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jueves, 24 de septiembre de 2026

La Decadencia de la Humanidad .- Roberto Augusto

 







HELAS .- Alfonso Álvarez Villar

 



 

Thompson miraba con satisfacción el estado de las excavaciones arqueológicas en aquel rincón de Creta. Ya habían aparecido, bajo los picos y los azadones, los primeros vestigios de un palacio que parecía datar del Minoico reciente. Habían pasado tres meses desde que el avión le trasladara de la brumosa Cambridge a aquel país soleado.

Era todavía un hombre joven. El ser uno de los mejores especialistas en historia egea, el que en las revistas y en los programas de televisión se le llamase con orgullo el sucesor de Sir Arthur Evans, no le privaba de ser uno de los mejores jugadores de golf, en un país en que el golf es uno de los hobbies más extendidos. Sólo las entradas en el cuero cabelludo y algunas arrugas sobre su rostro macizo de anglosajón delataban el paso de los años.

Thompson había sido llamado por la Dirección Nacional de Arqueología del Gobierno de Atenas, algunos días después que un muchacho de los alrededores de Heraklion hubiese aparecido en una tienda de antigüedades intentando vender un magnífico jarrón, en el que sobre un fondo negro, como de profundidades marinas, agitaban sus tentáculos varios pulpos de líneas estilizadas. La noticia de aquel hallazgo se había divulgado rápidamente, pero las autoridades griegas se habían anticipado a la nube de depredadores que se disponían a enriquecerse a costa de los turistas.

Quince días después habían comenzado las excavaciones, bajo la dirección de Thompson, cuando todavía la primavera mediterránea cubría, como con copos de nieve, los almendros de la isla. Luego, habían empezado a salir a la superficie docenas de ánforas y de cráteras, de vasijas y de tinajas decoradas o sin decorar, con el color rojizo de la arcilla o cubiertas de figuras geométricas o de animales muy esquematizados. Finalmente, comenzaron a hacerse visibles los muros de una habitación y los pilares de un vestíbulo. Ahora estaba la cuadrilla de peones cretenses arrojando en los camiones las últimas paletadas de tierra para dejar limpio el recinto recién resucitado de las entrañas golosas de aquella diosa tierra que los antiguos griegos habían adorado. Pero el caluroso verano dejaba una pátina de sudor en el rostro de los trabajadores y enlentecía sus movimientos.

Un joven obrero se acercó a Thompson que, sentado en una silla plegable, hacía el inventario de los últimos objetos que se habían desenterrado: un par de fíbulas y un ejemplar de esa misteriosa hacha doble que tanto intrigaba a los especialistas en arte Minoico. El muchacho llevaba en sus manos, como un trofeo o como una pieza de caza recién cobrada, una magnífica crátera, cuyo barniz negro relucía radiante, alegre de volver a reflejar los rayos del sol. Después de tomarla en sus manos, Thompson se acercó con el obrero al lugar en donde acababa de ser hallada. Su cámara fotográfica emitió un clic, y aquellos terrones de tierra pasaron a la historia de la arqueología. Luego deslizó sus manos por la crátera, admirando la suavidad de sus líneas, y complaciéndose en los rosetones que rodeaban, como una banda de violetas, la boca del recipiente, por donde otros hombres habían bebido el fuerte vino de Creta, hacía ya tres mil quinientos años.

Miró hacia el mar que, a pocos centenares de metros de allí, respiraba como una muchacha que duerme la siesta. Miró también las suaves colinas cubiertas de olivos, y oyó el canto de las cigarras, a las que Anacreonte había comparado con los dioses. Y entonces tuvo una sensación extraña, la primera de las que le asaltarían desde entonces.

Aquello duró una fracción de segundo, pero le dejó paralizado durante unos instantes: es como si él recordara que había estado bebiendo en alguna ocasión en aquella misma copa, y enfrente de aquel mismo paisaje. Llegó, incluso, a sentir sobre su garganta el lametazo dulce y, al mismo tiempo, picante de un licor que parecía vino. Pero pronto se recobró de su estupor: había leído en no sé qué revista de divulgación científica algo acerca del «fenómeno del ya visto». Precisamente el día anterior había estado bebiendo vino del país en el chalet del cónsul británico, allá en la antigua Candía. Volvió, pues, a las obras, estimulando a los peones para que terminaran de despejar de tierra y de escombros el área recién excavada.

Una hora después estaba solo, bajo el crepúsculo violeta. Una cinta de sangre ceñía, allá a lo lejos, el horizonte marino. Mañana vendrían más obreros, y pronto el sol de la Hélade doraría de nuevo un palacio más de la serie descubierta por los arqueólogos de todo el mundo, bajo el suelo de Creta. Posiblemente, dentro de una semana las fotografías de los frescos respetados por el zarpazo de los siglos, y de la cerámica de aquel lugar, eclipsaría a los ya célebres palacios de Cnossos y de Hefaistos.

Pero ya era tarde y el camino era muy malo. Por eso, abandonando sus ensueños de gloria, puso en marcha el jeep y sorteando los baches del camino vecinal y, luego, los de la carretera de segundo orden, se dirigió a su alojamiento en Heraklion. Una lechuza graznó sobre su cabeza en los arrabales de la capital. Thompson pensó que era la diosa Pallas Atenea la que le mandaba un buen presagio.

Llegó al campamento cuando los rayos del sol comenzaban a dorar las suaves colinas y las matas de jaramillo que se desperezaban en el amanecer. Como empujado por una especie de fuerza magnética, saltó desde el pequeño desnivel del terreno al suelo de aquella habitación o almacén que acababa de ser despejado el día anterior. Pronto sus botas de suelas tachueladas rechinaron sobre las piedras que formaban el suelo. En una esquina, la piqueta había desatascado un canal de desagüe. Una mariposa blanca revoloteaba encima de él. ¡Dios mío, dónde había visto algo parecido; mejor aún, algo idéntico! Recordó sus visitas a los megarones de Tirinto y a algunas de las tumbas etruscas, bajo el sol también achicharrante de la Campania. Pero no se trataba de establecer semejanzas, sino de esa misma vivencia que le había embargado el día anterior: la de haber vivido «aquello» en alguna otra ocasión, la de haber paseado sobre esas mismas piedras, la de percibir el chorro de agua que brotaba de la atarjea. Es más, durante unos instantes creyó distinguir un hilillo de agua que comenzaba a chorrear por el canal. Pero se frotó los ojos y aquella ilusión desapareció como por ensalmo.

Las cuadrillas de obreros estaban aproximándose. Se oía el bronco rugido de los camiones y los gritos de los peones cretenses, en un dialecto mezcla de turco y de griego que Thompson apenas comprendía. Dio órdenes a los capataces para que apresuraran las obras, y en bañador y con la toalla en un brazo se dirigió a la orilla del mar.

Las olas apenas se atrevían a lamer las arenas grisáceas de la pequeña cala. Parecían jugar peces de oro allá a pocos metros de la orilla, pero las aguas estaban todavía frías. Con rápida brazada se deslizó a lo largo de las rocas que formaban el contrafuerte derecho de aquella piscina natural. Una vela blanca parecía allá a lo lejos una gaviota gigantesca que se hubiese quedado dormida sobre el mármol azul del Mare Nostrum, y entonces Thompson tuvo la sensación, que rápidamente desechó, de que aquella nave era como aquellas otras que había visto pintadas en las muestras de la cerámica rodia o en los primeros lekitos atenienses; que una unidad de la poderosa talasocracia minoana se alejaba veloz desde la orilla transportando panzudas orzas de aceite y pellejos de vino. Sintió aletear sobre su cabeza toda la gloria de aquella civilización desaparecida. Y se creyó un representante de aquel imperio, como si la rueda del tiempo hubiese girado hacia atrás. Efectivamente, aquel mar era el mismo que había acariciado los pies de los habitantes del palacio que ahora él, Thompson, arqueólogo del siglo XX, había resucitado de entre los muertos; aquellas rocas eran también las mismas que entonces habían retumbado con las risas de las doncellas y de los guardias palaciegos, porque treinta y cinco siglos representan para las rocas y para las aguas del mar lo que un día en la vida de un hombre.

Pero eran unos ensueños muy extraños. Bien es cierto que hasta entonces se había asomado con harta frecuencia (porque a ello le obligaba su profesión de arqueólogo) por el brocal de ese pozo insondable que es la Historia. Había llegado hasta sus fosas nasales esa bocanada húmeda y que huele también a líquenes muertos, que brota de las generaciones pasadas, de los hombres que vivieron y murieron hace varios milenios. Ahora era algo distinto: algún brazo maligno le había precipitado, por encima del borde, en las aguas estancadas. Estremecido de terror, nadó, pues, hacia la orilla con toda la potencia de sus músculos, porque el agua salobre y amarga del mar le parecía ahora un licor extraño, un vino que hubiese permanecido durante siglos en un pithon griego sin descomponerse.

Cuando llegó a las obras, la piqueta había descubierto otro recinto del palacio; el fósil antediluviano iba poco a poco, hueso por hueso, desnudándose de tierra ante el sol de la Hélade… Con los últimos fulgores de la tarde, apareció la primera pintura. La arcilla yesosa había hecho difícil su desvelamiento. Fue Thompson el que, con un fino buril, tuvo que ir desprendiendo centímetro por centímetro cuadrado. Primero apareció un fondo de color verdoso, que preludiaba la existencia de posibles figuras humanas o de animales. Luego apareció una mancha de color negro que pronto se convirtió en un áspid. Luego, siguiendo el trayecto de lo que parecía una mano que apretaba al ofidio, Thompson fue extrayendo de un sepulcro de tres mil quinientos años de antigüedad el contorno de un brazo. Finalmente, tras ímproba tarea que sólo un especialista como él podía llevar a cabo con éxito, surgió el rostro de la sacerdotisa. Y una hora después, cuando las nubes ya tenían el color del cobre oxidado, apareció el torso desnudo, la falda con faralaes, como la de una bailarina del Sacromonte de Granada y unos pies diminutos que pisaban un campo de amapolas ya casi destruidas por la humedad y por los agentes químicos del terreno.

El sudor perlaba la frente de Thompson, y la delgada camisa de nylon se había adherido al tórax musculoso y velludo. Los obreros contemplaban en silencio la operación, con un silencio que casi parecía religioso. Uno de los capataces enfocó con la linterna la figura de la sacerdotisa y se oyeron algunos gritos de admiración entre los espectadores. Pero el destello de la linterna, al iluminar el rostro de aquella mujer, imaginada o real, que había sido inmortalizada hacía ya muchos siglos, hizo que Thompson volviera a sentir por tercera vez aquella sensación extraña de «ya visto» que le rondaba desde hacía más de veinticuatro horas.

Esta vez su corazón comenzó a palpitar con violencia, y tuvo que apoyarse fuertemente en uno de los peones para no caer al suelo.

-¿Se encuentra usted mal? -le preguntó uno de los capataces.

-Sí…, ¡es que este maldito calor! -y se refrescó las fauces con el chorro de vino de una bota que alguien le ofreció…

Aquella noche, desnudo sobre la sábana, en el confortable hotel de Candía, comenzó a retorcerse víctima de una extraña pesadilla. Veía en sueños a la sacerdotisa, estrujando el áspid ante una estatuilla de esteatita que representaba un hacha de doble filo. Delante del hacha había otra figura de una diosa con un vaso en la mano. Un humo denso surgía por debajo de la piedra y se perdía por las ventanas de un amplio recinto. Él estaba arrodillado y a su alrededor había otras muchas personas cuyos rostros no podía ver. Luego, la sacerdotisa se volvía hacia él, y haciendo una reverencia gesticulaba de una manera muy extraña. Y entonces oyó su voz. Sonaba como en una caverna, pero era una voz armoniosa, como la del aceite cuando se transvasa de un aríbalo a otro. Hablaba en un griego antiquísimo, todavía más arcaico que el que acababa de descifrar Henry Ventris en las inscripciones de Cnossos. Sólo pudo entender las palabras «tierra» y «Gran Madre», «Toro» y «vida eterna». Se trataba, sin duda alguna, de un idioma litúrgico, porque para todos los pueblos del Planeta este idioma fue siempre más antiguo que el que rueda de boca en boca entre los profanos.

Y Thompson deseó en sueños a aquella mujer hermosísima de pechos erguidos y duros que mostraba sin recato, como todas las mujeres de la era minoana. Mas el vértigo de la voluptuosidad iba acompañado de un sentimiento de temor y de bochorno: aquella sacerdotisa era sagrada. Ningún hombre, y menos aún él, que en el sueño figuraba como el personaje más importante de la ceremonia, podían desear a la intermediaria entre los hombres y los dioses, a riesgo de sufrir la cólera divina.

Se despertó en un baño de sudor. La luz del amanecer entraba por la ventana, y el zumbido del acondicionador de aire parecía el de una abeja cansada. Tomó una pastilla de un gangliopléjico y procuró desechar de su mente las imágenes de aquel sueño tan extraño que seguía obsesionándole.

Y lo curioso es que a medida que su jeep avanzaba por la polvorienta carretera en dirección a las obras, el acoso de aquellos recuerdos se hacía más insoportable. Porque no se trataba de una pesadilla corriente: Thompson había vivido aquel sueño con tanta intensidad que aún le parecía hallarse delante de aquella mujer hermosísima, estremecido a la vez de pasión y de horror. Y mientras iba acercándose hacia las ruinas, una palabra cruzó por su mente como un relámpago, hasta tal punto que tuvo que hacer un rápido viraje para que el jeep no se estrellara contra una encina: Theia. Sí, la sacerdotisa se llamaba Theia. ¿En qué parte del sueño se había pronunciado esta palabra? Durante toda la jornada aún siguió esta palabra mágica brincando como una corza salvaje entre sus pensamientos.

Aquella noche Thompson durmió plácidamente tras ingerir una fuerte dosis de barbitúricos. A la mañana siguiente, volvió a la obra con la mente descargada de ideas extrañas. Todo había sido una consecuencia del exceso de trabajo de aquellos días pasados. ¡No era necesario acudir a un psiquiatra! Mientras, las faenas de las excavaciones continuaban a ritmo creciente. Todo un muro había quedado al descubierto, pero habían desaparecido las pinturas al fresco, casi completamente corroídas por el lametazo de los siglos. Sólo acá y acullá quedaban restos de un fondo anaranjado del que se raspó una parte para enviarla al laboratorio. Habían aparecido también algunas ánforas más, pero desprovistas de todo valor artístico y arqueológico. Por eso, volvió a zambullirse en las ondas cálidas del Mediterráneo para pensar como un hombre del siglo XX, un siglo en el que todo está fijado por leyes físicas inexorables, que no dejan espacio a la indeterminación o a la sorpresa. Aquella noche se sumergió en un sueño reparador, sin necesidad de que el tubo de somnífero le cantase su nana química, y al día siguiente volvió al trabajo.

Aquel día había transcurrido sin novedad alguna, cuando también a última hora de la tarde el cincel de Thompson volvió a entrar en acción. Era otro de los muros de los que habían quedado al descubierto, pero esta vez la pintura aparecía mejor conservada, y el fondo verde resplandecía a la luz del ocaso con una poceta de agua marina. Pronto aparecieron unas pinzas de cangrejos, pero Thompson estaba cansado y no quería continuar la tarea bajo la luz de las linternas. Así que volvió a enfilar su jeep hacia Heraklion.

Pero aquella noche volvió a sobrecogerle una nueva pesadilla. Soñaba que veía a unos delfines retozar en la caleta en donde acostumbraba refrescarse todas las mañanas. Luego los delfines quedaban inmóviles, como si algún ser maligno los hubiese disecado, y aparecía entonces el fondo verde-azulado del muro que acababan de descubrir los obreros el día anterior. Las pinturas formaban como un friso y debajo de ellas se abrían unos anchos ventanales por donde penetraba el aire yodado del mar. Debajo de los ventanales había más pinturas: un toro que brincaba sobre la hierba, mientras un muchacho, cubierto por un taparrabo, se decidía a saltar sobre la cresta del cornúpeta, de acuerdo a un rito y, al mismo tiempo, un deporte muy practicado entre los primitivos cretenses.

Aquellos sueños no tenían nada de terroríficos, pero Thompson se despertó bañado de sudor, porque las imágenes habían sido tan plásticas como en aquella otra pesadilla, que había sido más vivida que soñada. Y lo que es peor, al despertarse, volvió a aletear por su mente el pájaro fantasma de la palabra «Theia».

Bajo los efectos de un gangliopléjico, y con el firme propósito de acudir a un psiquiatra al día siguiente o aquella misma tarde, se alejó de Heraklion. Los obreros continuaban limpiando de tierra y escombros el segundo recinto descubierto. Un tercer muro había aparecido, y una hora después, otro, con una puerta que comunicaba a una tercera estancia.

Thompson volvió a empuñar el cincel entre el tumulto fatigoso de los picos y de las palas, que apagaba el rumor del mar y el chirrido de las cigarras. Mas de repente, el mundo desapareció para él, y al recobrarse de su desmayo, se vio en los brazos de dos de sus capataces que le refrescaban el rostro con un chorro de agua.

Le llevaron a la caseta en donde dormía el vigilante de las obras y le acostaron sobre un duro jergón. Allí recordó lo sucedido: ¡los delfines, que su pincel había sacado a la luz del sol, no eran semejantes, sino idénticos a aquellos otros que habían retozado entre las aguas turbias de sus ensueños! Pero se serenó al pensar que podría tratarse de una simple coincidencia: no era la primera vez que los pintores cretenses habían utilizado ese tema. Es más, era probable que debajo de ese fresco aparecieran los ventanales y luego la escena del muchacho y del toro. Posiblemente, los artistas de aquel palacio habían imitado a las obras descubiertas en Cnossos, al otro lado de Candía. Era como si algún historiador del siglo XXX se extrañase de descubrir, en las ruinas de Kiev, un icono muy parecido a otro desenterrado a pocas leguas.

Volvió, pues, al trabajo, a pesar de la resistencia de los capataces y de los obreros. Fueron horas de infatigable labor, sólo interrumpida para comer un buen trozo de roastbeef frío y una ensalada. Los peones se acercaban curiosos al muro (la imagen de la sacerdotisa había sido velada para preservar la pintura de los agentes atmosféricos, y de otro tipo de gentes menos impersonales que el clima).

Como había previsto Thompson, aparecieron después los ventanales, cuyos vacíos quedaron pronto libres de la arcilla y, también como en el sueño, apareció la imagen del toro y del muchacho, disponiéndose a saltar sobre su grupa. Mientras tanto, una de las cuadrillas de obreros había cargado en los camiones la capa de tierra que cubría el zócalo del recinto. Pronto aparecieron en una esquina un baño de piedra, con su correspondiente canal de desagüe, su emparrillado para calentar el agua y unos conductos que llegaban hasta una artesa ya medio desaparecida. La sensación de «ya visto» volvió a hacerse tan intensa que Thompson dejó a medio terminar su obra, y poniendo en marcha el jeep, pisó el acelerador a fondo con destino a Heraklion. Más de un murciélago estuvo a punto de chocar con el parabrisas del coche, y unas nubes de tormenta amagaban lluvia por Occidente. No tardó en encapotarse el cielo, y el orbayo comenzó a empapar los olivos y los almendros a derecha e izquierda de la carretera.

Los frenos chirriaron delante de la puerta del consultorio del doctor Argyll. Subió las escaleras con paso trémulo y víctima de una taquicardia paroxística que le obligaba a detenerse a cada dos o tres escalones. Pero el doctor Argyll había salido y no volvería hasta la mañana siguiente. Thompson volvió al hotel, y tendiéndose sobre su cama, sin quitarse la ropa, ingirió dos o tres pastillas de somnífero.

¿Dónde había visto aquel baño y aquellos frescos? Volvió a repetirse una y otra vez que todos aquellos detalles eran muy parecidos a los que él conocía por sus visitas a los palacios de Creta o de Grecia. Pero no se trataba de eso. Algo que se revolvía con fuerza dentro de su espíritu gritaba en contra de todos los dictados de su inteligencia fría de científico que todo aquello le era tan familiar como el chalet y el jardín de su casa de Cambridge.

Pronto el derivado del ácido barbitúrico forzó sus párpados, y entonces tuvo un tercer sueño: volvía a las ruinas, rápido como una centella. El jeep se había convertido en una biga, y el ronquido del acondicionador de aire era el golpear de los cascos de los caballos sobre el polvo del camino, y el giro de las ruedas. Una lluvia fina le mojaba el rostro, pero el agua fría se trocaba pronto en un chorro de agua tibia. Veía delante de sí a Theia. Estaban haciéndose el amor en aquel mismo baño que acababan de excavar los obreros.

Theia reía estrepitosamente mientras le arrojaba a manos llenas sobre el rostro el agua templada de la artesa. Estaban los dos desnudos, y él procuraba asirla por un brazo. Nunca había visto mujer tan hermosa como aquélla. Sus labios eran rojos, como una granada, y había en todo su cuerpo como una electricidad mágica que le hacía estremecerse cuando la acariciaba. Hubiese permanecido toda la vida zambulléndose en sus ojos grises, sin notar el paso del tiempo.

De repente, un gesto de terror petrificaba las facciones de su amante. Un grueso pedrusco había caído sobre el agua del baño, levantando un torrente de gotas, y el suelo parecía como si temblase de pánico. Se oían gritos de pavor, y una parte de la techumbre se derrumbaba. Theia y él, arropados en sendas túnicas coloreadas de púrpura, corrían entre las columnas del vestíbulo, en compañía de una muchedumbre que gritaba histéricamente. Una de las columnas se había derrumbado con un golpe seco aplastando a un fugitivo, pero a él sólo le interesaba salvar a Theia.

Se lanzó de la cama de un solo brinco. Todavía estaba medio dormido, pero había creído oír en la calle principal de Heraklion, donde estaba situado el hotel, un griterío confuso. Pero no. No había ocurrido ningún terremoto. Sólo a lo lejos se escuchaba el ronroneo de una gasolinera y la serenata de unos trasnochadores. Bajó a trompicones por la escalera y entró en el primer bar que encontró abierto. Allí se bebió, uno tras otro, sin pausa, varios whiskies, hasta caer completamente borracho. Pero a pesar de su embriaguez siguió soñando, mientras una ambulancia le conducía al hospital.

Soñó esta vez que estaba sentado en un ancho trono de piedra, cubierto de pieles. Era aquélla una sala muy ancha, el Megarón, y una intensa multitud rugía delante de él queriendo abrirse paso hasta su presencia. Sí, no cabía duda, él era el rey de aquella comarca, posiblemente de toda Creta. A su lado, y estrechando sus manos entre las suyas, estaba Theia, pero su rostro había perdido la voluptuosidad y la calma de la escena del baño, aunque no por eso dejaba de ser bellísimo.

Intentaba calmar a los cortesanos, contenidos por la guardia real, cuyas hachas de bronce imponían respeto. Él era el rey y tenía derecho a convertir en reina a quien quisiera. Los dioses no podían castigar a su pueblo por aquel enlace. No era el responsable del terremoto que se había producido el día anterior. Pero las turbas le acusaban de impío y de sacrílego, en un lenguaje que él comprendía perfectamente. Sólo el contacto de los dedos de Theia le daba fuerzas para rebatir las acusaciones.

Permaneció durante una semana delirando entre la vida y la muerte, en una de las habitaciones del mejor hospital de Heraklion hasta que los médicos le dieron de alta. Completamente restablecido, volvió, pues, a las obras, que no se habían interrumpido un solo momento. La piqueta había continuado su obra de revelación. Allí le esperaban a Thompson un gran número de fotógrafos y de periodistas. Pronto aparecieron en los diarios de todo el mundo las noticias de aquel descubrimiento y el nombre de Thompson circuló de boca en boca por todos los países civilizados. Llovieron, pues, felicitaciones y plácemes sobre Thompson, y al cabo de unos días consiguió olvidar completamente sus pesadillas y sus sensaciones extrañas. No cabía duda: como afirmaba el psiquiatra que dirigía su tratamiento había padecido una «neurosis de sobreesfuerzo». Debía, pues, trabajar lo menos posible y delegar en un ayudante la parte más fatigosa de la redacción del informe.

Rodeado, pues, de una aureola de héroe de la arqueología, descansaba tranquilamente en una hamaca, dejándose arrullar por las olas que se deshacían en espuma a sus pies a pocos centenares de metros de las obras, cuando uno de los capataces llegó jadeando a su lado: la piqueta había alcanzado un muro que sonaba a hueco. Todos los obreros estaban excitados en aquellos momentos. Se hablaba de un tesoro fabuloso, como aquel que había descubierto Schliemann en la necrópolis de Argos. Thompson requirió, pues, la presencia de la policía, que apareció al cabo de un rato, antes de que el pico comenzase a abrir una brecha en la pared.

Allí no había tesoros, como había soñado la imaginación de los obreros, y hasta la del científico Thompson. Fueron dos esqueletos los que aparecieron. Uno de ellos era el de un hombre, de una estatura idéntica a la de Thompson; el otro era el de una mujer. Habían sido emparedados vivos, porque sus manos aún seguían entrelazadas con el furor de la agonía. Y en ese momento Thompson sintió como si le faltase el aire en sus pulmones. Intentó respirar y no pudo. Sus bronquios se habían cerrado para siempre.

El médico forense escribió en el certificado de defunción: muerto por crisis asmática.

 

FIN

 


EL OBSESO .- Alfonso Álvarez Villar

 



 

Los psiquiatras califican entre los sentimientos y las tendencias eso que ellos denominan «impulsos obsesivos», esto es, aquellas fuerzas que de una manera más o menos irresistible, nos incitan a hacer algo que sale del marco de nuestros prejuicios o normas morales, pero que al mismo tiempo cae dentro de nuestros deseos y pasiones habituales.

¿Quién no ha sentido la tentación -como ha dicho más de un psicólogo- de arrojar a un pozo a cualquier persona apoyada casualmente en su brocal? ¿Quién no se ha visto turbado alguna vez en su vida por la patológica sugerencia de apretar el timbre de alarma, sin motivo alguno, de un tren en plena carrera? Y así en este mismo tono podríamos citar ejemplo tras ejemplo, acaecidos en personas normales, pero sin que por eso dejemos de subrayar el carácter altamente raro de este fenómeno.

Pues bien, pese al calificativo de infrecuente con que la psicología moteja a esta «vivencia», ésta es tan usual en mí que me voy a sentir otro hombre cuando el doctor X logre extirparla de mi espíritu (suponiendo que lo consiga).

Pero, ¡por Júpiter!, lector mal pensado, no te vayas a creer que el que escribe esto es un loco de remate. Lo juro por mi honor. Un poquito fantástico sí que lo soy, y un algo mucho de mentalidad analizadora y prolija también poseo. Pero éste no es suficiente motivo para que me considere un enajenado (me está entrando ahora la tentación de escribir aquí unas palabras soeces para que mis lectores se sientan ofendidos).

Y volviendo a nuestro tema: me parece que había dicho que aquel «demonio de la perversidad» (así lo llama ese otro maniático que fue Allan Poe) era casi mi pan cotidiano. Tentaciones de este tipo, como la de gritar en medio de una audición sinfónica, o la mucho más truculenta de ocurrírseme asesinar a seres tan queridos como mis propios padres, sin que mediasen, como es de suponer, motivos, me asaltaban con frecuencia. Puedo referir también el caso de aquella novia que tuve hace ya dos años, y de la que en los momentos cumbres de nuestra pasión me veía precisado a apartarme, víctima de extraños afanes de estrangularla. Pero no quiero extenderme demasiado en contarles los antecedentes de mi «caso».

Porque, efectivamente, debo referir que hasta hace apenas seis meses, aquel fenómeno no habría presentado un cariz patológico, y de cualquier forma, no habría dejado de ser una mera inclinación fácilmente reprimible, sin traducción en el mundo externo. Creo conveniente a este respecto resumir aquí la historia clínica que el doctor X guarda en sus archivos. Emprendiendo, pues, esta tarea, he de decir a mis lectores que desde la edad de 14 años hasta los 19 esos síntomas aparecían en casos excepcionales, aunque con más frecuencia que en la mayoría de las personas. Pero, en realidad, este proceso no hizo más que seguir una progresión aritmética a lo largo de aquellos cinco años. Me refiero más bien (y empleo términos psicológicos porque yo siempre he sido aficionado a la psicología) a la fecha en que esa tendencia obsesiva se proyectó en un plano real.

La memoria me falla desde entonces: los electroshocks aplicados a mi cerebro me han hecho olvidar muchas de las cosas sucedidas durante estos últimos meses. Sólo creo recordar que entonces me hallaba en una continua pesadilla. Cualquier circunstancia o cualquier objeto creaba en mí ese estado patológico. Cada vez le era más difícil a mi voluntad poner el veto a la exteriorización de aquellos impulsos. Esto debió prolongarse cinco o seis meses.

Recuerdo también, aunque de una manera muy borrosa y como muy lejana, aquella blasfemia (yo soy muy religioso), que en medio de una sala de espectáculos abarrotada de público lancé a pleno pulmón. Y ahora rememoro (una imagen se vincula a otra) aquella boda en la que ambos contrayentes eran buenos amigos míos. El sacerdote había ya solicitado por dos veces a los testigos a la ceremonia que comunicasen antes de anudar el vínculo sacramental si encontraban algún impedimento en aquella unión. La potencia de mi voluntad ya se hallaba a punto de derrumbarse. Y efectivamente, al repetir la amonestación por tercera vez, exclamé con voz estentórea que sí, que existía un impedimento. Claro que tuve la buena ocurrencia de fingirme víctima de un ataque epiléptico, por lo que aquella estupidez no tuvo ninguna consecuencia. El truco del ataque me valió en más de una ocasión para escapar con cierto decoro de otras situaciones a cual más chuscas.

Por ejemplo, sé que la serie de actos extravagantes que cometí en aquella época alcanzaba una cifra verdaderamente alarmante. Vuelvo a repetir que lo he olvidado casi todo, pero creo recordar cierto puñetazo que di a un pacífico transeúnte y cierto no menos categórico abrazo a la Dama de Elche en el Museo del Prado.

Voy, pues, a limitarme a referir aquí el hecho decisivo que me tiene encerrado en esta celda manicomial. Quiero también justificar ante mis lectores aquella acción absurda que dio pie a tantos comentarios en la prensa. Son precisamente estos comentarios los que me han impulsado a escribir estas líneas, porque, francamente, yo ya estoy harto de verme tratado como un anormal por personas menos inteligentes que yo. ¡Al diablo con ellos!… Pero volvamos al hilo de nuestro relato.

Desde luego sí que puedo asegurar sobre todo que aquello ocurrió en una de las estaciones de Madrid, y hacia el mediodía (estos datos han sido confirmados además por los periódicos que han llegado a mis manos). Por otra parte, no me pregunte el lector lo que yo estaba haciendo en aquel sitio y a aquella hora. El caso es que bajo un sol canicular me paseaba por los andenes vacíos cuando, de repente, me quedé parado ante una de esas gigantescas locomotoras eléctricas que mis lectores habrán visto alguna vez arrastrando una fila interminable de vagones. Era, en efecto (así lo dicen los periódicos), la máquina del expreso preparado ad hoc con destino a no sé qué ciudad española. Pero estas últimas son reflexiones hechas a posteriori. Me quedé parado, repito, y como atraído por una fuerza irresistible, me puse a analizar prolijamente las bielas, las tuercas y en general los mecanismos más nimios de aquel monstruo de acero.

Todo esto duró, aproximadamente, diez minutos, porque al tropezar mi mirada con la puertecilla medio abierta del vehículo me asaltó la súbita e irresistible ocurrencia (la que transformé en realidad) de introducirme dentro.

Aquí los recuerdos se desvanecen como jirones de un sueño fantástico que las luces del alba disipa. Conjeturo, desde luego, que víctima de otra nueva tentación debí poner en marcha el convoy, a fuerza de manipular las palancas de la maquinaria, porque todo lo que sigue es una «sensación de movimiento» o, para concretar mejor, una alocada carrera de dos rieles que se iban estrechando hacia mí a velocidad vertiginosa, sin concluir nunca. También creo recordar los postes del telégrafo que se deslizaban a uno y otro lado de la vía, como si quisieran huir.

Conjeturo que el miedo a caer en las garras de los empleados del ferrocarril (que debían de haberse dado cuenta de mi «maniobra») impidió que mi mano deshiciera lo que mi mente obsesa había comenzado, pero no es menos cierto que «entonces» el viento que azotaba mi cara cuando me asomaba por la ventanilla y la rápida procesión de las copas de los pinos que se sucedían rápidamente a derecha e izquierda, me inoculaba una salvaje alegría, muy difícil de descubrir ahora. Luego creo que me cansé (yo me canso de todo) y a unos cien kilómetros de Madrid dejé abandonado el convoy en un lugar desierto de donde regresé andando.

Vuelven a difuminarse mis evocaciones en un grado todavía más intenso, y además no tengo ganas de proseguir este relato. Pasan confusos por mi memoria la visión de un Tribunal y unos jueces que me absolvieron (se conoce que cediendo a una nueva tentación di parte a la policía de mi «hazaña»). El caso es que ahora estoy en este sanatorio (no de locos) en el que me voy restableciendo.

 

FIN

 

La sorpresa

 

La sorpresa

[Cuento - Texto completo.]

Stig Dagerman

Hay personas que no hacen nada para ser amadas y a pesar de ello lo son y otras que lo hacen todo para ser amadas y nunca llegan a serlo. Se puede notar que a las personas pobres de verdad les resulta muchas veces difícil ser amadas. Cuando la madre de Åke llevaba viuda cinco años, el abuelo paterno de Åke cumplió setenta años. Fueron invitados a asistir en una carta de ocho líneas, breve y seca, en la que ponía: “Si quieren pueden venir, pero la ropa de cama tienen que traerla ustedes porque hace frío en el cuarto y además algunos van a tener que dormir en el zaguán porque van a venir también otras personas, hemos invitado al contable y al comerciante Jonsson y tendrán que dormir en la sala y si tú, Elsa, puedes venir un día antes, para ayudar en la limpieza y a poner la mesa y a hacer la comida, estaría bien. Cordialmente, Irma. Después siempre habrá alguien que ayude a fregar y alguna otra cosa y seguro que Åke podrá hacer un poco de leña”.

La madre leyó la carta en voz alta una noche bajo la lámpara. Estaba cansada y se apoyaba en la mesa con ambas manos. Había estado todo el día limpiando techos en un piso grande del barrio de Östermalm y tenía dolor de cabeza de haber estado con la cabeza vuelta hacia el cielo tanto rato. Cuando hubo leído la carta se quedaron los dos en silencio sin mirarse. Åke hojeaba su libro de geografía: las cascadas de Trollhättan son muy hermosas… Los holandeses son un pueblo limpio que friega las aceras todos los días… bajo la dirección, dura pero vigorosa, de Mussolini esas insanas tierras pantanosas han sido drenadas… En Chile se embarca un abono llamado guano.

La madre clavó los ojos en el vacío, sus manos estaban completamente solas arrugando despacio la carta hasta convertirla en una pelota irregular. Cuando Åke luego miró las manos, sintieron vergüenza y alisaron la carta, pero quedó arrugada como el rostro de una anciana. Las manos de los pobres siempre se avergüenzan de lo que hacen. Por la noche la lámpara del escritorio estuvo mucho tiempo encendida y Åke se durmió tarde. Primero pensó que la madre se había dormido sin apagar la luz, pero cuando se incorporó con cuidado apoyándose en el codo y miró en su dirección notó que tenía los ojos abiertos y que las manos que estaban sobre el edredón arrugaban y alisaban una carta invisible.

La noche siguiente la lámpara estuvo encendida aún más tiempo. La madre, completamente vestida, estaba sentada escribiendo en el viejo escritorio del padre. Era una carta que parecía no terminar nunca. Antes de que Åke se durmiera, el tablero de la mesa estaba lleno de papeles arrugados y emborronados. En mitad de la noche se despertó. Hacía frío y la madre estaba sentada al borde de su cama y le ponía la mano en la frente exactamente igual que si tuviera fiebre. Cuando acabó de despertarse ella lo miró a los ojos y dijo:

—No son más que las doce. ¿Cómo se escribe siglo? ¿Con C o con S?

El despertador marcaba la una y cuarto. Con S, susurró. La oyó deslizarse de vuelta al escritorio y empezar a raspar con la pluma. Luego se durmió profundamente como un niño hasta que se hizo de día.

Al día siguiente estaba esperándolo al otro lado de la verja de la escuela. Como todos los niños que tienen madres pobres, a él le daba vergüenza y al principio fingió que no la conocía. Cruzó la calle, se separó de los compañeros y regresó cohibido. La madre notó su turbación y no lo cogió de la mano hasta que quedaron completamente solos en la calle. Cogieron el tranvía para bajar a la ciudad. Iban sentados uno frente a otro mirándose mutuamente las manos. Cuando se apearon ella volvió a cogerlo de la mano y lo llevó entre la aglomeración propia de las cuatro y media por la calle de Drottninggatan. Se detuvieron ante una tienda grande y elegante con luces intermitentes en el letrero. La madre permaneció un rato de pie fingiendo leer en el escaparate. Anunciaban discos ingleses, y ella leía sin comprender y cuando luego entraron, empujó a Åke delante de ella como un escudo.

En las tiendas elegantes los dependientes son siempre enemigos. Cuando se habla con ellos uno enrojece y tartamudea. ¿Qué desea usted? Preguntan con tanta finura como si hablasen en una lengua extranjera, y automáticamente uno traduce: ¿Puede usted permitírselo realmente?

La madre de Åke había dicho:

—Queremos grabar un disco. Vea usted, su abuelo cumple setenta años y el chico ha escrito un verso para recitárselo.

Tuvieron que sentarse a esperar un rato hasta que la cabina de grabación quedó libre. Las sillas eran de tubo y se sentaron desconfiadamente en el borde susurrando. La madre le dio un papel. Era la poesía que había escrito la noche anterior. Él la leyó pero no entendió nada. Todo el tiempo le parecía que los dependientes, enfundados en sus elegantes batas blancas, estaban tras el mostrador mirándolo fijamente y enrojeció de vergüenza y nerviosismo. La madre miró a su alrededor.

—No olvides las rimas —susurró—, y lee en voz alta.

Él clavó los ojos en el papel hasta que se le llenaron de lágrimas. Estudió las rimas hasta que resonaron en su fuero interno:

Setenta años
primavera de la vida, buena y dichosa
el fluir de la vida, vida laboriosa
no pasatiempo, has sembrado tu grano
los árboles de la hacienda, caballo y arado
tu profundo bosque, fiel esposa
compañera de fatigas, en este día
¡recibe este homenaje!

Cuando estaban dentro del estrecho y recalentado locutorio que olía al perfume de una cantante, se le cerró la garganta. Abría la boca pero no conseguía sacar ningún sonido. La madre estaba detrás muy pegada a él y le cogía los hombros y a él le pareció que era como si quisiera estrangularlo. El sudor le corría por la espalda en grandes gotas calientes. Pero cuando todo estuvo a punto y el aparato empezó a raspar, las palabras se soltaron y le llenaron la boca, grandes y solemnes, y las primeras líneas las leyó como un sacerdote. Cuando terminó quedaba un trozo de disco y la madre se inclinó sobre él desde atrás y entonó la canción tradicional de felicitación con su dulce voz de santa Lucía.

Toda la tarde se la pasó diciendo lo bien que él se había portado y qué sorpresa le iban a dar al abuelo y a todos los campesinos del pueblo, a los parientes de Upsala y Gävle, al contable y al comerciante cuando ella le diera cuerda al gramófono y pusiera el disco. Lo miraba, le brillaban los ojos, cruzaba las manos bajo la lámpara y se quedaba callada un rato antes de empezar de nuevo.

La tarde siguiente desapareció sonriendo misteriosamente y volvió de la casa vecina con un gramófono portátil. Lo puso en mitad de la mesa, colocó el disco con cuidado como si no tolerase el roce, lo hizo girar y dejó caer la aguja con suma delicadeza. Empezó con un agudo raspado y los ojos de la madre se volvieron temerosos y preocupados. Luego se oyó un jadeo y Åke se puso colorado porque notó que era suyo. La voz no la reconoció. Pensó decir que la tienda los había engañado, pero cuando levantó la vista la madre lo estaba mirando con tanto arrobo que comprendió que tenía que ser su voz. Cuando llegó la canción ella intentó mirar para otro lado, pero él le sonrió por encima del gramófono y acabó devolviéndole la sonrisa.

Un rato después, cuando ya habían apagado el aparato, dijo ella:

—No pasará nada si lo oímos otra vez, ¿verdad? Seguro que el disco lo aguanta.

Lo escucharon otra vez. Cuando se desnudaron por la noche ella puso en marcha el gramófono como sin darse cuenta. En mitad de la noche él se despertó de un sueño confuso. El cuarto estaba vacío pero desde la cocina le llegó su propia voz desconocida y volvió a dormirse con la canción en los oídos. La noche siguiente oyeron el disco cuatro veces y cada vez como sin proponérselo.

Un viernes de marzo a las cuatro se apearon del tren en el pueblo. Olía a humo y a nieve derretida. Nadie salió a esperarlos, pero la madre dijo que era lo más natural con lo mucho que tendrían que hacer ahora con el cumpleaños. El camino estaba resbaladizo y era largo y Åke quería llevar la maleta, pero la madre no lo dejó. Finalmente a la madre le dieron palpitaciones y no pudo más y le dio permiso para cargarla, pero con mucho cuidado. En el fondo estaba el gramófono envuelto en muchos periódicos como el único huevo de un pobre.

No había nadie en las escaleras de la entrada. En tiempos del padre siempre había alguien. Entraron directamente a la cocina. El abuelo estaba sentado a la mesa con un periódico abierto delante de él. La tía estaba junto al fogón removiendo una olla. El abuelo alzó la vista del periódico, la tía soltó el cucharón.

—Vaya, aquí está la viuda —dijo el abuelo—, ¿qué tienen en esa maleta? ¿No será un regalo?

Siguió leyendo, como si hubiera olvidado enseguida que habían llegado. La tía los saludó con la cabeza y volvió a coger el cucharón. Estaban de pie, abandonados en medio de la cocina, y Åke vio vagar la mirada de la madre por entre los recipientes de cobre y las plantas de las macetas. Era el quinto año que iba de viuda, vestida de negro, delgada y sola. Súbitamente bajó la vista para mirarlo con una secreta alegría en los ojos.

—Es una sorpresa —dijo. Pero solo la oyó Åke.

—Coge y friega el suelo de la sala —dijo la tía—, y Åke puede ir a la leñera.

A última hora de la tarde ella fue a verlo en la leñera, puso la mano en el hacha, se sentó en el tajo y le acarició el pelo. No dijo nada. Ella iba vestida de fregona y le sacudió el serrín. Por la noche durmieron en el mismo sofá en la alcoba. Cuando se quedaron solos ya tarde por la noche, ella deshizo la maleta y estuvo un rato bajo la lámpara con el disco de gramófono tiernamente cogido entre las manos.

Por la mañana temprano se levantaron y colgaron guirnaldas en la sala. El sacristán y unos labradores llegaron para entregar un bastón de paseo con puño de plata. Se sentaron en la sala y tomaron café y coñac y a las diez, cuando se fueron, se ayudaron entre todos a llevar al abuelo al sofá.

—¿Y la sorpresa de ustedes? —preguntó la tía cortante.

—Pues nosotros esperamos a esta tarde —dijo la madre, y le hizo un guiño a Åke.

Por la tarde llegaron en coche parientes de Upsala y Gävle. Los campesinos que acudían de lejos lo hacían en carruajes amarillos de muelles. Llegó el contable, llegó el comerciante y la casa se llenó de risas, charlas y olor a comida. Åke estaba en la cocina pelando patatas y secando vasos. La madre corría entre la sala y la cocina con comida y vajilla. El comerciante pronunció un discurso que los sacó de la cocina. Se quedaron en el vano de la puerta escuchando y mirando. El comerciante ya estaba un poco borracho y la voz se le atascaba en la garganta. Con cierta dificultad sacó un reloj de oro del bolsillo y se lo entregó al cumpleañero. El abuelo lloró con disimulo y algunas lagrimitas rodaron hasta el vaso de aguardiente. El arrendatario habló, y el contable, y los parientes de Upsala y Gävle. La madre pellizcó a Åke en el costado y lo miró con intención: no tardaría en llegar su momento.

El comerciante había llevado un gramófono. Estaba junto a la radio sobre una cómoda y, sin que nadie se diera cuenta, Åke había llevado el disco hasta allí. Cuando se encontraron en el oscuro zaguán vacío, la madre le susurró:

—Espera hasta después del café. Yo te haré una seña.

Se tomó café con coñac y el ambiente era animado. Cuando la madre hubo levantado los manteles y Åke iba de un lado a otro de la sala ofreciendo cigarros y cigarrillos, ella se colocó en la puerta. Él observó su mirada y se acercó con cuidado a la cómoda. Mientras tanto, la tía abrió la mesa de juegos. El contable, el comerciante, el sacristán y el abuelo arrastraron sus sillas y se colocaron alrededor de la mesa verde. Åke empezó a darle cuerda al gramófono. El contable repartió cartas. La madre le hizo un gesto desde la puerta. Los cuatro jugadores cogieron sus cartas. Sus rostros ardían de alcohol y de excitación. Åke puso en marcha el gramófono. El abuelo tenía pareja de picas y era mano. Estaba tan fuera de sí por la emoción que se le cayó el puro al suelo. Oyó que allá en la cómoda la radio empezaba a funcionar, un sonido alto y molesto. Parecía una conferencia. De repente se volvió hacia Åke y gritó:

—¿No puedes cerrar esa maldita caja parlante? ¡Dos picas!

Entonces Åke apagó. Seguro que se hizo una mella en el disco, pero eso daba igual. Frío como una anguila lo iba atravesando el dolor. Los ojos se le empañaron y las caras ebrias y enrojecidas a su alrededor se volvieron brillantes como hojalata. Alguien de Upsala o de Gävle se echó a reír y esa risa lo hizo salir de la sala, cruzar el zaguán y entrar en la oscuridad de la alcoba. Se quedó de pie con el disco en las manos y finalmente se le hizo tan pesado como su propia vida. Se oyó el chasquido de la puerta y en la estría de luz se le acercó callada la madre. Él se deslizó en sus brazos con su dolor y los cálidos y húmedos susurros de la madre acariciaron sus mejillas.

—No llores, mi niño —susurró—, tú no llores.

Pero ella lloraba tanto que se estremecía.

FIN


“Överraskningen”, 1948