LLEVO veinte años en esta silla de
ruedas. Los médicos dijeron que no podría servirme nunca más de mis pobres
piernas, y no se equivocaron. Pero no me quejo. Estoy vivo, y esto es lo que
importa. Cuando se ha contemplado cara a cara a la más horrible de las formas
que puede adoptar la muerte, la vida, aunque sea una vida de inválido, es una
bendición.
Sin embargo, cada noche, cuando todo
queda tranquilo y silencioso, oigo de nuevo el horroroso chasquido de las patas
de las arañas sobre el suelo de cemento, y oigo también los desgarradores
gritos de mis compañeras de trabajo. Y grito con ellas…
En enero de 1939 cumplí los 16 años. Y en
aquel mismo mes, mi padre dijo que nos marchábamos a Francia, porque se
acercaban los «fascistas». En aquella época yo no sabía nada de política, pero
la idea de abandonar Barcelona, de dejar atrás el hambre espantosa de los
últimos meses, me llenó de entusiasmo. Francia se me aparecía como la Jauja de
un cuento que había leído en mi niñez: montañas de pan blanco, dorado y
crujiente, y ríos de leche y miel; campos inmensos de patatas y bosques de
árboles frutales, llenos de olorosas manzanas y rubios melocotones. Pero la
realidad fue muy distinta a mis sueños de muchacho hambriento.
Las dificultades empezaron antes de
llegar a la frontera. Mi padre tenía un amigo, chófer de un camión, y habían
quedado de acuerdo en marcharse juntos. Mi madre empaquetó un colchón, un poco
de ropa y algunos cacharros, muy pocos. Recuerdo que antes de marcharnos
acarició la vieja mesa del comedor, llorando. Salimos de noche. Mi padre me
ayudó a subir a la caja del camión y me envolvió en una manta. Al cabo de cinco
minutos estaba profundamente dormido.
Cuando me desperté, amanecía. El camión
se había detenido. Estábamos en una carretera, en pleno campo, y oí que mi
padre y su amigo discutían violentamente con otros hombres. Traté de
levantarme, pero mi madre, sentada a mi lado, apoyó una mano en mi pecho y se
llevó un dedo a los labios, recomendándome silencio. Finalmente, noté que
abrían la portezuela trasera del camión y oí una voz que decía: «¡Bajen
todos!». Obedecimos. Éramos ocho. Cinco mujeres, dos hombres y yo. Mi padre
viajaba en la cabina, con el chófer. Cuando nos hubimos apeado, dos soldados
subieron al camión y tiraron a la carretera todos los enseres que contenía.
Luego, un grupo de soldados montó en el camión, y poco después nos poníamos en
marcha, a pie, dejando tirados en la cuneta los restos del naufragio de nuestro
hogar.
El camino hasta la frontera fue largo y
penoso. Y una noche, poco antes de pisar tierra francesa, perdí a mis padres.
La riada de fugitivos era inmensa, y yo estaba agotado. Lo cierto es que me
quedé dormido junto a la carretera, debajo de un árbol, y que cuando me
desperté, helado de frío, me encontré solo. A partir de aquel momento mis
recuerdos son muy confusos. Me uní a otros grupos de fugitivos, crucé la
frontera sin saber cómo, y una mañana me encontré ante una casa de campo,
aislada, devorado por el hambre y rendido de fatiga. Junto a la casa se
alineaban unos largos cobertizos, en forma de barracón. Cuando me acerqué a la
casa, un perro empezó a ladrar furiosamente. Me detuve, muerto de miedo. Poco
después salió una mujer del interior de la casa. Tenía un rostro amable y
hablaba casi igual que yo. Inmediatamente se hizo cargo de mi situación: Me
presentó a su marido, el cual dijo que después de desayunar me acompañaría al
pueblo cercano para entregarme a las autoridades.
Creo que lo que le hizo cambiar de idea
fue el hambre voraz que manifesté cuando nos sentamos a la mesa. La mujer no
cesaba de exclamar: «¡Povre nin! ¡Povre nin!», mientras yo les contaba mis
vicisitudes. Luego se dirigió a su marido, hablando con mucha vehemencia y con
tanta rapidez que sólo pude captar algunas palabras sueltas, especialmente
«champignons».
Resumiendo: la casa de M. Louret era una
granja dedicada al cultivo de champiñones, y me invitaron a quedarme a trabajar
allí, a cambio de la comida y de un modesto jornal. Más tarde, cuando la
situación se normalizara un poco, harían las oportunas gestiones para localizar
a mis padres.
Así fue como empecé a trabajar como
recolector de champiñones.
Los cultivos se encontraban en los
cobertizos que se alineaban junto a la casa y que tanto me habían llamado la
atención al verlos por primera vez. En cada cobertizo había hileras e hileras
de cajas de madera, unas encima de otras, llenas de tierra en la cual se
criaban los sabrosos hongos.
Era un trabajo bastante fácil, y lo
realizaban mujeres. Seis, en total. Había llegado a la casa en domingo, lo cual
explica que no hubiera notado ninguna actividad. Al día siguiente me uní a las
obreras, y no tardé en familiarizarme con la tarea. Lo que continuaba
asombrándome, un mes después de mi llegada, era la rapidez con que crecían los
champiñones: por la noche dejábamos prácticamente limpias de hongos las cajas,
y a la mañana siguiente volvían a estar llenas. Era realmente fantástico.
Nuestras herramientas consistían en un
cuchillo, un capazo de esparto y un cubo. Con el cuchillo cortábamos las
raíces, llenas de tierra, que iban a parar al cubo; los champiñones iban a
parar al capazo.
Había tres cobertizos, que se cerraban
con una puerta muy pesada -esto es muy importante en mi relato-, ya que el
lugar destinado al cultivo de champiñones requiere calor y humedad. El interior
estaba siempre a oscuras -no había ninguna ventana-, y el procedimiento que
seguíamos era el siguiente: entrábamos en el cobertizo, nos dirigíamos a
nuestra hilera de cajas y dejábamos las herramientas en el suelo; el último en
entrar se encargaba de encender las luces. Inmediatamente, la gran puerta
corredera se cerraba detrás de nosotros.
Otra de las cosas que requiere el cultivo
de champiñones es una gran limpieza, ya que existen varios morbos que pueden
introducirse fácilmente en el cobertizo, y una vez dentro, se extienden con la
rapidez del fuego y destruyen toda una cosecha. De modo que M. Louret nos
advertía una y otra vez para que tuviéramos en cuenta las precauciones
especiales que había que adoptar para mantener los cobertizos libres de
cualquier plaga.
Uno de los bichos que suele encontrarse
en aquella clase de cobertizos es la araña roja. Se trata de una araña
diminuta, que se introduce en las cajas y en un par de días cubre por completo
los hongos. No perjudican en nada a los champiñones, y pueden separarse
fácilmente de ellos, pero si un recogedor deja que una de las arañas entre en
contacto con su piel, se pasa varias horas rascándose como un loco. No son
peligrosas, pero resultan desagradablemente molestas.
Llevaba un mes en la granja, como ya he
dicho, cuando en uno de los cobertizos descubrimos la presencia de la araña
roja. M. Louret aprovechó la ocasión para probar un nuevo insecticida, y lo
espolvoreó abundantemente en todas las cajas de aquel cobertizo. Los
cultivadores de champiñones siempre están ensayando nuevos productos para
combatir las plagas de sus cultivos.
Al día siguiente, a la hora de empezar el
trabajo, fui el último en entrar en el cobertizo y, en consecuencia, me tocó
encender las luces. Luego me dirigí a mi hilera y me dispuse a comenzar mi
tarea.
Apenas había dejado el cubo y el capazo
en el suelo, cuando oí que Odette, una de las muchachas, exclamaba: «¡Eh,
chicas! ¡Mirad lo que hay en mis cajas! ¡Champiñones rojos!».
Mis compañeras y yo nos echamos a reír,
creyendo que Odette nos estaba gastando una broma. Pero, al levantar la mirada,
vimos que en la caja superior de la hilera de Odette había, efectivamente,
champiñones rojos. ¡Champiñones color de sangre!
Nos acercamos, llenos de curiosidad, para
contemplar más de cerca el extraño fenómeno, y Odette alargó una mano para
coger uno de los champiñones rojos. Inmediatamente lanzó un grito.
¡Dios mío! ¡Fue algo espantoso, terrible!
No eran champiñones. ¡Eran arañas! Enormes arañas rojas. Las había a docenas,
grandes como ratas, y Odette había sido mordida por una de ellas.
Mientras contemplábamos, horrorizados,
demasiado asustados para movernos, cómo la mano de Odette se convertía
rápidamente en una hinchada masa rojiza nuestra desdichada compañera nos miraba
con sus ojos llenos de terror. De pronto, lanzó otro grito. «No puedo moverme
-gimió-. Estoy paralizada». Y se desplomó, incapaz de mover un solo músculo.
Echamos a correr hacia ella, con las
manos extendidas para ayudarla a levantarse, y en aquel momento el ejército de
arañas rojas se puso en movimiento. Empezaron a dejarse caer de las cajas, a
docenas. Nos detuvimos, atacados por un pánico indescriptible. La sangre
pareció licuarse en mis venas, y mis piernas se vieron acometidas por un
intenso temblor. Luego, en nuestro ciego terror, dejamos a Odette tendida allí
y echamos a correr hacia la puerta, para salir del cobertizo, para huir de
aquellos horribles animales, de aquellas monstruosas arañas.
Entonces me llegó a mí la vez de gritar:
delante de la puerta, como si estuvieran de guardia, había dos de los
repugnantes bichos. Estábamos cogidos en una trampa: como ya he dicho, sólo
había aquella puerta, y ninguna ventana. Me sentí débil, mareado, y volví la
cabeza para mirar a Odette. No pude verla: lo único que vi fue una masa de
arañas rojas que estaban… ¡Dios mío! ¡No! ¡No! Estaban…, ¡sorbiendo su sangre!
¡Las arañas eran vampiros! No pude soportar el horroroso espectáculo y me cubrí
los ojos con las manos.
Al final, las arañas se apartaron del
cadáver de Odette y nos contemplaron con sus relucientes ojillos. Sus
mandíbulas chorreaban sangre y sus cuerpos estaban horriblemente hinchados.
Luego echaron a andar hacia nosotros. Una de las mujeres, Madeleine, lanzó un
gemido y se desmayó.
Me incliné y la agarré por debajo de los
brazos, tratando de arrastrarla, pero Madeleine era una mujer muy gorda y ni
siquiera pude moverla. Grité: «¡Ayudadme, muchachas! ¡Ayudadme, por el amor de
Dios!». Las cuatro muchachas se acercaron, dispuestas a ayudarme, pero en el
instante en que se inclinaban sobre su compañera las arañas apresuraron el
paso, haciendo chasquear sus piernas sobre el suelo de cemento mientras
avanzaban. Dejamos caer a Madeleine y echamos a correr hacia el único lugar que
considerábamos relativamente seguro: la pared del lado opuesto a la hilera de
Odette. Nos agrupamos allí, cuatro mujeres y un chiquillo, gritando, llorando y
gimiendo, tratando de no mirar el cuerpo de Madeleine, recubierto de aquellos
horribles animales que sorbían lentamente su sangre.
No podíamos hacer nada, absolutamente
nada, excepto golpear la pared con nuestros puños. Tal vez M. Louret o su
esposa estaban fuera de la casa y oirían nuestros gritos, si gritábamos con la
suficiente fuerza.
Era una posibilidad muy remota, pero
golpeamos la pared y gritamos hasta que nuestros puños quedaron desollados y
ensangrentados, y nuestras voces enronquecieron. Una de las muchachas se
desmayó y la arrastramos detrás de nosotros hasta que recobró el conocimiento y
pudo sostenerse en pie.
De pronto, vi que una de las arañas
avanzaba hacia nosotros y, en mi desesperación, alargué la mano hacia la caja
más próxima, cogí un puñado de tierra y de champiñones y lo lancé contra el
horrible bicho. No le acerté, pero se detuvo unos instantes, con la cabeza muy
erguida sobre su repugnante cuerpo y las dos patas delanteras levantadas y
entrechocando en el aire. Luego reanudó su lento avance hacia nosotros.
Las muchachas, siguiendo mi ejemplo,
cogieron puñados de tierra, y una de ellas acertó de lleno en aquel hinchado
cuerpo. Pareció estallar, y el animal se desintegró en una masa de sangre y
viscosidad.
Luego vi con horror que el resto de las
arañas habían abandonado lo que había sido Madeleine unos momentos antes, y
estaban avanzando hacia nosotros, trepando por encima de las cajas para
alcanzarnos. Conseguimos matar a varias de ellas arrojándoles nuestros
improvisados proyectiles de tierra, pero el resto continuó su implacable
avance.
En aquel momento, se me ocurrió una idea.
¡La manguera de riego! Si conseguía llegar hasta la manguera de riego y abrir
el grifo, la fuerza del agua echaría hacia atrás a las arañas y podríamos
llegar hasta la puerta.
Sin dejar de lanzar mis proyectiles de
tierra, les dije a las cuatro muchachas lo que intentaba hacer, y ellas me
prometieron que tratarían de contener a las arañas el tiempo suficiente para
que yo pudiera llegar a la pared opuesta. Con renovado vigor y esperanza,
dispararon puñados de tierra como locas para retener la atención de las arañas
y apartarlas de mí.
Corrí tan de prisa como pude, resbalando
en los viscosos charcos de sangre, hasta llegar al grifo. ¡Lo había conseguido!
Desenrollé la manguera con toda la rapidez que me permitieron mis temblorosos
dedos y traté de abrir el grifo. Pero en aquel preciso instante mis dedos
parecieron agarrotarse y me fue imposible hacer la menor fuerza con ellos.
Las dos arañas que estaban de guardia
delante de la puerta echaron a andar hacia mí. Sus horribles cuerpos parecían
casi transparentes a la desnuda luz de las numerosas bombillas.
Sollozando, y sudando, y rezando, luché
contra mi creciente debilidad hasta que finalmente el grifo se abrió.
Repentinamente, la manguera pareció adquirir vida y un chorro de agua alcanzó
de lleno a las dos arañas que estaban casi encima de mí.
El agua las echó hacia atrás,
proyectándolas contra la pesada puerta de hierro. Al chocar contra ella, sus
cuerpos estallaron y el agua se tiñó de rojo. Luego volví la manguera hacia los
animales que habían trepado a las cajas, y una cascada de champiñones y tierra
cayó al suelo, arrastrando a muchas de las arañas.
En mi avidez por proyectar el chorro de
agua contra los malditos bichos, no me di cuenta de que la manguera estaba
enrollada alrededor de mis pies. Cuando traté de avanzar, tropecé y caí
pesadamente dando contra una de las hileras de cajas.
El golpe hizo caer uno de los soportes, y
la hilera de cajas se derrumbó, atrapándome las piernas. Experimenté un dolor
indescriptible, agónico. Mis piernas habían quedado aplastadas por varios
quintales de tierra, y la madera de las astilladas cajas se hundía cruelmente
en mi carne. La cabeza me dolía como si estuvieran golpeándomela con un
centenar de martillos.
Apretando fuertemente los dientes, traté
de alcanzar la manguera, que en el momento de mi caída se había deslizado de
entre mis manos. Pero no pude alcanzarla, y el chorro de agua me daba ahora de
lleno.
Mientras estaba allí, enloquecido por el
intenso dolor que sentía en las piernas y en la cabeza, oí que mis compañeras
empezaban a gritar de nuevo. Los gritos se convirtieron en alaridos, y luego en
una especie de gorgoteos. Al cabo de unos instantes, el cobertizo se llenó de
un ominoso silencio.
Supe que todo había terminado. ¡Las
arañas habían dado cuenta de todas mis compañeras!
En aquel momento, la pesada puerta se
abrió y aparecieron M. Louret y su esposa: habían oído aquellos últimos y
desesperados alaridos. Pero, era demasiado tarde. Habían llegado demasiado
tarde. El único que quedaba con vida era yo.
M. Louret se dio cuenta inmediatamente de
lo que había sucedido. Empuñó la manguera y proyectó el chorro de agua contra
las arañas, ahítas de sangre, mientras su esposa corría hacia la casa para
telefonear al pueblo, pidiendo ayuda. En aquel preciso instante perdí el
conocimiento; un misericordioso olvido cayó sobre mí, y no supe nada más hasta
que me desperté en una cama de un hospital.
Cuando estuve lo bastante recuperado como
para recibir visitas, me enteré del final de la trágica historia. Los hombres
que acudieron a la llamada de madame Louret acabaron con las horribles arañas y
trabajaron frenéticamente para sacarme de debajo de las cajas. M. Louret hizo
quemar el cobertizo que había sido escenario de aquellos horrores, y poco
tiempo después renunció definitivamente al cultivo de champiñones.
Al parecer, el responsable de la
fantástica mutación fue el nuevo insecticida que M. Louret había espolvoreado
en las cajas el día anterior. Su acción se vio favorecida por la cálida humedad
del cobertizo.
Los médicos dijeron que no podría
servirme nunca más de mis pobres piernas. Pero no me quejo. Sólo en una ocasión
perdí los estribos, hasta el punto de que Elena creyó que me había vuelto loco.
Elena es mi esposa. Y el día a que me
refiero me había preparado para comer, carne con… ¡champiñones!
FIN

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