La Naturaleza de la Judeofobia
Por: Gustavo
Perednik
"La
Naturaleza de la Judeofobia" explora las raíces del odio antijudío y su
desarrollo hasta la era actual, analizando la imagen del judío en diferentes
períodos, a través de mitos, ensayos y obras literarias. Las clases enfocan las
principales expresiones de la judeofobia, y el modo en que se justificó en
diversas épocas. Finalmente, se exponen hipótesis varias acerca de las causas
del fenómeno.
El sufrimiento que venimos estudiando
fue relatado en un libro de 1558 de Josef Ha-kohen, bajo el bíblico título de El
Valle de Lágrimas (Emek Ha-Bajá). Refiere "las penas que cayeron sobre
nosotros desde el día del exilio de Judea de su tierra". Tres preguntas
pueden formularse acerca de esas lágrimas.
La primera: por qué los judíos siempre
sufren. Respuesta: si al decir por qué aludimos a las causas de la
judeofobia, bueno, precisamente ése es el tema de nuestro curso, y para el
final habrá explicaciones.
Pero si el por qué sugiere que
debe de haber cierta paranoia si encontramos a los judíos siempre como
víctimas, nuestra respuesta es que la judeofobia es en efecto una enfermedad
social enorme que consiste en el odio hacia los judíos, y por ende, siempre los
tuvo como víctimas principales. Persistió por milenios exterminando judíos,
alcanzó un genocidio de seis millones hace cincuenta años (un tercio de la
población judía mundial) y sigue con vitalidad para continuar.
La segunda pregunta es si la gigantesca
magnitud de la judeofobia acaso significa que todo el mundo odia (u
odió) a los judíos. La respuesta es no, no todo el mundo está enfermo de
judeofobia, pero no es la parte sana el objeto de nuestro estudio, aun cuando
es mayoritaria.
La tercera pregunta es si el clero de la
Iglesia medieval era unánime en su letal postura judeofóbica. Otra vez, la
respuesta es no. Incluso en períodos en los que la postura teológica de la
Iglesia era judeofóbica, en el plano individual hubo eclesiásticos que
rechazaron la violencia contra los judíos. Desde antaño hay ejemplos de obispos
y sacerdotes que intentaron proteger a los judíos.
Cuando la sinagoga de Ravenna fue
incendiada (c.550), Teodorico ordenó que la población católica la reconstruyera
y flagelara a los incendiarios. Durante la primera cruzada el Obispo Comas
salvó a los judíos de Praga. En la segunda, Bernardo de Clairvaux defendió
activamente a los judíos que eran asesinados.
El problema, sin embargo, es que los
judeófobos más virulentos de la Iglesia fueron (y siguen siendo) reverenciados
como santos. El crimen de la judeofobia se cometía con virtual impunidad. El
fray Juan Capristano (m. 1456) instó a la abolición de los derechos a los
judíos en Nápoles y otras ciudades, incluyendo la cancelación de las deudas que
cristianos hubieran contraído para con ellos. Más tarde, debido a sus
actividades en Breslau, muchos judíos fueron torturados y quemados vivos;
muchos fueron empujados al suicidio.
La abolición de los derechos de los
judíos en Polonia por Casimiro IV también fue resultado de las maniobras de
Capistrano, e inició una ola de desmanes antijudíos. Ni siquiera les permitió a
los judíos escapar ese destino: fue el responsable de un edicto papal que
prohibía el transporte de judíos a la Tierra de Israel. Durante su vida,
recibió tanto el mote de "azote de los judíos" como el cargo de
Inquisidor papal. Más de dos siglos después de su muerte fue canonizado y,
desde entonces, cada 28 de marzo los católicos reverencian su memoria.
El mensaje de la Iglesia era, cuando
menos, incoherente. Difundía la enseñanza del desprecio, pero ocasionalmente
intentaba detener a los despreciadores que se apresuraban en cometer horrendos
crímenes; el intento era tardío e insuficiente. Esta postura nunca varió
radicalmente. Por ello uno de los primeros historiadores del Holocausto, Raul
Hilberg, fue capaz de trazar una tabla que muestra cómo cada una de las
principales Leyes de Nürenberg de la Alemania nazi tenía su precedente en la
legislación eclesiástica.
La declaración de la Conferencia de
Obispos Holandeses de 1995 fue un punto de inflexión en la historia de la
Iglesia, al admitir que hay un sendero directo que une la teología del Nuevo
Testamento con Auschwitz.
También durante la Segunda Guerra la
posición del Vaticano reflejó esta habitual ambivalencia, cuando sus reservas
acerca del nazismo se limitaron a proteger a católicos "no-arios". Es
cierto que las encíclicas de la Iglesia y sus pronunciamientos rechazaban el
dogma racista y cuestionaban algunas tesis nazis como erróneas, pero siempre
omitieron criticar, o siquiera mencionar, el ataque específico contra los
judíos. En 1938, Pío XI supuestamente condenó a los cristianos judeofóbicos,
pero esta condena fue omitida por todos los diarios de Italia que informaron
sobre el mensaje papal. Su sucesor, el germanófilo Pío XII, ya desde 1942 había
recibido información sobre el asesinato de judíos en los campos. A pesar de
ello restringió todos sus pronunciamientos públicos a expresiones muy
cuidadosamente formuladas de simpatía por "todas las víctimas de la injusticia".
La neutralidad y el silencio del papa
continaron incluso cuando los alemanes cercaron a ocho mil judíos de Roma en
1943. Mil de ellos, mayormente mujeres y niños, fueron transportados a
Auschwitz. Al mismo tiempo, con la anuencia papal, más de cuatro mil judíos
encontraron refugio en muchos monasterios de Roma (algunas decenas en el
Vaticano mismo).
Sin duda, el papa no tenía poder como
para detener el Holocausto, pero podría haber salvado miles de vidas si hubiera
adoptado públicamente una posición contra el nazismo. Hitler, Goebbels y muchos
otros cabecillas nazis, murieron como miembros de la Iglesia Católica, y nunca
fueron excomulgados (lo que contrasta con el hecho, por ejemplo, de que el
presidente argentino Juan D. Perón fue excomulgado cuando en 1955 atacó la
influencia de la Iglesia, y unos pocos meses después fue derrocado).
Un sacerdote católico lideró el régimen
nazi de Eslovaquia, y tambíen fueron católicos un cuarto de los miembros de las
SS, así como casi la mitad de la población del Gran Reich Alemán.
La resuelta reacción del Episcopado
alemán contra el programa nazi de eutanasia, logró que virtualmente se
suspendiera el plan. Pero los judíos no avivaron en la Iglesia la compasión que
despertaron los insanos y los retardados. Respecto de los judíos, la Iglesia
estuvo interesada más en salvar sus almas que sus cuerpos. Las cancillerías
diocesanas incluso proveyeron al régimen nazi de los registros de las iglesias,
con datos personales acerca del marco religioso del que provenían sus feligreses.
Cuando las deportaciones de los judíos
alemanes comenzaron en octubre de 1941, el episcopado limitó su intervención a
suplicar por los que se habían convertido al cristianismo. Los obispos
recibieron informes sobre la matanza de judíos en los campos de muerte, pero su
reacción pública se limitó a vagos pronunciamientos vagos que eludían el mero
término judíos.
Hubo, claro, excepciones, tanto
nacionales como individuales. Una de éstas fue el prelado berlinés Bernhard
Lichtenberg, quien rezó públicamente por los judíos (y falleció en su camino a
Dachau). Una nación excepcional fue Holanda, en donde ya en 1934 la Iglesia
prohibió la participación de católicos en el movimiento nazi. Ocho años después
los obispos protestaron públicamente ante las primeras deportaciones de judíos
holandeses, y en mayo de 1943 prohibieron la colaboración de policías católicos
en las cazas de judíos, aun a costa de que así debieran perder sus puestos.
Muchos judíos salvaron sus vidas gracias a las audaces acciones de rescate de
clérigos menores, monjes, y laicos católicos.
Ahora pasaremos a lo fundamental que
quedó pendiente de nuestra última lección: los tres principales mitos
cristianos inventados en la Edad Media, a través de los cuales la judeofobia
fue transmitida desde el siglo XIV.
Libelo de Sangre o Asesinato Ritual
Este es una de las expresiones máximas
de histeria colectiva y crueldad humanas. Se trata de la acusación de que los
judíos asesinan a no-judíos (especialmente cristianos) a los efectos de
utilizar su sangre en la Pascua u otros rituales.
Hubo cientos de libelos, que en general
seguían el mismo esquema. Se hallaba un cadáver (usualmente el de un niño, y
más frecuentemente cerca de la Pascua cristiana), los judíos eran acusados de
haberlo asesinado para usar ritualmente su sangre. Los principales rabinos o
líderes comunitarios eran detenidos y se los torturaba hasta que confesaban que
en efecto eran culpables del crimen. El resultado era la expulsión de toda la
comunidad de esa comarca, tormentos para una buena parte de sus miembros, o
bien el exterminio expedito de todos ellos. Generación tras generación, judíos
fueron torturados en Europa y comunidades enteras fueros masacradas o
dispersadas debido a este mito.
Algunos aspectos son indispensables
para entender la enormidad del libelo, a saber:
1.
La ignorancia de
los gentiles con respecto de la religión judía (por ejemplo en el judaísmo está
totalmente prohibida la ingestión de sangre);
2.
En el medioevo,
el pan de la comunión creaba una atmósfera emocional en la que se sentía que el
niño divino se escondía misteriosamente en el pan compartido. El friar Bertoldo
de Regensburg solía preguntar: "¿quién quisiera morder la cabeza, la mano
o el pie del bebé?" En este contexto, el libelo podría considerarse como una
especie de proyección colectiva: si detestamos ingerir sangre humana,
atribuyámoselo a otros.
3.
Según una
superstición difundida en Alemania, la sangre, incluso la de cadáveres, podía
curar.
En ese país ocurrió el primer caso, en
Wuerzburg 1147. Un niño cristiano fue supuestamente crucificado por judíos (el
motivo de la cruz explica por qué los libelos ocurrían generalmente en la época
de la Pascua). En Fulda (1235) se agregó otro motivo: los judíos beben sangre
cristiana con motivos medicinales. En Munich (1286) se enfatiza que los judíos
rechazan la pureza, odian la inocencia del niño cristiano. Así narró los hechos
el monje Cesáreo de Heisterbach: "el niño cristiano cantaba 'Salve regina'
y como los judíos no pudieron interrumpirlo, le cortaron la lengua y lo
despedazaron a hachazos".
Así lo explican ciudadanos de Tyrnau
(Trnava) en 1494: "los judíos necesitan sangre porque creen que la sangre
del cristiano es un buen remedio para curar la herida de la circuncisión. Entre
ellos tanto los hombres como las mujeres sufren de la menstruación... Además
tienen un precepto antiguo y secreto, por el que están obligados a derramar
sangre cristiana en honor de Dios, en sacrificios diarios, en algún
lugar".
Inglaterra, España, Italia
En el caso de Norwich (1148) "los
judíos compraron al niño mártir William antes de la Pascua y lo torturaron como
a nuestro Señor, y durante el Viernes Santo lo colgaron en una Cruz". Esa
descripción se reitera en Gloucester (1168) y en Lincoln (1255). En 1290, los
judíos fueron expulsados de una Inglaterra enrarecida por la difusión de los
libelos, y aun un siglo después de la expulsión, Geoffrey Chaucer lo recoge en
sus prólogos a los Cuentos de Canterbury.
También la expulsión de España fue
precedida por una atmósfera hostil debida a los libelos. El de La Guardia tuvo
lugar en 1490-1491, y de inmediato se instituyó el culto del Santo Niño mártir.
El primer libelo español data de 1182 en Saragosa, y el asunto terminó por
incluirse en la ley. El Código de las Siete Partidas (1263) reza:
"Hemos oido decir que en ciertos lugares durante el Viernes Santo los
judíos secuestran niños y los colocan burlonamente sobre la cruz".
Detalles fueron agregándose a la
historia, que asumió grandes proporciones. En 1583 Fray Rodrigo de Yepes
escribió la Historia de la muerte y glorioso martirio del Santo Inocente,
que llaman de La Guardia (después de casi un siglo sin judíos en España) y
el argumento sirvió de base para la obra de Lope de Vega El Niño Inocente de
La Guardia. En el siglo XVIII José de Canizares lo adaptó en La Viva
Imagen de Cristo y Gustavo Adolfo Bécquer (1830-1870) en La rosa de
pasión. En 1943 fueron republicados por Manuel Romero de Castilla bajo el
título de Singular suceso en el Reinado de los Reyes Católicos.
Un caso crucial en Italia fue una
especie de crónica anunciada. Durante la Cuaresma de 1475, el franciscano
Bernardino da Feltre anunció que los pecados de los judíos pronto serían
revelados. El Jueves Santo un niño llamado Simón desapareció, y al poco tiempo
su cadáver fue encontrado al lado de la casa del jefe de la comunidad
israelita. Todos los judíos, hombres, mujeres y niños, fueron arrestados.
Diecisiete de ellos fueron sometidos a torturas durante quince días, después de
los cuales terminaron por "confesar". Uno de los judíos murió en
tormentos, seis quemados en la hoguera, y a los dos que aceptaron convertirse
se los estranguló. Al principio el Papa Sixto IV detuvo los procedimientos
judiciales, pero en 1478 su bula Facit nos pietas aprobó el juicio. La
propiedad de los judíos ejecutados fue confiscada y a partir de entonces, los
judíos tuvieron prohibida la residencia en Trento (hasta el siglo XVIII tenían
aun prohibido el paso por la ciudad). El niño Simón fue beatificado.
Después de este éxito, el fray
Bernardino urdió escenarios similares en Reggio, Bassano y Mantua, e instó a la
expulsión de los judíos de Peruggia, Gubbio, Ravenna, y Campo San Pietro. Sus
últimas víctimas fueron los judios de Brescia, en 1494, el año de su muerte. Al
poco tiempo el propio Bernardino fue beatificado, y la Iglesia tardó cinco
siglos para anular la beatificación de Simón, en 1965.
Con todo, la posición de la Iglesia y
de los monarcas fue en general contraria a los libelos. Después del mentado en
Fulda (1235), el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico II de
Hohenstaufen, decidió clarificar el caso definitivamente a fin de proceder: si
los judíos eran culpables se los mataría a todos; si eran inocentes, se los
exoneraria públicamente. Las autoridades del clero, como no fueron capaces de
llegar a una decisión concluyente "creemos necesario... dirigirnos a gente
que alguna vez fue judía y se convirtió al culto de la fe cristiana; ya que
ellos, como oponentes, no guardarán silencio sobre nada que puedan saber sobre
este asunto entre los judíos".
En consecuencia, el emperador solicitó
de reyes de Occidente que enviaran "judíos conversos al cristianismo,
decentes y estudiosos, para tomar parte de un sínodo", que eventualmente
se expidió así: "No puede hallarse, en el Antiguo ni en el Nuevo
Testamento, que los judíos requieren de sangre humana. Por el contrario,
esquivan la contaminación con cualquier tipo de sangre". El documento, que
cita de varias fuentes judías, agrega que "hay una alta probabilidad de
que aquéllos para quienes está prohibida incluso la sangre de animales
permitidos, no pueden desear sangre humana".
Otro pronunciamiento escrito fue el del
Papa Inocencio IV en 1247: "cristianos acusan falsamente... que los judíos
llevan a cabo un rito de comunión con el corazón de un niño asesinado; y en
cuanto se encuentra el cadáver de una persona en cualquier sitio, se les hace
recaer maliciosamente la responsabilidad".
Pero la desaprobación de papas y
emperadores no impidió que los casos de libelos se multiplicaran, sobre todo en
Polonia, en donde el Consejo de las Tierras, órgano representativo de
los judíos, envió un delegado al Vaticano, y logró que el cardenal Lorenzo
Ganganelli (más tarde Papa Clemente XIV) emprendiera otra investigación
exhaustiva. Ganganelli se sumó a quienes se pronunciaron contra el libelo:
"Debe comprenderse con cuánta fe viviente deberíamos pedirle a Dios como
el salmista 'líbrame de la calumnia de los hombres'. Espero que la Santa Sede
tome medidas para proteger a los judíos de Polonia, del mismo modo en que San
Bernardo, Gregorio IX e Inocencio IV obraron en defensa de los judíos de
Alemania y de Francia".
En Tiempos Modernos
Desde el siglo XVII, los casos de
libelo de sangre se extendieron a Europa Oriental. En 1636 en Lublin, la viuda
Feiguele se mantiene firme ante el tormento. A partir del siglo XIX, judeófobos
hicieron conspicuo uso del libelo para incitar a las masas en varios países,
incluida Siria, en donde el affaire de Damasco de 1840 introdujo el mal en el
mundo musulmán. Allí el influyente cónsul francés se sumó a los libelistas
mientras toda la comunidad era arrestada y torturada, en el contexto de la
pugna de las potencias occidentales para influir en el Medio Oriente.
Con todo, el principal perpetuador del
libelo de sangre en tiempos modernos fue Rusia. Aquí se diseminó sin pausa
avalado por los zares, quienes en general tuvieron una actitud mucho peor que
la de papas y reyes medievales.
El primer caso en Rusia fue en Senno
(cerca de Vitebsk, Pascua de 1799). Cuatro judíos fueron arrestrados despues de
que el cadáver de una mujer fuera encontrado cerca de una taberna judía.
Apóstatas proveyeron a la corte de extractos de una traducción distorsionada de
literatura rabínica como el Shuljan Aruj y Shevet Iehuda. Pese a
que los acusados terminaron siendo liberados por falta de pruebas, el poeta
G.R. Derzhavin incluyó en su Opinión elevada al zar acerca de la
organización del status de los judíos en Rusia, que "en estas
comunidades se hallan personas que perpetran el crimen, o por lo menos protegen
a perpetradores, de derramar sangre cristiana, de lo que los judíos fueron
sospechosos en varias épocas y en diferentes países. Si bien opino que tales
crímenes, incluso si fueron cometidos a veces en la antigüedad, eran llevados a
cabo por fanáticos ignorantes, creo apropiado no pasarlos por alto".
Entre 1805 y 1816 ocurrieron más casos
y, para evitar su mayor diseminación, el ministro de asuntos eclesiásticos, A.
Golistyn, envió una circular a los jefes de gobernaciones el 6/3/1817, donde explicita
que los monarcas polacos y los papas invariablemente invalidaron los libelos, y
las cortes los`refutaron. La circular ordenaba que "de aquí en adelante
los judíos no sean acusados de asesinar ninos cristianos, sin evidencia, y
sobre el mero prejuicio de que necesitan de sangre cristiana".
A pesar de la circular, el zar
Alejandro I dio instrucciones de revivir las acusaciones en Velizh. El juicio
duró diez años, y aunque los judíos fueron finalmente exonerados, cabe
reflexionar en la atmósfera que generaba un juicio tan largo sobre un tema tan
escabroso. El zar Nicolás I se negó a firmar la circular de Golistyn,
considerando que "hay entre los judíos salvajes fanáticos o sectas que
requieren sangre cristiana para su ritual". El libelo recibía así un sello
oficial, y ocurrieron muchos en Telz, Kovno (1827); Zaslav, Volhynia (1830); y
Saratov (1853).
Otro comité especial designado en 1855
para investigar, incluyó teólogos, orientalistas y apóstatas. Revisaron
manuscritos hebreos y publicaciones y, otra vez, concluyeron que no había
evidencia alguna del uso de sangre cristiana entre los judíos.
En los años setenta del siglo pasado
recrudeció la judeofobia, y el libelo fue motivo habitual en la propaganda
literaria y la prensa. En alguna medida estas obras remedaban las que se habían
publicado en Alemania y Francia, en las que "expertos" judeófobos
"probaban" el libelo, como: Le mystere du sang chez les juifs de
tous les temps, de H. Desportes (1859), prologada por Edouard Drumont; y Talmud
in der Theorie und Praxis, de Konstantin C. Pawlikowski (1866).
Dos ejemplos de esta literatura en
Rusia son Sobre el uso de sangre cristiana por sectas judías con propósitos
religiosos (1876) de H.Lutostansky, que agotó varias ediciones, y El
Talmud desenmascarado de J.Pranatis, que sigue publicándose. Contra algunos
de los calumniadores se iniciaron juicios de difamación. Y las de crimen ritual
continuaban.
Con el fortalecimiento de la extrema
derecha (Unión del Pueblo Ruso) en la Tercera Duma, las autoridades
necesitaban de más casos que justificaran la judeofobia reinante. Uno muy
notorio fue el Caso Beilis (1911-1913), armado por el ministro de justicia
Shcheglovitov, que despertó la oposición de centenares de intelectuales rusos,
entre ellos V. Korolenko y Máximo Gorki. La eventual exoneración de Beilis fue
una derrota para el régimen pero, otra vez, la atmósfera de veneno judeófobo
surgía con el mero juicio, independientemente de sus resultados.
Cuando los nazis asumieron el poder en
Alemania, utilizaron el libelo en su propaganda. Reanimaron las investigaciones
y los juicios (Memel 1936, Bamberg 1937, Velhartice -Bohemia- 1940). El
1/5/1934 el periódico Der Stuermer dedicó al tema una edición
horrorífica con ilustraciones. Hombres de ciencia alemanes colaboraron en la
difusión.
Incluso para 1960 un periódico
soviético de Daguestán afirmó que los judíos devotos necesitaban sangre de
musulmanes para sus ritos.
Fuera de Alemania (donde en general
ocurrienron un tercio de todos los libelos) hubo cuatro casos en el siglo XX.
El primero de éstos fue el caso Hilsner. Tomás Masaryk, fundador y primer
presidente de la Checoslovaquia moderna, tomó una activa postura en contra del
mismo, "no para defenderlo a Hilsner (el acusado, un joven vagabundo) sino
para defender a los cristianos de la superstición". Masaryk fue duramente
atacado y su cátedra universitaria fue suspendida debido a las manifestaciones
de estudiantes. Este caso también creó una ola de tumultos judeofóbicos en
Europa, orquestados por el "especialista" vienés Ernst Schneider.
Los libelos ahondaron el estereotipo
satánico del judío y, otra vez, el problema no era que la Iglesia lo
difundiera. Por el contrario, vimos que usualmente se oponía, y en general
trataba de detener las matanzas, pero con su característica ambivalencia. Los
niños "mártires" eran reverenciados como santos, tales como en los
casos de San Hugh de Lincoln, el Santo Niño Mártir de La Guardia, y Simón de
Trento. Cada año durante siglos, los cristianos honraban la memoria de los puros
inocentes que habían sido supuestamente asesinados en espantosos rituales
judíos.
La Hostia y la Peste Negra
En el Cuarto Concilio Laterano de 1215
fue reconocida oficialmente la doctrina de la Transubstanciación, según la cual
la hostia (galleta usada en la ceremonia de la Eucaristía) se transforma en el
cuerpo de Jesús. Los protestantes eventualmente modificaron la doctrina y
consideran que se trata sólo de un símbolo del cuerpo mas no Jesús en persona
(que es el dogma católico hasta hoy).
Este segundo mito, el de la profanación
de la hostia, sostenía que los judíos secretamente las robaban de las iglesias
para torturarlas y reeditar los sufrimientos de Jesús. Obviamente, había en
esta superstición mayor irracionalidad aun, puesto que los judíos claramente descreían
de toda transusbtanciación. Pero esta acusación trajo más persecución y
matanzas. La mayor parte de los cuarenta casos principales se perpetraron en
Alemania y Austria.
El mito se basaba en los supuestos
poderes sobrenaturales de la hostia, y en el prejuicio de que los judíos
anhelaban renovar en Jesús los sufrimientos de la pasión. Su perfidia era tal,
que no abandonaban los tormentos aun cuando de la hostia emanaran sangre o
sonidos, o si echaba a volar. (La explicación de la "sangre" es que
un honguillo de color escarlata puede formarse en comida rancia que se deja en
lugares secos. Se lo denomina Micrococcus prodigiosus).
La primera supesta profanacíon fue en
Belitz (cerca de Berlín) en 1243. Un grupo de judíos y judías fueron quemados
en la hoguera en lo que pasó a denominarse Judenberg (monte de los
judíos). En Italia hubo pocos casos debido especialmente a la protección de los
papas, pero se expresó en el arte, como la Desecración de Paolo Uccenno
(1397-1475) hecha para el altar de la Confraternidad del Santo Sacramento
de Urbino.
De Inglaterra, los judíos fueron
expulsados antes de que se difundiera la desecración de la hostia, pero también
allí se reflejó en el arte, como en el Croxton Sacrament Play, escrito
en 1491, dos siglos después de la expulsión.
Casos famosos fueron el de París de
1290; el de Bruselas de 1370 (que llevó a la destrucción de la judería belga,
se celebró en una fiesta especial y todavía se lo ve grabado en las reliquias
de la Iglesia de Santa Gudule); el de Knoblauch en 1510, que resultó en
treinta ocho ejecuciones y la expulsión de los judíos de Brandenburgo. Por lo
menos dos casos son aún celebrados localmente: el de Deggendorf, Bavaria, que
data de 1337, y el de Segovia de 1415, que supuestamente había producido un terremoto,
y resultó en la confiscación de la sinagoga y la ejecución de los líderes
judíos.
Precisamente en España el infante don
Juan de Aragón patrocinó algunas acusaciones. En la de Barcelona de 1367 varios
sabios (como Hasdai Crescas, Nisim Gerondi e Isaac B. Sheshet) se hallaban
entre los arrestados con la comunidad entera (hombres, mujeres y niños),
encerrada en la sinagoga por tres días sin comida. Como no confesaron, el rey
ordenó su libertad, y sólo tres judíos fueron ejecutados. Diez años después hubo
casos en Teruel y Huesca.
El caso de Lisboa de 1671 se produjo
cuando ya no había judíos en Portugal. Por lo tanto, cuando la hostia de la
iglesia de Orivellas fue robada, un edicto real ordenó la expulsión... de todos
los Nuevos Cristianos. Las supuestas desecraciones continuaron hasta el
último caso, en 1836 en Bislad, Rumania.
El último mito de esta trilogía fue la
ya mentada Peste Negra. Entre 1348 y 1350 una epidemia múltiple s (bubónica,
septicémica y neumónica) causada por el bacilo pasteurella pestis,
arrasó a casi cien millones de personas, un tercio de la población europea. En
centros de densidad poblacional, como monasterios, la tasa de mortandad era
superior. La racción popular fue extrema: o bien se buscó refugio en el
arrepentimiento y las súplicas a Dios, o bien lanzándose al libertinaje y el
salvajismo. Lo curioso es que estas dos actitudes se combinaron en que
arremetían contra los judíos, quienes fueron acusados de envenenar los pozos de
agua para destruir la cristiandad. En esos años miles de judíos fueron
masacrados.
La bula del Papa Clemente VI
(26/9/1348) vino a defenderlos, y definió la plaga como "pestilencia con
que Dios aflige al pueblo cristiano". La vasta mayoría de la población,
empero, la veía como pestis manufacta (artificial), la forma más simple
de entenderla (y después de tanta matanza contra los judíos, podía sospecharse
de que en algún momento éstos buscarían venganza).
La primera acusación fue en septiembre
de 1348 en Castillo de Chillon del lago de Ginebra. Los judíos
"confesaron" que la plaga había sido diseminada por un judío de Savoy
guiado por un rabino que había preparado el veneno. Las matanzas se extendieron
entre España y Polonia, destruyendo trescientas comunidades. Los llamados Flagelantes
expiaban sus pecados matando judíos a su paso.
Las matanzas se dieron especialmente en
Alemania, aun cuando al principio el emperador Carlos IV intentó defenderlos.
Después se sumó al fervor de las hordas y concedió "perdón por cada
transgresión que incluía el asesinato y destrucción de judíos". En muchas
localidades los judíos fueron asesinados aun antes de que la plaga llegara. En
Mainz, seis mil judíos fueron llevados a la hoguera, y en Estrasburgo dos mil
judíos fueron quemados en una pira gigantesca en el cementerio judío.
El mito de los judíos envenenando pozos
agravó su imagen diabólica, y después de la Peste Negra el status de los judios
se había deteriorado por doquier.
Hubo en la Edad Media otros mitos que
armaron el arsenal judeofóbico, pero ninguno fue mortífero como los
mencionados. Uno adicional fue el del Judío Errante, una figura de la
leyenda cristiana condenada por Jesús a vagar hasta su segunda venida, debido a
que lo desairó o le pegó en su camino a la crucifixión. Dio lugar a muchos
cuentos aun hasta este siglo. Nación aparentemente en Bolonia en 1233, cuando
peregrinos del monasterio de Ferrara relataron que vieron a un judío en Armenia
que había presenciado la Pasión de Jesús, lo ofendió, se arrepintió y se
convirtió al cristianismo. Los nombres del Judío Errante varían en idiomas y
tradiciones: Cartaphilus, Buttadeus, Votadio, Juan Espera en Dios, Ajasuerus,
Isaac Laquedem, y Der ewige Jude. Se transformó, en efecto, en símbolo del
pueblo judío todo, culpable y errante en el mundo. Este mito influyó arte y
literatura, pero no produjo genocidios.
En contraste, la mentada trilogía
generó máximo sadismo, y transformó la voz judío en sinónimo de diabólico.
El arte medieval muestra al judío con cuernos, cola, cara satánica, postura
grotesca, en compañía de puercos y escorpiones.
En el siglo XVI se produjo un cisma en
la Iglesia, y nació el protestantismo, que entre otras facetas buscó recuperar
las raíces hebreas del cristianismo. Pero fueron infundadas las esperanzas
prematuras en que los judíos serían respetados por una Iglesia de mayor
compasión hacia ellos. Lo veremos en nuestra próxima lección.
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