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miércoles, 3 de abril de 2024

EL ROSTRO INTRUSO Michael Asquith


  


NOTA:

He tenido que vencer muchas vacilaciones antes de decidirme a escribir el presente relato en forma tal que algún día pueda ser asequible al público. Muchos lectores, lo sé, no tendrán ninguna dificultad para identificar a la familia principalmente afectada; y, como médico rural con casi cincuenta años de experiencia, me doy cuenta de que puedo ser acusado de abuso de confianza al revelar ciertos hechos descubiertos en el curso de mis obligaciones profesionales. Sin embargo, con autorización de los parientes más cercanos, he decidido hacerlo; en parte para servir a la verdad, y en parte porque creo que ése hubiera sido el deseo de aquel joven amigo mío que es el personaje central de esta historia.

Tal vez recuerden ustedes la publicidad que hace unos años se dio al caso de aquel joven y brillante científico, al cual daré el nombre de Julián Ferris. En una época en que dos o tres físicos eminentes habían traicionado, por motivos ideológicos, a sus respectivas patrias, no resultaba descabellado suponer que los destacados trabajos de Ferris en el campo de la electrónica podían haber atraído el interés de alguna potencia extranjera. Pero creo que nadie que le conociera a fondo le atribuía unas ideas políticas definidas. Su apasionado interés por la electrónica excluía de su mente todo interés por las demás ideas. En realidad, muy pocas personas le conocían a fondo. No era una persona fácil de conocer. Era uno de aquellos hombres reservados e introvertidos, cuya timidez se toma a menudo por arrogancia; y sus modales retraídos, unidos a su reputación intelectual, parecían rodearle de una barrera muy difícil de cruzar. A sus anchas en la atmósfera rarificada del pensamiento abstracto, rehuía los contactos personales como si temiera aventurarse y explorar la selva de las relaciones humanas. Recuerdo que mi esposa solía llamarle «el albatros», por afinidad con el ave del soneto de Baudelaire cuyas grandes alas, que la sostienen fácilmente cuando vuela a través de la tormenta, en el suelo impiden sus movimientos y la convierten en un torpe andarín.

Julián Ferris era de estatura mediana, y tenía una cabeza maciza que quizá parecía un poco grande para su cuello delgado y sus poco robustos hombros. Su rostro era distinguido, sin ser estrictamente guapo, con unas facciones pequeñas y delicadamente modeladas, que a veces le conferían una expresión casi femenina. Como sucede con frecuencia, su reserva ocultaba una naturaleza intensamente emotiva. Sentía una apasionada adoración por su madre, y cuando hablaba de ella, siempre en un tono especial, los rígidos músculos de su rostro se relajaban, y toda su expresión se transformaba. Producía la impresión de que toda la corriente de sus afectos discurría por aquel único canal. Yo le conocí a través de su madre, y si la amistad de aquella dama no me hubiera abierto el camino de la confianza de Ferris, no estaría contando esto.

Conocí a mistress Ferris como a una amable viuda de aspecto indescribible que se había convertido en paciente mía poco después de instalarse en Medleigh, al comienzo de la guerra. Se decía que su matrimonio, disuelto por la muerte hacía diez años, había sido singularmente desgraciado. Jack Ferris era un artista que había alcanzado cierta notoriedad como miembro del grupo de pintores llamados «surrealistas». Es decir, como intérprete en sus lienzos de los aspectos más sucios, más sórdidos y más repugnantes de la naturaleza en todas sus vertientes. Tal vez su arte era un reflejo de su vida, ya que al parecer había sido un hombre vicioso, egoísta y cruel. Había pasado la mayor parte de su existencia de casado vagabundeando por el extranjero, sin visitar a su esposa más que para pedirle el dinero que ella nunca le negaba; y al final, tras destrozar una vigorosa constitución física y dilapidar la mayor parte de la fortuna de su esposa, había regresado al hogar para morir relativamente joven, atendido por la mujer de cuyo amor había abusado vergonzosamente.

Ésa, al menos, era la historia que circulaba por Medleigh en la época de la llegada de mistress Ferris. No puedo recordar que ella dijera nunca algo que confirmara o negara aquella historia. Era una mujer muy reservada, y en las raras ocasiones en que aludía a su marido lo hacía sin la menor amargura. «El pobre Jack…» «Cuando el pobre Jack estaba vivo…», son las frases que recuerdo de ella, habitualmente cuando relataba algún incidente de la infancia de Julián. Posiblemente sea cierto que los peores hombres son amados a menudo por las mejores mujeres. Mistress Ferris, en verdad, parecía uno de aquellos seres excepcionales que alcanzan la serenidad a través del sufrimiento. Y la necesitaba, la pobre, ya que durante su estancia en Medleigh se enteró de que padecía una enfermedad incurable que la estaba matando lentamente. Un año después de su marcha, al final de la guerra, me enteré de su fallecimiento.

Julián contestó a mi pésame con una carta que yo encontré profundamente conmovedora. Sus tareas de investigación cerca de Oxford le habían permitido visitar a su madre con cierta frecuencia, y ocasionalmente habíamos conversado acerca del estado de salud de la dama. Pero nuestras relaciones habían sido superficiales, y, más que lo que escribía, el hecho de que me lo escribiera a mí parecía revelar la intensidad de su dolor. En realidad, al mirar hacia atrás, creo que la muerte de su madre le dejó indefenso, en cierto sentido: y aquel estado de indefensión condicionó la cadena de acontecimientos que siguieron.

Durante las dos semanas siguientes me acordé mucho de Julián. Medleigh se encuentra solamente a treinta millas de Oxford, y dado que yo le había manifestado que nos complacería mucho verle, medio esperaba su visita. Pero transcurrió el tiempo y no pasó nada. Mis preocupaciones profesionales casi le habían borrado de mi mente cuando en marzo, seis meses más tarde, recibí un telegrama: «Pasaré fin de semana en Medleigh, posada Hind. Necesito verle urgentemente. Julián Ferris.»

La Golden Hind es una excelente posada jacobina que se alza en la calle principal de Medleigh. Allí encontré a Julián aquel sábado por la noche que iba a abrir un nuevo capítulo en mi experiencia de la vida. Julián parecía haber envejecido considerablemente desde nuestra última entrevista. Tenía un aspecto ajado y macilento; su rostro y sus manos traicionaban una intensa excitación. No resultó fácil hacerle hablar. Durante un largo período de tiempo permanecimos sentados ante nuestras bebidas en un incómodo silencio, mirando fijamente el enorme hogar adornado con trofeos de la Guerra Civil. Al fin, ayudado por varios whiskies, me contó que durante las últimas semanas se había visto turbado por un sueño periódico, una especie de pesadilla que le traía un recuerdo de su infancia. Era un sueño de un rostro, «un sueño umbral», lo llamó, y me pareció saber lo que quería decir con ello. La mayoría de nosotros conocemos aquel estado crepuscular entre el sueño y el despertar, cuando estando tendidos con los ojos cerrados vemos desfilar ante nosotros, como en una pantalla, los más vividos cuadros de paisajes, personas y rostros que hemos visto, y a menudo olvidado, en el curso de nuestra existencia. Los rostros, particularmente, y rara vez aquellos que más nos gustaría ver, acuden a darnos las buenas noches; e impresionándonos con una intensidad visual más aguda que la que conocemos durante el día, nos sacan del umbral del sueño. La mayor parte de aquella horda de fastidiosos intrusos son identificados fácilmente como algunos de los odiosos rostros cotidianos que hemos visto, desde luego, pero que esperamos no recordar. Pero otros nos visitan de cuando en cuando, rostros que nunca hemos visto con los ojos abiertos pero que, al igual que un magistral retrato de un hombre al que nunca conocimos, nos inducen a creer en ellos. A esta última categoría pertenecía el rostro intruso que Julián trataba ahora de describir. Poco a poco captó la impresión de un rostro que no era completamente humano, sugiriendo, más bien, una grotesca fantasía basada en el tema humano. «Parahumano», creo que lo llamé. Un rostro ancho y aplastado, demasiado grande para la cabeza, con una frente estrecha encima de unos ojos pequeños y desprovistos de pestañas; una boca ancha, de labios delgados, entreabierta en una sonrisa que dejaba al descubierto los dientes. A Julián le resultó muy difícil describirme aquella sonrisa.

-No, no es maligna -dijo cuidadosamente, tirando un cigarrillo a medio consumir al fuego y encendiendo otro-. Tampoco burlona. En cierto sentido es la sonrisa de un idiota, pero en ella hay algo más. El hecho es que se trata de una sonrisa odiosamente íntima, una sonrisa que espera, que pide intimidad, como un viejo amigo que espera ser reconocido.

-Pero usted recuerda el mismo sueño de cuando era niño. ¿Era realmente el mismo?

-Ha pasado mucho tiempo. En aquella época yo no tenía más de seis o siete años. Pero creo que siempre que lo veía entonces era de lejos: me refiero a la figura, no al rostro. Una figura achaparrada, no más alta que un chiquillo, con una especie de capa oscura muy larga, tocando el suelo. A veces, mirando a través de la ventana de mi cuarto, la veía de pie entre los árboles del camino. A veces al final de un largo pasadizo, una calle vacía. Había algo en sus manos, también, alguna clase de deformidad, creo; pero nunca estuve lo bastante cerca para comprobarlo.

-Pero, si no vio usted el rostro, ¿por qué cree que es el mismo sueño?

-No he dicho que no viera nunca el rostro. Casi siempre, la figura estaba vuelta de espaldas, pero a veces conseguía echarle una ojeada. Era siempre vago e impreciso, demasiado alejado para que pudiera verlo claramente. -Hizo una pausa para sorber su whisky, y luego añadió-: Supongo que la idea que tenía de aquel rostro era principalmente especulativa. Pero siempre supe que, si llegaba a verlo de cerca, sería exactamente como el que ahora veo en sueños.

Mientras permanecíamos sentados, fumando en silencio, recordé que mistress Ferris me había contado que Julián había pasado una época de su infancia atormentado por pesadillas. Empezaron, dijo, durante uno de aquellos raros períodos «en que el pobre Jack estaba en casa». Sabiendo que Julián preferiría no hablar de su padre, no le mencioné aquel detalle. Era, desde luego, lo que cabía esperar, ya que cualquier chiquillo tan sensible como Julián tenía que reaccionar forzosamente a las tensiones del mundo adulto del cual dependía. Aunque no soy psicólogo, me parecía evidente que la impresión de la muerte de su madre, actuando sobre el temperamento neurótico de Julián, le había retrotraído a algún estado de inseguridad y de terror infantiles, asociado con la pesadilla y simbolizado por ella. Aunque simpatizaba con Julián, tengo que admitir que en aquellos momentos no estaba dispuesto a tomarme demasiado en serio el asunto. En circunstancias normales, supongo que hubiera sugerido la intervención de un psiquiatra. Pero sabía que Julián -cosa un poco sorprendente en un joven que había recibido una educación científica- era sumamente hostil a «la nueva psicología». De todos modos, me pareció que en el caso de Julián no había nada que el tiempo, un ambiente adecuado y una cuidadosa atención al estado general de salud no pudieran arreglar. En consecuencia, opté por recetarle un sedante y, al mismo tiempo, le aconsejé que se tomara unas vacaciones lo antes posible.

Sin duda se tomó la medicina, pero aplazó continuamente las vacaciones. En las semanas siguientes vino a menudo a Medleigh. Nuestra entrevista en la Golden Hind fue la primera de muchas conversaciones similares, ya que rara vez conseguí que la charla no derivara hacia el tema que le obsesionaba. Los sueños, algo menos frecuentes, parecían haberse hecho más vividos, y Julián hablaba ahora de «una especie de tañido de campanas» acompañando a cada visita del misterioso rostro.

-Lo noto cada vez más cerca, Graham -me dijo Julián una noche-, cada vez un poco más cerca. Y la campana, asimismo, suena cada vez más fuerte. Empieza lenta y profunda; luego más rápida, más rápida, hasta que me despierto con el tañido en mis oídos.

La mayoría de nosotros conocemos la sensación de despertar de una pesadilla, nuestros corazones latiendo en nuestros oídos. Esto, le dije, era la causa de «la campana». Al mismo tiempo, empecé a preocuparme seriamente por su estado. Habían transcurrido diez semanas sin la menor señal de mejora, y tenía la impresión de que, por el contrario, se había producido un empeoramiento. Comprendía la resistencia de Julián a abandonar la especie de refugio que le ofrecía la disciplina cotidiana del trabajo en su laboratorio. Pero también me preocupaba observar cuán profundamente había cambiado su actitud hacia aquel trabajo, hasta entonces considerado como una fuente infalible de satisfacciones intelectuales y emotivas. A través de la negra nube de depresión que ahora le envolvía, Julián consideraba que sus descubrimientos, pervertidos por fines destructivos, servirían para contribuir a aquella completa catástrofe humana hacia la cual, ahora estaba convencido de ello, nos encaminábamos inevitablemente.

Una noche, en el curso de nuestra conversación, Julián se quedó repentinamente silencioso. Después de una larga pausa, dijo:

-Esa sonrisa… ¿por qué es tan íntima? Parece la sonrisa de algún viejo amigo de la familia, que desea hacernos un favor. ¿Qué es lo que quiere, a fin de cuentas? Verá, a veces tengo la impresión de que me ofrece algo…, algo que quizá debería aceptar.

-Ofrecer… ¿qué? -pregunté, alarmado por su voz y por su actitud, y todavía más por la súbita visión del conflicto en que se debatía su mente, donde una intensa fascinación se mezclaba al horror del espantoso sueño.

-No lo sé -respondió Julián, encogiéndose de hombros. Luego, con palabras que más tarde yo debía recordar, añadió-: Alguna clase de libertad, quizás. Un camino de escape.

Con grandes dificultades le convencí para que fuera a consultar a un viejo amigo mío, un eminente psiquiatra que vivía en Oxford. Conociendo el temperamento y los prejuicios de Julián, no tenía demasiada confianza en los resultados, sinceramente; pero, al menos, otra opinión descargaría a mi mente de un peso que empezaba a gravitar demasiado sobre mí. Mi amigo, el doctor Uhlmann, un austríaco que había sido discípulo de Freud en Viena, no tardó en informarme de que su nuevo paciente estaba afectado por una grave neurosis, muy arraigada; la mejoría, caso de producirse, sería muy lenta. Poco después, sin embargo, la nube pareció aclararse y las pesadillas cesaron bruscamente. Aunque quedó con una resaca de agotamiento y depresión, Julián tenía el mejor aspecto que yo le había visto desde la muerte de su madre. Mis esperanzas de que el tiempo y la paciencia acabarían por producir un completo reajuste se veían cumplidas. Por lo menos, ésa fue la impresión que obtuve al verle en el mes de agosto, cuando se tomó las vacaciones por tanto tiempo aplazadas.

Poco después de su regreso, Julián fue trasladado a Londres. El doctor Uhlmann, ansioso por que continuara el tratamiento, le había dado las señas de un colega de la Harley Street; pero, que yo sepa, Julián no fue a consultarle. Sus breves cartas no decían casi nada. Aparte del hecho de que el mal sueño no había vuelto a presentarse, yo carecía de elementos para juzgar acerca de su estado anímico. Confiando en que la falta de noticias podía significar buenas noticias, me abstuve de toda averiguación. Pero, a medida que pasaba el tiempo, vi aumentar mi ansiedad por comprobar por mí mismo cuál era su verdadero estado. A finales de octubre le escribí una carta diciéndole que nos complacería mucho recibir su visita, y me alegró su inmediata respuesta diciendo que vendría a Medleigh el sábado siguiente. En consecuencia, quedé muy sorprendido al recibir, el viernes, una carta de Julián, concebida en los siguientes términos:

Mi querido doctor Graham:

Esta noche he tenido una horrible experiencia. Considerando que el contárselo a alguien contribuirá a tranquilizar mi mente, me decido a escribirle estas líneas.

He trabajado hasta muy tarde en un problema que me había ocupado desde hace varias semanas. Cuando he dado por terminada mi tarea era cerca de medianoche y, sintiéndome demasiado cansado para ir a cenar a un restaurante, me he limitado a comer un bocadillo en un snack-bar antes de tomar el último autobús para Hampstead. Como siempre que me es posible hacerlo, he subido al imperial y me he instalado en el asiento delantero. Cuando hemos llegado al final de la Baker Street, me encontraba solo en el imperial. Luego, en el Park Road, nos hemos parado para recoger a unos pasajeros. El conductor ha agitado la campanilla, y el autobús se ha puesto en marcha con una sacudida. Pero la campanilla ha continuado resonando, estrepitosamente, como si pasara un coche de los bomberos por la calle. Súbitamente, me he dado cuenta de que ya no estaba solo. La ventanilla delantera reflejaba todos los asientos situados detrás de mí. Y en uno de ellos he podido ver a una figura pequeña y espantosamente familiar. El rostro que mejor he llegado a conocer en el mundo me estaba mirando fijamente con aquella ambigua expresión que tan a menudo he tratado de describir. He permanecido un minuto completamente inmóvil, devolviendo la mirada al rostro reflejado en el cristal. Por fin, sobreponiéndome con un gran esfuerzo, he vuelto la cabeza para enfrentarme con la materialización de mi sueño. El rostro de mi perseguidor, el rostro cuya mirada estaba posada sobre mí un segundo antes, estaba ahora oculta detrás de un periódico. El autobús se ha detenido. Una ruidosa pareja de jóvenes, ligeramente embriagados, han subido al imperial y se han sentado detrás de mí. Hemos continuado nuestro viaje. Cuando el autobús llegaba a la parada siguiente, he vuelto de nuevo la cabeza. Un hombre bajito, de aspecto andrajoso, se ha levantado de su asiento, ha doblado su periódico y ha bajado la escalera del imperial. Esto ha ocurrido hace una hora. Le he dicho a usted lo que ha sucedido: mi experiencia debe imaginarla por sí mismo. Espéreme el sábado.

J. F.

En cuarenta y cinco años de ejercicio de la medicina, pocas cosas me han impresionado tanto como nuestra relativa impotencia para ayudar a nuestro prójimo. Una y otra vez, viendo a alguien a quien la vida ha atrapado en alguna trampa diabólica, hemos tenido que limitarnos a ser espectadores casi pasivos de su destrucción. Me daba cuenta de que una de aquellas trampas se estaba cerrando ahora sobre mi joven amigo Julián Ferris, por el cual, durante los últimos meses, había llegado a sentir un afecto casi paternal. Aquella obsesión parecía haberse apoderado de él como una enfermedad mortal cuya aparente retirada no hace más que enmascarar su ataque con renovada virulencia contra un nuevo y más vital centro del cuerpo. Éstas eran las lúgubres ideas 

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