La Naturaleza de la Judeofobia
Por: Gustavo
Perednik
"La
Naturaleza de la Judeofobia" explora las raíces del odio antijudío y su
desarrollo hasta la era actual, analizando la imagen del judío en diferentes
períodos, a través de mitos, ensayos y obras literarias. Las clases enfocan las
principales expresiones de la judeofobia, y el modo en que se justificó en
diversas épocas. Finalmente, se exponen hipótesis varias acerca de las causas
del fenómeno.
Hemos comenzado el curso explicando los
motivos que justifican el nombre de judeofobia para el odio antijudío, y
enumeramos las características que hacen del mismo un fenómeno único y
singular.
Luego planteamos diversas opiniones
acerca de cuándo nació la judeofobia, y nos quedamos con dos alternativas
plausibles: que tuvo su germen, o bien en el helenismo, o bien en el
cristianismo.
En esta segunda lección retomaremos la
primera de esas dos tesis, que fue sostenida entre otros por el sacerdote
norteamericano Edward Flannery, cuyo libro Veintitrés siglos de
antisemitismo da la respuesta en el título mismo. Flannery rastreó las
primeras citas históricamente documentadas, que evidencian un encono específico
contra los judíos. Para entender dicha hostilidad, es necesario que nos
introduzcamos en la Alejandría del siglo III a.e.c.
Una Posible Cuna de la Judeofobia
Alejandría fue fundada por quizá el
máximo conquistador de todos los tiempos, Alejandro Magno, quien, según
historia Josefo Flavio, tuvo una actitud favorable hacia los judíos. Les
permitió construir sus propios barrios en la ciudad, en la que desarrollaron el
comercio y prosperaron. Alejandría se transformó en una segunda Atenas, capital
comercial e intelectual del mundo antiguo.
En Eretz Israel, después de la muerte
de Alejandro hubo un período de inestabilidad que provocó deportaciones y
emigraciones de judíos, especialmente a Alejandría, cuya poblacíon judía creció
notablemente.
A comienzos de la era común había allí
cien mil judíos, que ocupaban casi la mitad de la ciudad. (La población judía
mundial era de cuatro millones, un millón de los cuales residía en Eretz
Israel).
En consecuencia, Egipto se transformó
tanto en el corazón de la Diáspora judía, como en lo más avanzado de la
helenización fuera de Grecia. Y no se sustrajo a la norma del mundo pagano, que
en general fue muy tolerante en materia de diversidad religiosa. Después de
todo, si cada familia veneraba a sus muchos dioses, qué mal podía haber en
dioses adicionales que cada uno eligiera.
Esa atmósfera tolerante, típicamente
pagana, permitió a los judíos practicar libremente su monoteísmo. Tres ejemplos
de destacadas personalidades que valoraban altamente a los judíos fueron
Clearco, Teofrastro y Megástenes, a comienzos del siglo III a.e.c.
Los dos primeros habían sido, como el
mismo Alejandro, discípulos de Aristóteles. Clearco de Soli se refiere en su
diálogo Del Sueño al encuentro entre su maestro y un judío, y Teofrastro
de Eresos llama a los judíos "raza de filósofos", una descripción
nada infrecuente en aquella época.
Sin embargo, aquel trío fue en cierto
modo una excepción, puesto que la mayor parte de los historiadores alejandrinos
fueron notorios por su judeofobia. Una razón para ello puede ser que aunque los
egipcios nativos gozaban de prosperidad económica y cultural, no faltaba entre
ellos el descontento por la dominación foránea, primero griega y luego romana.
Ese resentimiento se tradujo en una xenofobia que terminó por descargarse
contra el pueblo hebreo.
Probablemente a los egipcios los
irritaba la tolerancia que el imperio había otorgado a los judíos. Esto, más la
envidia social frente al florecimiento de esa colectividad, fue caldo de
cultivo para las primeras agresiones escritas. Siguen algunos ejemplos.
Hecateo de Abdera fue el primer pagano que se explayó acerca
de la historia israelita, y en el siglo IV a.e.c. no excluyó lo legendario de
su narración: "debido a una plaga, los egipcios los expulsaron... La
mayoría huyó a la Judea inhabitada, y su líder Moisés estableció un culto
diferente de todos los demás. Los judíos adoptaron una vida misantrópica e
inhospitalaria".
Debe aclararse que el relato de Hecateo
no ataca especialmente a los judíos, a tal punto que cuatro siglos después
Filón de Biblos se preguntó si aquel historiador no se habría convertido al
judaísmo. Pero Hecateo sí es responsable de inventar el primer mito sobre la
historia judía, el primero de una extensa y mortífera mitología. Los judíos
"habían sido expulsados" y la vida que Moisés "les impuso
en recuerdo de su exilio, era hostil a todos los humanos".
Los escritores alejandrinos posteriores
(con algunas excepciones como Timágenes y Apián) repetían siempre que los
judíos tenían ese origen humillante. El primer egipcio en narrar la historia de
su país en griego fue el sacerdote Maneto, quien escribió en el siglo III que
"el rey Amenofis había decidido purgar el país de leprosos... que fueron
guiados por Osarsiph", a quien Maneto identifica con Moisés. No menciona
explícitamente a los judíos, pero habla de "una nación de conquistadores
foráneos que prendieron fuego a ciudades egipcias y destruyeron los templos de
sus dioses... después de su expulsión de Egipto, cruzaron el desierto en su
camino a Siria, y en el país de Judea construyeron una ciudad que llamaron
Jerusalem".
El motivo del reiterado rechazo por lo
judío que se daba entre aquellos egipcios, es que posiblemente la narración del
Exodo ofendía su patriotismo. La religión israelita había hecho del Exodo de
Egipto su creencia central, sinónimo de la aspiración judaica por la libertad.
Por ello, no es de extrañar cierto despecho
de parte de los egipcios, quienes comenzaron por transformar el Exodo en una
gesta nacional de expulsión de indeseables. Para ello, hacía falta denigrar a
los supuestos "expulsados", rebuscar las causas posibles de aquella
"expulsión". Así, los temas del linaje leproso y la falta de
sociabilidad aparecen en las obras de Queremon, Lisímaco, Poseidonio, Apolonio
Molon y, especialmente, Apión. Eran egipcios que escribían en griego.
Según Lisímaco "los judíos,
enfermos de lepra y de escorbuto, se refugiaron en los templos, hasta que el
rey Bojeris ahogó a los leprosos y mandó los otros cien mil a perecer en el
desierto. Un tal Moisés los guió y los instruyó para que no mostraran buena
voluntad hacia ninguna persona y destruyeran todos los templos que encontraran.
Llegaron a Judea y construyeron Hierosyla (ciudad de los saqueadores de
templos)".
Mnaseas de Patros (s. II a.e.c.) aporta la novedad de que
los judíos "adoran una cabeza de asno" y su contemporáneo Filostrato
resume: "los judíos han estado en rebelión en contra de la humanidad; han
establecido su propia vida aparte e irreconciliable; no pueden compartir con el
resto de la raza humana los placeres de la mesa, ni unírseles en sus libaciones
o plegarias o sacrificios; están separados de nosotros por un golfo más grande
del que nos separa de las Indias".
Por su parte, Agatárquides de
Cnido destacaba las "prácticas ridículas de los judíos, el carácter
absurdo de su ley y, en particular, la observancia del Shabat" que los
mostraba como un pueblo de holgazanes. La mitificación va creciendo como una
bola de nieve, y en el siglo I a.e.c. Apolonio Molon lanza contra los
judíos una nueva escalada: "son los peores de entre los bárbaros, carecen
de todo talento creativo, no hicieron nada por el bien de la humanidad, no
creen en ninguna divinidad... Moisés fue un impostor".
Pero el mito más funesto de los
inventados en la antigüedad (por sus derivaciones ulteriores, según veremos en
próximas lecciones) fue el de Damócrito (s. I a.e.c.): "Cada siete
años toman un no-judío y lo asesinan en el templo..." Dos historiadores de
marras fueron Queremón, quien relacionó el Exodo con las migraciones de
los Hyksos, y Apión, el máximo judeófobo antiguo.
Apión, a quien Plinio el Antiguo y Tiberio llamaron
"gran charlatán", fue iniciador de las agitaciones antijudías bajo el
gobernador Flaccus (año 38) que provocaron que decenas de miles de judíos
fueran asesinados. El recopiló las ideas de sus predecesores y agregó de su
propia creatividad: "Los principios del judaísmo obligan a odiar al resto
de la humanidad. Una vez por año toman un no-judío, lo asesinan y prueban de
sus entrañas, jurándose durante la comida que odiarán a la nación de la que
provenía la víctima. En el Sancta Sanctorum del Templo Sagrado de Jerusalem hay
una cabeza de asno dorado que los judíos idolatran. El Shabat se originó porque
una dolencia pélvica que los judíos contrajeron al huir de Egipto los obligaba
a descansar el septimo día".
Dos grandes sabios de esa época
enfrentaron a este judeófobo. Flavio Josefo tituló una de sus obras Contra
Apión, y el filósofo Filón de Alejandría lideró la delegación de judíos que
se entrevistaron con el emperador Calígula a fin de poner fin a la violencia en
la ciudad.
La Judeofobia Romana
Cuando la provincia Roma prevaleció
sobre lo que había sido el imperio helenista, los escritores romanos heredaron
de los griegos también la judeofobia. En Horacio (siglo I a.e.c.) hay
condena contra los judíos, pero muy moderada (sus obras son despues de todo,
sátiras).
El satirista más famoso de Roma, Juvenal
(50-127), culpa a los extranjeros (si bien incluye griegos y sirios destaca a
los judíos) de haber provocado la decadencia de la forma tradicional de vida
romana. Desprecia especialmente a los judíos porque adoran nubes, haraganean en
sábado, practican la circuncisión y son pobres.
Tácito (55-120) repite que los judíos debilitan la
moralidad romana, y que los egipcios los expulsaron al desierto, en el que
Moisés les enseñó rituales para separarlos de las otras naciones. Según Tácito,
cuando los israelitas llegaron a Judea comenzaron con el culto asnal porque los
asnos los habían guiado en su marcha por el desierto. "Los judíos revelan
un terco vínculo los unos con los otros... que contrasta con su odio implacable
por el resto de la humanidad... siniestros y vergonzosos, han sobrevivido sólo
gracias a su perversidad... Creen profano todo lo que para nosotros es sagrado,
y permiten lo que nos es aborrecible... consideran criminal matar a un bebé
recién nacido".
Una característica que cabe analizar
aquí es la sobrepercepción del judío, aspecto que ya comienza a verse en
autores de esa época. A comienzos de la era común, el historiador y geógrafo Estrabón
argüía que "los judíos han llegado a todas las ciudades, y es difícil
hallar un lugar en la tierra habitable que no haya admitido a esta tribu, y que
no haya sido poseído por ella".
La sobrepercepción del judío es la
norma, pero no siempre viene acompañada de judeofobia. Un buen ejemplo es una
carta que Mark Twain (el famoso escritor norteamericano, que de ningún modo fue
judeófobo) envió al editor de la Encyclopedia Britannica: "leí que
la población judía de los EE.UU. es de 250.000. Yo tengo más amigos judíos que
esa cifra, por lo que supongo que se trata de un error tipográfico por
25.000.000".
Corresponde aclarar que en todos los
países en donde viven, los judíos llegan a ser, como máximo, el 1% de la
población (las únicas dos excepciones son EE.UU., donde superan el 2%, e
Israel, donde constituyen casi el 90%). Pero casi en todo país son percibidos
como si fueran cinco o diez veces más.
Esa sobrepercepción resulta de por lo
menos tres razones para esa sobrepercepción: 1) los judíos son eminentemente
urbanos (el 90% de ellos está concentrado en las dos ciudades principales de
cada país en el que residen); 2) son muy activos en actividades centrales
(economía, artes, ciencia); y 3) su historia se transformó en la historia
sagrada de una buena parte de la humanidad, por lo que la mayoría de la gente
aprende acerca de los judíos en algún momento de su educación, de modo que los
judíos están mentalmente presentes en la gente antes de ser personalmente
conocidos.
En el siglo I a.e.c. Cicerón
describe la "superstición bárbara" de los judíos, y alerta acerca de
"cuán numerosos son, aislacionistas e influyentes en las asambleas".
La comunidad judía de Roma seguía a la de Alejandría en cuanto a tamaño e
importancia, y también allí, los privilegios que algunos emperadores les
acordaron para que pudieran observar libremente su estilo de vida, despertaron
la envidia de sus vecinos. Esos privilegios incluían la exención de adorar
imágenes, práctica que estaba muy entretejida en la vida cotidiana de los
romanos.
La política romana nunca fue
sistemáticamente judeofóbica (sólo algunos emperadores lo fueron), y su
ambivalencia no se modificó ni siquiera durante la guerra contra Judea. Pero
los hombres de letras romanos sí tendieron a hacerse eco de los prejuicios
alejandrinos. Tíbulo, Ovidio, Quintiliano y Marcial
se sumaron a los ataques contra "la perniciosa nación". Séneca
los llamó "la nación más malvada,cuyo despilfarro de un séptimo de la vida
va contra la utilidad de la misma".
Como vimos, este capítulo de la
judeofobia fue principalmente literario, y justificaría la postura de aquellos
que ven en Alejandría la cuna del fenómeno.
La
pregunta es cómo podría ser de otro modo, de qué manera alguien podría
argumentar que la judeofobia nació con el cristianismo (según la quinta de las
hipótesis planteadas) si hay tanta evidencia de odio antijudío entre los
griegos y romanos
No hay comentarios:
Publicar un comentario