La Naturaleza de la Judeofobia
Por: Gustavo
Perednik
"La
Naturaleza de la Judeofobia" explora las raíces del odio antijudío y su
desarrollo hasta la era actual, analizando la imagen del judío en diferentes
períodos, a través de mitos, ensayos y obras literarias. Las clases enfocan las
principales expresiones de la judeofobia, y el modo en que se justificó en
diversas épocas. Finalmente, se exponen hipótesis varias acerca de las causas
del fenómeno.
El primero de los tres paradigmas de la
judeofobia moderna fue el francés, estudiado en la última clase. Ahora
pasaremos al racista, que aunque también fue inaugurado en un libro francés,
alcanzó su nadir en Alemania. En su Ensayo acerca de la desigualdad de las
razas humanas (1853) Joseph De Gobineau sostenía que las diferencias
físicas entre las razas humanas conllevan jerarquías intelectuales y morales.
Aunque éste era el primer libro en desarrollar la teoría, el racismo como
prejuicio, empero, es tan antiguo como la civilización, y aun Platón y
Aristóteles arguyeron que los griegos habían nacido para ser libres y los
bárbaros eran esclavos naturales.
La tradición antirracista, por su parte,
fue una contribución judía que el cristianismo difundió. Su primer ejemplo es
provisto en el Talmud, cuando explica el motivo por el que Adán es el único
ancestro humano: para que nadie pueda jamás atribuir superioridad a sus
antepasados.
Y aunque el prejuicio racial fue
omnipresente en la historia europea, en el siglo XVIII se formalizó a partir de
los estudios antropológicos. Linné emparejaba el color de piel con tendencias
mentales y morales, y para Buffon el hombre blanco era la norma, "el rey
de la creación", mientras los negros constituían una raza degenerada. Para
Voltaire los negros eran una especie intermedia entre el blanco y el mono. En
este contexto dieciochesco, los judíos encajaban como una nación sui generis,
pero incluida en la raza blanca.
El siglo XIX complicó las cosas debido a
que las luchas nacionales empujaron a los estudiosos a acrecentar el número de
supuestas razas y subrazas. El énfasis mayor en Alemania se debe a dos razones:
1) Hasta 1870 sus muchas divisiones políticas internas habían incrementado el
fervor nacionalista; y 2) la mayoría de los monarcas europeos eran de ascendencia
germánica (recuérdese además que la monarquía dividía a la sociedad medieval en
tres estratos: plebe, clero y nobleza, y ésta era considerada la superior, de
"sangre azul").
El filósofo Johann Fichte enseñaba que
el alemán era la lengua original de Europa (Ursprache) y los alemanes la
nación original (Urvolk). Incluso fuera de Alemania hubo algunos
partidarios del "Germanismo" o "Teutonismo". Con todo, la
visión de Fichte no se quedaba en la superioridad alemana y reflexionaba
especialmente acerca de los judíos: "¿Darles derechos civiles? No hay otro
modo de hacerlo sino cortarles una noche todas sus cabezas y reemplazarlas por
otras cabezas que no contengan un solo pensamiento judío. ¿Cómo podemos
defendernos de ellos? No veo alternativa sino conquistar su tierra prometida y
despacharlos a todos allí. Si se les otorgan derechos civiles van a pisotear a
los otros ciudadanos".
Junto a la antropología y la filososfia,
otra disciplina académica estimulaba a los racistas: la lingüística. Ya desde
los descubrimientos de William Jones en 1786 y la Ley de Grimm de 1822,
se deducía de la afinidad entre el sánscrito, griego y latín, que había un
origen común de idiomas indoeuropeos (incluídos celta y gótico,
supuestamente el más antiguo de los germánicos). Se tuvo por cierto que las
lenguas europeas derivaban del sánscrito, y las naciones que las hablaban
pertenecían a la raza aria (que en sánscrito significa
"noble").
El contraste de la llamada raza aria
fue la "semita", de la que supuestamente derivaban las naciones que
habían hablado lenguas semitas en el pasado. Lassen argüía que "los
semitas no poseen el equilibrio armonioso entre todos los poderes del
intelecto, tan característico de los indogermánicos" y su colega francés
Ernest Renan condenaba "la espantosa simplicidad de la mentalidad
semita". Todas las creaciones del espíritu humano (con la posible
excepción de la religión) fueron atribuídas a los "arios" y por ello
los alemanes, los más "puros", debían eludir mezclarse con razas
inferiores. Debido a esa pretendida "pureza teutónica", los
estudiosos alemanes optaron por la denominación indogermánica.
Durante la primera mitad del siglo
pasado se hicieron muchos esfuerzos para racionalizar el odio. Bruno Bauer en Die
Judenfrage (1843) denuesta el "espíritu nacional judío" y el
compositor Richard Wagner escribe en La judería en la música (1850):
"Debemos explicarnos por qué nos repele la naturaleza y personalidad de
los judíos... Para compreder nuestra repugnancia instintiva por la esencia
primaria del judío, consideremos primero cómo fue posible que el judío
deviniera en músico..."
Las justificaciones científicas no
provenían sólo desde lo sociológico. Un pionero que había pasado inadvertido
fue Karl Grattenauer, quien en 1803 había ofrecido una explicación de
vanguardia de por qué los judíos tienen mal olor: hay un fedor judaico
producido por cierto amonium pyro-oleosum.
La creencia de que los judíos
constituían una raza separada, oriental, se difundió ampliamente durante la
segunda mitad del siglo pasado, y en Alemania se tradujo también al mundo de la
política. Bajo gobierno de Bismarck, se entendió cínicamente que la judeofobia
podía servir de instrumento para completar la unificación de Alemania. Como
ironizara en retrospectiva Israel Zangwill (1920): "Si no hubiera judíos,
habría que inventarlos para uso de los políticos... son indispensables como
antítesis de una panacea; causa garantizada de todos los males". En
efecto, a fines de siglo surgen en Alemania partidos políticos abiertamente judeófobos,
con tres fundamentos ideológicos, a veces combinados: el económico, el
religioso, y el voelkish (nacional-racial). Aunque al principio no
tuvieron muchos afiliados, su propaganda seducía a grandes sectores de la
población.
Podemos notar una diferencia con el
modelo francés. Mientras en Alemania, Austria y Hungría, el uso político de la
judeofobia fue una reacción inmediata al otorgamiento de Emancipación a los
judíos, Francia, por el contrario, ya había vivido ochenta años de Emancipación
cuando fue plagada por formas organizadas de judeofobia.
El primero en organizar el uso de la
judeofobia como levadura para un movimiento de masas fue Adolf Stoecker en
Berlín. Su Partido de Trabajadores Cristiano-Socialistas (1878) no
atrajo votos con una plataforma de ética social cristiana, así que la cambió
por una judeofóbica, que inspiró a todo un movimiento estudiantil antijudío a
partir del Verein Deutscher Studenten de 1881. Con apoyo conservador,
Stoecker fue electo al Reichstag. Para esa época se creaba la mentada Liga
de los Antisemitas de Wilhelm Marr, dedicada ésta a temas étnicos más que a
soioeconómicos. Y un famoso académico, Heinrich von Treitschke, les otorgó
respetabilidad al denominar a todo exceso antijudío "una reacción brutal y
natural del sentimiento nacional alemán contra un elemento extranjero".
Treitschke acuñó la máxima Die Juden sind unser Unglück! ("-los
judíos son nuestra desgracia!") que medio siglo después se transformó en
lema de los nazis.
En 1882 se reunió en Dresden el Primer
Congreso Antijudío, azuzado por un libelo de sangre en Tisza-Eszlar. Con
delegados de Alemania, Austria y Hungría, creó la Alianza Antijudía
Universal. Hubo más congresos en Chemnitz 1883, Kassel 1886 y Bochum 1889.
Los racistas más pendencieros terminaron por escindirse del partido de Stoecker
y en 1886 Otto Boeckel fue elegido al Reichstag como el primer judeófobo per
se. A los pocos a¤os fundó el Partido Popular Antisemita, y dieciséis
candidatos judeófobos fueron electos al Reichstag en 1893. En 1895, por primera
vez en la historia, un partido llegaba al poder con una plataforma judeófoba.
Fue el Partido Social Cristiano de Viena, cuyo líder, Karl Lueger,
mientras era burgomaestre de la ciudad, recibió la visita de un joven admirador
llamado Adolf Hitler.
También a principios de esa década se
propuso la doctrina de la judeofobia racial. Para su iniciador, Eugen Dühring
"habrá un problema judío aún si cada judío le da la espalda a su religión
y se une a una de nuestras principales iglesias... Son precisamente los judíos
bautizados los que penetran más profundamente... los judíos deben ser definidos
solamente en base de la raza".
En 1899 Houston Chamberlain (yerno de
Wagner) elaboró cabalmente la antítesis ario-semita en Los fundamentos del
siglo XIX, voluminoso manual de los académicos judeófobos, que explicaba
cómo desde la antigüedad "...los arios cometieron el fatal error de
proteger a los judíos (bajo el rey persa Ciro) y así permitieron que el germen
de la intolerancia semítica esparciera su veneno por la Tierra durante
milenios, una maldición contra todo lo que es noble y una vergüenza para el
cristianismo". No todos los racistas coincidieron en esto. Por ejemplo,
los neopaganos como Alfred Rosenberg y Walter Darré, consideraron el
cristianismo como una ense¤anza "típicamente semítica" que socavaba
el espíritu "germánico" por medio de una mentalidad de esclavos. Esas
diferencias acerca de qué es ario y qué es semita, fue precisamente el problema
que nunca resolvieron los racistas.
Su solución fue simple: todo lo bueno
era apropiado para "los arios" y lo malo era "semita". Para
Chamberlain, por ejemplo, el ideal era el nórdico rubio y dolicocéfalo, entre
los que no dudó en incluir nada menos que a Dante Alighieri, e incluso al Rey
David y a Jesús. Pero como los gustos de los racistas variaban, algunos
resultados de su método fueron tragicómicos. Goethe por ejemplo, era para
Chamberlain un "ario perfecto y puro"; para Fritz Lentz, un
"híbrido teutónico-asiático"; para Otto Hauser, "un mestizo,
puesto que en el Fausto hay centenares de versos lastimosamente
malos".
Sin duda aquí radica la paradoja de este
racismo: en la vastísima literatura acerca del "veneno judío", y a
pesar de la enorme infraestructura montada para combatirlo, no se dio jamás una
definición racial del judío. Nunca llegaron más allá de definirlo como alguien
cuyos abuelos profesaron la religión judía. Así y todo, algunos fanáticos
construyeron sistemas escatológicos muy elaborados en los que la lucha entre la
raza aria y la semita era la contrapartida de la lucha final entre Dios y
fuerzas diabólicas.
El hecho es que para 1900 la existencia
de una raza aria era tenida por la mayoría como una verdad científica, y ya
había todo un enorme aparato teórico que denunciaba la "influencia
judía" en el arte, las leyes, la medicina, filosofía, literatura, etc. Un
ejemplo particularmente escandaloso (aunque menor) fue la obra del campeón
mundial de ajedrez Alexander Alekhine, Ajedrez ario contra ajedrez judío
en la que se sostiene que los judíos juegan al ajedrez de un modo distinto,
hiperdefensivo y oportunista.
La judeofobia racial no dejó salida a
los judíos, y algunos encontraron una única reacción posible.
El Auto-Odio Judío
Miles de judíos habían dejado de lado
su tradición décadas antes de los escritos racistas. Muchos, nacidos en
familias religiosas y educados en ieshivot talmúdicas, abandonaron el judaísmo
apenas se pusieron en contacto con la cultura alemana. El hijo de uno de
aquellos judíos fue el máximo poeta Heinrich Heine, para quien "el judaísmo
no es una religión sino una desgracia" y quien se bautizó ("pero no
me convertí", aclaraba). El escritor Moritz Saphir fue aun más lejos:
"el judaísmo es una deformidad de nacimiento, corregible por cirurgía
bautismal".
Pero cuando la Emancipación se revirtió
en Alemania, y los judíos fueron nuevamente confrontados con un odio
sistemático que no les permitía en modo alguno liberarse de la carga de su
judeidad, apareció un fenómeno muy singular: el auto-odio judío. Ese
precisamente fue el título del libro de Theodor Lessing, que en 1930, examinó
las biografías de seis judíos que odiaron su ascendencia. Algunos se suicidaron
en consecuencia, incluido el conocido psiquiatra y filósofo autríaco Otto
Weininger.
Casos de autoodio judío había habido en
la antigüedad, como el del sobrino de Filón, Tiberio, que hizo masacrar a los
judíos. Y también en la Edad Media hubo casos como Petrus Alfonsi, Nicholas
Donin, Pablo Christiani, Avner de Burgos, Guglielmo Moncada y Alessandro
Franceschi. Pero todos ellos habían tenido la opción de la apostasía, y aun
pudieron unirse al sector más judeofóbico de la Iglesia a fin de perseguir a
los judíos.
La novedad de la nueva etapa
judeofóbica en Austria y Alemania de este siglo, fue que no dejaba escapatoria
alguna, y llevó al auto-odio judío a los mismos abismos que la judeofobia
gentil. La Organización de Judíos Nacional-Alemanes fue creada para
apoyar "el renacimiento nacional alemán" (nazismo) en el cual
esperaban cumplir un rol como judíos (eventualmente recibieron ese rol en
Auschwitz).
Uno de los casos que estudió Lessing
fue el del periodista vienés Arthur Trebitsch, quien se convirtió al
cristianismo, escribió un libro judeófobo, y ofreció sus servicios a los nazis
de Austria. Cuando sintió que todo era insuficiente, escribió: "Me fuerzo
a no pensarlo, pero no lo logro. Se piensa dentro de mí... está allí todo el
tiempo, doloroso, feo, mortal: el conocimiento de mi ascendencia. Tanto como un
leproso lleva su repulsiva enfermedad escondida bajo su ropa y sin embargo sabe
de ella en cada momento, así cargo yo la vergüenza y la desgracia, la culpa
metafísica de ser judío. ¿Qué son todos los sufrimientos e inhibiciones que
vienen de afuera en comparación con el infierno que llevo dentro? La judeidad
radica en la misma existencia. Es imposible sacudírsela de encima. Del mismo
modo en que un perro o un cerdo no pueden evitar ser lo que son, no puedo yo
arrancarme de los lazos eternos de la existencia que me mantienen en el eslabón
intermedio entre el hombre y el animal: los judíos. Siento como si yo tengo que
cargar sobre mis hombros toda la culpa acumulada de esa maldita casta de
hombres cuya sangre venenosa me contamina. Siento como si yo, yo solo, tengo
que hacer penitencia por cada crimen que esta gente está cometiendo contra la
germanidad. Y a los alemanes me gustaría gritarles: Permaneced firmes! No
tengáis piedad! Ni siquiera conmigo! Alemanes, vuestros muros deben permanecer
herméticos contra la penetración. Para que nunca se infiltre la traición por
ningún orificio... Cerrad vuestros corazones y oidos a quienes aun claman desde
afuera por ser admitidos. Todo está en juego! Permanezca fuerte y leal,
Alemania, la última peque¤a fortaleza del arianismo! Abajo con estos pobres
pestilentes! Quemad este nido de avispas! Incluso si junto con los injustos,
cien justos son destruidos. ¿Qué importan ellos? ¿Qué importamos nosotros? ¿Qué
importo yo? No! No tengan piedad! Se los ruego."
Si consideramos que los postulados
judeofóbicos raciales habían penetrado por doquier en Alemania, se entiende el
meteorítico crecimiento del nazismo, sobre todo si agregamos la simplicidad de
su postura maniquea, que seduce a las masas. De veinte mil afiliados en 1923,
el Partido Nazi recibió en 1930 dos millones y medio de votos, elevando a sus
representantes en el Reichstag de 12 a 107. Dos a¤os después, ya eran 230.
Cuando ascendieron al poder en 1933, el dogma judeófobo era una mitología
filtrada en todos los órdenes de la vida, que sirvió para justificar el
Holocausto.
El insulto a los judíos servía para
enseñar a la juventud alemana el rechazo del pacifismo sentimental. Los
maestros lo hacían en clase reprimiendo "debilidades" de otros niños.
Siglos de odio acumulado se descargaron contra una población indefensa atrapada
en Europa. El judío ya no era el chivo emisario, ni siquiera un miembro de una
raza inferior. Era el culpable de todo mal: la derrota alemana en la Gran
Guerra (tal acusación era llamada "la teoría de la pu¤alada en la
espalda"), la inflación, el crimen, todo. El judío era el destructor
inherente, el envenenador de la pureza. Y era incorregible. Sólo restaba una
"Solución Final", que el slogan nazi explicitó claramente: Juda
Verrecke! (judería, pereced!).
Al comienzo se fingió legalidad, se
simuló autodefensa nacional. Luego el programa se aceleró: aislamiento,
pauperización, expulsión, exterminio. Pero incluso antes de que el gobierno
actuase, las tropas de asalto nazis, la policía y los afiliados del partido
tomaron la acción en sus propias manos. Las golpizas, los boycots económicos, y
los asesinatos de judíos fueron experiencias cotidianas. Se condenó al
ostracismo a los judíos que ejercían como abogados, médicos, maestros,
periodistas, académicos y artistas. Los ni¤os judíos eran insultados en las
escuelas, por compa¤eros y por maestros, y regresaban a sus casas golpeados,
pálidos y temblorosos. Una estrella amarilla debia exhibirse en la ropa, los
libros de judíos eran incendiados en público.
Antes de que concluyera 1933, los
judíos alemanes eran hombres desesperados, mujeres sollozantes y ni¤os
aterrorizados. En septiembre de 1935 las Leyes de Nürenberg cancelaron la
ciudadanía de todos los judíos, quienes pasaron a ser "huéspedes". La
única salida era la emigración o el suicidio. Se limitó la salida de bienes del
país, y para 1938 no podía sacarse ni siquiera un marco. Esta medida enriquecía
al gobierno con cada partida, y también hacía del judío un inmigrante aun más
indeseable en los países a los que presentaba su solicitud.
La Noche de los Cristales
(10/11/1938) fue el horror: ultrajes, asesinatos, saqueos y violaciones. Los
judíos corrían presas del pánico mientras hordas de nazis los perseguían. Más
de cien judíos fueron asesinados, treinta y cinco mil arrestados (y
eventualmente enviados a los campos de muerte), siete mil quinientos negocios
saqueados y seiscientas sinagogas incendiadas, mientras los altoparlantes
anunciaban: "se requiere de todo judío que decida colgarse, que tenga la
amabilidad de colocar en su boca un papel con su nombre, para que sea
identificado". El Holocausto había comenzado.
La historia del Holocausto excedería el
marco de este curso. En síntesis, una nación entera se trasformó en el brazo
ejecutor de la judeofobia más brutal. Y era la nación más civilizada del
planeta. Se aplicó la "ideología" nazi, o sea la remoción de los
judíos de la sociedad humana, por medio de etiquetarlos como parásitos, como un
virus infeccioso que amenazaba al mundo. La mitología judeofóbica llevó así a
la pérdida de seis millones de vidas de judíos (un tercio del total) y Adolf
Hitler despojaba la judeofobia de todos sus disfraces y desnudaba su esencia.
Instintos sádicos descontrolados fueron protegidos por la ley, por el estado,
por el silencio del mundo. Tanto la conferencia internacional de Evian (1938)
como la de Bermuda (1943) no pudieron proveer a los judíos de un solo sitio en
el que refugiarse. Y las puertas de la Tierra de Israel permanecieron selladas
por los británicos que devolvían a Europa los barcos cargados de refugiados
judíos, o los hundían y así condenaban a miles de judíos fugitivos a ahogarse
en el mar.
Millones de judíos que habían rechazado
o postergado las propuestas sionistas de emigración, y confiaban que la
seguridad del pueblo judío sería defendida por los ideales liberales de Europa,
por una legislación justa, y por democrátas por doquier, descubrieron con
estupor que incluso sus vecinos y amigos no-judíos no se levantaron a
protegerlos, ni incluso a esconderlos. Hubo, sí, miles de "justos entre
los gentiles" que expresaron solidaridad con los judíos, algunos incluso
arriesgando así sus propias vidas. Pero a pesar de ellos, el panorama global
fue de tétrica desilusión para los que creyeron que la judeofobia estaba por
superarse.
La opresión de los judíos caía en
niveles cada vez peores. Desde legislación discriminatoria hasta exclusión de
empleos de los que subsistir, desde actos de violencia contra individuos en las
calles hasta campa¤as contra negocios de judíos, desde deportaciones y
degradación, hasta el exterminio, y la mayoría de los gentiles cubrieron sus
ojos, cerraron sus puertas a los que buscaban refugio y, con demasiada
frecuencia, fueron partícipes del asesinato de judíos, arrebatándoles sus
pertenencias y delatando sus escondrijos. Aun más que durante las matanzas
medievales, los alemanes tuvieron éxito en el genocidio debido a la abrumadora
coooperación que recibieron de los ciudadanos de los países ocupados.
Todos los pedidos de los judíos fueron
virtualmente desoídos, incluída la solicitud de que se bombardearan los hornos
crematorios de Auschwitz, donde un millón y medio de judíos fueron asesinados
después de inenarrables sufrimientos. Los ejércitos aliados se negaron a
bombardear el campo de muerte, por temor de que sus propios ciudadanos
sintieran que habían sido arrastados a una "guerra judía".
Llamar racismo a la
"ideología" nazi es otro empe¤o por desjudaizar el Holocausto. Sólo
en lo que concernía a los judíos fueron los nazis consistentemente
"racistas". Sus principales aliados fueron pueblos latinos y
asiáticos, Italia y Japón, y flirtearon con otro pueblo supuestamente
"semita", los árabes. Es sabido que cuando el líder de los
árabes-palestinos, Hajj Amin Al-Husseini, visitó a Alfred Rosenberg en mayo de
1943, se le prometió que se daría instrucciones a la prensa para que limitara
el uso de la voz "anti-semitismo" porque sonaba al oído como si
incluyera el mundo árabe, que era mayormente germanófilo. Husseini participó
del golpe pronazi en Irak en 1941, y residió en Alemania por el resto de la
guerra. Recrutó a los voluntarios musulmanes para el ejército alemán y
exhortaba al Reich a extender la "solución final" a Palestina.
El hecho es que el odio nazi se
focalizó en los judíos con la virtual exclusión de toda otra "raza"
(incluídos los gitanos que, aunque fueron muertos en masa, a diferencia de los
judíos, en la visión de los nazis no pasaron de ser marginales).
No fue debido al racismo que los nazis
odiaban a los judíos, sino al revés: para ejercer su honda judeofobia
utilizaron argumentos racistas. No fue para adquirir poder que los nazis
atacaron al "chivo expiatorio" judío, sino al revés, o como Hitler
escribiera, ya derrotado, en su diario, en abril de 1945: "Por encima de
todo encargo al gobierno y al pueblo a resistir sin misericordia al envenenador
de todas las naciones, el judío internacional".
Así resumen Prager y Telushkin la
judeofobia nazi: "Casi toda ideología y nacionalidad europea había estado
saturada con odio contra el judío cuando los nazis consumaron la "solución
final". En las décadas y siglos que la precedieron, elementos esenciales
del pensar cristiano, socialista, nacionalista, iluminista y post-iluminista
habían considerado intolerable la existencia de los judíos. En un análisis
final, todos se habrían opuesto a lo que Hitler hizo pero, sin ellos, Hitler no
podría haberlo hecho".
En cuanto
al rol específico de la Iglesia, fue objeto este mes de un simposio vaticano
bajo el título de "Raíces de antijudaísmo en círculos cristianos".
Allí tanto el teologo Georges Cottier como la autoridad vaticana, el padre Remi
Hoeckman, convocaron a un "histórico examen de conciencia por parte de los
cristianos, a fin de que el fin del milenio coincida con el fin del
antisemitismo, del desprecio que los cristianos han tenido por el judaísmo y
los judíos".
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