La Naturaleza de la Judeofobia
Por: Gustavo
Perednik
"La
Naturaleza de la Judeofobia" explora las raíces del odio antijudío y su
desarrollo hasta la era actual, analizando la imagen del judío en diferentes
períodos, a través de mitos, ensayos y obras literarias. Las clases enfocan las
principales expresiones de la judeofobia, y el modo en que se justificó en
diversas épocas. Finalmente, se exponen hipótesis varias acerca de las causas
del fenómeno.
Vimos cómo a partir del cristianismo fue
gestándose una judeofobia novedosa, más grave, que alcanzó su acérrimo punto
durante el siglo IV, llamado por Flannery "el más funesto". La
teología de odio hacia los judíos se expresó en bulas papales, y en la
persecución a los judíos por medio de sermones y bautismos por la fuerza,
quemas y prohibiciones de libros, disputas y ghettos.
En esta lección añadiremos dos
prácticas: las expulsiones sistemáticas de judíos, que también fueron la
política a partir del mentado siglo IV, y las matanzas en gran escala, que
comenzaron en el siglo XI.
Hubo precedentes de expulsiones en Roma
(tres veces: en el 139 a.e.c., en el 19 e.c. por Tiberio y en el 50 e.c. por
Claudio); y en Jerusalem, a la que los judíos tuvieron prohibida la entrada
entre el 135 y el 638. Pero las expulsiones posteriores incluyeron la remoción
de judíos de países enteros y por períodos extensos (por ejemplo, para fines
del siglo XIII, ya habían sido expulsados de Inglaterra, Francia y Alemania).
Debido a las persecuciones, y a las
restricciones a sus ocupaciones, cuando un judío llegaba a enriquecerse, optaba
por invertir sus bienes en contante y sonante, y no en bienes inmuebles. Por
ello, frecuentemente era utilizado por los reyes como prestamista oficial del
cual obtener recursos al contado, con la ventaja adicional de que dichas
operaciones no estarían sometidas a las limitaciones eclesiásticas en materia
de préstamo a interés.
Asimismo, el rey unificaba las
actividades financieras por medio de colocar al judío como colector de los
impuestos que cobraba a los campesinos. Así, a los ojos de éstos el judío
agravaba su imagen por medio de la odiosa tarea, que era su modo de garantizar
su incierta existencia.
La realeza protegía a "sus
judíos" mientras le resultaban útiles, y hasta tanto no estallara el
clamor de los deudores empobrecidos. Cuando el resentimiento de las masas
hervía debido a los altos impuestos, el rey transformaba a los judíos en chivos
expiatorios, se unía a la furia popular, y echaba mano a la mitología
judeofóbica. Se atribuía visos de "buen cristiano" aun cuando sus
móviles hubieran sido meramente económicos. Y al rey se asociaban comerciantes
y artesanos cristianos que repentinamente se veían libres de la competencia de
los judíos. Así ocurrió casi en cada país europeo.
En Inglaterra, durante la guerra civil
de 1262, los judíos fueron atacados en muchas localidades; sólo en Londres mil
quinientos fueron asesinados. En el 1279 todos los judíos de la ciudad fueron
arrestados bajo cargo de que adulteraban la moneda del reino. Después de un
juicio en Londres, doscientos ochenta fueron ejecutados y el rey Eduardo I
ordenó la expulsión de todos los demás, apropiándose de todas sus posesiones.
El plazo para abandonar el reino fue el Día de Todos los Santos del año
1290.
En octubre, dieciséis mil judíos
partieron a Francia y Bélgica; muchos de ellos perecieron apenas cruzado el río
Thames en el que un capitán los hacía ahogarse. La readmisión de los judíos a
Inglaterra se produjo sólo en 1650.
Francia los expulsó de la mayor parte de
su territorio en 1306 (y los que eventualmente regresaron, volvieron a ser
expulsados en 1394) y no fueron oficialmente readmitidos hasta 1789. De las
diversas regiones de Alemania fueron expulsados mayormente durante la Peste
Negra, a la que nos referiremos en la próxima lección. En Rusia la residencia
de los judíos fue prohibida entre el siglo V y 1772 (cuando masas judías fueron
incorporadas desde los anexados Polonia-Lituania). En 1495 fueron expulsados de
Lituania, y readmitidos ocho años después. Expulsiones de ciudades específicas
hubo muchas, como Praga en 1744 o Moscú en 1891.
La expulsión más destacada es la de
España, en 1492, que removió por virtualmente medio milenio a casi trescientos
mil judíos, la mayor comunidad hebrea de la época, que había producido
filósofos, astrónomos, poetas, médicos y notables contribuciones al Siglo de
Oro español.
Después de la boda entre Fernando e
Isabel, que unificó los tronos de Castilla y Aragón en 1479, la homogeneidad
nacional española se transformó en un objetivo real, y los judíos (y más tarde
los conversos) fueron percibidos como una amenaza a dicho objetivo.
Al principio, los Reyes Católicos
continuaron usando funcionarios judíos y conversos, pero ulteriormente
requirieron del papa que extendiera a su reino las actividades de la
Inquisición. En el 1480 dos dominicos fueron designados inquisidores y en los
seis años siguientes más de setecientos conversos fueron quemados en la
hoguera. Tomás de Torquemada, confesor de la reina, fue nombrado Inquisidor
General en el 1483, y la institución impuso el terror a los judíos de aldea en
aldea. En una década la Inquisición condenó a trece mil conversos, hombres y
mujeres.
La marcha hacia la completa unidad
religiosa fue vigorizada cuando cayó el último bastión del poder musulmán en
España, con la entrada triunfal de los Reyes Católicos en Granada, el 2 de
enero del 1492. La presencia de miles de conversos que se mantenían
secretamente fieles al judaísmo, fue considerada un escándalo que probaba que
no bastaban la segregación de los judíos y restricciones a sus derechos: los Nuevos
Cristianos aún debían ser alejados de la influencia de judía.
El edicto de expulsión total fue firmado
en Granada y en mayo comenzó el gran éxodo. A partir de entonces, la vieja preocupación
acerca de los Nuevos Cristianos se transformó en una obsesión contra
aquellos que habían permanecido. Se prohibió a los Marranos y sus descendientes
ejercer cargos públicos, así como la pertenencia a corporaciones, colegios,
órdenes, e incluso la residencia en ciertas ciudades.
Los roles públicos fueron reservados en
exclusividad a los cristianos de "ascendencia impecable", es decir
quienes no eran sospechosos de antepasados judíos cualesquiera. Si no quedaban
judíos, pues el odio judeofóbico necesitó de otro continente para descargarse:
los Nuevos Cristianos. Con el transcurso del tiempo, fueron redoblándose
los esfuerzos para desenterrar todo resabio de antepasados "impuros"
que hubiera sido pasado por alto.
En Portugal, la discriminación legal entre
Viejos y Nuevos Cristianos fue abolida oficialmente sólo en 1773.
España fue más lejos: hasta 1860 se exigía pureza de sangre para
ingresar a la academia militar, y la más prestigiosa de sus escuelas, la San
Bartolomé de Salamanca, se ufanaba de que rechazaba todo candidato sobre el
que se corriera el más mínimo rumor de contar con antepasados judíos. Pero
nadie podía estar absolutamente seguro de tener "pureza de sangre desde
tiempo inmemorial", por lo que la mancha era negociable por medio de
testigos sobornados, genealogías barajadas y documentos falsificados.
Con todo, el más atroz de los
sufrimientos judíos aún no ha sido abordado. Lo descripto hasta ahora fue
muchas veces considerado un mal menor, ya que la acechanza de genocidios
siempre se cernía sobre los judios. Así se infiere por ejemplo de los escritos
de un conocido filósofo y rabino, el Maharal de Praga. Este anota que la era
del exilio que a él le había tocado en suerte era tolerable porque el principal
sufrimiento se limitaba a las expulsiones. Así reza un poema de Eljanan Helin
de Frankfurt de 1692: "partimos en júbilo y en tristeza; aflicción, debido
a la destrucción y la desgracia. Mas nos alegramos de haber escapado con tantos
sobrevivientes". También en Tevie el Lechero, la famosa obra de
Scholem Aleijem (1894), toma las expulsiones con ligereza: la razón por la que
usamos sombreros, deduce, es que debemos estar siempre preparados para partir
en cualquier momento.
Sin embargo, las expulsiones no sólo
significaban ingentes pérdidas de propiedad, sino un debilitamiento de cuerpo y
de espíritu. Dejaron una marca indeleble en el pueblo judío y su devenir, con
sentimientos de extranjería. Los judíos eran como empujados a los márgenes de
la historia. Considérese que después de 1492 no había judíos abiertamente
identificados a lo largo y ancho de toda la costa europea del Atlántico Norte,
durante un período en el que allí estaba el centro del mundo.
Matanzas Totales: Ocho Ejemplos
Pero la peor parte del martirio judío
fueron sin duda las matanzas, que desde la antigüedad habían tenido lugar
esporádicamente, y desde las Cruzadas fueron sistemáticas. La judeofobia fue
superando su crueldad a lo largo de los siglos, y cada superlativo iba
empequeñeciéndose por eventos posteriores.
Matanzas bajo dominio cristiano, datan
ya de los primeros siglos. En Antioquía (ciudad que asumió en el Este la
importancia de Alejandría) facciones enfrentadas (los azules y los verdes)
terminaron por masacrar judíos e incendiar la sinagoga de Daphne junto con los
huesos de las víctimas (circa 480). El emperador Zenón se limitó a comentar
entonces que hubiera sido preferible quemar a los judíos vivos.
Pero esas masacres ocasionales
devinieron en norma durante la primera mitad de este milenio, el período en el
que la Iglesia alcanzó el cenit de su poder. A modo de resumen, digamos que los
principales genocidios de judíos en la primera mitad del milenio tuvieron lugar
en el transcurso de cada una de las tres primeras Cruzadas, y de cuatro
campañas judeofóbicas que las sucedieron. Añadiré a su enumeración, el año y el
nombre de los cabecillas, a saber: la Primera Cruzada (Godofredo de Bouillon,
1096); la Segunda Cruzada (el monje Radulph, 1144); la Tercera Cruzada (Ricardo
Corazón de León, 1190); los Judenschachters (Rindfleisch, 1298); los
Pastoureaux (el fray Pedro Olligen, 1320); los Armleder (John Zimberlin, 1337);
y la Muerte Negra (Federico de Meissen, 1348).
Como escribiera Flannery, para
encontrar en la historia de los judíos un año más fatídico que 1096, habría que
remontarse a mil años antes hasta la caida de Jerusalem, o a casi nueve siglos
después hasta el Holocausto. Todo comenzó el 27 de noviembre del 1095 en la ya
mencionada ciudad de Clermont-Ferrand, cuando durante la clausura de un
concilio, el Papa Urbano II convocó una campaña "para liberar Tierra Santa
del infiel musulmán". Hordas de caballeros, monjes, nobles y campesinos,
se lanzaron sin organización a la aventura, pero eventualmente optaron por
comenzar la purga de los "infieles locales", y acometieron ferozmente
contra los judíos de Lorena y Alsacia, exterminando a todos los que se negaban
a bautizarse. Corrió el rumor de que el líder Godofredo había jurado no poner
en marcha la cruzada hasta tanto no se vengara la crucifixión con sangre judía,
y que no toleraría más la existencia de judíos.
En efecto, un común denominador de las
matanzas enumeradas fue el intento de barrer a la población judía íntegra,
niños incluidos. Los judíos franceses advirtieron del peligro a sus
correligionarios alemanes, pero infructuosamente. A lo largo del valle del
Rhin, las tropas, incentivadas por predicadores como Pedro el Hermitaño,
ofrecieron a cada una de las comunidades judías la opción de la muerte o el
bautismo. En Speyer, mientras los crusados rodeaban la sinagoga, en donde se
había refugiado la comunidad presa del pánico, una mujer reinició la tradición
de Kidush Hashem, la aceptación voluntaria del martirio para gloria de
Dios. Cientos de judíos se suicidaron y algunos aun sacrificaban primero a sus
propios hijos. En Ratisbon, los cruzados sumergieron a la comunidad judía
entera en el río Danubio a modo de bautismo colectivo. Las matanzas se sucedían
en Treves y Neuss, en las aldeas a lo largo del Rhin y el Danubio, Worms,
Mainz, Bohemia y Praga.
El fin del viaje era Jerusalem, en
donde los crusados hallaron a los judíos agolpados en sus sinagogas y
procedieron a incendiarlas (1099). Los pocos sobrevivientes fueron vendidos
como esclavos, algunos de los cuales fueron eventualmente redimidos por
comunidades judías de Italia. Pero la comunidad judía de Jerusalem quedó
destruida por un siglo. En los primeros seis meses de la Primera Cruzada
aproximadamente diez mil judíos fueron asesinados, que constituían en esa época
un tercio de las poblaciones judías de Alemania y el norte de Francia.
En el año 1144, los cruzados perdieron
Edessa, y se temió por la suerte del Reino Latino de Jerusalem. El Papa Eugenio
III convocó la Segunda Cruzada, y sus sucesores "judaizaron" la
marcha. Se estipuló que no debía pagarse interés sobre el dinero que se tomara
de de judíos para financiar la cruzada (nótese que desde el siglo XIII el
término cruzada se aplicó a toda campaña de la que la Iglesia se veía
políticamente beneficiada).
En el 1146 el monje Radulph exhortó a
los cruzados a vengarse en "los que crucificaron a Jesús". Centenares
de judíos del Rhineland cayeron ante las hordas incitadas que los aplastaban al
grito de Hep, Hep! (esta consigna, que probablemente era la abreviatura
del latín Jerusalem se ha perdido, fue un lema judeofóbico muy popular
en Alemania, y así se denominaron los tumultos contra judíos alemanes en 1819).
Brutalidades se perpetraron en Colonia
y Wuezburg en Alemania, y en Carenton y Sully en Francia. El famoso maestro
Rabenu Jacob Tam fue acuchillado cinco veces en recuerdo de las heridas
sufridas por Jesús. Pedro de Cluny (llamado el Venerable) solicitó que
el rey de Francia castigara a los judíos por "macular el cristianismo. No
debería matárselos, sino hacerlos sufrir tormentos espantosos y prepararlos para
una existencia peor que la muerte". Puede verse que el pretendido celo
religioso de estos judeófobos no era sino una máscara para poder descargar sus
instintos más sádicos, ideológicamente justificados.
La tregua que se dio a los judíos
europeos después de de las dos primeras cruzadas, fue balanceada por las
persecuciones a las que los sometieron los almohades en España y Noráfrica.
Pero cuando Saladino puso fin al reino crusado en Jerusalem, una Tercera
Cruzada fue lanzada, a la que se sumaron con entusiasmo el emperador de
Alemania y el rey Felipe Augusto de Francia, quien ya había hecho quemar a cien
judíos en Bray, como castigo por el ahorcamiento de uno de sus oficiales que
había asesinado a un judío.
La novedad de la Tercera Cruzada fue
que repercutió más en Inglaterra, que en las dos primeras había tenido un rol
menor. Las comunidades judías de Lynn, Norwich y Stamford, fueron íntegramente
destruidas. En York, los judíos se refugiaron en el castillo, al que se le puso
sitio, y en el que se autoinmolaron a comienzo de la Pascua hebrea.
Para los judíos, las Cruzadas pasaron a
simbolizar la inveterada hostilidad del cristianismo. Trescientos rabinos
emigraron en el 1211 a Eretz Israel, en la certeza de que si permanecían en
Europa Occidental pocas serían sus posibilidades de sobrevivir. Y como lo
rubrica Flannery "los que decidieron quedarse terminaron lamentando su
decisión". Al mismo tiempo, el recuerdo de los mártires fue para los
judíos una fuente de inspiración para las generaciones posteriores: Dios los
había puesto a prueba y demostraron ser héroes. Su martirio fue percibido como
una victoria, símbolo del pueblo entero. La mayoría de los que se convirtieron
por la fuerza pudieron ulteriormente regresar al judaísmo... y terminaron
siendo víctimas de las matanzas que estallaron después. En la percepción del
cristiano, el judío se había transformado en el implacable enemigo de su fe.
Las Cruzadas revelaron en toda su
dimensión el peligro físico en el que se hallaban los judíos, lo que resultó en
dos efectos. En principio, los judíos se mudaron mudarse a ciudades
fortificadas en las que serían menos vulnerables (esto puede ser una
explicación parcial del carácter urbano de los judíos que fue mencionado en la
segunda lección). Segundamente, se instituyó el status de "siervos de la
cámara real". Los judíos compraron la protección de emperadores y reyes a
un elevado precio. Se consideraba que tendrían un privilegio si se los protegía
del fanatismo de las masas y de la rapacidad de los barones. Pero en poco
tiempo la supuesta protección se transformó en un artificio para enriquecer la
Corona.
La teología ayudaba. El Papa Inocencio
III proclamó la "servidumbre perpetua de los judíos" y el jurista
Enrique de Bracton (m.1268) definió que "el judío no puede tener nada de
su propiedad. Todo lo que adquiere lo adquiere para el rey". Para el siglo
XIII era un buen negocio poseer algunos judíos, antes de que fueran
eventualmente masacrados. Y las matanzas que sucedieron a las Cruzadas probaron
ser las más sombrías.
En Rottingen en 1298 un noble llamado
Rindfleisch incitó a las masas, que quemaron en la hoguera a la comunidad
íntegra. Luego sus Judenschachters (asesinos de judíos) atravesaron
Austria y Alemania saqueando, incendiando y asesinando judíos a su paso. Ciento
cuarenta comunidades fueron diezmadas; cien mil judíos asesinados.
En el 1306 el rey de Francia hizo
arrestar a todos los judíos en un mismo día y les ordenó abandonar el país en
el plazo de un mes. Cien mil lo hicieron y se asentaron en comarcas vecinas;
nueve años después fueron readmitidos... para ser nuevamente masacrados.
Un monje benedictino lideró a los Pastoureaux
(pastorcitos) en una especie de cruzada que destruyó ciento viente comunidades.
En reacción a la matanza de los Pastoureaux en Castelsarrasin y otras
localidades entre el 10 y el 12 de junio del 1320, el vizconde de Tolosa
comandó una tropa para detener a los revoltosos, y cargó veinticuatro carros de
Pastoureaux, a fin de encarcelarlos en el castillo de la ciudad. Sin embargo, el
populacho vino en socorro de los saqueadores y los liberó. En efecto, otra
característica común de los genocidios es el grado pasmoso de apoyo campesino
con el que contaban. Y como es habitual en la judeofobia, lo peor estaba por
venir.
En el 1336 John Zimberlin, un iluminado
que había "recibido un llamado para vengar la muerte de Cristo matando
judíos" lideró a cinco mil enardecidos armados, que usaban bandas de cuero
en los brazos (los Armleder) y se lanzaron al asesinato de los judíos
alsacianos. En Ribeauville fueron masacrados mil quinientos. Finalmente, el 28
de agosto del 1339 se concluyó un acuerdo entre el obispo de Estrasburgo y
Zimberlin, que puso fin a los desmanes.
El séptimo genocidio mencionado en la
lista fue el de la Muerte Negra. Una plaga mató a alrededor de un tercio de la
población de Europa entre 1348 y 1350 (casi cien millones de personas). Las
comunidades judías de Europa fueron exterminadas por el populacho enloquecido
por tanta muerte. ¿Quién podía ser culpable de la plaga sino el
archiconspirador y envenenador, el judío?
El emperador Carlos IV ofreció
inmunidad a los que atacaran judíos, otorgándoles sus propiedades a los
favoritos de la corte... ¡incluso antes de que una matanza tuviera lugar! Por
ejemplo, le ofreció al arzobispo de Trier los bienes de los judíos "que ya
han sido muertos o lo sean en el futuro" y a un margrave de Nurenberg la
elección de las casas de judíos "cuando la próxima matanza se lleve a
cabo".
Debido a Hitler que superó a todos, se
tiene poco en cuenta los genocidios previos. El ucraniano Bogdan Chmielnicky
fue eventualmente olvidado al perder su rol de peor genocida judeofóbico.
Combatió la dominación polaca de su país asesinando a más de cien mil judíos en
1648-1649, y hasta hoy es reverenciado como héroe nacional de Ucrania. Así lo
describió el cronista de la época, Natan Hanover en su libro Ieven Metzula
("El fango profundo") págs. 31-32: "A algunos de los judíos
les arrancaban la piel y arrojaban su cuero a los perros. A otros les cortaban
las manos y los pies y arrojaban a los judíos al camino en donde eran
finalmente pisoteados por caballos... Muchos eran enterrados vivos. A los
infantes se los mataba en el pecho de la madre; a muchos niños se los
despedazaba como pescado. Desgarraban los vientres de las mujeres preñadas,
extraían a los bebés no nacidos y se los tiraban a las madres en las caras. A
algunas les abrían el vientre y reemplazaban el feto con gatos vivos y las
dejaban así, asegurándose primero de cortarles las manos para que las mujeres no
pudieran sacarse el gato de su cuerpo... No hubo nunca en el mundo una muerte
no-natural que no les infligieran".
La pregunta acerca de cuán profundo
debe de ser un odio que lleve a semejantes atrocidades, tendrá respuesta
parcial en la próxima clase, cuando nos refiramos a la mitología judeofóbica
que las sostuvo. Pero adelantemos que tanta muerte atroz debe ser motivo de
reflexión. Máximo Kahn, un intelectual judío que escapó de Alemania y se radicó
en la Argentina, escribió en 1944: "La muerte de los judíos es, quizá, la
más enigmática de todas las muertes; ciertamente es la más acusadora. Durante
dos mil quinientos años se ha venido matando a los judíos en vez de permitir
que mueran... Se empezó a matar judíos con tanto éxtasis que la muerte natural
ya no les causó terror... los judíos se agarraron a la muerte natural como si
fuera vida, como si fuera luz del sol, canto de pájaros, fragancia de flores o
amor. Nada les pareció tan apetecible como poder morir sin huellas de homicidio
en el cuerpo. Su vida se convirtió en esperar la muerte. Es de extrañar que la
palabra judío no se haya vuelto sinónimo de moribundo... el
judaísmo es una salud incurable".
El odio ilimitado que se descargó
contra los judíos estaba sostenido por un cuerpo mitológico que vamos a revisar
en la próxima lección.
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