Buscador del Blog

2

Mostrando entradas con la etiqueta 0007 Relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 0007 Relatos. Mostrar todas las entradas

martes, 9 de diciembre de 2025

CUERPO Y ALMA .- Alfonso Álvarez Villar

 



 

Alfonso Álvarez Villar

 

No sé cómo me refugié en aquel café, una tarde de lluvia en la que los propósitos más optimistas se hubiesen licuado, como el barrillo que se precipitaba por las alcantarillas de Madrid. Pero aquel establecimiento me sedujo mucho más que las luces de neón de la moderna cafetería americana de enfrente.

El café en cuestión era uno de los fósiles vivientes que aún es posible encontrar en ciertos rincones del Madrid antiguo. Fauna a extinguir por la asepsia de esos establecimientos en donde nos es posible alternar, en condiciones de rigurosa asepsia, los encantos de un sandwich de jamón y queso con las sonrisas de las camareras. Pero aquella tarde yo preferí retrotraerme a otras épocas.

El café se hallaba a media penumbra. Los sofás, de cuero auténtico, se hallaban, en gran parte, ajados, cuando no hendidos por la furia salvaje de algún sádico. En lugares poco visibles se adivinaban parejas de novios que se hacían clandestinamente el amor. Pero la inmensa mayoría de los parroquianos eran viejos, terriblemente viejos, y no parecían preocuparse ni mucho ni poco de hacer imperar en aquel sitio las normas del puritanismo. Parecían esas extrañas salamandras cavernícolas que se quedan inmóviles cuando un rayo de sol, osando entrar por una rendija de la cueva, acaricia sus pellejos descoloridos. Me miraban, en efecto, con ojos inexpresivos, y su mirada era como ese pegamento que se adhiere a nuestra piel, con un contacto viscoso, sin que podamos desprenderlo.

Ya me iba, pues, a levantar de nuevo para precipitarme bajo el diluvio hacia la cafetería de enfrente, cuando una figura surgió de uno de los rincones de aquel antro y se plantó delante de mí. Era el camarero. Pude distinguir apenas a la luz de una bombilla mortecina sus rasgos amojamados, como los de la momia de Rhamsés II, y su servilleta raída, cubierta de manchas de grasa. No me dirigió siquiera la palabra. Su actitud era en sí mismo una interrogante. Pedí, pues, un café con leche con el firme propósito de escaparme apenas hubiese concluido de pagar, pero la cortesía me obligaba a permanecer en mi desvencijado sofá, con esas miradas nauseabundas clavadas en mis ojos y respirando el olor acre de la humedad y del tabaco, en una extraña mixtura de erotismo y de cochambre, como en un burdel barato.

El camarero-momia se acercó a mí, tras una larga espera. Absorbí rápidamente aquel brebaje infecto que sabía a cacahuetes y me dispuse a pagar el importe de la consumición, más una generosa propina (las «honras fúnebres», pensé en mi magín, vanagloriándome de mi propio ingenio). Pero de repente una voz que se rompía como un vaso de cristal de Florencia, destacó sobre el cuchicheo lúbrico y las risitas sofocadas de las parejas de novios. Era mi vecino de mesa que se dirigía a mí.

-¿Tiene usted mucha prisa? -me espetó un anciano de aspecto más agradable que los demás, pero de edad indefinible. Pude captar como una especie de sonrisa que se transparentaba, sin hacer relieve, en las comisuras de los labios.

-Sí, se me va a hacer tarde -contesté algo molesto por esta intromisión en mi vida privada.

-A ustedes, los jóvenes, no les importa coger una pulmonía con tal de llegar pronto a todos los sitios -comentó, para señalar rápidamente un libro que yo iba a recoger en ese momento de mi mesa y que, para huir de la atmósfera tétrica que me rodeaba, había estado ojeando hasta ese momento.

»También yo soy un especialista en filosofía hindú -añadió inclinándose hacia mí.

(Porque, efectivamente, aquél era un libro que acababa de comprar en una librería de lance en mi deseo de ampliar mis conocimientos sobre las técnicas soteriológicas de ese pueblo maravilloso que es el indio; como buen occidental me había dejado seducir por los Upanishadas y por la sabiduría del Hinayana).

Buscaba, como un poseso, algo que pudiera eliminar mi ignorancia en esta selva oscura en que me hallaba perdido. Por eso decidí permanecer en aquel café-espelunca, a riesgo de convertirme en un fósil viviente más. Iniciamos, pues, una larga conversación que me sirvió para comprender hasta qué punto aquel hombre extraño poseía mejor que mis maestros «oficiales» la sabiduría de la India. Era imposible de comprender cómo un individuo, que parecía ser contemporáneo de los Aqueménidas o de los faraones Saítas, pudiese retener tal número de datos y tal erudición. Yo permanecía silencioso y sólo de vez en cuando, con un comentario o con una pregunta, reavivaba los rescoldos de aquella hoguera de sapiencia.

Hablamos sobre todo de las relaciones entre el cuerpo y el alma, que como médico psicólogo me interesaban especialmente. Nos referimos a las técnicas yoguis y a la escuela samkhya yoga:

-Sí -decía aquel anciano que antes me había parecido repugnante y que ahora me causaba admiración-, ustedes, los que ahora hacen preparativos para llegar a la Luna, han olvidado los secretos de esos viajes maravillosos que hicieron los ascetas hindúes hace ya muchos siglos. Ellos recorrieron todos los planetas sin salir de este microcosmos que es el alma humana. Es más, con su mente desprovista de masa de inercia llegaron mucho más lejos que los cohetes teledirigidos. Más de un rishi se paseó, a caballo de su espíritu puro, de su purusha, sobre las escarpadas colinas del circo de Copérnico o a la sombra de los farallones de Tycho Brahe. Y mucho antes que el Mariner IV, percibieron las llanuras desoladas del gran Syrte marciano. Pero no les interesaba el dominio del mundo físico, sino lo que está más próximo y al mismo tiempo más lejos de nosotros: nosotros mismos. Habrían sido inmortales si no hubiesen preferido la Gran Iluminación, la Gran Muerte que supone la suprema bienaventuranza en el todo. Pero aún así, la smirti nos habla de ascetas que vivieron varios milenios, libres de enfermedades y de las miserias de la carne.

-Pero esto no es más que leyenda -objeté yo-. La muerte es como una sentencia que se halla esculpida en los libros sibilinos de nuestros cromosomas. Si pudiéramos leerlos podríamos predecir la fecha exacta de nuestra extinción, salvo que una causa externa (una infección muy virulenta, un accidente) adelantara nuestra última hora. Son, en realidad, las paredes de nuestras arteriolas y capilares las que nos condenan a morir. ¡Si consiguiésemos renovar como en una instalación eléctrica esos hilillos que transmiten el oxígeno y los elementos vitales a todas las células de nuestros tejidos! Pero ésta es una tarea imposible por ahora: todo lo más se han conseguido implantar injertos de aorta. No creo, pues, que toda la fuerza mental del mundo pudiera remover el depósito de colesterol y de sales cálcicas que van obstruyendo inexorablemente nuestro aparato circulatorio…

Pero me interrumpí porque no fue mi vista, sino ese sexto sentido que todos poseemos el que me advirtió que mi interlocutor se estaba riendo de mí. Era una risa mental y cargada de compasión: la de un hombre presenciando los vanos esfuerzos de una hormiga para introducir un grano de maíz en un agujero demasiado pequeño.

-Ustedes -y en este «ustedes» sonaba algo especial que me hizo estremecer- se muestran escépticos acerca de las posibilidades de acción del espíritu sobre el cuerpo… Es más, ni siquiera creen que exista algo distinto a la materia. ¡Y lo curioso es que aun este dominio progresivo sobre el mundo inorgánico lo deben precisamente a la existencia y a la supremacía de ese principio inmaterial! Es como si un campeón de levantamiento de pesos negara la existencia de las fibras musculares… Pero ya es demasiado tarde, y como me ha caído usted simpático quisiera que dejásemos esta conversación para otro día… ¿Qué le parece mañana a las siete de la tarde en mi casa?

Pensaba asistir a esa misma hora a un concierto, pero acepté gustoso la invitación de aquel hombre singular que me tendió una tarjeta amarillenta y muy arrugada. Yo le tendí la mía, que enfundó en una especie de portafolios descolorido y despellejado. Luego, salimos juntos y nos despedimos bajo el aguacero que nos calaba hasta los huesos. Las luces de la cafetería americana, que parpadeaban el nombre de un Estado de la Unión, me devolvieron a la realidad. Pero aquello no había sido un sueño y por eso me afiancé en mi propósito de acudir a la cita del día siguiente.

Subí por las escaleras que parecían iban a derrumbarse a cada instante bajo mis pasos. El portal estaba muy mal iluminado, y como no llevaba cerillas en el bolsillo (no soy fumador) tuve que tantear la barandilla para alcanzar el segundo piso, en donde vivía el anciano con el que había estado conversando la tarde anterior. Recuerdo todavía aquella ascensión a la casa de Rodríguez (así se llamaba el anciano) como una pesadilla salpicada con las expresiones obscenas de los grafitos pintarrajeados sobre las paredes, y que la luz trémula de las bombillas de los rellanos hacía resaltar como cicatrices lechosas.

Llamé con los nudillos a la puerta (el timbre no funcionaba) y Rodríguez apareció envuelto en una casaca grotesca. Encendió las luces del pasillo, y bajo los rayos de la luz eléctrica parecieron iniciar un retroceso, como si se tratase de insectos noctívagos, unos muebles antiquísimos, o, mejor dicho, unos cadáveres de muebles que se hallaban esparcidos por doquier. Todos ellos debían de tener más de un siglo de existencia, aunque pertenecían a diversos estilos: Luis XV, Luis XVI, y algunos más modernos de corte isabelino. Pero todos ellos yacían deshilachados, cubiertos de mugre cuando no destripados y dejando ver impúdicamente sus entrañas de algodón o de borra. Rodríguez parecía también un clown bajo el flash descarado de las bombillas eléctricas.

¿Cuántos años tendría aquel hombre? Era una pregunta que me había estado formulando a partir de nuestro primer encuentro. Y lo que es más curioso: aquella noche había soñado que aquel hombre avanzaba hacia mí con el rostro desfigurado por la podredumbre. Me había despertado entonces sobresaltado y no pude conciliar el sueño el resto de la noche. Pero aquella nueva amistad me atraía como un precipicio, y no me hubiese perdonado a mí mismo el retroceder como un cobarde, una vez dado el primer paso.

Disimulé, pues, mis terrores lo mejor que pude, y pronto la erudición de Rodríguez me hizo pasar del plano afectivo al intelectual, en donde todas las angustias desaparecen. Seguimos, pues, charlando sobre los mismos temas que nos habíamos planteado el día anterior, y al terminar hicimos un recorrido por aquel piso antiquísimo que rezumaba humedad por sus cuatro costados. Aquellos cuadros, aquellos muebles y todos los objetos que me enseñaba habían pertenecido a sus antepasados, me aclaró Rodríguez. Me deleité entonces ante algunos lienzos firmados por pintores de segunda o de tercera fila que habían vivido en el XVIII o en el XIX. Me llevó incluso con aire triunfal a una habitación presidida por un gigantesco cuadro de Tiépolo y atestada de muebles rococós tapizados en seda e hilo de oro. Allí había también kimonos filipinos, y contrastando bruscamente con ellos, jarrones del Buen Retiro y de Sèvres.

Pero fue, sobre todo, un detalle el que más me llamó la atención haciendo reavivar en mí la pesadilla de la noche anterior: un retrato de uno de los antepasados de Rodríguez. En efecto, a pesar de su peluca y de su levita dieciochesca, aquel hombre presentaba las mismas facciones que las de mi anfitrión. Ni siquiera la ley del atavismo formulada por Darwin hubiese podido explicar esa sorprendente coincidencia. Pero disimulé mi estupor con la máscara de una admiración de índole estética.

-Perdone que me despida ahora de usted -me dijo Rodríguez-. Me esperan en otro sitio.

Y efectivamente, volví a descender por aquellas escaleras dantescas, y pronto la compañía de los transeúntes y el rumor del tráfico me devolvieron a la realidad.

Aquella misma noche tenía yo una cita con cierto colega extranjero. Habíamos quedado citados en el bar del Hotel X. Acudí, pues, puntual a la cita. Mi colega aún no había llegado.

El bar americano estaba abarrotado de extranjeros, pero se podía distinguir algún que otro español hablando en la lengua de Cervantes en medio de aquella Babel. En realidad, había más españolas que españoles: prostitutas elegantes que habían acudido a la caza del dólar. Yo debía de tener un aspecto demasiado celtibérico, porque ninguna de ellas se dignó fijar sus ojos en mí. Tampoco lo deploré, porque tengo los suficientes años para no sufrir el cosquilleo del erotismo juvenil y tampoco he alcanzado esa fase de la menopausia masculina en la que muchos compañeros míos de sexo comienzan a hipercompensar un sentimiento de minusvalía creciente.

Pero lo que me turbó, hasta tal punto que me hizo dar un respingo sobre el confortable butacón forrado en skai en el que me hallaba sentado, fue el distinguir a un hombre de unos 30 a 40 años que bebía un whisky en el otro extremo de la barra en compañía de una muchacha generosamente escotada. No olvidaré nunca la expresión facial de aquel hombre cuando su mirada tropezó casualmente con la mía. Fue un gesto de asombro, como si le hubiera sorprendido cometiendo una mala acción. Es claro que a mí no me importaba que aquel señor desconocido acompañara a una señorita poco virtuosa. Mas había un detalle que inmediatamente capté y que explicaba perfectamente la sorpresa de ese individuo: se parecía extraordinariamente a Rodríguez, sólo que con cincuenta años menos (y quien dice cincuenta dice cien, o la cifra que usted quiera, con tal de ser superior al medio siglo). ¿Sería un hijo o un nieto de Rodríguez? Pero entonces resultaba imposible el explicar el porqué se había sorprendido de mi presencia, cuando lo más lógico era suponer que desconocía las relaciones que existían entre su padre, o su abuelo, y yo. En ese momento llegó, sin embargo, el profesor C y en seguida pasamos a la parrilla del hotel X para cenar y, de paso, conversar sobre una serie de asuntos, ya que a la mañana siguiente él debía partir en avión para Roma.

Pero apenas habíamos consumido los postres cuando incidimos insensiblemente en el tema que había estado obsesionando mi mente desde hacía algo más de veinticuatro horas: el de la posibilidad de influir el espíritu sobre el cuerpo, hasta el punto de anular los procesos de deterioro involutivo, de conseguir que nuestros tejidos permanecieran en un estado de perpetua juventud.

El profesor C se mostraba escéptico en este terreno, lo mismo que yo. Pero de todas formas, nos detuvimos a considerar las posibilidades que ofrecían las técnicas yoguis y, dentro de nuestra civilización occidental, el tan desprestigiado método de Coué.

-Es obvio que, como afirmaba el doctor Alexis Carrell -decía el profesor-, aún nos queda mucho por descubrir dentro de nosotros mismos. El hombre posee energías insospechadas, como lo han demostrado Rhine y otros muchos. Algunos autores de ciencia-ficción, como Lovecraft, y anteriormente Lord Dunsany, han dado la razón a los jains y a los pitagóricos que afirmaban que el alma estaba encerrada como en un sepulcro: nuestro cuerpo.

-Pero no creo que las facultades psi, o como quieran llamarlas, puedan proporcionar al hombre la tan ansiada inmortalidad, depositada en esa planta mágica que intentó arrematar Gilgamesh -comenté yo.

-Y, sin embargo, ciertos protozoos son prácticamente inmortales. Los biólogos han demostrado que cada equis tiempo se remozan, mediante un proceso de conjunción de carioplasmas, con otros miembros de la misma especie. Es más, al dividirse ininterrumpidamente consiguen algo así como una «inmortalidad genérica», a no ser que intervengan factores externos (el calor, ciertos reactivos químicos, los rayos X) que los destruyan.

Continuamos hablando ininterrumpidamente hasta la una de la madrugada. Sólo cuando los camareros nos advirtieron cortésmente que iban a apagar la luz del vestíbulo, volvimos a pisar en el mundo. Le deseé, pues, un feliz viaje al profesor C, y me dispuse a dirigirme a la próxima parada de taxis para llegar a mi domicilio.

Avanzaba bajo los árboles del paseo de la Castellana, mientras ráfagas de aire helado me cortaban con sus cuchillas el rostro, cuando pude ver a un individuo que, tambaleándose, se disponía a cruzar el paso de peatones. El cruce estaba abierto para los automóviles, pero no fue eso lo que más me llamó la atención, sino que aquel individuo era, precisamente, el que unas horas antes había visto en el bar del Hotel X, a pocos metros de allí.

No me dio tiempo, sin embargo, a más reflexiones, porque en ese momento un veloz Chevrolet se lanzó sobre el imprudente. Chirriaron los frenos y el coche giró sobre sí mismo, llevándose por delante al peatón. Corrí rápido a prestar los primeros auxilios. El conductor del coche y yo habíamos sido los únicos testigos del atropello. Aquel norteamericano que, como no era menos de esperar en aquella hora nocturna, apestaba a ginebra, parecía un buen muchacho, y por eso me rogó que le ayudase a llevar al herido al hospital de la base de Torrejón de Ardoz.

No llevaba ningún instrumento médico, y además, mis conocimientos de cirugía o de clínica de urgencia se limitan a los que aprendí en la Facultad, pero aun así me di cuenta, mientras nos deslizábamos por la autopista de Barajas, que el herido acababa de fallecer. Así se lo iba a advertir al «boy», cuando presencié algo que me puso los cabellos de punta: los rasgos de la víctima comenzaban a deformarse rápidamente, como en una pesadilla o en un trucaje cinematográfico. Y, cosa que todavía me hace estremecer de horror cuando lo recuerdo, en breves instantes aquel individuo joven se había convertido en un hombre de edad indefinible: el señor Rodríguez. Más aún, unos dos minutos después sólo quedaba sobre mis rodillas y el asiento trasero del automóvil unos huesos negruzcos y un polvo acre que el aire que entraba por las ventanillas iba esparciendo como una estela macabra detrás de nosotros.

A duras penas conseguí que el norteamericano dejase de pisar el acelerador para mirar hacia atrás y encender la luz. De haber vuelto la cabeza en plena marcha, yo no estaría escribiendo en estos momentos estas líneas, porque jamás he visto una expresión de pánico más marcada en ninguna persona, ni siquiera en los esquizofrénicos cuando se sienten asaltados por una alucinación terrorífica.

El resto de la historia figura en los archivos de la policía. Creo que el «boy» dejó abandonado el automóvil en la carretera para emprender una veloz huida hacia la base aérea, en cuya entrada le detuvieron los centinelas para esposarle con todo género de precauciones. En cuanto a mí, tuve que explicar el asunto a las autoridades españolas, que no creyeron una sola palabra de cuanto les dije. Por supuesto, no ha sido mi buena reputación ni la falta de pruebas lo que me ha librado de una condena por homicidio: nadie me podría haber acusado de dar muerte a un hombre que, según los forenses, había fallecido doscientos años antes.

 

FIN

 

martes, 2 de diciembre de 2025

LA HERENCIA .- Tagno Montenegro Hurtado {Relatos}

 


LA HERENCIA

 

Tagno Montenegro Hurtado

 

Don Martín Salazar, como todo anciano, al finalizar la tarde se dirigía durante todos los días a su oficina, acompañado y sostenido por su viejo bastón de huayacán tallado; su caminar lento daba muestra de que su cuerpo estaba ya cansado de llevar encima los largos años de su vida.

Don Martín, desde muy joven, se sometió a los más pesados trabajos en el campo, empezando como cuadrillero de caballería, hasta llegar a ser uno de los más prósperos hacendados de la región.

Cuando aún no conocía la opulencia económica, conoció a María, la mujer con la cual se casó y llegó a tener cuatro hijos. Justamente, cuando esperaba a que naciese el quinto, el destino cortó la felicidad de Martín, pues María inevitablemente se moría.

El último adiós fue un suspiro acompañado de un apretón de manos, mientras don Martín lloraba, sin importarle cuántas personas lo miraran con compasión. El ejemplar matrimonio se disolvía. Don Martín suplicante imploraba con dolor al divino creador.

-Llévame también a mí, mi vida sin María no es vida -lloraba como un niño-. El consuelo de los demás no era suficiente para calmar ese hondo dolor, y todo el pueblo lo miraba resignado sin poder hacer nada.

En este momento se allegó a él doña Pascuala, una vieja sincera, sin pelos en la lengua, y más impositiva que la palabra.

-Martín, escúchame. Vos sabés que lo bueno no dura, vos sos joven y con mucho dinero, podés buscarte una buena moza joven y del lugar.

-No -decía Martín-. Amor como el de María no encontraría ni acá, ni en la otra vida.

Con el tiempo, los conocidos de Martín contemplaban con lástima como ese hecho lo fue consumiendo por un largo tiempo.

Cuando Martín salía por las mañanas a contemplar el sol, agarraba una flor y conversaba con ella, la apegaba a su nariz y la besaba como si fuera su propia María. Al ver ese hecho, la gente que pasaba lo miraba y lo miraba, cuidando con esmero el viejo jardín.

Las habladurías no cesaban. Unos decían que Martín estaba loco, otros murmuraban que en su casa conversaba solo. Pero Martín no era ni lo uno ni lo otro, él se detenía por las noches a contemplar la luna para ver sonreír a María.

Ella se murió justo cuando todo empezaba a florecer, y lo que la gente no sabía, era que desde el día de ese cruel incidente, Martín, en un esfuerzo, y mirando a sus cuatro hijos aún pequeños, se convirtió desde ese día en padre y madre de los cuatro pelaos.

Así, durante todos esos años de orfandad, parecía que desde el cielo lo alentaba su amada María.

Martín progresaba rápido y con grandes éxitos en su trabajo y en su negocio, con clientela de todos los lados del país; le llegaban grandes pedidos sobre su mercadería y productos. Eran los más cotizados del mercado y todo lo que sus manos realizaban adquiría un valor incomparable.

Eso era el éxito. Además, para qué decir sobre el valor humano de Martín. No era una persona que concurría a la iglesia, de hecho, casi nunca iba, aunque eso pusiera malo al cura, pero su alto valor de sensibilidad lo colocaba como a una persona muy caritativa.

La gente comentaba: «¿Cuándo hubo un día en que los pobres no recibieran su ayuda? El necesitado siempre encontró las puertas abiertas en la casa de Martín, el hambriento siempre encontró pan para saciar su hambre, el triste recibía consuelo de las sabias palabras de Martín, el solitario, compañía, y el forastero, hospitalidad donde pasar la noche y reposar su cuerpo».

Esa tarde en especial, mientras caminaba, sus ojos contemplaban el cielo nublado, opaco, triste; las flores, con sus pétalos abiertos, absorbían la fresca brisa de la tarde.

El sol aparecía por momentos, saludaba y volvía a esconderse tras las nubes; el estado de ánimo de Martín era malo como el tiempo. De pronto sintió que el suelo giraba a su alrededor y perdió el equilibrio, sintió caerse al suelo, pero su mano se sostuvo fuerte del bastón, y una vez más, el fiel amigo lo libraba de desplomarse por el suelo.

Preocupado Martín por la frecuencia y forma en la que le venían los mareos, se apresuró a abrir la puerta, y una vez dentro se sentó sobre la silla Luis XV de su escritorio, cuyas patas tenían talladas en madera formas de águilas. Apoyó su esquelética espalda sobre el respaldo y su mirada se clavó fijamente en un cuadro antiquísimo de alto valor, y una vez mas leyó el recuerdo que se encontraba escrito sobre la parte inferior: «En las buenas y en las malas, hasta que la muerte nos separe».

Bellos en sus años juveniles, el matrimonio y los cuatro hijos transmitían vida. Volvió a llorar como siempre, pero ahora lloraba de felicidad y alegría ya que sabía que le quedaba poco tiempo para su largo viaje. El anciano pensaba en silencio:

-Me está llamando, siento que por las noches se postra sobre mi cama y me susurra al oído, y con palabras suaves que me dicen: «te espero desde hace años Martín, acá en nuestro nuevo lecho de amor, no te detengas, mas allá de las estrellas, donde hermosas aves cantan suaves melodías, desde el amanecer hasta el anochecer, y donde las flores crecen todo el año repartiendo su perfume con la brisa. Te espero en este lugar por los dos soñado, donde la primavera nunca termina».

Llegado a ese punto, decía Martín:

-¡Ah, esta cabeza! -y se agarraba con los delgados dedos su atormentada cabeza.

Se cubría los oídos con sus manos, pero al rato, como si sus sentidos le exigieran seguir escuchando las volvía a bajar.

-Puede ser -se decía-. Esa voz es la misma de mi María.

Presentía que lo llamaba con desesperación; entonces Martín se paraba, paseaba y se sentaba.

-¿Será que me necesita para empezar otra vida lejos, tal vez, del dolor? ¡Pero si así es, o tuviese que ser, yo me tengo que apurar!

Desde ese momento empezó a dejar todo listo. Se preparó como todo hombre de negocios y organizó todo para dejarlo en manos de sus hijos, los nuevos herederos. Y claro está, que eso le llevaría poco tiempo. Lo tenía todo casi listo desde mucho tiempo atrás, y él mismo, con su puño y letra, redactó los testamentos que a cada hijo le tocarían.

Todo el dinero del banco estaba a nombre de sus cuatro hijos; joyas, animales, mercaderías, casas y también las tierras. Todos los sirvientes, cambas y cunumis, serían liberados de toda clase de servidumbre y se quedarían con la casa después de la muerte de Martín. Sólo ellos se quedarían por su propia voluntad, si así lo desearan. Esa noche fue la más larga de su vida; no pegó ojo ni un sólo minuto durante esa noche y los párpados se le dilataron.

El amanecer lo agarró con sus rayos color oro. Era el inicio de un nuevo día. Se podría ver a la gente caminar por las arenosas calles en busca de lo cotidiano; en el desayuno de ese día tuvo que esperar a que se levantase el último de sus hijos y por poco no se dan las doce del medio día.

Esos eran sus hijos, los hijitos de papá; nunca comprenderían el alto valor del sacrificio, los años que tardó en construir y acumular toda esa fortuna.

Tampoco se preocuparon alguna vez de agarrar una pluma o una hoja, y tampoco aprendieron el negocio del padre, por más que el padre se esforzara por encaminarlos. Ellos miraban cada día la vida como si recorrerla fuese lo más hermoso.

Aunque claro, aparte de dormir hasta el mediodía después de una pesada noche de lujuria, era cada día más fácil conseguir dinero de la billetera del padre, pues Martín nunca se les resistía, siempre les daba lo que ellos necesitaban, y siempre que esto sucedía, Martín sonreía en su interior. Los cuatro cambas vagos admiraban el valor y el ejemplo del padre.

Admiraban que Martín, aún siendo analfabeto, consiguiera acumular un gran éxito económico. ¿Ellos harían lo mismo llegado el momento de enfrentar solos su destino?

De esta manera llegó el inesperado pero anhelado día; se realizaba esa improvisada reunión, y los cuatro hijos prestaban mucha atención a las palabras del anciano padre.

Ese silencio era absoluto, no se escuchaba ni el volar de un mosquito. El corazón de los muchachos latía a todo ritmo, la emoción los embargaba. El gran día había llegado.

El anciano padre no paraba de hablar, sólo se detenía por momentos, debido a su agitada respiración. Primero los sermoneó con los consabidos consejos de padre, después se inclinó hacia el suelo, sacó una maleta de mano, antigua y hecha con cuero de vaca. Abriéndola, sacó unos papeles muy limpios y bien conservados.

Mojó la pluma en el tintero y muy ceremonioso, por orden de edad, los llamó para que cada uno firmara la conformidad de lo que iban a heredar. Primero paso Saúl, después Raúl, luego Pedro y finalmente el menor, Ronald. En el testamento faltaba saber quién iba a heredar a los cambas y cunumis.

Por fin uno de ellos preguntó:

-¿Los cambas estos con quien se quedan, papá?

El anciano respondió:

-Ellos, los cambas y cunumis, desde este momento son libres.

Otro preguntó.

-¿Y esta casa?

El anciano respondió:

-Esta casa pasará a ser de ellos, con la salvedad de que yo me quedaré en ella hasta que termine mis últimos días de vida; después vendrán ellos y tomarán posesión.

-Papá -dijo otro-, en esta repartición tampoco figuran las tierras de la llamada Herencia.

-Así es, hijos míos. Eso es lo único que queda conmigo hasta que yo disponga qué hacer con ellas, son apenas cinco hectáreas.

Los hijos callaron, flotaron en el aire dudas y preguntas que no se animaban a hacer al padre, y en la mirada de cada hijo existía una sed de respuesta.

¿Será -pensaron-, que nuestro padre guarda esas tierras para otro hijo que tal vez tenga fuera de nosotros cuatro?

Otros pensaban:

-¿Serán ciertos los rumores que vertía la gente sobre esa pequeña extensión, llamada la Herencia? Aquella, la de Paso.

Paso, fue la primera que en su juventud compró Martín. Los buenos vecinos decían que tuvo mucha suerte puesto que se había encontrado con una gran veta de oro.

Así que muchos de los envidiosos vecinos hacían vigilancia cerca de su casa y muy de madrugada seguían a Martín sin dejarse ver con éste. Martín no se daba cuenta, trabajaba sin cesar, hasta terminar su tarea, y solía dejar pasar la hora de almuerzo. Luego la cena, con tal de avanzar en el chaqueo de su terreno. Los curiosos y los envidiosos también retornaban sin poder pillar el secreto de Martín. Volvían defraudados, y por ello, en algunas ocasiones, solían murmurar que en ese mismo lugar selvático vieron que Martín invocó el poder del Diablo y que ahí mismo pactaron, y que el diablo le concedió suerte y fortuna a cambio de algo más preciado que su vida, y que éste a cambio le cedió la vida de su amada María.

En esa ocasión, a Martín le tocaba quemar su chaco, labor que debía realizarla de noche. Los curiosos cambas lo seguían, protegidos por la oscuridad nocturna, y entonces los rumores venían de ellos, de quienes aseguraban haberlo visto adorar a una sombra con forma de mono.

Otros decían que no lograron ver nada. En fin, todo eran puras habladurías.

Pero volviendo al gran momento, la cuestión era que ese día don Martín volvía a ser el mismo de antes. Primero se quedó sin su mujer y ahora se quedaba sin dinero; sólo le quedaba la Herencia y viviría en esa casa el resto de sus pocos días.

Pasó un largo tiempo y los nuevos ricos se enaltecían. La nueva posición económica los mareó, unos se dedicaron a viajar, otros buscaron darse a conocer y hacerse fama de mujeriegos.

La banda de música sonaba todos los días en diferentes casas, y donde vivía alguna buena moza, allí estaban. Otros frecuentaban las casas de juegos; en fin, el despilfarro era tal, que nunca tuvieron tiempo de visitar a su padre, de ver cómo estaba.

Tampoco pensaron que algún día lo que no se activa se apaga, y el cura de la iglesia era tan pecador como ellos, puesto que los llegaba a casar en secreto dos, tres y cuatro veces, todo a cambio de una fuerte suma de dinero.

La vida de truhán y bohemio reinó en estos jóvenes pecadores, ciegos a todo aquello que no sea diversión y buena vida.

No muy tarde llegó el día en que se dieron cuenta de que no les quedaba plata ni para hacer rezar a un ciego; entonces fue cuando pisaron tierra y se acordaron del viejo Martín: su padre. Pero algo los hizo detenerse; tal vez la vergüenza. ¿Cómo llegarían de nuevo a sus casas, con las manos vacías, y sin ningún dinero?

-¿Estaría vivo Martín? -pensaron por fin.

-¡Pero qué hicimos todo este tiempo!

Se hicieron varias preguntas entre ellos, pero no hallaban respuesta. Entonces, el orgullo les hizo pensar diferente; empezarían con lo poco que disponían de sus herencias y tomarían el mismo ejemplo del padre. Saldrían a enfrentar la vida con el tiempo tal y como se presentara, bajo el sol, bajo la lluvia, el frío y el viento. No pararían de trabajar, y decididos, marcharon para la iglesia a pedir la bendición del cura, quien primero los sermoneó.

Pasaron pocos días cuando la tristeza los volvió a desesperar, los negocios no andaban bien, decían entre ellos, como no encontraron la salida al éxito, se juntaron nuevamente como aquellos guerreros que huyen despavoridos del combate con su capitán herido. Pero en aquella ocasión tampoco se animaban para ir a buscar al padre.

Pese a intentar hacer todo, en todo fracasaron. Saúl el mayor de los hermanos, tomó la iniciativa y dijo:

-Hermanos, escuchen, tenemos que hacer algo. Ustedes han visto que hemos intentado hacer tantas cosas y nada nos ha salido bien, será mejor ir y buscar a nuestro padre.

-Si es que aún lo encontramos con vida -dijo Raúl.

-Nadie más que él conoce también el arte del negocio.

-Yo estoy seguro de que nos va a encaminar -agregó Pedro, demostrando su admiración-. Sí… Además, no nos olvidemos que a nuestro viejo todavía le queda un poco de terreno.

-¿Qué terreno? -preguntó Ronald.

Pedro les recordó aquella parte de la llamada la Herencia. Todos, en ese momento, se miraron sorprendidos por esa valiosa sugerencia.

-No les dije yo -decía Saúl-, que cuatro cabezas piensan mejor que una.

Era muy cierto que esas tierras de cinco hectáreas existían. ¿Pero qué importancia tenían cinco hectáreas?

No era tanto el interés de las tierras, sino más bien lo que encerraba la tierra, la Herencia, y los rumores acerca de que en ese lugar existía una explotable veta de oro, o que también podía ser que ese era un lugar frecuentado por Lucifer.

Sí, se decían los desesperados muchachos, no hay duda, no por nada nuestro taita no nos la dio por temor a que nosotros descubramos el misterio.

Y sin más pérdida de tiempo, los cuatro fracasados hijos partieron con dirección a la casa de su viejo padre. No bien llegaron y estaban por entrar, cuando algo en su interior los detuvo, y mirando su antigua casa, la tristeza los invadió.

Las viejas paredes parecían hablarles, reprochándoles. El viento dejó de soplar en los jardines donde de niños solían jugar, donde ellos aprendieron a dar sus primeros pininos sostenidos por esas viejas manos de una cunumi que hacia de alzadora de cada muchacho, uno a uno y a su tiempo.

Todo estaba abandonado; la casa sucia, la hierba imperaba cubriendo todos los lados por completo. De las viejas y delicadas plantas de rosas, jazmines, gladiolos, helechos y papies, algunas de ellas quisieron sonreír a los muchachos pero se encontraban viejas y sin fuerzas, todas morían en el más absoluto silencio. Todo daba muestras de estar en la más triste orfandad.

Se pararon sobre la puerta indecisos, hasta que uno de los muchachos decidió empujar la puerta. Sonaron las viejas bisagras, la puerta rechinó como un grito de dolor. Después entraron, y cuando llegaron al interior; buscaron al padre. Pero fue grande su sorpresa al ver a Martín tendido en el suelo. Un lago de sangre lo rodeaba, y sobre la mano derecha sostenía el bastón y en la mano izquierda llevaba algunos de los viejos cuadros de la familia o de lo que un día fue una gran familia.

Tal vez esos recuerdos lo martirizaban día y noche. Inmediatamente Martín fue levantado por los hijos.

Los golpes no fueron nada graves. El naturista vino a casa, hizo su trabajo y ordenó que reposara. Desde ese día fue acompañado por los hijos, quienes, con el pretexto de cuidarlo, se quedaban a dormir cada uno en sus antiguos cuartos.

Por las noches, uno de sus hijos quedaba a su lado. Se turnaban. Martín aprovechaba esos momentos para hacerles preguntas de cómo iban sus negocios, y sonriendo, los alentaba.

-Yo sabía que mis hijos progresarían como progresó su padre -decía con orgullo, y levantaba su débil brazo ceñido de secas venas y los palmeaba en la espalda o sobre la pierna y suspiraba como aliviado pensando que sus herederos eran responsables y cumplidos.

Pasaron tres días y Martín les dijo:

-Hijos, ya creo que me siento mejor. ¿No será mejor que cada uno de ustedes marche para sus hogares y vean sus negocios? De mí no se preocupen, que yo he vivido lo suficiente.

-¡Oh! No padre, ¿cómo nos puedes pedir eso? -dijo uno de los hermanos.

-Para eso hay tiempo, queremos quedarnos a hacerte compañía los últimos días de vida que te quedan.

El anciano padre sonrió complacido. Él los había criado, fue madre y padre a la vez, él los conocía. En silencio volvió a dormir.

El cura también venía a verlos, oraba por Martín y luego se marchaba.

Mientras, los hijos no hallaban el comienzo de una charla para confesarle al padre todo el fracaso y el derroche de dinero que hicieron hasta quedarse yescas. Pero Ronald, que era el menor, y que siempre gozó de más consideración del padre, en una de esas noches en las que se quedó haciéndole compañía, no aguantó más la situación, y tuvo que confesarle todos sus fracasos y los vanos intentos que el grupo de hermanos hicieron por salir adelante.

Martín, después de escuchar todo, le contestó a Ronald:

-Mi hijo, no quiero que se preocupen, si yo, su taita, sabía cuán mal estaban haciendo, los rumores llegaban hasta mí, pero en fin, qué le vamos hacer, por suerte ustedes están sanos y completos, y sólo tienen que mirar donde nace y muere el mismo sol, para al siguiente día volver a brillar.

-Así es, taita.

-Así es hijo -decía Martín.

-Pero, taita, eso no es todo. Nuestro hermano y yo hemos decidido pedirte la última oportunidad. Mañana nos reuniremos, y queremos pedirte las tierras de la Herencia.

Se hizo un silencio. El anciano tragó saliva, después movió la cabeza como acordándose de algo y exclamó:

-Claro, muy cierto, muy cierto. Tenemos todavía esas tierras, sí, sí, sí. «Je, je, je» -reía Martín.

-¿Es cierto, padre, que esas tierras esconden un valor altísimo para vos? Según hemos escuchado desde niños, esas tierras encierran tus secretos. De ahí tú, taita, saliste y te hiciste rico.

-Sí, eso es muy cierto. Esas tierras esconden algo muy significativo en mi vida, fue la primera parte de terreno que yo y tu difunta madre, que Dios la tenga en los cielos, nos compramos, y sin esperar nada. Pero para sorpresa nuestra, encontramos el tesoro de nuestras vidas. Es cierto que el terreno es chico, pero esconde una riqueza invaluable jamás vista en otra zona.

Ese corto diálogo terminó sumiendo en el sueño al padre y al hijo.

Al siguiente día, una vez reunidos los hermanos para relevarse, Ronald contó toda la conversación de la noche anterior con su taita. También les dijo que hasta podría ser que su padre les concediese la tierra de la Herencia, y que también les revelaría los misterios y les mostraría dónde se encontraban sus riquezas. Los otros hermanos escucharon muy sorprendidos.

El cuarteto de irresponsables dispuso sin más pérdida de tiempo reunirse con el padre, y, como siempre, Saúl, el hermano mayor, sería el encargado de tomar la palabra y tendría que narrar todo lo ocurrido. Y así fue, reinó un silencio de tristeza.

Los hijos, cabizbajos, pedían los más sabios consejos y con ellos una nueva oportunidad, también prometían, que de darse, la vida de ellos cambiaría, sería otra, pues ahora, estaban seguros de que conocían el sabor amargo de la necesidad y la pobreza. Del mismo modo hablaron los otros hermanos.

Martín los escuchó muy atento, sin interrumpir nada, y tras finalizar de contarle todos los hijos los pormenores y los mayores inconvenientes, Martín dio un suspiro profundo.

Esta realidad le quitaba los últimos días de vida, se sentía incapaz de crear ideas, y menos posible sería volver a ser el mismo padre de antes: trabajar, acumular dinero… Miró a sus hijos, vio en sus rostros la incapacidad, se los imagina a todos cayendo en la perdición, mendigando un plato de comida o borrachos, caídos en el fango, o tal vez tirados sobre el pasto de algún potrero.

Qué puedo hacer, pensó Martín, mientras los hijos miraban al padre esperando algo o alguna solución que los levantase; entonces Martín les habló con autoridad como lo hacía antes, y gracias a que la fe que le tenían los hijos era tan grande, se volvieron a sostener y a creer en ese hombre que era su padre y que se estaba muriendo.

-Bien, bien, hijos míos -dijo Martín-. No está muerto quien suspira, y la vida es una constante batalla donde mueren solos y desamparados los débiles; tomen el ejemplo del hornero, él solo construye su casa con barro y paja para defenderla del viento, o ¿alguna vez sintieron que el viento sople para abajo, o para arriba?

¡Oh!, pensaban los hijos, qué sabio es el taita, y Martín les seguía hablando.

-¿Saben ustedes quién es el que fracasa?, -y el mismo les respondía-fracasa quien nunca intentó nada; así es mis hijos, y les pido que este error sea sólo una enseñanza o supongamos que sea una batalla perdida de esta vida.

Pero no se ha perdido la guerra, y después, más calmado les pedía tener paciencia; pronto conocerían el verdadero secreto del sacrificio, conocerían el misterio de la Herencia.

A pesar de los muchos intentos que los hijos hicieron por saber qué encerraba la Herencia, la única respuesta del padre era que tuviesen paciencia, que pronto conocerían el misterio. En esa larga espera, los días resultaban largos y por momentos la desesperación cundía en el ánimo de los hermanos.

Los hijos se preguntaban hasta cuándo esta situación. Entonces sucedía que mientras ellos mantenían latente la expectativa y cuidaban día y noche del padre, se veían privados de todo gusto y lujuria por esperar el gran día para recibir la noticia.

En esa larga espera cayó Martín sin ninguna posibilidad de restablecerse; cayó definitivamente enfermo, de día y de noche presentaba ardor de fiebre; visitaba a sus antepasados, conversaba con su padre, con su madre, después se ponía a conversar con su María, en ese largo diálogo donde sólo las almas tienen ese don de encontrarse en ese diálogo silencioso.

Se le escuchaba sonreír y suspirar con un suspiro leve, tierno y con nuevas risas entre sus labios; los hijos esperaban a que volviese en sí, que su alma retomase su cuerpo; Martín pronto se sobreponía a la muerte, luchaba como un león contra ella.

Cuando volvía en sí, en esos cortos segundos, era para mirar a sus hijos, quienes desesperados se colocaban cerca del enfermo para preguntarle dónde se encontraba la riqueza de la Herencia o cuál era el misterio. Pero justo cuando la respuesta estaba por ser dada a conocer, Martín volvía a perder la razón de esta vida y empezaba a articular palabras ininteligibles. Era como si le gustara esa introducción a la muerte. Todo estaba perdido para los desesperados hijos, hasta que Raúl dijo:

-¡Hermanos! ¿No será mejor traer al cura y de una vez hacemos que nuestro padre se confiese?

-¿No será que su alma está penando porque quiere decir algo? -dijo otro de los hermanos.

La sugerencia fue muy bien recibida. Dos de los hermanos salieron a buscar al cura, y de paso le pidieron que le sacase a su padre el secreto acerca de dónde estaba la riqueza de la Herencia.

Cuando aquella mañana llegó el cura a donde Martín estaba enfermo, éste dormía plácidamente sus últimos minutos de vida. El cura le miró, sintió la pieza fría como de muerto. Pensó el cura: «se nos va Martín», de ver al enfermo con la piel amarillenta, y los párpados cerrados. El rostro era piel y huesos.

-Ya no le quedan más horas de vida, si es que no se me adelantó.

El hombre fornido y macizo de tiempos pasados, hoy era sólo una acumulación de huesos y piel. De pronto, como si retornara de un largo viaje, olvidándose de algo, el cuerpo de Martín volvió en sí.

Cada retorno desconocía más la necesidad de este mundo, sólo esta vez movió la cabeza y miró al hombre de la sotana; sonrió mostrando sus secos y deshidratados maxilares, la lengua pesada le impedía hablar, pero logró hablarle:

- Padre, padre, ya sé a que viene.

-Así es hermano, vengo a confesarte antes de que te reúnas con tus antepasados allá en el otro mundo, en ese mundo lleno de misterios y que sólo los muertos pueden conocer.

-¡Ay padre!, tal vez era a usted al que yo esperaba, por eso mi alma se resistía a hacer este largo viaje.

-Así es hermano Martín, y para no cansarlo -le decía el cura agarrándole la mano-, ¿empezamos de una vez?

-Bueno padre, diga usted, -decía Martín.

El cura preguntaba de nuevo.

-¿Tiene alguna deuda de culpa, Martín?

-¡No padre! ¡Sólo la deuda de no corregir a tiempo el error de mis hijos!

-¿Algo que la Iglesia pueda hacer por usted en la tierra?, ¿algún hijo, infidelidad, avaricia?

-No, padre -decía Martín.

-Bueno -decía el cura-. Hermano Martín, soy el padre evangelista. ¿Me reconoce? -preguntaba el cura para cerciorarse del sano juicio del moribundo.

-Sí padre, respondió Martín.

-Bueno hermano, entonces cuénteme, y diga la verdad sobre la veta de oro que mantiene en secreto en la Herencia, o lo que sea.

-Bueno padre, sólo quiero que mis hijos cambien de vida.

-Hombre, Martín -interrumpió el cura-, no malgaste su corto tiempo hablando otra cosa, o es que no se da cuenta de que el tiempo es oro. Cuénteme sobre esa veta.

-Está bien, está bien -decía jadeando Martín.

El cura volvía a insistir:

-¿Es o no verdad, hermanito?

Martín por toda respuesta y viendo el interés del cura le contestó:

-¿Sabía usted padre, que en cada pedazo de tierra existe un tesoro escondido? ¡Es problema del hombre descubrirlo!

-Ave María Purísima, gracias a Dios, yo pensé que en verdad usted mantenía un pacto con el diablo, hermano Martín, tal como decían los comentarios de la gente del pueblo.

El enfermo volvió a hacer un esfuerzo por estirar sus secos labios; y con rezo pausado dijo al cura:

-Esa es mi preocupación padre, que ante esa búsqueda insaciable ciegue la ambición a mis hijos.

-No se preocupe por eso, Martín.

-Bueno padre, yo sólo quiero que mis hijos cambien el tipo de vida que llevan a estas alturas y por eso, prométame usted que los va a ayudar, prométaselo a un muerto, para que mi alma descanse en paz.

-Que en este momento logremos la paz y que sean sus hijos los que escuchen su último deseo -decía el Cura-. Y saliendo él, hizo pasar a los cuatro hijos, que se encontraban esperando fuera, ansiosos por los resultados del cura.

El hombre de la sotana hizo las recomendaciones del caso y de paso recomendó también no olvidarse de las aportaciones para la Iglesia, y cuando todo estuvo acordado los empujó para adentro, a la pieza del enfermo. Martín los miró lejanos y borrosos, casi ya no hablaba, el aire que respiraba no llegaba a su estómago. Cuando se volvía, intentó hacer una señal que fue muy bien interpretada por los hijos, quienes se sentaron alrededor del padre, mientras el cura permanecía parado con la sotana rozando el suelo.

-Bueno, Martín -habló el cura-, aquí están los muchachos, ya puede usted decir lo que quiera, ellos lo oirán. Y ante todo, está la palabra de la Iglesia de que todo saldrá bien, y así también su alma descansará en paz.

Entonces el enfermo dio un suspiro profundo y sacando fuerzas habló:

-Es verdad, hijos míos, que aquella, la Herencia, llamada así por su difunta madre, encierra una verdadera riqueza. Su madre y yo, después de levantarla, nos establecimos en este pueblo y no volvimos más a ese lugar. Pero lo que esas tierras nos dieron fue más que suficiente para acrecentar nuestra riqueza, que ustedes finalmente derrocharon en poco tiempo; y usted padre, dijo dirigiéndose al cura, escuche bien: tiene que ayudar a mis muchachos a buscar esa veta, pues yo, debido a los años en que no volví nunca más a ese lugar, no recuerdo exactamente dónde queda. Y mis fuerzas ya no me son suficientes para caminar. Pero padre, prométame que los va ayudar.

El cura contestó:

-Puede estar seguro de que los ayudaré en su búsqueda, pero, ¿no recuerda nada, hermano Martín?

-Nada padre, sólo recuerdo que mi María y yo cavamos poco menos de medio metro bajo un árbol seco.

-¿Dónde papá?, ¿dónde papá? Díganos dónde queda -preguntaban los hijos.

Demasiado tarde. Martín dejó escapar un último suspiro, tan lento que duró una eternidad, y su alma voló para reunirse con su amada María y sus antepasados.

De esa manera quedó abierta la posibilidad de encontrar la veta de oro para volver a ser ricos, mientras el cura no dejaba de pedir las futuras aportaciones para la Iglesia.

Después de cumplir con todos los sacramentos de cristiana sepultura, cuando quedaron solos, se miraron unos a otros, y como si recibieran una orden, partieron rumbo a la Herencia, que no quedaba muy lejos del pueblo. Marcharon en silencio los cuatro, más el cura; eran cinco. Cuando llegaron a la zona miraron el monte verde como una manta. Todo era una planicie, las plantas eran más robustas que las de otro lado, hojas grandes, y el suelo húmedo. Se podía notar la diferencia, comparándolo con los terrenos vecinos.

Los cinco hombres miraban desesperados, ansiosos buscaban y rebuscaban los árboles secos. Al descubrir el primer árbol, uno de ellos se dirigía al tronco. Caminaban desesperados, tropezaban con todo nerviosismo, y hasta parecía que el árbol seco caminaba alejándoseles del lugar.

Pero cuando miraron a su alrededor, descubrieron un nuevo árbol, y otro de los hermanos dijo:

-Por acá está, nos estamos equivocando, es éste.

-No -interrumpió otro-. Está por acá -dijo mostrando otro árbol-. Luego vieron otro; hasta que se dieron cuenta de que el tiempo y los años habían marchitado los árboles.

Meditando se quedaron acerca de que tal vez esos árboles también fueron jóvenes como Martín, su padre. Todos estaban secos y con huecos bajo la raíz. Recorrieron cada uno de los troncos que encontraron en las cinco hectáreas.

Todos los troncos estaban rodeados de yerbas, bejucos, malvas, otros tenían bajo el tronco huecos cavados por algún tatú. Desesperados los observaban sin darse cuenta de que el día se marchaba.

A uno de los hermanos le vino una idea y se la comunicó a los otros. Propuso que, como era lunes, se dieran una semana para encontrarlo, y que empezaran al día siguiente, machete en mano.

Así lo hicieron, rozando las cinco hectáreas. Todo quedó raso, y sólo quedaron en pie los troncos más gruesos.

Así pasó la primera semana y no se veía señal de la veta; sentados bajo la sombra de un árbol con las manos protegidas por una venda para no sangrar, pensaban los hermanos: «¿Nos habrá mentido nuestro padre?». Pero después volvían a recordar la ampulosa riqueza que ellos mismos conocieron y disfrutaron, y con esa fe insaciable que lleva todo hombre desesperado, se trazaron una nueva meta.

Remover toda la tierra. Si era preciso, las cinco hectáreas, y para esto hablaron con el cura para ver si el satanudo se animaba a sostener sobre sus manos un azadón, o picota o pala, y no sólo a pedir y pedir de lo que se estaba por descubrir.

Esa noche, cuando apareció el cura, escuchó, y por el rostro se podía saber que no le era de mucho agrado la propuesta, pero recordó que de por medio había empeñado su palabra y a la Iglesia misma para apoyar a los muchachos, así que a regañadientes aceptó su parte del trabajo.

Removería una hectárea, aunque, eso sí, puso como observación una cosa. Esta no sería ninguna competencia, y el que terminase primero ayudaría a su compañero, y él entraría un poco más tarde y se iría más temprano que todos ellos, observación que fue aceptada por los hermanos.

Así empezó la pesada jornada y cada uno cubría su zona, pero el sacrificio no daba sus frutos; sólo la esperanza los mantenía en pie. Llevaban tres días cavando y removiendo la tierra, tal como les había dicho al final de su vida su padre. Hasta que uno de los muchachos topó con su picota con algo duro, y entonces llamó a sus hermanos. Cavaron alrededor, pero el desgano se adueñó de ellos cuando vieron que era un pedazo de tinaja vieja y mugrienta.

En fin, así continuaron la pesada jornada. Algunos terminaron primero, y esos ayudaron a los otros; el cura fue el último en terminar de cavar, y de esa manera, el terreno que ayer fue una alfombra verde de monte, hoy se encontraba desnudo y desierto.

Los árboles verdes y secos fueron todos derrumbados, la tierra removida quedó suelta, y por la tarde, al caer el rocío, desprendió un árbol aromatizado un olor a humo.

Tierra totalmente fértil. Esa mancha era diferente a otras.

Los hijos y el cura miraban en silencio, resignados a la suerte. Todas las esperanzas estaban perdidas. El misterio de la veta era una falsedad.

Desilusionados se marchaban del lugar, cuando a lo lejos vieron que se le acercaba un hombre de avanzada edad, y cuando estuvo cerca de los muchachos los saludó y de paso les preguntó:

-Jóvenes ¿Se puede saber que harán con esa tierra?

Los muchachos, que no tenían nada en mente, desconsolados contestaron:

-¡Nada, sólo la limpiamos!

El anciano volvió a hablarles:

-Yo que ustedes la sembraba y como está tan removida, dentro de muy poco tiempo cosecharían los mejores productos de esta época.

-Sí, sí, -pensaron los jóvenes.

Y sin perder más tiempo empezaron a sembrar el producto de la época. No habían transcurrido cuatro meses, cuando vieron las espigas de maíz. Todos quedaron impresionados por el tamaño. Cuando llegó el día de la cosecha, el rendimiento fue tal que todos los clientes que compraban no hacían más que comentar la buena calidad del maíz.

De esa forma les compraban en los puestos de venta, como muchos años atrás lo hubiera hecho don Martín, y es que en verdad, los hijos no comprendieron el verdadero mensaje del padre:

Que removiendo ese terreno, después de producir unos años, volvería a rendir como años atrás. Y, si bien no se hicieron ricos como antes, ahora sí cuidaban con mucho esmero el dinero que ganaban con el sudor de su frente, y también hacían llegar los aportes, que por convenio le correspondían a la Iglesia, donde el cura daba misa feliz de haber cumplido su promesa.

 

FIN

 


miércoles, 26 de noviembre de 2025

EL OBSESO Alfonso Álvarez Villar {Relato}

 



EL OBSESO

 

Alfonso Álvarez Villar

 

Los psiquiatras califican entre los sentimientos y las tendencias eso que ellos denominan «impulsos obsesivos», esto es, aquellas fuerzas que de una manera más o menos irresistible, nos incitan a hacer algo que sale del marco de nuestros prejuicios o normas morales, pero que al mismo tiempo cae dentro de nuestros deseos y pasiones habituales.

¿Quién no ha sentido la tentación -como ha dicho más de un psicólogo- de arrojar a un pozo a cualquier persona apoyada casualmente en su brocal? ¿Quién no se ha visto turbado alguna vez en su vida por la patológica sugerencia de apretar el timbre de alarma, sin motivo alguno, de un tren en plena carrera? Y así en este mismo tono podríamos citar ejemplo tras ejemplo, acaecidos en personas normales, pero sin que por eso dejemos de subrayar el carácter altamente raro de este fenómeno.

Pues bien, pese al calificativo de infrecuente con que la psicología moteja a esta «vivencia», ésta es tan usual en mí que me voy a sentir otro hombre cuando el doctor X logre extirparla de mi espíritu (suponiendo que lo consiga).

Pero, ¡por Júpiter!, lector mal pensado, no te vayas a creer que el que escribe esto es un loco de remate. Lo juro por mi honor. Un poquito fantástico sí que lo soy, y un algo mucho de mentalidad analizadora y prolija también poseo. Pero éste no es suficiente motivo para que me considere un enajenado (me está entrando ahora la tentación de escribir aquí unas palabras soeces para que mis lectores se sientan ofendidos).

Y volviendo a nuestro tema: me parece que había dicho que aquel «demonio de la perversidad» (así lo llama ese otro maniático que fue Allan Poe) era casi mi pan cotidiano. Tentaciones de este tipo, como la de gritar en medio de una audición sinfónica, o la mucho más truculenta de ocurrírseme asesinar a seres tan queridos como mis propios padres, sin que mediasen, como es de suponer, motivos, me asaltaban con frecuencia. Puedo referir también el caso de aquella novia que tuve hace ya dos años, y de la que en los momentos cumbres de nuestra pasión me veía precisado a apartarme, víctima de extraños afanes de estrangularla. Pero no quiero extenderme demasiado en contarles los antecedentes de mi «caso».

Porque, efectivamente, debo referir que hasta hace apenas seis meses, aquel fenómeno no habría presentado un cariz patológico, y de cualquier forma, no habría dejado de ser una mera inclinación fácilmente reprimible, sin traducción en el mundo externo. Creo conveniente a este respecto resumir aquí la historia clínica que el doctor X guarda en sus archivos. Emprendiendo, pues, esta tarea, he de decir a mis lectores que desde la edad de 14 años hasta los 19 esos síntomas aparecían en casos excepcionales, aunque con más frecuencia que en la mayoría de las personas. Pero, en realidad, este proceso no hizo más que seguir una progresión aritmética a lo largo de aquellos cinco años. Me refiero más bien (y empleo términos psicológicos porque yo siempre he sido aficionado a la psicología) a la fecha en que esa tendencia obsesiva se proyectó en un plano real.

La memoria me falla desde entonces: los electroshocks aplicados a mi cerebro me han hecho olvidar muchas de las cosas sucedidas durante estos últimos meses. Sólo creo recordar que entonces me hallaba en una continua pesadilla. Cualquier circunstancia o cualquier objeto creaba en mí ese estado patológico. Cada vez le era más difícil a mi voluntad poner el veto a la exteriorización de aquellos impulsos. Esto debió prolongarse cinco o seis meses.

Recuerdo también, aunque de una manera muy borrosa y como muy lejana, aquella blasfemia (yo soy muy religioso), que en medio de una sala de espectáculos abarrotada de público lancé a pleno pulmón. Y ahora rememoro (una imagen se vincula a otra) aquella boda en la que ambos contrayentes eran buenos amigos míos. El sacerdote había ya solicitado por dos veces a los testigos a la ceremonia que comunicasen antes de anudar el vínculo sacramental si encontraban algún impedimento en aquella unión. La potencia de mi voluntad ya se hallaba a punto de derrumbarse. Y efectivamente, al repetir la amonestación por tercera vez, exclamé con voz estentórea que sí, que existía un impedimento. Claro que tuve la buena ocurrencia de fingirme víctima de un ataque epiléptico, por lo que aquella estupidez no tuvo ninguna consecuencia. El truco del ataque me valió en más de una ocasión para escapar con cierto decoro de otras situaciones a cual más chuscas.

Por ejemplo, sé que la serie de actos extravagantes que cometí en aquella época alcanzaba una cifra verdaderamente alarmante. Vuelvo a repetir que lo he olvidado casi todo, pero creo recordar cierto puñetazo que di a un pacífico transeúnte y cierto no menos categórico abrazo a la Dama de Elche en el Museo del Prado.

Voy, pues, a limitarme a referir aquí el hecho decisivo que me tiene encerrado en esta celda manicomial. Quiero también justificar ante mis lectores aquella acción absurda que dio pie a tantos comentarios en la prensa. Son precisamente estos comentarios los que me han impulsado a escribir estas líneas, porque, francamente, yo ya estoy harto de verme tratado como un anormal por personas menos inteligentes que yo. ¡Al diablo con ellos!… Pero volvamos al hilo de nuestro relato.

Desde luego sí que puedo asegurar sobre todo que aquello ocurrió en una de las estaciones de Madrid, y hacia el mediodía (estos datos han sido confirmados además por los periódicos que han llegado a mis manos). Por otra parte, no me pregunte el lector lo que yo estaba haciendo en aquel sitio y a aquella hora. El caso es que bajo un sol canicular me paseaba por los andenes vacíos cuando, de repente, me quedé parado ante una de esas gigantescas locomotoras eléctricas que mis lectores habrán visto alguna vez arrastrando una fila interminable de vagones. Era, en efecto (así lo dicen los periódicos), la máquina del expreso preparado ad hoc con destino a no sé qué ciudad española. Pero estas últimas son reflexiones hechas a posteriori. Me quedé parado, repito, y como atraído por una fuerza irresistible, me puse a analizar prolijamente las bielas, las tuercas y en general los mecanismos más nimios de aquel monstruo de acero.

Todo esto duró, aproximadamente, diez minutos, porque al tropezar mi mirada con la puertecilla medio abierta del vehículo me asaltó la súbita e irresistible ocurrencia (la que transformé en realidad) de introducirme dentro.

Aquí los recuerdos se desvanecen como jirones de un sueño fantástico que las luces del alba disipa. Conjeturo, desde luego, que víctima de otra nueva tentación debí poner en marcha el convoy, a fuerza de manipular las palancas de la maquinaria, porque todo lo que sigue es una «sensación de movimiento» o, para concretar mejor, una alocada carrera de dos rieles que se iban estrechando hacia mí a velocidad vertiginosa, sin concluir nunca. También creo recordar los postes del telégrafo que se deslizaban a uno y otro lado de la vía, como si quisieran huir.

Conjeturo que el miedo a caer en las garras de los empleados del ferrocarril (que debían de haberse dado cuenta de mi «maniobra») impidió que mi mano deshiciera lo que mi mente obsesa había comenzado, pero no es menos cierto que «entonces» el viento que azotaba mi cara cuando me asomaba por la ventanilla y la rápida procesión de las copas de los pinos que se sucedían rápidamente a derecha e izquierda, me inoculaba una salvaje alegría, muy difícil de descubrir ahora. Luego creo que me cansé (yo me canso de todo) y a unos cien kilómetros de Madrid dejé abandonado el convoy en un lugar desierto de donde regresé andando.

Vuelven a difuminarse mis evocaciones en un grado todavía más intenso, y además no tengo ganas de proseguir este relato. Pasan confusos por mi memoria la visión de un Tribunal y unos jueces que me absolvieron (se conoce que cediendo a una nueva tentación di parte a la policía de mi «hazaña»). El caso es que ahora estoy en este sanatorio (no de locos) en el que me voy restableciendo.

 

FIN

 


lunes, 22 de septiembre de 2025

CUERPO Y ALMA .- Alfonso Álvarez Villar {relatos}

 
                                                                    


No sé cómo me refugié en aquel café, una tarde de lluvia en la que los propósitos más optimistas se hubiesen licuado, como el barrillo que se precipitaba por las alcantarillas de Madrid. Pero aquel establecimiento me sedujo mucho más que las luces de neón de la moderna cafetería americana de enfrente.

El café en cuestión era uno de los fósiles vivientes que aún es posible encontrar en ciertos rincones del Madrid antiguo. Fauna a extinguir por la asepsia de esos establecimientos en donde nos es posible alternar, en condiciones de rigurosa asepsia, los encantos de un sandwich de jamón y queso con las sonrisas de las camareras. Pero aquella tarde yo preferí retrotraerme a otras épocas.

El café se hallaba a media penumbra. Los sofás, de cuero auténtico, se hallaban, en gran parte, ajados, cuando no hendidos por la furia salvaje de algún sádico. En lugares poco visibles se adivinaban parejas de novios que se hacían clandestinamente el amor. Pero la inmensa mayoría de los parroquianos eran viejos, terriblemente viejos, y no parecían preocuparse ni mucho ni poco de hacer imperar en aquel sitio las normas del puritanismo. Parecían esas extrañas salamandras cavernícolas que se quedan inmóviles cuando un rayo de sol, osando entrar por una rendija de la cueva, acaricia sus pellejos descoloridos. Me miraban, en efecto, con ojos inexpresivos, y su mirada era como ese pegamento que se adhiere a nuestra piel, con un contacto viscoso, sin que podamos desprenderlo.

Ya me iba, pues, a levantar de nuevo para precipitarme bajo el diluvio hacia la cafetería de enfrente, cuando una figura surgió de uno de los rincones de aquel antro y se plantó delante de mí. Era el camarero. Pude distinguir apenas a la luz de una bombilla mortecina sus rasgos amojamados, como los de la momia de Rhamsés II, y su servilleta raída, cubierta de manchas de grasa. No me dirigió siquiera la palabra. Su actitud era en sí mismo una interrogante. Pedí, pues, un café con leche con el firme propósito de escaparme apenas hubiese concluido de pagar, pero la cortesía me obligaba a permanecer en mi desvencijado sofá, con esas miradas nauseabundas clavadas en mis ojos y respirando el olor acre de la humedad y del tabaco, en una extraña mixtura de erotismo y de cochambre, como en un burdel barato.

El camarero-momia se acercó a mí, tras una larga espera. Absorbí rápidamente aquel brebaje infecto que sabía a cacahuetes y me dispuse a pagar el importe de la consumición, más una generosa propina (las «honras fúnebres», pensé en mi magín, vanagloriándome de mi propio ingenio). Pero de repente una voz que se rompía como un vaso de cristal de Florencia, destacó sobre el cuchicheo lúbrico y las risitas sofocadas de las parejas de novios. Era mi vecino de mesa que se dirigía a mí.

-¿Tiene usted mucha prisa? -me espetó un anciano de aspecto más agradable que los demás, pero de edad indefinible. Pude captar como una especie de sonrisa que se transparentaba, sin hacer relieve, en las comisuras de los labios.

-Sí, se me va a hacer tarde -contesté algo molesto por esta intromisión en mi vida privada.

-A ustedes, los jóvenes, no les importa coger una pulmonía con tal de llegar pronto a todos los sitios -comentó, para señalar rápidamente un libro que yo iba a recoger en ese momento de mi mesa y que, para huir de la atmósfera tétrica que me rodeaba, había estado ojeando hasta ese momento.

»También yo soy un especialista en filosofía hindú -añadió inclinándose hacia mí.

(Porque, efectivamente, aquél era un libro que acababa de comprar en una librería de lance en mi deseo de ampliar mis conocimientos sobre las técnicas soteriológicas de ese pueblo maravilloso que es el indio; como buen occidental me había dejado seducir por los Upanishadas y por la sabiduría del Hinayana).

Buscaba, como un poseso, algo que pudiera eliminar mi ignorancia en esta selva oscura en que me hallaba perdido. Por eso decidí permanecer en aquel café-espelunca, a riesgo de convertirme en un fósil viviente más. Iniciamos, pues, una larga conversación que me sirvió para comprender hasta qué punto aquel hombre extraño poseía mejor que mis maestros «oficiales» la sabiduría de la India. Era imposible de comprender cómo un individuo, que parecía ser contemporáneo de los Aqueménidas o de los faraones Saítas, pudiese retener tal número de datos y tal erudición. Yo permanecía silencioso y sólo de vez en cuando, con un comentario o con una pregunta, reavivaba los rescoldos de aquella hoguera de sapiencia.

Hablamos sobre todo de las relaciones entre el cuerpo y el alma, que como médico psicólogo me interesaban especialmente. Nos referimos a las técnicas yoguis y a la escuela samkhya yoga:

-Sí -decía aquel anciano que antes me había parecido repugnante y que ahora me causaba admiración-, ustedes, los que ahora hacen preparativos para llegar a la Luna, han olvidado los secretos de esos viajes maravillosos que hicieron los ascetas hindúes hace ya muchos siglos. Ellos recorrieron todos los planetas sin salir de este microcosmos que es el alma humana. Es más, con su mente desprovista de masa de inercia llegaron mucho más lejos que los cohetes teledirigidos. Más de un rishi se paseó, a caballo de su espíritu puro, de su purusha, sobre las escarpadas colinas del circo de Copérnico o a la sombra de los farallones de Tycho Brahe. Y mucho antes que el Mariner IV, percibieron las llanuras desoladas del gran Syrte marciano. Pero no les interesaba el dominio del mundo físico, sino lo que está más próximo y al mismo tiempo más lejos de nosotros: nosotros mismos. Habrían sido inmortales si no hubiesen preferido la Gran Iluminación, la Gran Muerte que supone la suprema bienaventuranza en el todo. Pero aún así, la smirti nos habla de ascetas que vivieron varios milenios, libres de enfermedades y de las miserias de la carne.

-Pero esto no es más que leyenda -objeté yo-. La muerte es como una sentencia que se halla esculpida en los libros sibilinos de nuestros cromosomas. Si pudiéramos leerlos podríamos predecir la fecha exacta de nuestra extinción, salvo que una causa externa (una infección muy virulenta, un accidente) adelantara nuestra última hora. Son, en realidad, las paredes de nuestras arteriolas y capilares las que nos condenan a morir. ¡Si consiguiésemos renovar como en una instalación eléctrica esos hilillos que transmiten el oxígeno y los elementos vitales a todas las células de nuestros tejidos! Pero ésta es una tarea imposible por ahora: todo lo más se han conseguido implantar injertos de aorta. No creo, pues, que toda la fuerza mental del mundo pudiera remover el depósito de colesterol y de sales cálcicas que van obstruyendo inexorablemente nuestro aparato circulatorio…

Pero me interrumpí porque no fue mi vista, sino ese sexto sentido que todos poseemos el que me advirtió que mi interlocutor se estaba riendo de mí. Era una risa mental y cargada de compasión: la de un hombre presenciando los vanos esfuerzos de una hormiga para introducir un grano de maíz en un agujero demasiado pequeño.

-Ustedes -y en este «ustedes» sonaba algo especial que me hizo estremecer- se muestran escépticos acerca de las posibilidades de acción del espíritu sobre el cuerpo… Es más, ni siquiera creen que exista algo distinto a la materia. ¡Y lo curioso es que aun este dominio progresivo sobre el mundo inorgánico lo deben precisamente a la existencia y a la supremacía de ese principio inmaterial! Es como si un campeón de levantamiento de pesos negara la existencia de las fibras musculares… Pero ya es demasiado tarde, y como me ha caído usted simpático quisiera que dejásemos esta conversación para otro día… ¿Qué le parece mañana a las siete de la tarde en mi casa?

Pensaba asistir a esa misma hora a un concierto, pero acepté gustoso la invitación de aquel hombre singular que me tendió una tarjeta amarillenta y muy arrugada. Yo le tendí la mía, que enfundó en una especie de portafolios descolorido y despellejado. Luego, salimos juntos y nos despedimos bajo el aguacero que nos calaba hasta los huesos. Las luces de la cafetería americana, que parpadeaban el nombre de un Estado de la Unión, me devolvieron a la realidad. Pero aquello no había sido un sueño y por eso me afiancé en mi propósito de acudir a la cita del día siguiente.

Subí por las escaleras que parecían iban a derrumbarse a cada instante bajo mis pasos. El portal estaba muy mal iluminado, y como no llevaba cerillas en el bolsillo (no soy fumador) tuve que tantear la barandilla para alcanzar el segundo piso, en donde vivía el anciano con el que había estado conversando la tarde anterior. Recuerdo todavía aquella ascensión a la casa de Rodríguez (así se llamaba el anciano) como una pesadilla salpicada con las expresiones obscenas de los grafitos pintarrajeados sobre las paredes, y que la luz trémula de las bombillas de los rellanos hacía resaltar como cicatrices lechosas.

Llamé con los nudillos a la puerta (el timbre no funcionaba) y Rodríguez apareció envuelto en una casaca grotesca. Encendió las luces del pasillo, y bajo los rayos de la luz eléctrica parecieron iniciar un retroceso, como si se tratase de insectos noctívagos, unos muebles antiquísimos, o, mejor dicho, unos cadáveres de muebles que se hallaban esparcidos por doquier. Todos ellos debían de tener más de un siglo de existencia, aunque pertenecían a diversos estilos: Luis XV, Luis XVI, y algunos más modernos de corte isabelino. Pero todos ellos yacían deshilachados, cubiertos de mugre cuando no destripados y dejando ver impúdicamente sus entrañas de algodón o de borra. Rodríguez parecía también un clown bajo el flash descarado de las bombillas eléctricas.

¿Cuántos años tendría aquel hombre? Era una pregunta que me había estado formulando a partir de nuestro primer encuentro. Y lo que es más curioso: aquella noche había soñado que aquel hombre avanzaba hacia mí con el rostro desfigurado por la podredumbre. Me había despertado entonces sobresaltado y no pude conciliar el sueño el resto de la noche. Pero aquella nueva amistad me atraía como un precipicio, y no me hubiese perdonado a mí mismo el retroceder como un cobarde, una vez dado el primer paso.

Disimulé, pues, mis terrores lo mejor que pude, y pronto la erudición de Rodríguez me hizo pasar del plano afectivo al intelectual, en donde todas las angustias desaparecen. Seguimos, pues, charlando sobre los mismos temas que nos habíamos planteado el día anterior, y al terminar hicimos un recorrido por aquel piso antiquísimo que rezumaba humedad por sus cuatro costados. Aquellos cuadros, aquellos muebles y todos los objetos que me enseñaba habían pertenecido a sus antepasados, me aclaró Rodríguez. Me deleité entonces ante algunos lienzos firmados por pintores de segunda o de tercera fila que habían vivido en el XVIII o en el XIX. Me llevó incluso con aire triunfal a una habitación presidida por un gigantesco cuadro de Tiépolo y atestada de muebles rococós tapizados en seda e hilo de oro. Allí había también kimonos filipinos, y contrastando bruscamente con ellos, jarrones del Buen Retiro y de Sèvres.

Pero fue, sobre todo, un detalle el que más me llamó la atención haciendo reavivar en mí la pesadilla de la noche anterior: un retrato de uno de los antepasados de Rodríguez. En efecto, a pesar de su peluca y de su levita dieciochesca, aquel hombre presentaba las mismas facciones que las de mi anfitrión. Ni siquiera la ley del atavismo formulada por Darwin hubiese podido explicar esa sorprendente coincidencia. Pero disimulé mi estupor con la máscara de una admiración de índole estética.

-Perdone que me despida ahora de usted -me dijo Rodríguez-. Me esperan en otro sitio.

Y efectivamente, volví a descender por aquellas escaleras dantescas, y pronto la compañía de los transeúntes y el rumor del tráfico me devolvieron a la realidad.

Aquella misma noche tenía yo una cita con cierto colega extranjero. Habíamos quedado citados en el bar del Hotel X. Acudí, pues, puntual a la cita. Mi colega aún no había llegado.

El bar americano estaba abarrotado de extranjeros, pero se podía distinguir algún que otro español hablando en la lengua de Cervantes en medio de aquella Babel. En realidad, había más españolas que españoles: prostitutas elegantes que habían acudido a la caza del dólar. Yo debía de tener un aspecto demasiado celtibérico, porque ninguna de ellas se dignó fijar sus ojos en mí. Tampoco lo deploré, porque tengo los suficientes años para no sufrir el cosquilleo del erotismo juvenil y tampoco he alcanzado esa fase de la menopausia masculina en la que muchos compañeros míos de sexo comienzan a hipercompensar un sentimiento de minusvalía creciente.

Pero lo que me turbó, hasta tal punto que me hizo dar un respingo sobre el confortable butacón forrado en skai en el que me hallaba sentado, fue el distinguir a un hombre de unos 30 a 40 años que bebía un whisky en el otro extremo de la barra en compañía de una muchacha generosamente escotada. No olvidaré nunca la expresión facial de aquel hombre cuando su mirada tropezó casualmente con la mía. Fue un gesto de asombro, como si le hubiera sorprendido cometiendo una mala acción. Es claro que a mí no me importaba que aquel señor desconocido acompañara a una señorita poco virtuosa. Mas había un detalle que inmediatamente capté y que explicaba perfectamente la sorpresa de ese individuo: se parecía extraordinariamente a Rodríguez, sólo que con cincuenta años menos (y quien dice cincuenta dice cien, o la cifra que usted quiera, con tal de ser superior al medio siglo). ¿Sería un hijo o un nieto de Rodríguez? Pero entonces resultaba imposible el explicar el porqué se había sorprendido de mi presencia, cuando lo más lógico era suponer que desconocía las relaciones que existían entre su padre, o su abuelo, y yo. En ese momento llegó, sin embargo, el profesor C y en seguida pasamos a la parrilla del hotel X para cenar y, de paso, conversar sobre una serie de asuntos, ya que a la mañana siguiente él debía partir en avión para Roma.

Pero apenas habíamos consumido los postres cuando incidimos insensiblemente en el tema que había estado obsesionando mi mente desde hacía algo más de veinticuatro horas: el de la posibilidad de influir el espíritu sobre el cuerpo, hasta el punto de anular los procesos de deterioro involutivo, de conseguir que nuestros tejidos permanecieran en un estado de perpetua juventud.

El profesor C se mostraba escéptico en este terreno, lo mismo que yo. Pero de todas formas, nos detuvimos a considerar las posibilidades que ofrecían las técnicas yoguis y, dentro de nuestra civilización occidental, el tan desprestigiado método de Coué.

-Es obvio que, como afirmaba el doctor Alexis Carrell -decía el profesor-, aún nos queda mucho por descubrir dentro de nosotros mismos. El hombre posee energías insospechadas, como lo han demostrado Rhine y otros muchos. Algunos autores de ciencia-ficción, como Lovecraft, y anteriormente Lord Dunsany, han dado la razón a los jains y a los pitagóricos que afirmaban que el alma estaba encerrada como en un sepulcro: nuestro cuerpo.

-Pero no creo que las facultades psi, o como quieran llamarlas, puedan proporcionar al hombre la tan ansiada inmortalidad, depositada en esa planta mágica que intentó arrematar Gilgamesh -comenté yo.

-Y, sin embargo, ciertos protozoos son prácticamente inmortales. Los biólogos han demostrado que cada equis tiempo se remozan, mediante un proceso de conjunción de carioplasmas, con otros miembros de la misma especie. Es más, al dividirse ininterrumpidamente consiguen algo así como una «inmortalidad genérica», a no ser que intervengan factores externos (el calor, ciertos reactivos químicos, los rayos X) que los destruyan.

Continuamos hablando ininterrumpidamente hasta la una de la madrugada. Sólo cuando los camareros nos advirtieron cortésmente que iban a apagar la luz del vestíbulo, volvimos a pisar en el mundo. Le deseé, pues, un feliz viaje al profesor C, y me dispuse a dirigirme a la próxima parada de taxis para llegar a mi domicilio.

Avanzaba bajo los árboles del paseo de la Castellana, mientras ráfagas de aire helado me cortaban con sus cuchillas el rostro, cuando pude ver a un individuo que, tambaleándose, se disponía a cruzar el paso de peatones. El cruce estaba abierto para los automóviles, pero no fue eso lo que más me llamó la atención, sino que aquel individuo era, precisamente, el que unas horas antes había visto en el bar del Hotel X, a pocos metros de allí.

No me dio tiempo, sin embargo, a más reflexiones, porque en ese momento un veloz Chevrolet se lanzó sobre el imprudente. Chirriaron los frenos y el coche giró sobre sí mismo, llevándose por delante al peatón. Corrí rápido a prestar los primeros auxilios. El conductor del coche y yo habíamos sido los únicos testigos del atropello. Aquel norteamericano que, como no era menos de esperar en aquella hora nocturna, apestaba a ginebra, parecía un buen muchacho, y por eso me rogó que le ayudase a llevar al herido al hospital de la base de Torrejón de Ardoz.

No llevaba ningún instrumento médico, y además, mis conocimientos de cirugía o de clínica de urgencia se limitan a los que aprendí en la Facultad, pero aun así me di cuenta, mientras nos deslizábamos por la autopista de Barajas, que el herido acababa de fallecer. Así se lo iba a advertir al «boy», cuando presencié algo que me puso los cabellos de punta: los rasgos de la víctima comenzaban a deformarse rápidamente, como en una pesadilla o en un trucaje cinematográfico. Y, cosa que todavía me hace estremecer de horror cuando lo recuerdo, en breves instantes aquel individuo joven se había convertido en un hombre de edad indefinible: el señor Rodríguez. Más aún, unos dos minutos después sólo quedaba sobre mis rodillas y el asiento trasero del automóvil unos huesos negruzcos y un polvo acre que el aire que entraba por las ventanillas iba esparciendo como una estela macabra detrás de nosotros.

A duras penas conseguí que el norteamericano dejase de pisar el acelerador para mirar hacia atrás y encender la luz. De haber vuelto la cabeza en plena marcha, yo no estaría escribiendo en estos momentos estas líneas, porque jamás he visto una expresión de pánico más marcada en ninguna persona, ni siquiera en los esquizofrénicos cuando se sienten asaltados por una alucinación terrorífica.

El resto de la historia figura en los archivos de la policía. Creo que el «boy» dejó abandonado el automóvil en la carretera para emprender una veloz huida hacia la base aérea, en cuya entrada le detuvieron los centinelas para esposarle con todo género de precauciones. En cuanto a mí, tuve que explicar el asunto a las autoridades españolas, que no creyeron una sola palabra de cuanto les dije. Por supuesto, no ha sido mi buena reputación ni la falta de pruebas lo que me ha librado de una condena por homicidio: nadie me podría haber acusado de dar muerte a un hombre que, según los forenses, había fallecido doscientos años antes.

 

FIN