La Naturaleza de la Judeofobia
Por: Gustavo
Perednik
"La
Naturaleza de la Judeofobia" explora las raíces del odio antijudío y su
desarrollo hasta la era actual, analizando la imagen del judío en diferentes
períodos, a través de mitos, ensayos y obras literarias. Las clases enfocan las
principales expresiones de la judeofobia, y el modo en que se justificó en
diversas épocas. Finalmente, se exponen hipótesis varias acerca de las causas
del fenómeno.
Después de transitar por la judeofobia
medieval a través de sus siete prácticas y tres mitos principales, nos quedó
pendiente la pregunta de si el "valle de lágrimas" se dio
paralelamente en las dos grandes ramas del tronco cristiano, la católica y la
protestante.
Nuestra respuesta pondrá énfasis en el
símil del protestantismo y el Islam: ambos comenzaron por procurar su
validación en los judíos y, frustrados por el rechazo de éstos, devinieron en
judeofóbicos.
Sin embargo, a diferencia del
cristianismo, el Islam no emergió del seno del judaísmo. No fue judío su
fundador y no arguyó consumar las profecías de Israel. Por ello, su careo con
la judería careció de tensiones teológicas.
Cuando el Islam se expandió, los judíos
que se encontraron bajo su égida, si bien no fueron exentos de degradación e
inseguridad, su vida pocas veces incluyó las torturas, expulsiones y hogueras
que les propinó el dominio cristiano.
El Islam nació en el siglo VII en
Medina, de cuya comunidad judía Mahoma adoptó varias observancias para la nueva
religión: la plegraria en dirección a Jerusalem (que eventualmente se cambió
por La Meca), las leyes dietéticas (por ejemplo la prohibición de ingerir
cerdo), o el ayuno del Día del Perdón (que fue reemplazado por el del mes de
Ramadán). A pesar de este acercamiento, Mahoma no logró que los judíos lo
aceptaran como un nuevo Moisés, y entonces se volvió en contra de ellos. Su
frustración fue registrada en el Corán, y así proveyó a millones de musulmanes
durante siglos, de una antipatía hacia los judíos que se suponía divinamente
inspirada (suras 2:61, 2:97, 5:64 y 5:78).
El Pacto de Omar del año 720 fue el
código legal musulmán que prescribía el tratamiento que se debía a los Dhimmis
(o monoteístas no islámicos). De varios modos los Dhimmis debían aceptar status
de inferioridad frente al musulmán: cederle su asiento o vestir atuendos
diferentes, y abstenerse de cabalgar o de hacer pública su religión. A veces
ello no bastaba: durante el siglo XI el califa Hakim ordenó que los judíos
llevaran colgadas del cuello pelotas de más de dos kilos que les recordarían el
becerro de oro que sus ancestros habían idolatrado.
De todos los países árabes los judios
fueron obligados a irse. El único de ellos que tuvo comunidad judía y nunca fue
gobernado por una potencia europea, fue el Yemen. En 1679 casi todos los judíos
yemenitas fueron expulsados de las ciudades y aldeas, y la sinagoga de la
capital, Sana, fue convertida en mezquita (aún existe y es llamada
"mezquita de la expulsión"). Cuando Turquía ocupó el Yemen en 1872 y
requirió que se detuviera la costumbre de niños musulmanes de arrojar piedras
sobre los judíos, obtuvo como respuesta que no podía prohibirse lo que era una
antigua costumbre religiosa a la que llamaban Ada. Hasta que los
remanentes judíos partieron del Yemen en 1948, estaban obligados a vestir como
mendigos y a los niños se les imponía el Islam cuando los padres morían.
El mito del libelo de sangre fue
introducido en el mundo árabe en Damasco en 1840. Sólo después de una condena
internacional se liberó a los judíos que sobrevivieron las torturas con que los
castigaron, y el libelo se popularizó, y los judíos eran frecuentemente
atacados (especialmente en Egipto y en Siria) so pretexto de que bebían sangre
musulmana. El actual ministro de defensa de Siria, Mustafá Tlas, es autor de La
Matzá de Sión, libro en el que defiende el libelo (¡en 1983!) y que el
delegado sirio recomendó a la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.
El Protestantismo
Volvamos a la cristiandad. La rama
protestante, fundada por Martín Lutero en 1517, sostenía entre sus principios
devolver el cristianismo a sus fuentes hebreas, en lugar de la interpretación
helenística. En efecto, al comienzo hubo muchos protestantes que se acercaron
al judaísmo, algunos en en la expectativa de que los judíos finalmente
aceptarían la fe en Jesús si ésta se les presentaba con amor y con el énfasis
en su origen hebraico. Pero también aquí, cuando esas expectativas probaron ser
infundadas, la reacción fue judeofóbica.
El último libro de Lutero, Sobre los
judíos y sus mentiras (1543), llama a los judíos el Anticristo:
"es más difícil convertirlos a ellos que al mismo satán". Lutero
exhortó a la violenta expulsión de los judíos de toda Alemania y aconsejó a los
nobles de Europa: "Primeramente, sus sinagogas deben ser incendiadas, y lo
que no sea consumido por el fuego que sea cubierto de inmundicia... Así sea
hecho en honor de Dios y del cristianismo; que Dios vea que los cristianos no
toleramos ni aprobamos tal mentira pública, maldición y blasfemia contra Su
hijo y Sus cristianos. Segundamente, sus hogares deben ser igualmente
derribados y destruidos. Porque perpetúan lo mismo que hacen en sus sinagogas.
Colóqueselos en establos. En tercer lugar, príveselos de sus libros de
oraciones y del Talmud, en los que se enseña idolatría, mentiras, maldiciones y
blasfemias. En cuarto lugar, debería prohibirse a sus rabinos enseñar, bajo
amenaza de muerte... La furia de Dios contra ellos es tan grande que están cada
vez peor... Para resumirlo, estimados príncipes y nobles que tenéis judíos
entre vuestras posesiones, si mi consejo no os es suficiente, buscad otro mejor
para que vosotros, y todos nosotros, seamos libres de esta insoportable carga
diabólica, los judíos".
Quien esto escribió era y es un
reconocido teólogo, fundador de una nueva corriente religiosa mundial, y
considerado por muchos como el padre del moderno alemán. Uno de los jerarcas
nazis más brutales, Julius Streicher, arguyó en su defensa durante los juicios
de Nürenberg que no había hecho sino cumplir con los consejos de Lutero.
La Judeofobia en la Modernidad
Hasta aquí hemos visto el desarrollo de
la mitología judeofóbica en tres etapas: la antigüedad (los judíos son
leprosos, adoradores de asnos, misántropos y haraganes), la Edad Media temprana
(el pueblo judío es deicida y, por medio de su sufrimiento, un testimonio de la
verdad del cristianismo), y la Edad Media tardía (los judíos beben sangre
cristiana, envenenan los pozos de agua, y son socios del diablo). La principal
diferencia entre los mitos paganos y los cristianos es que aquéllos eran
básicamente culturales y éstos fueron teológicos: la premisa pasó a ser
"Dios los odia".
¿Habría salvación? Pareciera que sí,
puesto que en el horizonte se vislumbraba el fin de mitos y la discriminación,
de desprecio, calumnias y crueles leyendas. El Siglo de las Luces (el XVIII)
traía una atmósfera de racionalismo y enciclopedismo, en la que los
librepensadores desechan las supersticiones y postulan una religión de la razón
para un mundo de confraternidad. Pero oh sorpresa, ellos mismos no superaron
los prejuicios judeofóbicos sino que los reafirmaron.
Cuando Emile Zola escribió que
"los judíos como están hoy son la obra de nuestros mil ochocientos años de
persecución idiota", entendía que la judeofobia era un problema de los
gentiles, y que el modo de superar ésa y otras taras sociales era la educación.
Y sin embargo, los responsables de educar e iluminar al pueblo, los que
enarbolaban el estandarte de la revolución ideológica, eran judeófobos.
El principal de los autores de la
famosa Enciclopédie (1765), Denis Diderot, señaló como virtud de los
judíos que son el pueblo más antiguo y que nunca fueron politeístas, pero al
mismo tiempo los consideró "ignorantes y supersticiosos". Paul
D'Hollbach fue más lejos. En L'Esprit du Judaisme (1770) sostiene que el
judaísmo es malo por naturaleza, y constituye corrupto origen del cristianismo.
Moisés fue a sus ojos el más perjudicial de cuanto legislador hubo, transmisor
de misantropía y parasitismo. El Dios de los judíos era sanguinario y los
llevaba al genocidio; los patriarcas, eran lascivos y mentirosos; los profetas,
fanáticos; la idea mesiánica, insana; los judíos, el pueblo más vil. (Es
paradojal cómo después de dos milenios de sufrir bajo el yugo cristiano, D’Hollbach
y otros venían ahora a culpar a los judíos por haber creado el cristianismo).
Digamos que, en términos generales,
Montesquieu favoreció el otorgamiento de igualdad de derechos a los judíos y se
solidarizó con su sufrimiento ("el judaísmo es una madre que dio a luz a
dos hijas que le dieron mil golpes... si no quieres comportarte cristianamente,
hazlo por lo menos como un ser humano"), pero también advirtió que
"dondequiera haya dinero, hay judíos". Jean-Jacques Rousseau fue una notable
excepción y tomó consistentemente una postura favorable a los judíos.
Pero el peor de los judeófobos
iluministas fue quien encarnó las ideas de "libertad, igualdad y
fraternidad", Voltaire, enemigo de la Iglesia y de la superstición. Su Diccionario
Filosófico, en más de un cuarto de sus entradas arremete contra los judíos,
"el pueblo más imbécil de la faz de la Tierra, enemigos de la humanidad,
el más obtuso, cruel, absurdo..." Los judíos, que constituían el 1% de la
población, son motivo de la entrada más larga del libro: "la nación más
singular que el mundo ha visto; aunque en una visión política es la más
despreciable de todas, sin embargo a los ojos de un filósofo vale la pena
considerarla. ...De un breve resumen de su historia resulta que los hebreos siempre
fueron errantes o ladrones, esclavos o sediciosos. Son todavía vagabundos sobre
la Tierra, aborrecidos por todos los hombres... Si preguntas cuál es la
filosofía de los judíos, la respuesta será breve: no tienen ninguna... Los
judíos nunca fueron filósofos ni geómetras ni astrónomos".
No es posible que Voltaire ignorara
quiénes habían sido Maimónides o Spinoza, pero la judeofobia tiene la facultad
de torcer el razonamiento del más razonable de los hombres. Y Voltaire toca el
nervio mismo de la judeidad, porque si hubo un área en la que los judíos podían
exhibir grandes logros, es la educación. Sin embargo, escribe Voltaire:
"Estuvieron tan lejos de tener escuelas públicas para la instrucción de la
juventud, que ni siquiera tienen un término en su idioma que exprese esa
institución... Su estadía en Babilonia y Alejandría, durante la que podrían
haber adquirido sabiduría y conocimientos, sólo los entrenó en la
usura..."
Este gran racionalista llegó hasta a
reafirmar el peor libelo: "vuestros sacerdotes siempre han sacrificado
vidas humanas con sus sacras manos". Algunos historiadores sostienen que
Voltaire en realidad deseaba atacar a la Iglesia, y lo hacía por medio de
arremeter contra los judíos. Disentimos, porque Voltaire no tuvo reparos en
embestir directa y abiertamente contra la Iglesia. Nunca necesitó hacerlo por
interpósita persona. Firmaba sus cartas con el lema Écrasez l’infâme
("destruyan al infame", en referencia a la Iglesia) salvo aquellas
cartas que enviaba a judíos, donde firmaba caballero cristiano de la cámara
del rey muy cristiano.
"En suma -concluye el Diccionario-
encontramos en ellos solamente un pueblo ignorante y bárbaro, que ha largamente
unido la más sórdida avaricia con la más detestable superstición y el más
insuperable odio por cada pueblo por el que son tolerados y del que se
enriquecen. Empero, no debemos quemarlos".
La judeofobia de Voltaire, muy común
entre los librepensadores dieciochescos, tuvo su excepción entre los ingleses,
como John Locke y John Toland. Con todo, en Inglaterra la Emancipación completa
no se logró hasta 1858, cuando el barón Lionel de Rothschild tomó lugar en el
Parlamento, bajo un juramento especial para la ocasión.
Ese otorgamiento de igualdad de
derechos es nuestro tema, puesto que la judeofobia moderna fue en efecto una
reacción contra la Emancipación, que se dio en tres corrientes, ejemplificadas
en sendos países: la socioeconómica (Francia), la racial (Alemania) y la
conspiracional (Rusia).
Francia
La Asamblea Nacional revolucionaria
debatió por dos años si la libertad, igualdad, fraternidad, debían
aplicarse también a los judíos. Al final, en septiembre de 1791, se les otorgó
libertades cívicas, y unos lustros después Napoleón asumió el deber de hacer de
los judíos buenos franceses.
Presionado por quejas que llegaban
desde Alsacia acerca de la práctica usuraria de los judíos, Napoleón convocó a
una Asamblea de Notables Judíos que sesionó entre julio de 1806 y abril
de 1807, integrada por ciento once rabinos y líderes comunitarios. Debían
responder a doce preguntas acerca de los hábitos judíos, a saber: poligamia,
divorcio, exogamia, patriotismo francés, la relación con los no-judíos,
obediencia a la ley, designacíon de rabinos y marco de su autoridad,
profesiones prohibidas, y la usura. Durante los últimos meses de las sesiones,
se requirió de setenta y un asambleístas, mayoritariamente rabinos, que crearan
en base de las respuestas dadas, leyes religiosas que fueran aceptadas por los
judíos. Este grupo fue denominado el Sanhedrín napoleónico.
Napoleón no previó que la judeofobia
francesa descargaría su oposición a la Emancipación de los judíos precisamente
contra ese Sanhedrín (que representaba la integración israelita a Francia). El
jesuita Agustín Barruel alertó al gobierno en 1807, de un complot judío
internacional "que transformará iglesias en sinagogas", y que le
había sido revelado por un personaje llamado Simonini, del que hasta hoy se
ignora si realmente existió.
El término equivocado de Sanhedrín
colaboró con la patraña, puesto que Barruel sostenía el absurdo de que
"finalmente salía a la luz el Sanhedrín que había actuado clandestinamente
durante quince siglos". Durante ese lapso los judíos habrían gobernado el
mundo subrepticiamente (nadie parecía notar que por lo visto les había ido
bastante mal en ese gobierno, puesto que les cupo mayormente el rol de
víctimas). Napoleón disolvió abruptamente su Sanhedrín, y así nacía el primer
mito judeofóbico de la modernidad: la conspiración judía mundial, del que
hablaremos en la novena lección.
Los aires pre-emancipatoriales
regresaban con su peor cara. Y si bien dijimos que el término Sanhedrín
fue erróneo (puesto que insinuaba poderes legislativos y judiciales) también es
claro que se trató de un mero detonante arbitrario, y de la causa de la
judeofobia moderna (la judeofobia en cada época encuentra sus excusas).
El Papa Pío VII le creyó a Barruel, y
tanto en los estados papales como en Alemania se revirtió la Emancipación
apenas Napoleón fue derrocado (1815). Esos pocos años habían suscitado una gran
ola de asimilación entre los judíos que golpeaban las puertas de la sociedad
gentil mucho antes de que se abrieran. La vanguardia asimilacionista estuvo en
Berlín. Hugo Valentin exageró en su libro Anti-Semitismo que "más
judíos alemanes se bautizaron entre 1800 y 1818, que en los previos 1800 años
juntos".
Los judíos aprendían con dolor que la
judeofobia no se neutralizaba por medio de decretos gubernamentales, ni por
doctrinas iluministas, ni por asimilación. La agitación judeofóbica crecía en
muchas ciudades alemanas, y en 1819 llegó a un nuevo pico de violencia bajo el
grito de Hep, hep, muerte a los judíos!. Las autoridades arguyeron que
debían desposeer a los judíos de su Emancipación debido al malestar que ella
creaba en las masas.
En Francia, varios filósofos
convirtieron la reacción judeofóbica en una ideología. François Fourier (m.
1837) cuya escuela de reforma social se popularizó, consideraba que "el
comercio es la fuente de todos los males y los judíos son la encarnación del
comercio." Había sido un gran error emancipar a los esclavos y a los
judíos, "la nación más despreciable". Su discípulo Alphonse Toussenel
escribió en 1845 una obra en dos volúmenes llamada Los judíos, reyes de la
época, que inspiró a una judeofobia rural conservadora que eventualmente
devino en movimiento político. Toussenel, empero, advertía al lector que en su
libro el término judío era utilizado en el sentido de banquero,
usurero, pero aprobó abiertamente la persecución que los judíos habían
sufrido hasta ese momento como pueblo.
Esta manipulación semántica le permitía
incluir bajo el epíteto judío incluso a los países protestantes. Se
trata de un juego de palabras. Es cierto que Toussenel era también
antiprotestante, pero el hecho de que que acusa a los judíos de todo aquello
que le disgusta ilustra la esencia de la judeofobia.
Porque Toussenel censuraba la
influencia protestante, pero no proponía destruir a los protestantes como
grupo. En el mismo sentido, es incorrecto aseverar que D’Hollbach eran tanto
judeofóbico como era anticristiano, o que Stalin era tan judeofóbico como
antirreligioso, o que Hitler era tanto anti-judío como anti-comunista. Una cosa
es expresar reservas sobre ideas (¡incluso si esa idea viene del judaísmo!) y
otra muy diferente es atacar a un grupo que encarna todo "mal" que el
agresor detesta.
La paranoia judeofóbica en Francia
llegó a su clímax con el libro Francia judía (1886) de Edouard Drumont,
en donde se "demostraba" cómo Francia estaba subyugada por
"los" judíos, y que en poco tiempo alcanzó centenares de ediciones.
En 1889 Drumont fundó la Liga Antisemita (homónima de la Wilhelm Marr en
nuestra primera lección) y a los pocos años fue elegido diputado.
El estereotipo de judíos presentados
como dominadores de una nación fue repetido muchas veces por nacionalistas de
muchos países. Un tal Horacio Calderón publicó hace unas décadas su versión Argentina
Judía. El método usual es mencionar los nombres de judíos que son
banqueros, editores de diarios, industriales, etc., y después amontonar este poder
en la deducción de que pertenece en su conjunto a un grupo solapadamente
coordinado: "los" judíos. (El absurdo es parecido al de quien
atribuyera poder financiero a "los gordos" por descubrir a muchos
banqueros pasados de peso, clamara contra una prensa poseída por
"los" miopes porque muchos periodistas usan lentes. Y sin embargo,
así es la maniobra: se hacen resaltar los judíos que están es posiciones
elevadas y se despierta la sospecha de que actúan bajo coordinación secreta:
"los" judíos).
Que muchos franceses aún están
infectados por este prejuicio, se puso en evidencia en marzo de este año cuando
Jean-Marie Le Pen, líder opositor que recibió apoyo del 15% de la población,
acusó al presidente de Francia de estar controlado por "los judíos".
La cúspide de la línea judeofóbica francesa fue el affaire Dreyfus.
Alfred Dreyfus, capitán del ejército
francés, fue arrestado en 1894 y juzgado por una corte marcial bajo el cargo de
traición. Un documento militar secreto (el "bordereau") enviado al
agregado militar de la embajada alemana en París, llegó a las manos del
servicio de inteligencia francés. El veredicto contra Dreyfus, su degradación,
y encarcelamiento en la Isla del Diablo, y su ulterior reahabilitación en 1906,
fueron traumáticos para Francia y para el mundo judío en su conjunto. Durante
esa década, líderes franceses de alto rango fueron probados cómplices de un
escándalo judeofóbico de mayores proporciones.
Los franceses se dividieron en
Dreyfusistas (en general liberales y socialistas) y anti-Dreyfusistas
(monarquistas, reaccionarios y la Iglesia). El diario La Civiltá Cattolica
(que aún hasta hace un siglo difundía el libelo de sangre y mantuvo su
judeofobia incluso después de la Segunda Guerra Mundial) se sumó
apasionadamente a los anti-Dreyfusistas.
El aspecto más abrumador no fue la
probadísima inocencia de Dreyfus, y ni siquiera que se lo perseguía por ser
judío, sino la violenta reacción las masas bajo el grito de "muerte a los
judíos", provocado por la inculpación de un judío bajo un cargo
relativamente menor. Que esto ocurriera en el país de la igualdad de derechos,
generó estupor entre los judíos por doquier, y probó que la asimilación no
inmunizaba a los contra la judeofobia.
Esa fue la conclusión de un periodista
vienés que llegó a París a fin de cubrir el affaire Dreyfus, y parcialmente
debido a él se decidió a crear la Organización Sionista Mundial, Teodoro Herzl.
Ecos del affaire Dreyfus reverberaron
en Francia por una generación. Durante la Segunda Guerra su eco se reconocía en
la división entre el gobierno de Vichy y las fuerza de Francia Libre. Lo
curioso es que el máximo líder de esta última, Charles de Gaulle en 1967, llamó
a los judíos "pueblo elitista y dominador". Y dicha expresión pública
del presidente de Francia se escuchaba sólo veinte años después de que él mismo
combatiera al régimen que había asesinado a un tercio de los
"dominadores".
En Francia la judeofobia fue mayormente
ecnónomica y política. No se centraba en lo cultural (como la del mundo pagano)
ni en lo teológico (como la medieval). Produjo el mito moderno de que los
judíos gobiernan todo, en cuyo origen volveremos a detenernos. Y tampoco se
basó en principios raciales como la que se desarrolló en Alemania, y será
motivo de nuestra próxima clase.
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