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Martín Bañón, Asunción. Tesauro y Diccionario de toponimia histórica de la península ibérica, Baleares y Canarias: Diccionario geográfico de Toponimia Histórica. Madrid: Ministerio de Cultura, Secretaría General Técnica, Subdirección General de Atención al Ciudadano, Documentación y Publicaciones, 2025 Esta obra, elaborada por Asunción Martín Bañón y publicada por el Ministerio de Cultura de España en 2025, se centra en la toponimia histórica de la península ibérica, Baleares y Canarias. Forma parte de una labor continuada durante más de veinte años por la Subdirección General de Museos Estatales, que ha desarrollado vocabularios relacionados con el patrimonio cultural, especialmente con los bienes custodiados en museos y centros con colecciones museográficas. El libro actúa como un tesauro y diccionario geográfico, proporcionando definiciones y relaciones terminológicas que facilitan la comprensión y el estudio de los nombres de lugares históricos en estas regiones. |
No tardarían mucho tiempo en averiguarlo. Al percibir
que una desusada impresión de apaciguamiento y normalidad se había establecido
entre ellos, comenzarían a echarla de menos. Como se echa en falta el runrún de
una obsesión que, de repente, desaparece. Se darían cuenta, quizá demasiado
pronto, de que la anfitriona no regresaba al lugar central de la esplendorosa
fiesta, y comenzarían a decir su nombre con la voz cantarina que definía el
estado de ánimo general, que, si bien no resultaba muy real, al menos sí era el
que se suponía que todos debían desplegar a lo largo de aquel homenaje, aquella
impecable fiesta de bienvenida.
-Te están esperando. Me han preguntado por ti varias
veces.
Se darían cuenta y comenzarían a tomar posiciones.
Avanzarían hacia los lugares más privados de la casa sin dejar de murmurar el
nombre de la propietaria, que había decidido comportarse como no debía ahora
que, por fin, Héctor había regresado. «Virginia. Virginia… ¿Dónde te escondes?»
Se acercarían, acechantes, hasta el borde de las camas para arrodillarse sin
pudor y espiar su pequeña oscuridad de madriguera infantil. Más tarde, una vez
hallada, se encargarían de la eficaz reconstrucción del momento inmediatamente
anterior a la decisión de huir, pero ahora resultaba esencial encontrar a la
anfitriona díscola. Y para ello asomarían los ojos por la breve rendija de la
puerta abierta del cuarto de baño con el afán de inspeccionar cada uno de los
rincones en los que se hubiera podido sentar, levantarían las sábanas blancas,
abrirían los armarios y meterían su nariz en el interior de cada una de las
cajas de cartón llenas de recortes de periódicos.
-Espera un momento. Sólo un segundo. Sabes que puedo
hacerlo y lo haré. Sólo necesito un pequeño instante.
Sonreirían como si aquella fiesta fuera el lugar más
divertido del mundo. El lugar en el que se debía estar. Y buscarían con
verdadero empeño, deseando encontrarla, porque aquello, descubrir a Virginia,
significaría abrir inmensamente los ojos y acercarse a ella con toda la
compasión de la que es capaz un ser humano común, con los brazos extendidos y
los labios preparados para un generoso beso que se antepondría a cualquier
palabra, abrazar largamente e incluso acunar. «¿Estás bien, cielo? ¿Te ha
vuelto a suceder? ¿Otra vez?»
-¿Me quedo contigo? ¿Quieres que me siente aquí hasta
que se te pase?
Buscarían. Pero esta vez no iban a salirse con la
suya. Porque Héctor había regresado a su casa y si alguien sabía dónde se
escondía Virginia, esa persona era él.
-¿No te importa?
Héctor negó con la cabeza y se sentó en una de las dos
sillas que rodeaban el escritorio de Virginia, cerca de la ventana grande que
daba al jardín.
-Si me importara no te lo habría propuesto.
Pronto serían las diez y media de la noche, y ninguno
de ellos había tomado nada sólido desde el inicio de la fiesta. La comida
seguía esperando en la cocina, y allí continuaría hasta que Virginia decidiera
bajar.
-No sé si me vas a creer, pero te aseguro que esto no
me pasa con mucha frecuencia últimamente. Desde que tú te fuiste, creo recordar
que sólo han sido tres veces. Déjame pensar… Sí. Tres veces. Creo.
-No te preocupes. No tienes que darme ninguna
explicación. Si quieres hacer algo, lo haces. Y si no quieres, no lo haces.
Era tan excepcional, Héctor. Con su teoría de que si
se quiere hacer algo, si de verdad hay algo que merece la pena y que realmente
se desea hacer, no hay que pararse a pensar. Simplemente hay que hacerlo. Sin
reparar en nada más, sin hacer caso a los mosquitos ni a los pensamientos
cruzados acerca de un día de sol o de una maravillosa conversación a la sombra
de un árbol frondoso ocupado el espacio por el olor de las higueras. Héctor
decía que no hay que escuchar los sonidos circundantes ni el latido sobrio del
corazón ni las expectativas de una casa más grande ni el canto lejano de una
risa querida como a nada se ha querido antes. Si se desea hacer algo, hay que
empezar a hacerlo y no pensar más. Porque el pensamiento sólo dilata el no
hacer nada y deja pasar las horas en una estéril sucesión de instantes pensados
que no significan gran cosa. Sólo consideraciones o recuerdos que la mayoría de
las veces son torturas y además torturas lastimosas de un dolor ilocalizable,
que no es físico y que no se puede acallar con medicamentos. Un dolor
continuado. Un dolor soberano que persiste y persiste.
-No sé lo que quiero, Héctor. Ése es el gran problema.
Que no lo sé.
Él dejó caer pesadamente las manos sobre sus rodillas,
y suspiró:
-Toda esa gente a la que has invitado… No sé para qué
han venido. No paran de hablar y de reír. Es insoportable.
-Casi todos piensan que silencio y estupidez van de la
mano.
Estarían buscándola. En el interior del cesto de
mimbre para la ropa sucia y tras los árboles del jardín. Riendo y diciendo su
nombre mientras, en su dormitorio, Héctor comenzaba a silbar una melodía lenta.
-Vas a salir de ahí, ¿verdad? -preguntó.
Retirando las tablas de madera para cerciorarse de que
no había nada detrás. Con las manos abiertas sobre las ventanas, dejando
pequeñas nubes de vaho en los cristales, mientras repetían: «Vas a salir de
ahí, ¿verdad? ¿Vas a salir de ahí?».
Virginia no contestó. En realidad, sí sabía qué
quería. Claro que lo sabía. Lo que deseaba era poder regresar a su casa, a la
que había sido su auténtica casa, y no volver a alejarse jamás de allí. A
veces, algunas noches, cerraba los ojos y, mientras se iba quedando dormida,
oía aquellos sonidos, los pasos por el parquet del salón, el teléfono, el grifo
que comenzaba a soltar agua fría, luego templada, luego más caliente.
Exactamente los mismos sonidos. La voz de su padre hablando al otro lado del
tabique mientras ella intentaba permanecer dormida porque si se despertaba,
sabía que si abría los ojos, descubriría que, en realidad, aquellas paredes
blancas eran ahora de papel pintado, y las sábanas limpias se habían convertido
en largos trozos de tela arrugada. No haber salido nunca de su casa, y andar
descalza hacia la cocina para tomar un vaso de leche mientras la radio daba las
noticias de las once. Aquello era lo que deseaba y, por lo tanto, los rumores
de la memoria se repetían mientras sus ojos giraban y giraban huyendo de una
luz que cada vez era más amplia. Inmensa. Porque volvía a sucederle. A pesar de
que Héctor estaba allí, con ella, sentado en una de las sillas de su propia
habitación, cerca de la ventana que daba al jardín, ahora volvía a sucederle.
Y, aunque no deseaba volar de nuevo, sabía que era inútil no desearlo. Los
hilos ya estaban tendidos y dispuestos.
Así que se refugió aún más y Héctor, finalmente, se
levantó de la silla para dirigirse a la puerta.
-Les diré a todos que no hay nada más que hacer aquí y
que pueden irse a su casa.
Su respiración volvería a ser acompasada y limpia.
Quizá un pequeño temblor en los dedos que rozaban sus labios, en busca de esa
perfecta tersura de una piel tan fina, delatara de alguna forma su auténtico
estado de ánimo. Pero no el hecho de que estuviera impecablemente vestida o que
fuera capaz de escuchar larguísimas conversaciones con la mayor atención.
¿Y si no bajaba? ¿Y si se sentaba a los pies de Héctor
y le pedía que siguiera silbando aquella melodía hasta el amanecer?
Pero Héctor ya había salido de la habitación. Su
espléndida fiesta de bienvenida había terminado.
FIN
Fragmento de La limpieza étnica de Palestina. Autor: Ilan Pappé. Editorial: Crítica. Páginas: 414
Los editores del diario de Ben Gurion se sorprendieron al descubrir que entre el 1 de abril y el 15 de mayo de 1948, el líder de la comunidad judía de Palestina parecía descuidar el aspecto militar de los acontecimientos.
En lugar de inquietarse por ello, se mostraba mucho más preocupado por la política interna sionista y estaba dedicado de lleno a cuestiones de organización como la transformación de los cuerpos de la Diáspora en organismos del nuevo Estado de Israel. Su diario, resulta evidente, no revela ninguna sensación de temor por la catástrofe inminente o el "segundo Holocausto" que con emoción proclamaba en sus apariciones públicas.
Entre quienes pertenecían a sus círculos íntimos, hablaba con un lenguaje diferente. Así, a comienzos de abril, presentó con orgullo a los miembros de su partido, el Mapai, los nombres de las aldeas árabes que las tropas judías habían ocupado recientemente. Y el día 6 del mismo mes le encontramos reprendiendo a los miembros con tendencias socialistas de la ejecutiva del Histadrut que cuestionaron el acierto de atacar a los campesinos en lugar de confrontar a sus patronos. Ocasión en la que dijo a una de las principales figuras de la organización sindical: "No estoy de acuerdo con usted en que nos enfrentamos a efendis y no a campesinos: ¡nuestros enemigos son los campesinos árabes!
Su diario, de hecho, contrasta radicalmente con el miedo que sembraba entre quienes le oían en reuniones públicas y, por consiguiente, con la memoria colectiva de los israelíes. Sugiere que para entonces se había dado cuenta de que Palestina ya estaba en sus manos. Con todo, tampoco estaba excesivamente confiado, y no se unió a las celebraciones del 15 de mayo de 1948, consciente de la enormidad de la tarea que tenía por delante: limpiar Palestina y asegurarse de que los árabes no pudieran obstaculizar la toma del país por parte de los judíos.
Al igual que la Consultoría, temía el resultado de los acontecimientos en lugares en los que existía un obvio desequilibrio entre los asentamientos judíos aislados y un potencial ejército árabe, como era el caso de ciertas zonas remotas de Galilea y el Néguev, así como de algunas partes de Jerusalén. No obstante, tanto Ben Gurion como sus colaboradores más cercanos entendían perfectamente bien que estas desventajas locales no alteraban el cuadro general: la capacidad de las fuerzas judías para tomar, incluso antes de que los británicos hubieran abandonado el país, muchas de las áreas que la Resolución de Partición de la ONU había asignado al Estado judío. En este contexto, "tomar" significaba sólo una cosa: la expulsión, masiva, de los palestinos de sus hogares, negocios y tierras, tanto en las ciudades como en las áreas rurales.
Poder sobre el terreno
Ben Gurion quizá no se haya regocijado con las masas judías que bailaron en las calles el día que el Mandato británico llego oficialmente a su fin, pero sabía muy bien que las fuerzas militares judías ya habían empezado a mostrar su poder sobre el terreno. Cuando se activó el Plan Dalet, la Haganá contaba con más de 50.000 efectivos a su disposición, la mitad de los cuales habían sido entrenados por los británicos durante la Segunda Guerra Mundial. Había llegado la hora de poner en marcha el plan.
La estrategia sionista de construir asentamientos aislados en medio de zonas árabes densamente pobladas, aprobada retroactivamente por las autoridades del Mandato británico, se reveló una desventaja en épocas de tensión. La llegada de suministros y tropas a estos puestos remotos no siempre estaba garantizada, y una vez el país estuvo en llamas, la carretera para acceder a Jerusalén por el oeste, que pasaba por numerosas aldeas palestinas, resultó particularmente difícil de proteger, lo que creó entre la pequeña población judía de la ciudad una sensación de asedio. Los judíos de Jerusalén también eran un motivo de preocupación para los líderes sionistas por una razón diferente: éstos pertenecían en su mayoría a las comunidades ortodoxa y mizrahi (oriental), cuyas aspiraciones y compromiso con el sionismo eran bastante tenues
e incluso cuestionables.
Por tanto, la primera zona que se eligió para poner en marcha el Plan Dalet fue la de las aldeas rurales de las laderas occidentales de las montañas de Jerusalén, a medio camino a lo largo de la carretera hacia Tel Aviv. Ésta fue la Operación Najsón, que serviría de modelo para campañas futuras: las expulsiones súbitas y masivas que empleó demostrarían ser el medio más eficaz de conservar los asentamientos judíos aislados o desbloquear las rutas amenazadas por el enemigo, como la que
conducía a Jerusalén.
A todas las brigadas asignadas a la operación se les pidió que se prepararan para pasar a Mazav Dalet, Estado D, es decir, que se alistaran para implementar las órdenes del Plan D. "Pasaréis a Estado Dalet, para una implementación operativa del Plan Dalet", fue lo primero que se les dijo a las unidades. Y luego, "las aldeas que vais a capturar, limpiar o destruir se decidirán consultando con vuestros asesores en asuntos árabes y los oficiales de inteligencia".
A juzgar por el resultado final de esta fase, a saber, la desarrollada entre abril y mayo de 1948, el consejo de éstos fue que no se perdonara a ni una sola aldea. Mientras que el Plan Dalet oficial daba a las aldeas la opción de rendirse, las órdenes operacionales no eximían a ninguna aldea bajo ningún concepto. Con esto, el programa detallado se convirtió en la orden militar de empezar la destrucción de las aldeas. Las fechas se programaron de acuerdo con la geografía: la brigada Alexandroni, que se encargaría de asaltar la costa con sus decenas de aldeas, y que sólo dejaría detrás dos de ellas, recibió sus órdenes hacia finales de abril; las instrucciones de limpiar el oriente de Galilea llegaron al cuartel general de la brigada Golani el 6 de mayo de 1948, y al día siguiente se ordenó la limpieza de la primera aldea de su "área", Shajara.
Destrucción de aldeas
Las unidades del Palmaj recibieron sus órdenes para la Operación Najsón desde el primer día de abril de 1948. La noche anterior, la Consultoría se había reunido en la residencia de Ben Gurion para dar término a las directivas que recibirían las unidades. Sus órdenes fueron claras: "El principal objetivo de la operación es la destrucción de aldeas árabes ... [y] la expulsión de los aldeanos para que se conviertan en un lastre económico paralas fuerzas árabes". La Operación Najsón también fue una novedad en otros aspectos. Fue la primera operación en la que todas las distintas organizaciones militares judías se esforzaron por actuar de forma conjunta como un único Ejército (con lo que se proporcionó una base a las futuras Fuerzas de Defensa de Israel). Y fue la primera operación en la que los veteranos judíos de Europa oriental, que dominaban el mundillo militar, se incorporaron a una campaña junto a otros grupos étnicos como los recién llegados del mundo árabe y de la Europa posterior al Holocausto. El comandante de un batallón que participó en esta operación, Uri Ben Ari, menciona en sus memorias que "mezclar a los judíos de la diáspora" era una de las metas importantes de Najsón. Ben Ari era un joven judío alemán que había llegado a Palestina pocos años antes. Su unidad realizó sus preparativos finales para Najsón en la costa del Mediterráneo, cerca de Hadera. Él se recuerda comparándose a los generales rusos que pelearon contra los nazis en la segunda guerra mundial. Los "nazis" en su caso eran un enorme número de campesinos palestinos indefensos que vivían en aldeas cercanas a la carretera que unía Jaffa con Jerusalén y los grupos paramilitares de Abd al Qadir al Husayni que habían acudido en su rescate.
Las unidades de Al Husayni habían estado disparando al azar contra el tráfico judío en esta ruta como represalia por ataques anteriores, y habían matado y herido a varios pasajeros. Pero los aldeanos, como ocurría por todas partes en Palestina, sólo estaban intentando continuar con su vida normal, sin conocer la imagen demonizada que Ben Ari y sus camaradas les atribuían.
Al cabo de unos pocos días, la mayoría de ellos serían expulsados para siempre de las casas y campos en los que ellos y sus ancestros habían vivido y trabajado durante siglos. Los grupos paramilitares palestinos a órdenes de Abd al Qadir al Husayni opusieron más resistencia de la que esperaba el batallón de Ben Ari, lo que hizo que la operación Najsón no avanzara inicialmente según lo planeado. Pese a ello, para el 9 de abril la campaña
estaba terminada. (...)
Deir Yassin
La naturaleza sistemática del Plan Dalet resulta patente en el caso de Deir Yassin, una aldea pastoril y cordial que había llegado a un pacto de no agresión con la Haganá de Jerusalén, pero que estaba condenada a desaparecer por encontrarse dentro del área que el Plan Dalet ordenaba limpiar. En vista del acuerdo que había firmado con la aldea, la Haganá decidió enviar allí tropas del Irgún y de la banda de Stern y librarse así de toda responsabilidad oficial en lo ocurrido. En posteriores operaciones de limpieza de aldeas "amigas" ni siquiera se consideraría necesario emplear este ardid.
El 9 de abril de 1948, tropas judías ocuparon la aldea de Deir Yassin. Ésta se encontraba en una colina al oeste de Jerusalén, a 800 metros sobre el nivel del mar y cerca del barrio judío de Givat Shaul. La vieja escuela de la aldea funciona en la actualidad como un hospital psiquiátrico para el barrio judío que se extendió sobre
los restos del poblado.
Al irrumpir en la aldea, los soldados judíos rociaron las casas con fuego de ametralladora, lo que mató a muchos de sus habitantes. Después de eso, se reunió a los demás aldeanos y se los asesinó a sangre fría, los cadáveres fueron maltratados y cierto número de mujeres fueron violadas antes de ser asesinadas.
Fahim Zaydan, que tenía doce años en esa época, recuerda cómo vio asesinar a su familia delante de sus ojos: "Nos llevaron uno detrás de otro; dispararon a un anciano y cuando una de sus hijas gritó, le dispararon a ella también. Luego llamaron a mi hermano Muhammad, y le dispararon enfrente de nosotros, y cuando mi madre, que llevaba a mi hermana Hudra en sus brazos, pues todavía estaba amamantando, se arrojó sobre él llorando, también le dispararon".
Los soldados también le dispararon a Zaydan. Lo habían puesto, junto con otros niños, en fila contra una pared que rociaron con balas, "sólo para divertirse", antes de marcharse. Tuvo suerte de sobrevivir a sus heridas. Investigaciones recientes han reducido el número aceptado de víctimas de la masacre de Deir Yassin de 170 a 93. Como es obvio, aparte de las víctimas de la masacre propiamente dicha, hubo decenas de campesinos que murieron en el combate, y que por tanto no fueron incluidos en la lista oficial de víctimas. Sin embargo, en vista de que las fuerzas judías consideraban cualquier aldea palestina como una base militar enemiga, la distinción entre las personas masacradas y las muertas "en batalla" era tenue.
Basta enterarse de que entre los asesinados en Deir Yassin había treinta bebés para entender por qué todo el ejercicio "cuantitativo" (no muy distinto del que los israelíes realizaron en una fecha tan cercana como abril de 2002 a propósito de la masacre de Jenin) es irrelevante. En su momento, los líderes judíos anunciaron con orgullo un elevado número de víctimas en Deir Yassin para hacer de la aldea el epicentro de la catástrofe: una advertencia a todos los palestinos de que un destino similar les aguardaba si se negaban a abandonar sus hogares y marcharse.
1. Huyendo de los nazis
Los padres de Ilan Pappé huyeron de Alemania durante la persecución nazi y se establecieron en Haifa, donde nació el historiador en 1954. En la Universidad de Haifa ha hecho su carrera académica hasta convertirse en la figura emblemática de los llamados‘nuevos historiadores’.
2. Cuestionar la versión oficial
Los nuevos historiadores, que en su conjunto han publicado una decena de libros en los últimos años, se caracterizan por cuestionar la versión sionista de la historia y reevaluar los datos que poco a poco van saliendode los archivos.
3. Ostracismo
Pappé ha pagado su osadía con el ostracismo del mundo académico israelí. Sus opiniones y trabajo académico le han ganado muchos enemigos, por lo que decidió abandonar Israel en 2007, sin que se sepa si su exilio es definitivo o temporal. En la actualidad da clases en el departamento de Historia de la Universidad británica de Exeter.
28 ENE 2010 11:18
Si algo enseñan los años, es a desconfiar de la belleza. He leído en varios sitios que la aparición del nuevo fetiche de Apple ha hecho envejecer diez o quince años a mi Kindle DX. Y no se pueden imaginar lo mucho que me ha alegrado tal comentario: si algún defecto le encontraba a mi libro electrónico era precisamente su juventud. A partir de ahora, al envejecer, será tomado más en serio.
Lo encontré en mi despacho, recién llegado de Phoenix, el pasado día 21 de enero. Y desde entonces no me he separado de él ni un minuto. Poder llevar encima mi biblioteca no es la mayor de sus virtudes: lo verdaderamente importante es cómo ha cambiado mi forma de trabajar. Gracias al tamaño de su pantalla, puedo visualizar cómodamente expedientes judiciales digitalizados en tamaño folio, y mi cartera ha perdido muchos kilos, para alivio de mis lumbares.
A lo largo de los últimos años, he ido recopilando muchos libros en formato electrónico, que he podido transferir sin problemas desde mi antiguo lector. Es perfectamente compatible la cultura libre que representan los millones de libros liberados en Internet, con el modelo de pago de nuevos lanzamientos que lidera Amazon. Antes o después, todo libro será liberado: aprender a sobrevivir en ese nuevo ecosistema es un desafío apasionante.
Me preocupa la lentitud de reacción de los editores españoles. El primer día de uso, sólo encontré en la Kindle Store 422 libros en castellano; no supe encontrar ninguno en catalán. En Estados Unidos, mi aparato otorga conexión permanente a Internet, sin restricciones. Desde España, sólo se puede acceder a la tienda online y a la Wikipedia en inglés. Y eso no es responsabilidad de Amazon, sino de editores y operadores de telecomunicaciones españoles, que con su desidia están entorpeciendo el desarrollo de nuestra cultura, en beneficio del idioma inglés.
Escritores, agentes literarios y editores están seriamente preocupados por lo que se avecina. A mi personalmente sólo me entristece el futuro de una ciudad sin kioskos. La edición electrónica obligará a reconvertir todo el negocio editorial. En especial, editores y agentes literarios deberán justificar sus porcentajes: su único papel en un mundo digitalizado será otorgar visibilidad a las obras y a sus autores.
Al desaparecer buena parte de los costes, muchos contratos de edición quedarán obsoletos. Los autores exigirán en la negociación un tanto por ciento muy superior al que hasta ahora se les pagaba, y también exigirán el control de su edición.
De la misma forma que, desde mi ordenador, pude seguir el viaje de mi Kindle a través del Atlántico, su paso por la aduana, hasta llegar a mi despacho en furgoneta, los autores deben poder examinar quién, cómo y cuándo adquiere sus obras. Hasta ahora, esa información llegaba sólo una vez al año, en una liquidación de la editorial que el autor se veía obligado a aceptar, al no poder contrastarla por sí mismo. La edición electrónica convierte el problema en una mera cuestión de estadísticas.
Después de muchos años, he vuelto a comprar el periódico. Lo podía leer gratuitamente en Internet, en mi móvil y en el portátil, y seguramente lo seguiré haciendo. Pero ninguna de esas sensaciones es comparable a poder comprarlo y leerlo en cualquier sitio, en tinta electrónica y con el sosiego de antaño.
No tengo nada contra los juguetes de colores: son necesarios para mantener el negocio informático. Pero obligan a una lectura apresurada, en diagonal. El verdadero periodismo, como la verdadera literatura, se saborean mejor en negro sobre blanco.