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martes, 7 de febrero de 2012

LAS LUCIÉRNAGAS DE SAFED

LAS LUCIÉRNAGAS DE SAFED
Muchos años atrás, reinó en Safed un soberano árabe. Era una persona maligna y odiaba a los judíos. Forjó muchos proyectos para amargarles la vida: cómo sacarles el sustento de la vida y cómo torturarlos. Le disgustaba que los judíos, junto con sus hijos, estén sentados en la casa de estudios y estudien la Tora, hasta bien tarde en la noche. Noche tras noche, Safed estaba envuelto en la oscuri­dad. Pero allí abajo, en las callejuelas de los judíos, se vislumbraba la luz en la casa de oración y estudio, y desterraba la sombra de la oscuridad como un faro.
El lindo canturreo de aquellos que estaban estudiando la Tora y el Talmud causó mucha rabia al gobernante árabe. ¿Qué hizo él? Dio la siguiente orden: Está estrictamente prohibido a los judíos, prender luces en la noche, ni velas de cera, ni velas de aceite, ni antorchas.
Los judíos comenzaron a llorar. También lloraban los niños. "¿Qué podemos hacer? ¿El estudio va a abandonar nuestras bocas? ¡Noche tras noche, tenemos que ponernos al lado de la Tora!"
Los niños meditaron mucho y decidieron hacer algo concreto. Se reunieron en secreto, para que ni los adultos se enteraran de su decisión.

Al día siguiente, apenas se puso el sol, se fueron los niños fue­ra de la ciudad, fuera de las calles tortuosas, fuera de las casas aglomeradas.
Un viento liviano soplaba desde las montañas de Canaán y de la montaña de Atmón. La noche de verano bajó encima de Safed, aparecieron las estrellas en el cielo. Los perros ladraron, pero de los corazones de los niños no se apoderó ningún miedo. Lo que habían decidido hacer, querían realizar con valentía.
Bajaron silenciosamente al valle del viejo molino, donde había
muchos árboles y un sinnúmero de lucecitas flotaban en el aire. Los niños llevaron consigo pequeños canastos.
Cuando estaban acercándose a una pequeña cascada allí en el valle, y el arroyo murmuró con un ruido agradable, vieron muchas estrellitas minúsculas relampagueando y apagándose, volando para arriba y para abajo. Eran luciérnagas.
En seguida comenzó la caza y dentro de poco tiempo, los reci­pientes de los niños estaban llenos de estas chispas vivientes. Con este gran botín, regresaron sin demora a la casa de estudio.

En la casa de estudio, la oración de la noche estaba por termi­nar en plena oscuridad y los feligreses estaban pensando en ir a sus casas. De pronto vieron una luz. Una luz tenue, como la de la luna, iluminó la pieza y los libros. Todos entendieron la inteligencia de los niños. Se sentían muy contentos y orgullosos por el acto tan bueno e inteligente de sus hijos. En seguida, se sentaron para seguir estudiando los libros sagrados. Y, ¡Fíjense qué milagro! Las luciérnagas no volaron hacia las ventanas, ni hacia las puertas. Daban vuelta encima de los estudiosos, en forma de círculo., e iluminaron los folios abiertos.
Los estudiosos estaban excitados y apasionados. El canto del estudio se escuchó hasta bien lejos. Los árabes notaron que había luz, y la denunciaron al Soberano. Cuando este maligno escuchó que los judíos ignoraron su prohibición, dio un sobresalto, como si una serpiente lo hubiera mordido. Estaba sumamente furioso. Apresuradamente se fue a la casa de oración de los judíos para vengarse. Apenas llegó hasta la puerta de la casa de oración y miró hacia dentro, se quedó sin palabras. Los judíos estaban estudiando sus Sagradas Escrituras, no a la luz de velas de cera, ni de aceite y tampoco con antorchas, sino a la luz de las luciérnagas. Este tipo de iluminación no estaba mencionado para nada en su decreto de prohibición.
El gobernador maligno volvió a su casa avergonzado y los judíos de Safed, junto a sus hijos, siguieron estudiando hasta media noche, con gran alegría y mucha satisfacción, con un canturreo alegre.
Desde ese entonces, los niños de SAFED nunca cazan luciér­nagas y nunca las matan - ya que hicieron el milagro de proporcio­nar luz para leer la Tora y sus interpretaciones.  

EL ESTUCHE DE LA TORÁ y EL RENEGADO

EL ESTUCHE DE LA TORÁ y EL RENEGADO

En la ciudad española de Zaragoza había una costumbre: que los judíos saludaran al Rey cada vez que pasaba por su barrio. Se acercaban a él con los Rollos de la Torá, cubiertos por lindos estuches.

Sin embargo, un día llegó al trono un Rey que no tenía buenas disposiciones para con los judíos. Por eso ellos no lo consideraron digno ni merecedor de ser recibido con los Rollos de la Torá. Sacaron los Rollos de la Torá de sus estuches y se fueron al encuentro del Rey con los estuches bien adornados, pero vacíos.

Un buen día, el Rey contó a sus ministros en el curso de una comida, qué respeto tenía él delante de los judíos y cómo lo recibieron con toda pompa, con los Rollos de la Torá en sus manos.

Entre los presentes se encontraba también un renegado, quien reveló al Rey el secreto de los estuches vacíos. El Rey se puso muy furioso y dispuso aniquilar a todos los judíos si se verificara al día siguiente, que esta acusación era verdad.

En el curso de la noche apareció el Profeta Eliyahu en el sueño de los bedeles de las doce sinagogas de la ciudad y les ordenó poner los Rollos de la Torá dentro de sus estuches. Todos hicieron lo que ordenó Eliyahu.

Al día siguiente llegó la noticia a los judíos: "Viene el Rey a visitarlos". Entonces ellos desfilaron delante de él con los estuches de la Torá, como siempre. Cuando el Rey vió a los judíos, ordenó abrir los estuches. Los judíos se asustaron tremendamente. pero tenían que acatar el mandato del Rey. Pero cuando el Rey vió los rollos en sus estuches, tributó merced a los judíos y mandó a casti­gar al renegado. 

LA SABIDURÍA DE MAIMONIDES

LA SABIDURÍA DE MAIMONIDES
El famoso filósofo Maimónides era también el médico de cabecera del Rey egipcio. Los otros médicos estaban muy celosos, porque el Rey le tenía mucho respeto y una confianza sin límites. Por esta razóndecidieron preparar su caída.
Una vez los médicos discutieron con Maimónides en presencia del Rey, con la intención de demostrar que éste no tenía idea alguna de la ciencia médica. Ellos afirmaron que la ciencia médica puede incluso devolver la vista a aquellos que han nacido ciegos. Pero Maimónides afirmó que se puede curar a un hombre solamente en el caso de haber quedado ciego por accidente, o por alguna enferme­dad. Sólo en este caso se puede prestar ayuda, pero no se puede ayudar a un ciego de nacimiento.
¿Qué hicieron los médicos? Trajeron delante del Rey a un hombre ciego que atestiguó que él había nacido así. Le pusieron una pomada encima de sus ojos, y el hombre empezó a gritar ¡Ya puedo ver!
El Rey ya estuvo por expresar su desconfianza a Maimónides, pero el médico sacó un paño rojo, lo puso delante de los ojos del ciego - que recuperó su vista - y le preguntó: "¿Qué tengo en mi mano?"

"Un pañuelo rojo" - contestó el hombre.
»
El Rey se dio cuenta en seguida que Maimónides tenía razón. Si el hombre era ciego de nacimiento, ¿cómo podía ser que conozca los colores? Inmediatamente expulsó a los médicos con humillación y vergüenza.
Pero no sólo los no judíos querían poner a prueba la sabiduría médica de Maimónides, sino también sus hermanos de fe.
Entre los muchos enfermos que vinieron a ver a Maimónides para pedir su ayuda, vino un buen día también el poeta Rabí Abraham Ibn Ezra, que era muy pobre. El no estaba enfermo, pero se disfrazó de tal manera que no se lo podía reconocer. Se puso en la fila de los pacientes y esperó a que Maimónides pasara delante de él, lo considere como enfermo y le prescribiera un medicamento. Quería poner a prueba a Maimónides y saber, si éste podría reco­nocer si él estaba, o no estaba enfermo.
Maimónides pasó delante de la fila de los enfermos y le dio a cada uno un papelito en el cual había anotado el medicamento para su enfermedad. También Rabí Abraham Ibn Ezra recibió un pape­lito. Lo abrió con una sonrisa y allí estaba anotada una sola palabra: "kesef" - dinero.
Reconoció Rabi Abraham que no se podía engañar a un hombre como Maimónides.

¿POR QUÉ SE CONVIRTIERON LOS CASARES AL JUDAISMO?

¿POR QUÉ   SE   CONVIRTIERON   LOS   CASARES   AL   JUDAISMO?
En la desembocadura del río Volga se encontraba el Reino de los Casares, que eran una tribu turca de guerreros. Eran idólatras. Pero en el siglo VIII decidió el Rey Bulam, introducir una reforma religiosa. Quería terminar con el paganismo e introducir la fe en un Dios Único.
En su reino vivían judíos, cristianos y mahometanos. Para elegir la religión más verdadera, mandó llamar a un representante de cada una de las tres religiones y los dejó discutir entre sí. Cada uno trató de verificar la prioridad de su religión. Cada uno alabó su religión y reprobó a la otra. En el curso de esta discusión, con bastantes griteríos, el Rey Bulam se sintió desconcertado.
Es por esto que empezó con un fraude. Llamó primero al maho­metano y le preguntó, qué haría él si tuviera que elegir entre el judaísmo y el cristianismo. El mahometano le contestó: "Yo elegiría el judaísmo, pues el cristianismo tiene su origen en el judaísmo. La religión judía es la mejor, pues significa la pura verdad. Y como los judíos cometieron pecados delante de Dios, El se enojó y les entregó a sus enemigos."

Entonces Bulam mandó a llamar al cristiano y le preguntó: "¿Qué harías tú si tuvieras que adoptar la religión judía o la mahometana?"
Y el cristiano le dijo: "En este caso yo adoptaría la religión judía, porque ella es la raíz del cristianismo y del Islam. No hay mejor religión que la del judaísmo. Dios lo había elegido entre todos los pueblos. Pero ellos cometieron un pecado, y El se enojó y los dispersó por el mundo entero."
El Rey de los casares ya no tuvo duda alguna. El y sus ministros se convirtieron al Judaísmo. (Fuente: El Cusarí de Yehuda Halevi.)

LA ADIVINANZA COMO ESCAPE

LA ADIVINANZA COMO ESCAPE
El gran poeta Abraham Ibn Ezra de Toledo era pobre y se sentía miserable, porque no podía ejercer ninguna verdadera actividad. Solía decir así: "Si yo empezara a comerciar con mortajas, no mo­riría nadie; si yo vendiera velas, el sol no se pondría nunca".
Decidió que trataría de buscar mejor suerte en el exterior. Sin embargo, en el mar abierto piratas atacaron su barco y todos los pasajeros tuvieron que pagar un rescate. Cuando le tocó su turno, dijo que él no tenía plata alguna.
Le preguntó el jefe de los piratas: - "¿Con qué quieres pagar para salvar tu vida? ¿Qué quieres darnos para que te devolvamos tu libertad?"
Ibn Ezra les contestó: - "No tengo ni plata, ni piedras preciosas, ni mercadería alguna; mis bienes son mi capacidad de escribir canciones, fábulas y acertijos."
"Si es realmente así" - le dijo el pirata. - "durante los viajes muy largos y a veces aburridos, vamos a tener una entretención con acertijos y adivinanzas. Si tú me das un enigma para descifrar y yo no conozco su solución, recuperarás tu libertad - y si no, tu vida se entregará a la muerte."

Ezra le habló así:

"Un campo de batalla sin tierra; Rey sin príncipes, reina sin vestidura, corcel sin jinete, soldados sin armas, corredores sin piernas, torres sin ventanas".
El pirata se dedicó a pensar y dijo que él ya había encontrado la respuesta a muchas adivinanzas, pero nunca a una tan compli­cada y tan especial. Un país de esta índole no podría existir jamás, pues se habría convertido hace mucho en el botín de sus enemigos.
Le dijo el poeta: - "Es el tablero de ajedrez y sus figuras".
La adivinanza y su solución le gustaron al jefe de los piratas tanto que dejó a Ibn Ezra en libertad y además, le dio unos cuantos regalos. Este, sin embargo, no quería recibirlos regalos porque estos tenían un origen bastante incierto.
Así que el saber bien utilizado puede salvar la vida.  

CEBOLLA Y TRIGO

CEBOLLA Y TRIGO
De todos los judíos orientales, los de Mossul eran considerados como los más inteligentes y sutiles. Satanás escuchó algo de eso y decidió engañar a uno de ellos. Quería demostrar, que ni los judíos de Mossul pueden superarlo. El es capaz de superarlos en astucia y ellos caerán en su trampa. Así que se acercó a uno de los judíos de Mosul, se les presentó como un extranjero que había llegado a este lugar para radicarse allí.
El Satanás le dijo: - "Hagamos juntos un negocio. Yo con mi plata y tú con tu inteligencia y con el trabajo de tus manos".
El judío estuvo de acuerdo. Arrendaron un campo y sembraron cebolla. Las cebollas brotaron, crecieron sus largas hojas verdes hacia arriba y cubrieron toda la superficie del campo con su verdor fresco y brillante.
Llegó la época de la cosecha. Le preguntó el hombre de Mossul a su compañero: - "¿Qué quieres tú, lo que está encima de la tierra o lo que está abajo?
Satanás  se  acordó de las cebollitas chiquitas  de aspecto miserable que pusieron en la tierra y vio la maravilla de las hojas encima de la tierra, eligió las hojas.
En seguida, contrataron trabajadores y estos sacaron las cebo­llas desde la tierra. El judío tornó todo lo que estaba debajo de la tierra y ganó mucha plata. Satanás tomó lo que estaba encima y perdió su inversión.
Cuando empezó la nueva temporada, sembraron trigo. Enton­ces, vio el Satán las espigas verdes y pensó en su corazón: "Esta vez no voy a cometer una equivocación. No me dejaré engañar por el aspecto, ni me dejo estafar por la linda apariencia".
Las espigas se tornaron amarillas y él dijo a sí mismo en su corazón: "Fíjate, la magia desapareció y nada de valor se puso en evidencia".
Cuando su compañero vino y le preguntó. "¿Qué quieres tú, lo que está encima o lo de debajo de la tierra?"
El Satán contestó sin vacilación. - "Lo que está debajo"
El judío de Mossul trajo cosechadores. Ellos segaron el trigo y el judío le dijo al Satán: - "Bueno llévate todo lo que está debajo."
El Satán examinó la situación y comprobó: "Realmente, los judíos de Mossul vencieron incluso al mismo Satán en astucia.

¿A DÓNDE VAMOS?

¿A DÓNDE VAMOS?
Un día el Sultán de Turquía, que prefería tener consejeros ju­díos porque le gustaba conversar acerca de las cosas más variadas del mundo, salió a dar un paseo. De pronto, se encontró con Rabí Isaac, al que le tenía mayor aprecio. Al ir en direcciones opuestas, el Sultán le preguntó:
"¿A dónde vas, Rabí Isaac?"
El Rabi para no detener más el paseo del Sultán, prefirió no decir que iba al palacio, y le contestó:
"Ni siquiera yo lo sé."
"¿Cómo? ¿No lo sabes? Un hombre tan inteligente como tú, ¿no sabe adonde va?"
"Así es, Majestad. No lo sé."
Al Sultán le pareció que su respuesta o era una impertinencia o una mentira, así que creyó conveniente castigar a su consejero. Lo mandó a la cárcel.
Una vez terminado el paseo, el Sultán recapacitó lo pasado y se arrepintió de haber cometido tal acto en contra del Rabí, puesto que era un buen amigo suyo. Entonces ordenó que lo sacaran de la cárcel y lo trajeran ante él. Al llegar Rabí Isaac, le dijo:
"O mentiste o pretendías burlarte de mí. ¿Por qué me dijiste que no sabías adonde ibas?"
"No dije más que la verdad, Majestad" - respondió Rabí Isaac. - "Yo no sabía que iba a la cárcel, eso era lo que menos esperaba. Como puede ver usted, no siempre sabemos adonde vamos."

EL FESTEJO DE CASAMIENTO Y EL DIVORCIO

EL FESTEJO DE CASAMIENTO Y EL DIVORCIO
En la ciudad de Sidón. había una mujer que estaba casada hace más de diez años y no tenía hijos. Fue a Rabi Simón ben Yojai, junto con su marido, para que éste les diera el divorcio. Entonces Rabi Simón les habló así: "Yo les afirmo bajo juramento, que como ustedes ofrecieron una gran fiesta cuando se casaron, deben orga­nizar una gran comida al divorciarse".
Con esta decisión se fueron de la casa del Rabí y organizaron una gran comida. Durante la comida, la mujer le dio al hombre mucho vino para tomar, de manera tal que su corazón se puso muy alegre y contento, y le dijo a ella: "Hija mía, llévate contigo lo que te gusta más de nuestra casa, y llévatelo a la casa de tus padres".
¿Qué hizo ella? Cuando él estaba profundamente dormido, llamó a sus sirvientes y sirvientas y les dijo: "Lleven a mi marido junto con su cama a la casa de mis padres".
Es lo que hicieron ellos.
Hacia medianoche, despertó el hombre y como ya no estaba ebrio, le preguntó a su mujer: - "¿Hija mía. dónde estoy?"
"En la casa de mis padres" - le contestó ella. Y cuando le preguntó, cómo había llegado allí, ella le contestó: --"Tú me dijiste durante la comida de la noche que puedo llevarme a la casa de mis padres lo que más me guste. Para mí no hay nada mejor en el mundo que tú".
Cuando volvieron una vez más donde Rabí Simón y le contaron todo, éste rezó con ellos a Dios, y Dios escuchó su oración y les bendijo con muchos hijos.

LA CHARLATANA Y EL HUEVO

LA CHARLATANA Y EL HUEVO
Una mujer pobre encontró un huevo. Llamó a sus hijos y les dijo. "¡Hijos míos! Desde ahora en adelante, no vamos a tener preo­cupación alguna. No nos faltará nunca nada. Fíjense, he encontrado un huevo. ¿Pero saben? Nosotros no vamos a comerlo, sino que vamos a pedir a nuestro vecino que ponga este huevo debajo de su gallina, para que lo empolle y salga un pollito. Pero no nos comere­mos tampoco el pollito, sino que lo criaremos hasta que sea una gallina que ponga más huevos, de los que saldrán más gallinas. Estas gallinas pondrán más huevos y nosotros vamos a tener muchos huevos y muchas gallinas. Sin embargo, no comeremos ni los huevos ni las gallinas, sino que los venderemos, para comprar un ternero. Y no vamos a comer el ternero tampoco, sino que lo criaremos hasta que se convierta en una vaca. Y de la vaca nacerán terneros y vamos a tener un rebaño, venderemos el rebaño y compraremos un campo, lo venderemos y compraremos..."
Mientras la pobre mujer estaba hablando de sus ilusiones, se le cayó el huevo de la mano y se rompió.
Enseñan los maestros:
Todos nos portamos de la misma manera que la mujer, cuando se acercan Rosh Hashaná y Yom Kipur. Estamos arrepentidos, pen­samos en el año nuevo y decidimos en nuestro corazón: "Haremos tal cosa, actuaremos de tal manera." Pero los días pasan con charla­tanería y nosotros no hacemos nada o muy poco para ser mejores durante los años venideros.  

EL PROFETA ELIYAHU SE DEJA VENDER COMO ESCLAVO

EL PROFETA ELIYAHU SE DEJA VENDER COMO ESCLAVO
Había una vez un hombre piadoso muy pobre. Su mujer y sus cinco hijos pasaban hambre, él no tenía qué ponerse. Estaba sen­tado en su casa, todo el día estudiando, pues tenía vergüenza de ir a la casa de estudio, ya que no tenía nada apropiado para vestir. Entonces, su mujer pidió prestada alguna ropa para él a fin de que pudiese ir al mercado a buscar algún trabajo y así ganar algo de dinero.
En la casa quedaron los cinco hijos y rezaron a Dios, que El guiara el camino de su padre y no regresara sin encontrar algún trabajo.
Entonces, se encontró con el Profeta Eliyahu. quien le dijo: - "Hoy vas a conseguir una fortuna."
El Profeta insistió a que lo vendiese como esclavo. Primero, el hombre piadoso titubeó pero, después de muchas dudas, aceptó la propuesta. Eliyahu se estrechó contra él como si no quisiera abandonar a su amo, mientras tanto se les acercó un comerciante y sintió envidia por esta fidelidad y cariño sumiso del esclavo. Entretanto, el judío estaba elogiando y alabando a su esclavo en voz alta como especialista en todo trabajo posible. El comerciante, deseoso de tener al esclavo en su casa, enseguida le ofreció al pobre piadoso una gran cantidad de oro y le compró al esclavo.

El comerciante prometió al esclavo que después de que éste le hubiese construido un palacio, lo dejaría en liberta"d.
Eliyahu empezó el trabajo durante el día con sus obreros. Pero cuando sus ayudantes se fueron, hacia la medianoche el Profeta dirigió su oración a Dios. "Escúchame mi Dios, El que hace milagros. Por mi propia iniciativa he sido vendido como esclavo para Tú honra y no para la mía. Tú que eres el Creador del Mundo, termina la construcción, ten piedad de mí cuando yo me dirijo a Ti con mi oración. Mi intención era buena."
Entonces bajó un gran grupo de ángeles bondadosos del cielo y empezaron a construir, y la obra quedó terminada en esa misma noche.
Al día siguiente, cuando el comerciante vio el precioso palacio con sus lindas torres, construido tan artísticamente, se puso muy contento.
Eliyahu se acercó a él y le dijo: - "Acuérdate que ayer prometiste devolverme la libertad apenas se haya terminado la obra".
El comerciante cumplió su palabra, le devolvió la libertad y le dio una gran recompensa. Mientras tanto, el hombre piadoso disfru­taba del dinero recibido por la venta del "esclavo".
Según la tradición popular, el Profeta Eliyahu socorre a quie­nes confían en la ayuda de Dios, y baila con aquellos quienes se despiden del Shabat con sana alegría.  

EL TRIUNFO DE LA COMPASIÓN

EL TRIUNFO DE LA COMPASIÓN
Abba Tajna era venerado como un hombre piadoso y casi santo, porque observaba con mucha exactitud todas las prescripciones y leyes religiosas.
Una vez, en las horas de la tarde, antes del Shabat, volvió del bosque a la casa, con un atado de leña encima de sus hombros. En la calle se encontró con un anciano casi inconsciente, con el cuerpo lleno de heridas. Se acercó más al pobre viejo y éste le habló casi llorando:
"¡Ay. por favor!, no me dejes morir acá en la calle. Por favor, ¡llévame a mi casa!"
Tajna, desconcertado, pensó así: "¡Oh! ¡Pobre de mí! ¿Qué voy a hacer? Si llevo a este hombre, entonces tengo que dejar mi leña aquí, y es éste el único medio con el cual puedo mantener a mi familia. Y si llevo la leña, después ya será muy tarde y yo vulneraría la santidad del Shabat. Y si dejo aquí a este hombre, tengo yo la responsabilidad por su muerte."
En esta lucha de sus pensamientos, venció la misericordia. El hombre piadoso llevó al anciano a la ciudad y después, volvió para

buscar su leña. Al entrar en la ciudad con el atado de leña encima de sus hombros, el sol ya estaba por ponerse. Todos los que lo veían, estaban extrañados: ¿Es éste el hombre conocido como el más piadoso? El trabaja y lleva carga en la hora del Shabat.
Pero Tajna, callado, siguió su camino. Y ... ¡Qué milagro! El sol volvió a brillar con todo su esplendor, como si la hora no hubiera avanzado en este día, y dispersó la sospecha de todos los mirones.


EL FUERTE, EL SABIO Y EL BUENO

EL FUERTE, EL SABIO Y EL BUENO

Hace mucho, mucho tiempo, había un Rey muy especial, que era muy fuerte y muy sabio y además muy bueno. Tenía tres hijos pero cada uno de los príncipes heredó sólo uno de los valores de su padre. El primero. Gibor era muy fuerte, pero no era ni sabio ni bueno: estaba siempre metido en alguna pelea. Lamdon, el se­gundo, sabía todo lo que se podía saber en el mundo. Y por fin. Ahí estaba Asher, que no era ni fuerte ni sabio, pero era muy bueno y amable. Un día. el Rey llamó a sus tres hijos y les dijo:

"Hijos míos, como saben muy bien, ya estoy viejo y delicado de salud. Uno de ustedes tendrá que ocupar mi trono. En vez de escoger cuál de ustedes es el más capaz, quisiera hacer lo siguiente: Cada uno de ustedes vaya por un año y un día a ver el mundo y comprobar su capacidad para resolver sus problemas."

Así que los tres hermanos se fueron de viaje. Aunque cada uno se fue solo, todos se encontraron con el mismo tipo de gente y tuvieron que resolver los mismos problemas. Se encontraron prime­ro con una bruja, después con un gigante y más adelante, con un dragón, y cada uno logró sobrevivir. El hijo más joven, Asher, les ganó con su carácter amable y generoso. Lamdon les contó muchas historias del mundo de tal manera que ellos se aburrieron tanto, que empezaron a dormir y lo dejaron escapar. Gibor el último, para vencerlos, los mató a todos con su espada. Todavía faltaban cinco meses del año cuando los tres hijos se encontraron y contaron sus aventuras el uno al otro.

Juntos llegaron a una ciudad donde el Rey tenía una hija muy linda. Cada uno se enamoró de la niña y muy pronto empezaron a pelear entre sí. Por fin, decidieron que ella debía elegir entre los tres y cada uno se fue donde vivía la amable princesa.
                           
Gibor le ofreció su espada, pero ella la rechazó, diciendo que no podía soportar ver sangre. Lamdon le contó todas las leyes de la lógica y la matemática para que ella lo aceptara, pero ella lo rechazó diciendo: "Toda la sabiduría está en la cabeza, pero el amor mora en el corazón".

Entonces vino Asher, cantando canciones de amor y fue él quien la conquistó. Se casaron y volvieron al país del viejo Rey, padre de Asher, y cuando éste murió, la pareja reinaba en su lugar.

RABÍ NISIM EL EGIPCIO

RABÍ NISIM EL EGIPCIO

Una vez, vivía en Jerusalén un hombre muy piadoso pero muy pobre. Todos sus vecinos sabían que no tenía qué comer y le ofrecían comida. Pero él los rechazaba diciendo: "Yo no acepto nada de seres humanos. Dios va a tener misericordia conmigo y me proveerá de todo lo que necesito".

Pasó un tiempo cuando, justamente antes de Pésaj, este hombre piadoso ganaba mucho menos que usualmente. Todo el pueblo de Jerusalén ya había comprado su matzá, huevo, vino, pollo, etc., para celebrar dignamente la fiesta, pero el hombre piadoso no podía comprar nada. Su familia empezó a quejarse, llorando: "Todos los otros judíos están alegres y felices en Pésaj, pero nosotros debemos pasar hambre".

El hombre piadoso, conmovido por la tristeza de su familia, decidió ir al mercado y tomar algún trabajo, ganar un poco de dinero para que pudieran celebrar la fiesta como corresponde.

En el mercado se encontró con un hombre viejo y muy alto, con barba larga y vestimenta muy linda, que le dijo:

"Yo no soy de aquí. Soy un extranjero. Vengo de un país muy lejano y quiero celebrar Pésaj en Jerusalén. Si tú me posibilitas celebrar la fiesta en tu casa, yo te doy todo lo que sea necesario para que tu mujer pueda preparar comida para todos nosotros".

El hombre piadoso aceptó el dinero y le preguntó su nombre. Este le contestó;

"Mi nombre es Rabí Nisim el Egipcio. En Erev Pésaj, yo voy a tu casa".

Así que el hombre volvió a su casa y toda la familia empezó con los preparativos para el Séder.

Vino Erev Pésaj, pero el extranjero no llegó como lo había prometido. Entonces el hombre piadoso, vestido con su traje de fiesta, volvió al mercado, pero no pudo encontrarlo. Pasó por todas las calles y entró en cada casa preguntando: - "¿Han visto ustedes a un hombre viejo, que llegó a Jerusalén de un país muy lejano?"- Pero nadie lo había visto. Finalmente, perdió la esperanza de poder encontrarlo y por la noche, fue donde el Rabí de Jerusalén y le contó lo que le había pasado. El Rabí le contestó lo siguiente:

"Ese hombre viejo era el Profeta Eliyahu. Vino a ayudarte, y su nombre, Nisim el Egipcio - Nisim en hebreo significa milagros - se refería al milagro que pasó a nuestros antepasados en Pésaj, cuando han podido salir de Egipto."

Según algunos de nuestros antiguos sabios, hay dos tipos de milagros: uno grande, lo que nos pasó a todos nuestros antepasados al haber salido de la esclavitud egipcia. Pero hay otro, más pequeño que ocurrió a esta familia, y que representa la confianza que siempre tuvieron nuestros antepasados en el Profeta Eliyahu que - según la tradición popular - socorre a los necesitados en todas las épocas, se presenta en los hogares judíos donde se celebra la fiesta.

UN PREDICADOR Y SU MEMORIA

UN PREDICADOR Y SU MEMORIA

Para un sábado especialmente agradable, dos predicadores itinerantes llegaron a la misma ciudad. Venían de diferentes luga­res, y no se conocían. Sólo por casualidad, llegaron al mismo tiempo. El nombre de uno era Boruj; el otro se llamaba Soruj. Hacia mediodía de viernes, Boruj se fue a ver al presidente de la sinagoga y le dijo que quería predicar en la sinagoga en Shabat. El presidente le dijo:

"¿Una derashá (es decir, un sermón)? ¡Qué bien! Todos vamos a venir a escucharla. Mañana es Shabat, y podemos tener el sermón por la una de la tarde." - Con esta respuesta, Boruj se fue.

¿Y qué les parece, que hizo Soruj? Ustedes deben saber que en muchas sinagogas, hay dos presidentes. Así. Soruj se fue a visitar al otro presidente y le dijo, que quería dar un sermón. El otro presidente estaba muy contento y le dijo: - "Por supuesto. Venga mañana por la tarde a la una, y todos vamos a estar presentes para escucharlo. "

De la misma manera como los dos predicadores no sabían el uno del otro, ni que habían hecho un arreglo, tampoco los presiden­tes supieron que habían coincidido el mismo compromiso para la misma hora.

En esa ciudad no había sino una posada. Y de este modo, los dos predicadores se alojaron allí. Se sentaron a comer juntos al lado de la misma mesa. No se conocían, y no sabían, que el otro también era un predicador; al fin, hay tantos judíos en el mundo, y no todos son predicadores. Después de la comida, cada uno se fue a su pieza para dormir. Casualmente, las dos piezas estaban una al lado de la otra, y había entre ellos una pared delgada. Alrededor de las dos de la madrugada, Soruj se levantó de la cama, se lavó, se vistió y empezó a dar un sermón. Boruj, en la pieza adyacente, no podía imaginar el motivo por que se levanta un judío a medianoche, a dar un sermón: uno habló, el otro escuchó. Soruj no habló en voz alta, pero era suficientemente fuerte para que Boruj pudiera escuchar cada palabra, e incluso cada entonación. El sermón duró una hora. Después Soruj descansó un poco y empezó a dar el sermón una vez más, y después una tercera y una cuarta vez. Boruj lo escuchó con tanta intensidad, que se aprendió todo el sermón, desde la Alef hasta la Taf, - (la primera y la última letra del Alef- Bet, que es el abecedario hebreo).

El sábado por la tarde, a la una, ambos predicadores llegaron a la sinagoga. La comunidad judía estaba presente en su totalidad. Los presidentes vieron entrar a los predicadores, y se miraron el uno al otro: ¿Qué es eso? En ese momento se descubrió que había dos predicadores en la ciudad, y que ambos recibieron la invitación para dar una prédica esta misma tarde. ¿Y ahora, qué se hace? Se decidió que ambos hablaran. Eligieron a Boruj para que fuera primero, porque era el mayor. Y después, Soruj. Ahora, Boruj sabía de memoria la predica de Soruj, subió al púlpito y la pronunció, palabra por palabra. Mientras estuvo hablando, Soruj estaba totalmente fuera de sí. No podía entender cómo llegó a saber este predicador su sermón, palabra por palabra e, incluso, con la entonación exacta.

Pero mordió sus labios y se quedó en silencio, mientras Boruj bajó del púlpito. Todos los oyentes estaban muy contentos, pues fue real­mente un sermón muy bueno.

Pero Soruj estaba muy angustiado. ¿Qué va a hacer él ahora? ¿De qué va a hablar? ¿Cómo podría hablar sin preparación? De repente, tuvo una inspiración. Subió al púlpito y dio el mismo sermón, palabra por palabra, lo que había dado Boruj. El público quedó atónito, con la boca abierta, pendientes de cada palabra. Cuando Soruj terminó su prédica, encontró un gran alboroto en la sinagoga. "¡Qué estudioso! ¡Qué memoria!" - comentaron todos, al pensar que, después de haber escuchado la prédica una sola vez, este gran sabio era capaz de repetir un sermón tan largo, palabra por palabra. Sería una pérdida enorme, una lástima, perder a alguien tan maravilloso. Así que lo invitaron para que se quedara con ellos como su rabino.

Moraleja: No se debe utilizar ni aprovechar lo que se obtiene con malas intenciones.


LA BOLSA PERDIDA

LA  BOLSA  PERDIDA

Se cuenta que en una gran ciudad de Europa, vivía un hombre muy avaro, el que un día al salir de su trabajo, perdió una bolsa con quinientos ducados. Tan afligido se sentía, que no demoró ni un segundo en ir y poner un aviso en la entrada de la sinagoga para ofrecer una generosa recompensa al que la hubiese encontrado.

Un hombre, tan pobre como honrado, encontró la bolsa y no dudó en llevársela al avaro. Al recuperar éste su bolsa, se arrepintió de la recompensa, diciéndole al pobre hombre:

"En la bolsa tenía mil ducados y aquí no hay más que quinien­tos. ¿Dónde está lo que falta?"

El pobre hombre, que entregó la bolsa sin sacar ni una sola moneda de ella, no pudo probar su inocencia y tuvo que regresar a su casa con las manos vacías. Al saberlo su esposa, le pidió que fuesen a ver al Rabí.

Dos eran las razones de la visita: la conducta del avaro, ya que no cumplió con la promesa de la recompensa, y peor todavía era, elhaber calumniado al pobre hombre.

El Rabí, mientras se pasaba las manos por su larga barba blanca, reflexionaba. Por fin, citó al rico avaro.

"¿Que cantidad de dinero había en tu bolsa?" - le preguntó.

"Mil ducados."

"¿y cuánto había en la que te entregó este hombre?"

"Sólo había quinientos."

"Entonces, esta bolsa no es laque tú has perdido. Devuélvela a este hombre y espera a que te traigan latuya."

Con estas palabras el Rabí despidió a los querellantes. Y el avaro, con dolor en su alma, tuvo que entregar la bolsa al pobre, pues no se debe ofrecer lo que no estamos dispuestos a cumplir.

NAPOLEÓN y EL SASTRE

NAPOLEÓN y EL SASTRE

Cuando, después de su derrota, Napoleón tuvo que huir de Rusia, casualmente pasó por una aldea donde había una comuni­dad judía importante. Los soldados del ejército enemigo lo persi­guieron y, al ver que éstos ya estaban demasiado cerca de él, entró en una pequeña casa donde vivía un sastre judío. Dijo al sastre con voz temblorosa: - "Escóndeme rápido, porque me persiguen".

El sastre no tenía la menor idea de quien era él, pero como alguien estaba pidiendo ayuda, lo único que pudo hacer fue, ayudarle.

Dijo a Napoleón: - "Métete en la cama, ponte encima la colcha pesada, y no te muevas."

Napoleón se metió debajo de la colcha y el sastre lo cubrió con una pila enorme de ropas, trapos y colchas viejas.

Apenas unos minutos después, se abrió la puerta y dos sol­dados entraron, con sus bayonetas empuñadas.

       "¿Vino alguien a tu casa para esconderse?" - preguntaron.

"No" - contestó el judío. - "¿A quién se le ocurriría, venir acá para esconderse?"

Los soldados allanaron la casa, después echaron un vistazo en la enorme pila de trapos sobre la cama y varias veces la apuñalaron con sus bayonetas. No había nadie adentro. Así que se fueron.

Cuando Napoleón escuchó que la puerta se hubo cerrado tras ellos, salió de la cama desde debajo de la pila de acolchados, pálido como un fantasma. Dijo al Judío:

"Ahora puedo decirte que yo soy Napoleón. Y. como me has salvado de la muerte segura, puedes pedirme tres cosas, y te las concederé. "

Por un momento, el pobre sastre rascó su cabeza para pensar. Después, al volverse hacia el emperador, dijo:

"Va hace dos años, el techo de mi casa está goteando. ¿Podrías mandar a alguien para que me lo arreglara?"

       Napoleón lo miró con sorpresa y le dijo:

"Pero tú eres torpe; por supuesto que voy a mandar a arreglarte el techo. Pero. ¿por qué me pides cosas tan triviales? ¿Por qué no me pides algo más importante? No te olvides que ya tienes tan sólo dos cosas que pedirme."

Al sastre se le dieron vuelta muchos pensamientos en la cabeza. ¿Qué cosas buenas podría todavía pedir al emperador? Después dijo:

"Aquí en la misma calle hay otra sastrería, es mi competencia y me quita todos mis clientes. ¿Podrías arreglar que él se mudase a otro lado?"

"Eres tonto," - le contestó, Napoleón. - "Voy a hacer eso por tí. Pero no te olvides, que ya no tienes más que un solo deseo".

Al escuchar estas palabras, el judío empezó a pensar muy concentrada e intensamente. Después sonrió y le dijo:

"Quisiera saber, ¿cómo te sentiste cuando, al estar acostado en mi cama, los soldados agujerearon la manta con sus bayonetas?"

Napoleón se puso rojo de rabia.

"¡Qué nervios de acero! ¿Cómo se te ocurre, hacer una pregunta así a Napoleón? Por esta desfachatez, te mando fusilar."

Por supuesto, el pobre sastre lloró y gritó, y siguió temblando, llorando, y recitó las oraciones tradicionales de confesión de pecados, antes de morir.

Por la madrugada, lo sacaron de su celda, le vendaron los ojos, lo ataron a un árbol y tres soldados estaban en frente de él, apuntándolo con sus rifles. Un cuarto soldado estaba parado al lado suyo, con un reloj en su mano, esperando el momento Que llegara la orden de disparar. Después, levantó su mano y empezó a contar:

       " Uno, Dos, Tr…”                                                       

No había terminado de decir "Tres", cuando un oficial vino al trote de su caballo, y gritó:

       "¡Alto! ¡No tires!"

Cuando los soldados bajaron sus mosquetes, se acercó al judío y le dijo:

       "El emperador te perdona, y te manda esta carta."

El judío tomó la carta en sus manos y, todavía temblando, la abrió. La carta decía así:

"He sentido exactamente lo mismo que ahora has sentido tú. Este es tu tercer deseo."

Desde ese día, el pequeño sastre considera como su tesoro la carta del emperador, y la muestra a todos con quienes se encuentra.