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jueves, 24 de septiembre de 2026

La sorpresa

 

La sorpresa

[Cuento - Texto completo.]

Stig Dagerman

Hay personas que no hacen nada para ser amadas y a pesar de ello lo son y otras que lo hacen todo para ser amadas y nunca llegan a serlo. Se puede notar que a las personas pobres de verdad les resulta muchas veces difícil ser amadas. Cuando la madre de Åke llevaba viuda cinco años, el abuelo paterno de Åke cumplió setenta años. Fueron invitados a asistir en una carta de ocho líneas, breve y seca, en la que ponía: “Si quieren pueden venir, pero la ropa de cama tienen que traerla ustedes porque hace frío en el cuarto y además algunos van a tener que dormir en el zaguán porque van a venir también otras personas, hemos invitado al contable y al comerciante Jonsson y tendrán que dormir en la sala y si tú, Elsa, puedes venir un día antes, para ayudar en la limpieza y a poner la mesa y a hacer la comida, estaría bien. Cordialmente, Irma. Después siempre habrá alguien que ayude a fregar y alguna otra cosa y seguro que Åke podrá hacer un poco de leña”.

La madre leyó la carta en voz alta una noche bajo la lámpara. Estaba cansada y se apoyaba en la mesa con ambas manos. Había estado todo el día limpiando techos en un piso grande del barrio de Östermalm y tenía dolor de cabeza de haber estado con la cabeza vuelta hacia el cielo tanto rato. Cuando hubo leído la carta se quedaron los dos en silencio sin mirarse. Åke hojeaba su libro de geografía: las cascadas de Trollhättan son muy hermosas… Los holandeses son un pueblo limpio que friega las aceras todos los días… bajo la dirección, dura pero vigorosa, de Mussolini esas insanas tierras pantanosas han sido drenadas… En Chile se embarca un abono llamado guano.

La madre clavó los ojos en el vacío, sus manos estaban completamente solas arrugando despacio la carta hasta convertirla en una pelota irregular. Cuando Åke luego miró las manos, sintieron vergüenza y alisaron la carta, pero quedó arrugada como el rostro de una anciana. Las manos de los pobres siempre se avergüenzan de lo que hacen. Por la noche la lámpara del escritorio estuvo mucho tiempo encendida y Åke se durmió tarde. Primero pensó que la madre se había dormido sin apagar la luz, pero cuando se incorporó con cuidado apoyándose en el codo y miró en su dirección notó que tenía los ojos abiertos y que las manos que estaban sobre el edredón arrugaban y alisaban una carta invisible.

La noche siguiente la lámpara estuvo encendida aún más tiempo. La madre, completamente vestida, estaba sentada escribiendo en el viejo escritorio del padre. Era una carta que parecía no terminar nunca. Antes de que Åke se durmiera, el tablero de la mesa estaba lleno de papeles arrugados y emborronados. En mitad de la noche se despertó. Hacía frío y la madre estaba sentada al borde de su cama y le ponía la mano en la frente exactamente igual que si tuviera fiebre. Cuando acabó de despertarse ella lo miró a los ojos y dijo:

—No son más que las doce. ¿Cómo se escribe siglo? ¿Con C o con S?

El despertador marcaba la una y cuarto. Con S, susurró. La oyó deslizarse de vuelta al escritorio y empezar a raspar con la pluma. Luego se durmió profundamente como un niño hasta que se hizo de día.

Al día siguiente estaba esperándolo al otro lado de la verja de la escuela. Como todos los niños que tienen madres pobres, a él le daba vergüenza y al principio fingió que no la conocía. Cruzó la calle, se separó de los compañeros y regresó cohibido. La madre notó su turbación y no lo cogió de la mano hasta que quedaron completamente solos en la calle. Cogieron el tranvía para bajar a la ciudad. Iban sentados uno frente a otro mirándose mutuamente las manos. Cuando se apearon ella volvió a cogerlo de la mano y lo llevó entre la aglomeración propia de las cuatro y media por la calle de Drottninggatan. Se detuvieron ante una tienda grande y elegante con luces intermitentes en el letrero. La madre permaneció un rato de pie fingiendo leer en el escaparate. Anunciaban discos ingleses, y ella leía sin comprender y cuando luego entraron, empujó a Åke delante de ella como un escudo.

En las tiendas elegantes los dependientes son siempre enemigos. Cuando se habla con ellos uno enrojece y tartamudea. ¿Qué desea usted? Preguntan con tanta finura como si hablasen en una lengua extranjera, y automáticamente uno traduce: ¿Puede usted permitírselo realmente?

La madre de Åke había dicho:

—Queremos grabar un disco. Vea usted, su abuelo cumple setenta años y el chico ha escrito un verso para recitárselo.

Tuvieron que sentarse a esperar un rato hasta que la cabina de grabación quedó libre. Las sillas eran de tubo y se sentaron desconfiadamente en el borde susurrando. La madre le dio un papel. Era la poesía que había escrito la noche anterior. Él la leyó pero no entendió nada. Todo el tiempo le parecía que los dependientes, enfundados en sus elegantes batas blancas, estaban tras el mostrador mirándolo fijamente y enrojeció de vergüenza y nerviosismo. La madre miró a su alrededor.

—No olvides las rimas —susurró—, y lee en voz alta.

Él clavó los ojos en el papel hasta que se le llenaron de lágrimas. Estudió las rimas hasta que resonaron en su fuero interno:

Setenta años
primavera de la vida, buena y dichosa
el fluir de la vida, vida laboriosa
no pasatiempo, has sembrado tu grano
los árboles de la hacienda, caballo y arado
tu profundo bosque, fiel esposa
compañera de fatigas, en este día
¡recibe este homenaje!

Cuando estaban dentro del estrecho y recalentado locutorio que olía al perfume de una cantante, se le cerró la garganta. Abría la boca pero no conseguía sacar ningún sonido. La madre estaba detrás muy pegada a él y le cogía los hombros y a él le pareció que era como si quisiera estrangularlo. El sudor le corría por la espalda en grandes gotas calientes. Pero cuando todo estuvo a punto y el aparato empezó a raspar, las palabras se soltaron y le llenaron la boca, grandes y solemnes, y las primeras líneas las leyó como un sacerdote. Cuando terminó quedaba un trozo de disco y la madre se inclinó sobre él desde atrás y entonó la canción tradicional de felicitación con su dulce voz de santa Lucía.

Toda la tarde se la pasó diciendo lo bien que él se había portado y qué sorpresa le iban a dar al abuelo y a todos los campesinos del pueblo, a los parientes de Upsala y Gävle, al contable y al comerciante cuando ella le diera cuerda al gramófono y pusiera el disco. Lo miraba, le brillaban los ojos, cruzaba las manos bajo la lámpara y se quedaba callada un rato antes de empezar de nuevo.

La tarde siguiente desapareció sonriendo misteriosamente y volvió de la casa vecina con un gramófono portátil. Lo puso en mitad de la mesa, colocó el disco con cuidado como si no tolerase el roce, lo hizo girar y dejó caer la aguja con suma delicadeza. Empezó con un agudo raspado y los ojos de la madre se volvieron temerosos y preocupados. Luego se oyó un jadeo y Åke se puso colorado porque notó que era suyo. La voz no la reconoció. Pensó decir que la tienda los había engañado, pero cuando levantó la vista la madre lo estaba mirando con tanto arrobo que comprendió que tenía que ser su voz. Cuando llegó la canción ella intentó mirar para otro lado, pero él le sonrió por encima del gramófono y acabó devolviéndole la sonrisa.

Un rato después, cuando ya habían apagado el aparato, dijo ella:

—No pasará nada si lo oímos otra vez, ¿verdad? Seguro que el disco lo aguanta.

Lo escucharon otra vez. Cuando se desnudaron por la noche ella puso en marcha el gramófono como sin darse cuenta. En mitad de la noche él se despertó de un sueño confuso. El cuarto estaba vacío pero desde la cocina le llegó su propia voz desconocida y volvió a dormirse con la canción en los oídos. La noche siguiente oyeron el disco cuatro veces y cada vez como sin proponérselo.

Un viernes de marzo a las cuatro se apearon del tren en el pueblo. Olía a humo y a nieve derretida. Nadie salió a esperarlos, pero la madre dijo que era lo más natural con lo mucho que tendrían que hacer ahora con el cumpleaños. El camino estaba resbaladizo y era largo y Åke quería llevar la maleta, pero la madre no lo dejó. Finalmente a la madre le dieron palpitaciones y no pudo más y le dio permiso para cargarla, pero con mucho cuidado. En el fondo estaba el gramófono envuelto en muchos periódicos como el único huevo de un pobre.

No había nadie en las escaleras de la entrada. En tiempos del padre siempre había alguien. Entraron directamente a la cocina. El abuelo estaba sentado a la mesa con un periódico abierto delante de él. La tía estaba junto al fogón removiendo una olla. El abuelo alzó la vista del periódico, la tía soltó el cucharón.

—Vaya, aquí está la viuda —dijo el abuelo—, ¿qué tienen en esa maleta? ¿No será un regalo?

Siguió leyendo, como si hubiera olvidado enseguida que habían llegado. La tía los saludó con la cabeza y volvió a coger el cucharón. Estaban de pie, abandonados en medio de la cocina, y Åke vio vagar la mirada de la madre por entre los recipientes de cobre y las plantas de las macetas. Era el quinto año que iba de viuda, vestida de negro, delgada y sola. Súbitamente bajó la vista para mirarlo con una secreta alegría en los ojos.

—Es una sorpresa —dijo. Pero solo la oyó Åke.

—Coge y friega el suelo de la sala —dijo la tía—, y Åke puede ir a la leñera.

A última hora de la tarde ella fue a verlo en la leñera, puso la mano en el hacha, se sentó en el tajo y le acarició el pelo. No dijo nada. Ella iba vestida de fregona y le sacudió el serrín. Por la noche durmieron en el mismo sofá en la alcoba. Cuando se quedaron solos ya tarde por la noche, ella deshizo la maleta y estuvo un rato bajo la lámpara con el disco de gramófono tiernamente cogido entre las manos.

Por la mañana temprano se levantaron y colgaron guirnaldas en la sala. El sacristán y unos labradores llegaron para entregar un bastón de paseo con puño de plata. Se sentaron en la sala y tomaron café y coñac y a las diez, cuando se fueron, se ayudaron entre todos a llevar al abuelo al sofá.

—¿Y la sorpresa de ustedes? —preguntó la tía cortante.

—Pues nosotros esperamos a esta tarde —dijo la madre, y le hizo un guiño a Åke.

Por la tarde llegaron en coche parientes de Upsala y Gävle. Los campesinos que acudían de lejos lo hacían en carruajes amarillos de muelles. Llegó el contable, llegó el comerciante y la casa se llenó de risas, charlas y olor a comida. Åke estaba en la cocina pelando patatas y secando vasos. La madre corría entre la sala y la cocina con comida y vajilla. El comerciante pronunció un discurso que los sacó de la cocina. Se quedaron en el vano de la puerta escuchando y mirando. El comerciante ya estaba un poco borracho y la voz se le atascaba en la garganta. Con cierta dificultad sacó un reloj de oro del bolsillo y se lo entregó al cumpleañero. El abuelo lloró con disimulo y algunas lagrimitas rodaron hasta el vaso de aguardiente. El arrendatario habló, y el contable, y los parientes de Upsala y Gävle. La madre pellizcó a Åke en el costado y lo miró con intención: no tardaría en llegar su momento.

El comerciante había llevado un gramófono. Estaba junto a la radio sobre una cómoda y, sin que nadie se diera cuenta, Åke había llevado el disco hasta allí. Cuando se encontraron en el oscuro zaguán vacío, la madre le susurró:

—Espera hasta después del café. Yo te haré una seña.

Se tomó café con coñac y el ambiente era animado. Cuando la madre hubo levantado los manteles y Åke iba de un lado a otro de la sala ofreciendo cigarros y cigarrillos, ella se colocó en la puerta. Él observó su mirada y se acercó con cuidado a la cómoda. Mientras tanto, la tía abrió la mesa de juegos. El contable, el comerciante, el sacristán y el abuelo arrastraron sus sillas y se colocaron alrededor de la mesa verde. Åke empezó a darle cuerda al gramófono. El contable repartió cartas. La madre le hizo un gesto desde la puerta. Los cuatro jugadores cogieron sus cartas. Sus rostros ardían de alcohol y de excitación. Åke puso en marcha el gramófono. El abuelo tenía pareja de picas y era mano. Estaba tan fuera de sí por la emoción que se le cayó el puro al suelo. Oyó que allá en la cómoda la radio empezaba a funcionar, un sonido alto y molesto. Parecía una conferencia. De repente se volvió hacia Åke y gritó:

—¿No puedes cerrar esa maldita caja parlante? ¡Dos picas!

Entonces Åke apagó. Seguro que se hizo una mella en el disco, pero eso daba igual. Frío como una anguila lo iba atravesando el dolor. Los ojos se le empañaron y las caras ebrias y enrojecidas a su alrededor se volvieron brillantes como hojalata. Alguien de Upsala o de Gävle se echó a reír y esa risa lo hizo salir de la sala, cruzar el zaguán y entrar en la oscuridad de la alcoba. Se quedó de pie con el disco en las manos y finalmente se le hizo tan pesado como su propia vida. Se oyó el chasquido de la puerta y en la estría de luz se le acercó callada la madre. Él se deslizó en sus brazos con su dolor y los cálidos y húmedos susurros de la madre acariciaron sus mejillas.

—No llores, mi niño —susurró—, tú no llores.

Pero ella lloraba tanto que se estremecía.

FIN


“Överraskningen”, 1948

lunes, 4 de mayo de 2026

La señora M.



La señora M.

[Minicuento - Texto completo.]

Kjell Askildsen

Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del departamento y deja la compra en la entrada; es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.

Pero una vez que la oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el sofá. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que solo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena; solo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena  mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina.

-Por si la necesita -dijo-. Y se marchó.

Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije:

-Qué buena persona es usted.

-Bueno, bueno -dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda.

-Esto le irá bien -dijo, y añadió-: Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad.

Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.

La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije:

-Ahora estoy bien, gracias a usted.

-Bueno, no se ponga solemne -me interrumpió-, todo ha ido perfectamente.

En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado una desgracia sin rumbo.

-Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera -contestó-, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que  hablo.

Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir:

-Me temo que piensa demasiado bien de mí.

-Oh, no -contestó-, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo.

Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije:

-Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?

-Ah, sí, muy mayor. Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla.

A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también.

-Supongo que usted también es así -dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano.

Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró atenta durante unos instantes, luego sonrió y djo:

-Justo lo que me figuraba: debería usted haber muerto hace mucho tiempo.

FIN


“Fru M”,
Thomas F’s siste nedtegnelser til almenheten, 1983


 

miércoles, 22 de abril de 2026

La sunamita

 

La sunamita

[Cuento - Texto completo.]

Inés Arredondo

Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel, y hallaron a Abisag Sunamita y trajéronla al rey. Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey y le servía: mas el rey nunca la conoció.
Reyes I, 3-4

Aquel fue un verano abrasador. El último de mi juventud.

Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.

Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático. Llegué al pueblo a la hora de la siesta.

Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas.” La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. “Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho.” Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.

El zaguán se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la bugambilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.

–¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…

Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…

–Luisa, ¿eres tú?

Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.

–Aquí estoy, tío.

–Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.

–No diga eso, pronto se va aliviar.

Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.

–Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.

Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire.

Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos.

–Tráeme el cofrecito ese que hay en el ropero grande. Sí, ese. La llave está debajo de la carpeta, junto a San Antonio, tráela también.

Y revivían sus ojos hundidos a la vista de sus tesoros.

–Mira, este collar se lo regalé a tu tía cuando cumplimos diez años de casados, lo compré en Mazatlán a un joyero polaco que me contó no sé qué cuentos de princesas austriacas y me lo vendió bien caro. Lo traje escondido en la funda de mi pistola y no dormí un minuto en la diligencia por miedo a que me lo robaran…

La luz del sol poniente hizo centellar las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas.

–…ese anillo de montura tan antigua era de mi madre, fíjate bien en la miniatura que hay en la sala y verás que lo tiene puesto. La prima Begoña murmuraba a sus espaldas que un novio…

Volvían a hablar, a respirar aquellas señoras de los retratos a quienes él había visto, tocado. Yo las imaginaba, y me parecía entender el sentido de las alhajas de familia.

–¿Te he contado de cuando fuimos a Europa en 1908, antes de la Revolución? Había que ir en barco a Colima… y en Venecia tu tía Panchita se encaprichó con estos aretes. Eran demasiado caros y se lo dije: “Son para una reina”… Al día siguiente se los compré. Tú no te lo puedes imaginar porque cuando naciste ya hacía mucho de esto, pero entonces, en 1908, cuando estuvimos en Venecia, tu tía era tan joven, tan…

–Tío, se fatiga demasiado, descanse.

–Tienes razón, estoy cansado. Déjame solo un rato y llévate el cofre a tu cuarto, es tuyo.

–Pero tío…

–Todo es tuyo ¡y se acabó!… Regalo lo que me da la gana.

Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer.

Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada. Pero me iba heredando su vida, estaba contento.

El médico decía que sí, que veía una mejoría, pero que no había que hacerse ilusiones, no tenía remedio, todo era cuestión de días más o menos.

Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo.

–Lichita, ¡se muere!, ¡está boqueando!

–Vete a buscar al médico…. ¡No! Iré yo… llama a doña Clara para que te acompañe mientras vuelvo.

–Y el padre… Tráete al padre.

Salí corriendo, huyendo de aquel momento insoportable, de aquella inminencia sorda y asfixiante. Fui, vine, regresé a la casa, serví café, recibí a los parientes que empezaron a llegar ya medio vestidos de luto, encargué velas, pedí reliquias, continué huyendo enloquecida para no cumplir con el único deber que en ese momento tenía: estar junto a mi tío. Interrogué al médico: le había puesto una inyección por no dejar, todo era inútil ya. Vi llegar al señor cura con el Viático, pero ni entonces tuve fuerzas para entrar. Sabía que después tendría remordimientos –bendito sea Dios, ya no me moriré solo- pero no podía. Me tapé la cara con las manos y empecé a rezar.

–Te llama. Entra.

No sé como llegué hasta el umbral. Era ya de noche y la habitación iluminada por una lámpara veladora parecía enorme. Los muebles, agigantados, sombríos, y un aire extraño estancado en torno a la cama. La piel se me erizó, por los poros respiraba el horror a todo aquello, a la muerte.

–Acércate –dijo el sacerdote.

Obedecí yendo hasta los pies de la cama, sin atreverme a mirar ni las sábanas.

–Es la voluntad de tu tío, si no tienes algo que oponer, casarse contigo in articulo mortis, con la intención de que heredes sus bienes. ¿Aceptas?

Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?”… Sentí que la muerte rozaba mi propia carne.

–Luisa…

Era don Apolonio. Tuve que mirarlo: casi no podía articular las sílabas, tenía la quijada caída y hablaba moviéndola como un muñeco de ventrílocuo.

–…por favor.

Y calló. Extenuado.

No podía más. Salí de la habitación. Aquel no era mi tío, no se le parecía… heredarme, sí, pero no los bienes solamente, las historias, la vida… Yo no quería nada, su vida, su muerte. No quería. Cuando abrí los ojos estaba en el patio y el cielo seguía encapotado. Respiré profundamente, dolorosamente.

–¿Ya?… –se acercaron a preguntarme los parientes, al verme tan descompuesta.

Yo moví la cabeza, negando. A mi espalda habló el sacerdote.

–Don Apolonio quiere casarse con ella en el último momento para heredarla.

–¿Y tú no quieres? –preguntó ansiosamente la vieja criada-. No seas tonta, solo tú te lo mereces. Fuiste una hija para ellos y te has matado cuidándolo. Si no te casas, los sobrinos de México no te van a dar nada. ¡No seas tonta!

–Es una delicadeza de su parte.

–Y luego te quedas viuda y rica y tan virgen como ahora –rió nerviosamente una prima jovencilla y pizpireta.

–La fortuna es considerable, y yo, como tío lejano tuyo, te aconsejaría que…

–Pensándolo bien, el no aceptar es una falta de caridad y de humildad.

“Eso es verdad, eso sí que es verdad.” No quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba tan satisfecha, no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino otra arcada, pero dije “Sí”.

Recordaba vagamente que me habían cercado todo el tiempo, que todos hablaban a la vez, que me llevaban, me traían, me hacían firmar, y responder. La sensación que de esa noche me quedó para siempre fue la de una maléfica ronda que giraba vertiginosamente en torno mío y reía, grotesca, cantando

yo soy la viudita que manda la ley

y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo.

Cuando me di cuenta, todo había pasado, y en mi mano brillaba el anillo torzal que vi tantas veces en el anular de mi tía Panchita: no había habido tiempo para otra cosa.

Todos empezaron a irse.

–Si me necesita, llámeme. Dele mientras tanto las gotas cada seis horas.

–Que Dios te bendiga y te dé fuerzas.

–Feliz noche de bodas –susurró a mi oído con una risita mezquina la prima jovencita.

Volví junto al enfermo. “Nada ha cambiado, nada ha cambiado.” Por lo menos mi miedo no había cambiado. Convencí a María de que se quedara conmigo a velar a don Apolonio, y solo recobré el control de mis nervios cuando ví que amanecía. Había empezado a llover, pero sin rayos, sin tormenta, quedamente.

Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aún. Cuatro días de agonía. No teníamos apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados. Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco.

La cuarta noche María se acostó en una pieza próxima y me quedé a solas con el moribundo. Oía la lluvia monótona y rezaba sin consciencia de lo que decía, adormilada y sin miedo, esperando. Los dedos se me fueron aquietando, poniendo morosos sobre las cuentas del rosario, y al acariciarlas sentía que por las yemas me entraba ese calor ajeno y propio que vamos dejando en las cosas y que nos es devuelto transformado: compañero, hermano que nos anticipa la dulce tibieza del otro, desconocida y sabida, nunca sentida y que habita en la médula de nuestros huesos. Suavemente, con delicia, distendidos los nervios, liviana la carne, fui cayendo en el sueño.

Debo haber dormido muchas horas: era la madrugada cuando desperté; me di cuenta porque las luces estaban apagadas y la planta eléctrica deja de funcionar a las dos de la mañana. La habitación, apenas iluminada por la lámpara de aceite que ardía sobre la cómoda a los pies de la Virgen, me recordó la noche de la boda, de mi boda… Hacía mucho tiempo de eso, una eternidad vacía.

Desde el fondo de la penumbra llegó hasta mi la respiración fatigosa y quebrada de don Apolonio. Ahí estaba todavía, pero no él, el despojo persistente e incomprensible que se obstinaba en seguir aquí sin finalidad, sin motivo aparente alguno. La muerte da miedo, pero la vida mezclada, imbuida en la muerte, da un horror que tiene muy poco que ver con la muerte y con la vida. El silencio, la corrupción, el hedor, la deformación monstruosa, la desaparición final, eso es doloroso, pero llega a un clímax y luego va cediendo, se va diluyendo en la tierra, en el recuerdo, en la historia. Y esto no, el pacto terrible entre la vida y la muerte que se manifestaba en ese estertor inútil, podía continuar eternamente. Lo oía raspar la garganta insensible y se me ocurrió que no era aire lo que entraba en aquel cuerpo, o más bien que no era un cuerpo humano el que lo aspiraba y lo expelía; se trataba de una máquina que resoplaba y hacía pausas caprichosas por juego, para matar el tiempo sin fin. No había allí un ser humano, alguien jugaba con aquel ronquido. Y el horror contra el que nada pude me conquistó: empecé a respirar al ritmo entrecortado de los estertores, respirar, cortar de pronto, ahogarme, respirar, ahogarme… sin poderme ya detener, hasta que me di cuenta de que me había engañado en cuanto al sentido que tenía el juego, porque lo que en realidad sentía era el sufrimiento y la asfixia de un moribundo. De todos modos, seguí, seguí, hasta que no quedó más que un solo respirar, un solo aliento inhumano, una sola agonía. Me sentí más tranquila, aterrada pero tranquila: había quitado la barrera, podía abandonarme simplemente y esperar el final común. Me pareció que con mi abandono, con mi alianza incondicional, aquello se resolvería con rapidez, no podría continuar, habría cumplido su finalidad y su búsqueda persistente en el vacío.

Ni una despedida, ni un destello de piedad hacia mí. Continué el juego mortal largamente, desde un lugar donde el tiempo no importaba ya.

La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más débil. Me pareció regresar, pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos: todo estaba igual.

No. Lejos, en la sombra, hay una rosa; sola, única y viva. Está ahí, recortada, nítida, con sus pétalos carnosos y leves, resplandeciente. Es una presencia hermosa y simple. La miro y mi mano se mueve y recuerda su contacto y la acción sencilla de ponerla en el vaso. La miré entonces, ahora la conozco. Me muevo un poco, parpadeo, y ella sigue ahí, plena, igual a sí misma.

Respiro libremente, con mi propia respiración. Rezo, recuerdo, dormito, y la rosa intacta monta la guardia de la luz y del secreto. La muerte y la esperanza se transforman.

Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han terminado. Me quedo largo rato contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no la encuentro: el sol la ha marchitado. Volvieron los días luminosos, el calor enervante; las gentes trabajaban, cantaban, pero don Apolonio no se moría, antes bien parecía mejorar. Yo lo seguí cuidando, pero ya sin alegría, con los ojos bajos y descargando en el esmero por servirlo toda mi abnegación remordida y exacerbada: lo que deseaba, ya con toda claridad, era que aquello terminara pronto, que se muriera de una vez. El miedo, el horror que me producían su vista, su contacto, su voz, eran injustificados, porque el lazo que nos unía no era real, no podía serlo, y sin embargo yo lo sentía sobre mí como un peso, y a fuerza de bondad y de remordimientos quería desembarazarme de él.

Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía explicarlo.

Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza.

–Por favor, entrecierra los postigos, hace demasiado calor.

Su cuerpo casi muerto se calentaba.

–Ven aquí, Luisa. Siéntate a mi lado. Ven.

–Sí, tío –me senté encogida a los pies de la cama, sin mirarlo.

–No me llames tío, dime Polo, después de todo ahora somos más cercanos parientes-. Había un dejo burlón en el tono con que lo dijo.

–Sí tío.

–Polo, Polo –su voz era otra vez dulce y tersa-. Tendrás que perdonarme muchas cosas; soy viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño.

–Sí.

–A ver, di “Sí, Polo”.

–Sí, Polo.

Aquel nombre pronunciado por mis labios me parecía una aberración, me producía una repugnancia invencible.

Y Polo mejoró, pero se tornó irritable y quisquilloso. Yo me daba cuenta de que luchaba por volver a ser el que había sido; pero no, el que resucitaba no era él mismo, era otro.

–Luisa, tráeme… Luisa, dame… Luisa, arréglame las almohadas… dame agua… acomódame esta pierna…

Me quería todo el día rodeándolo, alejándome, acercándome, tocándolo. Y aquella mirada fija y aquella cara descompuesta del primer día reaparecían cada vez con mayor frecuencia, se iban superponiendo a sus facciones como una máscara.

–Recoge el libro. Se me cayó debajo de la cama, de este lado.

Me arrodillé y metí la cabeza y casi todo el torso debajo de la cama, pero tenía que alargar lo más posible el brazo para alcanzarlo. Primero me pareció que había sido mi propio movimiento, o quizá el roce de la ropa, pero ya con el libro cogido y cuando me reacomodaba para salir, me quedé inmóvil, anonadada por aquello que había presentido, esperando: el desencadenamiento, el grito, el trueno. Una rabia nunca sentida me estremeció cuando pude creer que era verdad aquello que estaba sucediendo, y que aprovechándose de mi asombro su mano temblona se hacía más segura y más pesada y se recreaba, se aventuraba ya sin freno palpando y recorriendo mis caderas; una mano descarnada que se pegaba a mi carne y la estrujaba con deleite, una mano muerta que buscaba impaciente el hueco entre mis piernas, una mano sola, sin cuerpo.

Me levanté lo más rápidamente que pude, con la cara ardiéndome de coraje y vergüenza, pero al enfrentarme a él me olvidé de mí y entré como un autómata en la pesadilla: se reía quedito, con su boca sin dientes. Y luego, poniéndose serio de golpe, con una frialdad que me dejó aterrada:

–¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los hombres? Ven, tengo frío, caliéntame la cama. Pero quítate el vestido, lo vas a arrugar.

Lo que siguió ya sé que es mi historia, mi vida, pero apenas lo puedo recordar como un sueño repugnante, no sé siquiera si muy corto o muy largo. Hubo una sola idea que me sostuvo durante los primeros tiempos: “Esto no puede continuar, no puede continuar.” Creí que Dios no podría permitir aquello, que lo impediría de alguna manera. Él personalmente. Antes tan temida, ahora la muerte me parecía la única salvación. No la de Apolonio, no, él era un demonio de la muerte, sino la mía, la justa y necesaria muerte para mi carne corrompida. Pero nada sucedió. Todo continuó suspendido en el tiempo, sin futuro posible. Entonces una mañana, sin equipaje, me marché.

Resultó inútil. Tres días después me avisaron que mi marido se estaba muriendo y me llamaba. Fui a ver al confesor y le conté mi historia.

–Lo que lo hace vivir es la lujuria, el más horrible pecado. Eso no es la vida, padre, es la muerte, ¡déjelo morir!

–Moriría en la desesperación. No puede ser.

–¿Y yo?

–Comprendo, pero si no vas será un asesinato. Procura no dar ocasión, encomiéndate a la Virgen, y piensa que tus deberes…

Regresé. Y el pecado lo volvió a sacar de la tumba.

Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia. Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo.

Pero yo no pude volver a ser la que fui. Ahora la vileza y la malicia brillan en los ojos de los hombres que me miran y yo me siento ocasión de pecado para todos, pero que la más abyecta de las prostitutas. Sola, pecadora, consumida totalmente por la llama implacable que nos envuelve a todos los que, como hormigas, habitamos este verano cruel que no termina nunca.

FIN


La señal, 1965

jueves, 9 de abril de 2026

Halid Majid el achicharrado [Cuentos}

 

Halid Majid el achicharrado

[Cuento - Texto completo.]

Roberto Arlt

Una misma historia puede comenzarse a narrar de diferentes modos, y la historia de Enriqueta Dogson y de Dais el Bint Abdalla no cabe sino narrarse de este:

Enriqueta Dogson era una chiflada.

A la semana de irse a vivir a Tánger se lanzó a la calle vestida de mora estilizada y decorativa. Es decir, calzando chinelas rojas, pantalones amarillos, una especie de abullonada faldacorsé de color verde y el renegrido cabello suelto sobre los hombros, como los de una mujer desesperada. Su salida fue un éxito. Los perros le ladraban alarmados, y todos los granujillas de las fortificaciones del zoco la seguían en manifestación entusiasta. Los cordeleros, sastrecillos y tintoreros abandonaban estupefactos su trabajo para verla pasar.

El Capitán Silver, que embadurnaba telas de un modo abominable, hizo un retrato de Enriqueta Dogson en esta facha, y para agravar su crimen, situó tras ella dos forajidos ventrudos, cara de luna de betún y labios como rajas de sandía. Semejantes sujetos, vestidos al modo bizantino, podían ser eunucos, verdugos, o sabe Alá qué. Imposible establecer quién era más loco, si el pintor Silver o la millonaria disfrazada.

Enriqueta Dogson envió el retrato al bufete de su padre, en Nueva York. El viejo Dogson, un hombre razonable, se echó a reír a carcajadas al descubrir a su hija empastelada al modo islámico, y dirigiéndose al doctor Fancy le dijo:

-¿De dónde habrá sacado semejante disfraz esta muchacha? Le juro, mi querido doctor, que ni registrando con una linterna todos los países musulmanes descubriremos una sola mujer que se eche a cuestas tal traje. Es absurdo.

Dicho esto, el viejo Dogson meneó la cabeza estupefacto, al tiempo que risueñamente se decía que el disfraz de su hija podía provocar un conflicto internacional. Luego se encogió de hombros. Los hijos servían quizá para eso. Para divertirle a uno con las burradas que perpetraban.

El que no se encogió de hombros fue el anciano Faraj el Bint Abdalla.

Faraj el Bint Abdalla estaba amostazado.

En Tánger no se hacía otra cosa que mormurar el enamoramiento de su hijo Dais con esta extranjera fantasiosa.

Un amor con una musulmana es el ideal de todo europeo. Una intriga con un árabe, el más glorioso recuerdo que puede llevarse una muchacha occidental. Enriqueta Dogson era consecuente con este punto de vista. Se podían ver fotografías de ella en compañía de Dais el Bint Abdalla. En la orilla del Mediterráneo, sobre las murallas, recostada a lo largo de los antiguos cañones portugueses, con Dais el Bint Abdalla sentado melancólicamente a su lado. También aparecía Enriqueta en el palacio del ex sultán, con el joven Dais a su lado; a la entrada de la mezquita, con el joven Dais sentado a sus pies; en una grada del pórtico, en el zoco, con el joven Dais ofreciéndole un ramo de rosas; bajo un grupo de palmeras, más allá de la “Puerta del Castigo”. Aquello era sencillamente delicioso.

Realmente, al viejo Faraj el Bint Abdalla no le faltaban razones para andar amostazado.

El joven Dais el Bint Abdalla se había ido enamorando. Secretamente pensaba renunciar a la religión musulmana, en cambiar la chilaba, las babuchas y el fez por un correcto traje europeo y un hongo discreto, y abandonar a su familia para ir en seguimiento de Enriqueta Dogson. Tales disparates pensaba muy secretamente y con temor oscuro, porque no había podido olvidar ciertos versículos del Corán que en su infancia le habían valido buenas tandas de palos en la planta de los pies, y el Corán estaba incrustado en su vida, y no dejaba de comprender que estaba acercando su vida a una peligrosa playa ignorada.

El viejo Faraj el Bint Abdalla le vigilaba con los ojos bien abiertos.

Sin pérdida de tiempo le escribió a su corresponsal en la isla de Java, en Bali, y un mes después recibió una respuesta afirmativa. Podía enviar su hijo a Java. Se haría cargo de él su amigo el usurero Hassan.

Cierto es que el Corán prohíbe terminantemente la usura; pero esto es con los musulmanes, y el astuto Hassan, en la isla de Java, ejercía la usura no con los musulmanes sino con los infieles, es decir, con los campesinos chinos y budistas. El Corán no prohíbe beneficiarse con la hacienda de los incrédulos.

El viejo Faraj, una vez recibida la respuesta de Java, llamó a su hijo Dais a la sala de abluciones de su casa, y sentado frente a él, mientras el joven permanecía respetuosamente de pie, le dijo:

-Sé que te has enamorado de una perra infiel. ¿Pretendes que la cólera de Alá ruede sobre nuestras cabezas? ¿Sabes tú lo que encierran los sesos de carnero de una mujer extranjera a tu raza y a tu religión? ¿De una mujer que se pasea semidesnuda entre los hombres, mostrándoles sus piernas y su rostro y bebiendo como una mula, no agua, sino licores?

Dais el Bint Abdalla permanecía silencioso, como cuadra a un buen hijo.

El viejo Faraj continuó:

-Te has enredado como un camello en tus propias cuerdas. ¿Has olvidado la dignidad que te debes a ti mismo y a tu familia y los peligros que encierra para un piadoso creyente el reiterado trato con una mujerzuela oriunda sabe Alá de qué familia? Prepara tu equipaje y apréstate a partir para Java. Irás a trabajar a la casa de mi amigo Hassan, el prestamista. Pero antes de salir, ve a la casa de Hacmet y dile que te haga conocer a su abuelo. Y que su abuelo te muestre su cuerpo desnudo.

Por primera vez Dais abrió la boca asombrado:

-¿Que su abuelo me muestre su cuerpo desnudo?

-Sí; que su abuelo se desnude frente a ti y te muestre su cuerpo. Vete ahora. Y no te olvides. Te haré apalear como a un esclavo si alguien me informa que te ve en compañía de esa maldición de Alá.

Dais se inclinó respetuosamente. Estaba perdido. No le quedaba otro recurso que matarse o partir para Java. Lo pensaría. ¡Ah! Y antes, visitar la casa de Hacmet y decirle que su padre le había dicho que le hiciera conocer a su abuelo. Pero a su abuelo desnudo. ¡Eso sí que era una ocurrencia!

El joven Dais retrocedió espantado cuando el viejo Halid Majid terminó de desnudarse, y abriendo una ventana se mostró a la claridad del sol.

El cuerpo del viejo estaba surcado de terribles cicatrices. Semejantes a un follaje de piel roja y brillante, se extendían irregularmente por todos sus miembros. Esas cicatrices y costurones abarcaban su rostro, sus labios, sus párpados, sus brazos. Era como si el cuerpo de aquel hombre hubiera pasado a través de un engranaje terrible que sin hacerle perder su forma humana le hubiese desgarrado con sus dientes. No había una pulgada de epidermis en aquel anciano que no estuviera señalada por la misteriosa tortura. Ésta le daba la apariencia de un monstruo chino. Una vez que el viejo creyó haber sido contemplado lo suficiente por el joven Dais, le dijo:

-Siéntate, hijo de Faraj, y escucha atentamente mi historia. Éstas son las desgracias que les ocurren a los musulmanes que se acercan a las mujeres que no son de su raza. Cuando me hayas escuchado, el camino del deber aparecerá recto y fácil ante tus ojos. ¿Me escuchas, hijo de Faraj?

-Sí, señor; te escucho.

-En nombre de Alá el Clemente, el Misericordioso: Hace ochenta años. Yo entonces tenía veinte años. Mi padre me envió a la ciudad de Singaragia, en la isla de Java. No sé si tú sabrás que su población se compone en su mayor parte de malasios infieles, de chinos hediondos y de budistas cuya indecencia llega a extremos que no puedes imaginarte. Era mi amo un hermano de mi padre. Aparte de traficar con nidos de golondrina, a los cuales son muy aficionados los chinos, se dedicaba al préstamo como a la compra de telas baticadas, que son unas telas sumamente floreadas por las que pierden la cabeza los javaneses más sensatos.

“Mi tío tenía su tienda al final de una calle en la que podían verse altas pértigas de cañas de bambú adornadas en su extremo de manojos de plumas de colores. Por esta calle pasaban hacia sus posesiones del campo los chinos principales, muy tiesos en sus literas doradas y conducidas por coolíes. También pasaban mujeres, con medio cuerpo desnudo y el rostro descubierto, conduciendo sobre la cabeza redondas bandejas de piñas y plátanos, que parecían ciempiés por los innúmeros rayos de palma que de ellos partían.

“Yo estaba asombrado de todo aquello que mis ojos veían, y nada igualaba a mi agrado como el poder pasearme por entre las bajas montañas, de las que bajaban como grandes escalones las terrazas de los arrozales. También acudía a las riñas de gallos, por las que enloquecen los javaneses, o me sentaba en unas piedras excavadas que ellos llaman las ‘Sillas de Shiva’, escuchando la música que hacía el viento al pasar por unas inmensas arpas de bambú que los nativos de esos parajes colocan en sus sembradíos para ahuyentar a los pájaros que destrozan sus cosechas.

“No vivía sino pasando de un asombro a otro. Solía también pasearme por el mercado, donde había infinita variedad de infieles, algunos con los dientes laqueados de negro, otros con la cabeza rapada, los dientes limados y las narices perforadas, así como chinos de túnicas floreadas, sacerdotes con mantos amarillos, cingaleses conduciendo vacas gibosas y campesinos seguidos de sus lagartos domesticados.

“Estando una mañana en el mercado, vi a una mujer que me llamó la atención. Era alta, majestuosa; su cuerpo estaba envuelto en una sola pieza de tela floreada y su cabeza adornada de una corona de flores. Iba descalza, como acostumbraban las mujeres de aquel país, y cuando me vio, arrimado a la tienda de un mercader de flores, me echó tal mirada, que mis huesos se echaron a temblar. Un mal genio me inspiró a seguirla. Eché a caminar tras de ella, hasta que entró en una casa en cuyo portal cosía prendas un sastrecillo. La desconocida, antes de entrar al portal, se volvió y me sonrió de tan arrebatadora manera, que súbitamente creí que el día se había convertido en noche y que mi vida quedaba caída a la misma entrada del portal.

“Al día siguiente volví al mercado, y a la misma hora llegó la desconocida, que se detuvo en el puesto de una mujer que mercaba legumbres. Yo, indeciso y tímido, permanecí a alguna distancia de ella, pero pronto la desconocida me descubrió y volvió a sonreírme. Yo iba a acercarme a ella, pero la vendedora de legumbres me hizo un gesto y comprendí que tenía algún mensaje que transmitirme. Cuando me acerqué a su puesto, me dijo que su compradora se llamaba Turey y que era esposa de Moana, el sastrecillo. Turey le había dicho que gustaba de mí, y que aquella noche, cuando los vigilantes golpean en los tambores de madera la hora primera, me acercara al portal donde podría hablarme, pues a esa hora el sastrecillo, fatigado por las labores del día, dormía profundamente.

“Ansiosamente esperé la noche, y llegó la noche, y después la hora primera. Cautelosamente me acerqué al portal, cuya puerta estaba entreabierta. Allí me aguardaba Turey. Me dijo que con riesgo de su reputación se atrevía a hablarme. Yo le agradaba mucho. Su marido, el sastrecillo Moana, pertenecía a la religión brahmánica, pero ella no sentía ninguna atracción hacia él.

“Desde aquella noche continuamos viéndonos siempre. Entrada la oscuridad, yo me deslizaba hacia el portal que ella dejaba entreabierto, y mientras el sastrecillo dormía, nosotros vivíamos nuestra felicidad.

“De esta manera transcurrieron algunos meses. Dicen los sabios que el placer sacia al hombre y encadena a la mujer. Una noche, mientras conversábamos en el portal, Turey me preguntó si yo me casaría con ella si su marido llegara a morir. Irreflexivamente le respondí que sí; pero luego, atacado por un escrúpulo que me produjo el recuerdo de una bárbara costumbre practicada en aquel país, le pregunté:

“-Pero, dime, en este país, ¿las viudas no están condenadas a la hoguera?

“-Sí -me respondió Turey-. Algunas mujeres practican aún esa costumbre; pero ella queda para las viudas que no quieren cambiar su religión; que las que abandonan el brahmanismo y se hacen musulmanas no marchan a la hoguera, aunque el deshonor caiga sobre ellas y su familia y parientes las repudien.

“Una esclava que se acercó a ella en aquel momento interrumpió nuestra conversación y yo tuve que marcharme.

“Volvimos a vernos otras veces, y Turey no recordó más la propuesta que me hizo aquella noche; pero una vez que llegué al portal, aunque lo encontré entreabierto, Turey no estaba. Pensando que me convenía aguardar, me senté allí, y Turey no tardó en aparecer.

“Escúchame -me dijo-. Es tanto lo que deseaba vivir a tu lado, que esta noche, he envenenado a mi marido. Él acaba de morir. Está allá arriba, en su cama. Nadie sospechará que lo he matado, porque el veneno que le he dado no mancha el cuerpo. Ahora nadie podrá impedirme estar a tu lado. De modo que cuando pasen algunos días, me casaré contigo y adoptaré tu religión.

“Escuchándola, mi corazón se aterrorizó secretamente. Jamás supuse que esa mujer fuera capaz de envenenar al inocente sastrecillo. Me dije, razonablemente, que bien pudiera ser que mi destino fuera morir también envenenado a manos de Turey si la casualidad ponía en su camino a otro hombre que le agradara más que yo. Sin poder detenerme, no le oculté mi repulsión por el crimen que había cometido. Le dije que aquélla era la última vez que nos veíamos, y que no se acercara nunca más a mí, porque si no la denunciaría a la justicia del Sultán por el delito cometido.

“Turey escuchó en silencio mis palabras, y yo sentí que sus ojos me atravesaban el corazón como dagas envenenadas. Sin saber por qué, en ese momento entró un miedo pánico en mi entendimiento. Sin poderme reportar, me aparté corriendo del portal. Parecían que la misma sombra del sastrecillo recién asesinado me amenazaba de terrible muerte o me previniera de un suceso peor aún.

“Aquella noche, no pude conciliar el sueño. Pensaba que en cierto modo yo era el culpable del triste fin de Moana y que el día del Juicio Final me sería pedida cuenta de su tremenda suerte. Desvelado con tan siniestros pensamientos, vi llegar el amanecer, y cuando entré en la tienda de mi tío, éste me dijo:

“-¿No sabes la novedad? Anoche murió Moana, el sastrecillo. Su viuda ha manifestado el deseo de morir en la misma hoguera que carbonice el cuerpo de su marido. Realmente, estas mujeres bárbaras dan muestras a veces de una fidelidad que ni entre los mismos creyentes se encuentra para raro ejemplo.

“Si bien me espantó el fin del sastrecillo, más aún me asombró el propósito de Turey. ¿Qué se proponía al manifestar su voluntad de morir en la hoguera? ¿Hacerse perdonar por el dios de sus creencias el mortal pecado que había cometido?

“Aunque mozo irreflexivo, adivinaba que un destino grave había caído sobre mi cabeza. En pocas horas, con mi conducta licenciosa había provocado la muerte de un honesto cortador de prendas, y ahora el suicidio de su arrepentida viuda. Indudablemente que algún día el Ángel de la Muerte me pediría cuentas de semejantes desaguisados, y no terminaba de jurarme a mí mismo que jamás volvería a fijar los ojos en la mujer del prójimo, cuando inopinadamente apareció la esclava de Turey, quien, dirigiéndose a mí, me dijo:

“-Mi señora manda decirte que de acuerdo con las costumbres del país, su difunto marido será quemado en una hoguera, y que ella, como cuadra a una viuda honesta, se precipitará en la hoguera. Dígame también que te diga que le agradaría mucho verte en el cortejo de los que la despidan de esta vida.

“Yo me estremecí de horror frente al sacrificio casi inevitable. Sin embargo, para calmar mis remordimientos, me decía que Turey, llegado el momento, no se atrevería a arrojarse entre las llamas, y dejé que su esclava se retirara, después de prometerle que cumpliría con mi deber e iría a verla morir.

“Por la tarde, lívido como el mismo muerto a quien llevaban a quemar a una hoguera que se encendería en el bosque, me incorporé al cortejo funesto.

“Rodeada de los malditos sacerdotes brahmanes y de viejas desgreñadas, que más parecían fieras carniceras que seres humanos, marchaba Turey con el rostro rayado de sangrientos arañazos y los ojos hinchados por interminable llanto. Yo la miraba sin acertar a comprender cómo era posible que amando tanto la vida y el placer diera su vida por un ser que cuando estuvo vivo ella mató. A su lado, como protegiéndola de aquellas que podían persuadirla de que no llevara a cabo tan bárbaro propósito como el de quemarse viva, marchaban los parientes del sastrecillo, y todos la cumplimentaban por su conducta y fidelidad a las costumbres del país.

“Llegados al bosque, los que formábamos el cortejo hicimos un círculo en torno de un monte de leña donde se abrasaría el muerto y se suicidaría su viuda. Yo no abandonaba la esperanza de que llegado el extremo momento Turey se negaría a arrojarse entre las llamas. A todo esto, los sacerdotes colocaron el cadáver del sastrecillo sobre los maderos regados de aceite y un monje encendió la pira. Una rápida llamarada envolvió el montecillo de madera. Turey, separándose del cortejo, echó a caminar en torno de la hoguera para buscar el lugar más bajo y entrar en ella. Se acercó a mí. Yo iba a recibir su postrer saludo… ¡Horror!… De pronto me sentí agarrado por los ganchos de sus manos y arrastrado con infernal violencia al centro del brasero. Rodamos encima de las brasas. Yo profería terribles gritos, tratando de librarme del mortal abrazo de ese monstruo, cuya venganza era manifiesta ahora. Las llamaradas lamían mi cuerpo y mi túnica ardía rápidamente. De pronto, los brazos de la horrible mujer que me mantenían pegado al fuego se aflojaron; con mis vestiduras incendiadas, achicharrado vivo, me arrojé fuera de la hoguera y caí desvanecido sobre la hierba del prado.

“¿Con qué palabras contarte mis terribles sufrimientos? ¡Oh, hijo de Faraj! Me sumergieron en un barril de aceite, donde durante muchos días y muchas noches creí que los sufrimientos terminarían por hacerme perder la razón. Mi tío, mis amigos, nadie creía que resistiría las graves quemaduras que me desfiguraban el cuerpo. Sin embargo, poco a poco fui reponiéndome, y aunque el fuego de la hoguera me había transformado en un monstruo, no pude menos de darle las gracias a Alá por haberme inferido tan clemente castigo.

“Ahora ya lo sabes, hijo del amigo de mi hijo. No busques amor de mujer fuera de tu raza, de tu ciudad natal y de tu religión.”

Y ésta, aunque ingenua, fue la causa por la que Enriqueta Dogson, de la mañana a la noche, dejó de ver para siempre al joven Dais el Bint Abdalla, que, sin despedirse de ella, se embarcó para Java en busca del olvido de una pasión insensata.

FIN


El criador de gorilas, 1941

lunes, 5 de enero de 2026

El dúo de la tos

 

El dúo de la tos

[Cuento - Texto completo.]

Leopoldo Alas “Clarín”

El gran hotel del Águila tiende su enorme sombra sobre las aguas dormidas de la dársena. Es un inmenso caserón cuadrado, sin gracia, de cinco pisos, falansterio del azar, hospicio de viajeros, cooperación anónima de la indiferencia, negocio por acciones, dirección por contrata que cambia a menudo, veinte criados que cada ocho días ya no son los mismos, docenas y docenas de huéspedes que no se conocen, que se miran sin verse, que siempre son otros y que cada cual toma por los de la víspera.

«Se está aquí más solo que en la calle, tan solo como en el desierto», piensa un bulto, un hombre envuelto en un amplio abrigo de verano, que chupa un cigarro apoyándose con ambos codos en el hierro frío de un balcón, en el tercer piso. En la oscuridad de la noche nublada, el fuego del tabaco brilla en aquella altura como un gusano de luz. A veces aquella chispa triste se mueve, se amortigua, desaparece, vuelve a brillar.

«Algún viajero que fuma», piensa otro bulto, dos balcones más a la derecha, en el mismo piso. Y un pecho débil, de mujer, respira como suspirando, con un vago consuelo por el indeciso placer de aquella inesperada compañía en la soledad y la tristeza.

«Si me sintiera muy mal, de repente; si diera una voz para no morirme sola, ese que fuma ahí me oiría», sigue pensando la mujer, que aprieta contra un busto delicado, quebradizo, un chal de invierno, tupido, bien oliente.

«Hay un balcón por medio; luego es en el cuarto número 36. A la puerta, en el pasillo, esta madrugada, cuando tuve que levantarme a llamar a la camarera, que no oía el timbre, estaban unas botas de hombre elegante».

De repente desapareció una claridad lejana, produciendo el efecto de un relámpago que se nota después que pasó.

«Se ha apagado el foco del Puntal», piensa con cierta pena el bulto del 36, que se siente así más solo en la noche. «Uno menos para velar; uno que se duerme.»

Los vapores de la dársena, las panzudas gabarras sujetas al muelle, al pie del hotel, parecen ahora sombras en la sombra. En la oscuridad el agua toma la palabra y brilla un poco, cual una aprensión óptica, como un dejo de la luz desaparecida, en la retina, fosforescencia que padece ilusión de los nervios. En aquellas tinieblas, más dolorosas por no ser completas, parece que la idea de luz, la imaginación recomponiendo las vagas formas, necesitan ayudar para que se vislumbre lo poco y muy confuso que se ve allá abajo. Las gabarras se mueven poco más que el minutero de un gran reloj; pero de tarde en tarde chocan, con tenue, triste, monótono rumor, acompañado del ruido de la mar que a lo lejos suena, como para imponer silencio, con voz de lechuza.

El pueblo, de comerciantes y bañistas, duerme; la casa duerme.

El bulto del 36 siente una angustia en la soledad del silencio y las sombras.

De pronto, como si fuera un formidable estallido, le hace temblar una tos seca, repetida tres veces como canto dulce de codorniz madrugadora, que suena a la derecha, dos balcones más allá. Mira el del 36, y percibe un bulto más negro que la obscuridad ambiente, del matiz de las gabarras de abajo. «Tos de enfermo, tos de mujer.» Y el del 36 se estremece, se acuerda de sí mismo; había olvidado que estaba haciendo una gran calaverada, una locura. ¡Aquel cigarro! Aquella triste contemplación de la noche al aire libre. ¡Fúnebre orgía! Estaba prohibido el cigarro, estaba prohibido abrir el balcón a tal hora, a pesar de que corría agosto y no corría ni un soplo de brisa. «¡Adentro, adentro!» ¡A la sepultura, a la cárcel horrible, al 36, a la cama, al nicho!»

Y el 36, sin pensar más en el 32, desapareció, cerró el balcón con triste rechino metálico, que hizo en el bulto de la derecha un efecto melancólico análogo al que produjera antes el bulto que fumaba la desaparición del foco eléctrico del Puntal.

«Sola del todo», pensó la mujer, que, aún tosiendo, seguía allí, mientras hubiera aquella compañía… compañía semejante a la que se hacen dos estrellas que nosotros vemos, desde aquí, juntas, gemelas, y que allá en lo infinito, ni se ven ni se entienden.

Después de algunos minutos, perdida la esperanza de que el 36 volviera al balcón, la mujer que tosía se retiró también; como un muerto que en forma de fuego fatuo respira la fragancia de la noche y se vuelve a la tierra.

Pasaron una, dos horas. De tarde en tarde hacia dentro, en las escaleras, en los pasillos, resonaban los pasos de un huésped trasnochador; por las rendijas de la puerta entraban en las lujosas celdas, horribles con su lujo uniforme y vulgar, rayos de luz que giraban y desaparecían.

Dos o tres relojes de la ciudad cantaron la hora; solemnes campanadas precedidas de la tropa ligera de los cuartos, menos lúgubres y significativos. También en la fonda hubo reloj que repitió el alerta.

Pasó media hora más. También lo dijeron los relojes.

«Enterado, enterado», pensó el 36, ya entre sábanas; y se figuraba que la hora, sonando con aquella solemnidad, era como la firma de los pagarés que iba presentando a la vida su acreedor, la muerte. Ya no entraban huéspedes. A poco, todo debía morir. Ya no había testigos; ya podía salir la fiera; ya estaría a solas con su presa.

En efecto; en el 36 empezó a resonar, como bajo la bóveda de una cripta, una tos rápida, enérgica, que llevaba en sí misma el quejido ronco de la protesta.

«Era el reloj de la muerte», pensaba la víctima, el número 36, un hombre de treinta años, familiarizado con la desesperación, solo en el mundo, sin más compañía que los recuerdos del hogar paterno, perdidos allá en lontananzas de desgracias y errores, y una sentencia de muerte pegada al pecho, como una factura de viaje a un bulto en un ferrocarril.

Iba por el mundo, de pueblo en pueblo, como bulto perdido, buscando aire sano para un pecho enfermo; de posada en posada, peregrino del sepulcro, cada albergue que el azar le ofrecía le presentaba aspecto de hospital. Su vida era tristísima y nadie le tenía lástima. Ni en los folletines de los periódicos encontraba compasión. Ya había pasado el romanticismo que había tenido alguna consideración con los tísicos. El mundo ya no se pagaba de sensiblerías, o iban estas por otra parte. Contra quien sentía envidia y cierto rencor sordo el número 36 era contra el proletariado, que se llevaba toda la lástima del público.

-El pobre jornalero, ¡el pobre jornalero! -repetía, y nadie se acuerda del pobre tísico, del pobre condenado a muerte del que no han de hablar los periódicos. La muerte del prójimo, en no siendo digna de la Agencia Fabra, ¡qué poco le importa al mundo!

Y tosía, tosía, en el silencio lúgubre de la fonda dormida, indiferente como el desierto. De pronto creyó oír como un eco lejano y tenue de su tos… Un eco… en tono menor. Era la del 32. En el 34 no había huésped aquella noche. Era un nicho vacío.

La del 32 tosía, en efecto; pero su tos era… ¿Cómo se diría? Más poética, más dulce, más resignada. La tos del 36 protestaba; a veces rugía. La del 32 casi parecía un estribillo de una oración, un miserere, era una queja tímida, discreta, una tos que no quería despertar a nadie. El 36, en rigor, todavía no había aprendido a toser, como la mayor parte de los hombres sufren y mueren sin aprender a sufrir y a morir. El 32 tosía con arte; con ese arte del dolor antiguo, sufrido, sabio, que suele refugiarse en la mujer.

Llegó a notar el 36 que la tos del 32 le acompañaba como una hermana que vela; parecía toser para acompañarle.

Poco a poco, entre dormido y despierto, con un sueño un poco teñido de fiebre, el 36 fue transformando la tos del 32 en voz, en música, y le parecía entender lo que decía, como se entiende vagamente lo que la música dice.

La mujer del 32 tenía veinticinco años, era extranjera; había venido a España por hambre, en calidad de institutriz en una casa de la nobleza. La enfermedad la había hecho salir de aquel asilo; le habían dado bastante dinero para poder andar algún tiempo sola por el mundo, de fonda en fonda; pero la habían alejado de sus discípulas. Naturalmente. Se temía el contagio. No se quejaba. Pensó primero en volver a su patria. ¿Para qué? No la esperaba nadie; además, el clima de España era más benigno. Benigno, sin querer. A ella le parecía esto muy frío, el cielo azul muy triste, un desierto. Había subido hacia el Norte, que se parecía un poco más a su patria. No hacía más que eso, cambiar de pueblo y toser. Esperaba locamente encontrar alguna ciudad o aldea en que la gente amase a los desconocidos enfermos.

La tos del 36 le dio lástima y le inspiró simpatía. Conoció pronto que era trágica también. «Estamos cantando un dúo», pensó; y hasta sintió cierta alarma del pudor, como si aquello fuera indiscreto, una cita en la noche. Tosió porque no pudo menos; pero bien se esforzó por contener el primer golpe de tos.

La del 32 también se quedó medio dormida, y con algo de fiebre; casi deliraba también; también trasportó la tos del 36 al país de los ensueños, en que todos los ruidos tienen palabras. Su propia tos se le antojó menos dolorosa apoyándose en aquella varonil que la protegía contra las tinieblas, la soledad y el silencio. «Así se acompañarán las almas del purgatorio.» Por una asociación de ideas, natural en una institutriz, del purgatorio pasó al infierno, al del Dante, y vio a Paolo y Francesca abrazados en el aire, arrastrados por la bufera infernal.

La idea de la pareja, del amor, del dúo, surgió antes en el número 32 que en el 36.

La fiebre sugería en la institutriz cierto misticismo erótico; ¡erótico!, no es esta la palabra. ¡Eros! El amor sano, pagano ¿qué tiene aquí que ver? Pero en fin, ello era amor, amor de matrimonio antiguo, pacífico, compañía en el dolor, en la soledad del mundo. De modo que lo que en efecto le quería decir la tos del 32 al 36 no estaba muy lejos de ser lo mismo que el 36, delirando, venía como a adivinar.

«¿Eres joven? Yo también. ¿Estás solo en el mundo? Yo también. ¿Te horroriza la muerte en la soledad? También a mí. ¡Si nos conociéramos! ¡Si nos amáramos! Yo podría ser tu amparo, tu consuelo. ¿No conoces en mi modo de toser que soy buena, delicada, discreta, casera, que haría de la vida precaria un nido de pluma blanda y suave para acercarnos juntos a la muerte, pensando en otra cosa, en el cariño? ¡Qué solo estás! ¡Qué sola estoy! ¡Cómo te cuidaría yo! ¡Cómo tú me protegerías! Somos dos piedras que caen al abismo, que chocan una vez al bajar y nada se dicen, ni se ven, ni se compadecen… ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué no hemos de levantarnos ahora, unir nuestro dolor, llorar juntos? Tal vez de la unión de dos llantos naciera una sonrisa. Mi alma lo pide; la tuya también. Y con todo, ya verás cómo ni te mueves ni me muevo.»

Y la enferma del 32 oía en la tos del 36 algo muy semejante a lo que el 36 deseaba y pensaba:

«Sí, allá voy; a mí me toca; es natural. Soy un enfermo, pero soy un galán, un caballero; sé mi deber; allá voy. Verás qué delicioso es, entre lágrimas, con perspectiva de muerte, ese amor que tú solo conoces por libros y conjeturas. Allá voy, allá voy… si me deja la tos… ¡esta tos!… ¡Ayúdame, ampárame, consuélame! Tu mano sobre mi pecho, tu voz en mi oído, tu mirada en mis ojos…»

Amaneció. En estos tiempos, ni siquiera los tísicos son consecuentes románticos. El número 36 despertó, olvidado del sueño, del dúo de la tos.

El número 32 acaso no lo olvidara; pero ¿qué iba a hacer? Era sentimental la pobre enferma, pero no era loca, no era necia. No pensó ni un momento en buscar realidad que correspondiera a la ilusión de una noche, al vago consuelo de aquella compañía de la tos nocturna. Ella, eso sí, se había ofrecido de buena fe; y aun despierta, a la luz del día, ratificaba su intención; hubiera consagrado el resto, miserable resto de su vida, a cuidar aquella tos de hombre… ¿Quién sería? ¿Cómo sería? ¡Bah! Como tantos otros príncipes rusos del país de los ensueños. Procurar verle… ¿para qué?

Volvió la noche. La del 32 no oyó toser. Por varias tristes señales pudo convencerse de que en el 36 ya no dormía nadie. Estaba vacío como el 34.

En efecto; el enfermo del 36, sin recordar que el cambiar de postura solo es cambiar de dolor, había huido de aquella fonda, en la cual había padecido tanto… como en las demás. A los pocos días dejaba también el pueblo. No paró hasta Panticosa, donde tuvo la última posada. No se sabe que jamás hubiera vuelto a acordarse de la tos del dúo.

La mujer vivió más: dos o tres años. Murió en un hospital, que prefirió a la fonda; murió entre Hermanas de la Caridad, que algo la consolaron en la hora terrible. La buena psicología nos hace conjeturar que alguna noche, en sus tristes insomnios, echó de menos el dúo de la tos; pero no sería en los últimos momentos, que son tan solemnes. O acaso sí.

FIN


Cuentos Morales, 1896