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jueves, 21 de noviembre de 2013

RELATOS DE VERANO


El volcán y su volcana

Realmente ni ella ni yo sabíamos a dónde íbamos. A las niñas no se les dan tantas explicaciones, se les dan sus besos. Lo que si nos ofrecían era un país nuevo, distinto, en que no éramos más que unas cochinas extranjeras. 'Lárguense a su tierra' -nos decían en la calle. Cuando mamá salía, subíamos a la azotea a rezar por los que se habían quedado en la guerra. Entonces las mujeres que descolgaban la ropa del tendedero porque iba a caer la noche nos decían: 'Pinches fuereñas ¿qué hacen aquí chupándole la sangre a nuestro país?'.
Sin embargo, ni ella ni yo nos sentíamos forasteras a pesar de que nos consideraban gabachas. 'Miren, las metecas ésas comen chile. Ahora segurito se van a zampar un mole de Oaxaca'. Al contrario, queríamos pertenecer, lo deseábamos con desesperación pero no nos dábamos cuenta de la gravedad de nuestra angustia hasta que en una pollería vimos un calendario lascivo de Jesús Helguera en glorioso technicolor: los dos volcanes que presiden la vida del valle de México.
Ixtacihualt murió, quizá porque su padre prefirió matarla a entregarla en premio. 'Has ganado, pero de mi hija sólo puedo darte el cadáver'
A las ancianas las adornamos con alacranes, arañas, tarántulas, víboras, pirañas, murciélagos y otras sabandijas porque en eso termina la vida
Quisimos entrar al volcán para volvernos mexicanas y lo que descubrimos fue una manera distinta de pertenecer. Volcán nos abrazó
La sabiduría de Juan Cruz había surgido de su contacto con los espacios siderales y le permitía no sólo analizar, sino prever los fenómenos atmosféricos
No pasó un día sin que sintiéramos que revivíamos la historia de los primeros amantes que enseñorean con su grandeza el Valle de México
Emocionadas, escuchamos al pollero contarnos la historia de un cacique traicionado que emprendió una guerra a muerte contra el emperador azteca y para ello buscó al Popocatepetl. Él le dijo que sí, a cambio de la Ixtacihuatl, su hija, a quién amó desde que la vio por primera vez. Ixtacihuatl murió, quizá porque su padre prefirió matarla a entregarla en premio. 'Has ganado pero de mi hija sólo puedo darte el cadáver'. Popocatepetl tomó a la princesa en sus brazos y la llevó hasta la cima nevada. Allí tendió el cuerpo de la amada, cruzó sus brazos sobre su pecho como se les hace a todos los muertos y encorvado bajo el peso de su tragedia se arrodilló a su lado. Dobló la cabeza y la veló la noche entera. A la mañana siguiente ya no eran hombre y mujer sino volcán y volcana. Él era capaz de estallar, ella dormiría de aquí a la eternidad.
El pollero entró en éxtasis al contar la leyenda y nosotras decidimos reencarnarla. 'Tú vas a ser mi volcana' -le dije a ella. 'Vamos a demostrarles a estos señores que no somos despreciables por venir de fuera'. Para conseguirlo, fuimos al corazón de volcán a preguntarle si teníamos vocación de montañas. Como respuesta volcán nos abrió la mente. Nos hizo entender que si de algo somos es de la tierra, que el mar se desborda, cubre todo el planeta y se tiende por igual ante todas las ventanas pero que los volcanes son la única posibilidad de desahogo de la tierra, a través de ellos suspira y tiene sus catársis.
Después ya no fuimos las mismas. Comprendimos que no pertenecíamos al país de donde habíamos venido ni tampoco a éste. Quisimos entrar al volcán para volvernos mexicanas y lo que descubrimos fue una manera distinta de pertenecer. Volcán nos abrazó: 'Ustedes son mías como yo soy de la tierra'. Bajamos al pueblo alucinadas y con un único deseo: volvernos montañas.
¿Cómo se vuelve uno montaña? Desde luego no es cosa de un día para el otro y hay que ensimismarse; ir cubriéndose de capas sucesivas, de hojas vivas, de tierra mojada, asentarse sobre el suelo con calma y esperar a que el traje terrestre se adhiera al alma y no resbale o lo deslaven las altas nieves. Los atardeceres ayudan porque el tiempo se detiene, se va aquietando y entonces es más fácil ordenar las ideas. Durante el sueño cada piso de piedra va subiendo y entonces uno crece hacia arriba.
-Necesitamos un tiempero -me dijo ella.
A los tiemperos, las volcaneras, los chamanes y los graniceros, los volcanes se les revelan en sueños y les piden lo que quieren; que sahumerio, que flores blancas, que banquete espiritual. Los tiemperos saben cuáles deben ser las alabanzas, de qué tamaño la cruz de ocote, dónde están las cuevas y los ríos subterráneos. Fuimos a Chalco y a Cholula, a Atlixco y a Tlamacas y ya cuando estábamos desalentadas de tanto rechazo y tanta desconfianza, apareció Juan Cruz. Era un tiempero, un conocedor del tiempo, un granicero que se comunicaba con las nubes y les hablaba de tú. Vivía al compás de la Vía Láctea y seguía los acontecimientos del mundo desde lo alto. La sabiduría de Juan Cruz había surgido de su contacto con los espacios siderales y le permitía no sólo analizar sino prever los fenómenos atmosféricos. Con sólo ver el horizonte, sentenciaba: 'Va a llover' y se desataba la tormenta. 'La naturaleza es mi familia, con ella me casé y en ella quiero morir' -nos dijo y a partir de ése momento ella no dejó de consultarlo.
Juan Cruz me hizo sufrir porque estoy segura de que se enamoró de ella. Desde el primer momento, en su jacal le dirigió sus respuestas a ella, la miró a ella, la escuchó a ella. Yo era un estorbo a pesar de que el me convirtió en la cargadora y cuando salíamos a buscar las mazorcas del maíz más tierno, los hongos, las raíces, las flores felices, el me las ponía en los brazos porque era la más fuerte. Ellos dos se correteaban en la milpa, retozaban, yo nunca pude desaparecer y los seguía cargada con lo que iba a ser la ofrenda. Oía sus risas entre las varas altas y una vez los caché tirados en el musgo ella boca arriba y él encima de ella riéndole en la cara. Solté la ofrenda. Ninguno de los dos se inmutó al verme, siguieron riendo, como que iban a meterse uno dentro del otro y la verdad a ella nunca la había visto más entregada. A él, habría podido yo matarlo.
Fueron muchos los preparativos, conocimos la vida de los pueblos que se apelotonan en la falda de los volcanes y nos unimos a las ofrendas de los graniceros y tiemperos. Juan Cruz, el más alerta de todos los campesinos nos advirtió que el Popocatepetl, monte alto que humea, tiene mal genio y es bien rencoroso. A veces amanece enojado y se sacude a aquellos que se le suben encima. Soplan vientos amargos, giran las borrascas de nieve sobre las cordilleras ásperas y se vienen abajo los alpinistas como moscas y él mismo los sepulta en las grietas de su enorme cuerpo. Cuando Juan Cruz decía eso si me miraba a los ojos como enviándome al abismo. El ya me había condenado.
Acostumbradas a la nieve y al frío de los largos inviernos europeos, supimos abrirnos paso en la neblina, llegar hasta su punta, acariciarla una y otra vez, rendirle el tributo de nuestro ascenso y dejarle la ofrenda que preparamos con cuidado: maíz negro, cempasuchitl, piloncillo, tortillas, cacahuate, fruta en una cazuela de barro nuevecita, pescados con agua para llamar a la lluvia, mole de camarón que también atrae a la lluvia y la hace interminable, una botella de aguardiente así como cigarros Alas y cuatro cervezas a los puntos cardinales, todo ello acomodado sobre un mantel bordado más blanco que la nieve.
Era un hombre extraño ése Juan Cruz y no nos soltaba ni a sol ni a sombra. Por mí lo habría mandado al carajo o me habría medido con él pero ella amanecía pronunciando su nombre. 'Hay que preguntarle a Juan Cruz'. 'No podemos lanzarnos si no le decimos a Juan Cruz'. 'Juan Cruz me dijo que él nos acompañaría'. Alguna vez aventuré que lo dejáramos, que ya no lo aguantaba y ella me miró con estupor. 'Nos va a caer la maldición'. '¿Cuál maldición?'. 'La de la montaña'.
Juan Cruz fue quién nos dijo que si queríamos pertenecer diéramos funciones de El volcán y su volcana de pueblo en pueblo. Con ésa obra, siempre seríamos bien recibidas. Ella aplaudió y de sus manos salían mil relámpagos cristalinos. Entonces me dio miedo. ¿Sería que los graniceros le habían pasado sus poderes?
De nuestras representaciones la que más gustaba era la de los dos campesinos -ella y yo, con nuestros sarapes- que llegaban a la capital y preguntaban sorprendidos: 'Pues ¿dónde están los volcanes? ¿Qué ya se los llevaron?'. Era una obra ecológica un poco ingenua. Denunciábamos la contaminación. Nuestros personajes creían que los volcanes habían salido de viaje o los habían escondido a propósito para castigarlos porque sus ofrendas no habían sido suficientes. Para ellos, los volcanes eran personas que no siempre están en su lugar. A veces salen y se visitan unos a otros, van a saludar al Pico de Orizaba, al Nevado de Toluca, al Ajusco, al Paricutín, a la Malinche y hasta el cerro del Chapulín que es un montoncito de nada. Cuando yo veía entre el público a algún extranjero, a algún gringo despistado, viajaba aún más lejos -el Popo que era yo y la Ixta que era ella- y la tomaba de la mano para ir a saludar al Etna, al Vesuvio, abrazar a los Pirineos y las dos regresábamos encorvadas por el peso de ese gran vuelo, teníamos el mal de montaña y todos aplaudían con emoción. Juan Cruz sólo asistía de vez en cuando a las funciones pero nos controlaba a través de ella. Se alejaba sólo para darse a desear. Ella preguntaba a otros tiemperos si lo habían visto, cómo estaba, qué les había dicho. '¿Mencionó mi nombre?' y al hacer esa pregunta se le hacía en el rostro un rictus de dolor que a mí me lastimaba.
También, por consejos de Juan Cuz, hicimos tareas propias de nuestro sexo. 'No olviden que son mujeres' y bordamos manteles con flores, fundas de almohadas, sábanas blancas y pañuelos de llorar. Blusas, faldas, tapados, cinchos. Estrellas y flores en forma de astros para las señoritas que éramos, cempasuchiles amarillos y encendidos como el sol a mediodía para exaltar la fértil madurez de las casadas, estrellas rojas para las viudas que así alertan al caminante. Con hilos verdes morados y negros cubrimos el cuerpo de las mujeres de la calle y a las solteronas les pusimos muchos pájaros deseando que las picaran hasta encontrar su agujerito. Hicimos alguna aportación novedosa al añadir letras sueltas sin significado en medio de los pájaros porque llegamos a la conclusión de que las solteras como mujeres no sirvieron para nada. A las ancianas, las adornamos como nos orientó Juan Cruz, con alacranes, arañas, tarántulas, víboras, pirañas, murciélagos y otras sabandijas porque en eso termina la vida.
No pasó un día sin que sintiéramos que revivíamos la historia de los primeros amantes que enseñorean con su grandeza el Valle de México. Una dormía y la otra contemplaba, una pasaba la noche en vigilia y la otra soñaba la historia universal. Nosotras dos éramos como el cerebro del delfín, uno de cuyos hemisferios siempre está despierto. Decidimos representar la leyenda frente a públicos de diversa índole y nos hicimos llamar La Popo y el Ixta. En medio de las risas nos atrevímos a llamar amor a lo que nos unía.
Ixta era la que contaba la leyenda. Cerraba los ojos y acostada en el suelo empezaba a relatar un sueño que a todos fascinaba. Era la mujer blanca y su blancura se extendía hasta los oyentes que se apretaban en torno a ella porque no querían perder una sola palabra. Arrodillada a su lado, también yo escuchaba en medio del silencio. Era un silencio extraño, no de calma sino de expectación. Todos esperaban que sucediera algo y yo también pero no sabía qué. La quietud de mi compañera más que inspirar paz, era presagio de guerra.
Descalza, daba una impresión general de descuido. Un halo de luz incandescente rodeaba sus facciones, su cabello largo y enmarañado, sus manos, de uñas no muy limpias que instintivamente cruzaba sobre su pecho quizá para contener la emoción de su voz, la intención de sus palabras. Era fina, delicada y sin embargo tuve un leve sentimiento del que después me arrepentí: de repugnancia ante su belleza. En cambio mis facciones son demasiado marcadas para poder considerarme hermosa. A lo único que podría yo aspirar es a la fuerza. 'Tiene carácter'- me otorgarían o a lo más me harían el favor de considerarme expresiva.
Una noche después de la representación en una generosa cantina que ostentaba el nombre de 'Salón para familias', a ella le dijeron 'exótica' (claro, por extranjera) y entonces, para reivindicarnos, se puso a bailar mejor que cualquiera de las profesionales. Cuando la vi a la mitad del escenario, con su cuerpo que iba cubriéndose de sudor y su pelo deshecho me lancé sobre ella y por primera vez, frente a un público estupefacto, juntamos nuestras bocas. Redimimos a la leyenda. ¿Cuál mujer muerta ni que ocho cuartos? ¿Cuál hombre encorvado bajo el peso de su tragedia? Éramos un par de mujeres prendidas, despiertas, ganosas, calientes, cachondas y muy chéveres. El público, cómplice, aplaudía nuestro amor, y todo era miel sobre hojuelas porque nos veían como diosas venidas de lejos para abrirles las puertas de la percepción.
* * *
De pronto, en pleno baile se apareció el mismísimo demonio con el nombre de Juan Cruz. Nos separó. Sacó una soga de la bolsa de su saco de gamuza y la puso en torno al cuello de Ixta. La jaló y la arrastró con tanta fuerza que la mató.
-¡Has asesinado a nuestra soñadora inmóvil! -gritó la multitud mientras se abalanzaba contra él.
Aunque era ágil e intentó escapar, los golpes lo dejaron sin resuello como a los gallos de pelea. Clavó el pico y perdió la cresta. Yo me arrodillé junto al cadáver de mi amada y allí me quedé como una piedra.
Sola, descubrí que no había entendido sino muy poco de los signos del volcán. Ahora que estaba completamente sola, comprobé lo que tanto temía: Juan Cruz era el volcán. Devoraba a sus victimas y desde un principio puso sus ojos y sus incendios en ella. Condenado a darle vida al Popo y a la Ixta, no podía sino renovar la leyenda. Por eso supo que ella había venido a México a morir y que a él le tocaría encenizarla. El volcán ya no podía retener su lava y tenía que dejarla correr. Así como estallaban sus fuegos interiores, así como aventaba piedras, así destrozaba vidas reviviendo una y otra vez el nacimiento del universo. Pero esto lo sé hasta hoy que cuento la historia, o, debería decir, que la historia quiere salir del fondo del cráter y ser contada por mí.

Elena Poniatowska

Nació en París el 19 de mayo de 1932. Desde 1942 vive en México. Periodista, escritora, defensora de causas sociales, Poniatowska es una de las intelectuales más activas de México. Cronista del terremoto del 85 y del conflicto de Chiapas, sigue compaginando su labor periodística con la literaria. Es doctora 'honoris causa' por las universidades de Sinaloa, Toluca, Columbia (Nueva York), Florida (Miami) y Manhattan (Nueva York). Ha obtenido el Premio Alfaguara 2001 por 'La piel del cielo'.

Las siete palabras de Tito


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La muerte de Tito Monterroso, autor de la fábula del siglo XXI, es la desaparición del ingenio, de la capacidad de síntesis, de la brevedad. Sobre su féretro alguien puso un dinosaurio de juguete en homenaje al cuento más corto del universo, Siete palabras: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". Su prosa impecable y al mismo tiempo cálida nos hacía pensar.
Sentarse junto a él en una comida era una delicia y todos lo buscábamos por su infalibilidad, ya que Augusto Monterroso podía levantar los ánimos con una sola frase. Era gracioso y profundo a la vez. Estilista hasta en las anécdotas que contaba, todas sus historias tenían finalmente una moraleja. Para conocerlo mejor habría que leer el libro de su mujer durante más de 30 años, Bárbara Jacobs, quien escribió en 1995 Vida con mi amigo. Bárbara y Tito jamás se separaron. Sentados el uno al lado del otro, tomados de la mano, iban por la vida apoyándose y la suya es una historia de amor y una hermosa aventura literaria.
Siempre mordaz y siempre diamantino -como diría Ramón López Velarde-, cuando recibió el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias dijo en la ciudad de Guatemala en 1997: "Alguna vez me atreví a decir, y lo dije con toda sinceridad, que mi máxima aspiración como escritor estribaba en ocupar algún día media página de un libro de escuela de mi país. No sé por qué, y perdónenme, pero con esto siento que lo voy logrando...". También declaró en otra ocasión: "No creo haber escrito nada, ni una sola línea, que no nazca del sentimiento, principalmente el de la compasión. La inteligencia no me interesa mucho. El hombre, tan fallido en su capacidad organizativa, en su capacidad de comprensión, me da lástima, yo me doy lástima. Pero siento que hay que ocultarlo y por eso muchos de mis personajes están disfrazados de moscas, perros, jirafas o simples aspirantes a escritores. ¿Qué he hecho para que mis dos o tres lectores supongan que pretendo ser intelectual y que he dedicado mi vida a burlarme de ellos o de los demás cuando en realidad lo que me producen es una profunda simpatía y los amo?".
Sí, Tito supo amar. Exacto en su palabra, Monterroso nació clásico. Su risueña cortesía lo volvieron indispensable y la obra completa de toda su vida cabe en un solo volumen: La oveja negra y otros cuentos, Lo demás es silencio, Movimiento perpetuo, Viaje al centro de la fábula, La letra e, Los buscadores de oro, entre otros.
Por lo que a mí se refiere, el legado de su finura, su buen gusto y su inteligencia me acompañarán hasta el día de mi muerte.

Una obra maestra

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A Buñuel le gustaban las ratas. Cuando fuimos juntos a la cárcel preventiva de la Ciudad de México, conocida como el negro Palacio de Lecumberri en 1959, el director de la cárcel lo recibió con honores y nos enseñó el campo deportivo donde los presos además de jugar fútbol podían asolearse. De pronto Luis se inclinó sobre unas huellas en el polvo del gran campo deportivo.
-¿Serán de ratas?
Alguien comentó que además de ratas humanas había ratas de verdad. Buñuel se acuclilló:
-Claro que son de ratas.
Sonrieron sus grandes ojos saltones.
-¿Hay muchas ratas?
-Faltan las políticas. Ésas siempre se escapan.
-Las que deberían estar aquí están allá afuera -se solidarizó Buñuel.
Después de las huellas de ratas fuimos a la crujía de los homosexuales, que curiosamente se llamaba la J, de los jotos, un galerón inmenso que según Luis olía a semen. A los presos, ese día, los habían obligado a ponerse el uniforme azul marino y la gorra cuartelera. En la vida diaria, los dejaban usar sus blusas escotadas, sus brassieres, sus collares. A uno que no quiso quitarse el maquillaje le tallaron la cara con un ladrillo. A otro que se negó a hacer "fajina" (la limpieza) lo apandaron, metieron en una diminuta cárcel dentro de la cárcel, un estrecho cubículo tras de cuyos barrotes se asomaba su pobre cara. "Hay que hacer fajina, hombre" -le dijo Buñuel- "¿qué es un poco de fajina al lado de este castigo?". Se preocupó mucho, se le acabaron los cigarros. "¿Por qué no me dijiste, Elena, que todos fumaban para traer cajetillas?".
Hacía todo con regularidad. Dormir a la hora, comer a la hora, salir a la hora, odiaba la impuntualidad
Ya en libertad, Buñuel acostumbraba pedir que atravesáramos la calle de Felix Cuevas para ir a una tienda llamada De Todo casi frente a su casa de Privada de Felix Cuevas 27. Íbamos a pie y para cruzar me tomaba del brazo. En unas jaulas blancas vendían unos ratones-hamsters también blancos con el borde de los ojos color de rosa. Allí permanecíamos horas. "Tu a veces pareces hamster" -me decía-. Los hamsters nos miraban con sus ojos bulbosos y Luis les sonreía. "También a ti te sonrío" -me consolaba-.
Alguna vez comimos, (nunca cenamos porque Luis se acostaba a las 7.30 de la noche) alguna vez caminamos. Jeanne sacaba al perro todas las tardes "para que no cague en la casa". (En México no son tan quisquillosos como en París donde los dueños tienen la obligación de recoger la mierda de sus canes). Algún mediodía con Janet Alcoriza que era una gran conversadora, Luis abrió su refrigerador que cerraba con cadena y candado porque allí tenía el gin carísimo con el que hacía el mejor martíni del continente, ¡que va, el mejor martíni del universo!
Buñuel hacía todo con regularidad. Dormir a la hora, comer a la hora, salir a la hora, odiaba la impuntualidad. La rutina lo tranquilizaba; ver las mismas caras, también. Julio Alejandro, su gran amigo, Janet y Luis Alcoriza, Oscar Danciger y le caía en gracia cómo se peinaba Gustavo Alatriste, pelito por pelito, uno tras otro, con mucho cuidado "porque se está quedando calvo". El orden era una de sus reglas de vida, "todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar" es un dicho mexicano que se le hizo lema de vida. Tenía su colección de armas en perfecto orden y abrir uno de sus cajones era un deleite porque sus alicates, pinzas, limas y otras herramientas se alineaban como soldados listos para el desfile.
-No quiero ver tu colección, no me gustan las armas.
-Ya tengo muy pocas, llegué a tener 65 revólveres.
-Es maniático -terciaba Jeanne, sonriente. ¿Viste la película Él con Arturo de Córdova? Bueno, pues ése es Luis.
-Tú, ocúpate del déjeuner.
Como Jeanne era francesa, Luis decía a veces palabras en francés. Comíamos temprano. Invitaba siempre a Julio Alejandro, y en alguna ocasión a Octavio Paz, a Carlos Fuentes, a Manolo Barbachano, un banquete, paella, vinos franceses. Muchos lo admiraban y lo querían pero él era un solitario, salvo al medio día, a la hora del martíni, en que le caían Max Aub, José de la Colina, Alberto Gironella y otros amigos. A él lo invitaba Gabriel Figueroa a su bella casa de Alberto Zamora en Coyoacán y de inmediato Buñuel organizaba algún juego en el jardín. (A lo mejor de allí sacó su película: La muerte en el jardín). Jugar le divertía mucho más que faire la conversation. Manolo Fontanals que era sordo como él lo hacía reír cuando Buñuel le preguntaba:
-¿Oíste lo que te contó la mujer a tu izquierda en la mesa?
-No, pero estoy seguro de que no me perdí de nada.
A Buñuel si le angustiaba un poco no oír porque lo repetía constantemente:
-No oigo, no oigo.
Había que consolarlo:
-Nadie dijo nada memorable.
-¿Estás segura?
Al final de su vida a quién más veía era al padre Julián sacerdote dominico. Fue tan fuerte y tan profunda la relación entre Buñuel y el padre Julián que ahora las cenizas del ateo Buñuel reposan bajo el altar de la iglesia dominica adherida a la Universidad (la más grande de toda América Latina, 277 mil alumnos) y los 365 días del año, en varios momentos del amanecer y del crepúsculo, los sacerdotes dicen misa encima de sus cenizas.
Buñuel toma la navaja. Es una larga navaja para afeitar. Una mujer de ojos muy abiertos mira sin pestañear cómo el arma avanza hacia su ojo izquierdo. La hoja de la navaja lo revienta. Todos los espectadores gritan. En 1929, el escándalo es mayor.
Buñuel ha abierto un nuevo ojo al cine en el mundo, Buñuel expande su visión al rebanar el ojo. Sin soltar la navaja barbera, Buñuel sale al balcón y sobre un cielo negro, al que antes cruzaba una nube, brilla una hermosa luna llena, una luna nueva, una nueva forma de ver, un mundo recién nacido, el inicio de algo totalmente distinto, una realidad desconocida, una caída al fondo del abismo, una entrada al infierno, una puerta al paraíso.
Cuando Octavio Paz presentó Los olvidados en Cannes en 1951, escribió: "Por el contrario, toda su obra tiende a provocar la erupción de algo secreto y precioso, terrible y puro, escondido precisamente por nuestra realidad".
¿Hizo Buñuel saltar al mundo? Así lo creyó Octavio Paz, así lo creemos nosotros. Después de sus películas surrealistas con Salvador Dali, Un perro andaluz y La edad de oro, y el documental Las Hurdes, Buñuel filmó en México Los olvidados que nuevamente, en 1951, sacó a los espectadores de sus asientos. Paz habla de Goya, Quevedo, la novela picaresca, Valle Inclán, Picasso. El Gobierno mexicano se indignó. ¿Por qué retratar las lacras, la miseria, la depravación siendo que México tiene un paisaje impresionante? ¿Por qué filmar morbosamente una vecindad pestilente y asquerosa? Buñuel alegó que todas las grandes ciudades del mundo tienen niños de la calle. Habría que añadir que por esa película Luis cobró 2.000 mil dólares y jamás recibió un porcentaje por la venta en taquilla. Buñuel no fue un director carero. Al contrario, era rápido, limpio, expedito, económico como un detergente. Y jamás vivió cual pachá, rodeado de bienes, mujeres o candilejas. La celebridad le parecía de risa loca. Su casa era franciscana. Demasiado inteligente para ser ególatra, sólo un retrato que le hizo Moreno Villa colgaba de la pared de su sala. De allí en fuera nada. "Nada" es una palabra que también le gustaba a Luis.
Entrañable, Buñuel jamás olvidó al niño que tenía dentro. Recordó siempre las maldades que se le ocurrían de niño con su hermana Conchita, el calcetín negro en la sopa, el cojín pedorro en el que se sentó la gorda. Las bromas infantiles lo seducían. Detestaba la envidia, y cuando alguien le caía mal sentenciaba: "Tiene el color verde de la envidia". Lo de verde me recuerda a García Lorca, lo mucho que lo quiso. Le dijo a Jean Claude Carriere: "De todos los seres vivos que he conocido, Federico es el primero. No hablo ni de su teatro ni de su poesía, hablo de él. La obra maestra era él. Me parece, incluso, difícil encontrar a alguien semejante".
Buñuel era también una obra maestra, un poeta tan irresistible como Lorca. Y no se daba cuenta.

La fascinación surreal

Luis Buñuel, director de cine (Calanda, Teruel, 1900-México, 1983) estudió Filosofía y Letras en Madrid y dirigió el primer cineclub español en la Residencia de Estudiantes. Se trasladó a París en 1924 y trabajó con Jean Epstein. Frecuentó los círculos surrealistas, junto a Dalí, y en 1929 dirigió su primera película, Un perro andaluz. Luego rodó el documental Las Hurdes y, en 1951, obtuvo la Palma de Oro de Cannes con Los olvidados. A partir de ese momento, realizó la mayor parte su obra cinematográfica entre México y Francia, convertido ya en uno de los grandes del séptimo arte. De 1961 esViridiana, también premiada en Cannes. Belle de jour, La vía láctea yTristana forman parte de la controvertida filmografía de este director que, en 1972, con El discreto encanto de la burguesía, recibió el Oscar a la mejor película extranjera. Su última película fue Ese oscuro objeto de deseo,premiada en San Sebastián.

Objeto de culto juvenil

JOSÉ EMILIO PACHECO, PREMIO CERVANTES


Ahora sí, la congoja es total. José Emilio Pacheco no va a reponerse. Primero lo abrumó el Reina Sofía 2010, ahora el Cervantes, anunciado en la Feria del Libro de Guadalajara mientras mil jóvenes leen Las batallas en el desierto. Ahora sí Morirás lejos no será profecía. Ahora sí se cumple El principio del placer, ahora sí La edad de las tinieblas se hace luz, ahora sí podemos aproximarnos al Cantar de los cantares.
Los jóvenes se arrodillan ante José Emilio Pacheco. Alta traición es objeto de culto y lo saben de memoria. El poeta José Emilio pide perdón, se echa para atrás, dice que no, que por favor, que no es para tanto y repite lo que dijo frente a la reina Sofía el 17 de noviembre en el Palacio Real de Madrid: "La literatura sólo puede funcionar en términos de suficiencia individual, sensibilizar contra la violencia, la crueldad y darte una conciencia muy grande de la presencia del otro". Los jóvenes lo abrazan, ha dado mil entrevistas por semana, se ha parado frente a cincuenta mil micrófonos, ha dedicado más de mil veces el grueso volumen de su poesía Tarde o temprano, la adoración lo está matando, no puede más. Confuso ante tanta veneración, José Emilio responde que "algo se está quebrando en todas partes. Se agrieta nuestra edad". Les advierte que no van a durar y que "sobre su rostro / crecerá otra cara".
Es raro sentir gratitud por un escritor vivo, pero él reúne todas las devociones. José Emilio toca fibras en las que nos reconocemos, en las que tú y él y yo, ustedes y nosotros nos identificamos. Los jóvenes lo quieren porque ha tenido la generosidad de decir que "todo lo escribimos entre todos", así como su admirado Alfonso Reyes lo antecedió diciendo que "todo lo sabemos entre todos", porque su lenguaje es desnudo y nos desnuda, porque leerlo les ofrece la posibilidad de no hacer concesiones, de no incurrir en lo fácil, de no caer en la rutina.
Los jóvenes lo quieren porque los invita, se pone en su lugar, generaciones vienen y generaciones van y José Emilio, que fue un niño preguntón y molesto (según él), sigue interrogándose, interrogándolos, interrogándonos, y sintetiza las principales noticias del mundo para crear nuevas formas de comunicación. Para él la primera, la esencial, es la lectura silenciosa. "Me gusta que la poesía sea la voz interior, la voz que nadie oye, la voz de la persona que la lee. Así el yo se vuelve tú, el tú se transforma en yo y del acto de leer nace el nosotros que sólo existe en ese momento íntimo y pleno de la lectura".
Así como Borges confesó no tener casi ninguna experiencia fuera de la lectura de libros, Pacheco nos lega la experiencia adquirida desde que decidió entregarse a la palabra sin tener idea de cuál sería su repercusión porque en los cincuenta nadie vivía de la escritura. Lo aman los jóvenes porque además de gran poeta es el héroe moral que pide Saramago. Ya a los 26 años se preguntaba: "¿Quién a mi lado llama, quién susurra / o gime en la pared? / Si pudiera saberlo, si pudiera / alguien saber que el otro lleva a solas / todo el dolor del mundo, todo el miedo".
Siempre espero ansiosa el regreso de José Emilio. Me hace falta. En torno a él, el aire se vuelve cálido, familiar, verdadero. No hace frases solemnes, no excluye a los otros, los estudiantes lo rodean, las muchachas se enamoriscan de él, no fabrica una capilla, no trata de apantallar con su presencia, sus comentarios son caseros: "Creí que iba a perder el tren", "no encontré taxi", "no sé qué decir en el discurso", se entreteje su erudición admirable. En medio del relato de sus pifias y desventuras, que José Emilio acentúa para rescatar a los demás y hacerlos juez y parte, surgen sus prodigiosos conocimientos, su información insuperable y José Emilio agridulce acaba riéndose de sí mismo, nos vuelve cómplices de su infortunio, cualquier que éste sea. Después de conocerlo desde hace casi cincuenta años, he comprobado que su humildad y su modestia son verdaderas y que (como él dice) "nada es de nadie porque todo es de todos. Un poema pertenece a quien tenga la voluntad de hacerlo suyo".
Elena Poniatowska es escritora mexicana.