La Naturaleza de la Judeofobia
Por: Gustavo
Perednik
"La
Naturaleza de la Judeofobia" explora las raíces del odio antijudío y su
desarrollo hasta la era actual, analizando la imagen del judío en diferentes
períodos, a través de mitos, ensayos y obras literarias. Las clases enfocan las
principales expresiones de la judeofobia, y el modo en que se justificó en
diversas épocas. Finalmente, se exponen hipótesis varias acerca de las causas
del fenómeno.
Vimos en nuestra segunda lección amplia
evidencia de la judeofobia pagana, y de cómo Alejandría podría considerarse
cuna de la judeofobia en general. Ello bastaría para justificar una postura
como la de Edward Flannery que atribuye a la judeofobia veintitrés siglos de
antigüedad. Concluimos por preguntarnos si acaso es posible argumentar que la
judeofobia nació después, con el cristianismo, salteando de este modo la etapa
pagana.
La respuesta es básicamente que a partir
del cristianismo la judeofobia se convirtió en norma. Nacía una religión masiva
basada en el judaísmo, en la que el odio antijudío echó raíces, se profundizó,
y se ramificó monstruosamente, con derivaciones ideológicas y aun teológicas.
La judeofobia precristiana fue vulgar, poco organizada, no sistemática. En
contraste, señala Marcel Simon, la judeofobia cristiana "persigue un
objetivo muy preciso: despertar el odio hacia los judíos".
Quede claro desde el comienzo que
señalar las raíces cristianas de la judeofobia no implica la grosera
generalización de atribuir judeofobia a los cristianos en su conjunto. Sin
embargo, algunos datos básicos deben ser mencionados para aclarar la idea, y a
ellos dedicaremos esta tercera lección.
La esencia del problema es que la
iglesia naciente se presentó como la consumación del judaísmo, su herencia mas
prístina, su legítima continuación. El cristianismo emerge del judaísmo; sus
líderes fueron judíos, como sus primeros seguidores y su culto. En principio
ello podría haber sido motivo de confraternidad y, en efecto, los primeros
cristianos eran considerados miembros de la grey judía, y no hubo antagonismo
serio entre las dos religiones mientras el Estado judío existía.
El mensaje de los primeros tenía como
destinatario la Casa de Israel. Sin embargo, rápidamente quedó claro que la
vasta mayoría de los judíos no iba a convertirse, sino que permanecería fiel a
la ley bíblica, a la visión intransigente de un Dios trascendente e incorpóreo,
y a la fe en la llegada de un Mesías que curaría el mundo al final de los
tiempos.
Una vez que las incompatibilidades
doctrinarias fueron obvias, la armonía original entre las dos religiones quedó
condenada. El hecho de que los judíos rechazaran la nueva noción mesiánica
acerca del "hijo de Dios", desconcertó a los cristianos, que basaban
su fe en las Escrituras judías y en sus creencias, y por lo tanto esperaban
persuadir precisamente a los hijos de Israel. Si el cristianismo era el
heredero de la tradición judía, su realización más plena y su continuidad,
tarde o temprano se descubrirían defectos serios en quienes persistían
independientemente con la religión "superada y heredada". La
vitalidad del judaísmo, de por sí cuestionaría la legitimidad de la herencia.
La escisión entre las dos religiones fue
proclamada por un judío, discípulo de Jesús, Pablo o Saúl de Tarso, el
verdadero fundador del cristianismo. Pablo se pronunció en contra de la observancia
de la Ley que estipulaba el judaísmo, y estableció que la verdadera salvación
venía exclusivamente de la fe en Jesús como Mesías. Los judíos-cristianos, o
sea la minoría que aceptó ese dogma, siguieron practicando el judaísmo y fueron
vistos por la nueva fe que se expandía como un fenómeno temporario (se ve en el
Nuevo Testamento la Epístola a los Gálatas 2:11-21). Ellos terminaron rompiendo
con Pablo cuando eventualmente repararon en que él no hacía distingos entre
judío y gentil, y en que llevaba el nuevo mensaje al mundo pagano sin el marco
tradicional de la ley hebrea.
Lo que queda claro es que Pablo había
heredado el amor de Jesús por su pueblo. El Nuevo Testamento testimonia que
ninguno de los dos habría querido ver a los judíos degradados o destruidos.
Pero gradualmente, mientras el Nuevo Testamento era compuesto, la actitud
cristiana hacia los judíos empeoraba. Por ello, las secciones más tempranas
(las de Pablo, alrededor del año 50) están exentas de la judeofobia que se nota
en las partes más tardías (el Evangelio de Juan, alrededor del año 100). En el
año 140 se compila el canon más antiguo del Nuevo Testamento, por Marción,
quien llega a rechazar la Biblia Hebrea en su conjunto.
El debate acerca de cuán judeofóbico es
el Nuevo Testamento, excede los límites de este curso. Entre los teólogos
cristianos algunos (como Rosemary Ruether) arguyen que es decididamente
judeofóbico y algunos (como Gregory Baum) que no lo es en absoluto.
Sin duda, varios versículos del Nuevo
Testamento describen a los judíos de modo positivo, atribuyéndoles la salvacíon
(Juan 4:22) o la gracia divina (Romanos 11:28) y muchos otros pueden ser usados
en el arsenal judeofóbico (y lo fueron). En ese sentido, los dos versículos más
acres son aquél en el que los judíos supuestamente insisten en que Jesús sea
crucificado y declaran "Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros
hijos" (Mateo 27:25) y aquél en el que Jesús los llama "hijos del
diablo" (Juan 8:44).
Estos versículos y toda la gama de
acusaciones con que se acusó a los judíos mientras el cristianismo crecía y se
individualizaba, eran repetidos y agravados por gente que tenía poco o ningún
contacto con judíos. Jerónimo, Antanasio, Ambrosio, Amulo, todos reiteran como
un eco los orígenes satánicos de los judíos, o que el diablo los tienta, o que
son sus socios o instrumentos. De un modo trágico el cristiano afirmaba su
propia identidad por medio de descalificar al judío.
El Relato de la Crucificción
La fuente más reiterada que halló la
judeofobia posterior en el Nuevo Testamento fue el relato de la crucifixión,
aun cuando incluye evidentes errores históricos (que no socavan, claro está, ni
el carácter sagrado del texto para los creyentes en él, ni la base teológica
del cristianismo; hablamos aquí meramente en términos históricos).
Según el Nuevo Testamento, durante la
Pascua judía (Pésaj) el Sanhedrín (que era el cuerpo supremo religioso y
judicial de Judea durante el período romano) sometió a Jesús a juicio y lo
condenó a muerte. El gobernador romano Poncio Pilato intentó evitar la
aplicación de la pena, pero se sometió al veredicto "lavándose las
manos" literalmente y Jesús fue entonces crucificado por soldados romanos.
La vastísima bibliografía al respecto
señala varias imprecisiones en el relato, a saber:
1.
El Sanhedrín
nunca se reunía en las festividades hebreas, y muy raramente aplicaba penas de
muerte (a un Sanhedrín que aplicara una pena de muerte cada siete años, el
Talmud lo llama "Sanhedrín devastador", a lo que el rabí Eleazar Ben
Azariá agregó: "...aun cuando lo haga una vez cada setenta
años"). Y en el caso de Jesús el texto exhibe una inaudita ligereza en la
aplicación de la pena.
2.
Más grave aun es
que ni siquiera se explicita la transgresión que justificara pena de muerte. Había
crímenes que la ley bíblica penaba con muerte, pero no era el caso de
proclamarse "hijo de Dios", que no implicaba ningún tipo de
transgresión. Además, los romanos solían grabar en la cruz del reo la índole de
su delito. En la de Jesús, INRI (Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos)
alude al crimen político de sedición: nadie podía ser rey, porque el único
monarca era el César. Se trata de un crimen contra Roma, castigado con
un modo de ejecución romano.
3.
El rol de Pilato
es triplemente sospechoso. ¿Por qué el Sanhedrín -que tenía autoridad para
ejecutar las penas que imponía- solicitaría ayuda del enemigo romano a fin de
"castigar" a un judío? ¿Por qué el Procurador habría de salir en
defensa de un judío, cuando él era responsable de imponer el orden imperial en
Judea, y en esa función ya había hecho crucificar a miles? Y por último, el
conocido "lavado de manos" de Pilato es un rito (netilat iadaim)
que los judíos observan hasta hoy antes de comer, al visitar cementerios, o
como signo de pureza. Extraño es, pues, que así exteriorice su pureza un
militar romano a cargo de la represión.
Por todo ello, lo más probable es que
quienes se "lavaran las manos" fueran los miembros del Sanhedrín, en
pasivo temor ante la decisión del Procurador (en ese momento la mayoría de los
judíos no deseaba rebelarse contra Roma; el partido rebelde prevaleció cuatro
décadas después). Y probablemente quien anunció la pena de Jesús fue Pilato
mismo.
El motivo por el que los protagonistas
del relato fueron intercambiados, es quizá que los redactores del Nuevo
Testamento tenían en la mira la expansión del cristianismo, y para cumplir con
ese objeto en el Imperio, la incipiente religión debía eximir de toda culpa al
poderoso romano. Al mismo tiempo, podía tranquilamente depositar la culpa en
quien no podría defenderse, el judío ya vencido.
Además, al evangelizar el mundo pagano,
los cristianos no podían argüir que Jesús había sido el Mesías, puesto que ello
no significaba nada para quienes no creían en la Biblia. El único argumento
válido debía ser que el cristianismo era la religión original, la verdad
universal para la humanidad. Para ello, el cristianismo debía ser el exclusivo
poseedor de la historia de Israel.
A fines del siglo I, la Epístola de
Barnabás sostiene que los judíos en rigor habían entendido mal lo que los
cristianos llaman Antiguo Testamento, que nunca habría sido una ley a
ser cumplirda, sino una prefiguración de la Iglesia.
A comienzos del siglo II, Ignacio de
Antioquía lo resume así: "No fue la cristiandad quien creyó en el
judaísmo, sino los judíos quienes creyeron en el cristianismo". Así nacía
el fértil tema de que la Iglesia era, y siempre había sido, el verdadero
Israel. El problema era que el pueblo al que la Iglesia reclamaba haber
reemplazado, continuaba coexistiendo y, más importante aun, se adjudicaba las
mismas fuentes de fe, y afirmaba su anterioridad y su autoría del Antiguo
Testamento.
Se desarrolló una literatura antijudía,
según la cual la Iglesia precedía al Viejo Israel, remontándose hasta la fe de
Abraham e incluso a Adán. La Iglesia era así "el eterno Israel" cuyos
orígenes coincidían con los de la misma humanidad. La ley mosaica era ergo sólo
para los judíos, quienes con ese peso habían sido castigados por su
inmerecimiento y su culto al becerro de oro. La legislación mosaica se
transformaba en un yugo impuesto al Viejo Israel por sus pecados. Los judíos no
sólo eran privados de su rol providencial de pueblo elegido, sino que además
pasaban a ser una nación apóstata.
En los primeros siglos, el tratado
cristiano más completo en contra de los judíos fue el Diálogo con Trifón
de Justino, que explica cómo las desgracias que sufren los judíos son castigo
divino. Y en ese marco, el peor de los mitos es el del "deicidio", el
asesinato de Dios, explicitado por primera vez por Melito, obispo de Sardis,
alrededor del año 150: "Dios ha sido asesinado, el Rey de Israel fue
muerto por una mano israelita". Como consecuencia, "Israel yace
muerto", y el cristianismo conquista toda la Tierra. Esta acusación, que
fue repetida por décadas y siglos, nunca fue la doctrina oficial de la Iglesia.
Pero se arraigó de tal modo en los sermones cristianos que la Iglesia debió
oficialmente rechazarla durante el Concilio Vaticano II de 1965.
La Demonización del Judío
Este género de literatura judeofóbica
se desarrolló mientras la judería estaba humillada, débil y vencida, cuando no
constituía ningún desafío para el cristianismo. En las derrotas de los judíos,
en la disolución de Judea, y en las calamidades que subsecuentemente azotaron a
los israelitas, los cristianos encontraron una confirmación práctica de aquella
teología, una confirmación definitiva de su creencia en que Dios estaba
disgustado con los judíos y no deseaba su continuidad. Les parecía obvio e
indudable que el judaísmo sería irreversiblemente absorbido en la nueva
religión.
Sin embargo, después de los desastres
de los años 70 y 135 (derrotas demoledoras a manos de los romanos) los judíos
fueron lentamente recuperando vitalidad e influencia, y la reacción cristiana
fue un nuevo embate literario.
Entre esos dos años el cristianismo se
transformó en un movimiento definitivamente gentil, que ya no se focalizaba en
los judíos. De acuerdo con Orígenes (s.III, Alejandría), que fue el primer
erudito cristiano que estudió hebreo, los cristianos habían cumplido con la Ley
aun más que los judíos, puesto que éstos la habían interpretado de un modo
fantasioso y creado prácticas vanas; su rechazo de Jesús había resultado en
calamidad y exilio: "Podemos afirmar con confianza que nunca serán restaurados
a su previa condición, porque cometieron el más impío de los crímenes al
conspirar contra el Salvador de la raza humana".
Las muchas polémicas antijudías en
latín que comienzan con la de Tertuliano en el 200 conforman el género del Adversus
Judaeous. La imagen del judío se deteriora más, y llega a su nadir en el
siglo IV. Mientras a fines del siglo III se lo veía como un infiel, y un
competidor, al concluir el siglo IV se lo creía el deicida, una figura satánica
a quien Dios maldecía y por ende el Estado debía discriminar. El mismo término judío
ya era un insulto.
El motivo del empeoramiento fue la
difusión de la teología que explicaba las miserias de los judíos como un
castigo divino por la crucifixión de Jesús. Cuando el cristianismo se convirtió
en la religión dominante en el imperio (323) la judeofobia ya tenía bases muy
sólidas. Había sido el producto tanto de la mentada necesidad teológica, como
de la autodefensa frente al peligro de una regresión al judaísmo. Era una
propaganda inevitable que necesitaba asumir que el judaísmo había muerto, aun
cuando éste se negara a morir.
La Iglesia no reconocía en el judaísmo
una religión distinta, sino una distorsión de la única religión verdadera, una
perfidia, una rebelión obcecada contra Dios. Así lo escribieron los Padres de
la Iglesia.
En el año 338 una horda en Callinicus,
Mesopotamia, fue incitada por el obispo local a incendiar la sinagoga. Cuando
el emperador Teodosio ordenó reconstruirla y castigar a los incendiarios, la
Iglesia se le opuso. Ambrosio, el arzobispo de Milán, le pregunta en una carta
a quién le importaba el incendio, si la sinagoga "es una choza miserable,
un antro de insania y descreimiento que Dios mismo ha condenado". Sólo por
negligencia, agrega Ambrosio, no ha hecho él mismo destruir la sinagoga de
Milán. El poder imperial debe ser puesto al servicio de la fe. Amenazado en la
catedral con la privación de los sacramentos, Teodosio termina por ceder. Más
sinagogas fueron destruidas en Italia, Noráfrica, España, e incluso la Tierra
de Israel, en la que un grupo de monjes liderados por Barsauma masacraron a
muchos judíos.
En el marco de la literatura Adversus
Judaeos de esa época, quien expresa la judeofobia más virulenta es Juan
Crisóstomo (m. 407), para el que no había diferencia entre el amor por Jesús y
el odio por sus supuestos condenadores. Advirtió a los cristianos de Antioquía
que confraternizaban con "los judíos, quienes sacrifican a sus hijos e
hijas a los demonios, ultrajan la naturaleza, y trastornan las leyes de parentesco...
son los más miserables de entre los hombres... lascivos, rapaces, codiciosos,
pérfidos bandidos, asesinos empedernidos, destructores poseídos por el diablo.
Sólo saben satisfacer sus fauces, emborracharse, matarse y mutilarse unos a
otros... han superado la ferocidad de las bestias salvajes, ya que asesinan a
su propia descendencia para rendir culto a los demonios vengativos que tratan
de destruir a la cristiandad" (en el segundo sermón de los ocho,
Crisóstomo se corrige: no es necesariamente cierto que los judíos devoraran a
sus propios hijos, pero igualmente "mataron a Cristo, que es peor").
El problema fundamental, con todo, no
son las meras referencias de Crisóstomo y otros voceros, sino el hecho de que
tanto él como los otros judeófobos de la Patrística fueron por siglos (y aún
son) venerados como santos.
Por la misma época, Agustín (354-430)
contribuyó al arsenal judeofóbico con la tesis del pueblo-testigo. Este obispo
de Hippo en Noráfrica nunca tuvo contactos con judíos, pero explicó que los
judíos subsistían a fin de probar la verdad del cristianismo. Al igual que
Caín, llevan los judíos una marca. Y aunque no sólo están equivocados, sino que
encarnan la maldad, "no deben empero ser asesinados".
Esta visión de los judíos permanece
inalterada por siglos. Tomás de Aquino la sintetiza en 1270 cuando sostiene que
"los judíos, como consecuencia de su pecado, fueron destinados a
esclavitud perpetua; por ende los Estados soberanos pueden tratar sus bienes
como su propia propiedad, con la sola provisión de que no los priven de todo lo
que es necesario para mantener la vida". Y Angelo di Chivasso a fines de
la Edad Media: "ser judío es un crimen, no punible empero por un
cristiano".
El abismo teológico había crecido y
ahondado. Como lo señala el teólogo anglicano James Parkes "la Iglesia no
clamaba para sí la Biblia Hebrea en su totalidad. Sólo se asignaron los héroes
y los caracteres virtuosos de las Escrituras, las promesas y los elogios.
Descargaron en los judíos los villanos e idólatras, las amenazas y las
acusaciones. Y ésta era, supuestamente, la descripción del pueblo judío hecha
por Dios. Así lo predicaron asiduamente en todas sus obras, y desde todos los
púlpitos de la cristiandad, domingo tras domingo, siglo tras siglo, siempre que
se trataba de los judíos".
De este modo, sostener que la
judeofobia nació con el cristianismo no implica saltear la hostilidad de los
helenistas egipcios. Significa poner las proporciones adecuadas. La judeofobia
cristiana fue incomparablemente más fuerte que sus predecesoras; fue más
sistemática, con una misión de odiar al judío que era entendida como la
voluntad de divina.
Un noble húngaro, Joseph Eötvösz, por
la década de 1921 solía decir que "antisemita es quien odia a los
judíos... más de lo necesario". Esa definición socarrona no era cierta en
el mundo pagano, que en general fue tolerante para con los judíos, aun cuando
no faltaron en él los judeófobos. Pero una vez que el cristianismo prevaleció,
la judeofobia fue la norma, una plataforma teológica con sus propias leyes,
desprecios, calumnias, animosidad, segregación, bautismos forzados, apropiación
de niños, juicios fraguados, pogroms, exilios, persecución sistemática, rapiña
y degradación social.
Sobre la
base de todo ello, Jules Isaac audazmente tituló a su libro de 1956 Las
Raíces Cristianas del Antisemitismo
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