La Naturaleza de la Judeofobia
Por: Gustavo
Perednik
"La
Naturaleza de la Judeofobia" explora las raíces del odio antijudío y su
desarrollo hasta la era actual, analizando la imagen del judío en diferentes
períodos, a través de mitos, ensayos y obras literarias. Las clases enfocan las
principales expresiones de la judeofobia, y el modo en que se justificó en
diversas épocas. Finalmente, se exponen hipótesis varias acerca de las causas
del fenómeno.
Concluimos nuestra última lección con el
libro de Jules Isaac, quien supervisaba la enseñanza de historia en el
Ministerio de Educación de Francia. Cuando en 1943 deportaron y asesinaron a
toda su familia, Isaac decidió dedicar el resto de su vida al estudio de la
judeofobia. En particular, se propuso refutar tres enseñanzas de la
historiografía patrística, a saber:
1. que los judíos son deicidas,
2. que su dispersión fue un castigo divino por el
rechazo de Jesús como el Mesías,
que su religión estaba corrupta en esa época.
que su religión estaba corrupta en esa época.
La actitud católica medieval de
desprecio a los judíos no excluyó tampoco al principal filósofo medieval
cristiano, Tomás de Aquino, citado en nuestra última lección, y quien en 1270
escribía: "Como consecuencia de su pecado, los judíos están destinados a
servidumbre perpetua. Los soberanos de los Estados pueden tratar las posesiones
de los judíos como si fueran propias, con la única provisión de no privarlos de
lo necesario para mantenerse vivos". Esta recomendación fue gradualmente
aceptada por los gobiernos seculares. Bajo influencia de la visión de la
Iglesia y sus disposiciones, los judíos fueron sometidos a restricciones,
impuestos especiales, y la obligación de usar distintivos en las ropas, entre
otras limitaciones.
Si la enseñanza del deprecio se hubiera
limitado a la teología, habría causado a los judíos humillación y pesares, pero
no habría llegado a ser, como lo fue, motivo de atroces sufrimientos. En la conciencia
del cristiano fue penetrando la convicción de que cuando se quería descargar un
golpe al diablo, podía hacerse por medio de golpear al judío.
Antes de estudiar cómo la teología de
los Padres de la Iglesia se tradujo en acción, veamos cómo se expresó en la
ley. El Código de Teodosio II del año 438 fue la primera colección oficial de
estatutos imperiales que sancionaban la inferioridad civil del judío, definido
como "enemigo de las leyes romanas y de la suprema majestad" y fue la
base sobre la que se regularon los asuntos judíos de ahí en adelante. Así, de
las bulas medievales (una bula es un edicto del Papa; bullum es sello
en latín) muchas fueron abiertamente judeofóbicas. Vayan algunos ejemplos:
Etsi non displiceat (1205, Inocencio III) requiere del rey terminar con
las "maldades" de los judíos; In generali concilio (1218,
Honorio III) exige que los judíos usen ropa especial; Si vera sunt
(1239) resultó en la frecuente quema de libros sagrados judíos; Vineam
Soreth (1278, Nicolás III) establecía la selección de hombres capacitados
para predicar el cristianismo a los judíos; Sancta mater ecclesia (1584,
Gregorio XIII) exigía a los judíos de Roma enviar cada sábado cien hombres y
cincuenta mujeres para escuchar sermones conversionistas en la iglesia; Cum
nimis absurdum (1555, Pablo IV) limitaba las actividades de los judíos y
prohibía su contacto con los cristianos; Hebraeorum gens (1569, Pío)
acusaba a los judíos de magia y otros males, y ordenaba su expulsión de casi
todos los territorios papales; Vices eius nos (1577, Gregorio XIII)
demandaba que los judíos de Roma y otros estados papales que enviaran enviar
delegaciones a la iglesia.
No siempre esta legislación orientó a
reyes y gobernantes. En el año 830, el obispo Agobardo de Lyons, llamado
"el hombre más culto de su tiempo", se alarmó por las relaciones
amistosas que privaban entre su grey y los judíos de la ciudad, que propseraban
y lograban que su religión fuera respetada. Agobardo levantó cargos contra los
judíos ante el rey Luis el Piadoso, requiriendo un retorno al Código
Teodosiano. Su iniciativa no fue bien recibida: el rey, fiel a la línea que
había establecido su padre Carlomagno, permaneció bien predispuesto hacia los
judíos. Años después, tampoco el rey Carlos el Calvo aceptó ratificar las
normas judeofóbicas del Concilio Eclesiástico de Meaux (845) como le demandaba
el obispo Amulo, sucesor y discípulo de Agobardo.
Aquellos reyes fueron los últimos
representantes de la era carolingia, durante la que los judíos gozaron de
igualdad de derechos. En contraste, por el año 950 el emperador bizantino
Constantino VII promulgó un juramento especial, el Juramentum Judaeorum,
que los judíos estaban obligados a tomar en los pleitos con no-judíos. Así fue
hasta por lo menos el siglo XVIII. Tanto el texto y el ritual del juramento,
expresaban una automaldición impuesta, como podemos ver por ejemplo en el Schwabenspiegel
alemán de 1275: "Sobre los bienes por los que este hombre te lleva a
juicio... ayudame Dios que has creado cielos y tierra... para que si comes seas
impuro... y la tierra te trague... sea verdad lo que has jurado... y que
siempre permanezcan sobre ti la sangre y la maldición que tu prosapia ha traído
sobre sí misma cuando al torturar a Jesucristo dijeron 'Sea su sangre sobre
nosotros y nuestros hijos': es verdad... Te ayuden Dios y tu juramento.
Amén".
Juramentos, distintivos y restricciones
fueron una pequeña parte del repertorio judeofóbico medieval. Una síntesis
completa del martirio judío sería muy compleja, porque abarca diferentes
geografías y cronologías. Pero plantearemos a continuación siete prácticas que
eran comunes en Europa, a saber: el bautismo forzado, los sermones impuestos,
las disputas públicas, la quema de libros judíos, los ghettos, las expulsiones
y los genocidios.
Imposición de Bautismos y Sermones
Cuando el cristianismo se transformó en
la religión dominante en el Imperio Romano (s.IV), multitudes de judíos fueron
obligados a bautizarse. El primer relato detallado se remonta al año 418 en la
isla de Minorca. Una ola de conversiones forzadas se expandió por Europa desde
que en 614 el Emperador Heraclio prohibió la práctica del judaísmo en el
Imperio Bizantino. Muchos lo siguieron, como Basilio I que lanzó una campaña en
el 873. Durante las Cruzadas miles de judíos fueron bautizados por la fuerza,
especialmente en la región del Rhineland. En todos los casos las masas tomaba
la ley en sus manos y se imponían a creyentes que se habían preparado para el
martirio.
Con todo, la posición oficial de la
Iglesia tendió a seguir al Papa Gregorio I (540-604, Padre de la Iglesia
medieval) en el sentido de el bautismo no podía ser suministrado por la
fuerza. El problema era la definición de forzoso. ¿Acaso incluía el
bautismo bajo amenaza de muerte? ¿Y cuán forzoso era el bautismo bajo el temor
de castigos a largo plazo? ¿Y el de niños?
Por ejemplo, el obispo de
Clermont-Ferrand, después de que una horda destruyó la sinagoga de la ciudad,
recomendó a los judíos el 14 de mayo del 576: "Si estáis dispuestos a
creer como yo, convertiros en uno de nuestra feligresía y seré vuestro pastor;
pero si no estáis dispuestos, partid de este lugar". Alrededor de
quinientos judíos de Clermont se convirtieron, y hubo celebraciones en la
cristiandad. Los otros judíos partieron a Marsella. ¿Podía definirse aquella
conversión como forzada? O si no, en el 938 el papa le indicó al
arzobispo de Mainz que expulsara a los judíos de su diócesis si se negaban a
convertirse voluntariamente (insistió en que no se aplicara "la
fuerza").
Dijimos que el otro dilema fueron los
casos de niños. ¿A qué edad podía el bautismo considerarse
"voluntario" y no un gesto comprado por bagatelas? El mentado
Agobardo en el 820 reunió a todos los niños judíos y bautizó a los que no
habían sido alejados a tiempo por sus padres, si le parecían dispuestos a
aceptar el cristianismo.
Una de las cláusulas de la Constitutio
pro Judaeis, promulgada por papas sucesivos entre los siglos XII y XV,
declaraba categóricamente que ningún cristiano debía usar la violencia para
forzar judíos al bautismo. Lo que no decía era qué debía hacerse en los casos
en que la conversión ya había sido impuesta: si era válida de todos
modos o si el judío podía retornar a su fe.
La respuesta es que la condena
eclesiástica al bautismo forzado no se modificó, pero su actitud respecto de
problemas post-facto se endureció con el transcurrir de los siglos. En una
carta de 1201, el Papa Inocencio III estableció que un judío que se sometía al
bautismo bajo amenazas, de todos modos había expresado una voluntad de aceptar
el sacramento, y por ello no le era permitido renunciar a él posteriormente.
Para el cristianismo medieval, el
retorno a la vieja fe era una herejía punible con la muerte. Incluso en el año
1747 el Papa XIV decidió que una vez bautizado un niño, aun ilegalmente, debía
ser considerado cristiano y educado en consecuencia.
Así ocurrió con las olas de bautismos
forzados más tardías, en el reino de Nápoles durante las últimas décadas del
siglo XIII, y en España en 1391, que comenzó con los desmanes que liderara el
archidiácono Ferrant Martinez. Cientos de judíos fueron masacrados y
comunidades enteras convertidas por la fuerza, y su trágica secuela fue el
fenómeno de los marranos (una voz peyorativa para denominar a los Nuevos
Cristianos y sus descendientes). Esta gente continuó practicando el
judaísmo parcial y clandestinamente, hasta después del siglo XVIII.
En Portugal, miles de judíos se
asentaron después de su expulsión de la vecina España en 1492. El rey Manuel
decidió que para purgar su reino de la herejía, no era necesario expulsar a sus
súbditos judíos, quienes constituían un valuable patrimonio económico. En vez
de ello, se embarcó en una campaña sistemática de conversiones forzadas
inicialmente dirigidas contra los niños, quienes eran arrancados de los brazos
de sus padres en la esperanza de que los adultos los siguieran en la
cristianización.
La furia de las conversiones en
Portugal explica tanto el hecho de que para 1497 no había un sólo judío
abiertamente practicante en el país, y también por qué el fenómeno del
marranismo fue más tenaz allí hasta el día de hoy.
Un nuevo capítulo en la historia del
bautismo forzado comenzó en 1543 con el establecimiento de la Casa de los
Catecúmenes (candidatos a la conversión) primero en Roma y luego en muchas
otras ciudades. Una década después el papa impuso un impuesto a las sinagogas a
fin de costear a los Catecúmenes (ese pago se abolió sólo en 1810).
El converso potencial era adoctrinado
por cuarenta días, al cabo de los cuales decidía si convertirse o regresar al
ghetto. Toda persona que por cualquier excusa era considerada con inclinaciones
al cristianismo, podía ser internada en la Casa de los Catecúmenes para
explorar sus intenciones.
Para agravar las cosas, corría una
superstición popular según la cual quien lograba la conversión de un infiel se
aseguraba así el paraíso. Un tropel de ese tipo de procedimientos se esparció a
lo largo y ancho del mundo católico. A mediados del siglo XVIII los jesuitas
desempeñaron un rol protagónico en la práctica.
Varios casos fueron notorios. En 1762
una horda se avalanzó sobre el hijo del rabino de Carpentras, y lo bautizó en
una zanja, por lo que el joven debió abandonar a su familia. En 1783 fueron
secuestrados los niños Terracina para ser bautizados, y se generó una revuelta
en el ghetto de Roma. En 1858, la policía papal secuestró de su hogar en el
ghetto de Bolonia a Edgardo Mortara, de seis años, quien había sido
secretamente bautizado por una doméstica que lo creyó mortalmente enfermo.
Los Mortara trataron en vano de
recuperar a su hijo. Napoleón III, Cavour y Francisco José estuvieron entre los
que protestaron el secuestro, y Moisés Montefiore viajó al Vaticano en un
esfuerzo estéril por convencer al papa de que ordenara la liberación del niño.
La fundación de la Alliance Israélite Universelle en 1860 "para defender
los derechos civiles de los judíos" fue en parte una reacción a este caso.
El papa rechazó los pedidos de
clemencia y, sólo en 1870, cuando cesó el poder de la policía papal, el niño
salió en libertad. Ya no era Edgardo: el joven había decidido adoptar el nombre
papal Pío, era un novicio de la orden de los agustinos y un ardiente
conversionista en seis idiomas. Su trágico fin fue que falleció en Bélgica en
1940, un par de semanas antes de la invasión alemana que le habría impuesto un
retorno a su identidad judia.
Durante el segundo cuarto del siglo
pasado, el imperio ruso instituyó el sistema de los cantonistas, sobre
los que hablaremos en otra lección, y que involucraba el virtual secuestro de niños
judíos a fin de hacerlos servir militarmente durante varias décadas, con la
explícita intención de que abandonaran el judaísmo.
En cuanto a la imposición de sermones a
los judíos, también fue pionero el mentado Agobardo. En su Epistola de
baptizandis Hebraeis (año 820) señala que bajo sus órdenes la clerecía de
Lyons iba todos los sábados a predicar en las sinagogas, con asistencia
obligatoria de los judíos. El sistema se regularizó con la fundación de la
Orden Dominica (1216). Una ley de Jaime I de Aragón (1242) que recibió
aprobación papal, se refiere a la obligatoriedad de la asistencia. El mismo rey
dio la arenga en la sinagoga. En 1279 el rey Eduardo I impuso la práctica en
Inglaterra. El siglo XV encontró, entre los predicadores más destacados, a
Vicente Ferrer en España y Fra Matteo di Girgenti en Sicilia. La práctica se
exacerbó a partir de la Contrarreforma, que vino acompañada por una reacción
judeófoba.
En Roma, cien judíos y cincuenta judías
debían asistir a una iglesia designada para recibir sermones, generalmente de
apóstatas que debían ser pagados por la misma comunidad judía. La supervisión
de bedeles con varas, aseguraba que nadie se distrajera. Michel de Montaigne
registra que en Roma en el 1581 escuchó un sermón de Andrea del Monte, cuyo
lenguaje fue tan brutal que los judíos pidieron protección a la curia papal. En
1630 los jesuitas iniciaron los sermones en Praga, y el emperador Ferdinando II
los instituyó en en el auditorio de la universidad de Viena, adonde debían
asistir doscientos judíos, una parte fija de los cuales debían ser
adolescentes.
La imposición de sermones se prolongó
por un milenio. Los derogaron la Revolución Francesa, y las tropas napoleónicas
que fueron difundiendo las ideas revolucionarias por Europa. Después de la
caída de Napoleón, se restablecieron en Italia al regresar el gobierno papal,
pero Pío IX finalmente los abolió en 1846. Para esa época el poeta Robert
Browning trató de reflejar el sentir judío durante los sermones:
"...cuando
entró con alaridos el verdugo en nuestra cerca,
nos aguijoneó como perros hacia el redil de esta iglesia.
Su mano, que había destripado mi talega
ahora desborda para ahogar mis creencias.
Pecan en mí hombres raros que a su Dios me llevan".
nos aguijoneó como perros hacia el redil de esta iglesia.
Su mano, que había destripado mi talega
ahora desborda para ahogar mis creencias.
Pecan en mí hombres raros que a su Dios me llevan".
Disputas y Quemas de Libros
La proscripción de la literatura judía
comenzó en el siglo XIII, como un derivado de la decisión de 1199, por la que
el Papa Inocencio III advirtió a los legos que las Escrituras debían quedar
bajo interpretación exclusiva del clero.
En el 1236, el apóstata Nicolás Donin
envió desde París un memorandum al Papa Gregorio IX, en el que formulaba
treinta y cinco cargos contra el Talmud (que era blasfemo, antieclesiástico,
etc). El papa terminó por enviar un resumen de las acusaciones a los
eclesiásticos franceses, ordenando que se aprovechara la ausencia de los judíos
de sus casas mientras rezaban en las sinagogas, y se confiscara sus libros
(3/3/1240). Además se instruía a las Ordenes Dominica y Franciscana en París
que "hicieran quemar en la hoguera los libros en los que se encuentraran
errores" de corte doctrinario. Indicaciones similares se enviaron a los
reyes de Francia, Inglaterra, España y Portugal.
Recordemos que el Talmud no empezó a
traducirse hasta el siglo pasado, y que su idioma original, el arameo, era conocido
sólo por los judíos o los estudiosos del tema. Por ello cuando el hebraísta
cristiano Andrea Masio repudió las censuras y quemas de libros judíos, adujo
que una condena cardenalicia sobre esos libros era tan válida como la opinión
de un ciego sobre diversos colores.
Como consecuencia de la circular de
Gregorio IX, también se llevó a cabo la primera disputa religiosa pública entre
judíos y cristianos, en París, entre el 25 y el 27 junio del 1240. El Rabí
Iejiel que debió defender públicamente al Talmud, no logró evitar que un comité
inquisitorial lo condenara. En junio de 1242, miles de volúmenes fueron
quemados públicamente.
La práctica fue convirtiéndose en
norma, y muchos papas posteriores promovieron la quema del Talmud. Otra disputa
famosa se efectuó en Barcelona en el 1263, después de la cual Jaime I de Aragón
ordenó a los judíos borrar del Talmud referencias supuestamente anticristianas,
so pena de quemar sus libros. También la disputa de Tortosa (1413) concluyó
restringidendo los estudios de los judíos de Aragón.
Un nuevo ímpetu se dio a las
prohibiciones de libros judíos en 1431 cuando en el Concilio de Basilea, la
bula del papa Eugenio IV directamente prohibió a los judíos el estudio del
Talmud.
Los ataques contra el Talmud se
extremaron durante el período de la Contrarreforma en Italia, a mediados del
siglo XVI. En agosto de 1553 el papa designó al Talmud "blasfemia" y
lo condenó a la hoguera junto con otras fuentes de sabiduría rabínica. El día
de Rosh Hashaná de ese año (5 de septiembre) se construyó una una pira
gigantesca en Campo de Fiori en Roma, los libros judíos se secuestraron de las
casas mientras los judíos rezaban en las sinagogas, y se quemaron públicamente
miles de ejemplares.
Por orden inquisitorial, el
procedimiento se repitió en los Estados papales, en Bolonia, Ravena, Ferrara,
Mantua, Urbino, Florencia, Venecia y Cremona.
Unos años después Pío IV levantó la
prohibición del Talmud (1564) pero la frecuente confiscación de libros judíos
continuó hasta el siglo XVIII. El Talmud fue probablemente el libro más
vilipendiado de la historia humana. A fin de escribir su tratado de dos mil
páginas Endecktes Judemthum (El judaísmo desenmascarado) de 1699,
Johannes Eisenmenger pasó veinte años estudiando en una ieshivá (academia de
estudios talmúdicos), tan profundo era su odio por un libro que mantenía al
judaísmo viviente.
Durante los dos últimos siglos,
"expertos" de diversa índole fabricaron una vasta literatura que
"revelaba las blasfemias" del Talmud (una literatura inútil hoy en día,
cuando el Talmud está al alcance de todos por medio de las muchas traducciones
a los principales idiomas).
El último auto-de-fe contra el Talmud
fue en 1757 en Kamenets (Polonia) donde el obispo Nicolás Dembowski ordenó la
quema de mil copias del Talmud.
Otra práctica judeofóbica medieval fue
el establecimiento de barrios para judíos, rodeados de muros que permanecían
sellados de noche y podían traspasarse sólo con permisos oficiales. El término ghetto
con que se los designaba, pudo surgir del barrio en Venecia, que estaba cerca
de una fundición (getto en italiano) y que en 1516 se transformó en
residencia obligada de los judíos. O podría derivar del arameo guet,
término relativo a separación.
Aunque en muchos casos nacía
voluntariamente (por necesidades de cementerio, premisas para mikve o
baño ritual, etc.) fueron mayormente resultado de la tendencia eclesiástica que
desde el siglo IV aislaba y humillaba a los judíos. La disposición oficial, con
todo, se promulgó sólo en el Tercer Concilio Laterano (1179) que prohibió a
cristianos y judíos residir juntos. Ghettos famosos hasta la Reforma fueron el
de Londres (1276), Bolonia (1417) y Turín (1425).
Como en el caso de las otras prácticas
ya mencionadas, los ghettos se difundieron más cuando la Iglesia reaccionó
contra la Reforma, una reacción que en general agravó la situación de los
judíos en las regiones que permanecieron católicas. Desde la segunda mitad del
siglo XVI ghettos fueron introducidos, primero en Italia y luego en el imperio
austríaco. En Venecia se creó como una institución estable (1516) y en Roma,
los judíos fueron obligados a trasladarse y se les amuralló (fue el 26/7/1555
que coincidió con la trágica conmemoración del 9 del mes de Av).
En los países musulmanes, comenzó
enteramente voluntario, y así permaneció bajo el imperio otomano. Allí, cuando
en los siglos XIX-XX se levantó la obligación de residir en el ghetto, la
mayoría optó por permanecer en ellos.
En 1796 las tropas republicanas
francesas demolieron todas las murallas de los ghettos en Italia. Con la caída
de Napoleón (1815) hubo un fallido intento de restablecerlos. Los portones del
de Roma fueron finalmente destruidos en 1848, y no volvió a construirse ghettos
hasta el ascenso del nazismo en Europa.
El ghetto fue central en el devenir de
la judeofobia, puesto que fortalecía el estereotipo del judío demoníaco. Una
figura que, aun si accedía a contactos con los cristianos durante el día,
regresaba a la noche a su antro amurallado y a sus prácticas despreciadas.
Y además, como a los ghettos no se les
permitía expandirse, eran en general insalubres y superpoblados. Se suponía que
la degradación y humillación del judío llevaría ulteriormente a su
cristianización. Por ello, el publicista católico G.B.Roberti exclamó ante un
ghetto del siglo XVIII que "era una mejor prueba de la religión de
Jesucristo, que una escuela entera de teólogos".
Las dos
últimas prácticas que anunciamos fueron las más brutales: expulsiones y
genocidios, que serán analizadas en la próxima lección.
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