estaba sorprendido, desde luego, pero no eché a correr muerto de miedo, como era de esperar.

El caballero sonreía. Sonreía con la boca y con los ojos, unos ojos que tenían una especie de brillo malicioso que yo había visto en más de una ocasión en algunos hombres aficionados a empinar el codo. Sin embargo, la expresión de su rostro era amable. En conjunto, su aspecto era tan amistoso que disipaba inmediatamente cualquier temor.

-¡Vaya! -exclamó con una voz suave y gutural-. ¡Si es un muchacho! ¡Hola, chico! Acércate…

Di un paso hacia él, sosteniendo mi vela. Iba vestido como uno de los retratos del vestíbulo, lo cual contribuía a aumentar su parecido con uno de los Suttwell. Una peluca, rizada y muy empolvada, ocultaba sus cabellos naturales.

Doy gracias al cielo porque en aquel momento no se me ocurriera pensar lo que ahora sé. El caballero parecía tan sólido y real como cualquier persona de las que hasta entonces había visto. Y los retratos habían puesto en mi mente infantil la idea de que los Suttwell continuaban circulando por el mundo con sus pelucas y sus encajes. El caballero era uno de aquellos semidioses a los que se aludía reverentemente como a «la familia». Me limité a sonreírle tímidamente, preguntándome cómo había conseguido entrar en la casa sin que mi madre, que lo sabía todo, se diera cuenta.

-¿Adónde ibas, muchacho? -me preguntó.

-A acostarme, señor.

-¿A acostarte? ¡Oh! -Tenía una voz petulante y, al mismo tiempo, ligeramente temblorosa-. Vamos, vamos… Ahora que estás aquí, no vas a negarme un rato de compañía… En estos últimos tiempos he estado muy solo.

Su voz se había impregnado de tristeza al pronunciar aquellas últimas palabras y me sentí conmovido. Luego dijo algo en francés que no pude comprender, pero me pareció que se trataba de una invitación para que entrara en la estancia, sobre todo al ver que se apartaba ligeramente a un lado mientras hablaba.

Entré, pues, en el cuarto misterioso. Estaba brillantemente iluminado, pero no recuerdo haber visto ninguna lámpara ni ninguna vela encendida. El apartamento era una especie de salón. Había una mesa en el centro, unos sólidos y antiguos sillones, libros, un escritorio… Y el polvo de siglos cubriéndolo todo con una espesa capa.

-Sí -dijo el caballero-, ahora tengo poca compañía, y no puedo mostrarme demasiado exigente. Los tiempos han cambiado. Confieso que llevo más tiempo del que puedo imaginar muriéndome de ganas de jugar una partida a las cartas. -Me miró, con las cejas enarcadas, como sabiendo de antemano lo ocioso de su pregunta-. Tú no juegas a las cartas, ¿verdad?

-Sí, señor -contesté-. Conozco algunos juegos.

Su sonrisa se ensanchó y luego sacudió la cabeza.

-Algún juego de villanos, sin duda -dijo-. Bueno, bueno, vale más un poco de cerveza que mucha agua… Será un verdadero placer sentir los naipes en mis manos otra vez. Bueno, ¿cuál es tu juego preferido, muchacho?

-Sé jugar al descarte -murmuré.

-¿Al descarte? -Sus ojos parecieron agrandarse a causa de la sorpresa y del placer que experimentaba-. ¡Al descarte! ¡El juego de moda en estos momentos! Oye, ¿quién diablos te ha instruido de ese modo?

Me encogí de hombros, sin saber qué contestar. El caballero, por su parte, no parecía esperar mi respuesta. Me dirigió una reverencia tan irónica y tan divertida que estuve a punto de echarme a reír, en vez de sentirme ofendido.

-Sir -dijo-, me siento profundamente honrado por vuestra compañía, y si jugáis al descarte sois bien venido a mis lares por partida doble. He perdido más guineas al descarte que pelos tengo en la cabeza. Si queréis honrarme con una partida…

Me miraba ansiosamente, como si pensara que podía negarme a jugar con él. No dije nada, limitándome a mirarle con una sonrisa intrigada y nerviosa.

Interpretó mi silencio como un mudo asentimiento, se acercó al escritorio, abrió un cajón y sacó una baraja. Luego dejó caer los naipes sobre la polvorienta mesa.

-¿A cuánto es la puesta? -inquirió, mirándome con sus ojillos burlones-. ¿Lo normal en el club?

Sospeché que se estaba mofando de mí, ya que un caballero como él no podía aceptar nada de un chiquillo. En realidad, yo no tenía nada que perder, pero estaba seguro de que, si ganaba, aquel amable y extravagante caballero no permitiría que me marchara con las manos vacías. De modo que sonreí y dije:

-Desde luego.

La baraja estaba preparada ya para jugar al descarte, es decir, que sólo contenía treinta y dos cartas, empezando por los sietes. Mientras los mezclaba me di cuenta por primera vez de la gran belleza y originalidad de los naipes: eran de marfil, pintados a mano y sometidos a un tratamiento que hacía inalterables los colores. Perdí la mano y acerqué un sillón a la mesa.

-¿Una ronda de tres juegos? -preguntó el caballero.

Asentí y empezó a dar. Mientras repartía las cartas observé que sus maneras habían cambiado. Su rostro había perdido su expresión jovial y estaba ahora terriblemente serio. No resultaba difícil adivinar cuál era uno de sus más arraigados vicios.

Empezamos a jugar. El caballero extendió su pequeño abanico de naipes con dedos temblorosos. Declaró el rey de triunfos y ganó dos puntos de la mano. Se llevó el primer juego por cinco puntos a dos.

Yo empezaba a estar asustado, aunque sin saber por qué. Pero la suerte me favoreció en el segundo juego, y sumé cinco puntos en tanto que él se quedaba con tres. Yo estaba bastante nervioso, pero cuando el caballero recogió las cartas para servir el último juego me pareció que su nerviosismo superaba al mío.

¡Y qué juego, Dios mío! Ninguna mano produjo más de un punto, con un total de cuatro, equitativamente repartidos. El triunfo era espadas: pedí cuatro cartas.

Me las sirvió una a una, y la primera que levanté era el rey de espadas.

-Me basta con el rey -dije, poniéndola boca arriba.

El caballero profirió un juramento y se puso en pie, arrojando violentamente sus cartas sobre la mesa. Me levanté, asustado, sin soltar el rey de espadas.

-Ésa es la clase de suerte que siempre me ha fastidiado -dijo el caballero, en un tono más tranquilo.

Y empezó a pasear de un lado para otro, con la cabeza inclinada sobre el pecho, hasta el punto de que me pregunté si estaría bromeando y esperaba que yo me echara a reír. Luego se detuvo y me miró fijamente.

-Muchacho -dijo-, te estoy muy agradecido por la compañía. ¿Qué dirías si no pudiera pagarte?

De nuevo me pregunté si se burlaba de mí.

-Por favor -dije-, el dinero no tiene importancia.

Sorprendentemente, mi respuesta pareció enojarle.

-Te estoy muy agradecido por la compañía, muchacho, pero maldito sea tu descaro. No hay ningún hombre, vivo o muerto, que pueda decir que Giles Suttwell no ha hecho honor a una deuda de juego. ¡Maldito sea tu descaro! ¿Me oyes? ¡Maldito sea tu descaro!

Me sentía tan asustado, que ni siquiera pude tartamudear una palabra de disculpa.

El caballero reanudó sus paseos por la habitación, con la cabeza inclinada y murmurando para sí mismo. Luego volvió a detenerse y a mirarme.

-¡Maldito sea tu maldito descaro! -exclamó-. Pero, ¿cómo voy a pagarte? ¡Ay! ¡Éste es el problema!

Se quedó pensando y luego, con gran alivio por mi parte, me señaló la puerta.

-Buenas noches -dijo-. Te estoy muy agradecido por la compañía, desde luego. Y maldigo tu descaro.

Me dirigí hacia la puerta. El caballero me siguió.

-Te pagarás tú mismo, muchacho -le oí decir-. Lo que era de mi padre es mío, aunque el maldito avaro lo ocultara a mis ojos y a los ojos de los que vinieron después. En la biblioteca…, el quinto tablero detrás de las estanterías a la izquierda de la puerta encarada al sur…, toma lo que te debo…

Me encontraba ya en el pasillo y me volví a mirarle mientras su voz se apagaba detrás de mí. No vi más que una puerta cerrada. Entonces, un intenso terror se apoderó de mí y eché a correr escaleras abajo, gritando, hasta encontrar el refugio de los brazos de mi madre. En aquel momento apenas comprendía nada, pero mi terror me dijo que había estado con algo que no era de la tierra ni era bueno.

Mi madre no hubiera creído una sola palabra de lo que le conté si no hubiese observado que agarraba algo convulsivamente en una de mis manos. Me obligó a abrir los dedos y cogió un naipe de marfil.

Era el rey de espadas.

Mi madre se arriesgó a prolongar mi estancia en la casa hasta que Sir George y su esposa regresaron. Les repitió palabra por palabra la historia que yo le había contado a ella, y les mostró el naipe de marfil.

Sir George apenas hizo ningún comentario.

Mucho más tarde me enteré de que la habitación donde se desarrollaron los extraños acontecimientos que acabo de narrar había sido cerrada porque se rumoreaba que era visitada por el fantasma de Sir Giles Suttwell, jugador y borracho empedernido, que había fallecido a finales del siglo XVIII.

La habitación fue abierta y en el escritorio se encontró una baraja de treinta y un naipes: una baraja completa para jugar al descarte… añadiéndole el rey de espadas. Y debido a que un chiquillo no puede entrar en una habitación cerrada y coger una carta del cajón cerrado de un escritorio, sin tener las llaves de la puerta ni del cajón, se prestó una atención especial a mi historia, y de un modo particular a su final.

Antes de Sir Giles el despilfarrador, el cabeza de familia había sido Sir Giles el tacaño. No sé el número de guineas que se encontraron en una habitación secreta detrás de las estanterías de la biblioteca. Lo único que sé es que mi madre y yo tenemos que agradecerle a Sir George la parte de ellas que nos entregó.

 

FIN


lunes, 24 de marzo de 2025

Un pueblecito Azorin

 Yo he llegado a media mañana

a este pueblecito sosegado y claro;

el sol iluminaba la ancha playa; 

unas sombras azules, frescas, caían

en un ángulo de los aleros de las casas

y bañaban la puertas; la iglesia, con sus

dos achatadas torres de piedra, torres viejas,

torres doradas, se levantaba en el fondo,

destacando sobre un cielo limpio, luminoso.

Y en el medio, la fuente deja caer sus cuatro

caños, con un son rumoroso, en la taza labrada.

Yo me he detenido un instante, gozando de las

sombras azules de las ventanas cerradas, del

silencio profundo, del ruido manso del agua,

de las torres, del revolar de las golondrinas,

de las campanadas rítmicas y largas del vetusto

reloj.

* Texto de Azorin

lunes, 20 de enero de 2025

En la Oscuridad

  
                                          

EN LA OSCURIDAD

 

Aglaia Berlutti

 

Cuando nació, la madre de Aura pensó que no tenía rostro. Era el recuerdo más claro que tenía de las largas horas de parto, acostada en la cama de la comadrona, con el dolor convertido en un animal vivo y radiante que le carcomía el cuerpo entero. De pronto, el dolor cesó y la mujer que le atendía levantó al bebé entre los brazos. “¡Está sanita y gorda!”, había dicho con los brazos manchados de sangre y fluidos. Pero la madre sólo recordaba con claridad el momento terrorífico en que miró la cabecita redonda y calva de Aura y no reconoció el rostro. Solo era una superficie lisa, brillante y pegajosa que se extendía desde la fontanela hasta el pequeño cuello regordete. El miedo le invadió como una ola violenta e insoportable, le sacudió con tanta fuerza que tuvo la impresión que el telón de la realidad se abría en dos partes. El cuerpecito de la niña parecía flotar, retorcido, la piel roja y arrugada, en medio de un espacio negro y blanco, en donde su rostro - que tantas veces había imaginado - no existía o había dejado de existir.

-¡Sólo es la placenta! -gritó la comadrona - ¡Quédate quieta, muchacha pendeja, o vas a agarrar un aire!

La madre de Aura jadeó, aturdida. La comadrona levantó su mano gorda y roja y la pasó por el rostro de la niña. La placenta se deslizó con facilidad, con un ruido como de succión, y de pronto la madre se encontró mirando la carita de su hija, con la nariz chata del padre que no conocería y la boquita de piñón que le recordaba a la suya. La niña se echó a llorar a gritos, como liberada de un peso insoportable. Un grito a todo pulmón, que pareció llenar la habitación y la mañana entera.

- Esos pulmones -se echó a reír la comadrona -, será fuerte.

Se acercó y le puso a la niña en el pecho desnudo con un movimiento firme de su brazo gordo y hábil. Con la otra mano sostenía la placenta, una medusa rota y transparente flotando hacia ninguna parte. La niña berreaba con todas sus fuerzas, moviendo los bracitos sobre la cabeza. El rostro contraído en una expresión casi tensa. Pero su madre solo tenía ojos para el súbito milagro de su existencia, del hecho de haberla parido. Dos horas antes, solo la forma abombada del vientre hinchado. Ahora era su hija.

-Está sanita -dijo en voz baja y ronca -, está bonita y sanita.

-Te dije que dejaras la angustia -la Comadrona se secó el sudor de la frente con la mano y un rastro de sangre le quedó sobre la sien -, esa muchacha iba a nacer bien. ¡Ni que fuera la primera que traigo al mundo!

La madre de Aura pasó los dedos por el cuerpecito regordete, las manitas abiertas y firmes que se aferraron a sus dedos con un ademán casi urgente. La estrechó en un abrazo impaciente. La niña se acurrucó contra su hombro y el llanto rabioso que la sacudía se volvió un leve murmullo. La muchacha sintió que la niña reconocía el calor de su piel, como si se tratara de un extraño vínculo entre ambas que nadie podía comprender en realidad. O eso pensó, agotada y desorientada.

-Y verá doble - dijo la Comadrona-, la mantilla anuncia tres ojos en vez de dos.

Levantó la placenta para que la Madre de Aura pudiera verla. Pero la muchacha sacudió la cabeza, asqueada y aturdida. Apretó a la niña contra el pecho con más fuerza. Era liviana, acuosa, frágil. Suya, pensó al abrazarla. Unidas para siempre, una parte de la otra.

A los cinco años, Aura despertó llorando a gritos. Cuando su madre corrió a su habitación, la encontró señalando la ciudad quince pisos más abajo del pequeño apartamento en el que vivían. Su madre le tomó entre los brazos y trató de consolarla, pero Aura gritaba a todo pulmón, señalando con el dedo las luces intermitentes de la Caracas dormida.

-¡La gente se mata! -gritó en un chillido muy fino y estridente- ¡La gente se mata allá abajo!

Era el 4 de febrero de 1992 y faltarían casi seis horas para que la madre de Aura supiera lo que ocurría en la ciudad, la violencia que recorría las calles y que había dejado en estado de sitio al país entero. Pero por el momento sólo necesitaba tranquilizar a Aura, que gritaba y lloraba, narrando detalle a detalle una pesadilla imposible de describir: hombres uniformados que se disparaban entre sí, un viejo con una camiseta blanca que caía al suelo con flores de sangre sobre el pecho, un animal monstruoso de metal arremetiendo contra un edificio blanco y enorme. Su madre se limitaba a escucharla aterrorizada, pero también fascinada. De nuevo, Aura parecía capaz de traducir el mundo de una manera que apenas podía comprender.

Por supuesto, no era la primera vez que Aura hacia algo semejante, pensó días más tarde, cuando la noticia del golpe de Estado contra el Presidente Carlos Andrés Pérez estaba en todas las pantallas de televisión y titulares de periódicos. Desde muy niña, Aura había tenido la extraña capacidad de traducir la realidad de una manera distinta, tan por completo inexplicable que, en ocasiones, su madre sentía verdadero terror de su niña, de sus ojos enormes y alucinados, de la vocecita frágil que le hablaba de horrores imaginarios que le dejaban sin respiración. Hablaba de atracos, asaltos, balaceras, de muertes que su madre después descubría en las páginas de los periódicos. Paralizada de asombro, ella leía las descripciones que ya conocía de memoria, de los detalles que su hija le había explicado entre susurros, las manitos sobre las rodillas, el cuerpecito temblando de una tensión insana e imposible de contener. A veces, tenía la impresión de que la niña era una especie de imagen movediza, una retorcida versión de un muñeco de ventrílocuo a través de la cual se comunicaban fuerzas inexplicables. De sombras y espectros que pululaban en las sombras, con el miedo ambivalente y torvo de los niños.

-Esas son ánimas -dijo una de sus vecinas en una ocasión-, ánimas del purgatorio bendito. La niña las ve porque está chiquita. Y le cuentan cosas.

La madre de Aura no sabía muy bien qué le había impulsado a contar lo que Aura podía hacer a la mujer gorda y jovial con quien compartía pasillo, pero ahora que lo había hecho le aliviaba escucharle. La mujer no pareció sorprendida o aterrorizada por las pocas cosas que la muchacha atinó a contarle sobre su hija.

-Cuando esté más grande, ya dejará de ver -dijo la mujer -; es la edad, que es inocente. Después ya se olvidará de todo eso.

La madre de Aura recordó de pronto a la comadrona de su pueblo. Al pensamiento terrorífico que su hija había nacido sin rostro. Después, la sonrisa maliciosa de la mujer. “Verá doble”, había dicho unos pocos minutos después que Aura había nacido. “La mantilla anuncia tres ojos en vez de dos”. Le recorrió un escalofrío al recordar las palabras, sepultadas sobre años de penurias y privaciones. Pero la escena estaba allí, fresca y recién descubierta en su mente. Esa noche, la madre de Aura soñó con la placenta, convertida en un monstruo enorme, transparente y peligroso que flotaba sobre el cuerpo dormido de Aura. Palpitaba con una especie de luminosidad interna, perenne, fría. Esta vez fue ella quien despertó con un grito atorado en la garganta.

En una ocasión, Aura miró sobre el hombro y descubrió la figura de un hombre de sombras de pie en la puerta de su habitación. Tenía contornos borrosos, como si estuviera a punto de disolverse en la oscuridad. En el lugar en el que debía encontrarse los ojos había dos puntos de luz parpadeantes de un azul cristalino e imposible. Uno de los brazos de la criatura de sombras estaba alzado hacia el dintel de la puerta, el otro parecía desaparecer en el contorno de su cadera.

-¿Tú comes gente? -dijo Aura.

No tenía miedo. Lo había perdido hacía años, cuando las figuras comenzaron a aparecer con regularidad en todos los lugares del pequeño apartamento en que vivía, en las escaleras del viejo edificio, incluso en el patio de la escuela. La escena siempre era la misma: la criatura la miraba (o eso suponía Aura) y al final desaparecía en un parpadeo, como si nunca hubiese estado allí. Con frecuencia, Aura tenía un poco de fiebre después de esos episodios y se comenzó a preguntar si las personas de sombras hacían algo de mirarla. Si de hecho podían comerla.

La criatura de sombras no respondía - ninguna lo había hecho nunca - , sino que se movió con lentitud, en un vaivén antinatural que antes le había provocado mucho, mucho miedo a Aura pero que ahora solo le despertaba curiosidad. ¿Tenían huesos las personas de sombras? ¿Había algo que sostuviera su figura? Lo miró acercarse y después, como solía ocurrir, simplemente no estaba allí. Como si Aura hubiese imaginado su silueta extrañamente gibosa, sin bordes definidos. Cuando se tocó la frente, percibió la fiebre en las sienes. Como siempre.

Siete días antes que la madre de Aura muriera, ella fue a visitarle. La mujer había vuelto al pueblo en el que nació y ahora vivía sus últimos años en la casona desordenada y fea que había pertenecido a sus desconocidos abuelos. Miró a Aura sorprendida, como si la reconociera, de pie en la puerta del salón atestado de muebles viejos.

-Mija, ¿y a qué viene usted?

Aura suspiró. Las personas de sombras se movían de un lado a otro al fondo del cuarto. Aparecían y desaparecían en las sombras. Los ojos titilantes como los de los gatos, apareciendo entre el resplandor del metal mellado y la madera mal lustrada. Aura no supo qué responder. Su madre chasqueó la lengua y comprendió.

-¿Falta mucho tiempo? -dijo.

-Sí - mintió Aura. Y tuvo la impresión que su madre lo sabía.

La sepultó en el cementerio del pueblo, en el pequeño y destartalado mausoleo de la familia. Allí yacían los abuelos que no habían querido conocerla, el tio que le llamó a su madre “puta” por haber sido madre soltera y la tía que le escribía cartas a escondidas. No había nadie más que Aura, mientras el sepulturero arrojaba los paletones de tierra. El hombre con la pala en mano y las figuras espectrales que flotaban, desdichadas e ingrávidas entre las tumbas. Aura no las miró. Tenía miedo de reconocer a su madre entre ellas.

El día en que Aura sufrió el derrame cerebral que casi la mataría, lo supo unas horas antes que ocurriera. Una certeza fría y helada que la aterrorizó, pero que después pudo más o menos controlar. Se vistió con ropa limpia, caminó hacia el hospital a dos cuadras del viejo edificio en el que vivía y esperó, con la resignación de las almas en penas. No tenía el dinero suficiente para acudir a una clínica privada y tampoco sabía qué podría explicar una vez que estuviera allí. ¿Que una de sus corazonadas le había indicado que la vida tal y como la conocía había terminado? Sin duda, un alma anónima perdida en el tiempo. De hecho, se preguntó si se convertiría en alguna de ellas, si simplemente dejaría de existir, si el mundo se convertiría en una especie de ilusión torcida sin explicación ni ritmo. Observó las sombras que iban de un lado a otro, los ojos parpadeantes que se volvían hacia ella de vez en cuando, que la miraban con una aterradora atención. ¿Me haría una de ellas?, se preguntó con cierto sobresalto. Pero no tuvo tiempo para pensar en la respuesta: el dolor llegó, una única punzada violenta y galvanizante. Mientras perdía el control de las piernas y los brazos, agradeció que fuera rápido, fulminante. Después llegó la oscuridad.

La habitación en que se encontraba confinada Aura olía mal, una combinación de orines y mierda que le cerraba la garganta de pura repugnancia. En realidad no había garganta que cerrar: el tubo de la traqueotomía respiraba por ella y, a pesar del asco ingobernable que le producía los olores del cuarto mal ventilado, poco podía hacer para evitarlo. Colgaba en la cama como un peso muerto, la cabeza cruzada sobre la almohada, cada vez más encogida y frágil. La única ventana mostraba el paisaje de una Caracas arrasada, triste y violenta de la que Aura conocía todas las historias.

Había tres pacientes más en la habitación. Un viejo con un enfisema crónico y una mujer más o menos de su edad, con la pierna repleta de clavos y heridas. Las bacinillas eran suyas y el olor nauseabundo también. Las enfermeras del hospital apenas aparecían por la habitación y cuando lo hacían no se molestaban en asuntos tan triviales como limpiar los excrementos pegoteados en la cama y los cuerpos de los pacientes. Mucho menos Juana, con su rostro regordete y su uniforme gris y remendado. Para ella, el trabajo era poco menos que un suplicio, un castigo, una forma de aplastar su voluntad bajo la mano de aquellos inútiles que languidecían en las viejas camas rotas.

-Todos estos mierdas deberían estar muertos -le escuchó decir Aura en una oportunidad-. ¿Qué gana el Gobierno cuidando a estos putos de mierda? ¡Nada!

Aura miró cómo sacudía al viejo del enfisema y lo obligaba a recoger sus propias sábanas y arrojarlas al suelo. El viejo estaba desnudo, pellejo y piel arrugada sobre las articulaciones hinchadas. La mujer de la pierna rota gritó y sacudió los brazos cuando Juana la empujó para limpiarle las escaras de la espalda, que saltaron como pequeños volcanes de pus pestilente. Cuando le tocó el turno a Aura, se quedó mirando al techo, esperando que el horror pasara. La mujer se quedó de pie a un lado de la cama.

-¿Y tú, putica? ¿Por qué no te mueres de una vez, chica? - le dio un sacudón y Aura rodó de lado, mostrando la espalda llagada y el culo inflamado por la infección-. Mira cómo te has puesto. Marrana, puta.

El dolor fluyó lejano, como una serie de pequeñas sacudidas que Aura apenas percibió. Lo que sí pudo sentir con claridad fue el odio de Juana, sus manos violentas. La vio de joven, abofeteando enfermos. Escuchó a un bebé que lloraba en una camilla. “Cállate, puto de mierda”. La mano enorme sobre la cara del bebé, que comenzaba a asfixiarse. Un anciano que gimoteaba atado a la cama de muelles de metal. Aura vio las imágenes y sintió el ramalazo de un rencor recién nacido, de una sensación dura y plena que de pronto le despejó la mente por primera vez desde que había llegado al pabellón de los abandonados, seis meses atrás.

Aura comenzó a observar a Juana con mayor cuidado, aunque la enfermera no parecía notarlo. ¿Por qué habría de hacerlo? Después de todo, la mujer de la cama doce era una desahuciada, una loca de la calle que había llegado sin identificación y sin dinero para ser mantenida por el hospital. Un derrame cerebral la había reducido a un profundo estado vegetativo, o eso suponía el médico de planta, un doctor comunal que no se molestó en hacer más revisiones que una inestable tomografía y unas cuantas comprobaciones físicas. Aura pasó a engrosar la estadística de enfermos incurables, sin familiares que aguardaban la muerte en el pasillo ocho del hospital más viejo y pobre de Caracas.

Pero a Aura eso no le importaba demasiado. Ya no, luego de meses de enloquecer en la sepultura de su cuerpo. Ahora, liberada de toda intención y propósito, yacía sobre la cama convertida en pura piel y pellejo, esperando la muerte sin saber cómo o cuándo llegaría. Se preguntó si sus percepciones también la habían abandonado, como todos los recuerdos de su vida, como su pequeña existencia discreta en el viejo apartamento de la ciudad. Ahora era una criatura anónima, siniestra, hundida detrás de un rostro paralizado, sometida a los cables y aparatos que la mantenían con vida apenas. ¿Habría alguien con el valor suficiente para desconectarlos todos a la vez, de poder? Ella lo haría, sin duda. No le temblaría el pulso ni la intención.

Con Juana, descubrió que sus percepciones habían regresado en toda su fuerza. Sabía lo que la mujer hacía en otras habitaciones. Sabía la forma como maltrataba y golpeaba a pacientes que eran incapaces de defenderse de su mano plana, de su autoridad, de su fuerza salvaje de puro odio. La veía con el ojo de la mente, recorriendo habitaciones, robando, golpeando. El resto de las enfermeras le temía o simplemente la ignoraba por completo. En medio de la crisis que cruzaba la ventana que miraba hacia la ciudad, del país desmoronándose paso a paso, del hambre y las carencias, las almas perdidas del pabellón de los desahuciados eran insignificantes para el resto del mapa de las cosas. Como si hubiesen dejado de existir o quizás nunca hubiesen existido.

Una tarde, Aura despertó de un sueño inquieto y encontró a tres figuras negras rodeando su cara, con sus ojillos brillantes fijos en su rostro. O eso le pareció. Uno era más alto que otro, el resto parecía flotar en medio de las exiguas sombras de la luz que entraba por la ventana. Pero eran ellas, sin duda, las criaturas que la acompañaban desde niña, que le contaban sobre lo que ocurriría antes o después. Las que poblaban sus sueños. Ahora simplemente estaban allí, como deudos en un funeral que aún no se realizaba. Aura sintió que la fiebre le calentaba las sienes, la boca seca, el corazón latiendo muy rápido. ¿Venían para presenciar su muerte?

De inmediato supo que no era así. O al menos fue el pensamiento más claro que tuvo en medio del caótico desfile de imágenes y sensaciones que la rodeaban con frecuencia. Supo que las criaturas vigilaban, no sólo a ella, sino al resto de los enfermos del pabellón de los desahuciados. Que se inclinaban sobre sus pechos flacos y consumidos para percibir el latir de su corazón. Que rozaban con sus dedos de sombras las manos abiertas y retorcidas contra los costados consumidos. Y como si de una revelación se tratara, Aura comprendió lo que quizá siempre había sabido: se alimentaban de ellos. De todos. Las figuras de sombras comían, devoraban de a poco a quienes escogían como presa.

La frase le llegó a Aura sin parafernalia alguna, con una cierta cadencia elegante que le recordó los libros que solía leer. Sintió miedo ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde que estoy aquí? Era la primera vez que se hacía la pregunta desde… Tomó una bocanada de aire. La fiebre le calentaba las mejillas, los labios resecos. Las criaturas de sombras siguieron observándola hasta que de pronto simplemente no estuvieron allí.

Pero Aura sabía que volverían. Y lo hicieron. Ahora con más frecuencia. Tanta, que no pasaba una hora sin que Aura percibiera sus movimientos en los rincones nauseabundos de la habitación, como si formaran parte de las grietas llenas de roña de las paredes. Los pacientes de la habitación deliraban con fiebre alta, sacudían los brazos, se cagaban en las sábanas empapadas de sudor y orina. Las criaturas contemplaban todo desde la oscuridad, con una avidez corrosiva que Aura comenzó a comprender a fuerza de observar.

Juana también volvía con más frecuencia que antes. Parecía disfrutar de la tortura retorcida y selecta a la que sometía a los pacientes del pabellón de desahuciados. En una ocasión abofeteó a Aura sólo por el placer de hacerlo. Un manotón limpio, firme. La cabeza de la mujer chocó contra el travesaño de la cama y allí se quedó, la frente hinchada contra los tubos de aluminio abollados.

-Chica, tú sí aguantas -le susurró; el aliento dulce, casi maternal -. ¿Tú no te quieres morir?

Aura apretó los dientes. O soñó que lo hacía. El rencor lento y solapado que había sentido antes floreció como una hierba blanca y dura en algún lugar de su mente. De nuevo percibió con claridad la violencia de la mujer, su arrogancia, la violencia demencial que tanto la satisfacía y sostenía algún grado de su tambaleante cordura. La vio de niña en un barrio de Caracas, sentada en las piernas de un hombre que le abofeteaba mientras la tocaba entre las piernas. “Si no te callas, voy a matar a tu mamacita”, la voz flotó desde el pasado y se confundió con el olor de Juana, con su sudor rancio. Aura sintió que el odio parpadeaba, se hacía incluso más fuerte, como si la conmiseración lo alimentara. Juana soltó una carcajada, le pasó una mano por el hematoma de la cara.

-Muérete, chica, esa cama ya la necesita alguien.

Las criaturas oscuras volvieron en tropel esa noche. Ya había más de diez, o eso pudo contar Aura mientras la enfermera de la noche le cambiaba las sondas con gesto lento y displicente. Diez o un poco más, se dijo Aura. Y tan claras. Las formas de las cabezas definidas, los brazos larguiruchos con los contornos claros, casi visibles los dedos de las manos. ¿A qué se debía el cambio? Aura los contempló rodeando la cama de la mujer de la pierna rota, que ahora gritaba y soltaba insultos por el dolor que ningún sedante podía calmar. La rodeaban como una feligresía triste y lóbrega. Bebían de ella.

Aura lo comprendió de pronto y con tanta claridad que, de haber podido, habría soltado una carcajada. En lugar de eso, se quedó con la cabeza ladeada observando la procesión de criaturas oscuras que rodeaban a la mujer, que se inclinaban de a poco, como para escuchar mejor sus quejidos. ¿Sería posible?, pensó casi por accidente. ¿Era eso lo que ocurría? Recordó sus terrores nocturnos. Recordó las pesadillas. La ciudad en llamas, los hombres muertos. Su madre agonizando. Las figuras oscuras de pie, aguardando, los brazos extendidos.

Se concentró todo lo que pudo en recordar a Juana. En la sensación del golpe que le había propinado. Se concentró en el odio de la mujer, en el suyo propio. Las figuras se volvieron al unísono. Una a una, avanzaron hacia la cama. La rodearon como un pequeño arco oscuro, amontonándose unas a otras, las sombras confundiéndose entre las sombras. Aura habría sonreído de haber tenido control sobre su rostro. Habría sentido alivio si tuviera otra cosa que miedo y ese profundo cansancio que la acompañaba a todas partes. Pero también estaba el odio. Profundo, primitivo, ancestral.

Lo intentó una y otra vez hasta convencerse de que el odio no sólo parecía atraer a las criaturas, sino también… ¿Qué? ¿Controlarlas? Esa no era la palabra y la mente cansada y lastimada de Aura no podía encontrar la correcta. Había algo dócil en la manera en que las criaturas se movían en la oscuridad, en la forma en que se inclinaban sobre ella. Los ojillos brillantes parpadeando con algo que parecía curiosidad pero que podía ser cualquier cosa. Aura comenzó a notar que, además, las sombras tenían una cierta ¿voluntad? o algo que las hacía seguir el rastro de odio con toda facilidad. Las vio cruzar la habitación cuando la mujer de la pierna rota gritaba o el viejo gimoteaba de angustia. Pero el odio era más fuerte. El odio era más persistente. El odio les alimentaba mejor.

Un día Aura se concentró en el odio que había sentido la primera vez que Juana le había curado las llagas de la espalda. Le había arrancado las escaras con las uñas y después le había pasado un trapo con agua caliente y alguna medicina. El dolor real -después de años de percibir las sensaciones a distancia, sin sentido, envueltas en una asincronía inexplicable- golpeó a Aura con tanta fuerza que la hizo tomar una bocanada de aire desesperada, agónica. El mero recuerdo le hizo gemir: un sonido chirriante y extraño que se extendió por la habitación como el tañir de una campana tenebrosa. La enfermera de las tardes, joven y nerviosa, se apresuró a revisar las diferentes sondas y tubos que la mantenían con vida. Pero Aura miraba fijamente a las criaturas que rodeaban la cama. Una de ellas extendía el brazo con lentitud y cuando rozó uno de los tubos que colgaban de la cama, éste se balanceó con lentitud. Un movimiento suave, como si una vida interna la animara. Aura miró el tubo mucho rato hasta que la enfermera joven le aplicó un sedante y se durmió.

Esa noche tuvo un sueño. Se vio a sí misma como una niña muy pequeña, sentada en el patio del colegio en el que había acudido durante la infancia, llorando a gritos. El raspón en la rodilla era tan doloroso que llenaba el mundo como un gran estallido. Y las figuras oscuras le rodeaban. Las piedrecillas del jardín de yeso vibraban entre la oscuridad movediza. Vibraban con fuerza, sin que nadie las moviera. Vibraban con fuerza mientras Aura seguía gritando, a todo pulmón, llena de rabia y dolor.

Dos días después Juana volvió a la habitación. Era casi medianoche y hacía mucho calor, tanto como para que la enfermera joven hubiese dejado la única ventana de la habitación abierta. Aura de inmediato notó que la mujer estaba borracha: zigzagueaba al caminar, reía en voz alta, una risa loca y salvaje que le subía del pecho a borbotones. Golpeó la pierna enyesada y cubierta de clavos de la mujer y la hizo aullar de dolor. Zarandeó al viejo dormido hasta despertarlo y luego lo hizo llorar, tirando de los escasos mechones de cabello con fuerza. Cuando se acercó a la cama de Aura, llevaba un cigarro encendido. Aura percibió su calor antes que el roce del fuego en la piel, lejano y amortiguado. Juana rio entre dientes, la sonrisa amplia y seca que la hacía parecer una máscara rústica.

-Chica, y tú nada que te mueres -murmuró y apretó el cigarrillo con más fuerza contra la piel apergaminada y amarillenta del brazo de Aura-. ¡Muérete de una vez, coño! ¡Muérete!

-volvió a pegar el cigarro en la piel frágil de Aura y lo retorció con cuidado. Aura continuó con los ojos abiertos, aterrorizada y atrapada bajo el corpachón inmóvil que la mantenía con vida. Entonces llegó el odio. Una ráfaga violenta y dura que la hizo jadear, como si buscara aire. Odio tan radiante y frío que le iluminó la mente como nada lo había hecho hasta entonces. El odio era como la mejor y más potente medicina. El odio era como un sacudón amplio y seco que movía cada fibra de su mente. Juana la miró con los ojos entrecerrados, la sonrisa ponzoñosa bailándole entre los labios.

-¿Te duele, no? Ay, coñita, ahora es que viene lo bueno.

Aura aspiró aire y el odio ascendió en su pecho como una sensación real. Era real, sin duda, tanto como para que, de súbito, todas las sombras de la habitación ondularan a su alrededor, se movieran con una lentitud casi pesarosa hasta tomar la forma de figuras medio encorvadas. Ojos brillantes, los brazos colgando junto al cuerpo. Entre los gritos de la mujer y el llanto del viejo, las sombras daban vuelta sobre sí mismas, bailaban una danza tan antigua como peligrosa. Pero el odio era más fuerte. El odio era puro, recién salido de la tierra y del corazón del hombre. El odio era la fuerza que movía el tiempo y el dolor.

Juana los sintió sin verlos, sin ser capaz de imaginar qué ocurría a su alrededor. Sólo atinó a sentir la breve vibración de la multitud que se movía en la habitación, que llenaba cada resquicio de la habitación con un volumen invisible y mortal que Aura no podía comprender pero que sentía envolverla, abrirse como un río caudaloso y amenazante. Las sombras estaban en todas partes, empujaban unas a otras como una pared oscura infranqueable hacia un horror inexpresable. Y Juana estaba atrapada entre ellas, sacudiendo los brazos, tratando de respirar. Juana, cuyo odio también las alimentaba, cuyo terror resultaba tan fuerte que atraía incluso sombras que ascendían por la ventana abierta como volutas de humo lento y denso. Cuando tropezó y se golpeó contra el alféizar de la ventana, gritó. Puro odio y miedo. Odio tan potente, desesperado. Extendió las manos tratando de aferrarse a la madera, al descansillo de yeso, pero las sombras volvieron sobre ella, cada vez más abultadas, enormes, henchidas de su odio. Juana resbaló y lo último que Aura distinguió de ella fue el rumor de su falda gris, flotando contra la noche como un ave imposible y oscura.

Aura no podía cerrar los ojos, pero en medio del tumulto de sombras tuvo la impresión de que lo hacía, en un lento suspiro de pura alegría retorcida. Una sensación de triunfo que le estalló en el pecho como una forma de placer.

El médico se inclinó sobre la mujer paralizada y contempló su rostro cadavérico, los ojos abiertos, la mejilla hinchada. El brazo derecho, puro pellejo amarillento, tenía dos marcas de cigarrillos bien visibles. El hombre chasqueó la lengua, movió la cabeza afligido y cansado.

-Antes de matarse borracha, se ocupó de dejar huella -dijo en voz baja; la enfermera joven lloraba contra un pañuelo de papel a su lado-. No te preocupes, Aura. Nadie volverá a hacerte nada. Te lo juro.

El rostro de la mujer siguió siendo sólo una máscara sin vida, fosilizada por la inmovilidad. Pero cuando la enfermera joven se inclinó para mirar, tuvo la impresión que algo había cambiado en ella. Sintió un escalofrío. Casi habría jurado que los ojos se movían para mirarla. Atentos. Cubiertos de una fina oscuridad.

 

FIN

 

Tomado de Revista “Penumbria”