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jueves, 24 de septiembre de 2026

HELAS .- Alfonso Álvarez Villar

 



 

Thompson miraba con satisfacción el estado de las excavaciones arqueológicas en aquel rincón de Creta. Ya habían aparecido, bajo los picos y los azadones, los primeros vestigios de un palacio que parecía datar del Minoico reciente. Habían pasado tres meses desde que el avión le trasladara de la brumosa Cambridge a aquel país soleado.

Era todavía un hombre joven. El ser uno de los mejores especialistas en historia egea, el que en las revistas y en los programas de televisión se le llamase con orgullo el sucesor de Sir Arthur Evans, no le privaba de ser uno de los mejores jugadores de golf, en un país en que el golf es uno de los hobbies más extendidos. Sólo las entradas en el cuero cabelludo y algunas arrugas sobre su rostro macizo de anglosajón delataban el paso de los años.

Thompson había sido llamado por la Dirección Nacional de Arqueología del Gobierno de Atenas, algunos días después que un muchacho de los alrededores de Heraklion hubiese aparecido en una tienda de antigüedades intentando vender un magnífico jarrón, en el que sobre un fondo negro, como de profundidades marinas, agitaban sus tentáculos varios pulpos de líneas estilizadas. La noticia de aquel hallazgo se había divulgado rápidamente, pero las autoridades griegas se habían anticipado a la nube de depredadores que se disponían a enriquecerse a costa de los turistas.

Quince días después habían comenzado las excavaciones, bajo la dirección de Thompson, cuando todavía la primavera mediterránea cubría, como con copos de nieve, los almendros de la isla. Luego, habían empezado a salir a la superficie docenas de ánforas y de cráteras, de vasijas y de tinajas decoradas o sin decorar, con el color rojizo de la arcilla o cubiertas de figuras geométricas o de animales muy esquematizados. Finalmente, comenzaron a hacerse visibles los muros de una habitación y los pilares de un vestíbulo. Ahora estaba la cuadrilla de peones cretenses arrojando en los camiones las últimas paletadas de tierra para dejar limpio el recinto recién resucitado de las entrañas golosas de aquella diosa tierra que los antiguos griegos habían adorado. Pero el caluroso verano dejaba una pátina de sudor en el rostro de los trabajadores y enlentecía sus movimientos.

Un joven obrero se acercó a Thompson que, sentado en una silla plegable, hacía el inventario de los últimos objetos que se habían desenterrado: un par de fíbulas y un ejemplar de esa misteriosa hacha doble que tanto intrigaba a los especialistas en arte Minoico. El muchacho llevaba en sus manos, como un trofeo o como una pieza de caza recién cobrada, una magnífica crátera, cuyo barniz negro relucía radiante, alegre de volver a reflejar los rayos del sol. Después de tomarla en sus manos, Thompson se acercó con el obrero al lugar en donde acababa de ser hallada. Su cámara fotográfica emitió un clic, y aquellos terrones de tierra pasaron a la historia de la arqueología. Luego deslizó sus manos por la crátera, admirando la suavidad de sus líneas, y complaciéndose en los rosetones que rodeaban, como una banda de violetas, la boca del recipiente, por donde otros hombres habían bebido el fuerte vino de Creta, hacía ya tres mil quinientos años.

Miró hacia el mar que, a pocos centenares de metros de allí, respiraba como una muchacha que duerme la siesta. Miró también las suaves colinas cubiertas de olivos, y oyó el canto de las cigarras, a las que Anacreonte había comparado con los dioses. Y entonces tuvo una sensación extraña, la primera de las que le asaltarían desde entonces.

Aquello duró una fracción de segundo, pero le dejó paralizado durante unos instantes: es como si él recordara que había estado bebiendo en alguna ocasión en aquella misma copa, y enfrente de aquel mismo paisaje. Llegó, incluso, a sentir sobre su garganta el lametazo dulce y, al mismo tiempo, picante de un licor que parecía vino. Pero pronto se recobró de su estupor: había leído en no sé qué revista de divulgación científica algo acerca del «fenómeno del ya visto». Precisamente el día anterior había estado bebiendo vino del país en el chalet del cónsul británico, allá en la antigua Candía. Volvió, pues, a las obras, estimulando a los peones para que terminaran de despejar de tierra y de escombros el área recién excavada.

Una hora después estaba solo, bajo el crepúsculo violeta. Una cinta de sangre ceñía, allá a lo lejos, el horizonte marino. Mañana vendrían más obreros, y pronto el sol de la Hélade doraría de nuevo un palacio más de la serie descubierta por los arqueólogos de todo el mundo, bajo el suelo de Creta. Posiblemente, dentro de una semana las fotografías de los frescos respetados por el zarpazo de los siglos, y de la cerámica de aquel lugar, eclipsaría a los ya célebres palacios de Cnossos y de Hefaistos.

Pero ya era tarde y el camino era muy malo. Por eso, abandonando sus ensueños de gloria, puso en marcha el jeep y sorteando los baches del camino vecinal y, luego, los de la carretera de segundo orden, se dirigió a su alojamiento en Heraklion. Una lechuza graznó sobre su cabeza en los arrabales de la capital. Thompson pensó que era la diosa Pallas Atenea la que le mandaba un buen presagio.

Llegó al campamento cuando los rayos del sol comenzaban a dorar las suaves colinas y las matas de jaramillo que se desperezaban en el amanecer. Como empujado por una especie de fuerza magnética, saltó desde el pequeño desnivel del terreno al suelo de aquella habitación o almacén que acababa de ser despejado el día anterior. Pronto sus botas de suelas tachueladas rechinaron sobre las piedras que formaban el suelo. En una esquina, la piqueta había desatascado un canal de desagüe. Una mariposa blanca revoloteaba encima de él. ¡Dios mío, dónde había visto algo parecido; mejor aún, algo idéntico! Recordó sus visitas a los megarones de Tirinto y a algunas de las tumbas etruscas, bajo el sol también achicharrante de la Campania. Pero no se trataba de establecer semejanzas, sino de esa misma vivencia que le había embargado el día anterior: la de haber vivido «aquello» en alguna otra ocasión, la de haber paseado sobre esas mismas piedras, la de percibir el chorro de agua que brotaba de la atarjea. Es más, durante unos instantes creyó distinguir un hilillo de agua que comenzaba a chorrear por el canal. Pero se frotó los ojos y aquella ilusión desapareció como por ensalmo.

Las cuadrillas de obreros estaban aproximándose. Se oía el bronco rugido de los camiones y los gritos de los peones cretenses, en un dialecto mezcla de turco y de griego que Thompson apenas comprendía. Dio órdenes a los capataces para que apresuraran las obras, y en bañador y con la toalla en un brazo se dirigió a la orilla del mar.

Las olas apenas se atrevían a lamer las arenas grisáceas de la pequeña cala. Parecían jugar peces de oro allá a pocos metros de la orilla, pero las aguas estaban todavía frías. Con rápida brazada se deslizó a lo largo de las rocas que formaban el contrafuerte derecho de aquella piscina natural. Una vela blanca parecía allá a lo lejos una gaviota gigantesca que se hubiese quedado dormida sobre el mármol azul del Mare Nostrum, y entonces Thompson tuvo la sensación, que rápidamente desechó, de que aquella nave era como aquellas otras que había visto pintadas en las muestras de la cerámica rodia o en los primeros lekitos atenienses; que una unidad de la poderosa talasocracia minoana se alejaba veloz desde la orilla transportando panzudas orzas de aceite y pellejos de vino. Sintió aletear sobre su cabeza toda la gloria de aquella civilización desaparecida. Y se creyó un representante de aquel imperio, como si la rueda del tiempo hubiese girado hacia atrás. Efectivamente, aquel mar era el mismo que había acariciado los pies de los habitantes del palacio que ahora él, Thompson, arqueólogo del siglo XX, había resucitado de entre los muertos; aquellas rocas eran también las mismas que entonces habían retumbado con las risas de las doncellas y de los guardias palaciegos, porque treinta y cinco siglos representan para las rocas y para las aguas del mar lo que un día en la vida de un hombre.

Pero eran unos ensueños muy extraños. Bien es cierto que hasta entonces se había asomado con harta frecuencia (porque a ello le obligaba su profesión de arqueólogo) por el brocal de ese pozo insondable que es la Historia. Había llegado hasta sus fosas nasales esa bocanada húmeda y que huele también a líquenes muertos, que brota de las generaciones pasadas, de los hombres que vivieron y murieron hace varios milenios. Ahora era algo distinto: algún brazo maligno le había precipitado, por encima del borde, en las aguas estancadas. Estremecido de terror, nadó, pues, hacia la orilla con toda la potencia de sus músculos, porque el agua salobre y amarga del mar le parecía ahora un licor extraño, un vino que hubiese permanecido durante siglos en un pithon griego sin descomponerse.

Cuando llegó a las obras, la piqueta había descubierto otro recinto del palacio; el fósil antediluviano iba poco a poco, hueso por hueso, desnudándose de tierra ante el sol de la Hélade… Con los últimos fulgores de la tarde, apareció la primera pintura. La arcilla yesosa había hecho difícil su desvelamiento. Fue Thompson el que, con un fino buril, tuvo que ir desprendiendo centímetro por centímetro cuadrado. Primero apareció un fondo de color verdoso, que preludiaba la existencia de posibles figuras humanas o de animales. Luego apareció una mancha de color negro que pronto se convirtió en un áspid. Luego, siguiendo el trayecto de lo que parecía una mano que apretaba al ofidio, Thompson fue extrayendo de un sepulcro de tres mil quinientos años de antigüedad el contorno de un brazo. Finalmente, tras ímproba tarea que sólo un especialista como él podía llevar a cabo con éxito, surgió el rostro de la sacerdotisa. Y una hora después, cuando las nubes ya tenían el color del cobre oxidado, apareció el torso desnudo, la falda con faralaes, como la de una bailarina del Sacromonte de Granada y unos pies diminutos que pisaban un campo de amapolas ya casi destruidas por la humedad y por los agentes químicos del terreno.

El sudor perlaba la frente de Thompson, y la delgada camisa de nylon se había adherido al tórax musculoso y velludo. Los obreros contemplaban en silencio la operación, con un silencio que casi parecía religioso. Uno de los capataces enfocó con la linterna la figura de la sacerdotisa y se oyeron algunos gritos de admiración entre los espectadores. Pero el destello de la linterna, al iluminar el rostro de aquella mujer, imaginada o real, que había sido inmortalizada hacía ya muchos siglos, hizo que Thompson volviera a sentir por tercera vez aquella sensación extraña de «ya visto» que le rondaba desde hacía más de veinticuatro horas.

Esta vez su corazón comenzó a palpitar con violencia, y tuvo que apoyarse fuertemente en uno de los peones para no caer al suelo.

-¿Se encuentra usted mal? -le preguntó uno de los capataces.

-Sí…, ¡es que este maldito calor! -y se refrescó las fauces con el chorro de vino de una bota que alguien le ofreció…

Aquella noche, desnudo sobre la sábana, en el confortable hotel de Candía, comenzó a retorcerse víctima de una extraña pesadilla. Veía en sueños a la sacerdotisa, estrujando el áspid ante una estatuilla de esteatita que representaba un hacha de doble filo. Delante del hacha había otra figura de una diosa con un vaso en la mano. Un humo denso surgía por debajo de la piedra y se perdía por las ventanas de un amplio recinto. Él estaba arrodillado y a su alrededor había otras muchas personas cuyos rostros no podía ver. Luego, la sacerdotisa se volvía hacia él, y haciendo una reverencia gesticulaba de una manera muy extraña. Y entonces oyó su voz. Sonaba como en una caverna, pero era una voz armoniosa, como la del aceite cuando se transvasa de un aríbalo a otro. Hablaba en un griego antiquísimo, todavía más arcaico que el que acababa de descifrar Henry Ventris en las inscripciones de Cnossos. Sólo pudo entender las palabras «tierra» y «Gran Madre», «Toro» y «vida eterna». Se trataba, sin duda alguna, de un idioma litúrgico, porque para todos los pueblos del Planeta este idioma fue siempre más antiguo que el que rueda de boca en boca entre los profanos.

Y Thompson deseó en sueños a aquella mujer hermosísima de pechos erguidos y duros que mostraba sin recato, como todas las mujeres de la era minoana. Mas el vértigo de la voluptuosidad iba acompañado de un sentimiento de temor y de bochorno: aquella sacerdotisa era sagrada. Ningún hombre, y menos aún él, que en el sueño figuraba como el personaje más importante de la ceremonia, podían desear a la intermediaria entre los hombres y los dioses, a riesgo de sufrir la cólera divina.

Se despertó en un baño de sudor. La luz del amanecer entraba por la ventana, y el zumbido del acondicionador de aire parecía el de una abeja cansada. Tomó una pastilla de un gangliopléjico y procuró desechar de su mente las imágenes de aquel sueño tan extraño que seguía obsesionándole.

Y lo curioso es que a medida que su jeep avanzaba por la polvorienta carretera en dirección a las obras, el acoso de aquellos recuerdos se hacía más insoportable. Porque no se trataba de una pesadilla corriente: Thompson había vivido aquel sueño con tanta intensidad que aún le parecía hallarse delante de aquella mujer hermosísima, estremecido a la vez de pasión y de horror. Y mientras iba acercándose hacia las ruinas, una palabra cruzó por su mente como un relámpago, hasta tal punto que tuvo que hacer un rápido viraje para que el jeep no se estrellara contra una encina: Theia. Sí, la sacerdotisa se llamaba Theia. ¿En qué parte del sueño se había pronunciado esta palabra? Durante toda la jornada aún siguió esta palabra mágica brincando como una corza salvaje entre sus pensamientos.

Aquella noche Thompson durmió plácidamente tras ingerir una fuerte dosis de barbitúricos. A la mañana siguiente, volvió a la obra con la mente descargada de ideas extrañas. Todo había sido una consecuencia del exceso de trabajo de aquellos días pasados. ¡No era necesario acudir a un psiquiatra! Mientras, las faenas de las excavaciones continuaban a ritmo creciente. Todo un muro había quedado al descubierto, pero habían desaparecido las pinturas al fresco, casi completamente corroídas por el lametazo de los siglos. Sólo acá y acullá quedaban restos de un fondo anaranjado del que se raspó una parte para enviarla al laboratorio. Habían aparecido también algunas ánforas más, pero desprovistas de todo valor artístico y arqueológico. Por eso, volvió a zambullirse en las ondas cálidas del Mediterráneo para pensar como un hombre del siglo XX, un siglo en el que todo está fijado por leyes físicas inexorables, que no dejan espacio a la indeterminación o a la sorpresa. Aquella noche se sumergió en un sueño reparador, sin necesidad de que el tubo de somnífero le cantase su nana química, y al día siguiente volvió al trabajo.

Aquel día había transcurrido sin novedad alguna, cuando también a última hora de la tarde el cincel de Thompson volvió a entrar en acción. Era otro de los muros de los que habían quedado al descubierto, pero esta vez la pintura aparecía mejor conservada, y el fondo verde resplandecía a la luz del ocaso con una poceta de agua marina. Pronto aparecieron unas pinzas de cangrejos, pero Thompson estaba cansado y no quería continuar la tarea bajo la luz de las linternas. Así que volvió a enfilar su jeep hacia Heraklion.

Pero aquella noche volvió a sobrecogerle una nueva pesadilla. Soñaba que veía a unos delfines retozar en la caleta en donde acostumbraba refrescarse todas las mañanas. Luego los delfines quedaban inmóviles, como si algún ser maligno los hubiese disecado, y aparecía entonces el fondo verde-azulado del muro que acababan de descubrir los obreros el día anterior. Las pinturas formaban como un friso y debajo de ellas se abrían unos anchos ventanales por donde penetraba el aire yodado del mar. Debajo de los ventanales había más pinturas: un toro que brincaba sobre la hierba, mientras un muchacho, cubierto por un taparrabo, se decidía a saltar sobre la cresta del cornúpeta, de acuerdo a un rito y, al mismo tiempo, un deporte muy practicado entre los primitivos cretenses.

Aquellos sueños no tenían nada de terroríficos, pero Thompson se despertó bañado de sudor, porque las imágenes habían sido tan plásticas como en aquella otra pesadilla, que había sido más vivida que soñada. Y lo que es peor, al despertarse, volvió a aletear por su mente el pájaro fantasma de la palabra «Theia».

Bajo los efectos de un gangliopléjico, y con el firme propósito de acudir a un psiquiatra al día siguiente o aquella misma tarde, se alejó de Heraklion. Los obreros continuaban limpiando de tierra y escombros el segundo recinto descubierto. Un tercer muro había aparecido, y una hora después, otro, con una puerta que comunicaba a una tercera estancia.

Thompson volvió a empuñar el cincel entre el tumulto fatigoso de los picos y de las palas, que apagaba el rumor del mar y el chirrido de las cigarras. Mas de repente, el mundo desapareció para él, y al recobrarse de su desmayo, se vio en los brazos de dos de sus capataces que le refrescaban el rostro con un chorro de agua.

Le llevaron a la caseta en donde dormía el vigilante de las obras y le acostaron sobre un duro jergón. Allí recordó lo sucedido: ¡los delfines, que su pincel había sacado a la luz del sol, no eran semejantes, sino idénticos a aquellos otros que habían retozado entre las aguas turbias de sus ensueños! Pero se serenó al pensar que podría tratarse de una simple coincidencia: no era la primera vez que los pintores cretenses habían utilizado ese tema. Es más, era probable que debajo de ese fresco aparecieran los ventanales y luego la escena del muchacho y del toro. Posiblemente, los artistas de aquel palacio habían imitado a las obras descubiertas en Cnossos, al otro lado de Candía. Era como si algún historiador del siglo XXX se extrañase de descubrir, en las ruinas de Kiev, un icono muy parecido a otro desenterrado a pocas leguas.

Volvió, pues, al trabajo, a pesar de la resistencia de los capataces y de los obreros. Fueron horas de infatigable labor, sólo interrumpida para comer un buen trozo de roastbeef frío y una ensalada. Los peones se acercaban curiosos al muro (la imagen de la sacerdotisa había sido velada para preservar la pintura de los agentes atmosféricos, y de otro tipo de gentes menos impersonales que el clima).

Como había previsto Thompson, aparecieron después los ventanales, cuyos vacíos quedaron pronto libres de la arcilla y, también como en el sueño, apareció la imagen del toro y del muchacho, disponiéndose a saltar sobre su grupa. Mientras tanto, una de las cuadrillas de obreros había cargado en los camiones la capa de tierra que cubría el zócalo del recinto. Pronto aparecieron en una esquina un baño de piedra, con su correspondiente canal de desagüe, su emparrillado para calentar el agua y unos conductos que llegaban hasta una artesa ya medio desaparecida. La sensación de «ya visto» volvió a hacerse tan intensa que Thompson dejó a medio terminar su obra, y poniendo en marcha el jeep, pisó el acelerador a fondo con destino a Heraklion. Más de un murciélago estuvo a punto de chocar con el parabrisas del coche, y unas nubes de tormenta amagaban lluvia por Occidente. No tardó en encapotarse el cielo, y el orbayo comenzó a empapar los olivos y los almendros a derecha e izquierda de la carretera.

Los frenos chirriaron delante de la puerta del consultorio del doctor Argyll. Subió las escaleras con paso trémulo y víctima de una taquicardia paroxística que le obligaba a detenerse a cada dos o tres escalones. Pero el doctor Argyll había salido y no volvería hasta la mañana siguiente. Thompson volvió al hotel, y tendiéndose sobre su cama, sin quitarse la ropa, ingirió dos o tres pastillas de somnífero.

¿Dónde había visto aquel baño y aquellos frescos? Volvió a repetirse una y otra vez que todos aquellos detalles eran muy parecidos a los que él conocía por sus visitas a los palacios de Creta o de Grecia. Pero no se trataba de eso. Algo que se revolvía con fuerza dentro de su espíritu gritaba en contra de todos los dictados de su inteligencia fría de científico que todo aquello le era tan familiar como el chalet y el jardín de su casa de Cambridge.

Pronto el derivado del ácido barbitúrico forzó sus párpados, y entonces tuvo un tercer sueño: volvía a las ruinas, rápido como una centella. El jeep se había convertido en una biga, y el ronquido del acondicionador de aire era el golpear de los cascos de los caballos sobre el polvo del camino, y el giro de las ruedas. Una lluvia fina le mojaba el rostro, pero el agua fría se trocaba pronto en un chorro de agua tibia. Veía delante de sí a Theia. Estaban haciéndose el amor en aquel mismo baño que acababan de excavar los obreros.

Theia reía estrepitosamente mientras le arrojaba a manos llenas sobre el rostro el agua templada de la artesa. Estaban los dos desnudos, y él procuraba asirla por un brazo. Nunca había visto mujer tan hermosa como aquélla. Sus labios eran rojos, como una granada, y había en todo su cuerpo como una electricidad mágica que le hacía estremecerse cuando la acariciaba. Hubiese permanecido toda la vida zambulléndose en sus ojos grises, sin notar el paso del tiempo.

De repente, un gesto de terror petrificaba las facciones de su amante. Un grueso pedrusco había caído sobre el agua del baño, levantando un torrente de gotas, y el suelo parecía como si temblase de pánico. Se oían gritos de pavor, y una parte de la techumbre se derrumbaba. Theia y él, arropados en sendas túnicas coloreadas de púrpura, corrían entre las columnas del vestíbulo, en compañía de una muchedumbre que gritaba histéricamente. Una de las columnas se había derrumbado con un golpe seco aplastando a un fugitivo, pero a él sólo le interesaba salvar a Theia.

Se lanzó de la cama de un solo brinco. Todavía estaba medio dormido, pero había creído oír en la calle principal de Heraklion, donde estaba situado el hotel, un griterío confuso. Pero no. No había ocurrido ningún terremoto. Sólo a lo lejos se escuchaba el ronroneo de una gasolinera y la serenata de unos trasnochadores. Bajó a trompicones por la escalera y entró en el primer bar que encontró abierto. Allí se bebió, uno tras otro, sin pausa, varios whiskies, hasta caer completamente borracho. Pero a pesar de su embriaguez siguió soñando, mientras una ambulancia le conducía al hospital.

Soñó esta vez que estaba sentado en un ancho trono de piedra, cubierto de pieles. Era aquélla una sala muy ancha, el Megarón, y una intensa multitud rugía delante de él queriendo abrirse paso hasta su presencia. Sí, no cabía duda, él era el rey de aquella comarca, posiblemente de toda Creta. A su lado, y estrechando sus manos entre las suyas, estaba Theia, pero su rostro había perdido la voluptuosidad y la calma de la escena del baño, aunque no por eso dejaba de ser bellísimo.

Intentaba calmar a los cortesanos, contenidos por la guardia real, cuyas hachas de bronce imponían respeto. Él era el rey y tenía derecho a convertir en reina a quien quisiera. Los dioses no podían castigar a su pueblo por aquel enlace. No era el responsable del terremoto que se había producido el día anterior. Pero las turbas le acusaban de impío y de sacrílego, en un lenguaje que él comprendía perfectamente. Sólo el contacto de los dedos de Theia le daba fuerzas para rebatir las acusaciones.

Permaneció durante una semana delirando entre la vida y la muerte, en una de las habitaciones del mejor hospital de Heraklion hasta que los médicos le dieron de alta. Completamente restablecido, volvió, pues, a las obras, que no se habían interrumpido un solo momento. La piqueta había continuado su obra de revelación. Allí le esperaban a Thompson un gran número de fotógrafos y de periodistas. Pronto aparecieron en los diarios de todo el mundo las noticias de aquel descubrimiento y el nombre de Thompson circuló de boca en boca por todos los países civilizados. Llovieron, pues, felicitaciones y plácemes sobre Thompson, y al cabo de unos días consiguió olvidar completamente sus pesadillas y sus sensaciones extrañas. No cabía duda: como afirmaba el psiquiatra que dirigía su tratamiento había padecido una «neurosis de sobreesfuerzo». Debía, pues, trabajar lo menos posible y delegar en un ayudante la parte más fatigosa de la redacción del informe.

Rodeado, pues, de una aureola de héroe de la arqueología, descansaba tranquilamente en una hamaca, dejándose arrullar por las olas que se deshacían en espuma a sus pies a pocos centenares de metros de las obras, cuando uno de los capataces llegó jadeando a su lado: la piqueta había alcanzado un muro que sonaba a hueco. Todos los obreros estaban excitados en aquellos momentos. Se hablaba de un tesoro fabuloso, como aquel que había descubierto Schliemann en la necrópolis de Argos. Thompson requirió, pues, la presencia de la policía, que apareció al cabo de un rato, antes de que el pico comenzase a abrir una brecha en la pared.

Allí no había tesoros, como había soñado la imaginación de los obreros, y hasta la del científico Thompson. Fueron dos esqueletos los que aparecieron. Uno de ellos era el de un hombre, de una estatura idéntica a la de Thompson; el otro era el de una mujer. Habían sido emparedados vivos, porque sus manos aún seguían entrelazadas con el furor de la agonía. Y en ese momento Thompson sintió como si le faltase el aire en sus pulmones. Intentó respirar y no pudo. Sus bronquios se habían cerrado para siempre.

El médico forense escribió en el certificado de defunción: muerto por crisis asmática.

 

FIN

 


EL OBSESO .- Alfonso Álvarez Villar

 



 

Los psiquiatras califican entre los sentimientos y las tendencias eso que ellos denominan «impulsos obsesivos», esto es, aquellas fuerzas que de una manera más o menos irresistible, nos incitan a hacer algo que sale del marco de nuestros prejuicios o normas morales, pero que al mismo tiempo cae dentro de nuestros deseos y pasiones habituales.

¿Quién no ha sentido la tentación -como ha dicho más de un psicólogo- de arrojar a un pozo a cualquier persona apoyada casualmente en su brocal? ¿Quién no se ha visto turbado alguna vez en su vida por la patológica sugerencia de apretar el timbre de alarma, sin motivo alguno, de un tren en plena carrera? Y así en este mismo tono podríamos citar ejemplo tras ejemplo, acaecidos en personas normales, pero sin que por eso dejemos de subrayar el carácter altamente raro de este fenómeno.

Pues bien, pese al calificativo de infrecuente con que la psicología moteja a esta «vivencia», ésta es tan usual en mí que me voy a sentir otro hombre cuando el doctor X logre extirparla de mi espíritu (suponiendo que lo consiga).

Pero, ¡por Júpiter!, lector mal pensado, no te vayas a creer que el que escribe esto es un loco de remate. Lo juro por mi honor. Un poquito fantástico sí que lo soy, y un algo mucho de mentalidad analizadora y prolija también poseo. Pero éste no es suficiente motivo para que me considere un enajenado (me está entrando ahora la tentación de escribir aquí unas palabras soeces para que mis lectores se sientan ofendidos).

Y volviendo a nuestro tema: me parece que había dicho que aquel «demonio de la perversidad» (así lo llama ese otro maniático que fue Allan Poe) era casi mi pan cotidiano. Tentaciones de este tipo, como la de gritar en medio de una audición sinfónica, o la mucho más truculenta de ocurrírseme asesinar a seres tan queridos como mis propios padres, sin que mediasen, como es de suponer, motivos, me asaltaban con frecuencia. Puedo referir también el caso de aquella novia que tuve hace ya dos años, y de la que en los momentos cumbres de nuestra pasión me veía precisado a apartarme, víctima de extraños afanes de estrangularla. Pero no quiero extenderme demasiado en contarles los antecedentes de mi «caso».

Porque, efectivamente, debo referir que hasta hace apenas seis meses, aquel fenómeno no habría presentado un cariz patológico, y de cualquier forma, no habría dejado de ser una mera inclinación fácilmente reprimible, sin traducción en el mundo externo. Creo conveniente a este respecto resumir aquí la historia clínica que el doctor X guarda en sus archivos. Emprendiendo, pues, esta tarea, he de decir a mis lectores que desde la edad de 14 años hasta los 19 esos síntomas aparecían en casos excepcionales, aunque con más frecuencia que en la mayoría de las personas. Pero, en realidad, este proceso no hizo más que seguir una progresión aritmética a lo largo de aquellos cinco años. Me refiero más bien (y empleo términos psicológicos porque yo siempre he sido aficionado a la psicología) a la fecha en que esa tendencia obsesiva se proyectó en un plano real.

La memoria me falla desde entonces: los electroshocks aplicados a mi cerebro me han hecho olvidar muchas de las cosas sucedidas durante estos últimos meses. Sólo creo recordar que entonces me hallaba en una continua pesadilla. Cualquier circunstancia o cualquier objeto creaba en mí ese estado patológico. Cada vez le era más difícil a mi voluntad poner el veto a la exteriorización de aquellos impulsos. Esto debió prolongarse cinco o seis meses.

Recuerdo también, aunque de una manera muy borrosa y como muy lejana, aquella blasfemia (yo soy muy religioso), que en medio de una sala de espectáculos abarrotada de público lancé a pleno pulmón. Y ahora rememoro (una imagen se vincula a otra) aquella boda en la que ambos contrayentes eran buenos amigos míos. El sacerdote había ya solicitado por dos veces a los testigos a la ceremonia que comunicasen antes de anudar el vínculo sacramental si encontraban algún impedimento en aquella unión. La potencia de mi voluntad ya se hallaba a punto de derrumbarse. Y efectivamente, al repetir la amonestación por tercera vez, exclamé con voz estentórea que sí, que existía un impedimento. Claro que tuve la buena ocurrencia de fingirme víctima de un ataque epiléptico, por lo que aquella estupidez no tuvo ninguna consecuencia. El truco del ataque me valió en más de una ocasión para escapar con cierto decoro de otras situaciones a cual más chuscas.

Por ejemplo, sé que la serie de actos extravagantes que cometí en aquella época alcanzaba una cifra verdaderamente alarmante. Vuelvo a repetir que lo he olvidado casi todo, pero creo recordar cierto puñetazo que di a un pacífico transeúnte y cierto no menos categórico abrazo a la Dama de Elche en el Museo del Prado.

Voy, pues, a limitarme a referir aquí el hecho decisivo que me tiene encerrado en esta celda manicomial. Quiero también justificar ante mis lectores aquella acción absurda que dio pie a tantos comentarios en la prensa. Son precisamente estos comentarios los que me han impulsado a escribir estas líneas, porque, francamente, yo ya estoy harto de verme tratado como un anormal por personas menos inteligentes que yo. ¡Al diablo con ellos!… Pero volvamos al hilo de nuestro relato.

Desde luego sí que puedo asegurar sobre todo que aquello ocurrió en una de las estaciones de Madrid, y hacia el mediodía (estos datos han sido confirmados además por los periódicos que han llegado a mis manos). Por otra parte, no me pregunte el lector lo que yo estaba haciendo en aquel sitio y a aquella hora. El caso es que bajo un sol canicular me paseaba por los andenes vacíos cuando, de repente, me quedé parado ante una de esas gigantescas locomotoras eléctricas que mis lectores habrán visto alguna vez arrastrando una fila interminable de vagones. Era, en efecto (así lo dicen los periódicos), la máquina del expreso preparado ad hoc con destino a no sé qué ciudad española. Pero estas últimas son reflexiones hechas a posteriori. Me quedé parado, repito, y como atraído por una fuerza irresistible, me puse a analizar prolijamente las bielas, las tuercas y en general los mecanismos más nimios de aquel monstruo de acero.

Todo esto duró, aproximadamente, diez minutos, porque al tropezar mi mirada con la puertecilla medio abierta del vehículo me asaltó la súbita e irresistible ocurrencia (la que transformé en realidad) de introducirme dentro.

Aquí los recuerdos se desvanecen como jirones de un sueño fantástico que las luces del alba disipa. Conjeturo, desde luego, que víctima de otra nueva tentación debí poner en marcha el convoy, a fuerza de manipular las palancas de la maquinaria, porque todo lo que sigue es una «sensación de movimiento» o, para concretar mejor, una alocada carrera de dos rieles que se iban estrechando hacia mí a velocidad vertiginosa, sin concluir nunca. También creo recordar los postes del telégrafo que se deslizaban a uno y otro lado de la vía, como si quisieran huir.

Conjeturo que el miedo a caer en las garras de los empleados del ferrocarril (que debían de haberse dado cuenta de mi «maniobra») impidió que mi mano deshiciera lo que mi mente obsesa había comenzado, pero no es menos cierto que «entonces» el viento que azotaba mi cara cuando me asomaba por la ventanilla y la rápida procesión de las copas de los pinos que se sucedían rápidamente a derecha e izquierda, me inoculaba una salvaje alegría, muy difícil de descubrir ahora. Luego creo que me cansé (yo me canso de todo) y a unos cien kilómetros de Madrid dejé abandonado el convoy en un lugar desierto de donde regresé andando.

Vuelven a difuminarse mis evocaciones en un grado todavía más intenso, y además no tengo ganas de proseguir este relato. Pasan confusos por mi memoria la visión de un Tribunal y unos jueces que me absolvieron (se conoce que cediendo a una nueva tentación di parte a la policía de mi «hazaña»). El caso es que ahora estoy en este sanatorio (no de locos) en el que me voy restableciendo.

 

FIN

 

lunes, 24 de agosto de 2026

CUERPO Y ALMA .- Alfonso Álvarez Villar

 



 

No sé cómo me refugié en aquel café, una tarde de lluvia en la que los propósitos más optimistas se hubiesen licuado, como el barrillo que se precipitaba por las alcantarillas de Madrid. Pero aquel establecimiento me sedujo mucho más que las luces de neón de la moderna cafetería americana de enfrente.

El café en cuestión era uno de los fósiles vivientes que aún es posible encontrar en ciertos rincones del Madrid antiguo. Fauna a extinguir por la asepsia de esos establecimientos en donde nos es posible alternar, en condiciones de rigurosa asepsia, los encantos de un sandwich de jamón y queso con las sonrisas de las camareras. Pero aquella tarde yo preferí retrotraerme a otras épocas.

El café se hallaba a media penumbra. Los sofás, de cuero auténtico, se hallaban, en gran parte, ajados, cuando no hendidos por la furia salvaje de algún sádico. En lugares poco visibles se adivinaban parejas de novios que se hacían clandestinamente el amor. Pero la inmensa mayoría de los parroquianos eran viejos, terriblemente viejos, y no parecían preocuparse ni mucho ni poco de hacer imperar en aquel sitio las normas del puritanismo. Parecían esas extrañas salamandras cavernícolas que se quedan inmóviles cuando un rayo de sol, osando entrar por una rendija de la cueva, acaricia sus pellejos descoloridos. Me miraban, en efecto, con ojos inexpresivos, y su mirada era como ese pegamento que se adhiere a nuestra piel, con un contacto viscoso, sin que podamos desprenderlo.

Ya me iba, pues, a levantar de nuevo para precipitarme bajo el diluvio hacia la cafetería de enfrente, cuando una figura surgió de uno de los rincones de aquel antro y se plantó delante de mí. Era el camarero. Pude distinguir apenas a la luz de una bombilla mortecina sus rasgos amojamados, como los de la momia de Rhamsés II, y su servilleta raída, cubierta de manchas de grasa. No me dirigió siquiera la palabra. Su actitud era en sí mismo una interrogante. Pedí, pues, un café con leche con el firme propósito de escaparme apenas hubiese concluido de pagar, pero la cortesía me obligaba a permanecer en mi desvencijado sofá, con esas miradas nauseabundas clavadas en mis ojos y respirando el olor acre de la humedad y del tabaco, en una extraña mixtura de erotismo y de cochambre, como en un burdel barato.

El camarero-momia se acercó a mí, tras una larga espera. Absorbí rápidamente aquel brebaje infecto que sabía a cacahuetes y me dispuse a pagar el importe de la consumición, más una generosa propina (las «honras fúnebres», pensé en mi magín, vanagloriándome de mi propio ingenio). Pero de repente una voz que se rompía como un vaso de cristal de Florencia, destacó sobre el cuchicheo lúbrico y las risitas sofocadas de las parejas de novios. Era mi vecino de mesa que se dirigía a mí.

-¿Tiene usted mucha prisa? -me espetó un anciano de aspecto más agradable que los demás, pero de edad indefinible. Pude captar como una especie de sonrisa que se transparentaba, sin hacer relieve, en las comisuras de los labios.

-Sí, se me va a hacer tarde -contesté algo molesto por esta intromisión en mi vida privada.

-A ustedes, los jóvenes, no les importa coger una pulmonía con tal de llegar pronto a todos los sitios -comentó, para señalar rápidamente un libro que yo iba a recoger en ese momento de mi mesa y que, para huir de la atmósfera tétrica que me rodeaba, había estado ojeando hasta ese momento.

»También yo soy un especialista en filosofía hindú -añadió inclinándose hacia mí.

(Porque, efectivamente, aquél era un libro que acababa de comprar en una librería de lance en mi deseo de ampliar mis conocimientos sobre las técnicas soteriológicas de ese pueblo maravilloso que es el indio; como buen occidental me había dejado seducir por los Upanishadas y por la sabiduría del Hinayana).

Buscaba, como un poseso, algo que pudiera eliminar mi ignorancia en esta selva oscura en que me hallaba perdido. Por eso decidí permanecer en aquel café-espelunca, a riesgo de convertirme en un fósil viviente más. Iniciamos, pues, una larga conversación que me sirvió para comprender hasta qué punto aquel hombre extraño poseía mejor que mis maestros «oficiales» la sabiduría de la India. Era imposible de comprender cómo un individuo, que parecía ser contemporáneo de los Aqueménidas o de los faraones Saítas, pudiese retener tal número de datos y tal erudición. Yo permanecía silencioso y sólo de vez en cuando, con un comentario o con una pregunta, reavivaba los rescoldos de aquella hoguera de sapiencia.

Hablamos sobre todo de las relaciones entre el cuerpo y el alma, que como médico psicólogo me interesaban especialmente. Nos referimos a las técnicas yoguis y a la escuela samkhya yoga:

-Sí -decía aquel anciano que antes me había parecido repugnante y que ahora me causaba admiración-, ustedes, los que ahora hacen preparativos para llegar a la Luna, han olvidado los secretos de esos viajes maravillosos que hicieron los ascetas hindúes hace ya muchos siglos. Ellos recorrieron todos los planetas sin salir de este microcosmos que es el alma humana. Es más, con su mente desprovista de masa de inercia llegaron mucho más lejos que los cohetes teledirigidos. Más de un rishi se paseó, a caballo de su espíritu puro, de su purusha, sobre las escarpadas colinas del circo de Copérnico o a la sombra de los farallones de Tycho Brahe. Y mucho antes que el Mariner IV, percibieron las llanuras desoladas del gran Syrte marciano. Pero no les interesaba el dominio del mundo físico, sino lo que está más próximo y al mismo tiempo más lejos de nosotros: nosotros mismos. Habrían sido inmortales si no hubiesen preferido la Gran Iluminación, la Gran Muerte que supone la suprema bienaventuranza en el todo. Pero aún así, la smirti nos habla de ascetas que vivieron varios milenios, libres de enfermedades y de las miserias de la carne.

-Pero esto no es más que leyenda -objeté yo-. La muerte es como una sentencia que se halla esculpida en los libros sibilinos de nuestros cromosomas. Si pudiéramos leerlos podríamos predecir la fecha exacta de nuestra extinción, salvo que una causa externa (una infección muy virulenta, un accidente) adelantara nuestra última hora. Son, en realidad, las paredes de nuestras arteriolas y capilares las que nos condenan a morir. ¡Si consiguiésemos renovar como en una instalación eléctrica esos hilillos que transmiten el oxígeno y los elementos vitales a todas las células de nuestros tejidos! Pero ésta es una tarea imposible por ahora: todo lo más se han conseguido implantar injertos de aorta. No creo, pues, que toda la fuerza mental del mundo pudiera remover el depósito de colesterol y de sales cálcicas que van obstruyendo inexorablemente nuestro aparato circulatorio…

Pero me interrumpí porque no fue mi vista, sino ese sexto sentido que todos poseemos el que me advirtió que mi interlocutor se estaba riendo de mí. Era una risa mental y cargada de compasión: la de un hombre presenciando los vanos esfuerzos de una hormiga para introducir un grano de maíz en un agujero demasiado pequeño.

-Ustedes -y en este «ustedes» sonaba algo especial que me hizo estremecer- se muestran escépticos acerca de las posibilidades de acción del espíritu sobre el cuerpo… Es más, ni siquiera creen que exista algo distinto a la materia. ¡Y lo curioso es que aun este dominio progresivo sobre el mundo inorgánico lo deben precisamente a la existencia y a la supremacía de ese principio inmaterial! Es como si un campeón de levantamiento de pesos negara la existencia de las fibras musculares… Pero ya es demasiado tarde, y como me ha caído usted simpático quisiera que dejásemos esta conversación para otro día… ¿Qué le parece mañana a las siete de la tarde en mi casa?

Pensaba asistir a esa misma hora a un concierto, pero acepté gustoso la invitación de aquel hombre singular que me tendió una tarjeta amarillenta y muy arrugada. Yo le tendí la mía, que enfundó en una especie de portafolios descolorido y despellejado. Luego, salimos juntos y nos despedimos bajo el aguacero que nos calaba hasta los huesos. Las luces de la cafetería americana, que parpadeaban el nombre de un Estado de la Unión, me devolvieron a la realidad. Pero aquello no había sido un sueño y por eso me afiancé en mi propósito de acudir a la cita del día siguiente.

Subí por las escaleras que parecían iban a derrumbarse a cada instante bajo mis pasos. El portal estaba muy mal iluminado, y como no llevaba cerillas en el bolsillo (no soy fumador) tuve que tantear la barandilla para alcanzar el segundo piso, en donde vivía el anciano con el que había estado conversando la tarde anterior. Recuerdo todavía aquella ascensión a la casa de Rodríguez (así se llamaba el anciano) como una pesadilla salpicada con las expresiones obscenas de los grafitos pintarrajeados sobre las paredes, y que la luz trémula de las bombillas de los rellanos hacía resaltar como cicatrices lechosas.

Llamé con los nudillos a la puerta (el timbre no funcionaba) y Rodríguez apareció envuelto en una casaca grotesca. Encendió las luces del pasillo, y bajo los rayos de la luz eléctrica parecieron iniciar un retroceso, como si se tratase de insectos noctívagos, unos muebles antiquísimos, o, mejor dicho, unos cadáveres de muebles que se hallaban esparcidos por doquier. Todos ellos debían de tener más de un siglo de existencia, aunque pertenecían a diversos estilos: Luis XV, Luis XVI, y algunos más modernos de corte isabelino. Pero todos ellos yacían deshilachados, cubiertos de mugre cuando no destripados y dejando ver impúdicamente sus entrañas de algodón o de borra. Rodríguez parecía también un clown bajo el flash descarado de las bombillas eléctricas.

¿Cuántos años tendría aquel hombre? Era una pregunta que me había estado formulando a partir de nuestro primer encuentro. Y lo que es más curioso: aquella noche había soñado que aquel hombre avanzaba hacia mí con el rostro desfigurado por la podredumbre. Me había despertado entonces sobresaltado y no pude conciliar el sueño el resto de la noche. Pero aquella nueva amistad me atraía como un precipicio, y no me hubiese perdonado a mí mismo el retroceder como un cobarde, una vez dado el primer paso.

Disimulé, pues, mis terrores lo mejor que pude, y pronto la erudición de Rodríguez me hizo pasar del plano afectivo al intelectual, en donde todas las angustias desaparecen. Seguimos, pues, charlando sobre los mismos temas que nos habíamos planteado el día anterior, y al terminar hicimos un recorrido por aquel piso antiquísimo que rezumaba humedad por sus cuatro costados. Aquellos cuadros, aquellos muebles y todos los objetos que me enseñaba habían pertenecido a sus antepasados, me aclaró Rodríguez. Me deleité entonces ante algunos lienzos firmados por pintores de segunda o de tercera fila que habían vivido en el XVIII o en el XIX. Me llevó incluso con aire triunfal a una habitación presidida por un gigantesco cuadro de Tiépolo y atestada de muebles rococós tapizados en seda e hilo de oro. Allí había también kimonos filipinos, y contrastando bruscamente con ellos, jarrones del Buen Retiro y de Sèvres.

Pero fue, sobre todo, un detalle el que más me llamó la atención haciendo reavivar en mí la pesadilla de la noche anterior: un retrato de uno de los antepasados de Rodríguez. En efecto, a pesar de su peluca y de su levita dieciochesca, aquel hombre presentaba las mismas facciones que las de mi anfitrión. Ni siquiera la ley del atavismo formulada por Darwin hubiese podido explicar esa sorprendente coincidencia. Pero disimulé mi estupor con la máscara de una admiración de índole estética.

-Perdone que me despida ahora de usted -me dijo Rodríguez-. Me esperan en otro sitio.

Y efectivamente, volví a descender por aquellas escaleras dantescas, y pronto la compañía de los transeúntes y el rumor del tráfico me devolvieron a la realidad.

Aquella misma noche tenía yo una cita con cierto colega extranjero. Habíamos quedado citados en el bar del Hotel X. Acudí, pues, puntual a la cita. Mi colega aún no había llegado.

El bar americano estaba abarrotado de extranjeros, pero se podía distinguir algún que otro español hablando en la lengua de Cervantes en medio de aquella Babel. En realidad, había más españolas que españoles: prostitutas elegantes que habían acudido a la caza del dólar. Yo debía de tener un aspecto demasiado celtibérico, porque ninguna de ellas se dignó fijar sus ojos en mí. Tampoco lo deploré, porque tengo los suficientes años para no sufrir el cosquilleo del erotismo juvenil y tampoco he alcanzado esa fase de la menopausia masculina en la que muchos compañeros míos de sexo comienzan a hipercompensar un sentimiento de minusvalía creciente.

Pero lo que me turbó, hasta tal punto que me hizo dar un respingo sobre el confortable butacón forrado en skai en el que me hallaba sentado, fue el distinguir a un hombre de unos 30 a 40 años que bebía un whisky en el otro extremo de la barra en compañía de una muchacha generosamente escotada. No olvidaré nunca la expresión facial de aquel hombre cuando su mirada tropezó casualmente con la mía. Fue un gesto de asombro, como si le hubiera sorprendido cometiendo una mala acción. Es claro que a mí no me importaba que aquel señor desconocido acompañara a una señorita poco virtuosa. Mas había un detalle que inmediatamente capté y que explicaba perfectamente la sorpresa de ese individuo: se parecía extraordinariamente a Rodríguez, sólo que con cincuenta años menos (y quien dice cincuenta dice cien, o la cifra que usted quiera, con tal de ser superior al medio siglo). ¿Sería un hijo o un nieto de Rodríguez? Pero entonces resultaba imposible el explicar el porqué se había sorprendido de mi presencia, cuando lo más lógico era suponer que desconocía las relaciones que existían entre su padre, o su abuelo, y yo. En ese momento llegó, sin embargo, el profesor C y en seguida pasamos a la parrilla del hotel X para cenar y, de paso, conversar sobre una serie de asuntos, ya que a la mañana siguiente él debía partir en avión para Roma.

Pero apenas habíamos consumido los postres cuando incidimos insensiblemente en el tema que había estado obsesionando mi mente desde hacía algo más de veinticuatro horas: el de la posibilidad de influir el espíritu sobre el cuerpo, hasta el punto de anular los procesos de deterioro involutivo, de conseguir que nuestros tejidos permanecieran en un estado de perpetua juventud.

El profesor C se mostraba escéptico en este terreno, lo mismo que yo. Pero de todas formas, nos detuvimos a considerar las posibilidades que ofrecían las técnicas yoguis y, dentro de nuestra civilización occidental, el tan desprestigiado método de Coué.

-Es obvio que, como afirmaba el doctor Alexis Carrell -decía el profesor-, aún nos queda mucho por descubrir dentro de nosotros mismos. El hombre posee energías insospechadas, como lo han demostrado Rhine y otros muchos. Algunos autores de ciencia-ficción, como Lovecraft, y anteriormente Lord Dunsany, han dado la razón a los jains y a los pitagóricos que afirmaban que el alma estaba encerrada como en un sepulcro: nuestro cuerpo.

-Pero no creo que las facultades psi, o como quieran llamarlas, puedan proporcionar al hombre la tan ansiada inmortalidad, depositada en esa planta mágica que intentó arrematar Gilgamesh -comenté yo.

-Y, sin embargo, ciertos protozoos son prácticamente inmortales. Los biólogos han demostrado que cada equis tiempo se remozan, mediante un proceso de conjunción de carioplasmas, con otros miembros de la misma especie. Es más, al dividirse ininterrumpidamente consiguen algo así como una «inmortalidad genérica», a no ser que intervengan factores externos (el calor, ciertos reactivos químicos, los rayos X) que los destruyan.

Continuamos hablando ininterrumpidamente hasta la una de la madrugada. Sólo cuando los camareros nos advirtieron cortésmente que iban a apagar la luz del vestíbulo, volvimos a pisar en el mundo. Le deseé, pues, un feliz viaje al profesor C, y me dispuse a dirigirme a la próxima parada de taxis para llegar a mi domicilio.

Avanzaba bajo los árboles del paseo de la Castellana, mientras ráfagas de aire helado me cortaban con sus cuchillas el rostro, cuando pude ver a un individuo que, tambaleándose, se disponía a cruzar el paso de peatones. El cruce estaba abierto para los automóviles, pero no fue eso lo que más me llamó la atención, sino que aquel individuo era, precisamente, el que unas horas antes había visto en el bar del Hotel X, a pocos metros de allí.

No me dio tiempo, sin embargo, a más reflexiones, porque en ese momento un veloz Chevrolet se lanzó sobre el imprudente. Chirriaron los frenos y el coche giró sobre sí mismo, llevándose por delante al peatón. Corrí rápido a prestar los primeros auxilios. El conductor del coche y yo habíamos sido los únicos testigos del atropello. Aquel norteamericano que, como no era menos de esperar en aquella hora nocturna, apestaba a ginebra, parecía un buen muchacho, y por eso me rogó que le ayudase a llevar al herido al hospital de la base de Torrejón de Ardoz.

No llevaba ningún instrumento médico, y además, mis conocimientos de cirugía o de clínica de urgencia se limitan a los que aprendí en la Facultad, pero aun así me di cuenta, mientras nos deslizábamos por la autopista de Barajas, que el herido acababa de fallecer. Así se lo iba a advertir al «boy», cuando presencié algo que me puso los cabellos de punta: los rasgos de la víctima comenzaban a deformarse rápidamente, como en una pesadilla o en un trucaje cinematográfico. Y, cosa que todavía me hace estremecer de horror cuando lo recuerdo, en breves instantes aquel individuo joven se había convertido en un hombre de edad indefinible: el señor Rodríguez. Más aún, unos dos minutos después sólo quedaba sobre mis rodillas y el asiento trasero del automóvil unos huesos negruzcos y un polvo acre que el aire que entraba por las ventanillas iba esparciendo como una estela macabra detrás de nosotros.

A duras penas conseguí que el norteamericano dejase de pisar el acelerador para mirar hacia atrás y encender la luz. De haber vuelto la cabeza en plena marcha, yo no estaría escribiendo en estos momentos estas líneas, porque jamás he visto una expresión de pánico más marcada en ninguna persona, ni siquiera en los esquizofrénicos cuando se sienten asaltados por una alucinación terrorífica.

El resto de la historia figura en los archivos de la policía. Creo que el «boy» dejó abandonado el automóvil en la carretera para emprender una veloz huida hacia la base aérea, en cuya entrada le detuvieron los centinelas para esposarle con todo género de precauciones. En cuanto a mí, tuve que explicar el asunto a las autoridades españolas, que no creyeron una sola palabra de cuanto les dije. Por supuesto, no ha sido mi buena reputación ni la falta de pruebas lo que me ha librado de una condena por homicidio: nadie me podría haber acusado de dar muerte a un hombre que, según los forenses, había fallecido doscientos años antes.

 

FIN

 

martes, 9 de junio de 2026

LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA John Flanders

 




LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA

 

John Flanders

 

Los viejos londinenses que quieren mandarle a uno al diablo cortésmente, dicen:

-¡Váyase a Berdmonsey!

Con una parte de la población de Kent, de Surrey y de Middlesex, las gentes de Berdmonsey forman la clase estúpida de Londres. Se caracterizan por una gran facilidad para la resignación.

-No somos malos, pero tenéis que aceptarnos tal como somos -declaran, sonriendo de un modo que obliga a perdonarles su falta de seso.

También Horace Hyslop era un pobre imbécil. No sólo porque había nacido en aquel barrio, porque vivía en él y pensaba acabar en él sus días, sino sobre todo porque era un solterón impenitente. Y ello a pesar de las rubias de ojos azules de Berdmonsey, muchachas que sin duda no brillaban tampoco por su inteligencia, pero que eran bonitas.

Para dirigirse desde la Abbey Street a Dockhead hay que atravesar todo un laberinto de callejones de muy mala fama. En una de ellas tenía su tienda de comestible Horace Hyslop.

Era una tienda sin pretensiones, pero en ella podía adquirirse a precios razonables todo lo que era útil o comestible: salmón salado o cordones de zapatos, bizcochos azucarados o pinceles de todas clases, papel matamoscas u hojas de afeitar baratas…

Cuando empieza esta sombría historia, M. Horace había sobrepasado ampliamente el medio siglo. Sus cabellos adquirían el color del viejo pergamino, y unos filamentos blancos como la nieve plateaban ya su barba. Tenía los ojos bondadosos de un fiel setter escocés y una nariz achatada, cuyo color rojizo daba lugar a unas declaraciones escépticas acerca de la sobriedad de su propietario.

Sin embargo, aquellas acusaciones no podían ser más injustas, ya que M. Hyslop sólo tomaba, por la noche, un modesto ponche compuesto de azúcar, mucha agua caliente y muy poco ron.

Una vez por semana, no obstante, se permitía un pequeño extraordinario en el figón de Abe Grummer, donde los diversos platos y bebidas eran alabados por medio de versos perfectamente rimados, como:

«Hasta los niños de teta conocen nuestras croquetas.»

O:

«En casa de Abe, en la esquina, el mejor vino se empina.»

Al morir, su padre Dave le había legado la tienda y un sólido capital amasado chelín a chelín, penique a penique. Pero M. Horace había heredado también de él su aversión a las viudas y a las solteronas, ya que la amada esposa del difunto M. Hyslop no había hecho nunca la vida fácil ni agradable a su marido.

Pero lo que el difunto no pudo desarraigar de su hijo fue su pasión por la lectura. Una pasión insensata la que experimentaba el joven Horacio, ya que la biblioteca Richards de la Tanner Street exigía dos peniques por semana por un volumen prestado, un gasto que cualquiera podía abstenerse de hacer en Berdmonsey.

Por la noche, después de haber cerrado la tienda y atrancado puertas y ventanas, M. Horace se retiraba a su estrecha cocina, atiborraba su pipa con uno de esos tabacos baratos de Kent, preparaba su modesto ponche y se ponía a leer unas obras cuyos títulos le prometían unas horas emocionantes: El Secreto de la Tumba, El Castillo de la Luna sangrienta, etc.

He aquí todo lo que hubiera podido contar sobre M. Horace Hyslop el más sabio de los historiadores de Berdmonsey.

No hay mucho que decir a propósito de su casa, excepto que la tienda no era muy grande -aunque atestada de mercancías como puede estarlo de comida el estómago de un avestruz-, que un estridente timbre estaba fijado en la puerta de entrada y que, en cuanto caía la noche, se encendía en el establecimiento una pequeña lámpara que proyectaba una claridad mortecina.

En la cocina, que servía también de trastienda, la calefacción quedaba asegurada por una pequeña estufa avarienta y la iluminación por un mechero de gas que suscitaba en las paredes mil sombras demenciales. Al fondo, en el rincón de la izquierda, una empinada escalera de caracol conducía al insalubre dormitorio del dueño de la casa.

-Exiguo, aunque suficientemente espacioso para vivir con una honorable esposa -murmuraban con aire decepcionado las damas de Berdmonsey que aspiraban al matrimonio.

Una noche de otoño húmeda y fría, en el preciso instante en que el tendero se disponía a cerrar el establecimiento, entró una mujer y pidió azúcar cande.

M. Horace no la había visto nunca. Pensando que podía convertirse en una nueva cliente, omitió el ejercer la habitual e indelicada presión sobre la balanza. La mujer recibió así una onza de azúcar más de lo que M. Horace solía entregar por una libra.

Con su abrigo negro y ajustado y su pequeño gorro de piel adornado con una pluma, la desconocida estaba muy elegante.

Pagó y salió de la tienda dando las buenas noches con una voz seca y, no obstante, melodiosa.

Aquella noche, M. Horace sorbió su ponche como de costumbre, pero soltó un momento Las Aventuras del Pirata Enmascarado para pensar en la enigmática desconocida.

-¡Tiene unos ojos inmensos! -se dijo-. ¡Y una extraña palidez!

Al día siguiente, la bruma del crepúsculo corría por las sinuosas callejas de Berdmonsey cuando la desconocida reapareció y compró media libra de bizcochos al jengibre y otros tantos macarrones.

-¿La señora vive en el barrio? -inquirió M. Horace.

Ella respondió negativamente y se marchó. En el umbral de la puerta se detuvo, volvió la cabeza y dijo:

-Buenas noches, M. Hyslop.

-¡Sabe mi nombre! -murmuró M. Horace, alzando los ojos hacia el mechero de gas-. En realidad, no tiene nada de sorprendente. Lo habrá leído en el letrero de la calle.

En voz más baja, añadió:

-¡Tiene unos dientes blanquísimos! ¡Y la tela de su abrigo es de una calidad superior!

No volvió a verla hasta al cabo de tres días. La desconocida se presentó a la misma hora y pidió dos onzas de queso y la misma cantidad de higos secos.

Fue el momento que escogió Betty Bleacher para entrar y pedir manteca de cerdo, sal y café.

La misteriosa desconocida depositó el importe de su compra sobre el mostrador y salió.

-¡Betty! -exclamó M. Horace, despechado-. Pudo usted aguardar un momento a que hubiera terminado de servir a esta dama. Ni siquiera he podido envolver adecuadamente sus mercancías.

Betty le miró con unos ojos redondos como platos.

-¿Qué dama? -inquirió, asombrada-. Yo no he visto a nadie. ¡Creo, mi querido Horace, que ha apurado usted ya su ponche vespertino!

La señorita Bleacher había tendido numerosos anzuelos con la esperanza de atrapar a M. Hyslop, pero sin duda los había provisto de cebos poco apetitosos, ya que todos sus esfuerzos habían resultado inútiles.

-¡Vieja loca! -gruñó M. Horace, cuyos pensamientos se volvieron inmediatamente hacia la dama vestida de negro-. ¡Qué mujer tan hermosa! -suspiró-. ¡Y tan elegante! Demasiado hermosa y elegante para vivir en estos alrededores.

No sabía que desde hacía unas noches los perros vagabundos de Berdmonsey se regalaban con azúcar cande, con bizcochos al jengibre, con macarrones, con queso y con higos secos, que una mano desenvuelta dejaba caer en las callejas del barrio.

Había cerrado ya puertas y ventanas cuando llamaron.

Fuera, el tiempo era tormentoso. El abrigo negro de la dama brillaba con mil gotas de lluvia.

-¿No quiere usted calentarse un momento junto a la estufa? -se arriesgó M. Horace.

Ella aceptó sentarse, pero en cambio rechazó el humeante ponche que le era ofrecido; permaneció inmóvil y silenciosa al lado de la estufa.

-Un tiempo asqueroso, ¿verdad? -dijo M. Hyslop-. No me extrañaría que nevara.

Ella inclinó la cabeza en señal de asentimiento, se puso en pie, le entregó un chelín por el paquete de chocolate que había comprado y luego desapareció en la tenebrosa calleja, cuyos dos únicos faroles había apagado el viento, como si se tratara de dos vulgares velas.

Un poco más tarde, tres perros famélicos se disputaban unas pastillas de chocolate caídas sobre el fango.

M. Hyslop continuaba ignorando este último detalle. Pero ahora la dama se presentaba cada noche, pedía alguna cosa, pagaba religiosamente su cuenta y se sentaba unos instantes cerca de la estufa avarienta, ya que el tiempo seguía siendo áspero y brumoso.

-¿Qué es lo que quiere de mí, en realidad? -se preguntaba M. Horace-. Apenas me dirige la palabra y, sin embargo, me da la impresión de que aquí se siente como en su casa. ¡De todos modos, no puede negarse que es hermosa y elegante!

Apenas se asombró cuando ella le dijo, una vez:

-Después de tanto tiempo, tendríamos que pensar en casarnos, Horace.

Y, como subyugado, M. Hyslop respondió:

-Sí.

Entonces se enteró de su nombre. Se llamaba Elfrida. Elfrida Smith.

Se unieron una mañana, muy temprano, en una pequeña capilla de la Green Street.

No era aún de día, y el clérigo tuvo que encender un cirio para poder leer un fragmento de la Biblia.

M. Hyslop le entregó la licencia de matrimonio, y su esposa le pagó la suma de quince chelines.

-¿Volvemos a casa? -inquirió M. Horace.

-A casa, sí -respondió ella-, pero a la mía.

-¡Ah! ¿Dónde vives, Elfrida?

-En el Middlesex -dijo ella, deteniendo con la mano un taxi que pasaba.

M. Horace la siguió, dócil como un cordero. Hubiera querido hacerle más preguntas, pero no pudo: su lengua estaba como atacada de parálisis.

En la estación de Paddington subieron a un tren que silbaba ya anunciando su próxima salida. El viaje fue relativamente corto.

La última estación que sobrepasaron antes de apearse fue la Yeading.

Abandonaron el tren en un lugar sórdido y desagradable; un viejo vagón en desuso servía a la vez de despacho y de sala de espera.

El encargado de recoger los billetes parecía desempeñar también las funciones de guardabarrera, de farolero y de jefe de estación.

-Buenas tardes, caballero -le dijo a M. Hyslop-. Un tiempo de perros, ¿verdad?

«¡Qué descortés! -pensó M. Horace, mientras el hombre se retiraba apresuradamente a su garita-. Ni siquiera ha saludado a mi esposa.»

Ésta seguía ya con paso rápido un angosto camino que serpenteaba entre unas tierras de barbecho y una enmarañada maleza.

-¿No hay modo de obtener un vehículo, querida? -preguntó M. Horace, visiblemente preocupado por su abrigo negro y su reluciente sombrero de copa, cada vez más empapados.

-No vamos muy lejos -dijo ella.

Bordearon todavía un bosquecillo cuyos árboles estaban atestados de graznantes cornejas. Luego alcanzaron una verja desarticulada y completamente oxidada, que emitió un espantoso chirrido cuando Elfrida la abrió, sin esfuerzo aparente.

-He aquí mi casa -dijo ella súbitamente.

M. Hyslop apenas daba crédito a sus ojos.

-¡Pero, es un castillo! -exclamó

-Un castillo, en efecto.

«Ya me parecía a mí que era una gran dama -pensó el tendero-. Pero, un castillo…»

En realidad se trataba de una casa solariega espantosa y desagradable, casi en ruinas. Los amorcillos crecían en abundancia al pie de las murallas que ocultaban su decrepitud bajo una espesa capa de musgo gris y fangoso. Un ambiente de tristeza invadía los alrededores.

-Los criados no están enterados de nuestra llegada -declaró Mme. Hyslop-. Entraremos por una de las puertas laterales.

Precedió a M. Horace en un pasadizo estrecho y oscuro, que olía a humedad y a madera podrida. Treparon por una oscura escalera que crujía y gemía bajo sus pasos, y desembocaron finalmente en un espacioso vestíbulo.

En un amplio hogar ardían unos troncos. M. Hyslop tuvo por un instante la sensación de que se habían encendido en el preciso momento en que ellos penetraban en la estancia, pero aquello había sido una simple ilusión, naturalmente. No obstante, aquel fuego no desprendía ningún calor. Un aire frío y húmedo flotaba en la inmensa sala.

En el centro se alzaba una gran mesa de ébano, rodeada de altos sillones de cuero.

-Sentaos -dijo Mme. Elfrida-. Voy a llamar al mayordomo para que prepare la cena. Pero antes permitidme que os sirva un poco de vino.

Sacó de una rinconera una panzuda botella y un vaso de fino cristal.

-¡Delicioso! -opinó M. Horace-. ¡Nunca lo había bebido mejor!

En su tienda vendía una especie de clarete al que bautizaba sucesivamente con los nombres de Mâcom, San Emilio o San Esteban, pero se preguntó inútilmente con qué nombre habría podido bautizar aquel excelente vinillo.

-¿Es oporto? -inquirió.

-Amontillado.

-¡Ah! Tendré que comprar de este amontillado -dijo M. Horace, vaciando su segundo vaso.

Paseó la mirada a través de la sala y la detuvo finalmente sobre un gran retrato que colgaba de la pared, al lado del hogar.

El retrato representaba a un hombre vestido a la antigua, con una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

El personaje tenía una cabellera rizada, una nariz aguileña y unos ojos melancólicos.

-¡Bien, bien! -exclamó M. Hyslop, que había vaciado ya la mitad de su tercer vaso-. Si la vista no me engaña, ese elegante personaje tiene un raro parecido conmigo… ¿No os parece?

-Es Sir Horacc Crofton -dijo Mme. Hyslop.

-¿Y se llama también Horace? ¡Que divertido! Servidme un poco más de este exquisito vino, querida. Decíais, pues, que se llamaba Sir Horace…

-Crofton. Le ahorcaron en Tyburn, el año 1663.

-¡Ahorcado! -exclamó el tendero-. ¡Pobre muchacho! ¿Y por qué motivo?

-Por el asesinato de su esposa, que está allí.

Señaló con el dedo otro retrato, colgado en la pared de enfrente.

-Lady Elfrida Crofton -añadió.

-Elfrida, ¿eh? ¡Extraordinario! ¡Realmente curioso! Pero, ¿son los efectos del vino o los de la luz crepuscular? ¡Podría jurarse que habéis servido de modelo al artista que pintó ese retrato!

-Sir Horace Crofton mezcló veneno con el vino de su esposa -continuó Elfrida-, y ella murió en la flor de su juventud.

-¡Espantoso! -dijo M. Horace, estremeciéndose-. Yo también conocí a un hombre que estuvo a punto de ser ahorcado. Se llamaba Bram Mudd. Le acusaban de haber administrado a su esposa una buena dosis de matarratas. Pero en el último momento se descubrió su inocencia.

El vino empezaba a subírsele peligrosamente a la cabeza. Súbitamente quedó como sumergido en una leve bruma.

-Un poco más de amontillado -balbució.

Pero su esposa no estaba sentada ya a la mesa. Creyó verla de pie contra la pared. M. Horace se levantó trabajosamente y se dirigió hacia ella, con paso titubeante.

-Amor mío… Casi había olvidado que estamos casados… Y ni siquiera he recibido un beso…

Se precipitó con los brazos extendidos hacia la pared, contra la cual chocó violentamente.

Había tomado por su esposa al retrato de Lady Crofton.

-¡Elfrida!

-¡Ah, ah, ah! -le respondió el eco.

Vio el cordón de una campanilla que colgaba de la pared. Tiró de él con una mano húmeda, pero la cuerda estaba podrida y quedó entre sus dedos, sin que hubiera resonado ningún campanillazo en la mansión. El fuego estaba apagado, en el hogar sólo quedaban unas cenizas negras y frías.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, M. Hyslop empezó a luchar contra los efectos embrujadores y diabólicos del vino. Se repuso lo suficiente como para arriesgarse a abandonar la sala y a visitar el castillo.

En el curso de aquella visita su asombro se acrecentó sin cesar, hasta convertirse en horror. Doquiera que dirigía sus pasos sólo encontraba estancias vacías y desiertas, techos decrépitos, escaleras en ruinas, muros cuarteados.

En vano trató de regresar al vestíbulo de los retratos, donde había bebido el amontillado.

-Y, sin embargo -gimió-, me he casado con ella. Esta misma mañana… ¡Oh, ese maldito vino!

Y, de repente, las tinieblas se espesaron a su alrededor.

Dándose cuenta de que la tienda llevaba algún tiempo cerrada, los vecinos avisaron a la policía, la cual descerrajó la puerta.

Horace Hyslop estaba colgado del sólido brazo del mechero de gas.

La muerte debía remontarse a varios días, ya que en la trastienda flotaba un espantoso olor a cadáver.

-¡Estaba loco! -exclamó el hombre que había acompañado a la fuerza pública al interior de la casa-. Tenía que estar loco para disfrazarse así.

En efecto, M. Hyslop llevaba una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

-Lleva encima más de cien libras de telas finas y metales preciosos -dijo uno de los agentes-. ¿Por qué se ha suicidado, pues?

-No se trata de un suicidio -declaró el inspector encargado de la investigación-. ¿Cómo hubiera podido atarse de ese modo, sin la ayuda de nadie?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, señaló las cuerdas que apretaban fuertemente los brazos y las piernas del muerto.

-¡Qué coincidencia! -continuó el inspector-. Así es como antaño el verdugo de Tyburn ataba a los criminales para conducirlos a la horca. Incluso los nudos son iguales que los que se hacían en aquella época. En todo caso, esto sólo puede ser obra de un maníaco perfectamente enterado de cómo se llevaban a cabo los ajusticiamientos en los siglos pasados.

Las ruinas del castillo de Crofton no han vuelto a recibir, desde hace años, la visita de los derechohabientes que huyen como de la peste de la casa solariega maldita.

En la antigua sala de honor continúan tal cual los retratos de Sir Horace Crofton y de su esposa Lady Elfrida.

A la luz amarillenta del crepúsculo, los dos personajes se miran fijamente con sus ojos muertos, en los cuales, no obstante, brillan aún el enojo, el odio y la desesperación.

 

FIN

 

viernes, 10 de octubre de 2025

LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA .-John Flanders


LA MALDICIÓN DE LA CASA SOLARIEGA

 

John Flanders

 

Los viejos londinenses que quieren mandarle a uno al diablo cortésmente, dicen:

-¡Váyase a Berdmonsey!

Con una parte de la población de Kent, de Surrey y de Middlesex, las gentes de Berdmonsey forman la clase estúpida de Londres. Se caracterizan por una gran facilidad para la resignación.

-No somos malos, pero tenéis que aceptarnos tal como somos -declaran, sonriendo de un modo que obliga a perdonarles su falta de seso.

También Horace Hyslop era un pobre imbécil. No sólo porque había nacido en aquel barrio, porque vivía en él y pensaba acabar en él sus días, sino sobre todo porque era un solterón impenitente. Y ello a pesar de las rubias de ojos azules de Berdmonsey, muchachas que sin duda no brillaban tampoco por su inteligencia, pero que eran bonitas.

Para dirigirse desde la Abbey Street a Dockhead hay que atravesar todo un laberinto de callejones de muy mala fama. En una de ellas tenía su tienda de comestible Horace Hyslop.

Era una tienda sin pretensiones, pero en ella podía adquirirse a precios razonables todo lo que era útil o comestible: salmón salado o cordones de zapatos, bizcochos azucarados o pinceles de todas clases, papel matamoscas u hojas de afeitar baratas…

Cuando empieza esta sombría historia, M. Horace había sobrepasado ampliamente el medio siglo. Sus cabellos adquirían el color del viejo pergamino, y unos filamentos blancos como la nieve plateaban ya su barba. Tenía los ojos bondadosos de un fiel setter escocés y una nariz achatada, cuyo color rojizo daba lugar a unas declaraciones escépticas acerca de la sobriedad de su propietario.

Sin embargo, aquellas acusaciones no podían ser más injustas, ya que M. Hyslop sólo tomaba, por la noche, un modesto ponche compuesto de azúcar, mucha agua caliente y muy poco ron.

Una vez por semana, no obstante, se permitía un pequeño extraordinario en el figón de Abe Grummer, donde los diversos platos y bebidas eran alabados por medio de versos perfectamente rimados, como:

«Hasta los niños de teta conocen nuestras croquetas.»

O:

«En casa de Abe, en la esquina, el mejor vino se empina.»

Al morir, su padre Dave le había legado la tienda y un sólido capital amasado chelín a chelín, penique a penique. Pero M. Horace había heredado también de él su aversión a las viudas y a las solteronas, ya que la amada esposa del difunto M. Hyslop no había hecho nunca la vida fácil ni agradable a su marido.

Pero lo que el difunto no pudo desarraigar de su hijo fue su pasión por la lectura. Una pasión insensata la que experimentaba el joven Horacio, ya que la biblioteca Richards de la Tanner Street exigía dos peniques por semana por un volumen prestado, un gasto que cualquiera podía abstenerse de hacer en Berdmonsey.

Por la noche, después de haber cerrado la tienda y atrancado puertas y ventanas, M. Horace se retiraba a su estrecha cocina, atiborraba su pipa con uno de esos tabacos baratos de Kent, preparaba su modesto ponche y se ponía a leer unas obras cuyos títulos le prometían unas horas emocionantes: El Secreto de la Tumba, El Castillo de la Luna sangrienta, etc.

He aquí todo lo que hubiera podido contar sobre M. Horace Hyslop el más sabio de los historiadores de Berdmonsey.

No hay mucho que decir a propósito de su casa, excepto que la tienda no era muy grande -aunque atestada de mercancías como puede estarlo de comida el estómago de un avestruz-, que un estridente timbre estaba fijado en la puerta de entrada y que, en cuanto caía la noche, se encendía en el establecimiento una pequeña lámpara que proyectaba una claridad mortecina.

En la cocina, que servía también de trastienda, la calefacción quedaba asegurada por una pequeña estufa avarienta y la iluminación por un mechero de gas que suscitaba en las paredes mil sombras demenciales. Al fondo, en el rincón de la izquierda, una empinada escalera de caracol conducía al insalubre dormitorio del dueño de la casa.

-Exiguo, aunque suficientemente espacioso para vivir con una honorable esposa -murmuraban con aire decepcionado las damas de Berdmonsey que aspiraban al matrimonio.

Una noche de otoño húmeda y fría, en el preciso instante en que el tendero se disponía a cerrar el establecimiento, entró una mujer y pidió azúcar cande.

M. Horace no la había visto nunca. Pensando que podía convertirse en una nueva cliente, omitió el ejercer la habitual e indelicada presión sobre la balanza. La mujer recibió así una onza de azúcar más de lo que M. Horace solía entregar por una libra.

Con su abrigo negro y ajustado y su pequeño gorro de piel adornado con una pluma, la desconocida estaba muy elegante.

Pagó y salió de la tienda dando las buenas noches con una voz seca y, no obstante, melodiosa.

Aquella noche, M. Horace sorbió su ponche como de costumbre, pero soltó un momento Las Aventuras del Pirata Enmascarado para pensar en la enigmática desconocida.

-¡Tiene unos ojos inmensos! -se dijo-. ¡Y una extraña palidez!

Al día siguiente, la bruma del crepúsculo corría por las sinuosas callejas de Berdmonsey cuando la desconocida reapareció y compró media libra de bizcochos al jengibre y otros tantos macarrones.

-¿La señora vive en el barrio? -inquirió M. Horace.

Ella respondió negativamente y se marchó. En el umbral de la puerta se detuvo, volvió la cabeza y dijo:

-Buenas noches, M. Hyslop.

-¡Sabe mi nombre! -murmuró M. Horace, alzando los ojos hacia el mechero de gas-. En realidad, no tiene nada de sorprendente. Lo habrá leído en el letrero de la calle.

En voz más baja, añadió:

-¡Tiene unos dientes blanquísimos! ¡Y la tela de su abrigo es de una calidad superior!

No volvió a verla hasta al cabo de tres días. La desconocida se presentó a la misma hora y pidió dos onzas de queso y la misma cantidad de higos secos.

Fue el momento que escogió Betty Bleacher para entrar y pedir manteca de cerdo, sal y café.

La misteriosa desconocida depositó el importe de su compra sobre el mostrador y salió.

-¡Betty! -exclamó M. Horace, despechado-. Pudo usted aguardar un momento a que hubiera terminado de servir a esta dama. Ni siquiera he podido envolver adecuadamente sus mercancías.

Betty le miró con unos ojos redondos como platos.

-¿Qué dama? -inquirió, asombrada-. Yo no he visto a nadie. ¡Creo, mi querido Horace, que ha apurado usted ya su ponche vespertino!

La señorita Bleacher había tendido numerosos anzuelos con la esperanza de atrapar a M. Hyslop, pero sin duda los había provisto de cebos poco apetitosos, ya que todos sus esfuerzos habían resultado inútiles.

-¡Vieja loca! -gruñó M. Horace, cuyos pensamientos se volvieron inmediatamente hacia la dama vestida de negro-. ¡Qué mujer tan hermosa! -suspiró-. ¡Y tan elegante! Demasiado hermosa y elegante para vivir en estos alrededores.

No sabía que desde hacía unas noches los perros vagabundos de Berdmonsey se regalaban con azúcar cande, con bizcochos al jengibre, con macarrones, con queso y con higos secos, que una mano desenvuelta dejaba caer en las callejas del barrio.

Había cerrado ya puertas y ventanas cuando llamaron.

Fuera, el tiempo era tormentoso. El abrigo negro de la dama brillaba con mil gotas de lluvia.

-¿No quiere usted calentarse un momento junto a la estufa? -se arriesgó M. Horace.

Ella aceptó sentarse, pero en cambio rechazó el humeante ponche que le era ofrecido; permaneció inmóvil y silenciosa al lado de la estufa.

-Un tiempo asqueroso, ¿verdad? -dijo M. Hyslop-. No me extrañaría que nevara.

Ella inclinó la cabeza en señal de asentimiento, se puso en pie, le entregó un chelín por el paquete de chocolate que había comprado y luego desapareció en la tenebrosa calleja, cuyos dos únicos faroles había apagado el viento, como si se tratara de dos vulgares velas.

Un poco más tarde, tres perros famélicos se disputaban unas pastillas de chocolate caídas sobre el fango.

M. Hyslop continuaba ignorando este último detalle. Pero ahora la dama se presentaba cada noche, pedía alguna cosa, pagaba religiosamente su cuenta y se sentaba unos instantes cerca de la estufa avarienta, ya que el tiempo seguía siendo áspero y brumoso.

-¿Qué es lo que quiere de mí, en realidad? -se preguntaba M. Horace-. Apenas me dirige la palabra y, sin embargo, me da la impresión de que aquí se siente como en su casa. ¡De todos modos, no puede negarse que es hermosa y elegante!

Apenas se asombró cuando ella le dijo, una vez:

-Después de tanto tiempo, tendríamos que pensar en casarnos, Horace.

Y, como subyugado, M. Hyslop respondió:

-Sí.

Entonces se enteró de su nombre. Se llamaba Elfrida. Elfrida Smith.

Se unieron una mañana, muy temprano, en una pequeña capilla de la Green Street.

No era aún de día, y el clérigo tuvo que encender un cirio para poder leer un fragmento de la Biblia.

M. Hyslop le entregó la licencia de matrimonio, y su esposa le pagó la suma de quince chelines.

-¿Volvemos a casa? -inquirió M. Horace.

-A casa, sí -respondió ella-, pero a la mía.

-¡Ah! ¿Dónde vives, Elfrida?

-En el Middlesex -dijo ella, deteniendo con la mano un taxi que pasaba.

M. Horace la siguió, dócil como un cordero. Hubiera querido hacerle más preguntas, pero no pudo: su lengua estaba como atacada de parálisis.

En la estación de Paddington subieron a un tren que silbaba ya anunciando su próxima salida. El viaje fue relativamente corto.

La última estación que sobrepasaron antes de apearse fue la Yeading.

Abandonaron el tren en un lugar sórdido y desagradable; un viejo vagón en desuso servía a la vez de despacho y de sala de espera.

El encargado de recoger los billetes parecía desempeñar también las funciones de guardabarrera, de farolero y de jefe de estación.

-Buenas tardes, caballero -le dijo a M. Hyslop-. Un tiempo de perros, ¿verdad?

«¡Qué descortés! -pensó M. Horace, mientras el hombre se retiraba apresuradamente a su garita-. Ni siquiera ha saludado a mi esposa.»

Ésta seguía ya con paso rápido un angosto camino que serpenteaba entre unas tierras de barbecho y una enmarañada maleza.

-¿No hay modo de obtener un vehículo, querida? -preguntó M. Horace, visiblemente preocupado por su abrigo negro y su reluciente sombrero de copa, cada vez más empapados.

-No vamos muy lejos -dijo ella.

Bordearon todavía un bosquecillo cuyos árboles estaban atestados de graznantes cornejas. Luego alcanzaron una verja desarticulada y completamente oxidada, que emitió un espantoso chirrido cuando Elfrida la abrió, sin esfuerzo aparente.

-He aquí mi casa -dijo ella súbitamente.

M. Hyslop apenas daba crédito a sus ojos.

-¡Pero, es un castillo! -exclamó

-Un castillo, en efecto.

«Ya me parecía a mí que era una gran dama -pensó el tendero-. Pero, un castillo…»

En realidad se trataba de una casa solariega espantosa y desagradable, casi en ruinas. Los amorcillos crecían en abundancia al pie de las murallas que ocultaban su decrepitud bajo una espesa capa de musgo gris y fangoso. Un ambiente de tristeza invadía los alrededores.

-Los criados no están enterados de nuestra llegada -declaró Mme. Hyslop-. Entraremos por una de las puertas laterales.

Precedió a M. Horace en un pasadizo estrecho y oscuro, que olía a humedad y a madera podrida. Treparon por una oscura escalera que crujía y gemía bajo sus pasos, y desembocaron finalmente en un espacioso vestíbulo.

En un amplio hogar ardían unos troncos. M. Hyslop tuvo por un instante la sensación de que se habían encendido en el preciso momento en que ellos penetraban en la estancia, pero aquello había sido una simple ilusión, naturalmente. No obstante, aquel fuego no desprendía ningún calor. Un aire frío y húmedo flotaba en la inmensa sala.

En el centro se alzaba una gran mesa de ébano, rodeada de altos sillones de cuero.

-Sentaos -dijo Mme. Elfrida-. Voy a llamar al mayordomo para que prepare la cena. Pero antes permitidme que os sirva un poco de vino.

Sacó de una rinconera una panzuda botella y un vaso de fino cristal.

-¡Delicioso! -opinó M. Horace-. ¡Nunca lo había bebido mejor!

En su tienda vendía una especie de clarete al que bautizaba sucesivamente con los nombres de Mâcom, San Emilio o San Esteban, pero se preguntó inútilmente con qué nombre habría podido bautizar aquel excelente vinillo.

-¿Es oporto? -inquirió.

-Amontillado.

-¡Ah! Tendré que comprar de este amontillado -dijo M. Horace, vaciando su segundo vaso.

Paseó la mirada a través de la sala y la detuvo finalmente sobre un gran retrato que colgaba de la pared, al lado del hogar.

El retrato representaba a un hombre vestido a la antigua, con una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

El personaje tenía una cabellera rizada, una nariz aguileña y unos ojos melancólicos.

-¡Bien, bien! -exclamó M. Hyslop, que había vaciado ya la mitad de su tercer vaso-. Si la vista no me engaña, ese elegante personaje tiene un raro parecido conmigo… ¿No os parece?

-Es Sir Horacc Crofton -dijo Mme. Hyslop.

-¿Y se llama también Horace? ¡Que divertido! Servidme un poco más de este exquisito vino, querida. Decíais, pues, que se llamaba Sir Horace…

-Crofton. Le ahorcaron en Tyburn, el año 1663.

-¡Ahorcado! -exclamó el tendero-. ¡Pobre muchacho! ¿Y por qué motivo?

-Por el asesinato de su esposa, que está allí.

Señaló con el dedo otro retrato, colgado en la pared de enfrente.

-Lady Elfrida Crofton -añadió.

-Elfrida, ¿eh? ¡Extraordinario! ¡Realmente curioso! Pero, ¿son los efectos del vino o los de la luz crepuscular? ¡Podría jurarse que habéis servido de modelo al artista que pintó ese retrato!

-Sir Horace Crofton mezcló veneno con el vino de su esposa -continuó Elfrida-, y ella murió en la flor de su juventud.

-¡Espantoso! -dijo M. Horace, estremeciéndose-. Yo también conocí a un hombre que estuvo a punto de ser ahorcado. Se llamaba Bram Mudd. Le acusaban de haber administrado a su esposa una buena dosis de matarratas. Pero en el último momento se descubrió su inocencia.

El vino empezaba a subírsele peligrosamente a la cabeza. Súbitamente quedó como sumergido en una leve bruma.

-Un poco más de amontillado -balbució.

Pero su esposa no estaba sentada ya a la mesa. Creyó verla de pie contra la pared. M. Horace se levantó trabajosamente y se dirigió hacia ella, con paso titubeante.

-Amor mío… Casi había olvidado que estamos casados… Y ni siquiera he recibido un beso…

Se precipitó con los brazos extendidos hacia la pared, contra la cual chocó violentamente.

Había tomado por su esposa al retrato de Lady Crofton.

-¡Elfrida!

-¡Ah, ah, ah! -le respondió el eco.

Vio el cordón de una campanilla que colgaba de la pared. Tiró de él con una mano húmeda, pero la cuerda estaba podrida y quedó entre sus dedos, sin que hubiera resonado ningún campanillazo en la mansión. El fuego estaba apagado, en el hogar sólo quedaban unas cenizas negras y frías.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, M. Hyslop empezó a luchar contra los efectos embrujadores y diabólicos del vino. Se repuso lo suficiente como para arriesgarse a abandonar la sala y a visitar el castillo.

En el curso de aquella visita su asombro se acrecentó sin cesar, hasta convertirse en horror. Doquiera que dirigía sus pasos sólo encontraba estancias vacías y desiertas, techos decrépitos, escaleras en ruinas, muros cuarteados.

En vano trató de regresar al vestíbulo de los retratos, donde había bebido el amontillado.

-Y, sin embargo -gimió-, me he casado con ella. Esta misma mañana… ¡Oh, ese maldito vino!

Y, de repente, las tinieblas se espesaron a su alrededor.

Dándose cuenta de que la tienda llevaba algún tiempo cerrada, los vecinos avisaron a la policía, la cual descerrajó la puerta.

Horace Hyslop estaba colgado del sólido brazo del mechero de gas.

La muerte debía remontarse a varios días, ya que en la trastienda flotaba un espantoso olor a cadáver.

-¡Estaba loco! -exclamó el hombre que había acompañado a la fuerza pública al interior de la casa-. Tenía que estar loco para disfrazarse así.

En efecto, M. Hyslop llevaba una especie de miriñaque, un ajustado chaleco con galones plateados y una gorguera de encaje.

-Lleva encima más de cien libras de telas finas y metales preciosos -dijo uno de los agentes-. ¿Por qué se ha suicidado, pues?

-No se trata de un suicidio -declaró el inspector encargado de la investigación-. ¿Cómo hubiera podido atarse de ese modo, sin la ayuda de nadie?

Mientras pronunciaba aquellas palabras, señaló las cuerdas que apretaban fuertemente los brazos y las piernas del muerto.

-¡Qué coincidencia! -continuó el inspector-. Así es como antaño el verdugo de Tyburn ataba a los criminales para conducirlos a la horca. Incluso los nudos son iguales que los que se hacían en aquella época. En todo caso, esto sólo puede ser obra de un maníaco perfectamente enterado de cómo se llevaban a cabo los ajusticiamientos en los siglos pasados.

Las ruinas del castillo de Crofton no han vuelto a recibir, desde hace años, la visita de los derechohabientes que huyen como de la peste de la casa solariega maldita.

En la antigua sala de honor continúan tal cual los retratos de Sir Horace Crofton y de su esposa Lady Elfrida.

A la luz amarillenta del crepúsculo, los dos personajes se miran fijamente con sus ojos muertos, en los cuales, no obstante, brillan aún el enojo, el odio y la desesperación.

 

FIN