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lunes, 4 de junio de 2012

{03} La sombra




LA SOMBRA.


Aquel rey Artasar, que después de Salo-
món fue el más poderoso y el más opulen-
to del orbe; aquel que soñó tener un pala-
cio como jamás se hubiera visto, para al-
bergar en él las magnificencias de su corte
y las grandes riquezas de su tesoro, alimen-

tó también otro sueño, más modesto en apa-
riencia, pero de realización infinitamente
más difícil: el de aumentar su estatura
.
Porque conviene saber que Artasar el Grande y el Temido era de muy
corta talla, y en aquellas edades se rendía culto a la fuerza corporal
.
y cuando Artasar, descendiendo de su trono de cedro, marfil y oro, se dirigía
solemnemente al templo, en que sus antecesores los Magos habían adorado al
Dios vivo y donde aún persistía ese santo culto, y el pueblo formaba doble
muralla para ver pasar al rey, éste sufría cruelmente en el amor propio al
comparar la proyección de su sombra diminuta y sin majestad con la de los
hercúleos oficiales de su guardia nubiana, o la de los hermosos arqueros del
Cáucaso, que le precedían abriendo calle. Como una especie de bufón grotes-
co, que fuera a su lado inseparablemente, burlándose de una grandeza nomi-
nal, la ironía de su reducida sombra le acompañaba a todas partes ...
. .. Desesperado Artasar por la mortificación de su vanidad que sufría
cada vez
.que se mostraba en público, se determinó a no salir de su palacio
nunca.
En el recinto del palacio se encerraban amenísimos jardines y bosqueci-
llos frondosos, y Artasar, distrayéndose en ellos, fue olvidándose de estudiar
la proyección de su sombra, y de compararla a la de los demás mortales.
y así que dejó de preocuparse de cómo era su sombra, recobró la tran-
quilidad del espíritu, la calma del corazón, la alegría de las horas serenas y
felices. ¿Qué le importaba su sombra? .. ¿Acaso le impedía el goce del estu-
dio, la planitud intelectual? Un día Artasar
recordó.imíró a su sombra ... y se
reconoció en ella; ya no era burlona, ya no le humillaba; aquella sombra se
parecía a todas, era sombra inofensiva, natural, una sombra buena
...

y Artasar, llamando al escriba que recogía en sus enceradas tablillas los
hechos culminantes del reinado y las máximas formuladas por el monarca,
para reunirlas en un libro, que eclipsase al de los Proverbios de Salomón, le
~. dedicó la sentencia siguiente:
«Cuando andamos entre los hombres, no existimos sino por el tamaño de
nuestra sombra
. Cuando nos retiramos, nos hace vivir la capacidad de nues-
tra alma.»
EMILIA PARDO BAZÁN


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