NADIE supo de dónde
Cuando llegó llovía fuerte sobre las tejas
siempre dispuestas a alabeadoras transigencias
Y su primer arranque
fué detener el vuelo de las hojas
con un gesto espontáneo
Despojóse cortés de su aureola
y se sentó -tan simple y homogéneo- entre nosotros
Trancendía a semillas de cipreses
y a último cuarto de hora de café cantante
El aire a su contacto se poblaba de espejos
Hablaba muy despacio ceceando
y decía palabras untadas de silencio
Si le mirábamos
se menoscababa hasta la transparencia
Cerré un momento los párpados ultrajados de evidencia
y de misterio
Al abrirlos ya no estaba
¿Venia del cristal? ¿Se fué al arpegio?
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