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lunes, 10 de diciembre de 2012

{XIV} EL FUTURO DEL ANTISEMITISMO


XIV


EL FUTURO DEL ANTISEMITISMO


Las causas del antisemitismo - El antisemitismo actual y el antijudaísmo de antes - La causa permanente - El judío extranjero y las manifestaciones del antisemitismo - El judío y la asimilación - El judío y los medios - Las modificaciones del tipo judío - La desaparición de las constantes exteriores - El estado religioso de la sinagoga contemporánea - La extinción y la ruina del talmudismo - El judío es un elemento absorbido - La desaparición del prejuicio religioso contra el judío - El debilitamiento del particularismo y del exclusivismo nacional - Los progresos del cosmopolitismo - El antisemitismo y las transformaciones económicas - La lucha contra el capital - La unión de los capitalistas - El capital y la revolución - Los antisemitas, auxiliares de la revolución - El fin del antisemitismo.

Tales como acabamos de estudiarlas, las causas del antisemitismo moderno son nacionales, religiosas, políticas y económicas. Son causas profundas que dependen no sólo de los judíos, no sólo de los que los rodean, sino también y sobre todo del estado social. Ignorando los verdaderos orígenes de sus sentimientos, los que profesan el antisemitismo basan su estado de espíritu en reproches que no concuerdan con las causas que hemos encontrado: reproches étnicos, reproches religiosos, reproches políticos y reproches económicos, todos estos decorados del antisemitismo son infundados.
Los unos, como los reproches étnicos, provienen de una falsa concepción de las razas; los otros, como los reproches religiosos y los reproches políticos, nacieron de una idea incompleta y estrecha de la evolución histórica; los últimos, por fin, como los reproches económicos, fueron producidos por la necesidad de disimular una de las luchas del capital.
Ni éstos ni aquéllos están justificados. No es exacto que el judío sea un puro semita, como tampoco que los pueblos europeos sean puros arios. La noción misma de semita y de ario, al implicar una desigualdad respectiva, en nada puede legitimarse. Vimos que, en el sentido que se atribuye a esta palabra, no hay raza, vale decir que no hay colectividad humana que descienda de dos antepasados primitivos y se haya desarrollado sin admitir la intrusión extranjera. La idea de pureza de sangre, como fundamento de la unidad en la asociación, si tuvo su razón de ser cuando la humanidad estaba compuesta de minúsculas hordas heterogéneas, ya no fue sostenible desde que esas hordas se han juntado para formar ciudades. Se ha perpetuado, sin embargo, y se ha convertido en una ficción etnológica, que las ciudades antiguas embellecieron con leyendas al narrar la vida de sus héroes fundadores; ficción ésta que se transformó cuando se federaron las ciudades y se formaron las naciones, pero que ha persistido a pesar de todo y ha dado nacimiento a esas genealogías interminables, cuyo propósito siempre era establecer una filiación común para todos los miembros de un mismo Estado.
Si no es cierto que los judíos sean una raza, tampoco es justo considerarlos como la causa de las transformaciones modernas. Esto es darles un lugar demasiado elevado, tan elevado que, en realidad, los antisemitas actúan más bien como filosemitas. Hacer de Israel el centro del mundo, el fermento de los pueblos y el agitador de las naciones es absurdo. Así proceden, sin embargo, los amigos y los enemigos de los judíos. Les atribuyen, llámense Bossuet o llámense Drumont, una importancia excesiva que la vanidad del judío – esta  vanidad salvaje que lo caracteriza – por lo demás ha aceptado. Sin embargo, hay que poner las cosas en su justo nivel. Si monarquías e imperios se han desmoronado, si la todopoderosa Iglesia ha visto decrecer su autoridad que todos los esfuerzos de la burguesía agonizante no revivirán y si la indiferencia religiosa se acrecienta al mismo tiempo que, por el contrario, avanza la revolución, la culpa no es de los hijos de Jacobo. Los judíos indudablemente no han creado por sí solos el estado actual: sólo están mejor adaptados a él, en virtud de calidades atávicas y seculares, que cualesquiera de los demás. No fundaron esta sociedad capitalista, financiera, agiotista, comercial e industrial, que tantas causas contribuyeron a establecer. Sin embargo, se han beneficiado con ella más que cualquiera. Han sacado de ella ventajas preciosísimas, numerosísimas y muy considerables, y esto, no por utilizar procedimientos particularmente desleales o deshonestos, como les reprochan sus adversarios, sino porque los siglos, las leyes restrictivas, las prescripciones religiosas y las condiciones políticas y sociales de su existencia anterior los habían preparado para el medio contemporáneo y los había provisto para la lucha diaria, de mejores armas.
No obstante, si los judíos no son una raza, han sido hasta nuestros días una nación. Se han perpetuado con sus caracteres propios, su tipo confesional y su código teológico que ha sido al mismo tiempo un código social. Si bien no han destruido al cristianismo ni organizaron una tenebrosa conspiración contra Jesús, han dado armas a los que lo han combatido y, en los asaltos sufridos por la Iglesia, siempre se han encontrado en primera fila.
Asimismo, si bien no han socavado los tronos monárquicos – formados en una vasta sociedad secreta que, durante siglos, hubiera proseguido con sus propósitos – han suministrado un aporte considerable a la revolución. Han sido, en el presente siglo, los más ardorosos sostenedores de los partidos liberales, revolucionarios y socialistas. Les han dado hombres como Lasker, Disraeli, Crémieux, Marx y Lassalle, [1] sin contar el rebaño oscuro de los propagandistas. Los han respaldado con sus capitales. En fin, acabamos de decirlo, si no han levantado, por sí solos, el trono de la burguesía capitalista triunfante sobre las ruinas del Antiguo Régimen, han ayudado a establecerlo.
Están así en los dos polos de las sociedades contemporáneas. Por un lado colaboran activamente a esta centralización extrema de los capitales, que facilitará indudablemente su socialización y, por otro, figuran entre los más ardientes adversarios del capital. Al judío acaparador de oro –  producto del exilio, el talmudismo, las legislaciones y las persecuciones – se opone el judío revolucionario, hijo de la tradición bíblica y profética, o sea de esa tradición que animó a los anabaptistas libertarios alemanes del siglo XVI y a los puritanos de Cromwell.
En medio de todas las transformaciones que han marcado el presente siglo, no han permanecido inactivos, pues. Antes al contrario, ha sido su actividad la que ha, no provocado, pero sí perpetuado el antisemitismo, pues el antisemitismo moderno es el heredero del antijudaísmo de la Edad Media. También en otras épocas, en España, al combatir a los moriscos y a los marranos, se intentó reducir los elementos extraños a la nación española. Otrora los judíos fueron considerados una tribu extranjera, una horda de deicidas que quería, por su proselitismo, imponer su espíritu a los cristianos y, además, buscaba apoderarse del oro, cuya importancia empezó a revelarse durante los primeros años de la Edad Media. Las manifestaciones del antisemitismo actual son, por lo menos en la Europa occidental, [2] diferentes de las manifestaciones de antes. Los reproches han cambiado, vale decir: se los ha expresado de otro modo y se los ha respaldado con teorías científicas, antropológicas y etnológicas, pero las causas no se han modificado apreciablemente y el antisemitismo contemporáneo sólo difiere del antijudaísmo de antes por ser menos inconsciente, más racional, más dogmático, menos impulsivo y más reflexionado. En la base del antisemitismo de nuestros días como del antijudaísmo del siglo XIII se encuentran el horror y el odio por el extranjero. Es ésta la causa fundamental de todo antisemitismo. Es éste su motivo permanente, el que se encuentra en Alejandría bajo los Ptolomeos, en Roma en tiempos de Cicerón, en las ciudades griegas de Jonia, en Antioquía, en la Cirenaica, en la Europa feudal y en los Estados contemporáneos que anima el principio de nacionalidades.
Dejemos, ahora, el viejo antijudaísmo para ocuparnos únicamente del antisemitismo moderno. Producto de una acción del exclusivismo nacional y de una reacción del espíritu conservador contra las tendencias nacidas de la Revolución Francesa, todas las causas que lo han provocado o conservado se pueden reducir a una sola: los judíos aún no están asimilados, vale decir creen todavía en su nacionalidad. Continúan, por la circuncisión, normas profilácticas especiales y prescripciones alimentarias, diferenciándose de los que los rodean. Persisten como judíos, no por no ser capaces de patriotismo – en ciertos países como Alemania, los judíos han contribuido más que nadie a realizar la unidad nacional – sino por resolver el problema, que parece insoluble, de tener dos nacionalidades. Son franceses o alemanes, [3] pero también son judíos y, si se les agradece muy poco el ser franceses o alemanes, se les reprocha vivamente el ser judíos. Se los considera en todos los Estados como los norteamericanos consideran a los chinos: una tribu, de extranjeros que han conquistado los mismos privilegios que los autóctonos y se han negado a desaparecer. Se los siente aún distintos y, cuanto más las naciones se homogeneizan, tanto más estas diferencias se notan. En el gran movimiento que lleva a cada pueblo hacia la armonía de los elementos que lo componen, los judíos son unos refractarios. Siguen siendo la nación de cuello rígido, contra la cual el Legislador lanzaba sus anatemas. Siguen apegados a formas sociales abolidas y cuya autonomía desde hace tiempo está destruida. En cierta medida, son una nación que sobrevive a su nacionalidad y, desde hace siglos, resisten la muerte.
¿Por qué? Porque todo ha contribuido a mantener sus caracteres de pueblo. Porque han tenido una religión nacional que tuvo su plena razón de ser cuando formaban un pueblo, dejó de ser satisfactoria después de la dispersión, pero los mantuvo apartados. Porque han fundado en toda Europa colectividades celosas de sus prerrogativas y apegadas a sus costumbres, sus ritos y su modo de vivir. Porque han permanecido, durante años, bajo la dominación de un código teológico que los ha inmovilizado. Porque las leyes de los países múltiples donde se han instalado, los prejuicios y las persecuciones les impidieron mezclarse. Porque, desde el segundo éxodo – desde su partida de la tierra palestina – han alzado y se han alzado alrededor de ellos barreras rígidas e infranqueables. Tales como son, se los ha creado lentamente y se han creado. Diferenciándolos, se les ha dado un ser intelectual y moral, y ellos mismos han hecho todo lo posible en el mismo sentido. Ellos temían la mácula, y los demás temían ser manchado por ellos. Sus doctores se negaron a dejarlos unirse con cristianos, y los legisladores cristianos prohibieron toda unión con los judíos. Se dedicaron al tráfico del oro, y se les impidió ejercer otras profesiones. Se apartaron del mundo, y se los constriñó a permanecer en ghettos.
Así eran diferentes de los que vivían a su lado, pero, antes de su emancipación, escapaban de las miradas. Se mantenían apartados. Nadie tenía contactos con ellos. Se les había deslindado su campo y asignado su lote y vivían al margen de la sociedad sin perturbar en nada la marcha general, pues no formaron parte del cuerpo social. Cuando fueron liberados, se expandieron por todas partes y aparecieron tales como los habían hecho. Se tuvo ante ellos la impresión que se experimentaría si se viera de repente a todos los gitanos del mundo plegarse a la civilización y reclamar su lugar. Pues se habían modificado las condiciones en las cuales los judíos vivían desde hacía tanto tiempo, pero ellos mismos no habían cambiado, y hacía falta para lograrlo otra cosa que la decisión de la Asamblea Nacional. Producto de una religión y una ley, los israelitas sólo podían transformarse si esta religión y esta ley se transformaban.
Aquí tropezamos con una objeción capital. Los antisemitas se limitan a decir que el judío pertenece a una raza diferente y es un extranjero. Afirman que constituye un elemento inasimilable e irreductible, y si algunos admiten que el judío puede entrar en la composición de los pueblos, sostienen que es en detrimento de esos pueblos y que el semita mata y echa a perder al ario, lo que, por otro lado, está en contradicción con la teoría antisemita según la cual toda raza superior debe subyugar la raza inferior sin poder ser perjudicada por ella.
¿Los judíos son realmente incapaces de asimilarse? De ningún modo, y toda su historia prueba lo contrario. Hemos visto [4] cuántos judíos habían penetrado en las naciones por el bautismo, cuán numerosas habían sido las conversiones en la Edad Media y, por fin, cuántos judíos habían desaparecido, absorbidos por los que los rodeaban, llegando voluntariamente a Cristo o siendo bautizados por la fuerza por monjes o reyes fanáticos: judíos ésos cuyos rastros ya no pueden encontrarse hoy en día, como no se puede más hallar vestigios de los godos, los alamanes y los suevos, los que, amalgamados con otros pueblos más, contribuyeron a formar el francés. En todo tiempo, el judío, como todos los semitas, se ha unido al ario. En todo tiempo ha habido penetración recíproca de estas dos razas, y nada demuestra mejor cuán posible es la asimilación. Por lo demás, para demostrar que los judíos son inasimilables, habría que demostrar que no son modificables, pues todo ser incapaz de modificarse no puede fundirse en una aglomeración humana, así como todo alimento refractario no puede entrar en la economía del cuerpo. Ahora bien: han sido constantemente transformados por los diferentes medios. Si se encuentran semejanzas entre un judío español y un judío ruso, [5] también se encuentran diferencias, y estas diferencias no fueron producidas únicamente por mezcla con pueblos extranjeros atraídos y convertidos por los judíos. También fueron producidos por el medio natural, el medio social y el medio moral e intelectual.
El tipo judío no sólo ha variado en el espacio: también ha variado el tiempo. Es una perogrullada decir que el judío del ghetto de Roma no era el mismo que el judío de las tropas de Barkokeba, así como el judío de nuestras grandes capitales europeas no es semejante al judío de la Edad Media. Sin embargo, estas desemejanzas que señalo entre judíos de distintos países y de distintas épocas son menos notables que sus semejanzas. Esto prueba que el medio artificial en el cual se ha hecho vivir al judío ha sido más fuerte que el medio natural. Es esto lo que siempre sucede con el hombre, pues resulta menos sensible a los medios climáticos, contra los cuales acciona sin cesar, que a los medios sociales. El judío no ha podido escapar de esta norma humana, y no ha sido la nieve de Polonia ni el sol tórrido de España lo que lo han modelado principalmente. Ha sido amasado por las leyes políticas de las naciones y por la religión; religión ésta poderosa y temible, como todas las religiones rituales que sustituyen a la metafísica por una Suma legislativa. Estas leyes y esa religión siempre han sido las mismas para el judío. En todos los tiempos y en todos los lugares han sido, para él, constantes exteriores y constantes interiores.
Ahora bien: desde hace cien años, estas constantes han variado. [6] Las leyes exteriores que regían a los judíos han dejado de ser. La legislación especial y uniforme que sufrían ha sido abolida. Están sometidos ahora a las leyes de los países de los que son ciudadanos y estas leyes, diferentes según las latitudes, constituyen un factor de diferenciación. Con las leyes han desaparecido las costumbres. Los judíos ya no viven apartados. Participan en la vida común. Ya no son extraños a las civilizaciones que los han acogido. Ya no tienen una literatura especial ni modo de vida particular, singular y caracterizante. Han aceptado las costumbres de las diversas naciones entre las cuales están esparcidos. Por ser diferentes, estas costumbres contribuyen a diferenciar a los judíos, y desemejanzas cada vez mayores van surgiendo entre ellos. Se alejan más y más de ese tipo profesional y confesional que aún existe pero que, fatal y necesariamente, tiende a desaparecer y sólo está mantenido por las constantes interiores; vale decir por la religión, los ritos y los hábitos que dependen de ellas.
Ahora bien: hoy en día, las prácticas religiosas de los judíos varían con los distintos países. Mientras que en Galitzia, por ejemplo, se practican las observancias del culto más minuciosas, en Francia, Inglaterra y Alemania se reducen al mínimo. Si el estudio del Talmud perdura en Polonia, en Rusia y en ciertas partes de Alemania y del imperio austro-húngaro, desapareció totalmente en los demás países. Entre el judío francés emancipado y el judío galitziano talmudista la zanja se ahonda cada vez más y, de este modo, se van creando diferencias en Israel, diferencias éstas que se pueden también observar entre los judíos de las sinagogas reformadas y los de las sinagogas ortodoxas. Pero, lo que es más importante, el espíritu talmudista va desapareciendo lentamente. Las escuelas talmudistas que aún persisten se cierran día tras día en la Europa occidental. El judío contemporáneo ya ni siquiera sabe leer el hebreo. Desembarazado de las ataduras rabanitas, la sinagoga ya no profesa sino una especie de deísmo ceremonial. En el judío moderno, este deísmo va debilitándose cada vez más. Todo judío emancipado está preparado para el racionalismo, y no es solamente el talmudismo el que se muere: es la religión judía la que está agonizando. Es la más antigua de las religiones existentes. Parece normal, pues, que sea la primera en desaparecer. En contacto directo con la sociedad cristiana, se ha disgregado. Durante largo tiempo había subsistido, como subsisten esos cuerpos que se sustraen a la luz y el aire. Se abrieron las ventanas de la bóveda en la cual dormía, el sol y el viento entraron y ella se disolvió.
Con la religión judía se desvanece el espíritu judío. Este espíritu aún animaba a Heine y Boerne, a Marx y a Lassalle, pero ellos habían sido educados a lo judío. Habían recibido ya en la cuna tradiciones que los jóvenes judíos de hoy ignoran desprecian y ahora ya no hay o, por lo menos, tiende a no haber más personalidad judía.
Así, esos judíos compuestos de varias capas disímiles, a quienes condiciones semejantes de vida exterior, preocupaciones intelectuales semejantes y formas religiosas, morales y sociales semejantes habían unificado, esos judíos vuelven a la heterogeneidad. Convirtiéndose en variables las constantes que los habían formado, la uniformidad artificial desaparece por desaparecer la fe judía, las prácticas judías y el espíritu judío. Con este espíritu, estas prácticas y esta fe los israelitas mismos se desvanecen. Lo que las persecuciones no pudieron conseguir, el debilitamiento de las creencias religiosas y, por lo tanto, de las creencias nacionales lo ha logrado. Sustraído á los códigos excepcionales y al talmudismo anquilosante, el judío liberado, muy lejos de ser un elemento absorbente, es un elemento absorbido. En ciertos países, como los Estados Unidos, "la diferencia entre judíos y cristianos se va borrando rápidamente". [7] Se borrará cada vez más, pues cada vez más los judíos abandonarán sus antiguos prejuicios, sus ritos separatistas y sus prescripciones profilácticas y alimentarias. Ya no se creerán destinados a perdurar en cuanto pueblo. Ya no se imaginarán – imaginación conmovedora, tal vez, pero absurda – que tienen un papel eterno que desempeñar. Llegará el tiempo en que estén completamente eliminados, disueltos en el seno de los pueblos; como los fenicios que, después de haber sembrado Europa con sus colonias, desaparecieron sin dejar rastros. En ese tiempo también el antisemitismo habrá desaparecido, pero el momento no es cercano. El número de los judíos judaizantes es aún considerable y, mientras subsistan, parece que el antisemitismo deberá perdurar. Sin embargo, el antisemitismo no está provocado únicamente por Israel. Es el producto de causas religiosas, nacionales y económicas, que son independientes de los judíos. Estas causas son, también ellas, susceptibles de modificaciones y podemos, hoy en día, comprobar su debilitamiento.
Si el judaísmo se debilita, ni el catolicismo ni el protestantismo se fortalecen, y se puede decir que toda forma positiva de la religión va perdiendo poderío. Se cree poder afirmar lo contrario para la religión cristiana, pero los que lo hacen son víctimas de una ilusión y los guían intereses particulares. Como dijo Cuyau: [8] "La religión ha encontrado a defensores escépticos que la apoyan a veces en nombre de la poesía y de la belleza estética de las leyendas y a veces en nombre de su utilidad práctica". El neomisticismo es un resultado de esta necesidad de poesía y de belleza estética, que cree poder satisfacerse sólo por la ilusión religiosa. En cuanto a la utilidad práctica de la religión, la vemos ahora apoyada por la burguesía capitalista que atacó las creencias religiosas cuando éstas respaldaban a los partidarios de los regímenes antiguos y que, ahora, llama la fe en auxilio de su poder y sus privilegios. Pero éstas sólo son manifestaciones artificiales; el sentimiento religioso positivo, determinado y limitado va apagándose cada día más. Se camina por un lado hacia una especie de antirreligiosismo materialista estrecho y tonto y, por el otro, se llega a esta irreligión filosófica y moral que será “un grado superior de la religión y de la civilización misma". [9] Al mismo tiempo que estas tendencias se afirman, los prejuicios religiosos tienden a apagarse, y el prejuicio contra el judío, prejuicio éste tan persistente como el prejuicio del católico contra el protestante y del judío contra el cristiano, no puede ser el único en permanecer. Va disminuyendo de intensidad y pronto, verosímilmente, no se considerará más a todo israelita como responsable de los sufrimientos de Jesús en el Calvario. Con la extinción progresiva de las prevenciones religiosas, una e las causas del antisemitismo se desvanecerá y así el antisemitismo perderá algo de su violencia y sólo perdurará en cuanto perduren las causas nacionales y las causas económicas.
El particularismo y el egoísmo nacionales, por fuertes y poderosos que sean todavía, presentan signos de decadencia. Otras ideas han nacido, que adquieren cada vez más fuerza: impregnan las mentes, se graban en los cerebros y engendran nuevas concepciones y nuevas formas de pensamiento. Si bien el principio de nacionalidades sigue siendo un principio rector de la política, no se hace más del odio contra el extranjero un dogma brutal e irrazonado. [10] Se crea una cultura común para todos los pueblos civilizados: una cultura humana por encima de la cultura francesa, la cultura alemana y la cultura inglesa. La ciencia, la literatura y las artes se hacen internacionales, no por perder esas características que les dan encanto y valía y orientarse así hacia una uniformidad desagradable, sino por estar animados por un mismo espíritu. La fraternidad de los pueblos, que otrora era una quimera inalcanzable, puede ser soñada sin locura. El sentimiento de la solidaridad humana va fortaleciéndose y el número de pensadores y escritores que trabajan para reforzarlo aumenta día tras día. Las naciones van acercándose unas a otras y pueden conocerse mejor, amarse mejor y estimarse mejor. La facilidad de las relaciones y las comunicaciones favorece el desarrollo del cosmopolitismo, y el cosmopolitismo unirá algún día las razas más diversas, permitiéndoles federarse en pacíficas uniones. El egoísmo patriótico será reemplazado por el altruismo internacional. Con esta disminución del exclusivismo nacional, los judíos se beneficiarán también, tanto más cuanto que coincidirá con el debilitamiento de sus caracteres distintivos, y los progresos del internacionalismo acarrearán la decadencia del antisemitismo. Al mismo tiempo que los judíos verán decrecer las prevenciones nacionalistas, las causas económicas del antisemitismo verán perder poderío. Se combate a los judíos porque representan un capital que se dice extranjero. Se puede suponer, pues, que el día en que haya desaparecido la animosidad para con el extranjero, el capital judío ya no sufrirá los ataques del capital cristiano. Con todo, la competencia no dejará por ello de subsistir y, siempre, los judíos que se hayan mantenido tendrán que padecer los sentimientos hostiles que esta competencia fomentará contra ellos.
Otros acontecimientos, sin embargo, y otras transformaciones pueden producir la desaparición de estas causas económicas. En la lucha que está trabada entre el proletariado y la sociedad industrial y financiera, tal vez se vea a los capitalistas judíos y cristianos olvidarse de su antagonismo y unirse contra el enemigo común. Sin embargo, si las condiciones sociales actuales debieran perdurar, no se produciría sino una tregua. Pero del combate que se desarrolla presentemente no parece que el capital salga vencedor. Fundado en la mentira, el interés, el egoísmo, la injusticia y el dolo, la sociedad actual está destinada a perecer. Por brillante que parezca y por resplandeciente, refinada y soberbia que sea, la muerte la espera. Moralmente, está condenada. La burguesía detenta la fuerza política por detentar la fuerza económica vanamente empleará sus poderes y llamará a todos los ejércitos que la defienden, a todos los tribunales que la amparan y a todos los códigos que la protegen. No podrá resistir las leyes inflexibles que, día tras día, tienden a sustituir la propiedad capitalista por la propiedad común.
Todo concurre a acarrear este resultado. Con sus propias manos, la clase de los poseedores se está desgarrando. Si una categoría de poseedores quiere egoístamente defenderse, combate inconscientemente contra sí misma y por el advenimiento sus enemigos. Toda lucha intestina de los detentadores del capital no puede ser útil sino a la revolución. Al denunciar capitales judíos, los capitalistas cristianos se denuncian a sí mismos y contribuyen a zapar los cimientos de este Estado del que son los más ardientes defensores. Ironía de las cosas: el antisemitismo, sobre todo profesado por los conservadores que reprochan a los judíos haber sido los auxiliares de los jacobinos de 1789 y de los liberales y revolucionarios del presente siglo, el antisemitismo se hace aliado de estos mismos revolucionarios. El señor Drumont en Francia, el señor Pattai en Hungría y los señores Stoecker y de Boeckel en Alemania obran para estos demagogos y revoltosos que pretenden combatir. El movimiento, reaccionario en su origen, se transforma en provecho de la revolución. El antisemitismo excita la clase media, al pequeño burgués y, a veces, al campesino contra los capitalistas judíos, pero así los lleva suavemente al socialismo, los prepara para la anarquía y suscita en ellos el odio a todos los capitalistas y, sobre todo, al capital.
Así, inconscientemente, el antisemitismo prepara su propia ruina. Lleva en sí el germen de su destrucción, y esto ineludiblemente, puesto que, al abrir el camino para el socialismo y el comunismo, trabaja para eliminar no sólo las causas económicas sino también las causas religiosas y nacionales que lo engendraron y que desaparecerán con la sociedad actual de la que son productos.
Tal es el destino probable del antisemitismo contemporáneo. He intentado mostrar cómo se vinculaba con el antiguo antijudaísmo, cómo había crecido y cuáles habían sido sus manifestaciones. He tratado de determinar sus motivos y, después de haberlos establecido, he querido prever su porvenir. Desde todo punto de vista, me parece destinado a perecer y perecerá por todas las razones que he indicado: porque el judío va transformándose, porque las condiciones religiosas, políticas, sociales y económicas van cambiando y, sobre todo, porque es una de las manifestaciones persistentes y últimas del viejo espíritu de reacción y estrecho conservadorismo, que trata vanamente de detener la evolución revolucionaria.

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[1] )- No se trata aquí de discutir acerca del valor personal de hombres tan diversos, sino simplemente de recordar su acción.
[2] )- En la Europa oriental, en Persia o en Marruecos, tenemos un cuadro aproximado del antisemitismo de la Edad Media. Prejuicios, legislaciones restrictivas, agravios, humillaciones, matanzas, motines y expulsiones, nada falta. Pienso, por lo demás, haberlo mostrado para Rumania y Rusia en el capítulo VIII de esta obra.
[3] )- Los antisemitas alemanes reprochan a los judíos alimentar sentimientos hostiles para con Alemania y favorecer los intereses franceses, pero los antisemitas franceses reprochan a su vez a los judíos su supuesta ternura por Alemania. Es éste un modo de afirmar que los judíos son extranjeros o, mejor dicho, inasimilados.
[4] )- Cap. X.
[5] )- Hablo de los judíos practicantes, por supuesto.
[6] )- Recuerdo una vez más que sólo considero a los judíos de la Europa occidental, los que han recibido los derechos de ciudadanía en los distintos Estados donde viven, y no a los judíos orientales que están todavía bajo el régimen de las leyes de excepción, en Rumania y Rusia como en Marruecos y Persia.
[7] )- George, Henry, Progrés et pauvreté, traducción francesa, París, 1887.
[8] )- Guyau, M., L'irreligion de l'avenir, París, 1893, p. XIX.
[9] )- Guyau, M., ob. cit., p. XV.
[10] )- Salvo, sin embargo, los patriotas exaltados, los que, en Francia, son anglófobos y germanófobos por principio más que por razonamiento.

{XIV } LAS CAUSAS ECONOMICAS DEL ANTISEMITISMO


XIV


LAS CAUSAS ECONOMICAS DEL ANTISEMITISMO


El antisemitismo económico - Los reproches - El reproche moral - La deshonestidad judía - La astucia y la mala fe del judío - La corrupción talmúdica - Las medidas restrictivas y la embustería judía - La degradación por el mercantilismo y la usura - El oro y el rebajamiento moral - El reproche económico - El judío y el estado social actual - La parte del judío en la constitución de la sociedad capitalista - El judío agiotista e industrial - El judío detentador del capital - Cómo el judío se perjudica por el estado actual - Los judíos proletarios, en Europa y en América - Los judíos en la clase burguesa - La supremacía relativa del judío - Las causas de esta supremacía - El apoyo mutuo y el individualismo burgués - La solidaridad judía - Cómo nació en la Antigüedad - Las sinagogas - La Edad Media - Los ghettos - Los tiempos modernos - El kahal de los países de Oriente - La minoría de Occidente y la solidaridad de clase - La oposición de las formas de capital y el antisemitismo - Capital agrícola y capital industrial - El agiotismo judío y la pequeña burguesía comerciante - La competencia y el antisemitismo - Competencia capitalista y competencia obrera - Las prevenciones contra los judíos y el antisemitismo económico - El antisemitismo y las luchas intestinas del capital.


Después de haber atacado al judío como semita, como extranjero, como revolucionario y como anticristiano, se lo ha atacado como agente económico. En todas las épocas, por lo demás, fue así, desde la dispersión. Ya los romanos y los griegos, antes de nuestra era, envidiaban los privilegios que permitían a los judíos ejercer su comercio en condiciones mejores que los nacionales, [1] y, durante la Edad Media, el usurero fue odiado tanto, cuando no más, como el deicida. [2] Si la situación de los judíos ha cambiado a fines del siglo XVIII, ha cambiado de un modo que les era demasiado favorable para que los sentimientos que se experimentaban para con ellos pudieran modificarse apreciablemente; antes al contrario. Hoy día, el antisemitismo económico existe más fuerte que nunca porque, más que nunca, el judío aparece como poderoso y rico. Otrora no se lo veía. Permanecía encerrado en su ghetto, lejos de los ojos cristianos, y sólo tenía una preocupación: esconder su oro, este oro del cual, según la tradición y hasta la legislación, era el recolector y no el propietario. Desde el día en que fue liberado, cuando cayeron las trabas puestas a su actividad, el judío se mostró. Hasta se mostró con ostentación. Quiso, después de los siglos de cárcel y los años de agravios, parecer un hombre y manifestó una vanidad infantil de salvaje. Fue éste su modo de reaccionar contra las humillaciones seculares. Se lo había dejado, en vísperas de 1789, humilde, miserable, objeto del desprecio de todo el mundo y blanco de los insultos y los agravios. Se le reencontró, después del temporal, liberado de todo constreñimiento y, de esclavo, convertido en amo.
Este rápido ascenso chocó. La gente se mostró ofuscada por esta riqueza que el judío había adquirido el derecho de exhibir y recordó el viejo reproche de los padres, el reproche del antisemitismo social: el oro del judío es conquistado a expensas el cristiano; es conquistado por el dolo, el fraude y la depredación, por todos los medios y principalmente por los medios condenables. Es éste lo que yo llamaría el reproche moral del antisemitismo. Se resume así: el judío es más deshonesto que el cristiano; está desprovisto de todo escrúpulo y es ajeno a la lealtad y la franqueza,
¿Este reproche está fundado? Lo fue y todavía lo es en todos los países en los cuales el judío está mantenido fuera de la sociedad, recibe exclusivamente la educación talmúdica y es víctima de persecuciones, los insultos y los agravios, y en los cuales se desconoce su dignidad y autonomía de ser humano.
El estado moral del judío ha sido hecho por él mismo y por las circunstancias exteriores. Su alma ha sido moldeada por la ley que se dio y por la ley que se le impuso. Ahora bien: fue doblemente esclavo durante siglos; fue el siervo de la Thorah y el siervo de todos. Fue un paria, pero un paria que sus doctores y sus guías mantuvieron en una servidumbre más estrecha que la antigua servidumbre del Egipto.
Por fuera, miles de restricciones trabaron su marcha, detuvieron su expansión y se opusieron a su actividad. Encontró delante de él códigos enemigos y duras reglamentaciones. Por dentro, tropezó con todo un sistema complicado de defensas. Fuera del ghetto, encontró el constreñimiento legal; en el ghetto, el constreñimiento talmúdico. Si intentaba escapar del primero, miles de castigos lo esperaban. Si trataba de sustraerse al segundo, se exponía al herem: a la temible excomunión que lo dejaba solo en el mundo. No podía soñar en atacar de frente estas dos potencias. Por ello el judío trató de triunfar de ellas por la astucia, y ambas desarrollaron en él el espíritu de cautela. Adquirió una extraña ingeniosidad y una sutileza fuera de lo común. Su finura natural se acrecentó, pero fue empleada vilmente: para engañar a un dios riguroso y a inflexibles soberanos. El Talmud y las legislaciones antijudías corrompieron profundamente al judío. Llevado por sus doctores, por un lado, y por legisladores extranjeros, por otro, y también por numerosas causas sociales [3] a la práctica exclusiva del comercio y la usura, el judío se envileció.
La búsqueda del oro, proseguida sin descanso, lo degradó. Debilitó en él la conciencia. Lo rebajó y le dio hábitos de embustero. En la guerra que, para vivir, tuvo que llevar contra el mundo y su ley civil y religiosa, no pudo salir vencedor sino por la intriga y este miserable, destinado a las humillaciones y los insultos y obligado de agacharse bajo los golpes, los agravios y las invectivas, sólo por la astucia pudo vengarse de sus enemigos, sus torturadores y sus verdugos. Para él, el robo y la mala fe se convirtieron en armas: en las únicas armas que pudiera emplear. Por ello se ingenió en agudizarlas, complicarlas y disimularlas.
Cuando las paredes de los ghettos se desmoronaron, el judío, tal como lo habían hecho el Talmud y las condiciones civiles, legislativas y sociales, no cambió repentinamente. Al día siguiente de la revolución, vivió exactamente como en la víspera. No modificó sus costumbres, sus hábitos ni menos su mentalidad tan prontamente como se modificó su situación. Liberado, conservó su alma de esclavo, esta alma que va perdiendo un poco cada día al mismo tiempo que se van borrando uno por uno los recuerdos de su abyección. Hoy día, para encontrar al judío que nos muestran los antisemitas, hay que ir a Rusia, Rumania y Polonia, donde rigen leyes de excepción, y a Galitzia, Hungría y Bohemia, donde dominan las escuelas exclusivamente hebraicas. En la Europa occidental, si, por atavismo, los judíos de cierta categoría – los judíos mercaderes y los judíos agiotistas –  todavía son cautelosos, astutos y predispuestos al engaño, no lo son mucho más que los agiotistas y los mercaderes cristianos, hechos poco escrupulosos por el hábito de los negocios.
Ante tal afirmación, los antisemitas tienen una respuesta bien preparada: los judíos han pervertido a los cristianos. Si se comprueba, en la clase rica, explotadora y traficante, la dureza, la rapacidad, la avaricia y la deslealtad para con el explotado, la culpa la tienen los judíos que son responsables del estado social actual y, mejor aún, son su causa. Tal es el reproche económico propiamente dicho.
Aquí también los antisemitas son víctimas de una ilusión. El judío no es la causa de un estado actual, que es el resultado de una larga evolución. Contribuyó a la revolución económica, cuya consecuencia fue el advenimiento de la burguesía, pero no es factor único, ni el factor principal siquiera. [4] Por cierto, ya lo mostré, [5] la burguesía encontró en el judío, a lo largo del tiempo, un auxiliar maravilloso y poderosamente dotado.
Durante siglos, en la sociedad bárbara de la Edad Media, el judío, ya viejo traficante, mejor armado, provisto de una cultura superior y en posesión de una experiencia secular, fue el representante del capital comercial y del capital usurario, o ayudó a su constitución, Sin embargo, estas fuerzas capitalistas sólo llegaron al poder cuando el trabajo de los siglos hubo preparado su dominación y las hubo transformado en capital industrial y capital agiotista. Para ello fueron precisos los dos grandes procesos de expansión de las Cruzadas y del descubrimiento de América, que completaron las múltiples colonizaciones de España, Portugal, Holanda, Inglaterra y Francia, y todo el esfuerzo del régimen comercial. Fueron precisos el establecimiento del crédito público y la extensión de los grandes bancos. Fueron precisos el desarrollo de las industrias manufactureras y los progresos científicos que trajeron la creación y el perfeccionamiento del maquinismo. Fue precisa toda la elaboración legislativa del régimen de salarios, hasta el momento en que los proletarios fueron despojados hasta del derecho de asociación y coalición. Fueron precisos todo eso y muchas causas más – causas históricas, religiosas y morales – para hacer la sociedad actual. Los que presentan a los judíos como los creadores de este estado no logran probar sino su absoluta e inverosímil ignorancia.
Sin embargo, acabamos de decirlo, el papel de los israelitas fue considerable, pero es poco conocido o por lo menos de modo demasiado imperfecto, sobre todo por los antisemitas, y no es a este conocimiento muy rudimentario de la historia económica del judaísmo que hay que atribuir el antisemitismo. Se sabe mejor cómo los judíos han actuado después de su liberación.
En Francia, durante la Restauración y el Gobierno de Julio [6] encabezaron la finanza y la industria. Estuvieron entre los fundadores de las grandes compañías de seguros, de ferrocarriles y de canales. En Alemania, su papel fue enorme. Provocaron la promulgación de todas las leyes favorables al comercio del oro, al ejercicio de la usura y a la especulación. Fueron ellos los que se aprovecharon de la abolición (en 1867) de las antiguas leyes restrictivas de la tasa del interés. Suscitaron la ley de junio de 1870, que liberó las sociedades por acciones del control del Estado. Después de la guerra franco-prusiana, fueron los especuladores más audaces y, en la fiebre de asociacionismo que prendió en los capitalistas alemanes, actuaron como habían actuado los judíos franceses de 1830 y 1848, [7] hasta después de la bancarrota financiera de 1872, época ésta en que, entre los hidalgos y pequeños burgueses despojados durante esta Gründer Periode[8] en la cual dominó el judío, nació el antisemitismo más violento: el que generan los intereses perjudicados.
Cuado se hubo comprobado esta acción indudable del judío, se dedujo de ella que el judío era el detentador por excelencia del capital. Fue ésta una causa más de animosidad contra él. Los judíos lo poseen todo, se dijo. Y el judío, después haber sido el equivalente del embustero, engañador y usurero, se convirtió en sinónimo de rico. Todo judío es poseedor, tal fue la creencia común. Hay en esto un profundo error.
La inmensa mayoría de los judíos, casi siete de cada ocho, viven en una pobreza extrema, En Rusia, Galitzia, Rumania, Serbia y Turquía, su miseria es horrenda. Son en su mayoría artesanos y, en este carácter, padecen las consecuencias del estado actual, exactamente como los asalariados cristianos. Hasta se incluyen entre los proletarios más desheredados. En Londres, en la compacta aglomeración judía del East End, compuesta de refugiados polacos, los sastres judíos empleados en talleres de confección trabajan doce horas por día y ganan un promedio de 62 céntimos por hora, pero la mayoría está desocupada tres días por semana, una parte sólo trabaja dos o tres días y, en toda época, diez a quince mil judíos sin empleo se mueren de hambre en una desesperación abominable. En Nueva York, son cien mil y, antes de la fundación de laUnión de Sastres, muchos estaban obligados a veinte horas de trabajo por día y cobraban un salario de cinco o seis dólares por semana. Posteriormente, si bien su salario no ha aumentado, la duración de la jornada se ha reducido a dieciocho horas y, en algunos establecimientos, a dieciséis. [9] En Rusia, su condición es peor. En Vilna, judías empleadas en manufacturas de medias de punto ganan cuarenta kopeks [10] por jornada de catorce horas de trabajo; cincuenta kopeks es el salario promedio de los varones en todas las industrias, para jornadas que varían de catorce a veinte horas. La inmensa mayoría de los obreros amontonados en las ciudades del Territorio ni siquiera encuentran empleo. [11] En Galitzia, la situación de la población obrera no es mejor, y tampoco lo es en Rumania.
Quedan, pues, alrededor de dos millones de judíos que, sea en la Europa occidental, sea en los Estados Unidos de América, pertenecen a la clase burguesa. Ahora bien: es incontestable que, si estos dos millones de judíos no eran nada hace cien años, son mucho hoy en día. Por su desarrollo, sus riquezas y su situación, ocupan un lugar que parece poco proporcionado con su importancia numérica. Comparativamente con el grueso de la población, son un puñado y, sin embargo, ocupan posiciones tales que se los ve en todas partes y parecen ser innumerables. Es cierto que no corresponde, como se hace habitualmente, compararlos con la población total, puesto que por lo general no viven en el campo y sí en las ciudades de cierta importancia. Si se quieren elementos estadísticos exactos, hay que ponerlos en paralelo con los de su clase, vale decir con la burguesía comerciante, industrial y financiera. Pero, aun reduciendo la comparación a estos dos términos – judíos y burgueses – esta comparación favorece al judío. [12]
¿Por qué este predominio? Algunos judíos se complacen en decir que deben su supremacía económica a su superioridad intelectual. Esto no es exacto o, por lo menos, habría que ponerse de acuerdo acerca de dicha superioridad. En la sociedad burguesa, fundada en la explotación del capital y en la explotación por el capital, en que la fuerza del oro es dominante y en que el agiotismo y la especulación son todopoderosos, el judío indudablemente está mejor dotado que cualquier otro para lograr el éxito. Si bien fue degradado por la práctica del mercantilismo, esta práctica le ha dado, a lo largo de los siglos, calidades que se han tornado preponderantes en la nueva organización. Es frío y calculador, enérgico y flexible, perseverante y paciente, lúcido y exacto, y todas estas calidades las ha heredado de sus antepasados los manejadores de ducados y los traficantes. Si se dedica al comercio y a la finanza, se beneficia con su educación secular y atávica, que no lo ha hecho más inteligente, como su vanidad lo declara, sino más apto para ciertas funciones.
En la lucha industrial, está mejor dotado individualmente – hablo de modo general – que sus competidores y, en situaciones iguales, debe tener éxito porque sus armas son mejores. No necesita recurrir al fraude, quiero decir recurrir a él más que los que lo rodean: sus capacidades especiales y hereditarias son suficientes para asegurarle la victoria.
Pero estas dotes personales no bastan, con todo, para explicar el predominio judío. También hay linajes de mercaderes cristianos. Parte de la burguesía ha recibido como herencia calidades muy semejantes a las que poseen los judíos y podrían así, según parece, detener su empuje. Hay otras causas más profundas, que pertenecen a la vez al carácter judío y a la constitución de las naciones contemporáneas.
La sociedad burguesa entera está fundada en la competencia individualista. En el campo de las luchas diarias por la vida, nos ofrece el espectáculo de individuos que combaten ásperamente unos contra otros, vale decir de unidades aisladas que pelean ardorosamente por la victoria, con procedimientos puramente individuales. En esta sociedad, el estrecho struggle for life darwiniano domina. Es su espíritu el que gobierna a cada hombre. Se admite tácitamente que el triunfo debe pertenecer al más fuerte, al que mejor organizado está, al que física y mentalmente está mejor adaptado a las condiciones sociales de existencia. Todo el esfuerzo de solidaridad, de unión y de acuerdo se hace fuera de esta clase, cuyos historiadores, filósofos y economistas sólo admiten el esfuerzo individual, y la burguesía capitalista sólo reencuentra el instinto de solidaridad contra los enemigos comunes de todos sus miembros: contra el proletariado y contra los que atacan al capital.
Suponed, en estas organizaciones egoístas, colectividades fuertemente estructuradas de ciudadanos dotados, desde hace siglos, de espíritu de asociación, en los cuales el tiempo ha desarrollado el sentimiento de unión y que conocen, atávica y; prácticamente, las ventajas que pueden sacar de dicha unión: es indudable que tales federaciones estarán, si ejercen su actividad en el mismo sentido que los individuos aislados y desunidos que las rodean, en mejores condiciones y podrán conseguir una victoria más fácil. Ahora bien: ésta es exactamente la situación de los burgueses judíos en los estados modernos. Quieren conquistar los mismos bienes que los burgueses cristianos. Evolucionan en el mismo campo de acción. Son tan ásperos, tan ávidos, tan deseosos de gozar y tan ajenos a la justicia que no sea la justicia de casta y la justicia de defensa contra las clases dominadas. Son, por fin, tan profundamente inmorales, en el sentido de que sólo consideran las ventajas que pueden procurarse y que su única regla de vida es la conquista de los bienes materiales, al máximo de los cuales cada uno aspira. Pero, en esta batalla de cada día, el judío que, individualmente, ya está mejor dotado, como hemos visto, une sus virtudes a las de sus semejantes, acrecienta sus fuerzas juntándolas en haces y, fatalmente, debe alcanzar antes que sus rivales la meta buscada. En medio de la burguesía desunida, cuyos miembros están en lucha perpetua, los judíos son seres solidarios. Tal es el secreto de su triunfo. Esta solidaridad es, entre ellos, tanto más fuerte cuanto más antigua es. A menudo se la ha negado y, sin embargo, es indudable. Sus eslabones se han soldado a lo largo del tiempo, desde hace siglos, y su práctica se ha vuelto inconsciente. Es importante ver cómo se ha formado y cómo se ha perpetuado.
La solidaridad judía data de la dispersión. Los inmigrantes y colonos judíos que llegaban a países extranjeros se agrupaban en barrios especiales y, dondequiera arribaban, constituían una sociedad. Sus comunidades rodeaban las casas de plegaria que habían construido en cada ciudad donde habían formado un núcleo. Tenían numerosos e importantes privilegios. [13] Los judíos dispersados habían sido los auxiliares utilísimos de los griegos en su obra de colonización del Oriente y, cosa extraña, estos judíos que se helenizaron contribuyeron a helenizar el Oriente. En contrapartida, obtuvieron en todas partes, en Alejandría, en Antioquía, en el Asia Menor y en las ciudades griegas de Jonia, el derecho de conservar su autonomía nacional y de administrarse. Formaron en casi todas las ciudades asociaciones corporativas encabezadas por un etnarca o un patriarca que desempeñaba entre ellos, con ayuda de un colegio de ancianos y de un tribunal particular, la autoridad civil y los poderes de justicia.
Las sinagogas fueron "auténticas pequeñas repúblicas". [14] Fueron, además, centros de vida religiosa y pública. Los judíos se reunían en sus oratorios, no sólo para escuchar la lectura de la ley, sino también para conversar sobre sus negocios e intercambiar ideas prácticas. Todas las sinagogas estaban vinculadas entre sí en una amplia asociación federativa que extendió su red sobre el mundo antiguo, a partir de la expansión macedonia y helénica. Se mandaban recíprocamente mensajeros, se mantenían mutuamente al tanto de los acontecimientos cuyo conocimiento les era útil, se aconsejaban y se ayudaban. Al mismo tiempo, las unía un profundo lazo religioso. Conservaban su independencia, pero se sentían hermanas. Dirigían cada una de sus miradas hacia Jerusalén y el templo al que enviaban su tributo anual, y el amor que experimentaban por la ciudad santa y el apego que tenían por su culto les recordaba su común origen y fortalecían su alianza.
Estas pequeñas sinagogas de las ciudades griegas y estas poderosas colectividades de Antioquía o Alejandría crearon la solidaridad local y cosmopolita de Israel. En cada ciudad, el judío era ayudado por la colectividad. Se lo acogía fraternalmente cuando llegaba como inmigrante y colono. Se lo socorría y ayudaba. Se le permitía establecerse y él se beneficiaba con el trabajo de la asociación que ponía a su disposición todos sus recursos. No llegaba como un extranjero que iba a emprender una difícil conquista, sino como un hombre bien armado, con protectores, amigos y hermanos. Por toda el Asia Menor, por las islas, por la Cirenaica y por el Egipto, el judío podía viajar con seguridad. En cualquier lugar se lo trataba como huésped e iba derecho a la casa de plegaria donde encontraba benevolente acogida, Los judíos esenios no procedían diferentemente en su propaganda. Habían creado, también ellos, pequeños centros solidarios, en el seno mismo de las comunidades, e iban así de ciudad en ciudad, como vagabundos seguros del día siguiente.
En Roma donde su número fue considerable, [15] los judíos también estuvieron unidos, tanto como en las ciudades del Oriente. "Están vinculados entre sí por un apego invencible y una conmiseración activísima", dice Tácito. [16] Gracias a esta unión, habían adquirido poderío, como en Alejandría, a tal punto que los partidos se apoyaban en ellos y los temían. "Sabes – dice Cicerón [17] – cuál es la multitud de esos judíos, y cuál es su unión, su solidaridad, su savoir faire y su imperio sobre la muchedumbre de las asambleas."
Cuando cayó el imperio romano y los bárbaros invadieron el viejo mundo y cuando el catolicismo triunfante se difundió, las colectividades judías no cambiaron. Eran organismos muy vivaces y tenían una vida colectiva extremadamente activa que les permitió resistir. Además, en medio del desorden general, conservaron esta unidad religiosa y esta unidad social inseparables la una de la otra, a las que debieron su prosperidad. Todos los miembros de las sinagogas judías se juntaron más estrechamente aún. Gracias a este apoyo mutuo, pudieron aguantar los cambios exteriores y, cuando los reinos godos y germanos estuvieron asentados, las colectividades judías conservaron por algún tiempo cierta autonomía, gozaron de una jurisdicción especial y, en esas organizaciones nuevas, constituyeron agrupamientos comerciales, en los que siguió perpetuándose la secular solidaridad.
A medida qué los pueblos se hicieron más hostiles para con los israelitas, a medida que se agravaron para ellos las legislaciones y a medida que creció la persecución, esta solidaridad aumentó. Los procesos paralelos, el uno exterior y el otro interior, que acabaron en el encierro de Israel en el estrecho recinto de sus juderías, reforzaron su espíritu de asociación. Retirados del mundo, los judíos aumentaron la fuerza de los vínculos que los unían y la vida común acrecentó su deseo y su necesidad de fraternidad: los ghettos desarrollaron el asociacionismo judío.
Por lo demás, las sinagogas habían conservado su autoridad. Si bien los judíos estaban sometidos a las duras leyes promulgadas por los reinos y los imperios, tenían un gobierno propio, consejos de ancianos y tribunales a cuyas decisiones se sometían, y sus sínodos generales hasta prohibían a un israelita, so pena de anatema, llevar a un correligionario ante un tribunal cristiano. [18] Todo los llevó a unirse durante estos siglos de la Edad Media, tan atroces y tan horrendos para ellos. Aislados, hubieran sufrido más. Ayudándose mutuamente, pudieron defenderse más fácilmente. Pudieron evitar las calamidades que los amenazaban sin cesar. En esa vida que les hacían tan penosa las reglamentaciones que se les imponían, la ayuda fraterna les permitió a menudo sustraerse a las innumerables cargas que los aplastaban. Asimismo, habían conservado, entre sinagogas, las relaciones habituales y de este modo el cosmopolitismo de los judíos se vincula con su solidaridad.
Las comunidades se ayudaban mutuamente, se sostenían y se auxiliaban. Los ejemplos de tal acuerdo abundan. Por ejemplo el tan característico de los judíos levantinos que, después del martirio de los judíos de Ancona, se pusieron de acuerdo para romper toda relación con esa ciudad y para dirigir el movimiento comercial hacia Pesara donde Guido Ubaldo había acogido a los fugitivos de Ancona. Los doctores y los rabinos fomentaban esta solidaridad, que el exclusivismo talmúdico aumentó. Recomendaron a los fieles respetar sus intereses respectivos, y los obligaron a hacerlo. En el siglo XI, el sínodo rabínico de Worms prohibió a un propietario israelita alquilar "a un no judío o a un judío una casa ocupada por un correligionario, sin el consentimiento de este último", [19] y un sínodo del siglo XII prohibió a un judío, so pena de anatema, llevar a un correligionario ante un tribunal cristiano. La comunidad judía – el Kahal – estaba armada contra los que faltaban al deber de solidaridad: les echaba el anatema y pronunciaban contra ellos el Cheram-Hakahal[20] Esta excomunión alcanzaba a todos aquellos que evadían sus obligaciones para con la colectividad: los que se negaban a declarar sus bienes para escapar de la contribución que debía pagar la sinagoga, los que, al firmar un acta con un correligionario, no hacían firmar esta acta por el notario de la comunidad, los que no aceptaban someterse a la decisión que el Kahal había tomado en el interés común [21] y, por fin, los que atacaban en sus escritos la Biblia y el Talmud y trabajaban en la destrucción de Israel. Mardoqueo Kolkos, Uriel Acosta y Spinoza estuvieron entre estos últimos.
Los siglos, la acción de las leyes hostiles, la influencia de las prescripciones religiosas y la necesidad de la, defensa individual acrecentaron, pues, en los judíos, el sentimiento de solidaridad. Aún en nuestros días, en los países donde los judíos viven en un régimen de excepción, la poderosa organización del Kahal subsiste. En cuanto a los judíos emancipados, han roto los marcos estrechos de las antiguas sinagogas y han abandonado la legislación de las comunidades de antes, pero no han olvidado la solidaridad. [22]Después de haber adquirido su sentido y después de haberlo conservado por el hábito, no han podido perderlo ni perdiendo la fe, pues la solidaridad se ha convertido en ellos en un instinto social y los instintos sociales, lentamente formados, no desaparecen sino lentamente.
Hay que notar también que, si bien habían entrado en las naciones con derechos iguales a los de los nacionales, eran sin embargo una minoría. Ahora bien: el desarrollo del asociacionismo en las minorías es una ley: una ley que puede reducirse a la de la conservación. Todo grupo, en presencia de una masa, entiende que, si quiere subsistir como grupo, debe unir todas sus fuerzas. Para resistir la presión exterior que amenaza disgregarlo, tiene que formar un todo compacto y, en una palabra, convertirse en una minoría organizada. La minoría judía es una minoría organizada. No tiene jefes, príncipes teocráticos, gobierno ni leyes. Pero es una asociación de pequeños grupos fuertemente ensamblados, que se sostienen mutuamente. Cualquier judío encontrará, cuando lo pida, la asistencia de sus correligionarios, con tal que se lo sienta dedicado a la colectividad judía. Pues, si parece hostil, no recogerá sino hostilidad. El judío, aun cuando ha dejado la sinagoga, sigue formando parte de la masonería judía, [23] de la camarilla judía, si se prefiere.
Constituidos en un cuerpo solidario, los judíos se ubican más fácilmente en la sociedad actual, relajada y desunida. Si los millones de cristianos que los rodean practicaran el apoyo mutuo en lugar de la lucha egoísta, la influencia del judío quedaría inmediatamente aniquilada. Pero no la practican y el judío debe, si no dominar – es éste el término que emplean los antisemitas – conseguir el máximo de las ventajas sociales y ejercer esta suerte de supremacía contra la cual protesta el antisemitismo, sin poder con ello abolirla, pues depende no sólo de la clase burguesa judía sino también de la clase burguesa cristiana.
Cuando el capitalista cristiano se ve eliminar o suplantar por el capitalista judío, resulta de tal situación una violenta animosidad, y esta animosidad se traduce en los reproches ya enumerados. Sin embargo, estos reproches no son el fundamento real del antisemitismo económico, fundamento éste que acabo de establecer.
Si siempre se tiene presente la idea de la solidaridad judía y el hecho de que los judíos son una minoría organizada, se concluirá que el antisemitismo es en parte una lucha entre los ricos: un combate entre los detentadores del capital. En efecto, es el cristiano rico – el capitalista, el comerciante, el industrial y el financista – el que resulta perjudicado por los judíos, y no el proletario, que no padece por el patronado judío más que por el patronado católico, más bien al contrario, pues aquí importa el número de los patrones, y no son los judíos los que constituyen el mayor número. Es esto lo que explica por qué el antisemitismo es una opinión burguesa y por qué está tan poco difundido, salvo como vago prejuicio, en el pueblo y en la clase obrera.
Esta guerra capitalista no se manifiesta de igual modo en todas partes. Ofrece dos aspectos según provenga de una oposición entre dos formas del capital o de la competencia entre los poseedores del capital industrial y financiero.
El capital inmobiliario, en su lucha contra el capital industrial, se ha vuelto antisemita porque el judío es, para el terrateniente, el representante más típico del capitalismo comercial e industrial. Así, en Alemania, los proteccionistas agrarios son hostiles a los judíos, que están en primera fila entre los librecambistas. Los judíos se oponen, por esencia y por interés, a la teoría fisiocrática que atribuye la soberanía política a los tenedores de la tierra, y sostienen la teoría industrial que hace del poder el feudo de la industria. Por cierto, judíos y agrarios son tal vez, individualmente, inconscientes del papel que desempeñan en esta batalla económica, pero su animosidad recíproca no deja por ello de proceder de esa causa.
El pequeño burgués, el pequeño comerciante que el agiotismo devora, tiene una conciencia más nítida de los motivos de su antisemitismo. Sabe que la especulación desenfrenada y los Krachs sucesivos lo han arruinado y, también para él, los más temibles acaparadores del capital financiero y agiotista son los judíos, lo que por lo demás es totalmente exacto. Aun aquellos cuya ruina no provino de especulaciones en las cuales hubieran sido vencidos, atribuyen igual su decadencia al agiotismo que ha eliminado gran parte del capital comercial y del capital industrial. Sólo que, como siempre, hacen al judío responsable de un estado de cosas del que está lejos de ser la única causa.
En cuanto a la otra forma del antisemitismo económico, es más sencilla: la provoca la competencia directa entre los manejadores del dinero, los comerciantes y los industriales judíos y cristianos. Los capitalistas cristianos, generalmente aislados, se encuentran frente a capitalistas judíos unidos, cuando no asociados, en una situación de manifiesta inferioridad y, en el combate diario, muy frecuentemente son vencidos por ellos. Padecen, pues, indirectamente las consecuencias del desarrollo de la industria y del gran comercio judíos. De ahí, entre ellos; una animosidad extrema y el deseo de reducir el poderío de sus felices rivales. Es ésta la manifestación más violenta, más áspera y más ruda del antisemitismo, por ser expresión de la defensa de los intereses inmediatos y egoístas.
Se podría ver también un signo del antisemitismo como consecuencia de la competencia inmediata y directa en las manifestaciones obreras contra los judíos de Londres o de Nueva York, pero esto no sería rigurosamente exacto. La emigración rusa y polaca en Inglaterra y los Estados Unidos, emigración ésta que trajo a los centros industriales y manufactureros un número considerable de artesanos, ha tenido como consecuencia una reducción extremada de los salarios y una más dura aplicación delsweating system en los talleres y las fábricas del East-End londinense o de Nueva York. De ahí un movimiento contra los proletarios judíos, sobre todo contra los obreros sastres que son mayoría entre los inmigrantes. Pero este movimiento no tiene nada de específicamente antijudío: es análogo a todos los movimientos dirigidos por los trabajadores nacionales contra los trabajadores extranjeros – por ejemplo, en Francia, contra los obreros italianos y belgas – que el patronado contrata en condiciones más ventajosas para él. [24] Pasa lo mismo con la competencia burguesa. Si ésta es netamente antijudía, no es sólo porque los judíos forman una masonería, una minoría demasiado bien armada. También los protestantes, en efecto, están organizados del mismo modo y sin embargo, salvo en un reducido número de casos, el antiprotestantismo no se manifiesta en Francia, como tampoco el anticatolicismo en Alemania donde, a su vez, los católicos constituyen una poderosa minoría.
Hay otra causa, pues. Sí, y esta causa es capital. Los judíos son, efectivamente, una minoría, como los protestantes franceses y los católicos alemanes. Pero los protestantes en Francia y los católicos en Alemania son una minoría nacional; mientras que se consideran los judíos una minoría extranjera. Por lo tanto, no nos encontramos únicamente en presencia de una lucha entre las formas del capital – de una competencia entre capitalistas – sino que también asistimos a una lucha entre el capital nacional y un capital considerado extranjero. Se trata de la permanencia de la lucha secular. Empezó en la Antigüedad, cuando las ciudades jonias “quisieron obligar a los judíos establecidos en su seno a renegar de su fe o soportar el peso de las cargas públicas". [25] Se perpetuó a lo largo de toda la Edad Media, cuando los judíos aparecieron en las ciudades nacientes como un pueblo que había crucificado a Dios y cuando la gente se dio cuenta que esta tribu extranjera había captado el capital. Cuando nació el comercio cristiano, quiso, también él, apartar a un competidor que le parecía tanto más peligroso cuanto que no era "autóctono". Lo consiguió en parte por la constitución de las corporaciones y guildas, vale decir por la organización cristiana del capital.
Hoy en día subsiste aún esta prevención contra los judíos; secreta, no siempre confesada, instintiva más bien que razonada, atávica y no recientemente adquirida. Se sigue experimentando contra los deicidas esta acrimonia que hacía considerar su riqueza con antipatía, pues no se admitía que esta tribu de incrédulos, homicidas y condenados pudiera legítimamente poseer. Se creía que no podía adquirir sin robar el bien de los que eran los hijos del suelo – todo detentador del suelo se considera su hijo – y si el antisemitismo económico debe mirarse como una expresión de las luchas intestinas del capital, no hay que perder de vista que es también una manifestación de la oposición del capital nacional y el capital extranjero.

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[1] )- Cap. II.
[2] )- Cap. V.
[3] )- Cap. V.
[4] )- Cap. V.
[5] )- Cap. IX.
[6] )- El gobierno de Luis Felipe (N. del T.) .
[7] )- Glagau, Otto, ob. citada.
[8] )- Período de fundación.
[9] )- Van Etten, Miss L, Les Juifs russes comme immigrantes (The Forum, número de abril de 1893).
[10] )- El kopek vale cuatro céntimos de franco. (N. del T.: de franco oro.)
[11] )- Errera, Leo, Les Juifs russes
[12] )- Por lo general, se comparan los dos millones de judíos detentadores de capitales (en distintos grados) con la totalidad de las poblaciones cristianas. Se deja a un lado la mayoría obrera de los judíos artesanos y proletarios. Si se quiere considerar a los judíos como una nación sin territorio fijo, hay que examinar primero si no existe entre ellos una clase de asalariados y una clase capitalista, lo que acabo de mostrar, y después comparar esta clase capitalista judía con la clase capitalista cristiana. Sólo de este modo se llegará a una estadística comparativa exacta y a una justa apreciación de los hechos.
[13] )- Véanse cap. II y cap. III.
[14] )- Renan, Ernest, Vida de Jesús.
[15] )- El señor Renan evalúa el número de los judíos romanos, bajo Nerón, en veinte a treinta mil (en Anticristo, p. 7, nota 2).
[16] )- Tácito, Historia, V, 5.
[17] )- Cicerón, Pro Flacco, XXVIII.
[18] )- Esos sínodos se reunieron a partir del siglo XII. Eran las primeras reuniones rabínicas desde la clausura del Talmud. Jacobo Tam (Rabbenou Tam), fundador de la escuela de los Tosafistas, provocó la reunión de esos sínodos, que deliberaron verosímilmente acerca de los medios de resistir las persecuciones.
[19] )- Jost, Histoire des Juifs (Berlín, 1820), t. II.
[20] )- Anatema de la comunidad.
[21] )- Aron, Maurice, Histoire de d'excommunication juive (Nimes, 1882).
[22] )- La Alianza Israelita Universal, fundada en 1860 por Crémieux y que cuenta con más de treinta mil afiliados suscriptores, no hizo sino aumentar la solidaridad judía. La meta de la Alianza es liberar moral e intelectualmente al judío de los países orientales fundando escuelas, además de paliar su opresión y hasta de trabajar en su completa emancipación.
[23] )- No hablo aquí de las asociaciones masónicas. Empleo masonería en el sentido general que se atribuye a esta palabra.
[24] )- Se puede entender más fácilmente aún el antisemitismo económico estudiando el problema chino en los Estados Unidos. Minoría de raza, religión y aptitudes diferentes de las de los norteamericanos, los chinos, poderosamente asociados, son igualmente acusados por los capitalistas de drenar el oro y por los obreros de hacer bajar los salarios. La hostilidad para con ellos tiende a provocar medidas legales que puedan colocarlos en situación de inferioridad, contrabalancear su influencia y disminuir sus ventajas, tales como el bill contra la inmigración. Medidas análogas se tomaron, por lo demás, contra los inmigrantes alemanes y rusos.
[25] )- Mommsen, Th., Historia romana, t. XI (París, 1889).

{XIII } LOS JUDÍOS Y LAS TRANSFORMACIONES DE LA SOCIEDAD. LAS CAUSAS POLÍTICAS Y RELIGIOSAS DEL ANTISEMITISMO


XIII


LOS JUDÍOS Y LAS TRANSFORMACIONES DE LA SOCIEDAD. LAS CAUSAS POLÍTICAS Y RELIGIOSAS DEL ANTISEMITISMO


Los judíos, agentes revolucionarios - El judío de la Edad Media y el incrédulo - El racionalismo y la fe cristiana - Los judíos y las sociedades secretas - Los judíos en la Revolución Francesa y en las revoluciones del siglo - Los judíos y el socialismo - Las transformaciones políticas, sociales y religiosas de la sociedad contemporánea - Los reproches de los conservadores y el antisemitismo - El judío perturbador y disolvente - La judaización de los pueblos cristianos y el debilitamiento de la fe - ¿El judío es todavía anticristiano? - La persistencia de los prejuicios contra los judíos - El homicidio ritual - Los judíos y el Talmud - La sinagoga y la indiferencia religiosa entre los judíos - Los judíos emancipados - Los judíos, el liberalismo y el anticlericalismo - El judaísmo y el Estado cristiano - La lucha moderna - Espíritu conservador y espíritu revolucionario. Tradición y transformación - La edad de transición y el antisemitismo - El judío en la sociedad.


Así, el reproche de los antisemitas parece fundado: el judío tiene espíritu revolucionario. Consciente o no, es un agente de la revolución. Sin embargo, el reproche se complica, pues el antisemitismo acusa a los judíos de ser la causa de las revoluciones. Examinemos lo que vale esta acusación.
Tal como era, con sus predisposiciones y sus tendencias, era inevitable que el judío desempeñara un papel en las revoluciones: lo desempeñó. Decir, con la mayor parte de los adversarios de Israel, que toda perturbación, toda revuelta y todo desorden viene del judío y ha sido causado y provocado por el judío, y que si los gobiernos cambian y se transforman es porque el judío ha preparado estos cambios y estas transformaciones en sus misteriosos consejos, esto es excesivo. Afirmar tal cosa es desconocer las leyes históricas más elementales; atribuir a un elemento ínfimo una parte injustificada y sólo ver una de las facetas mínimas de la historia, dejando a un lado sus miles de aspectos. Si el último de los judíos hubiera muerto en la defensa de las murallas de Sion, el destino de las sociedades no habría cambiado. Si, en esta prodigiosa resultante que es el progreso, hubiera faltado el componente judío, el estado social habría evolucionado igual: otros factores habrían reemplazado al factor judío y realizado su obra económica. Permaneciendo la Biblia y también el cristianismo, la obra intelectual y moral del judío se habría efectuado sin él. El judío no es, por lo tanto, el motor del mundo, ni la hélice gracias a la cual marchamos hacia una renovación. Sin embargo, los que por prudencia nos lo muestran como careciendo de cualquier importancia y los que, yendo aún más lejos, afirman el conservadorismo del judío, cometen un error tan grave como el error de los antisemitas.
Se dice que el judío es conservador. Queda por explicar en qué sentido y de qué modo. Es conservador con respecto a sí mismo, conservador de sus tradiciones, de sus ritos y de sus costumbres, a tal punto conservador que se ha inmovilizado y que podríamos revivir la vida de la Edad Media en las juderías de Galitzia, Polonia y Rusia. Pero, en realidad, es menos el judío que el talmudista el que es conservador. Acabamos de ver que es solamente el Talmud el que puede vencer al judío y domar sus instintos de rebeldía. El estudio del Talmud, exclusivo y obligatorio, lo apartó de la Biblia: los doctores mataron a los profetas. Sin embargo, no hay que olvidar que los talmudistas fueron en un tiempo filósofos, y filósofos racionalistas. [1]
En el siglo X, los rabanitas, que por lo demás los karaítas habían precedido en este camino, quisieron respaldar la religión en la filosofía. Saadia, gaón de Sora, sostuvo que al lado de "la autoridad de la escritura y de la tradición" estaba la autoridad de la razón y proclamó "no sólo el derecho sino también la obligación de examinar las creencias religiosas". [2] En el siglo XI, Ibn Gebirol, el Avicebrón de los escolásticos, dio con su Fuente de vida un impulso a la filosofía árabe, y ya hablé de Maimónides y de su obra.
Fueron estos racionalistas y estos filósofos los que, del siglo X al siglo XV, hasta el Renacimiento, se hicieron los auxiliares de lo que se podría llamar la revolución general en la humanidad. Ayudaron al hombre, en cierta medida, a librarse de las ataduras religiosas y si no tuvieron, tal vez, a principios de ese período, la conciencia muy nítida de su obra, no por eso dejaron de realizarla. En ese tiempo en que el catolicismo y la fe cristiana eran el fundamento de los Estados, combatirlos y suministrar armas a quienes los combatían era obrar como revolucionario.
Ahora bien: los teólogos que recurrían a la razón para respaldar dogmas sólo podían desembocar en el control de estos dogmas y, por lo tanto, en su debilitamiento. La exégesis y el libre examen son fatalmente destructores, y fueron los judíos los que crearon la exégesis bíblica; fueron ellos los primeros que criticaron los símbolos y las creencias cristianas. Ya los judíos palestinos habían reprobado la encarnación que consideraban como un decaimiento divino, luego imposible, idea ésta que retomó Spinoza en su Tratado teológico-político. La polémica judía anticristiana se basó en esto y en argumentos positivos, digámoslo así. Tenemos un modelo de estos últimos en elContra Celso de Orígenes. Ahora bien: sabemos que Celso había pedido prestadas sus objeciones racionalistas a los judíos de su tiempo, y mostré en la presente obra [3] la importancia de la literatura de los controversistas de la Edad Mledia. Si se los estudiara de cerca, se encontraría en ellos todas las críticas de los exégetas de nuestra época. Sin embargo se podría hacer observar, para poner en duda el papel revolucionario de los judíos que la mayor parte de su exégesis sólo podía dirigirse a los judíos y que, por consiguiente, no era perturbadora, tanto menos cuanto que el israelita sabía conciliarla con la minucia de sus prácticas y la integridad de su fe. Esto no es exacto, sin embargo, y las doctrinas judías salieron de la sinagoga de dos modos distintos.
En primer lugar, los judíos pudieron, gracias a las controversias públicas, exponer a todos sus ideas. En segundo lugar, fueron los propagadores de la filosofía árabe y, en el siglo XII, sus comentadores, cuando se condenó las mezquitas a Al Farabí e Ibn Sina, y cuando las sectas musulmanas ortodoxas entregaron a la pira los escritos de los aristotélicos árabes. Los judíos tradujeron entonces al hebreo los tratados de los árabes y los de Aristóteles y estas traducciones fueron, a su vez traducidas al latín, las que permitieron a los escolásticos – de los cuales los de más renombre como Alrto Magno y Santo Tomás de Aquino estudiaron las obras Aristóteles en versiones latinas elaboradas a partir del hebreo [4] – conocer el pensamiento griego.
Los judíos no se limitaron a eso. Apoyaron el materialismo árabe que tan fuertemente sacudió la fe cristiana y difundió la incredulidad, hasta el punto de que se afirmara la existencia de una sociedad secreta organizada con vistas a la destrucción del cristianismo. [5] Durante este siglo XIII, en el cual se elaboró el Renacimiento humanista, escéptico y pagano y en el cual los Hohenstaufen apoyaron la ciencia a expensas del dogma y alentaron el epicureísmo, los israelitas estuvieron en la primera fila de los exegetas y los racionalistas. En la corte del Emperador Federico II, "centro de indiferencia religiosa", se los acogió, se los trató con cariño y se los escuchó. Fueron ellos, como lo mostró Renan, [6] los que crearon el averroísmo. Fueron ellos los que hicieron célebre a este Ibn-Roschd, a este Averroes cuya influencia fue tan grande y sin duda contribuyeron a difundir las "blasfemias" de los impíos árabes, blasfemias éstas que alentaba el Emperador, enamorado de la ciencia y la filosofía, que los teólogos simbolizaban con la blasfemia de los Tres impostores: Moisés, Jesús y Mahoma, y que concretaban estas palabras de los sufis árabes: "Qué importa la caaba del musulmán, la sinagoga del judío o el convento del cristiano". El señor Darmesteter tuvo razón cuando escribió: "el judío fue el doctor del incrédulo. Todos los revoltosos del espíritu se le acercaron, en la sombra o públicamente. Hizo su obra en el inmenso taller de blasfemos del gran emperador Federico y de los príncipes de Suabia o de Aragón". [7]
Cosa digna de notar: si por un lado los judíos averroístas, incrédulos, escépticos y blasfemos, zaparon el cristianismo difundiendo el materialismo y el racionalismo, también generaron este otro enemigo de los dogmas católicos: el panteísmo. En efecto, el Fons vitae de Avicebrón fue la fuente donde bebieron numerosos herejes. Es posible y hasta probable que David de Dinant y Amaury de Chartres hayan sido influidos por el Fons vitae, que conocieron a través de la traducción latina hecha en el siglo XII por el archidiácono Domingo Gundissalino, y seguramente Giordano Bruno pidió prestados elementos a esta Fuente de vida, de la cual su panteísmo deriva en parte. [8]
Si los judíos, pues, no fueron la cansa del sacudimiento de las creencias ni del debilitamiento de la fe, pueden contarse entre los que provocaron esta decrepitud y los cambios que nacieron de ella, Si no hubieran existido, los árabes y los teólogos heterodoxos los habrían reemplazado, pero existieron y, existentes, no permanecieron inactivos. Por lo demás, su espíritu trabajaba por encima de ellos, y la Biblia se convirtió en la útil sirvienta del libre examen. La Biblia fue el alma de la Reforma como fue el alma de la revolución religiosa y política inglesa. Fue con la Biblia en la mano que Lutero y los revoltosos ingleses prepararon la libertad, y fue por la Biblia que Lutero, Melanchton y otros más vencieron el yugo de la teocracia romana y la tiranía dogmática. Los vencieron también por la exégesis judía que Nicolás de Lyra había trasmitido al mundo cristiano. Si Lyra non lyrasset, Lutherus non saltasset, decían, y Lyra era alumno de los judíos. Estaba tan compenetrado de su ciencia exegética que se lo creyó judío. Tampoco en este campo los judíos fueron la causa de la Reforma, y sería absurdo sostenerlo, pero fueron sus auxiliares. Aquí está lo que debe separar al historiador imparcial del antisemita. El antisemita dice: el judío es el "preparador, el maquinador, el ingeniero jefe de las revoluciones". [9] El historiador se limita a estudiar la parte que al judío, dado su espíritu, su carácter y la naturaleza de su filosofía y su religión, correspondió en el proceso y los movimientos revolucionarios. Entiendo por proceso revolucionario el avance ideológico de la revolución, o más bien de lo que los conservadores llaman la revolución, el que puede representarse, por un lado por la destrucción lenta del Estado cristiano y el debilitamiento de la autoridad religiosa y, por otro, por una evolución económica.
Acabo de indicar muy brevemente cuál había sido el papel ideológico del judío durante la Edad Medía, en el momento de la Reforma y durante el Renacimiento italiano, en el cual judíos averroístas, como Elías de Medigo, enseñaron en la universidad de Padua, último refugio de la filosofía árabe. [10] Se podría proseguir mostrando, por ejemplo, lo que Montaigne, un medio judío, debe a sus orígenes y si no sacó de ellos su escepticismo y su incredulidad.
Habría que estudiar también el racionalismo exegético de Spinoza y sus vinculaciones con la crítica cristiana de los libros sagrados. Habría que mostrar cuáles son los elementos judíos de la metafísica del que sus contemporáneos presentaron como el príncipe de los ateos [11] y que estuvo, según Schleiermacher, ebrio de Dios. Habría, por fin, que seguir la influencia del spinozismo en la filosofía, sobre todo al final del siglo XVIII y al principio del XIX, cuando este pequeño hebreo raquítico, pulidor de lentes, se convirtió en el maestro y el "refugio ordinario" de Goethe, [12] en el santo que adoraron Tovalis y Schleiermacher y en el inspirador de los primeros románticos y de los metafísicos alemanes.
Asimismo, en todo el terrible anticristianismo del siglo XVIII, sería importante examinar cuál fue el aporte, no digo del judío, sino del espíritu judío. No hay que olvidar que, en el siglo XVII, los sabios y eruditos, como Wagenseil, Bertolocci, Buxtorf y Wolf, hicieron salir del olvido los viejos libros de polémica hebraica, los que atacaban la trinidad, la encarnación, todos los dogmas y todos los símbolos, con la aspereza judaica y la sutileza que tuvieron estos implacables lógicos que formó el Talmud. No sólo publicaron tratados dogmáticos y críticos – los Nizzachon y los Chizuk Emuna  –  [13] sino que también tradujeron los libelos blasfematorios y las vidas de Jesús, como elToledot Jeschu, y el siglo XVIII repitió sobre Jesús y la Virgen las fábulas y leyendas irrespetuosas de los fariseos del siglo II, que se reencuentran a la vez en Voltaire en Parny y cuya ironía racionalista, áspera y positiva, revive en Heine, en Boerne y en Disraeli, como el poderío del razonamiento de los doctores revive en Karl Marx y el ímpetu libertario de los revoltosos hebraicos, en el entusiasta Fernando Lassale.
Pero acabo de esbozar, a grandes rasgos, la función del judío en el desarrollo de algunas ideas que contribuyeron a la revolución general. No he dicho cómo se ha manifestado en la acción revolucionaria ni cómo la ayudó. Que haya sido un fermento de evolución económica, pienso haberlo mostrado ya en varias oportunidades. [14]¿Ha sido también lo que los conservadores lo acusan de haber sido, esto es, un agente de desorden, estando representados el orden y la armonía por la monarquía cristiana? Si hubiera que creer a Barruel, Crétineau-Joly, Gougenot des Mousseaux, dom Deschamps, Claudio Jannet y todos aquellos que sólo ven en la historia la obra de las sociedades secretas, la importancia de los judíos en las revoluciones y las grandes perturbaciones sociales sería capital.
Ahora bien: es imposible admitir tal concepción seudo histórica. Por cierto, en los últimos años del siglo XVIII, las asociaciones clandestinas adquirieron una gran importancia: si bien no fueron las elaboradoras de las teorías humanitarias, racionalistas y antiautoritarias, las propagaron maravillosamente y, además, fueron grandes agitadoras. No se puede negar que el iluminismo y el martinismo hayan sido poderosos preparadores de revoluciones. Pero, precisamente, sólo adquirieron importancia cuando dominaron las teorías que representaban y, lejos de ser las causas de este estado de espíritu que fundó la Revolución, fueron uno de sus efectos: un efecto que, a su vez, repercutió en la marcha de los acontecimientos.
Y ahora, ¿cuáles fueron las relaciones de los judíos y de esas sociedades secretas? Esto no es fácil de elucidar, pues los documentos serios faltan. Evidentemente, no dominaron en esas asociaciones, como lo pretenden los escritores que acabo de nombrar. No fueron "necesariamente el alma, el jefe, el gran maestre de la masonería", como lo afirma Gougenot des Mousseaux. [15]  Es cierto, sin embargo, que hubo judíos en la cuna misma de la masonería: judíos cabalistas, como lo prueban ciertos ritos conservados. Muy probablemente, en los años que precedieron a la Revolución Francesa, entraron en número mayor aún en los consejos de esa sociedad y fundaron ellos mismos sociedades secretas. Hubo judíos alrededor de Weishhaupt, y Martínez de Pasqualis, un judío de origen portugués, organizó numerosos grupos iluministas en Francia y reclutó muchos adeptos [16] que iniciaba en el dogma de la reintegración. Las logias martinistas fueron místicas, mientras que las otras órdenes de la masonería fueron más bien racionalistas. Lo cual puede permitir afirmar que las sociedades secretas representaron los dos lados del espíritu judío: el racionalismo práctico y el panteísmo, este panteísmo que, reflejo metafísico de la creencia en un Dios uno, acabó a veces en la teurgia cabalística. Se mostraría fácilmente el acuerdo de esas dos tendencias, la alianza de Cazotte, Cagliostro, [17] Martínez, SaintMartin, el Conde de Saint-Germain y Eckartshausen con los enciclopedistas y los jacobinos, y el modo cómo, a pesar de su oposición, llegaron al mismo resultado, esto es, el debilitamiento del cristianismo. Esto, una vez más, sólo serviría para probar que los judíos pudieron ser los buenos agentes de las sociedades secretas, porque las doctrinas de esas sociedades secretas concordaban con sus propias doctrinas, pero no que fueron sus iniciadores. El caso de Martínez de Pasqualis es del todo especial, y no hay que olvidar, sin embargo, que, antes de organizar sus logias, ya estaba iniciado en los misterios del iluminismo y la Rosacruz.
Durante el período revolucionario, los judíos no permanecieron inactivos. Dado su pequeño número en París, se los ve ocupar un lugar considerable, como electores de sección; oficiales de legión o asesores, etc. No son menos de dieciocho en París, y habría que estudiar los archivos provinciales para determinar su papel general. Entre esos dieciocho, algunos hasta merecen ser señalados. Así el cirujano Joseph Ravel, miembro del Consejo General de la Comuna, que fue ejecutado después del Nueve de Thermidor; Isaac Calmer, presidente del Comité de Control de Clichy, ejecutado el 29 de Messidor, año II; en fin Jacob Pereyra, ex comisario del Poder Ejecutivo de Bélgica ante Dumouriez, quien, miembro del partido de los hebertistas, fue juzgado y condenado al mismo tiempo que Hébert y ejecutado el 4 de germinal, año II. [18]
Ya vimos cómo, agrupados alrededor del Saint-Simonismo, acabaron la revolución económica de la cual 1789 sólo había sido una etapa, [19] y cuál fue, en la escuela, la importancia de Olinde Rodrigues, d'Eichtal e Isaac Péreire. Durante el segundo período revolucionario, el que arranca de 1830, mostraron más pasión aún que durante el primero. Tenían interés directo en el asunto, pues, en la mayor parte de los Estados de Europa, no gozaban todavía de la plenitud de sus derechos. Esos mismos, entre ellos, que no eran revolucionarios por razonamiento y temperamento lo fueron por interés: trabajando por el triunfo del liberalismo, trabajaban para sí mismos. Está fuera de duda que por su oro, su energía y su talento, respaldaron y ayudaron a la revolución europea. Durante esos años, sus banqueros, sus industriales, sus poetas, sus escritores y sus tribunos –  movidos por ideas muy distintas, por otra parte – tuvieron la misma meta. "Se los vio, dice Crétineau-Joly, [20] barba descuidada, espalda encorvada y ojo ardiente, recorrer en todas las direcciones esos desdichados países. No era la sed de lucro la que, contrariamente a sus hábitos, fomentaba semejante actividad. Se imaginaban que el cristianismo no resistiría los innumerables ataques que sufría la sociedad y corrían a pedir a la cruz del Calvario una reparación por 1840 años de sufrimientos merecidos".
Sin embargo, no era tal sentimiento el que impelía a Moses Hess, Gabriel Riesser, Heine y Boerne en Alemania, Manim en Italia, Jellinek en Austria, Lubliner en Polonia y muchos otros más, quienes combatieron por la libertad. Ver en esta universal agitación que sacudió a Europa hasta después de 1848 la obra de unas judíos deseosos de vengarse del Galileo es una extraña concepción. Pero, cualquiera haya sido el fin buscada – fin interesado o fin ideal – los judíos estuvieron, en esa época, entre los más activos y más infatigables propagandistas. Se los encuentra mezclados en el movimiento de la joven Alemania. Fueron numerosos en las sociedades secretas que formaron el ejército combatiente revolucionario, en las logias masónicas, en los grupos de la Carbonería y en la Alta Venta romana: en todas partes, en Francia, en Alemania, en Suiza, en Austria y en Italia.
En cuanto a su acción y su influencia en el socialismo contemporáneo, ha sido y es muy grande, como se sabe. Se puede decir que los judíos están en los dos polos de la sociedad contemporánea. Estuvieron entre los fundadores del capitalismo industrial y financiero y han protestado con la más extrema vehemencia contra el capital. A Rothschild corresponden Marx y Lassalle; al combate por el dinero, el combate contra el dinero, y el cosmopolitismo del agiotista se convierte en el internacionalismo proletario y revolucionario. Fue Marx el que dio impulso a la Internacional con el manifiesto de 1847, redactado por él y Engels. No se puede decir que “fundó" la Internacional, como lo han afirmado los que siguen considerando a la Internacional como una sociedad secreta cuyos jefes fueron los judíos, pues numerosas fueron las causas que acarrearon la constitución de la Internacional. Pero Marx fue el inspirador de la reunión obrera efectuada en Londres en 1864, de la cual salió la asociación. Los judíos fueron numerosos en ella, y sólo en el consejo general se encuentra Karl Marx, secretario por Alemania y Rusia, y James Cohen, secretario por Dinamarca. [21]Muchos judíos afiliados a la Internacional desempeñaron más tarde un papel en la Comuna de París, [22] en la cual se encontraron con otros correligionarios. En cuanto a la organización del partido socialista, los judíos contribuyeron poderosamente a ella, Marx y Lassalle en Alemania, [23] Aaron Liberman y Adler en Austria, Dobrajanu Gherea en Rumania, Gomperz, Kahn y De Lion en los Estados Unidos de América fueron o todavía son sus directores o iniciadores. Los judíos rusos deben ocupar un lugar aparte en este breve resumen. Los jóvenes estudiantes, apenas evadidos del ghetto, participaron en la agitación nihilista. Algunos – inclusive mujeres – sacrificaron su vida a la causa emancipadora, y al lado de esos médicos y abogados israelitas hay que colocar la masa considerable de los refugiados artesanos que han fundado en Londres y Nueva York importantes aglomeraciones obreras, centros de propaganda socialista y hasta comunista anarquista. [24]
He esbozado muy brevemente, pues, la historia revolucionaria de los judíos, o por lo menos he intentado indicar cómo se la podría emprender. He mostrado cómo procedieron ideológica y activamente: cómo formaron parte de los que preparan la revolución por el pensamiento y de los que la convierten en actos. Se me objetará que, al hacerse revolucionario, el judío por lo general se hace ateo y deja así de ser judío. Esto sólo es exacto de cierto modo, sobre todo en el sentido de que los hijos del judío revolucionario se funden en la población que los rodea y que, por lo tanto, los judíos revolucionarios se asimilan más fácilmente. Pero, por lo general, los judíos, aun revolucionarios, han conservado el espíritu judío y, si bien han abandonado toda religión y toda fe, no han dejado por ello de recibir, atávica y educativamente, la influencia nacional judía. Esto es cierto sobre todo para los revolucionarios israelitas que vivieron en la primera mitad del siglo, de los que Heinrich Heine y Karl Marx nos ofrecen dos buenos modelos.
Heine, que se consideró en Francia como un alemán y a quien, en Alemania, se le reprochó ser francés, fue ante todo judío. Fue por ser judío que celebró a Napoleón y tuvo por el César el entusiasmo de los israelitas alemanes liberados por la voluntad imperial. Su ironía y su desencanto son semejantes al desencanto y la ironía del Eclesiastés. Tiene, como el Kohelet, el amor de la vida y de los goces terrenales y, antes de ser abatido por la enfermedad y el dolor, consideraba la muerte como el peor de los males. El misticismo de Heine viene del antiguo Job y la única filosofía que jamás lo atrajo realmente fue el panteísmo, la doctrina natural del judío metafísico que especula acerca de la unidad de Dios y la transforma en la unidad de sustancia. En fin, su sensualismo, este sensualismo triste y voluptuoso del Intermezzo, es puramente oriental, y se encontraría su origen en el Cantar de los Cantares.
Lo mismo pasa con Marx. Este descendiente de un linaje de rabinos y doctores heredó toda la fuerza lógica de sus antepasados. Fue un talmudista lúcido y claro, que no se detuvo en las minucias bobas de la práctica, un talmudista que hizo sociología y aplicó sus cualidades natas de exegeta a la crítica de la economía política. Estuvo animado por el viejo materialismo hebraico que soñó perpetuamente con un paraíso realizado en la tierra y siempre repelió la lejana y problemática esperanza de un edén después de la muerte. Pero no fue solamente un lógico: también fue un revoltoso, un agitador y un áspero polemista y tomó su don del sarcasmo y de la invectiva de donde Heine lo había tomado: en las fuentes judías.
Se podría también mostrar lo que Lassalle, Moses Hess y Robert Blum recibieron de su origen hebraico como Disraeli, y se tendría así la prueba de la persistencia, en los pensadores, del espíritu judío, de este espíritu judío que ya hemos señalado en Montaigne y Spinoza. Pero si los escritores, los científicos, los poetas, los filósofos y los sociólogos israelitas han conservado ese espíritu, ¿pasa lo mismo con esta masa que, actualmente, pasa al socialismo o a la anarquía? En eso hay que distinguir. De quienes hablo, esos judíos de Londres, de los Estados Unidos de América, de Holanda, de Alemania o de Australia, aceptan las doctrinas revolucionarias porque son proletarios, porque pertenecen a la clase actualmente en lucha contra el capital y, si se pasan a la revolución, lo hacen en virtud de las leyes sociales que los empujan. Así, no provocan la revolución: adhieren a ella; la siguen, y no la generan. Y, sin embargo, estos agrupamientos obreros, apartados de su antigua fe, lejos de toda religión y hasta de toda creencia, si bien ya no son judíos en el sentido religioso de la palabra, son judíos en su sentido nacional. Los de Londres y de los Estados Unidos, que abandonaron su país de origen, huyendo de Polonia y sobre todo de Rusia donde se los persigue, se han federado entre sí. Han formado grupos que se hacen representar en los congresos obreros con el nombre de "grupos de lengua judía". Hablan una jerga alemana mezclada con hebreo, y no sólo la hablan sino que publican sus periódicos de propaganda en este idioma y los imprimen con caracteres hebraicos. [25] Se nos objetará que, echados de su patria, al llegar a un país cuyo idioma ignoraban, fueron obligados a unirse y que siguieron con toda naturalidad empleando el hebreo-germano que les era familiar. Esta objeción es muy justa. Pero hay que observar que en otras regiones, por ejemplo en Holanda y Galitzia, los judíos obreros nacionales también forman asociaciones especiales. [26]
El judío, por lo tanto, toma parte en la revolución, y lo hace como judío, vale decir permaneciendo judío. ¿Es por eso que los conservadores cristianos son antisemitas? Esta aptitud revolucionaria de los judíos es una causa de antisemitismo? Digamos en primer lugar que la mayoría de los conservadores ignora esta acción histórica e ideológica del judío. Sólo es conocida, y muy aproximadamente, por teóricos y escritores antisemitas. Por ello la animosidad contra Israel no proviene del hecho de que ayudó a preparar el Terror, ni de que Menin liberó a Venecia y Marx organizó la Internacional. El antisemita – el antisemita conservador y cristiano – dice: "Si la sociedad contemporánea es tan diferente de la sociedad pre-revolucionaria, si la fe religiosa ha disminuido, si el régimen político se ha transformado y si el agiotismo, la especulación y el capital industrial, financiero y cosmopolita dominan en la actualidad, la culpa la tiene el judío".
Aquí, hay que precisar: el judío está desde hace siglos en las naciones que mueren a causa de él, según se afirma. ¿Por qué el veneno demoró tanto en obrar? Porque antes el judío estaba fuera de la sociedad y porque se lo mantenía cuidadosamente apartado. Tal es la contestación habitual. Desde que el judío ha entrado en las sociedades, ha sido perturbador y ha trabajado como un topo en la destrucción de los cimientos seculares sobre los cuales descansaban los Estados cristianos. Así se explican la decrepitud de los pueblos, su decadencia y su rebajamiento intelectual y moral: son como el cuerpo humano que padece una intoxicación por cuerpos extraños y en el cual la presencia de estos cuerpos provoca convulsiones y enfermedades. El judío actúa por su sola presencia, al modo de un solvente: destruye, perturba y provoca las más temibles reacciones. La introducción del judío en las naciones es funesta para estas naciones: mueren por haberlo acogido. Tal es el punto de vista simplista desde el cual los antisemitas conservadores encaran los cambios sociales. Para ellos, no hay variaciones económicas, ni transformación del capital, ni modificaciones de la conciencia humana; sólo hay dos cosas que ponen de relieve: antes había una sociedad floreciente y próspera, establecida en sólidos principios morales, políticos y religiosos, y hoy esta sociedad ha sacudido las antiguas concepciones éticas y ya no tiene las saludables y buenas ideas acerca de la autoridad y la jerarquía, necesarias para salvaguardar las asociaciones humanas.
Ahora bien: en la antigua sociedad, el judío no estaba admitido. Por el contrario, se lo acoge ampliamente en la segunda. Se ha visto en eso una relación de causa a efecto y se ha atribuido a los judíos la obra del tiempo: la obra de los innumerables esfuerzos que concurren a modificar cada nación.
Los antisemitas no se han limitado a esta acusación. El judío no es solamente un destructor, según afirman, sino también un constructor. Orgulloso, ambicioso y autoritario, busca dominarlo todo. No le basta descristianizar: judaíza. Destruye la fe católica o protestante y provoca la indiferencia, pero impone a quienes cuyas creencias arruina su propia concepción del mundo, de la moral y de la vida. Trabaja para su obra secular: el aniquilamiento de la religión de Cristo.
¿Los antisemitas cristianos tienen la razón o están equivotados? ¿El judío sigue siendo anticristiano con odio – digo "con odio", ya que es anticristiano por definición y por judío, como es antimusulmán y como se opone a todo lo que no es su principio – y ha conservado sus antiguos sentimientos? Los ha conservado en todos los lugares en los cuales, precisamente, está fuera de la sociedad y vive apartado: en los ghettos, bajo la conducción de sus doctores, que se unen a los gobiernos para impedirle ver la luz, en todas partes donde domina el Talmud: en este oriente de Europa donde impera todavía el antisemitismo legal. En la Europa occidental, donde el Talmud hoy en día se ignora y donde el heder judío ha sido reemplazado por la escuela, este odio ha desaparecido, en las mismas proporciones en que ha desaparecido el odio del cristiano por el judío. Pues no hay que olvidarlo: si se habla a menudo de la animosidad del judío para con el cristiano, se habla muy poco de la animosidad del cristiano para con el judío, animosidad ésta que sigue perdurando. El prejuicio o, mejor, los prejuicios contra los judíos no han desaparecido. Se cree todavía en el olor judío. Hasta un antisemita alemán declaró que Pío IX era judío y que él lo había reconocido al husmear la sandalia que le daba a besar. Algunos han conservado confusamente la creencia en las enfermedades especiales de los judíos y, al lado de una medicina antisemita que investiga las enfermedades judías, hay escritores que disertan gravemente sobre los tipos de las tribus judías. [27] Se reencuentran en los libros antisemitas todas las afirmaciones de los panfletos de la Edad Media, que ya el siglo XVII había retomado, afirmaciones éstas que corroboraron todavía creencias populares. Pero el prejuicio más vivaz, el que mejor simboliza el secular combate del judaísmo contra el cristianismo, es el prejuicio del homicidio ritual. El judío necesita sangre cristiana para celebrar su pascua, se dice todavía. ¿Cuál es el origen de esta acusación, que data del siglo XII? [28]
Se ve netamente cómo nació la idéntica acusación que los romanos hicieron a los primeros cristianos: provino de una concepción realista de la Cena: de una interpretación literal de las palabras consagradas sobre la carne y la sangre de Jesús. [29] ¿Pero cómo los judíos, cuyos libros mosaicos manifiestan horror a la sangre han podido padecer y siguen padeciendo las consecuencias de semejante creencias? El problema exigiría ser discutido a fondo. Habría que examinar las teorías de los que sostienen que los sacrificios humanos son de origen semítico, mientras que en realidad se los encuentra en todos los pueblos, en determinado nivel de civilización. [30]
Habría que mostrar, como lo hizo el señor Delitzch en Alemania, que ningún libro hebraico, talmúdico ni cabalístico contiene la prescripción del homicidio ritual, [31] lo que ya hizo Wagenseil. [32] Se probaría así y se ha probado que la religión judía no pide sangre, ¿Pero se habría probado así que jamás judío alguno vertió sangre? No, por cierto, y de seguro debió haber, durante la Edad Media, judíos homicidas, judíos que las vejaciones y las persecuciones llevaban a la venganza y al asesinato de sus perseguidores y hasta de sus niños. Sin embargo, esto no nos da la explicación de la leyenda popular. Nació, en un primer momento, de la idea muy difundida de que el judío estaba llevado fatalmente, cada año, a reproducir figurativamente el asesinato de Cristo. Es por eso que en las actas leyendarias de los niños mártires siempre se muestra a la víctima crucificada y sufriendo el suplicio de Jesús. Hasta se la representa a veces coronada de espinas y con el flanco abierto.
A esta creencia general se agregaron las prevenciones, a menudo justificadas, contra los judíos dedicados a prácticas mágicas. En la Edad Media, en efecto, el judío fue considerado por el pueblo como el mago por excelencia. En realidad, algunos judíos se entregaron a la magia. Se encuentran muchas fórmulas de exorcismo en el Talmud y la demonología talmúdica y cabalística es complicadísima. [33] Ahora bien: se sabe qué lugar ocupa siempre la sangre en las operaciones de hechicería. En la magia caldea, tuvo una importancia capital. En Persa, era redentora y liberaba a los que se sometían a las prácticas del Tauróbolo y del Krióbolo. [34] La Edad Media estuvo obsesionada por la sangre como lo estuvo por el oro. Para los alquimistas, la sangre era el vehículo de la luz astral. Los elementarios, decían los magos, se apoderan de la sangre para hacerse un cuerpo con ella, y es en este sentido que Paracelso dice que la sangre que pierden los hombres crea fantasmas y larvas. Se atribuía a la sangre, y sobre todo a la sangre virgen, virtudes inauditas: la sangre tenía el poder de curar, evocar y preservar. Podía servir para la búsqueda de la piedra filosofal, y para la composición de los filtros y encantamientos. [35] Ahora bien: es altamente probable, y hasta seguro, que judíos magos hayan inmolado a niños. De ahí la formación de la leyenda del sacrificio ritual. Se estableció una relación entre los actos aislados de algunos hechiceros y su carácter de judíos. Se declaró que la religión judía, que aprobaba la crucifixión de Cristo, recomendaba además vertir sangre cristiana y se buscaron obstinadamente textos talmúdicos y cabalísticos que pudieran justificar tales afirmaciones.
Ahora bien: esas búsquedas sólo obtuvieron resultados merced a falsas interpretaciones, como en la Edad Media, o falsificaciones semejantes a las recientes del Doctor Rohling que el señor Delitzch desmintió. [36] Por lo tanto, cualesquiera sean los hechos relatados, no pueden probar que, entre los judíos, el asesinato de los niños haya sido o sea todavía ritual, como tampoco los actos del Mariscal de Retz y de los sacerdotes sacrílegos que celebran la misa negra significan que la Iglesia recomiende en sus libros el homicidio ni los sacrificios humanos.
¿Existen aún, en los países orientales, algunas sectas que tengan tales costumbres? Es posible. [37] ¿Hay judíos que formen parte de semejantes asociaciones? Nada permite afirmarlo. Pero, de cualquier modo, el prejuicio general del homicidio ritual carece de fundamento. Sólo se puede atribuir los asesinatos de niños – hablo de los asesinatos probados, y son muy pocos [38] – a la venganza o a las preocupaciones de los magos, preocupaciones éstas que no son más especialmente judías que cristianas.
La persistencia de tales prejuicios es significativa, pues muestra que el viejo fermento de la desconfianza permanece en las almas contra los deicidas. Por cierto, el antisemita cristiano no cree que el judío con el que se codea diariamente – el judío moderno, el que ha abandonado sus costumbres seculares – se sirva de la sangre de nenitos en épocas fijas y para conseguir su salvación, pero sí cree que pertenece a una raza que, por odio al nombre de Cristo, ha recomendado esos sacrificios rituales, y declara fácilmente que, si bien el judío civilizado ha renunciado a tales costumbres abominables y anacrónicas, ha conservado sus sentimientos. No traspasa las hostias para recoger sangre, [39] pero sí ataca a Cristo en su iglesia, busca perpetuamente destruir la fe, siembra el desorden y perturba las mentes. ¿Qué parte de verdad hay en tales afirmaciones?
No se puede negar que el judío creyente tiene prevenciones contra los cristianos, pero también los cristianos tienen prevenciones contra él. Más aún: los católicos recelan de los protestantes, y recíprocamente. Ahora bien: precisamente, el judío creyente es un conservador. El señor Anatole Leroy-Beaulieu tuvo razón de decir: "¿Es el judío de Polonia, de Rusia o de Rumania el que les parece ser artículo de novedades? Mírenlo bien. ¿Es él – o sus semejantes – el que ha podido llevar al mundo moderno por nuevos caminos? ¿Es él de quien sospechamos de poner en peligro la civilización cristiana? ¡Desgraciado! Está demasiado envilecido para ello; es demasiado pobre, demasiado ignorante y demasiado indiferente ante nuestras querellas religiosas o políticas. Interróguenlo: no los entenderá. Pero esto no es todo: es demasiado tradicional y, en una palabra, demasiado conservador". [40] En nuestros países occidentales, el judío practicante testimonia también este conservadorismo. Está apegado a las leyes y normas de la sociedad. Sabe conciliar su judaísmo con un patriotismo – y hasta un chauvinismo – que a veces es excesivo y, como acabamos de verlo, es una minoría de judíos emancipados la que trabaja para la revolución. Estos judíos emancipados, si bien abandonaron sus creencias, no han podido, a pesar de ello, desaparecer en cuanto judíos. ¿Cómo, por lo demás, hubieran podido hacerlo? Convirtiéndose, claro, lo que algunos han hecho. Pero a la mayor parte le repugnó lo que no habría sido sino hipocresía, pues los judíos emancipados llegan rápidamente a la irreligión absoluta. Han seguido siendo, por lo tanto, judíos indiferentes. Sin embargo, todos esos revolucionarlos, en la primera mitad de este siglo, fueron educados a lo judío, y si bien se desjudaizaron, en el sentido de que ya no practicaron, siguieron siendo judíos en el sentido de que conservaron el espíritu de su nación.
Por no estar retenido por la fe de sus antepasados y por no tener ataduras con las viejas formas de una sociedad en medio de la cual había vivido como paria, el judío emancipado se ha convertido, en las colectividades modernas, en un buen fermento de revolución. Ahora bien: el judío emancipado se ha acercado apreciablemente al cristiano indiferente y, en lugar de considerar que dicho cristiano sólo se había aliado con el judío por haberse hecho irreligioso, los antisemitas conservadores creen que el judío, por su contacto, ha descristianizado a los cristianos que se le han acercado. Se culpa al judío por la desaparición de las creencias, pues el antisemita nunca distingue entre el judío practicante y el judío emancipado, el debilitamiento de la fe y el apagamiento de la religiosidad. Sin embargo, para cualquier observador imparcial, no es el judío el que está destruyendo el cristianismo. La religión cristiana desaparece como la religión judía y como todas las religiones, cuya lenta agonía estamos observando. Muere bajo los golpes de la razón y la ciencia. Muere del modo más natural, porque respondía a un período de civilización y que, cuanto más avancemos, tanto menos le corresponde. Perdemos cada día más el sentido y la necesidad de lo absurdo y, por lo tanto, la necesidad religiosa – sobre todo la necesidad práctica – y los que creen todavía en la divinidad ya no creen en la necesidad ni menos en la eficacia del culto.
¿Participó el judío en esta eclosión del espíritu moderno? Por cierto que sí. Pero no fue su creador ni su responsable y sólo aportó una pequeña piedra al edificio que construyeron los siglos. Suprimid ahora al judío: el catolicismo y el protestantismo no dejarán por ello de estar en decrepitud. Si el judío parece tener más importancia de lo que le corresponde, se debe a que, en la historia del liberalismo moderno en Alemania, Austria, Francia e Italia, ha desempeñado un gran papel, y a que el liberalismo ha avanzado a la par con el anticlericalismo. El judío, ciertamente, fue anticlerical. Fomentó el Kulturkampf en Alemania y aprobó las leyes Ferry [41] en Francia. Se ha creído, pues, que su liberalismo provenía de su anticristíanismo cuando lo contrario era lo cierto. Desde este punto de vista, es justo decir que los judíos liberales han descristianizado o, por lo menos, que han sido los aliados de los que fomentaron la descristianización, y para los antisemitas conservadores, descristianizar es desnacionalizar.
Hay en eso, de parte de los antisemitas, una confusión: confunden nación y Estado. El liberalismo anticlerical no desnacionaliza: mató al viejo Estado cristiano. Ahora bien: nuestro siglo habrá visto el último esfuerzo de este Estado cristiano para conservar la dominación. Esta concepción del Estado feudal, que estriba en la comunidad de las creencias y en la unidad de la fe, y de cuyas ventajas herejes e incrédulos no pueden participar, está en oposición con la noción del Estado neutral y laico, en la cual se fundaron la mayor parte de las sociedades contemporáneas. El antisemitismo representa una faceta de la lucha entre las dos formas de Estado de las que acabamos de hablar.
El judío es el testimonio viviente de la desaparición de este Estado que tenía en su base principios teológicos. Estado éste con cuya reconstitución sueñan los antisemitas. El día en que el judío ocupó una función civil, el Estado cristiano estuvo en peligro. Esto es exacto, y los antisemitas que dicen que los judíos han destruido la noción del Estado podrían decir más justamente que el ingreso de los judíos en la sociedad simbolizó la destrucción del Estado; del Estado cristiano, por supuesto. A los ojos de los conservadores, nada, en efecto, es tan significativo como la situación del judío en las colectividades modernas y, por una trasposición frecuente, de lo que no pasa de un efecto hacen una causa, porque este efecto, a su vez, actúa, es cierto, como causa.
Tales son, pues, resumidos, los motivos del antisemitismo político y religioso. En primer lugar, repugnancias y prejuicios atávicos fundamentales y luego, gracias a estos prejuicios, una concepción exagerada del papel que los judíos han desempeñado en la elaboración y el establecimiento de las sociedades contemporáneas, concepción ésta que hace de ellos los representantes del espíritu revolucionario frente al espíritu conservador – de la transformación frente a la tradición – y que, en esta época de transición, los hace responsables de la caída de las antiguas organizaciones y del descrédito de los antiguos principios.

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[1] )- El Talmud, por lo demás, está todo impregnado de racionalismo. El célebre pasaje relativo a la disputa entre Rabbi Eliezer y sus colegas lo atestigua. El milagro, se dice en él, "no basta para probar una verdad" (Talmud, Baba Mezia, 59).
[2] )- Münk, S., Mélanges de philosophie juive et arabe, París, 1859.
[3] )- Cap. VII.
[4] )- Münk, ob. citada.
[5] )- Poema del Descenso de San Pablo a los Infiernos, citado por Renan, Ernest, Averroes et l'averroisme.
[6] )- Renan, Ernest, Averroes et l'averroisme.
[7] )- Darmesteter, James, Coup d'oeil sur l’histoire du peuple juif, París, 1881.
[8] )- Para todo lo que concierne a Ibn Cebirol (Avicebrón), su papel en la filosofía de la Edad Media y, sobre todo, en las discusiones entre tomistas y escotistas, leer los estudios de Münk en los Mélanges de philosophie juive et arabe, y de Hauréau, Histoire de la philosophie scolastique (París, 1872-1880).
[9] )- Cougenot des Mousseaux, Le Juif, le judaisme et la judaisatión des peuples chrétiens, p. XXV.
[10] )- Burckhart, J., La civilisation en Italie au temps de la Renaissance (París, 1885).
[11] )- Sobre Spinoza y el ateísmo, leer la Vie de Spinoza, de Colerus, que fue uno de sus adversarios, y, entre las numerosas obras publicadas contra Spinoza y el ateísmo en el siglo XVII, ver el De tribus impostoribus, de Kortholt, donde revive la leyenda del averroísmo; ver también el tratado del Doctor Musaeus, profesor de teología de Jena, "hombre de gran genio", dice el bueno de Colerus, que "Spinoza pestilentium foetum acutissis, queis solet telis confodit. Se conocen también las caricaturas diabólicas de Spinoza, que se publicaron con esta leyenda. "Signum reprobationis in vultu gerens".
[12] )- Goethe, Memorias, libro XVI; Anales, 1811.
[13] )- Véase cap. VII; Wolf, Bibl. Hebr., t. IV, p. 639.
[14] )- Espero mostrarlo mejor todavía en mi Histoire économique des Juifs, de la que el papel de los judíos en la revolución no formará sino una parte. N. del T.: Esta obra nunca fue publicada.
[15] )- Gougenot des Mousseaux:  ob. citada.
[16] )- Matter, M., Saint-Martin et le philosophe inconnu, París, 1862.
[17] )- A menudo se ha afirmado que Cagliostro era judío, pero sin aportar en respaldo de tal afirmación pruebas serias.
[18] )- Véase Campardon, Emile, Le Tribunal révolutionnaire de Paris, París, 1866, Procés instruit et jugé au tribunal révolutionnaire contre Hébert et consorts (1-4 de Germinal), París, año II, Khan; León, Les Juifs à Paris, París, 1889.
[19] )- Capefigue, Histoire des grandes opérations financiéres, Toussenel, Les Juifs rois de l'Epoque.
[20] )- Crétineau-Joly, Histoire du Sonderbund, París, 1850, p. 195,
[21] )- Además de Marx y de Cohen, se puede citar a Neumayer, secretario de la Oficina de Correspondencia de Austria; Fribourg, que fue uno de los directores de la Federación Parisiense de la Internacional, la que también formaron parte Losb, Haltmayer, Lazare y Armand Lévi; León Frankel, que dirigió la sección alemana en París; Cohen, que fue delegado de la asociación de los cigarreros en Londres en el Congreso de la Internacional realizado en Bruselas en 1868; Ph. Coenen, que fue, en ese mismo Congreso, delegado de la sección de Amberes de la Internacional, etc. Véase Testut, O., L'Internationale, París, 1871, y L'Internationale au ban de l'Europe, París, 1871-72, Fribourg, L'association internationale des travaílleurs, París, 1891.
[22] )- Entre otros, Fribourg y Frankel, León.
[23] )- Hay aún cuatro diputados socialdemócratas judíos en el Reichstag alemán; y entre los jóvenes socialistas, colectivistas y comunistas anarquistas se cuentan numerosos judíos. Citemos también entre los reformadores austríacos al doctor Hertzka, promotor de la colonia de Freiland, ensayo de organización social. Véase Un voyage à terre libre, por Theodor Hertzka (París, León Chailley, editor).
[24] )- En abril de 1891, los israelitas revolucionarios de Londres festejaron el cumpleaños de su club de Berner Street. "Desde hace siete años, declaró el orador que trazó la historia del movimiento social judío, los revolucionarios judíos han aparecido y, dondequiera haya judíos, en Londres, en América, en Australia, en Polonia y en Rusia, hay judíos revoltosos y anarquistas" (al hablar de siete años, quiere sobre todo referirse al ingreso de los proletarios judíos en el movimiento revolucionario).
[25] )- En Londres se publica uno de esos periódicos: Der Arbeiter Freund; en Nueva York, se publican dos, uno de ellos diario: Die Arbeiter Zeitung, y el otro semanario:Freie Arbeiter Stimme, sin hablar de una revista mensual, Die Zukunft. Estos periódicos y revistas son o bien socialistas, o bien comunistas anarquistas.
[26] )- Los socialistas judíos de Holanda publican un periódico cuyo título es: Ons Blad, órgano de los socialistas israelitas. Los obreros socialistas judíos de Galitzia publican en Lemberg un periódico escrito en caracteres hebraicos y en jerga hebreo-germana: La Verdad.
[27] )- El señor Edouard Drumont, por ejemplo, en La France juive, t. I, p. 34-35. Para mayor belleza de su demostración, el señor Drumont hasta imaginó una nueva tribu, de la cual es el primero en hablar: la tribu de Jacobo, y determina sin vacilación sus características, aunque, dice, "en el estado actual de esta ciencia embrionaria, no se puede formular ninguna regla precisa". Lo creo sin duda alguna.
[28] )- Fue en Blois, en 1171, que por primera vez los judíos fueron acusados de haber crucificado a un niño en oportunidad de su fiesta de Pascua. El Conde Théobald de Chartres, después de haber sometido al acusador de los judíos a la prueba del agua, prueba ésta que le fue favorable, hizo quemar, como culpables, a treinta y cuatro judíos y diecisiete judías.
[29] )- Los mandeanos acusaban a los cristianos de amasar sus hostias con la sangre de un niño judío, y los chinos afirman que los misioneros católicos degüellan a sus niños y hacen filtros con sus corazones. Algunos motines, en China, no tuvieron otras causas.
[30] )- Jefté, que sacrifica a su hija, corresponde a Agamemnón que mata a la suya en los altares. A los holocaustos molochistas responden los holocaustos bíblicos. Esta idea bárbara del sacrificio del individuo a la divinidad o a la colectividad se encuentra en todas partes. Ha llegado a su apogeo con la religión cristiana que es la religión del perpetuo sacrificio sangriento, en el cual el toro y el carnero de los sacrificios mitraicos son reemplazados por la víctima humana que muere sin cesar, mientras que se comulga con su carne y su sangre, último vestigio simbólico del canibalismo religioso. La teoría del sacrificio es aún poderosa en la ideología moral y social. Sería interesante estudiarla como vestigio de las antiguas prácticas.
[31] )- La superstition du sang dans l’humanité et les rites sanguinaires, por el Doctor Hermann L, Strack, doctor en teología y en filosofía, profesor extraordinario de teología protestante en Berlin, Munich, 1892, Delitzch, F., Echec et mat aux menteurs Rohling et Justus, Erlangen, 1883.
[32] )- Wagenseil, Benachrichtigung wegen einiger Juden Schaft angehend vicht Sachen, Altdorf, 1707. La segunda memoria de este libro tiene como título: Judaeos non uti sanguine christiano. Tiene tanta más importancia cuanto que Wagenseil es extremadamente hostil para con los judíos, cuyos libros de polémica publicó en sus Tela ignea Satanae.
[33] )- Los ejemplos de judíos magos y astrólogos son numerosísimos. Ya en los primeros años de su estada en Roma decían la buena ventura cerca de la puerta Capena. En la leyenda de San León el Taumaturgo y Heliodoro, es un célebre mago judío el que instruye a Heliodoro. Sedechias, el médico judío del emperador Luis, volaba en el aire, según se decía. Yechiel de París tenía gran fama por el poder de sus encantamientos. Numerosos judíos fueron astrólogos de los príncipes. En el siglo XVI todavía, el judío Helias fue astrólogo del último Visconti. Los judíos y los sarracenos de Salamanca se dedicaron mucho a la magia y fue por ellos que los libros mágicos se difundieron. Lo mismo en Toledo. En el ghetto de Roma, hasta el siglo XVIII, los judíos vendían amuletos y filtros. Por ello Trithéme cuenta que un judío se transformaba en lobo y Lancre asimila los judíos a los hechiceros. La leyenda de Simón el Mago tampoco es extraña a esta idea de que todos los judíos son magos.
[34] )- Era creencia griega que las larvas exigían sangre para manifestarse. Se conoce el modo cómo Ulises evocó a Tiresias (Odisea: Rapsodia XI) sacrificando a víctimas cuya sangre las sombras venían a beber. Asimismo, Cicerón acusa a Vatinio de degollar a niños para atraer los manes con su sangre. También entre los celtas la sangre desempeñaba un gran papel. Cuando Wortiger, rey de los bretones, por consejo de los druidas, quiso construir en el país de Gales una fortaleza para defenderse contra los ingleses y los sajones, Merlín regó los cimientos del edificio con la sangre de un niño.
[35] )- Basta recordar el proceso del Mariscal de Retz, y el del mariscal no fue un caso aislado. Hasta el siglo XVIII se celebraron aún misas negras en las cuales se sacrificaban niños. En cuanto al poder terapéutico de la sangre, se creyó en él durante largo tiempo. ¿Luis IX no fue acusado por el rumor popular de tomar baños de sangre?
[36] )- Delitzch, F., ob. citada.
[37] )- En 1814 se fundó en Baviera una secta cristiana llamada "Hermanos y hermanas en plegaria", cuyos adeptos sacrificaban hombres a Dios. El fundador de esta secta se llamaba Poeschl. Asimismo, en Suiza, en 1815, un tal Joseph Ganz fundó una asociación parecida, a la cual dio el mismo nombre y cuyos miembros practicaban los mismos ritos.
[38] )- Véase el informe de Canganelli, más adelante Papa con el nombre de Clemente XIV, informe éste que concluye evaluando como falsedad las acusaciones lanzadas contra los judíos, después de haber controlado los casos de homicidio ritual en que se culpaba a los judíos. (Revue des Etudes Juives, abril-junio de 1889). Hay que notar, por lo demás, que los cuerpos de niños que habían servido a operaciones mágicas no se encontraban nunca y que los hechiceros los incineraban prudentemente.
[39] )- La frecuencia de las leyendas sobre hostias sangrientas muestra hasta qué punto la Edad Media fue materialista, aun cuando producía los místicos más sutiles. En cuanto a los judíos acusados de recoger sangre de hostias, la acusación es absurda, pues nunca el judío creyó en la presencia de Cristo en la hostia. Si hubiera creído en ella, probablemente se habría convertido. Hasta esto era lo que habitualmente sucedía.
[40] )- Leroy-Beaulíeu, Anatole, Israel chez les nations, París, 1893, p. 72 y siguientes.
[41] )- Leyes que establecieron la enseñanza laica en las escuelas primarias (N. del T.)