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lunes, 16 de enero de 2012

Balance y memoria del cuento en el Exilio

Me viene a la memoria, cuando me siento a redactar este panorama de la narrativa breve del exilio, el amargo lamento del personaje Remigio Morales, escritor exiliado, antes de su desesperanzado y trágico final en el relato titulado “El remate”, que Max Aub publicó en 1961 en su revista Sala de espera:
“Sencillamente, no existimos. Fuimos borrados del mapa. Un auténtico remate. Nadie sabe quiénes fuimos.”
Han pasado muchos años desde que viera la luz ese cuento y hoy puede decirse que la suerte ha sido diversa para aquellos escritores que se vieron forzados a abandonar España tras la derrota de la República y continuaron, o empezaron, su obra literaria lejos de nuestras fronteras; así, mientras la obra de algunos ha sido plenamente reconocida y hoy goza del favor de los lectores, se edita, se lee, se estudia y forma parte incuestionable de la historia de la literatura española, la de otros no ha tenido la misma fortuna, sigue olvidada y apenas es conocida fuera de ámbitos minoritarios. Resulta sintomático que un libro de cuentos como A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, publicado en Santiago de Chile en 1937, no se editara en España hasta el año 2001; del mismo modo, el de Antonio Sánchez Barbudo, que se editó en 1938 y mereció el Premio Nacional de Literatura, titulado Entre dos fuegos, no ha sido nunca reeditado; de otros autores sólo muy recientemente se van recuperando sus libros de cuentos, gracias a profesores que los estudian y a editoriales que apuestan, en proyectos imposibles, por recuperar esas obras olvidadas. De modo que, en primera instancia, hay que hablar de recuerdos y olvidos, de glorias e infortunios.
El cuento fue un género muy cultivado por los escritores en el exilio, quienes tuvieron que sortear no pocas dificultades para darlos a conocer, entre ellas el insalvable escollo de la prohibición de publicarlos en España y el desinterés con que eran recibidos por los lectores en los países de acogida; y sin embargo, estos autores dejaron un importante corpus de libros de cuentos, algunos de los cuales, al pasar de los años, se convertirían en clásicos, por ejemplo, Los usurpadores, de Francisco Ayala. Los autores españoles, a pesar de lo negativo que supuso el extrañamiento del exilio, pudieron expresarse con libertad y ofrecer su visión del pasado reciente sin ningún tipo de censura. En la primera década, 1939-1949, abundan los libros de cuentos que, de una u otra manera, desde diferentes sensibilidades y posiciones ideológicas, tratan el tema de la guerra civil, de sus antecedentes y de sus consecuencias. En 1944, Max Aub publicó No son cuentos, un volumen de narraciones centradas en el tema de la guerra civil y en el que figuraba el relato, publicado en Hora de España, en 1938, “El cojo”, uno de los mejores suyos. En 1939, en la revista Sur, publica Francisco Ayala su “Diálogo de los muertos”, que luego serviría, en 1949, de epílogo a Los usurpadores, sentida y profunda elegía en la que el autor da rienda suelta a su dolor:
Los que perpetraron la traición, cegados por la soberbia y poseídos por la furia del mando, están protegidos contra la pesadumbre de todo cargo de conciencia por la liviandad de sus cerebros que les consiente aceptar sin examen los endebles idearios (sarcasmo, a la dura luz de hoy) con que apresuradamente quisieron vestir y dar hechura a su fechoría.
Expresiones de esta naturaleza eran impensables en la literatura que se escribía en el interior de España. Tendrían que pasar muchos años para que la guerra civil se convirtiera en materia literaria de un libro de cuentos escrito y publicado sin censura, me refiero a Largo noviembre de Madrid, 1980, de Juan Eduardo Zúñiga. Tantos años después, la guerra civil sigue presente en la narrativa breve de nuestros días, baste recordar el éxito del relato “La lengua de las mariposas”, 1995, de Manuel Rivas.
Como muestra de la variedad de registros en la narrativa breve del exilio y para romper ese tópico que estereotipa esta literatura exclusivamente en torno a la guerra civil y sus consecuencias, durante esa década, aparecen dos libros de cuentos que poco o nada tienen que ver con el conflicto armado, Historias e invenciones de Félix Muriel, de Rafael Dieste, magnífico e imaginativo, con una prosa soberbia, publicado en Buenos Aires, en 1943, y De quince llevo una, de Paulino Masip, nostálgicas evocaciones del pasado anterior a la guerra, publicado en México, en 1949. Con todo, al margen del citado Los usurpadores, reflexión literaria sobre el poder que hunde sus raíces en la historia española a la búsqueda de las fuentes de la discordia y que contiene el que muchos han catalogado como uno de los mejores cuentos de la literatura española, nos referimos a “El hechizado”, el libro más importante de esa década es La cabeza del cordero, también de Francisco Ayala, cuatro narraciones en las que se ocupa de la guerra civil “bajo el aspecto permanente de las pasiones que la nutren; pudiera decirse: la Guerra Civil en el corazón de los hombres”, como señala el autor en el “Proemio”.
De lo dicho hasta aquí se deriva que estos libros, imposibles de publicar en la España de esos años, que asistía al renacer de la novela de la mano de Cela, Torrente Ballester, Laforet o Delibes, pero en la que los escasos libros de cuentos tienen, si los comparamos con los citados, una importancia relativa, se deriva digo, que estos son los auténticos libros de cuentos de la literatura española de posguerra en esa década, libros que las circunstancias políticas hicieron que tuvieran que ser escritos y publicados fuera de España; lo que queremos decir es que hay un sola literatura española que por razones políticas se escribe dentro y fuera de España. No creo que nadie considere hoy, en 2005, a Francisco Ayala como un escritor del exilio, sino como uno de los escritores españoles más importantes de nuestro tiempo. Se trata, creemos, de recuperar la obra de los escritores exiliados e integrarlos en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX sin formar con ellos un grupo aparte[1], como escribió, en 1980, Ignacio Soldevilla:
“Hasta ahora se ha solido poner en capítulos separados a los escritores del exilio y a los que quedaron en España. En la medida en que el criterio no es político, y responde al hecho de que el exilio llevó a concebir la narrativa y a ver la misma realidad de manera distinta, aceptaríamos la división. Pero estamos seguros de que, a la larga, como no constituyen sino dos ramas divergentes de una común raíz, el tiempo acabará por borrar lentamente las disparidades.”
En la década de los cincuenta suceden dos fenómenos dignos de mención: el primero es que entre los exiliados, tras la constatación del reconocimiento del régimen de Franco por la ONU y el apoyo decidido de los Estados Unidos, cunde el desánimo y empieza a comprenderse que el exilio no es circunstancial y va para largo; el segundo es el de la aparición en España de una nueva generación literaria, la del neorrrealismo, que va a hacer del cuento el género literario por excelencia y que dará frutos muy importantes; baste recordar los nombres de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Ana María Matute o Medardo Fraile entre otros.
En 1946 escribía Aub: “Creo que no tengo derecho todavía a callar lo que vi para escribir lo que imagino”, con lo que ponía de manifiesto su debate interno entre la necesidad del testimonialismo y el vuelo libre de la imaginación creadora. Buena muestra de que la narrativa breve del exilio, por la circunstancia arriba señalada, empieza a abrirse a otras tendencias, sin olvidar el desastre de la guerra civil, es la publicación en 1955 de dos libros de cuentos del propio Aub, idénticos en sus portadas y en sus títulos, que simbolizan las dos facetas de su narrativa breve, la mimética y la imaginativa, nos referimos a Cuentos ciertos y Ciertos cuentos. De ese mismo año, es el libro de Francisco Ayala Historia de macacos, que sería el primero suyo publicado en España tras la guerra civil, en Revista de Occidente. Ciertos cuentos e Historia de macacos marcan una tendencia nueva en la narrativa breve exiliada, la apertura a nuevas realidades que poco tienen que ver con España. También en esos libros se pone de manifiesto una mayor complejidad estilística y estructural, deudora de influencias narrativas más universales: la multiplicidad de narradores y de perspectivas en un mismo cuento, por ejemplo en “Historia de macacos”, su simbolismo más denso y a veces hermético, la huida de un realismo pobre en la forma, el sentido de la ironía y del humor ácido y no pocas veces grotesco, la preocupación, en fin, por dar cabida a temas más amplios que tienen que ver con una visión compleja y problemática del mundo. A lo cual podríamos añadir el empleo de subgéneros del cuento poco cultivados entonces, como el microrrelato en Aub. Como ejemplo, por su brevedad, reproducimos “El monte”, incluido en Algunas prosas, de 1954, en el que los personajes aceptan con la mayor naturalidad un hecho del todo insólito:
Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña ya no estaba. La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol naciente, dorada.
Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte, cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer, había desaparecido.
Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido algo que valía la pena, de acuerdo con sus ideas.
—Ya te decía yo —le dijo a su mujer.
—Pues es verdad. Así podremos ir más de prisa a casa de mi hermana.
En 1952, Rosa Chacel publica el libro de relatos Sobre el piélago, de corte imaginativo y fantástico, en el que se advierten influencias que tardarían aún en llegar a la literatura española del interior, la de Borges, por ejemplo. De ese libro es un fenomenal relato titulado “Fueron testigos” en el cual asistimos incrédulos a la metamorfosis de un hombre herido en plena calle que se diluye y acaba siendo tragado por una alcantarilla, mientras la ambulancia viene en su socorro, ante los ojos atónitos de quienes contemplan la escena.
Este tipo de relatos no era lo que se escribía entonces en España, anclados los autores en la estética del neorrealismo; sin embargo, fijémonos un instante en el caso de Arturo Barea, que ya había publicado, en 1938, los relatos de Valor y miedo. Tras su muerte en el exilio en Inglaterra, en 1957, su mujer, Ilsa Barea, recopiló una serie de narraciones que publicó en 1960 bajo el título El centro de la pista, en Ediciones Cid de Madrid. No anduvo muy vivo el censor y dejó pasar cuentos en los cuales la denuncia social y la crítica a los poderosos es bien patente. En esos años, se publican en España dos importantes libros de cuentos, Cabeza rapada, de Jesús Fernández Santos, en 1958, y El corazón y otros frutos amargos, de Ignacio Aldecoa, en 1959. Si comparamos la historia del niño de “El cono”, de Barea, con la del protagonista de “Cabeza rapada”, de Fernández Santos, encontraremos que la injusticia que se denuncia es la misma, que el desamparo de esos niños y su desolación son los mismos, y que la intención crítica de sus autores, aun perteneciendo a generaciones diferentes, es idéntica, incluso en la escritura realista se pueden encontrar similitudes.
En 1950, en las ediciones de la tertulia Aquelarre, aparece el libro de José Ramón Arana El cura de Almuniaced, una de las mejores novelas cortas sobre la guerra civil, que iba seguida de una serie de cuentos, después ampliada en ¡Viva Cristo Ray! y todos los cuentos (1980), deudores de la tradición narrativa anterior; patente la influencia de Unamuno en el relato “El último sueño de Cervantes”. Siguen en esa década apareciendo buenos libros de cuentos de autores que quizá hubieran merecido mejor suerte, como José de la Colina, que publica Cuentos para vencer a la muerte, en 1955, o Segundo Serrano Poncela, que publica Seis relatos y uno más, en 1954. También en esos años cabe señalar la aportación a la narrativa breve de dos grandes poetas exiliados, Luis Cernuda y Pedro Salinas, que publican respectivamente Tres narraciones, Buenos Aires, 1948, y El desnudo impecable y otras narraciones, México, 1951.
Una de las características de la narrativa breve en el exilio es la de la apertura a las nuevas realidades sociales que les tocó vivir a los autores exiliados. En este sentido, hay que destacar el libro de Max Aub, Cuentos mexicanos (con pilón), de 1959, después publicado en España, en 1964, bajo el título de El zopilote y otros cuentos mexicanos, en la colección “El Puente”, que dirigía para EDHASA Guillermo de Torre, con el añadido de cuentos que no figuran en la edición mexicana. Con todo, el libro más innovador y uno de los que más fortuna ha tenido de entre los de Max Aub es Crímenes ejemplares, que se publicó en 1957. Libro de microrrelatos, en él Aub hace suya la cultura de la muerte, tan arraigada en México, e incluye rasgos lingüísticos y modismos propios del habla mexicana:
“¡Si el gol estaba hecho! No había más que empujar el balón, con el portero descolocado... ¡Y lo envió por encima del larguero! ¡Y aquel gol era decisivo! Les dábamos en toditita la madre a esos chingones de la Nopalera. Si de la patada que le di se fue al otro mundo, que aprenda allí a chutar como Dios manda.”
También Paulino Masip, en el libro publicado en 1954, La trampa, incluye un cuento titulado “El ladrón”, ambientado en Ciudad de México y que podría tomarse como una suerte de homenaje al país que le acogió en su exilio. De igual modo, en el cuento titulado “El zopilote”, perteneciente al libro La raya oscura, publicado en Buenos Aires, en 1959, Serrano Poncela reflexiona, a partir de la muerte de un exiliado, sobre las realidades nuevas vividas en Sudamérica. Mencionar, asimismo, el cuento de Rosa Chacel, uno de sus mejores relatos, “Ofrenda a una virgen loca”, que da título al libro, que se publicó en México, en 1961. No debe olvidarse, tampoco, el temprano libro de Ramón J. Sender, publicado en 1940, Mexicayotl, compuesto de nueve relatos de carácter mítico y legendario en el que se refleja a través de historias de personajes y elementos del paisaje, animales incluidos, espléndido el relato “El buitre[2], el México anterior a la conquista. Sender, en su costumbre de rehacer sus libros, incluyó algunos de los relatos del libro de 1940 en otro de 1961, publicado en Nueva York, titulado Novelas ejemplares de Cíbola, también de ambiente americano. Otro tipo de cuentos, relacionados con este ámbito que comentamos, es aquel en el que se narra la historia de personajes que traicionan los ideales que les han llevado al exilio y se convierten, en las nuevas sociedades en que viven, en aquello que tanto odiaban en España. Esa visión crítica de cierto tipo de exiliados es la que expresa ácidamente Manuel Andújar en cuentos como “Para la próxima figura de barro”, escrito en 1959 e incluido en el libro Los lugares vacíos, 1971.
Durante la década de los sesenta se producen tres circunstancias dignas de reseñar: de una parte, empieza o continúa el regreso, discreto, escalonado, temporal, de algunos autores exiliados; por otra, se publican libros de narraciones breves del exilio en España, normalmente con escaso eco y siempre de cuentos que no aludan a la guerra civil o al pasado republicano, que sigue siendo objeto de fuerte censura; finalmente, en 1963, mencionar la aparición del libro de José R. Marra-López, Narrativa española fuera de España 1939-1961, en el que se da a conocer al lector español la labor literaria de los escritores exiliados. Mientras en los cuentos escritos en España en esos años la guerra es sólo una sombra, una velada alusión, algo innombrable, recuerdos confusos y vivos al mismo tiempo —puede comprobarse en la antología preparada por Josefina Aldecoa en 1983, Los niños de la guerra—, en el exilio, se producía un cierto cansancio de narrar la guerra y sus consecuencias y asoma ya una severa autocrítica a la posición de los exiliados que vociferan por los cafés en espera de que se muera Franco, acusándose unos a otros de lo que hicieron o no en el pasado. En 1960, en México, Aub publicó uno de sus más famosos cuentos, “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”, en el cual un mesero de un café de México DF, harto de oír a los refugiados españoles decir “cuando muera Franco...”, decide venir a España a cometer el magnicidio durante un desfile de la victoria. Franco muere, pero al volver a su café los refugiados seguían gritando y discutiendo como si tal cosa, como si no hubiera pasado nada; el cuento dio título al libro La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos. En 1963, en la editorial Sur de Buenos Aires, Francisco Ayala publica un libro titulado El as de bastos. Contiene cuentos estupendos, como el que da título al libro y “Baile de máscaras”. Destaca en ellos una visión lúdica e irónica sobre el sexo y las infidelidades y es una buena muestra de las innovaciones técnicas que Ayala ya había introducido en su narrativa breve, como por ejemplo la multiplicidad de voces de “Baile de máscaras”, fragmentos inconexos, algunos tan breves como “—Adiós, odalisco.” o “—Ahora van a ver todos esos quién soy yo, dije entonces. Se pensarían ellos que yo no soy hombre para eso, y para mucho más.” En ese ambiente de renovación formal habría que situar el libro de Sender Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas, publicado en México, en 1967, Compuesto de cuatro relatos, quizá habría que llamarlos novelas cortas, el mejor es que da título al libro. En él, la mujer del novelista acaba convirtiéndose, en un proceso lento, en gallina, hasta que va perdiendo el habla y adopta costumbres de gallina, en lugar de acostarse en la cama se posa en la cabecera. Es un relato en el que predomina un humor de tipo casi surreal y en el que hay un hermoso juego literario. Finalmente, Cervantessalió aquel día de Esquivias y no volvió nunca”; en el cuento también hay una crítica velada a la mezquindad de la llamada clase media española.
Las circunstancias que envolvieron el regreso de algunos exiliados y la visión de la sociedad española a la que se reintegraron, en muchos casos con no pocas dificultades, tuvo también su reflejo en la narrativa breve. Un caso paradigmático fue el de Manuel Andújar, quien regresó en 1967. En el ya mencionado Los lugares vacíos, hay cuentos como “Yacentes” u “Olor a rancio” que, desde un simbolismo algo hermético, arrojan luz sobre la situación extraña y a menudo incómoda en la que se siente un exiliado al reintegrarse a un país del que ha estado ausente muchos años por razones políticas. Lo que llama la atención en este tipo de cuentos es la decidida voluntad de estilo y el simbolismo algo oscuro que los aleja del realismo gastado y empobrecedor. Esta narrativa breve, no sólo la de Andújar, supone desde su complejidad formal una reflexión sobre un mundo confuso, problemático, ante el cual no caben certezas absolutas, sino complejas incertidumbres. Conviene recordar que desde mediados de los años sesenta la influencia de los autores del llamado boom de la narrativa latinoamericana, la mayoría maestros en la escritura de cuentos, se deja notar mucho en los autores del exilio. Por otra parte, la influencia, sobre todo en Andújar del mundo de Kafka es patente. Con ello se pone de manifiesto el deseo de renovación formal, de superación del realismo, que mueve a estos autores y que no encontrará parangón en la narrativa breve del interior hasta unos años después, cuando se produzca el renacer del cuento como género en el principio de la década de los ochenta y en el que la obra de Cortázar tendrá una influencia destacada. Todo ello se advierte en el libro que Francisco Ayala publica en 1971 bajo el título de El jardín de las delicias, una suerte de fresco que tiene como fondo la condición humana, en el que hay textos muy conocidos, como el “Diálogo entre el amor y un viejo”. Un año más tarde, en 1972, publica, también en esa línea renovadora, Segundo Serrano Poncela, un volumen de cuatro cuentos bajo el título Un olor a crisantemo. Mientras tanto, en 1969, Max Aub recopilaba sus cuentos sobre la guerra y el exilio en un volumen publicado en Venezuela, Últimos cuentos de la guerra de España.
No queremos, en la parte final de este panorama, dejar de señalar la importancia que tuvieron, en la difusión en España de esa obra cuentística, dos revistas, Ínsula y Papeles de Son Armadans. El formato de revista se prestaba muy bien para acoger en sus páginas los cuentos, de modo que, dado el talante liberal y abierto de ambas, los escritores exiliados publicaron en ellas, aunque Aub se quejara, cuando visitó España en 1969, de que fueran revistas para suscriptores que no leía nadie. La nómina de narradores que publicaron relatos, apuntes, cuentos cortos, es muy extensa, Andújar, Ayala, Aub, de la Colina, Sender, Serrano Poncela, entre otros. Del mismo modo, hay que reseñar, por la importancia que entonces tuvo para la recuperación de la narrativa breve desterrada, la antología publicada por Rafael Conte en 1970, Narraciones de la España desterrada, libro en el que muchos lectores tuvieron conocimiento por primera vez de la valía, en el cuento breve, de los escritores del exilio.
Tras la recuperación de la democracia y el levantamiento de la censura, allá por los años de la transición, se empezó un proceso de recuperación de la obra de estos escritores que dista mucho, lamentablemente, de estar concluido. Andújar pudo reunir su obra cuentística en Cuentos completos, en 1989; los libros de Ayala han sido los que más atención han merecido, al menos en ediciones críticas, Los usurpadores, La cabeza del cordero, Historia de macacos; Dieste tuvo edición crítica de Historias e invenciones de Félix Muriel en 1985; de Barea se editaron en 2001 los Cuentos completos; Aub fue editado en dos antologías de cuentos miméticos y fantásticos, Enero sin nombre y Escribir lo que imagino , en 1994; los cuentos de Sender están dispersos en ediciones que convendría revisar y agrupar de algún modo, con todo, Las gallinas de Cervantes se reeditó en 2002; los de Masip no fueron recuperados hasta 1992, El gafe o la necesidad de un responsable y luego en 2002 La trampa y otros relatos; los de Rosa Chacel, Icada, Nevda, Diada, no se reeditan desde el año 1982, aunque en 1989, Conte editó una selección breve de ellos bajo el título Balaam y otros cuentos y en 1992 se reeditó Sobre el piélago ; los de Arana se reeditaron en 1980, ¡Viva Cristo Ray! y todos los cuentos y lo harán en 2005, coincidiendo con su centenario; Serrano Poncela, José de la Colina, Roberto Ruiz y otros, esperan sosegadamente su turno.
[***]
Han pasado muchos años desde que formalmente el exilio se cerrara en 1977 y puede decirse que la narrativa breve de algunos de estos autores ha sido sustancialmente recuperada y reintegrada al corpus de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX y hoy los nombres de Ayala o de Aub son fundamentales en el panorama del cuento en España. Otra cosa es que en el caso del exilio se haya prestado más atención a la novela que al cuento —por ejemplo en Barea, Sender o Masip—, siendo éste, como hemos apuntado someramente aquí, tan importante, sobre todo porque complementa y amplía notablemente, en tema, estilo y visión del mundo, el escrito en la España de aquellos años. Quedan todavía buenos libros de cuentos por recuperar, incluso no estaría de más la publicación de una antología no condicionada por la censura como lo estuvo la de 1970, en la que pudieran aparecer juntos los escritores del exilio y los de la España del interior, Ayala y Aldecoa, Barea y Fernández Santos, Cela y Aub, García Hortelano y Sender, Matute y Arana. Pero los escritores, los del exilio también, viven, escriben y publican sus obras en su tiempo, lo que sea después de ellas, la posteridad, es cosa de otros.
Javier Quiñones,
Quimera nº 252, enero 2005



[1] Un ejemplo lo tenemos en la inclusión de obras de Aub, de Ayala, de Dieste, entre otros, en los catálogos de colecciones de clásicos de amplia difusión.
[2] En dicha colección aparecía bajo el título “El zopilote” (zopilote: nombre que en México y Centro América reciben los buitres americanos), siendo rebautizado como “El buitre” al reaparecer en 1961 en el volumen «Novelas ejemplares de Cíbola», que recogía cinco de los relatos aparecidos dos décadas atrás en «Mexicayotl».

Visita irreprochable

De Secretos augurios (1981)
A despecho del calor, a plomada, indefectible mediado agosto, y a su reverberación, como lento tajo hiriente, y a los escasos márgenes previsibles de sombra y brisa, decidió aceptar todas las consecuencias del importante deceso y vistió traje de un neto color oscuro, seminegro, más cuello y puños almidonados, camisa blanca —de precepto— y corbata azul casi carbonoso, porque, al fin y al cabo, no era de la familia y sólo una prolongada amistad, derivada del paisanaje y de algunos tratos de fincas, le obligaba a esta manifestación de solemne condolencia.
Sin embargo, y ni siquiera necesitó contemplarse de refilón, en su escaparate preferido y cómplice, el de la sastrería, compuso el rostro para todo el transcurso de la grave circunstancia, por si alguien relacionado, conocido del difunto, lo atisbaba durante el trayecto. Dejó, sin contrariarlos, aquel su hundimiento de hombros, la propensión a la ligera joroba que le disminuía una ya corta estatura. Contribuiría al efecto, a la impresión mudamente responsoria, el natural tueste enclaustrado de su piel, haber oficiado tantos años en servicio de Notaría. De cierta manera, su asistencia ahora, el sacrificio de su esmerado desplazamiento, ¿no equivalía a trascender, dadivosamente, su función profesional y de ciudadano —o súbdito— circunspecto?
Al primer ronquido del motor se persignó con portentosa levedad.
Apenas reparaba en el desfile de los campos requemados, espectáculo de su ventanilla, por donde también surgían y se rezagaban las airosas manchas de chalets ajardinados y los bloques —un mucho carcelarios— de algunas urbanizaciones. Comenzaba a dominarle el sopor, un semisueño le abanicaba, y de modo inconsciente intentó que sus cabezadas fueran expresión del cansancio que sólo una moderada más tenaz tribulación concita. Al despertar encendía un cigarrillo y lo fumaba, a lentas inhalaciones, con temblequeo nervioso de los dedos, índices palmarios de su ánimo embargado.
Entornó los ojos para ignorar o reducir las figuras que le acompañaban «físicamente» y que no le provocasen un sentido de comunidad que en este caso mundano y frívolo sería. Rechazó parejamente imaginar el alivio de una fuente o las burbujas heladas de cualquier refresco, lo que le parecía lesivo para su actitud reverencial. Aunque le persistiera el sabor de arena recalentada en los labios gruesos, colgante el inferior, uno y otro descoloridos.
Al término del breve viaje, no se apresuró a bajar, cedió el paso, que no iba a dañar su severa compostura. Y descendió el penúltimo. Que ni por una extrema humildad debía llamar la atención.
Después, mesurado el andar, se dirigió a la parada de taxis, mientras el reloj del Ayuntamiento lanzaba las campanadas de su metálico rigor. (Se esforzó en que no le distrajeran, ni le retuviesen unos segundos, de su duelo formal, los giros de los vencejos y el aletear cantarín de los gorriones.) En tanto se acomodaba, inclinado, en el asiento trasero, consultó el papel con las indicaciones y el plano al reverso, torpe pero explícitamente trazado, y transmitió las necesarias noticias al chófer.
Un camino pedregoso, ascendente, de empalmadas curvas, en flanqueo de las laderas de la montaña plataformada. Únicamente lo entreveía, como cansinos los párpados, porque captó que el conductor le espiaba, perplejo por su silencio mohíno.
Lo demás fue relativamente normal (la verja de la espaciosa residencia, abierta de par en par, la profusión de escaleras que ajedrezaban el jardín y reptaban hasta las embocaduras de pisos, entresuelos y estancia; el deudo que someramente le recibió y guió; su descargo de las frases preparadas, ante la viuda, dama sí de conveniente aspecto tenso y goteadas lágrimas; los hijos, ellas y ellos, despechugados, en pantalones vaqueros, capaces rara vez de roncas exclamaciones y suspiros en fuelle; la retirada que le facilitó un pariente, en su auto, al regreso todavía con gesto ensimismado, contristado; igual que un alfilerazo secreto la máscara de la fisonomía del ilustre cliente, modelada en cera ... ).
Al reincorporarse a su hogar —acechó, hasta comprobar su salida, que la esposa no le molestaría—, se despojó de su entonada indumentaria y procuró recobrar comodidad y soltura. Pretendió sonreír, se creía liberado, pero no lo consiguió. Desde el espejo le miraba, envarado y atónito, quizá algo sardónico, otro hombre, que pugnaba, sin éxito, por conseguir una mueca no funeraria.
Pensó, deprimido, que cuando le llegara su óbito nadie, lo mismo que él, imbuido de su integral concepto de la suprema ceremonia, le devolvería aquella irreprochable visita de pésame.

Yacentes

De Los lugares vacíos (1971)
Discutían allí cerca, con visajes y dejos torcidos, mientras yo contemplaba un solo, liviano y desplegado pañuelo color perla, rodeado por todas partes, como una isla esponjosa, de ondulaciones aterciopeladas. A esos elementos y a una empalizada sernicircular, de cañas fielmente rústicas, reducíase el audaz escaparate.
Miré, sí, mientras los demás pasaron de largo, acompañados por rápidos y asustadizos parpadeos. Temerían que, al detenerse, por aquella luna, ante la retadora ostentación de sobriedad, habrían de sucumbir a un extemporáneo maleficio. ¿Me considerarían ya la víctima, el oscuro insecto que se fija en una luz y perece bajo su magnetismo?
Únicamente ella y él —la pareja, los polos, las letras enlazadas al minuto precario, sobre un palmo de asfalto— ignoraron mi presencia e inmovilidad, absurdas, el símbolo mortal del lujoso pañuelo solitario. Percibí la proyección de sus volúmenes, que distendían el vidrio recio, duradero. La tensión que habían establecido, que los ceñía y enfrentaba, me raspó la médula —aspereza de lija, dentera— y frotó en mí un total escalofrío.
—Te dejo, para siempre.
El silencio del varón fue tan hostil, de tal suerte implacable, que la novia o amante esparció, cual una tufarada de sudor, su estremecimiento patibulario.
El andar firme, indiferente, se inició hacia lo desconocido, descendió a lejanía. De implacable manera se amortiguaba y extinguió. Yo, aparentemente tranquilo.
Entonces, sin preámbulos, sobrevino un ruido seco y hueco. La abandonada se desplomó, con perfecta rigidez, casi a mis pies.
Se armó el corrillo.
—Está muerta.
—Y el tipo, tan fresco, embobado.
—Igual que un maniquí caído.
—Todavía es hermosa.
—El espantapájaros se hace el «longuis».
—Hay que llamar a la «autoridá».
—Y el tipo sin rechistar.
—Finge que lo han hipnotizado.
El pañuelo se irguió de su yacente exhibición, taladró el grueso vidrio y se anudó a mi cuello, cuando me hincaron diez dedos en los brazos.
—Síguenos. Tendrás que declarar.
Me tuteaban y perdí la esperanza. Todo era inverosímil y debía adaptarme.
—Moralmente, soy el asesino.
Y agregué unas palabras que no entendieron ni quise aclararles.
—Por prójimo y quieto, me detuve, no intervine, no previne.
Repetía, cada vez más apesadumbrado, en la cuna de los empujones:
—Moralmente, soy el asesino.
(1970)

Para la próxima figura de barro

De Los lugares vacíos (1971)
Tuve que frenar bruscamente. Corría, presa ya de la velocidad, ajustado al carril izquierdo, cuando se encendió, con violencia insólita en la mañana, el disco rojo. Como si la hubieran arrojado desde una secreta víscera del espacio, la redonda gota de sangre, sola allí. ¿Sería del mismo color la que circuló por las venas de Alberto Lisano? Ha muerto, todavía vigoroso, relativamente joven. Graciela, al salir, me besó distraída, y fue —paso menudo, de perdiz vieja— a cerrar la puerta del garaje. Estaban despintadas, la puerta y mi mujer.
Ha muerto, pues, Alberto Lisano. Inverosímil, un portento. Sin embargo, yo he dormido a mis anchas, desayuné con apetito. Mi «último modelo», de lujo, es el más llamativo entre todos los autos de la fila.
Queda atrás el Estadio de la Ciudad de los Deportes. En la emisora de turno, los compases que rubrican una marcha militar, «estimulante», según el calificativo de esos niños bárbaros, los gringos. ¡Se atravesó el condenado “pesero” y maniobré, para no chocar, en un palmo de terreno! Casi increíble. Nueva mirada al reloj. Me lo fabricaron especialmente en Suiza. Bailan en la esfera tres agujas. Apenas las nueve, una de las horas en que la Avenida Insurgentes se congestiona de vehículos, con cargamento de oficinistas tímidos que van al centro a ver si alcanzan a chequear la tarjeta de la esclavitud. Yo no lo hice jamás en México, no me sometí. Preferí la calle y el riesgo. Por algo he triunfado.
¡Son tan agresivas hoy las señales del tráfico! ¿O que me lo parecen? Empiezo a detenerme y mi mano apenas oprime el volante. Mi mano, la garra peluda, un signo de la fiera. Se baña la piel blanca con ese coágulo amarillo. oro sucio que zigzaguea.
Hermosos los árboles de esta acera. De niño —aquellos tiempos bobos— me gustaba reconocerlos, los bautizaba, uno por uno, en mi barrio. Sin olvidar los apellido De personajes heroicos, de amigos y parientes. Con ventaja de que, al oscurecer, les hablaba y adivinaba que iban a responderme, porque yo me lo inventaba todo ¡Qué memoria la mía! Es miércoles y quincena. Me pasarán a firmar un montón de cheques. No faltará el de abogado sinuoso, el tal Ramírez. Caro me cuesta, pero hábil para el tejemaneje y me arregló, untando las ruedas la demanda en Conciliación y Arbitraje.
¡Se cruzó, ruletero, naturalmente! Lo esquivé y adelanté. Hay que demostrarle que una pulga no desafía a un estupendo caballo de carreras. Cambio de marcha y otro quiebro. No soy el de antes. La guerra y el exilio y la perra lucha para situarse, a empujones, que nadie te ayuda, curten a cualquiera. Tengo mi industria, casa propia, cuenta en dólares, pólizas de seguros. Los que me critican son unos ilusos sin redaños para imponerse, los recuece la envidia. Yo fui, yo representé, yo escribí ...¡Valientes humos! Siempre con sus historias de grandezas, devorados por la nostalgia de los rincones en que nacieron.
Se me va el santo al cielo. Por un tris no abollo la salpicadera. El licenciado Ramírez ha intimado conmigo, admite dos «casas chicas». Me estorban los tipejos. ¿Y no está uno en su derecho? Pedían el oro y el moro los angelitos. Aprenderán. El hambre enseña.
Aunque se alimenten, «nomas», de tantitos fríjoles y tortillas. Este sábado rondarán la pulquería, chasqueando lengua. Se terminó el purgatorio de la cruda, los lunes. Desde el puente —lástima que el Viaducto no me lleve derecho a la fábrica— el edificio de la esquina de Nuevo León tiene un aspecto de barco para turistas ricos. ¡Qué diferencia con el Sinaia, el armatoste que nos desembarcó en Veracruz! Nos llamaban «refugiados», vociferaba en los cafés, los más insignificantes detalles típicos eran motivo de admiración. Nos taladraba los oídos, todavía, el ulular de las sirenas anunciando los bombardeos. Me imagino esos departamentos tronchados por una explosión, en llamas la gasolinera de la esquina.
¿Por qué me rondan y angustian los recuerdos? En unos minutos más me aliviarán las preocupaciones del trabajo. El negocio no lo aparenta, pero vale mucho dinero.
De continuar la racha favorable, techaré el patio y lo convertiré en taller adicional. Yo, de «patrono»: maldición gitana. En el despacho me asomo a veces al balcón —paisaje de Nonoalco—, para descansar de la monserga de la nómina, de las ventas, de las relaciones y controles de producción. Millares de piezas de plástico, con «mi» marca registrada. Son artículos económicos, prácticos, limpios, que me agrada palpar a escondidas. De regreso, en la florería de la Glorieta, le compraré un ramo de veles a Graciela sin pretexto alguno, porque sí. La emocionaré con una sorpresa amable, y se me enroscará cuello. ¡Papacito chulo!
Los hijos me quieren. ¿Entenderán después, cuando crezcan, al padre? Les proporcionaré las mayores comodidades, estudiarán en los mejores colegios de Estados Unidos o del Canadá. Ganas me dan de sacar las fotos de la cartera y de estacionar en una transversal para recrearme en ellos. Pero sería inútil y ridículo.
¿Habrá en mí, muy adentro, una insatisfacción que ni sospechan? Esa voz amarga que en ocasiones, mientras Graciela alienta a mi lado, en el reino de los blandos sueños, se filtra por los muros y me hostiga con su pregunta única: ¿has conseguido la felicidad; significa una verdadera paz tu existencia; acaso «eres»? ¿Te acuerdas de Miguel, el orador de la Juventud, el republicano ingenuo.
¿Tú no recibes cartas de España?
Nos animaban, entonces, aspiraciones irreales. Me figuraba que contribuía a la redención de la humanidad explotada, que en España se salvaba, también, de la miseria, de la indignidad y del fanatismo, por nuestro esfuerzo, gracias a nuestra dedicación. Ilusión desaforada. Por fortuna, el fantasma comparece de tarde en tarde.
Será cuestión de pensarlo. Me convienen unas vacaciones a lo marqués. Y necesito recobrar energías. Roma, Japón o Río de Janeiro, a elegir. Alberto Lísano ha muerto, un «refugiado». Alardeaba de consecuencia, de sus ideas mes. ¿Por qué lo consulté, por qué recurrí a él, precisamente? Cosas del despistado de Navarrete. Le expuse el caso, dispuesto a pagarle, sin regateos, los honorarios que fijase. Yo no le proponía nada inmoral ni extraordinario, simplemente lo común y corriente. Despedir a unos obre­ros que no rinden, evitar el gasto de la indemnización legal, que inflaban con una serie de peticiones absurdas.
Lísano lo rechazó secamente. «Él no se prestaba a iniquidades.» Y, al marcharse, escupió la frase que no se me borra: «Y usted ¿es de los nuestros? Para lo que desea sobran granujas».
Doblo con precaución a la derecha y acerco el auto a la banqueta. Casi escucho el resuello de la gente que aguarda, el taconeo impaciente de las mecanógrafas retrasadas. Las fisonomías forman un conjunto en el que, de primera impresión, nada se distingue. Pero intuyo, de pronto, que en el grupo se encuentra «alguien», el individuo al que no debo mirar y cuyo vaho traspasa el cristal de la portezuela, sutil y amenazador. Resisto en vano. Y las mías tropiezan con unas pupilas quietas y oscuras, pavorosamente adscritas a una experiencia, que yacen en un rostro mestizo, con acusado trazo y tono indígenas. Un rostro que no es el de un hombre, sino el de toda su raza, como una estatua, piedra desenterrada, a la que hubieran disfrazado de overol. ¿Felipe Huerta, uno de los obreros que se me enfrentaron, el jefecillo, callado y terco?
Aunque simulo leer los apagados rótulos de neón —me coloqué a la izquierda, debía alejarme—, Felipe Huerta continúa en ese lugar dominante, apoyada la espalda, de cargador flaco, en un árbol. ¿Por qué no brillará rápidamente la señal? Goterones de sudor se me despeñan por las cejas.
Salí, humillado y furioso, del bufete de Lisano en busca de aire y ruido. ¿Podría coincidir con él sin aborrecerme más aún? En cueros, yo, pus y asco, ante ese ceño. Me había juzgado, me había sentenciado. Un sujeto de chamarra intenta sortear los vehículos y me obliga a un giro violento. Los mismos labios, delgados y despreciativos, del maldito Lisano.
Aquel mediodía, sentado en el auto, en una vereda de Chapultepec, invoqué a Dios. Años hacía que no había pronunciado esas cuatro letras, breves, capitales. Y le pedí, con ansia frenética, capaz de sacudir montañas, que lo destruyese, que aventara sus cenizas, que me librase del tormento de saber que vivía y de que sólo por ello me acusaba inexorablemente.
Lo imploré semanas enteras, dirigiéndome al vacío sin mezclar ya a Dios en aquel afán turbio y avasallador. Era como si el ser, lo que en mí fundió la naturaleza, se hubiese transformado en un puñal que se aprestaba a segar el hilo frágil que sostenía a Lisano sobre el abismo.
La obsesión crecía y me impulsaba a proyectar contra él, incesantemente, la voluntad cegadora. La pesadilla resurgía en la jornada y se instalaba en mí.
Al cabo pude eliminar ese anhelo torvo, aplaqué la inquietud, me reintegré a la normalidad.
Estaba casi curado, pero ayer se me interpuso Navarrete en la Avenida ]uárez. «¿No te enteraste? A una serie de compromisos se agregó lo de Lisano. Atender a la viuda, cuidar de la organización del entierro. Repentinamente le falló el corazón, lo clásico para nosotros en la meseta.»
Asimilado el primer golpe, repuesto de la sorpresa no le concedí mayor significación. Supuse que se trataba de un simple azar. Sólo en estos instantes comprendo Ignoraba que mi propósito poseyese el don —y el castigo— de matar. Facultad doblemente aniquiladora. Dios me llama para quitarme la carga de ese puñal. Yo soy puñal, hoja asesina, fílo feroz, pequeña punta en acecho. Arma que, esgrimida o disparada, sin que nadie lo advierta, paraliza la respiración, forja un misterio.
Avanzo por el canal del silencio, súbito y enorme. Han desaparecido las señales rojas, amarillas, verdes. Centenares de muñecos me miraban estupefactos. Sí, devolveré el puñal, su peso me hunde. La vía está despejada. Mi pie descansa, con una presión jubilosa, en el acelerador.
Filtro de ásperas nieblas es el mundo. Danzan en torno partículas de estrellas desahuciadas, átomos de luna. Los rayos del sol taladran mis sienes. A lo largo de estas manos mías el alto de los semáforos resplandece en cuerdas de sangre. Logro elevar los ojos, que se empañan con una parda y densa sombra. Distingo, después, nítidamente, cual relámpago, la estructura del camión.
En la oscilación de este mareo gigantesco percibo que el volante se ha incrustado en mi pecho. Siento que me pertenece. Robo, para la eternidad, la pieza principal del auto último modelo. Pero he dejado de ser un puñal. Retorna el vértigo acunador de la atmósfera y de las raíces, el vasto crujir doloroso de los huesos aplastados.
Un río plomizo, de aguas iracundas, se precipita hacia mí. No puedo escapar. Y lo acepto sumiso. La corriente me arrastrará con ternura salvaje. Mis pupilas serán dóciles oquedades para la próxima figura de barro.
(1959)

Como si acabase de ocurrir

Manuel Andújar
(1913-1994)

De Los lugares vacíos (1971)
En la cercanía de la ciudad, su prolongación casi, las vueltas y revueltas de la playa como caireles espumosos, desplegaba la vega su vestidura verde y dorada y avanzaba los plantíos feraces y sus cañares y arbolillos al filo de las montañas. Abundaban allí, en cantarina distribución, las aguas de acequia. Se integraban y ramificaban riachuelos y arroyos. Contrastaban el césped —e incluso bordeaban los estercoleros— sencillas flores en pocos y destacados tonos: rojor de amapolas polvorientas y claveles de tiesto, solemne morado de violetas, grávido blanquiamarillo de las margaritas.
En aquella plenitud habían surgido los Viveros, en un paraje dominante. Debido a la incuria municipal estaban consagrados a la previsora diestra de Dios. El guarda que oficialmente los custodiaba, más apegado al existir regalón, rara vez los recorría. Eso sí, entonces, «de servicio», exhibía la teatral tercerola y se prendía, en lo pectoral de la cazadora, la placa de su autoridad.
A este lugar, de modesta belleza, se encaminaba mi familia todos los domingos, primavera y verano, como si rindiera un tributo al sol, al indispensable retozar de la prole y a la comida copiosa. Programa sin sorpresas: improvisábamos un mecedor, cantábamos a coro, jugábamos al escondite, a las carreras, a prendas y adivinanzas. Luego, en figuración de círculo, honrábamos la «pipirrana» (ensalada con huevos cocidos, tomate reventón, aceitunas negras, rajas de embutido, más cogollos de lechuga y sus porciones de apio). Para seguir con el arroz de conejo y rematar con racimos de uvas golosas, moscateles, a discreción. Tras lo cual, invencible propensión a la siesta, a entornar muy lentamente los ojos, a ver pasar las nubes en el lienzo lavado del cielo, cada vez más fatigadas y borrosas, en nuestra percepción, lastrada por la bruma del semisueño.
Sólo un chiquillo díscolo y replicador, como yo, participaba de mala gana en tales excursiones de ordenanza paternal. Ya entonces, nuncio de mis venideros infortunios, me distinguía por una terca tendencia a la soledad, a la crítica —capricho orgulloso—, al prurito de diferenciarme de todo ser común y corriente. Defecto capital que en aquella época no se manifestaba con los signos escandalosos que hoy me achacan, gracias a la saludable pedagogía de los azotes administrados, tan oportuna y sonoramente, y por los que jamás podré expresar adecuada gratitud.
A los once años, que si excluyen juicio no descartan cierto ágil entendimiento, sobrados motivos tenía para sentir una creciente aversión por las «saludables» expediciones. Que no es fácil hacer comprender a los mayores que su respetable presidencia nos impedía cometer diabluras y trastadas a nuestro sabor. Además, la asistencia, a veces numerosa, de veraneantes y aburridos de la ciudad les quitaba encanto. Prefería masticar una onza de chocolate a lomos de un tronco derrumbado y sin que nadie me importunase.
Este suplicio, el de marchar los domingos en comitiva con la parentela y a paso reglamentario de escuadrón, desmerecía, en mi precoz concepto, de la hermosura y misterios de los Viveros, que en días de labor serían maravillosos. Y uno podría brincar y rodar, o tumbarse, a su entero y libre gusto.
La idea me rondó una temporada y se apoderó de mi voluntad. Decidí realizarla, pese a los inconvenientes del probable castigo y descrédito, y del factor sorpresa.
Un lunes de mayo pedí «aparte» al maestro y con el más hipócrita de los semblantes y muecas de dolor le informé en voz baja...
—Vete pronto a tu casa, por veredas, donde haya sitios propicios. Hoy a régimen, y mañana curado. Si quieres, mando a Pepe para que te acompañe.
—No se moleste, faltaría más. Le prometo repasar la lección.
A escasos doscientos metros de la escuela emprendí un trotecillo apresurado, luego arranqué a correr. Saltaba jubiloso las acequias, crucé, arrastrándome, la enramada de carambucos, disparé algunas piedras a las vacas que pastaban en un prado de alfalfa segada y salí a la carretera, que atravesé en flecha.
Desde un montículo, pasado el caserío, se divisaban los clareados bosquecillos de los Viveros, sus plazoletas naturales tupidas de maleza, sus plácidos rincones, aquellas cuevas que tanto me atraían.
Respiré gozosamente, me golpeé la frente. Reía a caño abierto.
—¡Lejos la aritmética, la geografía, doña Isabel la Católica, las materias primas... y el copón!
La palabrota, malsonante, terrible, impía, se rebelaba, fulminadora.
—Es mucho descaro, tendré que confesarlo.
Pero soplaba un airecillo alegre y acariciador que inflamaba las mangas de la camisa. Entre el barro un sapo balanceaba, para la escapatoria, sus patas de repulsiva elasticidad. Rachas de brisa curvaban los juncos de las orillas. Sentía sobre mí la magna extensión del firmamento. Y que yo, aun siendo pequeño, era el único habitante de tanta tierra, el único que la veía y la pisaba.
No es de extrañar que fisgonease —alternándolo con silbidos a los pájaros, locas acrobacias sin testigos, coplillas cantadas al tuntún— a todo lo ancho y largo de los Viveros sin encontrar un alma. Mientras, apretaba el sol de mediodía, me notaba sudoroso y cansado, con esa laxitud de los que se embriagan de atmósfera pura. Busqué un lugar sombreado, casi oculto por unos matorrales, gratos en frescores por la proximidad del manantial.
Pasaron así unos minutos. La misma paz, inalterada ausencia humana en el contorno. Inopinadamente troncharon la calma. En la otra orilla separaban, a tirones bruscos, el ramaje espeso, unas pedrezuelas se precipitaron hasta la quieta ribera, chirrió el senderillo de grava y me llegó, cual un escalofrío, el eco sigiloso y diminuto de una respiración abrasada.
Procuré, instintivamente, no moverme, no hacer ruido. Y dirigí la mirada a mi desconocido acompañante. Era una mujer flaca, de cuerpo acortezado, entrada en años, despeinado el cabello fibroso, vestida de medio luto. Apenas lograba distinguir sus facciones; sólo aprehendí la silueta aplanada, el desgonce de los hombros, el áspero pellejo oscuro de las manos. Y su quemado brillo.
Mi curiosidad, excitada, me fijaba al lugar. ¿Quién sería? No acertaba a explicarme su presencia. Ella no iba a la escuela, ni tenía veleidades de escapatoria. Concentré la atención, espié sus ademanes nerviosos. Después, en ráfagas, el triángulo caprino de la frente, los zapatos de tacón bajo.
Se sentó en un banco rústico —dos pilastras y un tablón que se balancea— y extrajo del seno una libreta de tapas charoladas, que empezó a hojear tras frote y calado de gafas. Debía escribir algo a lápiz, una nota breve. Hice acopio de memoria: ciertos rasgos característicos se relacionaban con apreciaciones, arrumbadas en la mente, de tía Adela. Me indicaban que no se trataba de una forastera, sino de persona afincada y cimentada en la vega. La identifiqué, sobre todo, por el grotesco ladeo de la mandíbula.
Cortó mi tenaz evocación el caminar firme de una mujer, que se acercaba a la anciana. Se saludaron —por la tirantez de los gestos, con nula efusión— y hablaron casi en cuchicheo, aunque se mantenían ligeramente separadas. La «nueva», con traza de huérfana, pañuelo de colorines terciado el pecho, comenzó a manotear con violencia mal reprimida.
Me distraje unos segundos, giré la cabeza hacia una columna de humo que se enroscaba por el horizonte luminoso y cuando volví los ojos a la singular pareja la escena había cambiado, para mi sobresalto. La «escuálida» yacía en la vereda, destrozado y sangrante el cráneo, en tanto que la agresora, paralizada después del ataque, mantenía aún el brazo armado con el amocafre.
Registró después el cuerpo de la víctima, le rajó la bata por el busto y sacó un amasijo de papeles y billetes. Revisó afanosamente los primeros y rompió a trizas uno, no sin antes escudriñarlo, fascinada. Luego, introdujo dinero y documentos en la mustia canal de los senos muertos y arrastró el cadáver al riachuelo, y con un esfuerzo rabioso, asqueado, lo lanzó a la mansa, delgada corriente. Se lavó las huellas y marcas con un ademán de repugnancia y se alejó de allí, tardo el andar.
Yo estaba aturdido: un manojo de temblores. Me acurruqué en un hoyo, incapaz de raciocinio, sacudido por un espanto jadeante, como si hubiera recorrido cien leguas sin una pausa.
De manera suave e irremisible, con siniestra dulzura, las aguas reconducían el despojo a la orilla desde donde fui testigo del súbito y feroz ataque. Me bastaría alargar los dedos y palparía las carnes inertes. Parecía que me bastoneaban las coyunturas. Irresistiblemente sugestionados, mis ojos se clavaron en las vidriosas pupilas gatunas. ¡Y creed que no las olvido!
Escuché nuevamente —casualidad, capricho, maniobra del azar que nos gobierna— el dejillo murmurador de tía Adela, que recibió sepultura el día de Reyes.
—¡Mal rayo me parta! Que un hombre sea usurero, ruin es, aunque de barro nos amasaron. ¡Pero una mujer, Virgen del Carmen! No tiene perdón. Merece que la machaquen como a un alacrán. Y le gana en ponzoña. «Esa» no irá al cielo, a menos que Dios se haya vuelto mochales.
Así la describió: el vestido de medio luto (lleva duelo vergonzante), las gafas de montura lañada (por más que remiende el alma con oraciones, en el Juicio Final...).
Sacudí mi estupor, igual que un perro mojado, y me deslicé, friolento, al camino real, entonces todavía carretera labriega.
Para mi madre apañé la disculpa.
—Estaba enfermo. No quise asustar y aguardé a la hora del almuerzo. Vine a paso de tortuga. Me acostaría. ¡Qué pinchazos en las sienes! ¡Están bailando los muebles!
En mi dormitorio, corridas las persianas, denso olor a romero en búcaro; se escuchaban, sedantes, los rumores acompasados de la casa. Por el comedor, contiguo, se expande la tos de mi padre. Seguidamente el leve chasquido del papel de fumar. Debía liar los pitillos, racionados, de la semana. Mi madre empezó a pedalear, energía siempre dosificada, en la «Singer». Se detenía, a veces, ansiosa de palique.
—Va para el mes que asesinaron a doña Francisca y todavía no averiguan nada. Según mi prima, la gente, para sus adentros, se alegró. Es que no tenía caridad.
—Alguien que le debería. ¡Eran tantos! Y doña Francisca exigía que le pagasen, en su plazo, a tocateja. O mandaba al abogadillo buitre.
Se interpone un silencio cansino.
—¿Dónde dejaste la yesca?
—¡Qué preguntas! En el aparador, junto a la fuente sopera.
Seis campanadas de la tarde.
—Descargará tormenta... ¡Cuántos nubarrones crecidos de morros!
—El muchacho ha mejorado. Pronto le darán de alta. Una enfermedad rara la suya.
—Murrias de la edad. Como espiga...
—Ven, quieren conocerte.
En el poyo, bajo el emparrado, junto a mi madre, que para marzo anunciaba el tercer hermano y por ello estaba chupada de pómulos y de un humor veleta, la «otra». Sofoqué un grito, conseguí no exteriorizar aquella sorpresa espeluznante. ¡Aún la veía esgrimiendo el amocafre!
Y era de voz suave, apiñonada la tez. Sólo el intermitente parpadeo medroso, la veta helada de tiniebla que filtraban sus labios apretados.
Serían vecinos. Arrendaron el cortijo. Les fue bien con su huerta, allí por los Viveros. A fuerza de privaciones y de deslomarse prosperarán. Ella también cuida del gallinero. Y como es hormiga, vende, en persona, los huevos por los alrededores. Tienen un hijo, más o menos de tu talla. Ojalá lleguéis a ser amigos.
Sonreía la «otra». Ya no podía negarme a lo inevitable, pero juré que los rehuiría.
—Muy callado el mocito.
—Cuando hay visitas. Pero si toma confianza se gasta sus desplantes y por falta de alegar no lo ahorcarán.
Han transcurrido años y años. Salí del cascarón, mantuve utopías, tropecé con idólatras y esbirros. Supe, por experiencias y faenas, de los países del destierro. Adquirí estado y se argamasaron nuevas inquietudes, añejos escepticismos.
Pero ciertas noches, en que no logro que el sueño me conduzca a sus dominios, lo recuerdo. Como si acabase de ocurrir, como si flotara en el riachuelo próximo, aún caliente, el cadáver de doña Francisca, la usurera.
(1959)

Violación en California

De El rapto (1965)
—Lo que es en esta dichosa profesión mía —dijo a su mujer en llegando a casa el teniente de policía E. A. Harter— nunca termina uno, la verdad sea dicha, de ver cosas nuevas.
A cuyo exordio, ya ella sabía muy bien que había de seguir el relato, demorado, lleno de circunloquios y plagado de detalles, del caso correspondiente; pero, por supuesto, no antes de que el teniente se hubiera despojado del correaje y pistola, hubiera colgado la guerrera al respaldo de su silla y, sentado ante la mesa, hubiera empezado a comer trocitos de pan con manteca mientras Mabel terminaba de servir la cena e, instalada frente a él, se disponía a escucharlo.
Sólo entonces hizo llegar, en efecto, a sus oídos medio atentos una nueva obertura que, en los términos siguientes, preludiaba un tema de particular interés:
—Los casos de violación son, claro está, plato de cada día —sentenció Harter—; pero ¿a que tú nunca habías oído hablar de la violación de un hombre por mujeres? Pues, hijita, hasta ese extremo hemos llegado, aunque te parezca mentira e imposible.
—¿Un hombre por mujeres?
—Un hombre violado por mujeres.
Después de una pausa, pasó el teniente a relatar lo ocurrido: cierto infeliz muchacho, un alma cándida, viajante de comercio, había sido la víctima del atentado que, sin aliento, acudió en seguida a denunciar en el puesto de policía. Según el denunciante —y su estado de excitación excluía toda probabilidad de una farsa—, dos mujeres a quienes, por imprudente galantería, había accedido a admitir en su coche mientras el de ellas, dizque descompuesto, quedaba abandonado en la carretera, lo obligaron, pistola en mano, a apartarse del camino y, siempre bajo la amenaza de las armas, llegados a lugar propicio, esto es, un descampado y tras de unas matas, lo habían forzado a hacerle eso por orden sucesivo, a una primero y a otra después. Sólo cuando hubo satisfecho sus libidinosas exigencias lo dejaron libre de regresar a su automóvil y huir despavorido a refugiarse en nuestros brazos.
—¿Y ellas, mientras?
—Eso le pregunté yo en seguida. Le dimos un vaso de agua para que se tranquilizara y, algo repuesto del susto, pudo por fin ofrecer indicaciones precisas acerca de ellas. Indicaciones precisas, detalles: eso es lo que deseábamos todos. ¿Te imaginas la expectación, querida? Yo ya me veía venir la reacción de los muchachos; me los conozco; era inevitable. Siempre que nos cae un caso pintoresco —y no escasean, por Dios— sucede lo mismo en la oficina; cada cual se hace el desentendido, finge ocuparse de alguna otra cosa, y sólo interviene de cuando en cuando con aire desganado y como por causalidad, para volver en seguida a hundir las narices en sus papelotes, dejándole a otro el turno. Una comedia bien urdida para sacarle a la situación todo el juego posible, sin abusar, y sin perjuicio de nadie, bien entendido; pues para algo estoy ahí yo, que soy el jefe... «¿Y ellas?», preguntó el sargento Candamo, como lo has preguntado tú. «¿Y ellas?», pregunté yo también. Todos teníamos esa pregunta en los labios. El asunto prometía, desde luego, dar mucho juego. ¿Y ellas? Pues ellas, dos jovenzuelas entre dieciocho y veintitantos años, desaparecieron también echando gas en otro automóvil que tenían escondido un poco más allá, prueba evidente —como yo digo— de su premeditación. «Se largaron por fin aliviadas», comentó Lange; pero esta frase le valió una mirada severa, no sólo mía, sino de sus propios compañeros: no había llegado aún el momento; bien podía guardarse sus chuscadas, el majadero. Lo que procedía ahora era fijar bien las circunstancias para procurar, dentro de su cuadro, la identificación de aquellas palomas torcaces. No había duda, por lo pronto, de que el lance lo habían premeditado cuidadosamente. En primer lugar, las dos amigas, cada una en su respectivo automóvil, se dirigen al punto previamente elegido como escenario de su hazaña, y allí dejan, medió oculto entre los arbustos, el de una de ellas, volviendo ambas con el otro a la carretera. Se detienen, simulan una avería del motor, y cuando ven aparecer a un hombre solo en su máquina le hacen señas de que se detenga, piden su ayuda y consiguen que las suba para acercarlas siquiera hasta la primera estación de servicio. ¿Cómo podía negarse a complacerlas nuestro galante joven? Charlan, ríen. Y la que está sentada junto a él le dice de improviso con la mayor naturalidad del mundo: «Mire, amigazo; la señorita, ahí detrás, tiene una pistola igual que esta —y le enseña una que ella misma acaba de extraer de su bolso— para volarle a usted los sesos si no obedece en seguida cuanto voy a decirle». Hace una pausa para permitir al pobre tipo que, aterrado, compruebe mediante el espejito retrovisor cómo, en efecto, el contacto frío que está sintiendo en la nuca proviene de la boca de una pistola; y acto seguido le ordena tomar la primera sendita a la derecha, ésta, sí, por acá, eso es, y seguir hasta el lugar previsto. Allí, una vez consumada la violación, las dos damiselas abordan el automóvil que antes se habían dejado oculto, y regresan al punto donde abandonaron el otro con la supuesta avería, para desaparecer cada cual por su lado.
—¿Y no les hubiera sido mucho más fácil, y más seguro, me pregunto yo, en vez de tanta complicación, usar un solo coche y volverse a buscarlo luego en el de la víctima; digo, en el del muchacho, dejándolo así a pie al pobre gato?
—Sin duda; pero lo que hicieron fue eso otro, tal como te lo cuento. Váyase a saber por qué.
—De cualquier modo eso facilitará, supongo, la tarea de dar con ellas, ¿no? Los datos de dos automóviles...
—¿Qué datos, si el muy bobo no se fijó en nada? Primero, encandilado con las bellezas de carretera, apenas puede indicar que se trataba de un Plymouth no muy nuevo, azul oscuro, cree; ni número de matrícula, ni nada. Y respecto del segundo auto, con la nerviosidad de la situación, cuando quiso reparar ya ellas habían transpuesto.
—¡Qué bobo!
—«Y ¿por qué no las seguiste, siquiera a la distancia?», va y le pregunta el sargento Candamo. «Hasta que no me metí los pantalones y pude reaccionar, ya ellas se habían perdido de vista». También, hay que ponerse en el caso del infeliz. Él temía que no iban a dejarlo escapar así; se temía que, después de haber abusado de él, irían a matarlo. Se comprende: estaba azorado. En cambio, sí nos ha podido suministrar con bastante exactitud las señas personales de esas forajidas. Sobre este punto, figúrate, los muchachos lo han exprimido como limón.
—Y tú, que lo permitiste.
—Por la conveniencia del servicio. Podrán ellos haberse regodeado (discretamente), no digo que no; pero es lo cierto que a los fines de la investigación cualquier insignificancia resulta en ocasiones inapreciable. Nadie sabe. De manera que los dejé estrujar el limón, apurarlo hasta el último detalle. Hojas y hojas han llenado con los datos; ahora, claro, será menester resumirlos para confeccionar un prontuario manejable. Al parecer, la que subió al lado suyo junto al volante era quien domina y manda. Y también la más bonita de las dos, para su gusto: una rubia pequeñita, muy blanca, ojos azules, y con tal vocecita de nena que cuando, pistola en mano, empezó a darle instrucciones, creyó él al principio que estaba de broma. Menuda broma. Hasta ese instante, la encantadora criatura había empleado un lenguaje mimosón, con mucho meneo de ojos. Ahora, afirma él, se le puso cruel y fría la mirada. Él tiene que dramatizarlo, qué remedio. Aunque todo el personal a mis órdenes supo guardar la debida compostura, el denunciante quizás comenzaba a sentirse ridículo... En cuanto a la otra prójima, que apenas había hablado y apenas lo había mirado, era más alta (en fin, no mucho: estatura corriente) y algo más recia, tirando también a rubia, pero con los ojos oscuros, y uñas muy pintadas. Las dos, más o menos bien vestidas, sin que el imbécil haya sido capaz tampoco de agregar grandes particularidades sobre su vestimenta.
—¡Qué imbécil!
—Hay que ponerse en su pellejo. En realidad, no da la impresión de tonto, ni mucho menos. Es todavía un chiquillo, veinticuatro años. Y como viajante de comercio parece desempeñarse bien. Pero las circunstancias, hay que reconocerlo... «Y usted, un hombre como un castillo, en la flor de la edad, ¿necesita que ninfas semejantes lo obliguen por la fuerza a hacerles un favorcito?», le reprochó medio indignado medio burlesco, el barbarote de Lange que hasta entonces no había vuelto a meter cuchara. Ante salida tan indiscreta (pero ya sabes cómo es Lange), nuestro joven denunciante se ruborizó un poco, tuvo una sonrisita de turbación, y terminó por protestar, sacando el pecho, de que él hubiera cumplido con mil amores y sin necesidad de coacción alguna lo que le exigían sus asaltantes. Confesó, incluso, que al recogerlas de la carretera contraviniendo los consejos oficiales contra el llamado auto-stop (consejos cuya prudencia reconocía ahora demasiado tarde), no dejó de hacerse algunas ilusiones sobre los eventuales frutos que su gentileza pudiera rendirle. No; ¿qué había de necesitar él intimidaciones para una cosa por el estilo? Sólo que aquel par de arpías lo que por lo visto querían era precisamente eso, la violencia, sin la cual —por lo visto— no le encontraban gracia al asunto. Más de una vez y más de dos les había pedido él que depusieran las inútiles armas, pues estaba muy dispuesto a complacerlas en cuanto desearan, pero que debían comprender cuán difícil le resultaría hacerlo bajo condiciones tales. De nada valieron, sin embargo, súplicas ni promesas, que sólo parecían excitar su rigor. Así, pues, una vez en el lugar previsto, y siempre bajo la amenaza de las dos pistolas, oyó que la rubia le ordenaba perentoriamente que procediera a actuar en beneficio suyo; para cuyo efecto, pasó a su compañera la embarazosa pistola con instrucciones de disparar, diestra y siniestra, sobre el inerme joven si éste remoloneaba en cumplir dicho cometido, al tiempo que, por su parte, lo facilitaba, tendiéndose a la expectativa sobre la arena caliente. Es de saber que ninguna de las dos socias (dicho sea entre paréntesis) llevaba nada bajo la falda: más que evidente resulta, pues, la premeditación. Pero ¿cómo hubiera podido él ejecutar lo que se le pedía bajo intimidación tan grave? Te imaginarás, Mabel, que, por razones técnicas, forzar a un hombre es mucho más difícil que forzar a una mujer; y el pobre muchacho, que se apresuró a mostrar sus buenas disposiciones despojándose de la ropa, procuraba ganar tiempo e insistía en convencer a sus raptoras de que, para lo demás, aun con la mejor voluntad del mundo, y aunque lo mataran, no conseguiría hacer lo mandado si antes no lo exoneraban del mortal apremio. Hasta que, por fin, la rubita, alzándose del suelo, desgajó una rama y empezó a golpearle con fría furia sobre el flojo miembro, mientras que la otra se reía odiosamente. ¡Santo remedio! No hay duda de que el castigo, por triste que resulte admitirlo, hace marchar a los renuentes y perezosos. Ahora, el joven —a la vista estaba— podía responder ya a lo que se esperaba de él; y, en efecto, no dejó de aplicarse con ahínco a la obra, a pesar de que, entre tanto, la otra pájara, insultándolo y llamándole cagón, empezó a propinarle puntapiés y taconazos en el desnudo trasero, de los cuales —afirmó el denunciante— le quedaba todavía el dolor y, seguramente, la huella...
Con eso y todo —fíjate, mujer, cómo es la gente— aún presume el majadero (porque la presunción humana carece de límites), aún alardea y se jacta de sus viriles rendimientos, «no obstante lo adverso de la situación», dice él, tanto durante esa primera prueba como en la segunda, cuando, cambiando de papeles, la saciada rubita se hizo cargo de las pistolas para dar ocasión a que su compinche se echara también sobre la arena... Cuando todo se hubo consumado, «entonces —declaraba el joven— fue que me entró el verdadero terror. Ahorita me matan, pensé». Y lo cierto es que no le faltaban motivos para temerlo. Pero, ya ves lo que son las cosas, no ocurrió así. Ellas se marcharon tan tranquilas, después de darle las gracias por todo con fina sorna. Y él, desgraciado, corrió a refugiarse en los brazos de mamá, es decir, en el puesto de policía, donde apenas si lograba explicarse cuando, como una tromba, entró por aquellas puertas.
—Y ahora, ¿qué?
—Ahora habrá que hacer toda clase de diligencias para buscar a las dos tipas. Por supuesto, yo no he consentido —ya me conoces—, no he permitido ni por un momento que al pobre inocente se le tome el pelo, como empezaban a hacerlo poco a poco los muchachos, no bien hubo soltado hasta el último detalle del lamentable episodio, con preguntas acerca de si en tal ocasión había perdido la virginidad o de qué castigo creía él que merecían sus violadoras. Pero la verdad es que no veo yo lo que pueda adelantar el cuitado con su denuncia, ni qué pensará sacar en limpio de todo esto. Si se las encuentra, y no dudo que daremos con ellas, presentarán su propia versión del asunto, date cuenta la especie de percantas que han de ser; afirmarán que todo fue una broma, que él tuvo la culpa, que las pistolas eran de juguete, o que no había tales o quién sabe qué. Y la gente, cuando se entere, no hay duda que va a tomarlo en pura chanza... Pero yo estoy convencido, como te digo, de que cuanto ha contado el muchacho es rigurosamente exacto; y en manera alguna me parece que sea motivo de chanza. No, de ninguna manera. Muy al contrario, de la mayor preocupación. Encuentro en ello un signo de los tiempos, y un signo demasiado alarmante. Para mí, qué quieres que te diga, Mabel: eso es todo lo que me faltaba por ver en este mundo: mujeres violando a un hombre.
Mabel se quedó callada, y luego de un rato dijo a su marido, que parecía absorto en la operación de pelar un durazno sobre el plato, vacío ya, de su roast beef:
—¿Sabes de qué me estoy acordando? Me estoy acordando de lo ocurrido con las hermanas López, allá en Santa Cecilia.
—¿Qué hermanas López?
—¿Cómo que qué hermanas López? Las López, ¿no te acuerdas? En Santa Cecilia.
Mabel era de Santa Cecilia, Nuevo México; allí la había conocido su futuro marido, el entonces cabo Harter.
—¿Cómo no vas a acordarte, hombre, si fue un escándalo tremendo?
Pero fue ella quien se acordó ahora de que el caso había sucedido durante los años de la guerra, cuando todavía Harter, incorporado a la Marina, estaba peleando en las islas del Pacífico.
—De todas maneras, raro sería que yo no te lo hubiera referido en alguna carta; durante aquellas semanas se habló más de eso en Santa Cecilia que de la guerra misma o de cualquier otro asunto. Bueno, poco importa.
Lo ocurrido era, en pocas palabras, que a las hermanas López, una señoritas aburridas —«ya tú sabes cómo esas gentes son»— les vino la idea, para distraer su pesado encierro, de llamar por la ventana a Martín, el tonto del pueblo —¿tampoco se acordaba Hartes del tonto Martín, irrisión de cuanto vago...? Habían llamado, pues, a Martín bajo pretexto de darle un traje desechado de su padre, pero con el sano propósito de estudiar in anima vili las peculiaridades anatómicas del macho humano, apagando mediante una exploración a mansalva la sed de conocimiento que torturaba a sus caldeadas imaginaciones. Pero sí; fíese usted de los deficientes mentales. Anima vili, quizás; pero no desde luego cuerpo muerto; el caso es que, tonto y todo, Martín se aficionó a los ávidos toqueteos de las señoritas; y pronto pudo vérsele en permanente centinela frente a su ventana. Allí, hilando baba de la mañana a la noche, pasaba el bobo su vida ociosa; impaciente, exigente, y nunca satisfecho con platos de comida ni con monedas. Tampoco parece que las amenazas lo ahuyentaran; y seguramente alguna otra ocasional concesión, lejos de calmarlo, aumentaba sus apetitos bestiales. Desde luego, los malpensados lo sonsacaban y los malintencionados lo empujaban. Gruñidos, risotadas y ademanes, y el brillo idiota de sus ojuelos —«pero, ¿no te acuerdas de él, hombre?»—, el resultado es que se descubrió el pastel, o por lo menos, amenazaba descubriese; y se comprenderá el pánico que debió apoderarse de las pudibundas vetales... Finalmente, el día menos pensado, amaneció muerto Martín, y la autopsia pudo descubrir en su estómago e intestinos pedacitos de vidrio. No hay que decir cuánto se murmuró, dando por hecho que las señoritas López lo habrían obsequiado con algún manjar confeccionado especialmente para él por sus manos primorosas, pero, ¿cómo probar nada? Ni ¿quién iba a acusarlas? ¿sobre qué base? Nada impedía tampoco que el tonto se hubiera tragado una de esas mortales albóndigas que se echan a los perros para exterminarlos; o cualquier otra cosa: de un pobre idiota puede suponerse todo. Y por lo demás, la historia con las López no había pasado nunca de habladurías, chismes y soeces maledicencias. Conque todo se quedó ahí.
—Y ¿tú crees?...
—Pues ¿quién sabe? Hoy día estarán hechas unas viejas beatas, las famosas hermanas López.
—Tú te has acordado de esa historia añeja a propósito de la violación de hoy.
—Ya ves: tu joven viajante de comercio ha salido mejor librado que aquel pobre Martín.
—Lo que tú quieres decirme con eso es que, después de todo, no hay nada nuevo bajo el sol de California.

Historia de macacos

De Historias de macacos (1955)

I

Si yo, en vista de que para nada mejor sirvo, me decidiera por fin a pechar con tan inútil carga, y emprendiera la tarea de cantar los fastos de nuestra colonia —revistiéndolos acaso con el purpúreo ropaje de un poema heroico-grotesco en octavas reales, según lo he pensado alguna vez en horas de humor negro—, tendría que destacar aquel banquete entre los más señalados acontecimientos de nuestra vida pública. Memorable, de veras memorable iba a ser en efecto, por razones varias, esa cena de despedida; y, en su caso, no resultaría exagerada la habitual fraseología del periodiquín local, ni las hipérboles y ponderaciones con que pudiera el inefable Toñino Azucena reseñar en la radio el social evento. Ya el mero hecho de reunirse, o reunirnos, los capitostes para festejar a uno de los nuestros con motivo de su regreso «al seno de la civilización», bastaba y sobraba; era de por sí toda una sensación en el empantanado tedio de nuestra existencia, aunque no hubiera habido detrás lo que había, ni hubiera descubierto lo que descubrió, ni tenido las consecuencias que tuvo. Pero es que, además, este banquete de despedida presentaba desde el comienzo características muy singulares. Por lo pronto, era el propio director de Expediciones y Embarques quien ofrecía a los demás el agasajo en lugar de recibirlo. Había insistido en su deseo de retribuir así las innumerables atenciones que, durante su «campaña africana», recibieron de nosotros tanto él, Robert, como, sobre todo, su esposa. Y no hay que decir el efecto que esta idea —un poco extravagante de cualquier manera— debía producirnos a todos y cada uno de nosotros, dados los antecedentes del caso. Como bien podía preverse, dio pábulo a la chacota general, y en este sentido se distinguió, amparado en su jerarquía, el inspector general de Administración, Ruiz Abarca, incapaz siempre de aguantarse las ocurrencias violentas o mordaces y reducirse a los límites —no demasiado estrictos, al fin y al cabo, pues vivíamos en una colonia—, pero, ¡caramba!, mantenerse siquiera dentro de los límites mínimos exigidos por el decoro de su cargo. Lejos de eso (eso no estaba en su genio), incurrió en impertinencia al provocar y prolongar, para ludibrio, un cortés altercado con Robert sobre quién invitaba a quién, durante cuyo debate no cesó de emitir, con miradas oblicuas a la divertida galería, frases de estilo, tales como: «¡En modo alguno, amigo Robert! Nosotros somos quienes tenemos recibidas excesivas atenciones de ustedes y, muy en particular, de la señora. Creo poder afirmar en nombre de todos que nuestra doña Rosa ha sido una bendición del cielo para este inhóspito país. Tanto, que no sé ni cómo vamos a arreglárnoslas ahora sin ella. Usted, querido colega, de seguro que no puede imaginarse cuánto vamos a echarla de menos»; y otras pesadeces semejantes, que el director de Embarques escuchaba, elusivo, complacido en el fondo o irónico, medio asintiendo a ratos, con el vaso de whisky empuñado y protestas en los labios contra la amable exageración del querido amigo. Aseguraba, sin embargo —y a los espectadores agrupados alrededor de ambos jerarcas se les reían los ojos—, aseguraba muy serio —y algunos querían reventar de risa—, que no; que las ventajas del trato fueron recíprocas, lo reconocía; pero que ellos, su esposa y él, resultaron sin duda los más gananciosos; de manera que por favor, no pretendiera nadie ahora privarle de este placer; no se hablare más del asunto: definitivamente, él pagaría la fiesta de despedida... Ruiz Abarca fingió entonces darse por vencido, aunque de mala gana, en la porfía. Y Toñito Azucena, entrometido profesional, se atrevió a terciar con una gracieta que tuvo poca aceptación; nadie le hizo caso, y el propio Robert lo miró como a un sapo. Los demás se regodeaban ya en su fuero interno, anticipándose opima cosecha de comentarios jocosos y de risotadas sin que faltara tampoco —sospecho yo— alguno que, con un residuo de vieja caballerosidad apenas reprimida por la obsecuencia, sintiera bochorno y hasta un poco de sublevación moral ante lo que ya parecía en verdad demasiado fuerte. En cuanto a mí, que asistía a todo con ánimo neutral (mis motivos tenía para considerarme neutral hasta cierto punto), estaba un poco asombrado y me preguntaba cómo aquel sujeto, Robert, de quien tanto hubiera podido decirse, pero no que fuese ni tonto ni un infeliz, no captaba el ambiente de soflama que lo envolvía. Ya era mucho que durante un año largo no se hubiera percatado de nada. Con razón dicen que los maridos son siempre los últimos en enterarse, aunque de mí sé decir... Demasiado engolfado en amasar dinero por cualquier medio, y quizás también demasiado poseído de sí —pues era un tío soberbio si los hay— para que le pasara siquiera por las mientes la posibilidad de que alguien osare hollar su honor profanando el santuario de su hogar, menos aún podía notar el director de Embarques la sorna alrededor suyo en esos momentos. Yo lo contemplaba y me hacía cruces. Aunque el tipo tenía cara de palo, se me antojaba a ratos descubrir en su expresión un no sé qué de forzado y violento, o de irónico, o de triste. Sea como quiera, se veía un poco pálida su cara de palo. O quizás eran sólo mis aprensiones de observador neutral.
Llegó la fiesta. Cómodo en esa mi actitud de espectador, me instalé en una esquina de la mesa (mi empleo en la compañía es más bien modesto, y tampoco soy yo de los que se desviven por destacar), muy dispuesto, eso sí, a presenciarlo todo desde la penumbra, mientras que las miradas convergían hacia la cabecera, ocupada, como es natural, por el gobernador, con la reina de la fiesta a su derecha y, a continuación —lo que ya no es natural, sino, por el contrario, inaudito, indignante—, ese títere de Toño Azucena, ¡un locutor de radio! Al otro lado, oficiaba nuestro anfitrión y director de Embarques, y, sin orden, seguían luego por las dos bandas los jefes principales de la colonia.
La señora de Robert era la única mujer presente. Consistía la fiesta en una cena «para hombres solos» que ofrecía el matrimonio, ahí en el Country Club, la víspera de su partida a Europa. Otra extravagancia, si se quiere; pero, bien mirado, resultaba lo más discreto. Desde luego, Robert era persona que sabía apreciar las circunstancias, que hilaba fino; y el haber hecho «invitación de caballeros» eliminaba de entrada muchas cuestiones. Piénsese: en la colonia es bastante irregular la situación doméstica de casi todo el mundo. La mayor parte de los funcionarios que manda la compañía, resignados por necesidad extrema a este exilio en el África tropical, vienen solos; y aun cuando la mayor parte acaban, o acabamos, por dejarnos aquí el pellejo, cada cual piensa y calcula que su «campaña» será breve, un sacrificio transitorio, lo indispensable para juntar alguna plata y salir de penas y rehacer su vida; pero los meses pasan, y los años, las cartas a casa ralean, los envíos de dinero también se hacen raros y, mientras tanto —sin llegarse al caso extremo de Martín, ese extrañísimo y abyecto personaje, encenegado en su negrerío—, va brotando en la colonia una ralea mestiza al margen de situaciones más o menos estables, pero jamás reconocidas ni aceptadas. En resumen: que la mayoría somos aquí «hombres solos». Y de otro lado, las mujeres de aquellos pocos que, por fas o por nefas, se trajeron consigo a la familia, suelen, las muy necias, desarrollar aquí en África una soberbia intratable, que da risa cuando se consideran las penurias y aprietos pasados antes de ahora por estas pretendidas reinas en el destierro, y hasta la ínfima extracción que, acaso, traiciona en su lenguaje, gustos y maneras la digna consorte de algún que otro ilustre perdulario. Así, pues, en este corral de gallinas engreídas, la señora doña Rosa G. de Robert, nuestra encantadora directora de Expediciones y Embarques, había llegado a tener demasiado mal ambiente, no sólo por obra de la envidia hacia sus buenas prendas, belleza, mundo, etc., sino también —justo es confesarlo— porque las cosas trascienden, y ¿qué más quiere la envidia sino encontrar manera de dignificarse en escandalizada virtud?... Convidar hombres solo evitaba, en todo caso, complicaciones y enojos, o los reducía al mínimo inevitable; era medida prudente.
Por lo demás, a ella, a la encantadora Rosa, poco le importaban los chismes, las habladurías de la gente, ni el «qué dirán»; buenas pruebas tenía dadas del más impávido desprecio hacia la opinión ajena. Ahí estaba ahora, sonriente y feliz, tan fresca cual su nombre, presidiendo la mesa a la diestra del gobernador. ¡Admirable aplomo el suyo! Sonriente y feliz, lucía en medio de todos nosotros, autorizada por las barbas venerables de su excelencia, con un dominio pleno de la situación. Y no puede negarse que fuera emocionante el momento, aun para quien, como yo, apenas si tenía otro papel que el de figurante y comparsa en aquella comedia absurda. Había oscurecido ya, y caía sobre nosotros esa humedad fresquita que, la mayor parte del año, viene a permitirnos vivir y respirar, siquiera por las noches, después de las atroces horas de sol. Estábamos sumidos en la penumbra; los sirvientes del Club iban y venían, descalzos, oscuros, por la terraza, desde donde se veía el dormido rebaño de automóviles, agrupados abajo, en la explanada. Del fondo de la selva nos llegaban a veces gritos de los monos, perforando con su estridencia el croar innumerable, continuo y cerrado de las ranas, mientras que ahí, a un lado, muy cerca, encima casi, perfilaba en el puerto su negra mole el Victoria II, que zarparía de madrugada llevándose a Rosa y a su dichoso marido...
La cena comenzó en medio de gran calma, y así discurrió, un poco fantasmal, apacible, hasta los postres, sin particularidad de ninguna especie, aunque no sin una creciente expectación. Estábamos en penumbra; no teníamos luces sobre la mesa; para evitar la molestia de los insectos, nos conformamos con la iluminación lejana de los focos, a cuyo alrededor se agitaban espesos enjambres de mosquitos y mariposones. Comíamos, hablando poco y en voz baja, y no dejaba de haber emoción en el ambiente. Pues es lo cierto que todos esperábamos, barruntábamos, algo sensacional; y, por supuesto, lo deseábamos. Nos hubiéramos sentido defraudados sin ello, y fue un alivio cuando, al final, ya con el café servido y prendidos los cigarros, explotó —y ¡de qué manera!— la bomba.
Hubiera podido apostarse que a la majadería de Ruiz Abarca, el inspector general, correspondería provocar el estallido. Lo vimos alzarse de la silla, pesadamente, y, en alto la copa de vino que tantas veces había vaciado y vuelto a llenar durante la comida, farfullar un brindis donde salían a relucir de nuevo, con reiteración insolente, las bondades de que la señora había sido tan pródiga, y donde otra vez se proferían insidiosas y torpes quejas por el desamparo en que a todos nos dejaba. Entonces Robert, que había escuchado sonriendo, un poco pálido y, al parecer, distraído o ensimismado, se levantó de improviso a pronunciar el discurso de réplica que tan famoso haría aquel evento social. Me limitaré a reproducir aquí, sin muchos comentarios, la curiosa pieza oratoria; y no se piense que es mérito de mi sola memoria la fidelidad textual con que lo hago, pues, aun cuando ha pasado ya algún tiempo, todavía sale a relucir de vez en vez en nuestras conversaciones, después de haber dado materia durante semanas y meses a debates, discusiones y disputas. La fijación de sus términos exactos es, por lo tanto, obra del trabajo colectivo.
Pidió, pues, silencio nuestro director de Embarques con un gesto de la mano, cuya imperiosa decisión tuvo la virtud de interrumpir el ya enrevesado, farfullento, interminable brindis del borracho, y se paró a contestarle; no se diga ante qué expectación. Todavía se dio el gustazo de aumentarla al concederse una pausa, ya en pie, para prender su cigarro y sacarle un par de lentas chupadas; y luego, con voz bajita y despaciosa, algo vacilante, aunque controlada, rompió a hablar. He aquí lo que dijo: «Señor gobernador, señores y amigos míos: Pocas horas faltan ya para nuestra partida; el barco que ha de restituirnos a Europa ahí está, con nuestros equipajes, esperando a que amanezca para levar anclas. Cuando dentro de un rato nos separemos, será acaso para no vernos ya nunca más, y sólo de la casualidad puede esperarse que concierte nuestro futuro encuentro con alguno de ustedes, Dios sabe dónde ni cuándo, pero desde luego en condiciones tan distintas a las actuales que seríamos como de nuevo extraños, como prácticamente desconocidos. Y, sin embargo, ¡qué enlazadas han estado nuestras vidas durante este último año de mi permanencia en África! Ahora, al dejar la colonia y separarme de ustedes, siento una especie de íntimo desgarrón, y no puedo resistir el deseo de comunicarles mis ocultas emociones, que hasta hace un rato dudaba todavía si descubrirles o, por el contrario, reprimirlas y reducirme a ofrecerles en tácito homenaje a su amistad esta modesta despedida. Pero he pensado que tal vez incurriría en deslealtad hacia excelentes amigos si me llevara conmigo un pequeño secreto, un secreto insignificante, quizá ni siquiera un secreto, pero que concierne a nuestras respectivas relaciones y cuya declaración puede aplacar la conciencia de algunos, confortándome a mí, cuando menos, con la sobria alegría de la verdad desnuda».
Hizo aquí una pausa, y volvió a chupar el cigarro calmosamente. Nadie respiraba; más allá, tras los criados que, apartados, respetuosos, escuchaban junto a las columnas, se oía el áspero y seguido croar de las ranas y, de vez en cuando, el chillido de algún simio.
Continuó diciendo el director de embarques con voz ya afirmada y en la que ponía ahora un cierto matiz de complacencia nostálgica: «Permítanme, queridos amigos, recordar la hora de mi primera llegada a la colonia. Circunstancias azarosas de mi pasado me habían empujado a este exilio donde esperaba reponerme de muchos desengaños y —¿por qué no decirlo?— de muchos quebrantos económicos. Sí, ¿por qué no decirlo abiertamente, entre compañeros? Es humano y es legítimo; y todos nosotros, sin excluir al propio señor gobernador (aun reconociendo sus altas preocupaciones e intereses superiores, voy a permitirme no excluirlo —agregó con una mirada de reto cordial, que el dignatario acogió benévolamente—); todos nosotros, digo, incluso él, afrontamos la expatriación, las fiebres, las lluvias torrenciales, la aprensión de los indígenas, el castigo del sol, la mosca tsé-tsé, en fin, cuanto a diario constituye motivo de nuestras quejas, y, sobre todo, ese implacable deterioro del que nunca nos quejamos para no pensar en él; afrontamos todo eso, y ¿por qué? Pues porque, en cambio, el dinero corre aquí en abundancia, con aparente abundancia, aparente no más; pues, bien mirado, constituye mísero precio para nuestras vidas; y si así las malbaratamos, es por no estimarlas gran cosa en el fondo de nosotros mismos, de modo que hasta creemos realizar un buen negocio y nos hacemos la ilusión de recibir paga generosa... Más vale eso; todos contentos... Pero, señores, les pido perdón; estoy divagando. Decía que a mi llegada sentí una entrañable solidaridad con todos ustedes. En cierto modo, todos estábamos aquí proscritos, con la nostalgia de aquello por amor de lo cual hemos caído en este pantano, hundido el cuerpo en medio de la selva y yéndose el alma hacia allá. Entonces pensé cuánto bien podría traernos a todos la presencia de Rosa. Esta no es tierra para nuestras mujeres, cierto; pero ella —ustedes bien lo saben— no es ni pusilánime, ni abatida, ni agria; sabe llevar a cabo con la sonrisa en los labios cualquier sacrificio; a nada le hace ascos... En fin, resolví traérmela conmigo en el viaje siguiente; regresé, pues; se lo propuse, aceptó ella, y en estos momentos, cuando nos aprontamos a regresar de nuevo a la patria, creo que ya puedo darme por contento de mi iniciativa y de nuestra resolución. Ustedes por su parte —ya se ve—, sólo saben lamentar la ausencia y orfandad en que esta excepcional criatura les deja. Y lo comprendo, señores, amigos míos; lo comprendo perfectamente. No piensen que ignoro lo que ella ha sido para ustedes durante este año; la idea de que pudiera estarlo ignorando me produce a mí tanta vejación como debe producirles regocijo o —acaso— vergüenza a ustedes mismos. Pero, no; por suerte, no lo ignoro, ni tampoco veo motivos para lamentarlo. Sé muy bien cuáles han sido los particularísimos favores que Rosa ha discernido a cada uno de ustedes, y con no menor precisión estoy informado de la esplendidez exhibida por cada uno al retribuírselos. ¿Cómo hubiera podido ignorarlo, si ella acostumbra depositar en mis manos el cuidado de todos sus intereses, tanto materiales como espirituales?... Y, al llegar a este punto, sería una falta de hidalguía por mi parte no rendir el justo tributo al desprendimiento con que todos ustedes han sabido corresponder a las bondades de esta mujer admirable. Desprendimiento —debo decirlo— hasta excesivo en ciertos casos. Que el señor gobernador, quien fue — según corresponde a su eminente posición— el primero en honrar con sus asiduidades nuestro humilde hogar, quisiera colmar de dádivas a la mujer en cuyo seno le era dado olvidar un poco las abrumadores responsabilidades de su cargo, santo y bueno. Pero es, amigos, que ha habido conductas muníficas, aun en mayor grado, si cabe; y yo me siento en el deber de proclamarlo. Resulta conmovedor, por ejemplo, el caso de algunos colegas, que no nombro por no herir su modestia, quienes, cuando les llegó el turno y oportunidad de mostrarse a la altura de sus superiores jerárquicos, no escatimaron sacrificios, ni han vacilado siquiera en empeñarse y contraer deudas para que su nombre quede escrito en nuestra memoria con letras de oro. Rosa, cuyo corazón es del mismo metal precioso, a duras penas se ha dejado persuadir por mí de que devolverles parte de sus obsequios hubiera podido ser ofensivo para quienes con tan devoto sacrificio los hicieran...»
Puede calcularse la estupefacción que este discurso —tímido al comienzo, y ahora ya emitido con indignante aplomo y claras inflexiones burlescas— suscitaba en los oyentes. Era inaudito semejante cinismo; nadie sabía cómo tomarlo. Las dos alusiones a su excelencia, a cuál más audaz, fueron golpes maestros calculados para paralizarnos. Había atraído en seguida el rostro del señor gobernador las miradas, sin encontrar la suya; pues los ojos de su excelencia, habitualmente vivaces, inocentes, reidores y en modo extraño muchachiles en aquella su cara barbuda, se concentraban ahora, fijos en la fuente de frutas que ocupaba el centro de la mesa. Nadie sabía cómo tomar aquello. Por lo demás, era dato bien conocido el de quienes tenían embargado el sueldo, y por qué; mencionar deuda o empeño era nombrarlos. Hubo rumores, alguna risa; y el irritado susurro que se oía en varios lugares de la mesa estaba a punto de elevarse hasta rumor y clamor; mas ya el orador, cerrando su pausa, retomó la palabra a tiempo para concluir en tono ingenuo, amable, bonachón, con la traca final que nos dejaría tambaleantes. Estas fueron sus últimas palabras: «Por supuesto —dijo—, de igual manera que yo he sabido, durante este, ¡ay!, largo término, aparentar distracción, ustedes han tenido también el tacto de fingir que continuaban creyendo a esta mujer esposa mía, según yo me había permitido presentarla, usando de una pequeña superchería, a mi llegada. Una pequeña superchería, sin consecuencias; pues estoy seguro de que, el conocerla más de cerca y poder apreciar su modo de conducta, su habilidad y experiencia, su sentido de las conveniencias y su escrupuloso respeto de las jerarquías, tan alejado todo ello de la necia arbitrariedad e insipidez que suele caracterizar a nuestras mujercitas burguesas, les permitiría a ustedes advertir en seguida y darse cuenta inmediata de lo que en realidad es ella: una profesional muy eficiente, en la tradición de las antiguas cortesanas. Y no otro es, señores, el pequeño secreto que, aun seguro de que ya lo habrían adivinado tiempo ha, me he creído en el deber de revelarles. Largo e intensivo entrenamiento había preparado a nuestra amiga —y señaló hacia Rosa con el cigarro— para estas arduas lides cuando, hace poco más de un año, le propuse que se asociara conmigo y corriera la aventura tropical a la que hoy ponemos feliz término y coronación. No me resta, por consiguiente, apreciados colegas, sino informales por encargo de nuestra querida Rosa de que, con sus ahorros, se propone —ya que su juventud triunfante le desaconseja la sosegada existencia del rentista— instalar un establecimiento de galantes diversiones que, seguro estoy, ha de ser modelo en su género, y donde, por descontado, serán recibidos ustedes como en su propia casa cuando alguna vez deseen visitarlo. Entretanto, que el Señor les colme de prosperidades». Y nada más. Hizo una reverencia, y volvió a sentarse.
¡Qué desconcierto, Dios mío! Aquello era un mazazo. Nadie sabía qué pensar, ni qué decir, ni qué hacer. Rosa, encantadora, enigmática, ajena, distante, impertérrita, sonreía, muy digna en su puesto. ¡Si era cosa de frotarse los ojos para creerlo!...
Y otra vez fue Abarca, nuestro nunca bien ponderado inspector general de Administración, quien, al sentirse así burlado, se dejó llevar impetuosamente de su primer impulso: levantó el puño y, rojo de ira, lo descargó sobre la mesa, a la vez que su oscuro vozarrón profería: «¡Ah, la grandísima...!» El insulto fue como un pedrusco lanzado con violencia enorme a la cara tan compuesta de la ninfa. Mudos, aguardamos el impacto... Lo sucedido hasta ese instante había tenido, todo, un raro aire de alucinación; daba vértigo. Pero lo que ocurrió entonces... Sin perder su apostura ni alterar el semblante, la dama contestó a la injuria de aquel bestia presentándole, tieso, el dedo de en medio de su mano diestra, que se mecía en el aire con suave, lenta, graciosa oscilación, mientras la siniestra, apoyada en el antebrazo, refulgía de joyas. Tal fue su respuesta, la más inesperada. Y el ademán obsceno, en cuya resuelta energía no faltaba la delicadeza, vino a romper definitivamente la imagen que, a lo largo de un año seguido, nos teníamos formada de la distinguida, aunque ligera, señora de Robert.
Sin embargo, una vez más hubimos de rendirnos y reconocer su tino, y admirarla de nuevo cuando, más adelante y ya en frío, se discutió el asunto., Pues ¿hubiera podido acaso dar más sobria respuesta a la insolencia de un borracho que el silencioso pero concluyente signo mediante el cual corroboraba al mismo tiempo, confirmaba, refrendaba y suscribía el informe rendido in voce un momento antes, acerca de su verdadera condición y oficio, por el director de Embarques? Éste —¡qué habilidad la del hombre!— evitó lo peor; consiguió que la tormenta se disipara sin descargar, y disolvió la reunión después de haberse despedido en particular en cada uno de nosotros, desde el gobernador para abajo, sin excluir al propio Ruiz Abarca («Vamos, Rosa, que el señor inspector general quiere besarte la mano, y no son momentos éstos para rencores»), dejándonos desconcertados, divididos en grupitos, sin que nadie escuchara a nadie, mientras que la pareja se iba a dormir a bordo ya esa noche.

II

Un mazazo, capaz de aturdir a un buey: eso había Sido la revelación de Robert. Su famoso discurso nos había dejado tontos. Ya, ya irían brotando, como erupción cutánea, las ronchas que en cada cual levantaría tan pesada broma; pues —a unos más y a otros menos— ¿a quién no había de indigestársele el postre que en aquella cena debimos tragarnos? Cuando al otro día, pasado el estupor de la sorpresa y disipados también con el sueño los vapores alcohólicos que tanto entorpecen el cerebro, amaneció la gente, para muchos era increíble lo visto y oído; andábamos todos desconcertados, medio huidos, rabo entre piernas. Tras vueltas, reticencias y tanteos que ocuparían las horas de la mañana, sólo al atardecer se entró de lleno a comentar lo sucedido; y entonces, ¡qué cosas peregrinas no pudieron escucharse! Por lo pronto, y aunque parezca extraño (yo tenía miedo a los excesos de la chabacanería), aunque parezca raro, la reacción furiosa contra la mujer, de que Ruiz Abarca ofreciera en el acto mismo un primer y brutal ejemplo, no fue la actitud más común. Hubiera podido calcularse que ella constituiría el blanco natural de las mayores indignaciones, el objeto de los dicterios más enconados; pero no fue así. La perfidia femenina —corroborada, una vez más, melancólicamente— no sublevaba tanto como la jugarreta de Robert, ese canalla que ahora —pensábamos— estaría burlándose de nosotros, y riendo tanto mejor cuanto que era el último en reír. Durante meses y meses nos había dejado creer que le engañábamos, y los engañados éramos nosotros: esto sacaba de tino, ponía rojos de rabia a muchos. Pues, en verdad, la conducta del señor director de Expediciones y Embarques resultaba el bocado de digestión más difícil; pensar que se había destapado con desparpajo inaudito —mejor aún, con frío y repugnante cinismo— como un chulo vulgar, rufián y proxeneta, suscitaba oleadas de rabia y tardío coraje, quizás no tanto por el hecho en sí como por la vejación del chasco. ¡Señor director de Embarques! ¡Buen embarque nos había hecho! Eran varios ya, y crecían en número, los que pretendían haber sospechado algo, callado por prudencia algún barrunto o pálpito, acaso tener pronosticado (y no faltarían testigos) cosa por el estilo. Otros, no menos majaderos, se aplicaban a urdir —¡a buena hora!— remedios ilusos; y tampoco dejaban de oírse voces que reprocharan al gobernador su lenidad en permitir que aquella pareja de estafadores («estafadores de la peor calaña») embarcara tan ricamente, sin haber recibido su merecido o, al menos, vomitar los dineros que, sorprendiendo la buena fe Ajena, se habían engullido.
Pero hay que decir que la opinión sensata acogía con reserva y aun con ironía desahogos semejantes, y que, muy por el contrario, se sintió un general alivio cuando, en la emisión de las cinco y media, cerró Torio su noticiario radial mediante las palabras sacramentales: «...y un servidor de ustedes, Toñito Azucena, les desea muy buenas tardes», sin haber hecho mención alguna del acontecimiento que ocupaba todas las mentes y alimentaba todas las conversaciones. Y es que la manera como El Eco de la Colonia traía la noticia aquella mañana resultaba inquietante por demás. «Anoche, según lo anunciado — informaba el diario—, tuvo lugar en la elegante terraza del Country Club el banquete de homenaje y despedida al señor director de Expediciones y Embarques, don J. M. I Robert, y a su digna consorte, la señora Rosa G. de Robert. Al cerrar esta edición, adelantamos la noticia sin que nos sea posible relatar en detalle las interesantes incidencias del destacado acto. En nuestro número de mañana encontrará el lector, reseñados con la debida amplitud y comentarios pertinentes, los sabrosos detalles del evento». No decía más; y ¡bueno fuera —me había dicho yo aquella mañana, leyendo la insidiosa gacetilla, mientras se enfriaba mi taza de café—, bueno fuera que, tras el chaparrón de anoche, nos enfangáramos todavía en un innecesario escándalo! Por mí, eso me importaba poco. Le importaría al gobernador, le importaría al jefe de la Policía colonial, le importaría al secretario de Gobierno, le importaría al propio Ruiz Abarca, tan inspector general de Administración, después de todo; y, fuera de estos dignatarios responsables, le importaría a los pocos empleados, altos o bajos, que tienen aquí la familia. A mí, en el fondo, me traía muy sin cuidado. Pero esto no quiere decir que fuera indiferente al asunto; no lo era; me interesaba, desde luego, aunque apenas me sintiera implicado, y lo viviera un poco en espectador. Recuerdo que aquella misma noche, caldeado sin duda mi caletre, había fabricado un sueño, tan absurdo como todos los sueños, pero que reflejaba la impresión recibida durante la escena del banquete. Soñé que me encontraba allí, y que Rosa ocupaba, tal cual en realidad la había ocupado, la cabecera de la mesa, junto al gobernador. Discurría la comida, y yo me sentía acongojado por la inminente partida de nuestra amiga, cuando, de pronto, el inspector general, Abarca, sentado en sueños al lado mío —aunque la realidad nos asignara puestos algo distantes en la mesa; pero en sueños estaba a mi lado—, se me inclina al oído y, muy familiarmente, me susurra: «Mire, compadre, qué ajada se ve Rosa. Pensaba ella irse tan fresca; pero, camarada, en el trópico...» La miré entonces, y vi con asombro que su cara se había cubierto de arrugas, apenas disimuladas por el maquillaje; tenía bolsones bajo los ojos embadurnados, marcadas las comisuras de los labios, y los hombros vencidos; una ruina, en fin. Me limité a comentar en la oreja peluda de Ruiz Abarca: «Amigo Abarca: es el trópico; aquí no hay quien levante cabeza...» Un sueño de sentido transparente —reflexioné mientras apuraba el café de mi desayuno—: el deterioro infligido en él a la dama de nuestros afanes simboliza, es fácil darse cuenta, el hundimiento repentino de su prestigio social ante nuestros ojos. Por lo demás, era dicho corriente en la colonia —y nadie mejor que yo sabe cuán cierto— que el trópico desgasta a hombres y mujeres, los tritura, los quiebra, muele y consume...
Más curioso de oír lo que se hablara sobre el caso que dispuesto a trabajar, di un último sorbo a mi taza y salí en dirección a la oficina. Mi despacho está en los bajos del Palacio del Gobierno, frente a la Plaza Mayor; hacia allá me encaminé. La mañana, ya un poco avanzada, estaba agradable, luminosa, pero todavía sin ese exceso de reverberación que hace insufrible el centro del día. Bordeando el mal pavimentado arroyo, apartando a veces las criaturitas desnudas que pululaban junto a los barracones, y sorteando montones de basura, nubes de moscas, seguí mi habitual trayecto hacia la Avenida Imperial y Plaza Mayor (prefería atravesar aquella inmunda pero breve zona en vez de emprender de rodeo y llegar sudado); y ya había pasado por delante de Martín, ya le había dado los «buenos días», y él, desde su hamaca sempiterna, me había retribuido con su acostumbrada combinación de un gruñidito y un levísimo movimiento de la mano, cuando se me ocurrió —fue una idea— comprobar si ya había trascendido el suceso de la noche antes fuera del que pudiera llamarse «mundo oficial» de la colonia, y bajo qué colores. Martín pertenecía y no pertenecía al mundo oficial: flotaba en una especie de limbo indefinido. Era, sin lugar a dudas, el europeo más antiguo aquí; todos le recordábamos instalado ya en su hamaca, al tiempo de llegar cada uno de nosotros... Sí, él estaba ya ahí, desde antes, en su casita de tablas verdes mal ensambladas. Y, por supuesto, cobrada —aunque un sueldito muy pequeño— de la compañía, en cuyo presupuesto figuraba bajo el título, que significaría algo una vez, de ayudante de Coordinación, pero que actualmente, desaparecido desde hacía años el cargo de coordinador, no respondía a otra actividad visible que la de balancearse en la hamaca —enorme araña blancuzca colgada entre los postes que sostenían el techo de cinc—. Me detuve, pues, y retrocedí con suavidad un paso para, apoyada mi mano en la apolillada baranda, preguntarle si se habla enterado del escándalo de anoche. «¿Anoche?», preguntó, inexpresivo, con la pipa en la boca. Aclaré: «Anoche, en el banquete del director de Embarques». Fumó él, y luego dijo, despacio: «Algo he oído contar por ahí dentro; pero no me he dado bien cuenta». Ahí dentro era el fondo sórdido de la casita, donde bullía, desbordando, una parentela indefinida, la vieja, azacaneada siempre, con sus descomunales pies descalzos de talón claro y las tetas sobre la barriga, muchachos y muchachas de todas las edades, sobre cuyas facciones negras lucían de pronto los ojillos azules de Martín, o rebrotaba el color rojizo de su ya encanecido cabello, floreciendo ahora en los ricitos menudos de una cabeza vivaz... ¡Que no se había dado bien cuenta! ¿En qué estaría pensado aquel bendito? Adormilado en su hamaca, con la pipa entre los dientes, sólo en forma imprecisa llegaría hasta él lo que charlaban, en su lengua, las gentes de aquella ralea y sus amigotes, lo que tal vez refirió, a la mañanita, alguno de los critados del Club acodado en la baranda mientras la vieja lavada ropa junto a los tallos lozanos del bananero. Ni se había dado bien cuenta ni parecía interesarle, pues tampoco me preguntaba a mí, que me había parado a conversarle de ello. ¡Estrambótico sujeto! Me tenía allí pegado y no decía nada. Ganas me dieron de volverle la espalda y seguir mi camino; pero todavía le sonsaqué: «Y ¿qué le parece nuestro ilustre director de Embarques, cómo se ha destapado?» Va y me contesta: «¡Pobre hombre!» Semejante incongruencia me contestó. Le eché una mirada y —¿qué ha de hacer uno? «Bueno, Martín; hasta luego» —seguí adelante. ¡En el mismísimo limbo!
Seguí adelante, pero no llegué la oficina, pues en la plaza, al pasar por la puerta de Mario, el cantinero, vi que estaban allí, de tertulia, instalados entre las hileras de botellas y las columnas de conservas en lata, buena parte de mis colegas. La vecindad de la cantina era tentación frecuente para los funcionarios del Palacio de Gobierno, y hoy, naturalmente, había asamblea magna. Entré a enterarme de lo que se decía y me incorporé al grupo; las tareas del despacho podían aguardar: no habla pendiente nada de urgencia. Cuando me acomodé entre mis compañeros, estaba en el uso de la palabra ese payaso de Bruno Salvador, quien, haciendo guiños y moviendo al hablar todas sus facciones, desde la arrugada calva hasta la barbilla puntiaguda y temblona, comentaba —¡cómo no!— las implicaciones del discurso de Robert, y pretendía convencer a la gente de que él, Bruno Salvador, se había percatado de los puntos que Robert calzaba, le tenía muy calado al tal director de Embarques, «pues aquí, si uno quiere vivir, tenemos que guardarnos el secreto unos a otros, es claro; pero, ¡caramba!, quien tenga ojos en la cara, y vea, y observe, y no se chupe el dedo...» «Entonces, tú estabas al tanto, ¿no?», le interrumpió con soflama, entornados sus ojos bovinos, Smith Matías, quien, como oficial de Contaduría, entendía en los pagos, anticipos y préstamos, y conocía al dedillo las erogaciones extraordinarias de aquel mamarracho. Pero él no se inmutaba. «Lo que yo te digo es —respondió— que a mí no me ha causado tanta sorpresa como a otros caídos del nido. ¡Si conocería yo al tal Robert!». Perdidos sus ojuelos vivos entre los macerados párpados de abuelo, y tras estudiada vacilación, se decidió a confirmarnos cómo, en cierta oportunidad, a solas y mano a mano, él, Bruno, le había hecho comprender al ilustrísimo señor don Cuernos que con él no había tustús, «porque, señores —concluyó muy serio—, una sola mirada basta a veces para entenderse». Fingimos creer el embuste y dar por buena la bravata; y Smith Matías, sardónico, reflexionó, meneando la cabeza: «Ya, ya me parecía a mí que el director de Embarques te trataba a ti con demasiadas consideraciones. Y era eso, claro: que te tenía miedo... Pero entonces —agregó en tono de reproche, tras una pausa meditativa, y sus ojos bovinos expresaron cómica desolación—, entones tú, Bruno, perdona que te lo diga, tú eres su encubridor... No; entonces tú no te has portado bien con nosotros, Bruno Salvador; has dejado que nos desplumen, sin advertirnos tan siquiera...»
«¿Saben ustedes...? —tercié yo, un poco por interrumpir la burla y aliviar al pobre payaso, pues a mí esas cosas me deprimen—. ¿A que ustedes no adivinan —dije— cuál ha sido el comentario de nuestro distinguido colega Martín al conocer las granujadas del tal Robert?» Y les conté que el pintoresco sujeto, con su pipa y sus barbas de mendigo, había exclamado: ¡Pobre hombre!, por todo comentario. «¿Pobre? —rió alguno—. ¡Precisamente!» Y una vez más despertó ira la idea de que, por si fuera poco el producto de su cargo, no hubiera vacilado aquel canalla en robar también a sus compañeros, redondeándose a costa nuestra. «¿Pobre hombre, ha dicho? Ese Martín está cada día más chiflado.» «Es un lelo; vive en el limbo —dije yo, y añadí—: Lo que resulta asombroso es la rapidez con que las noticias corren. Ahí metido siempre, revolcándose en su roña, con su negrada, el viejo estaba más enterado de lo que parecía. Yo creo que esas gentes lo saben todo acerca de nosotros; no son tan primitivos ni tan bobos como aparentan; nosotros representamos ante ellos una entretenida comedia; miles de ojos nos acechan desde la oscuridad. A lo mejor, los negros estaban muy al tanto de la trama desde el comienzo; y muertos de risa, viendo cómo Robert nos metía el dedo en la boca sin que se percatara nadie». «Bruno Salvador se había percatado —puntualizó, burlesco, Smith Matías—. ¡Pobre hombre! Sí que tiene gracia. En el momento mismo en que se hace humo con el dinero y con la buena moza. ¡Bandido! ¡Pobre hombre!», bisbiseó Matías con la boca chica y los ojos en blanco...
En estas y otras pamplinas se nos fue la mañana, para satisfacción de Mario, el cantinero, que sacaba de ello honra y provecho, diversión y ganancia; escuchaba, servía, y no se privaba de echar su cuarto a espadas cada vez que le daba el antojo de alternar. Varios se quedaron a comer allí mismo; alguno se fue para casa. Yo preferí hacerlo en el Country Club; siendo socio, se comprenderá que no había de almorzar en la cantina. La cuota del Country resulta desde luego un tanto subida para mi bolsillo, pues mi empleo no es de los que permiten granjearse demasiados ingresos extra; pero, con todo, el Club ofrece grandes ventajas, y vale bien la pena. Allí estaban, cuando llegué, los principales personajes de la farsa. El insoportable Ruiz Abarca tenía sentada cátedra y despotricaba, en un casi fastuoso alarde de grosería, poniendo a los pies de los caballo el nombre de la Damisela Encantadora o —como otras veces la llamaban algunos (y no puedo pensar sin desagrado que fui yo, ¡literato de mí!, quién lanzó el mote a la circulación)— la Ninfa Inconstante. Dicho sea entre paréntesis: el nombrarla nos había ocasionado dificultades siempre, desde el comienzo de la aventura, cuando llegó a la colonia y se la designaba como la señora de Robert o como la directora de Embarques, según los casos («¿Ha conocido usted ya a la señora de Robert?», o bien: «¿Qué te ha parecido la directora?»). Mas ¿cómo mentarla después? Azorante cuestión, si se considera cuánto había ido cambiando el tipo de las relaciones tejidas alrededor suyo a partir de las primeras murmuraciones, cuando empezó a susurrarse lo que muchos no creían: que se entendiera con el gobernador; si se piensa en lo cuestionable y diverso de su respetabilidad social según circunstancias, personas y momentos. El de doña —doña Rosa— había sido un título honorable que, sin embargo se prestaba algo a la reticencia y que, por eso, se mantuvo muy en curso como valor convenido. Pero aun éste se haría inservible cuando, a la postre, descubierto el pastel, cualquier ironía se tornaba en seguida contra nosotros mismos, como burladores burlados, y cuando, aun que mentira parezca —¡enigmas de la condición humana!—, comenzáramos a sentirnos desamparados 3 extraños por la ausencia de Rosa, como si esta ausencia nos pesara más que la burla sufrida. A partir de entonces, se haría costumbre aludirla por el solo pronombre personal ella, que, de modo tácito y por pura omisión realzaba la importancia adquirida por su persona en nuestra anodina existencia.
De momento, las invectivas del energúmeno, cuyo algo cargo, en lugar de moderarle el lenguaje, lo hacían aún más desenfrenado e indecente, seguían cayendo como lluvia de pesado cascote sobre la delicada cabeza de la mujer que, ausente, no podía rechazarlas ahora con e eficacísimo gesto de anoche; de modo que Abarca estaba en condiciones de disparar a mansalva, y lo hacía con tan furiosa y brutal saña, que era ya vergüenza el escucharlo. Dijérase que sólo él tenía agravio y motivos de resentimiento. En verdad, todos habíamos sido víctimas del mismo engaño, de todos se había reído.
En un aura de desconcierto, entre apreciaciones más o menos insensatas, prosiguió durante varias horas la conversación con alternativas de humor risueño y violento; hasta que en la radio, que se había mantenido susurrando canciones y rezongando anuncios en su rincón, la voz inconfundible de Toño Azucena inició el cotidiano informativo mundial y local. Alguien elevó el volumen a un grado estentóreo, y todos los diálogos quedaron suspendidos; nos agrupamos a escucharlo. Pero Toñito —ya lo he anticipado— no hizo en esta emisión la menor referencia al caso; ni mus; ni resolló siquiera. Se redujo de nuevo la radio a su música lejana entreverada de publicidad, y ahora la discusión fue sobre las causas de tal silencio. Se descontaba que el joven y brillante locutor no hacía nada de importancia sino bajo la inspiración directa de la Divina Providencia, esto es, por indicaciones expresas o tácitas del gobernador, quien tenía en Toño un perro fiel y protegido, quizá hijo ilegítimo suyo, según afirmaban, atando cabos, los muy avisados. Sea como quiera, nadie dudaba que este silencio respondiera a los altos y secretos designios del Omnipotente; y la cuestión era: ¿a qué sería debido? Como siempre ocurre, se aventuraron toda clase de hipótesis, desde las más simples y razonables (que se desearía, y era lógico, echar tierra al asunto impidiendo que cundiera el escándalo; no se olvidara que había sido el propio gobernador quien empezó el pastel), hasta suposiciones descabelladas y maliciosas por ' estilo de éstas: que, en el fondo, el viejo sátrapa se había quedado enamorado de la Damisela Encantadora; o en: que su excelencia sería cómplice de la estafa urdida por la siniestra pareja de aventureros, pues, si no, cómo podía explicarse?..., etc.
Por cierto que cuando Azucena, diligente siempre y gentil, se apeó de su autito azul-celeste e hizo su entrada en el círculo, la prudencia nos movió a mudar de conversación —muchos le despreciaban por chismoso—, y hubo una pausa antes de que yo le preguntara con aire indiferente qué había de nuevo. Pero el muy bandido conocía la general curiosidad, y le gustaba darse importancia; emitió dos o tres frases que querían ser sibilinas, alegó ignorancia para hacernos sospechar que sabía algo, y nos dejó convencidos —hablo por mí— de que estaba tan in albis como los demás, sólo que le habrían dado instrucciones de cerrar el pico, no decir ni pío, no mentar siquiera el asunto, de no bordar, siquiera por esta vez, los previsibles escollos en el cañamazo de su emisión noticiosa vespertina.

III

Después de eso, comenzaron a pasar días sin que se produjera novedad alguna. Pasaron dos, tres, una semana, y ¡nada! Pero ¿qué hubiera podido esperarse, tampoco? Es que la gente andaba ansiosa y desconcertada, como quien de pronto despierta. No en vano habíamos estado metidos de cabeza, todo un año, en aquella danza. Ahora, se acabó; un momento de confusión, y se acabó. Habían volado los pájaros. ¿Por dónde irían ya? ¿Qué harían después? ¿Desembarcarían en Lisboa, o seguirían hasta Southampton? De nada vale avizorar, volcados sobre el vacío. Desistimos pronto; debimos desistir, acogernos al pasado; y nos pusimos a rumiarlo hasta la náusea.
¡Qué difícil resulta a veces apurar la verdad de las cosas! Cree uno tenerla aferrada entre las manos, pero ¡qué va!: ya se le está riendo desde la otra esquina. Incluso yo, que —por suerte o por desgracia— me encuentro en condiciones de conocerlo mejor todo, y de juzgar con mayor ecuanimidad, yo mismo tengo que debatirme a ratos en una imprecisión caliginosa. El trópico es capaz de derretirle a uno los sesos. Repaso lo que personalmente he visto y me ha tocado vivir, y —pese a no haber perdido en ningún momento los estribos, cosa que quizá no puedan afirmar muchos otros— me encuentro lleno de dudas; no digamos, en cuanto al resto, a lo sabido de segunda mano... Y ¿qué es, en resumidas cuentas, lo que yo he visto y vivido personalmente? ¡Pobre de mí! La cosa no resultará muy lucida ni a propósito para procurarme satisfacción o traerme prestigio; pero ¡qué importa!, me decido a relatarlo aquí, aduciendo siquiera un testimonio directo que entreabra en cierto modo a la luz pública los misterios de aquella tan frecuentada alcoba.
Es el caso que, por fin, me llegó a mí también el turno, y tuve que entrar en la danza, y hacer mi pirueta. Me había llegado el turno, sí; a mí me tocaba. Da risa, y era cuestión de no creerlo; pero ella protocolarmente había iniciado el baile con la primera autoridad de la colonia, cuyas respetables barbas cedieron pronto el paso, sin embargo, al no tan ceremonioso y, a la vez, menos discreto jefe superior de Policía; siguió en seguida el secretario de Gobierno, y así había continuado, escalafón abajo, con un orden tan escrupuloso que, de una vez para otra, todo el mundo esperaba ya la peripecia inmediata, señalándose con el dedo al presunto favorito del siguiente día. Tanta era su minuciosidad en este punto, y tan exquisito su tino como si obrara asesorada por el jefe de Personal de la compañía. A los impacientes, sabía refrenarlos poniéndolos en su lugar, y a los tímidos o remisos, hacerles un oportuno signo que los animaba a dar el paso adelante. Resulta divertido el hecho de que en un momento dado se llegaran a cruzar apuestas a propósito de Torio Azucena, cuya posición oficial parecía más que dudosa, con ingresos y, sobre todo, con una influencia en las altas esferas que no correspondía a su puesto administrativo. De muchas majaderías y disparates que hubo, no voy a hacerme eco; lo importante es que había sonado por fin mi hora y tenía que cumplir. Me palmeaban la espalda, me gastaban bromas, me felicitaban, me jaleaban. En verdad, no era menester que me dieran un empujón. Yo sé bien cuándo debo hacer una cosa, y tampoco iba a echarme atrás para ser objeto de la chacota consiguiente. Se daba por descontado que yo, como tantos otros, solo en la colonia, me las arreglaría de vez en cuando —fácil recurso— con alguna de estas indígenas que me rodeaban por acá; y es lo cierto que les tenía echado el ojo a dos o tres negritas de los alrededores con intención de, cualquiera de estos días en que el maldito clima no me tuviera demasiado deprimido... Pero ahora no se trataba de esas criaturas apáticas que contemplan a uno con lenta, indiferente mirada de cabra, sino de una real hembra y, además, gran señora, perfumada, ojos chispeantes. En fin, yo había visto acercárseme el turno con inquietud, con deseo, y ¿qué mejor oportunidad, y qué justificación hubiera tenido el no aprovecharla?
Estaba, pues, decidido, no hay que decirlo; y —lo que era muy natural— algo intranquilo, meditando mi plan de campaña, cuando ella misma vino a obviar los trámites al saludarme con amabilidad inusitada en ocasión de la Tómbola a beneficio de los Niños Indígenas Tuberculosos. Charlamos; se me quejó del aburrimiento a que se veía condenada en esta colonia horrible, de la insociabilidad de la gente («unos hurones, eso es lo que son ustedes todos»), y me invitó, en fin, a pasar por su casa «cualquier tarde; mañana mismo, si quiere», para tomar con ella una taza de té y ofrecerle en cambio un rato de conversación. «Bueno, le espero mañana, a las cinco», precisó al separarnos. Era, pues, cosa hecha; Smith Matías, con su risita y sus ojos miopes, me observaba desde lejos, y Bruno Salvador palmeó en mi hombro, impertinente, sus más cordiales felicitaciones. Era cosa hecha, y no voy a negar que me entró una rara fatiga en la boca del estómago, al mismo tiempo que un fuego alentador por todo el cuerpo. Aquella noche dormí mal; pero a la mañana siguiente amanecí muy dispuesto a no dejarme dominar por los nervios; en estos trances nada hay peor que los nervios; si uno se preocupa, está perdido.
Procuré durante el día mantener alejado cualquier pensamiento perturbador, y cuando, a las cinco en punto, llamé por fin a su puerta, salió ella a recibirme con la naturalidad más acogedora; para ella, todo parecía fácil. Le tendí la mano, y me tomó ambas, participándome que mi llegada era oportuna en grado sumo; pues la encontraba un día de, «no spleen, pobre de mí —regateó—, soy demasiado vulgar para eso», pero en un día negro, y ya no aguantaba más la soledad: hubiera querido ponerse a dar gritos. En lugar de ello, siguió charlando en forma bastante amena y voluble; y mientras lo hacía, me estudiaba a hurtadillas. Paso aquí por persona leída; era una coquetería confesárseme vulgar, a la vez que confiaba a spleen, la infeliz, el cuidado de desmentirla. Sonreí, me mostré atento a sus palabras. Y al mismo tiempo que preparaba mi respuesta, medía para mis adentros la tarea de desabrochar aquel vestido de colegiala, cerrado hasta el cuello con una interminable hilera de botones, que había tenido la ocurrencia de ponerse para recibirme. Sentado junto a ella, envuelto en su perfume, en sus miradas, me invadía ya esa sequedad de garganta y esa dejadez, ese temblor de las manos, esa emoción, en fin, cuyo exceso es precisamente, creo, causa principal de mis fracasos. Diríase que ella me leía el pensamiento, pues, un poco turbada, se llevó la mano a la garganta y sus dedos finísimos empezaron a juguetear con uno de los botones; quizás mi manera de mirar resultaba impertinente, y la azoraba. Yo ahora no sabía ya dónde poner la vista. Me sentí desanimado de repente, y casi deseoso de dar término, sea como fuere, a la aventura. Pero ella, al notar mi embarazo (hoy veo claras sus tácticas), apresuró el asunto abriendo demasiado pronto y de golpe el capítulo de las confidencias con una queja del mejor estilo retórico, pero a la que hubiera sido imposible calificar de discreta, por el abandono en que su marido la tenía, seguida de la pregunta: «¿Es que yo merezco esto?», cuya respuesta negativa era obvia. ¡Pues no otra resultaba ser, sin embargo, la triste realidad de su vida! Aquel hombre, no contento con el más desconsiderado alarde de egoísmo, por si fuera poco el tenerla tan olvidada y omisa, el obligarla a pasarse la existencia sola en este horrible agujero de la selva, todavía la privaba con avaricia inaudita (duro era tener que descender a tales detalles); la privaba, sí, hasta de esas pequeñas satisfacciones de la vanidad, el gusto o el capricho que toda mujer aprecia y que, en su caso, no serían sino mezquina compensación a su sacrificio.
Así, de uno en otro, depositó sobre mí tan pesado fardo de conyugales agravios, que pronto no supe qué hacer con ellos, sino asentir enfáticamente a sus juicios y poner cara de circunstancia. Arrebatada en su lastimero despecho, apoyó sobre mi rodilla una de sus lindas manos, a la vez que me disparaba nueva serie de preguntas (retóricas también, pues ¿qué respuesta hubiera podido darle yo?) acerca de lo injusto de su suerte; de modo que me creí en el caso de cogerle esa misma mano y encerrarla como un pájaro asustado entre las mías cuando, con toda vehemencia —y, en el fondo, no sin convicción— concedí lo bien fundado de sus alegatos.
Digámoslo de una vez, crudamente: sus tácticas triunfaron en toda la línea. Concertamos solemne pacto de amistad y alianza, cuya sanción, sin embargo, quedó aplazada para el siguiente día a la misma hora, en que debía cobrar plena efectividad al llevarle yo, como le llevé, una gran parte de mis ahorros. Por lo demás —también debo confesarlo—, ese dinero lo gasté en vano. Pero mía fue la culpa, que me obstino, a prueba de desengaños, en lo imposible, siempre de nuevo. Y es que ¡sería tan feliz yo si, una vez siquiera, sólo una, pudiera demostrarme a mí mismo que en esto no hay nada de definitivo ni de irreparable; que no es, como estoy seguro, sino una especia de inhibición nerviosa cuyas causas tampoco se me ocultan! Pero ¡pasemos adelante! La cosa no tiene remedio. Gasté en vano mi dinero, y eso es todo. De cualquier modo debo reconocer, aún hoy, que esta mujer, a la que tanto vilipendian, se portó conmigo de la manera más gentil, lo mismo durante aquella primera tarde que en la penosa entrevista del siguiente día, cuando el lujo de nuestras precauciones y la cuantía del obsequio que le entregué encerrado en discreta billetera de gamuza, sirvieron tan sólo para ponerme en ridículo y dejar al descubierto la vanidad de mis pretensiones galantes. Ni una palabra de impaciencia, ni una alusión burlesca, ni siquiera esas miradas reticentes que yo, escarmentado, me temía. Al contrario, recibió mis disculpas con talante tan comprensivo y le quitó importancia a la cosa en manera tan benévola y hasta diría tierna, que yo, conmovido, agitado, desvariando casi, le tomé los dedos de la mano con que me acariciaba, distraída, las sienes, y se los besé, húmedos como los tenía del sudor de mi frente. Más aún: viendo la asustada extrañeza de sus ojos al descubrir en los míos lágrimas, le abrí mi corazón y le revelé el motivo de mi gratitud; ella —le dije— acariciaba suavemente las sienes, donde otra, con ínfulas de gran dama, había implantado un par de hermosos cuernos tras de mucho aguijarme, zarandearme y torturarme a cuenta de mi desgracia, debilidad nerviosa, o lo que fuera. Esa expresión usé: «un par de hermosos cuernos»; y sólo después de haberla soltado me di cuenta de que también ella, según entonces creíamos, estaba engañando a su marido. Pero yo tenía perdido el control. Le conté todas mis tristes, mis grotescas peripecias conyugales, me desahogué. Nunca antes me había confiado a nadie, ni creo volver a hacerlo en el futuro. Aquello fue una confesión en toda regla, una confesión general, desde el noviazgo y boda (aún me da rabia recordar las bromas socarronas de mis comprovincianos sobre el braguetazo —sí, «braguetazo», ¡qué ironía!—) hasta que, corrido y rechiflado, me acogí por fin al exilio de este empleo que, para mayor ignominia, me consiguiera el fantasmón de mi suegro. Esta buena mujer, Rosa, me escuchó atenta y compadecida; procuró calmarme y —rasgo de gran delicadeza— me confió a su vez otra tanda de sus propias cuitas domésticas que, ahora lo comprendo, eran pura invención destinada a distraerme y darme consuelo. Y, sin embargo pienso—, ¿no habría algo de verdad, desfigurada si se quiere, en todo aquello? Pues el caso es que en esos momentos, cuando ya ella no esperaba nada de mí ni yo de ella, depuestas toda clase de astucias de parte y parte, conversamos largo rato con sosegada aunque amarga amistad, y su acento era, o parecía, sincero; estaba desarmada, estaba confiada y un tanto deprimida, tristona. Nos separamos con los mejores sentimientos recíprocos, y creo que, en lo sucesivo, fue siempre un placer para ambos cambiar un saludo o algunas palabritas.
Voy a referir aquí, abreviadas, las que Rosa me dijo entonces, pues ello importa más a nuestra historia que mis propias calamidades personales. En resumen —suprimo los ratimagos sentimentales y digresiones de todo género—, me describió a su marido —entiéndase: Robert— como un sujeto de sangre fría, para quien sólo el dinero existía en el mundo. Áspero como las rocas, taciturno, y siempre a lo suyo, vivir a su lado resultaba harto penoso para una mujer sensible. ¿Podría yo creer que esa especie de hurón jamás, jamás tuviera para ella una frase amable, una de esas frasecitas que no son nada, pero que tanto agradan a veces? Se sentaban a la mesa, y eran comidas silenciosas; inútil esforzarse por quebrar su actitud taciturna, aquel adusto y malhumorado laconismo, que tampoco acertaba ella a explicarse, pues, señor, ¿no estaba consiguiendo cuanto se proponía, y no marchaban todos sus planes a las mil maravillas? Por otro lado —éste era el otro lado de la cuestión, desde luego—, por otro lado, para más complicar las cosas, ahí estaba el pesado Ruiz Abarca, el inspector general, acosándola de un modo insensato... Como quien se dirige a un viejo amigo y consejero, me confió Rosa sus problemas. Verdad o mentira (las mujeres tienen siempre una reserva de lágrimas para abonar sus afirmaciones), me informó de que Abarca, con quien había incurrido en condescendencias de que ahora casi se arrepentía, estaba empeñado nada menos que en hacerle abandonar a Robert para huir con él a cualquier rincón del mundo, no le importaba dónde, a donde ella quisiera, y ser allí felices. «Por lo visto —explicó Rosa—, se le ha entrado en el cuerpo una pasión loca, o capricho, o lo que sea; el demonio del hombre es un torbellino, y si yo dijera media palabra se lanzaba conmigo a semejante aventura, que a saber cómo terminaría». Eso me contó, entre halagada y temerosa. Si supiera, la pobre, que este adorador y rendido suspirante la pone ahora como un guiñapo y no encuentra insultos lo bastante soeces para ensuciar su nombre... Pero a las mujeres les gusta creérselo cuando alguien se declara dispuesto a colocar el mundo a sus plantas; ella se lo había creído de Abarca. «Hacerle caso, ¿no sería estar tan loca como él?», se preguntaba, y quizá me preguntaba, con acento de perplejidad... Y lo cierto es que no daba la impresión de mentir. Ya el día antes, en ocasión de mi primera visita y, por supuesto, con un tono muy diferente, me había ofrecido pruebas del entusiasmo generoso del inspector general luciendo ante mis ojos el solitario brillante de una sortija, regalo suyo. «Imprudencia que me compromete», había comentado. Gracias a que el otro (es decir: Robert) prestaba tan escasa atención a sus cosas, que ni siquiera repararía, segura estaba, si se lo viese puesto. «Sé que hago mal —reconoció— aceptando galanteos y regalos, pero soy mujer, y necesito de tales homenajes; peor para el otro si me tiene abandonada», sonrió con un mohín que quería ser delicioso, pero que a mí, francamente, me pareció forzado y ¡sí! un poco repulsivo. En seguida había puntualizado, con la intención manifiesta de instruirme: «De todas maneras, es una imprudencia regalarle joyas a una mujer casada; yo misma sabré, llegado el caso, lo que hago con el dinero, y cómo puedo gastarlo discretamente». Por supuesto que tomé buena nota y procedí en consecuencia; pero cuando al otro día volvió a hablarme de Abarca y de sus requerimientos insensatos, ya lo mío estaba liquidado, ya no tenía ninguna admonición que hacerme y, en cambio, conducida por el espectáculo de mi propia miseria a un ánimo confidencial, se abandonó a divagaciones sobre cómo son los hombres, y conflictos que crean, sobre lo peliagudo que es decidirse a veces, en ciertas situaciones. «Se presentan ellos muy razonables, con su gran superioridad y todo parece de lo más sencillo; pero luego muestran lo que en el fondo son: son como niños, criaturas indefensas, caprichosas, tercas, irritantes, incomprensibles. Y la responsabilidad entera recae entonces sobre una. ¿Por qué no la dejan a una tranquila? ¡Qué necesidad, Señor, de complicarlo todo!» Recostada, algo ausente, hablaba como consigo misma, sin mirarme, sin dirigirse a mí; y yo, a su lado, observaba el parpadeo de su ojo izquierdo, un poquito cansado, con sus largas pestañas brillantes. Si su propósito había sido distraerme de mi congoja, lo consiguió. Un rasgo hermoso, un proceder digno, humano, que le agradeceré siempre, aun cuando hoy sepa cuánto puede haber contribuido a esa conducta la falta de interés en mi humilde personal.
Gasté, pues, mi dinero —el dinero que tenía reservado para comprar ese automóvil que tanto necesito (soy uno de los poquísimos socios del Country Club que todavía no lo tienen)—, me lo gasté en vano y, a pesar de todo, no me duele. Cuando menos, compré el derecho a figurar en la lista y en el banquete de despedida, y a pasar inadvertido, como uno de tantos, lo que no es poca cosa.
Al fin y al cabo, me parece ser el único en la colonia que puede pensar en Rosa sin despecho, y recordarla con simpatía.

IV

Sólo quien conozca o pueda imaginarse la vacuidad de nuestra vida aquí, los efectos de la atmósfera pesada, caliginosa y consuntiva del trópico sobre sujetos que ya, cada cual con su historia a cuestas, habíamos llegado al África un tanto desequilibrados, comprenderá el marasmo en que nos hundió la desaparición del objeto que por un año entero había prestado interés a nuestra existencia. Durante ese tiempo, nuestro interés había ido creciendo hasta un punto de excitación que culminaría con el banquete célebre. Pero vino el banquete, estalló la bomba, y luego, nada; al otro día, nada, silencio. Muchos no pudieron soportarlo, y comenzaron a maquinar sandeces. Es cierto que, al esfumarse, la dichosa pareja nos dejaba agitados por demás, desconcertados, descentrados, desnivelados, defraudados, desfalcados. Y así, tras haber derrochado su dinero, muchos se pusieron a derrochar ahora caudal de invectivas, y a devanarse los sesos sobre el paradero de los fugitivos. Pero discutir conjeturas no da para mucho, y los insultos, cuanto más contundentes, antes pierden su efecto si caen en el vacío. Así, al hacerse ya tedioso el tema de puro repetido, Abarca cerró un día el debate a su modo, y le puso grosera rúbrica repitiendo aquel gesto memorable con que ella había rechazado la noche del banquete su insolencia de borracho. «¡Bueno, para ella! —exclamó, furiosamente erguida la diestra mano—. Y ahora señores, a otra cosa». Fue como una consigna. Salvo alguna de otra recurrente alusión, cesó en nuestro grupo de mencionarse el asunto.
Mas, no hay duda: a la manera de esos enfermos que sólo abandonan una obsesión para desplegar otro síntoma sin ninguna relación aparente, pero que en el fondo representa su exacta equivalencia, los muchos disparates que por todas partes brotaron, como hongos tras la lluvia, eran secuela suya, y testimonio de la turbación en que había quedado la colonia.
También correspondió al inefable Ruiz Abarca la iniciativa en la más famosa de cuantas farsas y pantomimas se desplegaron por entonces. Abarca es, en verdad, un tipo extraordinario: lo reconozco, aunque yo no pueda tragarlo; a mí, los bárbaros me revientan. Siempre tiene él que estar en actividad, de un modo u otro, y nunca para desempeñar un papel demasiado airoso. Esta vez la cosa era hasta repugnante. Existe por acá la creencia, cuyo posible fundamento ignoro, de que para ciertas festividades que, poco más o menos, coinciden con nuestras Navidades, acostumbran los indígenas sacrificar y asar un mono, consumiéndolo con solemne fruición. Los sabedores afirman, muy importantes, que eso es un vestigio de antropofagia, y que estos pobres negros devoraban carne humana antes de fundarse la colonia; actualmente se reducían, por temor, a esos supuestos banquetes rituales que, a decir verdad, nadie había presenciado, pero de los que volvía a hablarse cada año hacia las mismas fechas, con aportación a veces de testimonios indirectos o de indicios tales como haberse encontrado huesos mondos y chupados, «parecidos a los de niño, que no pueden confundirse ni con los de un conejo ni con los del lechón». También pertenecía a la leyenda el aserto siguiente: que un solo blanco, Martín, conocía de veras los repugnantes festines y participaba en ellos. Se contaba que en cierta oportunidad, sin prevenirlo, le habían dado a probar del insólito asado, y como hallara sabrosa la carne, le aclararon su procedencia; él, sin dejar de balancearse en la hamaca, había seguido mordisqueando con aire reflexivo la presa, y de este modo ingresó, casi de rondón, en la cofradía. Al infeliz Martín le colgaban siempre todas las extravagancias; era su sino... Pues bien, este año salió a relucir, como todos, la consabida patraña, y a propósito de ella se repitieron los cuentos habituales; unos, dramáticos: la desaparición de una criatura de cinco años que cierto marinero tuvo la imprudencia de traerse consigo; y otros, divertidos: el obsequio que al primer gobernador de la colonia, hace ya muchísimos años, le ofreció el reyezuelo negro, presentándole ingenuamente un mono al horno, cruzados los brazos sobre el pecho como niño en sarcófago. Volvieron a oírse las opiniones sesudas: que toda esta alharaca no era sino prejuicios, pues bien comemos sin extrañeza de nadie animales mucho más inmundos, ranas, caracoles, los propios cerdos, etc.; se discutió, se celebraron las salidas ingeniosas de siempre, se rieron los mismos chistes necios. Y fue en el curso de una de tales conversaciones cuando surgió la famosa apuesta entre el inspector Abarca y el secretario de Gobierno sobre si aquél sería capaz o no de comer carne de mono.
Abarca, más bebido de lo justo, según costumbre, se obstina en sostener que no hay motivo para hacerle ascos al mono cuando se come cerdo y gallina, animales nutridos de las peores basuras; cuando hay quienes se pirran por comer tortugas, calamares, anguilas, y quienes sostienen muy serios que no existe carne tan delicada como la de rata. ¿Por qué aceptar cabrito u oveja, y rechazar al perro? Los indios cebaban perros igual que nosotros cebamos lechones... Y al argumentarle uno con el parentesco más estrecho entre el hombre y el simio, él, con los ojos saltones de rabia cómica, arguyó: «Ahí, ahí le duele. Lo que pasa es que a todos nos gustaría probar la carne humana, y no nos atrevemos. Por eso tantas historias y tanta pamplina con la cuestión de los macacos.» «Usted, entonces —le preguntó el secretario de Gobierno—, ¿sería capaz de meterle el diente a un macaco?» «¿Por qué no? Si, señor.» «¡Qué va!» «Le digo que sí, señor.» «Eso habría que verlo.» «¿Qué se apuesta?»
Resultó claro que Ruiz Abarca, no obstante su estado, se las había arreglado para, con mucha maña, llevar de la nariz al secretario de Gobierno a cruzar con él una apuesta absurdamente alta; tanto que, luego, en frío, al darse cuenta del disparate (pues, ¿cuándo iba a cobrarle a Abarca, si ganaba?; y si perdía...), quiso el hombre volverse atrás. Pero ya era demasiado tarde. Al otro día, tanteó: «Bueno, amigo Abarca, no piense que le voy a tomar la palabra con lo de anoche; quédese en broma», con el único resultado de reforzar todavía la apuesta y establecer la fecha y demás condiciones, para regocijo del ilustre senado, cuya expectación había aprovechado el inspector a fin de picar y forzar a su contrincante. Abarca es, desde luego, un tipo brutal, pero no tiene pelo de tonto; y esta maniobra le salió de mano maestra. Por lo pronto, sugirió un plazo prudencialmente largo de modo que tuviera tiempo de crecer y cuajar la curiosidad de la colonia entera ante la perspectiva del acto sacramental en que el señor inspector general de Administración se engullera, en la cantina de Mario y en presencia de todos nosotros, medio mono asado, pues en esto consistía la condición: había de cenarse medio monito, excluida, eso sí, la cabeza; lo cual, entiéndase, no supone cantidad excesiva de carne; estos macacos de por acá son chiquitines y muy peludos; una vez desollados, abultarán quizá menos que una liebre. Mientras corría el plazo, la cantina se convirtió casi en el centro de la moda, y el cantinero, que durante este tiempo hizo su agosto, en una especie de héroe vicario, de quien se solicitaban detalles buscándole la cara. «Oye, Mario, ¿cómo van los preparativos? No le servirás al señor inspector un vejestorio de huesos duros...» O bien: «Pero, dime, en el mercado no se venden monos. ¿Cómo te va a conseguir la carne?» «Él se subirá a los árboles para cazarlo, ¿verdad, Mario?» «Quién sabe si no se pone de moda ese plato.» «Y tú, como buen cocinero, tendrás que probar el guiso...» A él, halagado, personajísimo, se le perdían de gusto los ojos menuditos con reticente sorna.
La cantina comenzó a funcionar pronto a manera de bolsa donde se concretaban las apuestas; hasta llegó a publicarse allí, sobre una pizarra ad hoc, la cotización del día. El apostar es (lo ha sido siempre) una de las pasiones y mayores entretenimientos de esta colonia; y, alrededor de la apuesta inicial entre Abarca y su ilustre antagonista, se tejió en seguida una red cada vez más tupida de otras apuestas secundarias a favor de uno y otro; se formaron partidos, claro está, y tampoco faltaron discusiones, broncas, bofetadas. Aquélla había pasado a ser ahora la gran cuestión pública, el magno debate, y hasta parecía olvidado por completo el asunto de los esposos Robert. No es de extrañar, pues, que Mario, el Cantinero, individuo vivo si los hay, oliéndose el negocio, organizara en su propio beneficio el control de las apuestas y se hiciera banquero de aquella especie de timba por cuya momentánea atracción quedaron desiertas incluso las habituales mesas del Country Club. De dónde sacó dinero efectivo para hacer frente a las diferencias de cotización, o cómo salió adelante, es cosa que nadie sabe; había oscilaciones temerosas, verdaderos vuelcos, provocados en gran parte —hay que decirlo—, o acicateados por la intervención de Toñito Azucena desde la radio. Manejado el tema en el tono semihumorístico y pintoresco de su amena «Charla social del mediodía», actuaba sobre la impresionante atmósfera de la colonia, e inclinaba las preferencias públicas ya en un sentido, ya en otro. Era aquél, desde luego, un modo escandaloso de influir sobre las apuestas, y había quien afirmaba no comprender cómo se consentían maniobras tales. Otros contaban maliciosamente que el secretario de Gobierno habla sugerido al gobernador la conveniencia de poner fin, de una vez por todas, al asunto, prohibiendo las apuestas que él mismo —era cierto, lo reconocía, no le dolían prendas— habla tenido la imprudencia de contribuir a desencadenar. Y llegaba a referirse, como si alguien hubiera podido presenciar la escena, que su excelencia sonrió tras de su barba y dijo: «Veremos», sin adoptar providencia alguna.
Así corrieron los días y llegó por fin el fijado para ventilar la apuesta. El rumor de que Abarca abandonaba el campo y se rajaba, sensación primera de aquella agitadísima jornada, no tuvo origen, sin embargo, en la emisión de Torio, ni llegó a oídos de la gente a través del éter. Parece más bien que la locuacidad de alguna sirvienta dejó trascender el dato de que nuestro hombre había comenzado a sentirse indispuesto la noche antes, con dolores de estómago y ansias de vomitar. Sonsacado el ordenanza de su despacho oficial, confirmó hacia el mediodía que, en efecto, el señor inspector general se había entrado al retrete no menos de tres veces en el curso de la mañana, y que presentaba mal semblante, más aún: que había pedido una taza de té. Fácil es imaginarse la ola de pánico suscitada por la difusión de estas noticias, y cómo se fueron por los suelos sus acciones. Ya desde primera hora de la tarde se ofrecían a cualquier precio los boletos a favor suyo, y al cerrarse las apuestas aquello resultó una verdadera catástrofe, presidida y apenas contenida por la flema de Mario, cuyos blancos y gordos brazos desnudos, se movían sin cesar tras de la caja registradora sin que se mostrara en su persona otro signo de emoción que cierta palidez de las mejillas bajo los rosetones encarnados. Atareado, taciturno e indiferente, hacía los preparativos para el acto de la cena, sin que Abarca hubiera dado en toda la tarde señales de existencia.
Ya sólo faltaba media hora, y los dependientes de la cantina, medio atontados, no daban abasto despachándoles bebidas a los curiosos que entraban para echar una miradita a la mesa, aparejada en un rincón de gran sala-comedor con su buen juego de cubiertos y un florero donde —¿alusión pícara del cantinero?— lucía una solitaria rosa escarlata sobre la blancura del mantel. Estaba dispuesto que al acto mismo de la cena sólo pudieran asistir los testigos de la apuesta, senado que integrábamos los socios del Country en representación de la colonia entera, interesada en el lance. Una espesa multitud, apiñada en la plaza, frente a las puertas de la cantina, señaló con un repentino silencio, seguido de rumores, la llegada de Abarca, que, muy orondo y diligente, conducía su automóvil despacito por entre el gentío, sin muestra alguna de dolencia ni de vacilación. ¡A cuántos que, todavía la víspera, anhelaban su triunfo no se les vino ahora el alma a los pies viendo el aire fanfarrón con que acudía al campo del honor, y maldecían el haberse dejado arrastrar del pánico!
El secretario de Gobierno tomaba unas copas, a la espera de su contrincante; y al verle entrar se levantó, un podo demudado, para acudir a saludarlo caballerescamente. Los demás, nos agrupamos todos alrededor de ambos. Abarca sonreía con aire satisfecho, como quien quiere dar la sensación de perfecto aplomo. «¿Qué hay, Mario? ¿Cómo va ese asado?», le gritó al cantinero con su voz estentórea. Y éste, confianzudo: «Se va a chupar los dedos», le prometió desde dentro.
Es una tontería, y parecerá increíble, pero había emoción pura, por el juego mismo, independiente de las consecuencias crematísticas que su resultado tendría para cada cual. Sentóse Abarca a la mesa, apartó el florero, se sirvió un vaso de whisky, y de un trago lo hizo desaparecer. Desde luego, se veía ya que iba a ganar la apuesta; la sonrisa forzada del secretario de Gobierno lo estaba proclamando sin lugar a dudas.
«¿Le traigo algunos entremeses para hacer boca?», preguntó Mario acercándose a la mesa de Abarca. El cantinero se había aseado; ostentaba impecable chaqueta blanca. «No, no —le ordenó el inspector general—. Tengo mucho apetito. Entremos por el plato fuerte; venga el asado». Se hizo un silencio tal, que hubiera podido oírse el vuelo de una mosca. Y Mario, que había hecho mutis tras una reverencia, reapareció en seguida portando con gran pompa e importante contoneo una batea, que presentó primero a la concurrencia y luego puso bajo las narices de Abarca. Descansando entre zanahorias, papas bien doradas y cebollitas, yacía ahí el macaco asado. «Miren cómo se ríe con sus dientecillos —comentó Abarca—. ¡Hola, amiguito! ¿Estás contento? Pues ahora venís tú cómo papá no te hace ascos». Y esgrimió, ante la general expectación, tenedor y cuchillo. Pero en el mismo instante Mario sustrajo la batea. «Déjeme que yo se lo trinche», decidió perentorio, autorizado, inapelable; y se la llevó a la cocina para volver al poco rato con un plato servido, en el que varias presas de carne se amontonaban con zanahorias, cebollas y papas.
Nadie supo cómo protestar, aunque en muchas miradas se leía el descontento. Y luego, más tarde, en los días subsiguientes, tampoco lograron ponerse de acuerdo las opiniones sobre si había mediado fraude o no. La razón más poderosa que se aducía para suponer que no hubo escamoteo y que la carne consumida por el inspector fue, en verdad, la del mono, era ésta: que, siendo Abarca dueño de sus actos, bien hubiera podido embolsar de cualquier manera bastante dinero, si acaso no quería comerse el mono, por el sencillo procedimiento de apostar secretamente contra sí mismo, y darse por vencido a última hora, y perder la apuesta, pero ganar con la especulación a favor de su contrincante. Caímos —demasiado tarde— en la cuenta de que aquel bruto, a tuertas o derechas, nos había metido el dedo en la boca, y se había metido él en los bolsillos, a mansalva, una cantidad sobre cuyo monto se hacían diversos cálculos, pero que, de cualquier modo, debía de ser muy considerable. Se daba por cierto que en la dolosa maniobra había tenido por cómplice a Toñito Azucena y, según costumbre, no faltaba quien hiciera insinuaciones acerca del propio gobernador.
Aunque no hace a la historia, quiero referir el final —disparatado y sorpresivo— de aquella sensacional jornada. A pesar de todas las consignas, el gentío de afuera consiguió forzar la puerta e irrumpir en la cantina, cuando a alguien, no sé bien, se le había ocurrido la argucia y estaba proponiendo —tal vez como recurso de habeas corpus para requerir de nuevo la presencia del asado ante el tribunal de la apuesta— que la mitad restante del mono se le llevara en obsequio a Martín, de quien era fama apreciaba mucho el estrambótico manjar; y la propuesta, aclamada por la plebe, fue consentida por el senado. Mario, tras un instante de vacilación, se retiró, presuroso, a la cocina y no tardó mucho en volver a salir con una fuente donde se ostentaban algunos miembros y la cabeza del zarandeado animal. Fue el payaso de Bruno Salvador, que, por supuesto, estuvo maniobrando hasta alcanzar la primera fila, quien se apoderó entonces de la fuente y encabezó la turbulenta procesión hacia la vivienda del viejo Martín, allá en el límite del negrerío. Nadie se esperaba lo que ahí íbamos a encontrarnos. El pobre Martín estaba tendido entre cuatro velas, muy respetable con su barba blanca, cruzadas las manos sobre el vientre, en el piso de la cocina. Había muerto aquella sieta, y un enjambre de muchachos admiraba por las ventanas el imponente cadáver. De los restos del asado, no sé qué se hizo en medio de la batahola.

V

Igual que algunas otras insensateces de aquellos días, el episodio de la puesta —ya lo señalé— podía interpretarse como desahogo colectivo y válvula de escape al quedar clausurado, taponado, diríamos, y sin perspectivas de nuevo desarrollo el asunto el pseudomatrimonio Robert, que por tantos meses había sido obsesión de la colonia. Pronto pudo comprobarse, sin embargo, que la relación entre una cosa y otra no era de especie tan sutil, sino bastante más directa. Cuando Ruiz Abarca solicitó y obtuvo licencia para viajar a Europa, y tomó el avión sin apenas despedirse de nadie, ya todo el mundo sabía que marchaba en pos de Rosa, la apócrifa señora del director de Embarques. Y que para eso, precisamente, para irse a buscarla, había urdido, con entera premeditación, la trama que lo proveería de fondos y que, en efecto, debió de proporcionarle un dineral: pues lo necesitaba; no podía privarse de aquella mujer. Por consiguiente, el viaje de Abarca volvió a poner sobre el tapete la cuestión que —demasiado pronto— habíamos dado por conclusa.
No mucho después de ventilarse la famosa apuesta, compareció Smith Matías una mañana en la cantina, donde estábamos unos cuantos refrescándonos con jugos de piña, y derramó sobre nuestras cabezas la noticia del permiso recién obtenido por el inspector general, quien, además y por si fuera parva la suma cosechada a costa de la estupidez humana —completó el faraute— acababa de malvenderle su automóvil al comisario de la Vivienda Popular, a la vez que —para colmo— levantaba en Contaduría un anticipo de seis mensualidades sobre sus emolumentos. Smith Matías se mostraba escandalizado: jamás antes habían sido autorizados préstamos semejantes, y menos a un tipo —dijo— que se ausentaba de la colonia, probablemente con ánimo de no volver más. «Eso, no; volver, vuelve», supuso, guiñando el ojo, Bruno Salvador. «Son muy sabrosos los gajes de la Inspección», corroboró otro. Y yo, por decir algo, aventuré: «Pues ¡quién sabe!» «No vuelve —aseguró entonces, rotundo, Smith (este diálogo, lo recuerdo muy bien, era mi primera noticia del nuevo curso de los acontecimientos o, mejor, de la nueva faz que mostraba el asunto)—. No vuelve —repitió, reflexivo—, a menos que...» «Que ¿qué? No se haga el enigmático, hombre», le exhorté yo con alguna impaciencia, pues es lo cierto que había conseguido tenernos pendientes de sus labios. Él sonrió: que no sabía nada de fijo. Y acto seguido, mediante innecesarias perífrasis, lanzó a la circulación la especie de que Abarca iba decidido a encontrar a Rosa aun debajo de la tierra, y a apropiársela a cualquier precio, así tuviera que acuñar moneda falsa para conseguirlo. Por lo visto, después que ella desapareció haciéndole un corte de mangas, se le había metido eso al hombre entre ceja y ceja; cuestión de amor propio, sin duda, pues la escena del banquete lo tenía humillado, y no podía digerirla. Para desquite, se proponía traer ahora a la Damisela Encantadora, y exhibirla ante nosotros, atada con cadenas de oro a su carro triunfal.
Mientras así adornaba, interpretaba y desplegaba Smith Matías la noticia de que era dueño, Bruno Salvador había compuesto en su rostro la expresión socarrona propia de quien sonríe por estar mejor enterado, hasta que, habiéndolo notado el otro, le interpeló con aspereza:
«¿Acaso no era cierto?»; y Bruno, que no aguardaba más, emitió entonces una estupenda versión personal de los hechos, versión que —seguro estoy, pues le conozco el genio— acababa de ocurrírsele en aquel momento mismo. «Cierto es —sentenció— que va en busca de la pendeja; pero no por cuenta propia»; se quedó callado: punto. «¿No por cuenta propia?»; repitió, todavía agresivo, aunque algo perplejo, Smith Matías. Todos habíamos percibido de inmediato a dónde apuntaba la insinuación; y quizá lo que más mortificaba a Matías es no haber pensado antes él en hipótesis tan bonita. «Pues ¿por cuenta de quién, si no? Dilo.» Bruno se demoró en contestar. Dominaba por instinto el arte histriónico de las pausas, suspenso y demás trucos y zarandajas. Luego, el muy mamarracho, no sé cómo se las compuso para fraguar con los pellejos de su cara un gesto que reproducía la expresión, que retrataba inconfundiblemente a nuestra primera autoridad. Esa fue su respuesta. Rompimos a reír todos —incluso Smith Matías tuvo que reírse de mala gana—, mientras él, solemne, rígido, continuaba imitando con los dedos abiertos la barba en abanico de su excelencia. Bruno Salvador es un verdadero payaso; y su hipótesis, por supuesto, descabellada. Yo exclamé: «Qué disparate!», y Smith Matías me agradeció en su fuero interno no haber dado crédito a la versión de su compinche. Pero éste, que se había entusiasmado con su propia ocurrencia, empezó a defenderla por todos los medios, desde el argumento de autoridad («Lo sé de buena tinta; si yo pudiera hablar...») hasta razones de verosimilitud montadas sobre la supuesta salacidad del viejo farsante, «que, con toda su prosopopeya, es el tío un buen garañón...» «Un buen bujarrón es lo que es», reventó de improvisto a espaldas nuestras la voz destemplada del cantinero, quien, acodado en su mostrador, había estado escuchando sin decir palabra. Ahora, de repente, va y suelta eso, y se mete para dentro de muy mal talante, dejándonos pasmados. ¡Cualquiera sabe lo que puede cocerse en un meollo así!
Y de este modo fue como yo supe que Abarca levantaba el vuelo en pos de nuestra ninfa. La noticia me sacudió hondo. Se me vino a la memoria en seguida algo que, en forma vaga, envuelta y sibilina, me había dicho el finado Martín poco antes de su repentina muerte, y a lo que yo entonces no presté mucha atención (era el momento sobresaliente de la apuesta), pero que ahora, al unirse con todo lo demás, se coloreaba y adquiría relieve. Era, repito, en los días culminantes de la apuesta, y todos los ojos estaban fijos en Abarca. Cierta noche, en que el calor no me dejaba pegar los míos, tras mucho revolverme en la cama vacilando entre el sofoco del mosquitero y la trompetilla irritante de los mosquitos, decidí por fin huir, echarme a la calle y encaminarme al puerto en busca de alguna brisa que calmara mis nervios. Por inercia, emprendí, sin embargo, la ruta acostumbrada, y en seguida (¡qué fastidio!) me encontré metido en las callejas malolientes, entre las sórdidas barracas de los negros, cargadas de resuellos. Apresuré, pues, el paso hacia más despejados parajes, y pronto me hallé en la «frontera», ante la terracita de Martín, donde, a aquellas horas, con sorpresa y disgusto, encontré a Martín mismo chupando como siempre la sempiterna pipa. Mis «buenas noches» resonaron en la oscuridad; le expliqué cómo el calor no me dejaba conciliar el sueño; aunque ya veía yo que no era a mí solo... Él sonrió; la luna fingía —o quizás, simplemente, iluminaba— en su cara una alegre mueca maliciosa. ¡Pobre Martín! Hablamos de todo un poco, no recuerdo bien, diciendo unas cosas y pensando en otras diferentes. ¿A propósito de qué deslizó él sus curiosas apreciaciones relativas al inspector general, esas frases que ahora, cuando ya la boca que las pronunció está atascada de tierra, venían a cobrar significado? Lo peor es que no consigo reconstruirlas por completo. Fue como si hubiera querido dar a entender que Abarca estaba embrujado por las artes de nuestra encantadora Rosa. «Mientras ella está lejos, y la gente duerme, y nosotros charlamos aquí, él —dijo— derrama en su escondite lágrimas de fuego», Y, en otro momento, afirmó: «Tendremos boda». Esta última frase se me quedó grabada, por absurda. Y también dijo que nos faltaba, aquí en la colonia, una reina o especie de cacica blanca, para consolar, defender y salvar a los infelices indígenas; algo así dijo también. No hice caso ninguno a sus chifladuras, pobre Martín. A él nadie iba a salvarlo: no comería ya el pastel de ninguna boda, ni probaría siquiera el asado de la apuesta. Aun su resultado iba a quedarse con las ganas de saberlo: pocos días después, estaba ya él comiendo tierra, y dispersa como puñado de moscas su patulea de chiquillos. Pero ¿cómo iba uno a imaginarse en aquel momento que ya no volvería a ver más en vida al bueno de Martín?... Apenas había prestado atención yo a lo que me decía; me desprendí de él, seguí adelante y, pronto, otro curioso encuentro me hizo olvidarlo por completo. Daba ya vuelta a la plaza desierta cuando, en aquel silencio tan grande, oigo de improviso ruido de unos goznes, y me detengo a mirar: era la cantina de Mario, que se abría para dar salida a alguien. ¿Quién, a tales horas? Desde el ángulo de sombra en que yo estaba, veo surgir por el resquicio de la puerta entreabierta una figura que, a la luna, reconocí de inmediato: era Toño Azucena; Toño riendo en falsete, con palabras confusas, mientras que a su espalda el cantinero —visto y no visto— encajaba otra vez, despacito, la puerta. Aquello me intrigó. En la manera caprichosa, imprecisa y casi espectral propia del insomnio, me puse a darle vueltas; y ya no me acordé más de las frases, también insensatas, dichas por Martín, hasta que, ahora, las novedades sobre Ruiz Abarca vinieron a descubrirme algún sentido en ellas. Pero ahora, a duras penas lograba juntar y reconstruir sus fragmentos.
Me maravillo de cómo el vejete, sin moverse nunca de su hamaca, así siempre, podía saberlo todo. Parecía que adivinara, o que los ojos y oídos de los sirvientes hubieran estado espiando a la colonia para tenerlo a él bien al tanto. ¿Sabría lo mío también? Bueno, ya él está bajo tierra. Por lo demás, sería absurdo suponerle virtudes sobrehumanas. Pero, de cualquier manera, no dejaba de resultar asombroso que ¡ya entonces!, cuando nadie pensaba en ligar la apuesta del inspector general con el caso Robert, predijera con tanta certidumbre: «Tendremos boda». Más tarde se supo que Ruiz Abarca, hombre prepotente y astuto, sí, pero al mismo tiempo incapaz de refrenar sus impulsos, se había sincerado ante un grupito de sus íntimos, o quienes podían pasar por tales, y, para cohonestar sus intenciones curándose en salud, había dado a conocer, con el tono del que habla ex abundantia cordis, su propósito de demostrarle al mundo y demostrarle a ella —ella, naturalmente, era Rosa—que nadie se le resistía a él ni podía impedirle que se saliera con la suya. «Soy testarudo —parece que había proclamado, entre otros alardes y bravatas—, y no va a arredrarme dificultad ni convencionalismo alguno, así tuviera que suscribir un contrato de matrimonio; me río de formalidades, de papeluchos y demás pamemas», había deslizado entonces, disfrazando de ruda franqueza su cálculo. Si no se casaba, pues, con nuestra común amiga, no sería por falta de arrestos. Se ve que estaba muy resuelto a hacerlo; y quizá fuera verdad lo de las proposiciones, instancias y súplicas con que —según ella me confió en su ocasión— la asediaba; por lo visto, era verdad.

VI

No se casó, sencillamente, porque, cuando vino a dar con ella, la encontró casada ya.
Contra los pronósticos de quienes no creían que el inspector general se reintegrara a su puesto, Ruiz Abarca ha regresado; llegó esta mañana a la colonia. Muchos se sorprendieron al divisar su pesado corpachón sobre la cubierta del Victoria II que entraba en puerto, y la noticia corrió en seguida hasta difundirse por todas partes, antes aún de que hubiera podido desembarcar. Fácil es figurarse la impaciencia con que aguardábamos su aparición en la terraza del Country Club. Como es natural, para nosotros han sido las primicias.
En el tono ligero de quien ocasionalmente, al relatar otros detalles de su viaje, trae a colación un episodio curioso, nos refirió —«¡Hombre, por cierto!»— que había tenido la humorada de averiguar el paradero del falso matrimonio Robert, «pues, como ustedes saben —puntualizó con repentina gravedad—, tenía cuentas que ajustarle a la famosa pareja. Pero, señores —e intercaló aquí una risotada fría—, mis cuentas personales, así como las de todos ustedes, están saldadas; se lo comunico para general satisfacción». Hizo una pausa y luego reflexionó, sardónico: «¡Lo que es la conciencia, caballeros! En el fondo, era un hombre de honor, y lo ha demostrado. ¿Saben ustedes que nuestro apreciado director de Expediciones y Embarques, el ilustre señor Robert, se ha endosado los cuernos que nos tenía vendidos, al contraer a posteriori justas nupcias con la honorable señora doña Rosa Garner, hoy su legítima y fiel esposa?... Su conducta —explicó— es comparable a la de quien expide un cheque sin fondos para luego acudir al Banco y apresurarse a hacer la provisión. Lo hemos calumniado, fuimos precipitados y temerarios en nuestros juicios; pues con este casamiento ha demostrado a última hora ser una persona decente e incapaz de defraudar al prójimo».
Hizo otros chistes, convidó a todo el mundo con insistencia, bebió como un bárbaro; repartió a los mozos del Club montones de dinero, y no ha parado hasta que, borracho como una cuba, cayó roncando sobre un diván. Allí sigue, todavía.
(1952)