NOTA:
He tenido que vencer muchas vacilaciones
antes de decidirme a escribir el presente relato en forma tal que algún día
pueda ser asequible al público. Muchos lectores, lo sé, no tendrán ninguna
dificultad para identificar a la familia principalmente afectada; y, como
médico rural con casi cincuenta años de experiencia, me doy cuenta de que puedo
ser acusado de abuso de confianza al revelar ciertos hechos descubiertos en el
curso de mis obligaciones profesionales. Sin embargo, con autorización de los
parientes más cercanos, he decidido hacerlo; en parte para servir a la verdad,
y en parte porque creo que ése hubiera sido el deseo de aquel joven amigo mío
que es el personaje central de esta historia.
Tal vez recuerden ustedes la publicidad
que hace unos años se dio al caso de aquel joven y brillante científico, al
cual daré el nombre de Julián Ferris. En una época en que dos o tres físicos
eminentes habían traicionado, por motivos ideológicos, a sus respectivas
patrias, no resultaba descabellado suponer que los destacados trabajos de
Ferris en el campo de la electrónica podían haber atraído el interés de alguna
potencia extranjera. Pero creo que nadie que le conociera a fondo le atribuía
unas ideas políticas definidas. Su apasionado interés por la electrónica
excluía de su mente todo interés por las demás ideas. En realidad, muy pocas
personas le conocían a fondo. No era una persona fácil de conocer. Era uno de
aquellos hombres reservados e introvertidos, cuya timidez se toma a menudo por
arrogancia; y sus modales retraídos, unidos a su reputación intelectual,
parecían rodearle de una barrera muy difícil de cruzar. A sus anchas en la
atmósfera rarificada del pensamiento abstracto, rehuía los contactos personales
como si temiera aventurarse y explorar la selva de las relaciones humanas.
Recuerdo que mi esposa solía llamarle «el albatros», por afinidad con el ave
del soneto de Baudelaire cuyas grandes alas, que la sostienen fácilmente cuando
vuela a través de la tormenta, en el suelo impiden sus movimientos y la
convierten en un torpe andarín.
Julián Ferris era de estatura mediana, y
tenía una cabeza maciza que quizá parecía un poco grande para su cuello delgado
y sus poco robustos hombros. Su rostro era distinguido, sin ser estrictamente
guapo, con unas facciones pequeñas y delicadamente modeladas, que a veces le
conferían una expresión casi femenina. Como sucede con frecuencia, su reserva
ocultaba una naturaleza intensamente emotiva. Sentía una apasionada adoración
por su madre, y cuando hablaba de ella, siempre en un tono especial, los rígidos
músculos de su rostro se relajaban, y toda su expresión se transformaba.
Producía la impresión de que toda la corriente de sus afectos discurría por
aquel único canal. Yo le conocí a través de su madre, y si la amistad de
aquella dama no me hubiera abierto el camino de la confianza de Ferris, no
estaría contando esto.
Conocí a mistress Ferris como a una
amable viuda de aspecto indescribible que se había convertido en paciente mía
poco después de instalarse en Medleigh, al comienzo de la guerra. Se decía que
su matrimonio, disuelto por la muerte hacía diez años, había sido singularmente
desgraciado. Jack Ferris era un artista que había alcanzado cierta notoriedad
como miembro del grupo de pintores llamados «surrealistas». Es decir, como
intérprete en sus lienzos de los aspectos más sucios, más sórdidos y más
repugnantes de la naturaleza en todas sus vertientes. Tal vez su arte era un
reflejo de su vida, ya que al parecer había sido un hombre vicioso, egoísta y
cruel. Había pasado la mayor parte de su existencia de casado vagabundeando por
el extranjero, sin visitar a su esposa más que para pedirle el dinero que ella
nunca le negaba; y al final, tras destrozar una vigorosa constitución física y
dilapidar la mayor parte de la fortuna de su esposa, había regresado al hogar
para morir relativamente joven, atendido por la mujer de cuyo amor había
abusado vergonzosamente.
Ésa, al menos, era la historia que
circulaba por Medleigh en la época de la llegada de mistress Ferris. No puedo
recordar que ella dijera nunca algo que confirmara o negara aquella historia.
Era una mujer muy reservada, y en las raras ocasiones en que aludía a su marido
lo hacía sin la menor amargura. «El pobre Jack…» «Cuando el pobre Jack estaba
vivo…», son las frases que recuerdo de ella, habitualmente cuando relataba
algún incidente de la infancia de Julián. Posiblemente sea cierto que los
peores hombres son amados a menudo por las mejores mujeres. Mistress Ferris, en
verdad, parecía uno de aquellos seres excepcionales que alcanzan la serenidad a
través del sufrimiento. Y la necesitaba, la pobre, ya que durante su estancia
en Medleigh se enteró de que padecía una enfermedad incurable que la estaba
matando lentamente. Un año después de su marcha, al final de la guerra, me
enteré de su fallecimiento.
Julián contestó a mi pésame con una carta
que yo encontré profundamente conmovedora. Sus tareas de investigación cerca de
Oxford le habían permitido visitar a su madre con cierta frecuencia, y
ocasionalmente habíamos conversado acerca del estado de salud de la dama. Pero
nuestras relaciones habían sido superficiales, y, más que lo que escribía, el
hecho de que me lo escribiera a mí parecía revelar la intensidad de su dolor.
En realidad, al mirar hacia atrás, creo que la muerte de su madre le dejó
indefenso, en cierto sentido: y aquel estado de indefensión condicionó la
cadena de acontecimientos que siguieron.
Durante las dos semanas siguientes me
acordé mucho de Julián. Medleigh se encuentra solamente a treinta millas de
Oxford, y dado que yo le había manifestado que nos complacería mucho verle,
medio esperaba su visita. Pero transcurrió el tiempo y no pasó nada. Mis
preocupaciones profesionales casi le habían borrado de mi mente cuando en
marzo, seis meses más tarde, recibí un telegrama: «Pasaré fin de semana en
Medleigh, posada Hind. Necesito verle urgentemente. Julián Ferris.»
La Golden Hind es una excelente posada
jacobina que se alza en la calle principal de Medleigh. Allí encontré a Julián
aquel sábado por la noche que iba a abrir un nuevo capítulo en mi experiencia
de la vida. Julián parecía haber envejecido considerablemente desde nuestra
última entrevista. Tenía un aspecto ajado y macilento; su rostro y sus manos
traicionaban una intensa excitación. No resultó fácil hacerle hablar. Durante
un largo período de tiempo permanecimos sentados ante nuestras bebidas en un
incómodo silencio, mirando fijamente el enorme hogar adornado con trofeos de la
Guerra Civil. Al fin, ayudado por varios whiskies, me contó que durante las
últimas semanas se había visto turbado por un sueño periódico, una especie de
pesadilla que le traía un recuerdo de su infancia. Era un sueño de un rostro,
«un sueño umbral», lo llamó, y me pareció saber lo que quería decir con ello.
La mayoría de nosotros conocemos aquel estado crepuscular entre el sueño y el
despertar, cuando estando tendidos con los ojos cerrados vemos desfilar ante
nosotros, como en una pantalla, los más vividos cuadros de paisajes, personas y
rostros que hemos visto, y a menudo olvidado, en el curso de nuestra
existencia. Los rostros, particularmente, y rara vez aquellos que más nos
gustaría ver, acuden a darnos las buenas noches; e impresionándonos con una
intensidad visual más aguda que la que conocemos durante el día, nos sacan del
umbral del sueño. La mayor parte de aquella horda de fastidiosos intrusos son
identificados fácilmente como algunos de los odiosos rostros cotidianos que
hemos visto, desde luego, pero que esperamos no recordar. Pero otros nos
visitan de cuando en cuando, rostros que nunca hemos visto con los ojos
abiertos pero que, al igual que un magistral retrato de un hombre al que nunca
conocimos, nos inducen a creer en ellos. A esta última categoría pertenecía el
rostro intruso que Julián trataba ahora de describir. Poco a poco captó la
impresión de un rostro que no era completamente humano, sugiriendo, más bien,
una grotesca fantasía basada en el tema humano. «Parahumano», creo que lo
llamé. Un rostro ancho y aplastado, demasiado grande para la cabeza, con una
frente estrecha encima de unos ojos pequeños y desprovistos de pestañas; una
boca ancha, de labios delgados, entreabierta en una sonrisa que dejaba al
descubierto los dientes. A Julián le resultó muy difícil describirme aquella
sonrisa.
-No, no es maligna -dijo cuidadosamente,
tirando un cigarrillo a medio consumir al fuego y encendiendo otro-. Tampoco
burlona. En cierto sentido es la sonrisa de un idiota, pero en ella hay algo
más. El hecho es que se trata de una sonrisa odiosamente íntima, una sonrisa
que espera, que pide intimidad, como un viejo amigo que espera ser reconocido.
-Pero usted recuerda el mismo sueño de
cuando era niño. ¿Era realmente el mismo?
-Ha pasado mucho tiempo. En aquella época
yo no tenía más de seis o siete años. Pero creo que siempre que lo veía
entonces era de lejos: me refiero a la figura, no al rostro. Una figura
achaparrada, no más alta que un chiquillo, con una especie de capa oscura muy
larga, tocando el suelo. A veces, mirando a través de la ventana de mi cuarto,
la veía de pie entre los árboles del camino. A veces al final de un largo
pasadizo, una calle vacía. Había algo en sus manos, también, alguna clase de
deformidad, creo; pero nunca estuve lo bastante cerca para comprobarlo.
-Pero, si no vio usted el rostro, ¿por
qué cree que es el mismo sueño?
-No he dicho que no viera nunca el
rostro. Casi siempre, la figura estaba vuelta de espaldas, pero a veces
conseguía echarle una ojeada. Era siempre vago e impreciso, demasiado alejado
para que pudiera verlo claramente. -Hizo una pausa para sorber su whisky, y
luego añadió-: Supongo que la idea que tenía de aquel rostro era principalmente
especulativa. Pero siempre supe que, si llegaba a verlo de cerca, sería
exactamente como el que ahora veo en sueños.
Mientras permanecíamos sentados, fumando
en silencio, recordé que mistress Ferris me había contado que Julián había
pasado una época de su infancia atormentado por pesadillas. Empezaron, dijo,
durante uno de aquellos raros períodos «en que el pobre Jack estaba en casa».
Sabiendo que Julián preferiría no hablar de su padre, no le mencioné aquel
detalle. Era, desde luego, lo que cabía esperar, ya que cualquier chiquillo tan
sensible como Julián tenía que reaccionar forzosamente a las tensiones del
mundo adulto del cual dependía. Aunque no soy psicólogo, me parecía evidente
que la impresión de la muerte de su madre, actuando sobre el temperamento
neurótico de Julián, le había retrotraído a algún estado de inseguridad y de
terror infantiles, asociado con la pesadilla y simbolizado por ella. Aunque
simpatizaba con Julián, tengo que admitir que en aquellos momentos no estaba
dispuesto a tomarme demasiado en serio el asunto. En circunstancias normales,
supongo que hubiera sugerido la intervención de un psiquiatra. Pero sabía que
Julián -cosa un poco sorprendente en un joven que había recibido una educación
científica- era sumamente hostil a «la nueva psicología». De todos modos, me
pareció que en el caso de Julián no había nada que el tiempo, un ambiente
adecuado y una cuidadosa atención al estado general de salud no pudieran
arreglar. En consecuencia, opté por recetarle un sedante y, al mismo tiempo, le
aconsejé que se tomara unas vacaciones lo antes posible.
Sin duda se tomó la medicina, pero aplazó
continuamente las vacaciones. En las semanas siguientes vino a menudo a
Medleigh. Nuestra entrevista en la Golden Hind fue la primera de muchas
conversaciones similares, ya que rara vez conseguí que la charla no derivara
hacia el tema que le obsesionaba. Los sueños, algo menos frecuentes, parecían
haberse hecho más vividos, y Julián hablaba ahora de «una especie de tañido de
campanas» acompañando a cada visita del misterioso rostro.
-Lo noto cada vez más cerca, Graham -me
dijo Julián una noche-, cada vez un poco más cerca. Y la campana, asimismo,
suena cada vez más fuerte. Empieza lenta y profunda; luego más rápida, más
rápida, hasta que me despierto con el tañido en mis oídos.
La mayoría de nosotros conocemos la
sensación de despertar de una pesadilla, nuestros corazones latiendo en
nuestros oídos. Esto, le dije, era la causa de «la campana». Al mismo tiempo,
empecé a preocuparme seriamente por su estado. Habían transcurrido diez semanas
sin la menor señal de mejora, y tenía la impresión de que, por el contrario, se
había producido un empeoramiento. Comprendía la resistencia de Julián a
abandonar la especie de refugio que le ofrecía la disciplina cotidiana del
trabajo en su laboratorio. Pero también me preocupaba observar cuán
profundamente había cambiado su actitud hacia aquel trabajo, hasta entonces
considerado como una fuente infalible de satisfacciones intelectuales y
emotivas. A través de la negra nube de depresión que ahora le envolvía, Julián
consideraba que sus descubrimientos, pervertidos por fines destructivos,
servirían para contribuir a aquella completa catástrofe humana hacia la cual,
ahora estaba convencido de ello, nos encaminábamos inevitablemente.
Una noche, en el curso de nuestra
conversación, Julián se quedó repentinamente silencioso. Después de una larga
pausa, dijo:
-Esa sonrisa… ¿por qué es tan íntima?
Parece la sonrisa de algún viejo amigo de la familia, que desea hacernos un
favor. ¿Qué es lo que quiere, a fin de cuentas? Verá, a veces tengo la
impresión de que me ofrece algo…, algo que quizá debería aceptar.
-Ofrecer… ¿qué? -pregunté, alarmado por
su voz y por su actitud, y todavía más por la súbita visión del conflicto en
que se debatía su mente, donde una intensa fascinación se mezclaba al horror
del espantoso sueño.
-No lo sé -respondió Julián, encogiéndose
de hombros. Luego, con palabras que más tarde yo debía recordar, añadió-:
Alguna clase de libertad, quizás. Un camino de escape.
Con grandes dificultades le convencí para
que fuera a consultar a un viejo amigo mío, un eminente psiquiatra que vivía en
Oxford. Conociendo el temperamento y los prejuicios de Julián, no tenía
demasiada confianza en los resultados, sinceramente; pero, al menos, otra
opinión descargaría a mi mente de un peso que empezaba a gravitar demasiado
sobre mí. Mi amigo, el doctor Uhlmann, un austríaco que había sido discípulo de
Freud en Viena, no tardó en informarme de que su nuevo paciente estaba afectado
por una grave neurosis, muy arraigada; la mejoría, caso de producirse, sería
muy lenta. Poco después, sin embargo, la nube pareció aclararse y las
pesadillas cesaron bruscamente. Aunque quedó con una resaca de agotamiento y
depresión, Julián tenía el mejor aspecto que yo le había visto desde la muerte
de su madre. Mis esperanzas de que el tiempo y la paciencia acabarían por
producir un completo reajuste se veían cumplidas. Por lo menos, ésa fue la
impresión que obtuve al verle en el mes de agosto, cuando se tomó las
vacaciones por tanto tiempo aplazadas.
Poco después de su regreso, Julián fue
trasladado a Londres. El doctor Uhlmann, ansioso por que continuara el
tratamiento, le había dado las señas de un colega de la Harley Street; pero,
que yo sepa, Julián no fue a consultarle. Sus breves cartas no decían casi
nada. Aparte del hecho de que el mal sueño no había vuelto a presentarse, yo
carecía de elementos para juzgar acerca de su estado anímico. Confiando en que
la falta de noticias podía significar buenas noticias, me abstuve de toda
averiguación. Pero, a medida que pasaba el tiempo, vi aumentar mi ansiedad por
comprobar por mí mismo cuál era su verdadero estado. A finales de octubre le
escribí una carta diciéndole que nos complacería mucho recibir su visita, y me
alegró su inmediata respuesta diciendo que vendría a Medleigh el sábado
siguiente. En consecuencia, quedé muy sorprendido al recibir, el viernes, una
carta de Julián, concebida en los siguientes términos:
Mi querido doctor Graham:
Esta noche he tenido una horrible
experiencia. Considerando que el contárselo a alguien contribuirá a
tranquilizar mi mente, me decido a escribirle estas líneas.
He trabajado hasta muy tarde en un
problema que me había ocupado desde hace varias semanas. Cuando he dado por
terminada mi tarea era cerca de medianoche y, sintiéndome demasiado cansado
para ir a cenar a un restaurante, me he limitado a comer un bocadillo en un
snack-bar antes de tomar el último autobús para Hampstead. Como siempre que me
es posible hacerlo, he subido al imperial y me he instalado en el asiento
delantero. Cuando hemos llegado al final de la Baker Street, me encontraba solo
en el imperial. Luego, en el Park Road, nos hemos parado para recoger a unos
pasajeros. El conductor ha agitado la campanilla, y el autobús se ha puesto en
marcha con una sacudida. Pero la campanilla ha continuado resonando,
estrepitosamente, como si pasara un coche de los bomberos por la calle.
Súbitamente, me he dado cuenta de que ya no estaba solo. La ventanilla
delantera reflejaba todos los asientos situados detrás de mí. Y en uno de ellos
he podido ver a una figura pequeña y espantosamente familiar. El rostro que mejor
he llegado a conocer en el mundo me estaba mirando fijamente con aquella
ambigua expresión que tan a menudo he tratado de describir. He permanecido un
minuto completamente inmóvil, devolviendo la mirada al rostro reflejado en el
cristal. Por fin, sobreponiéndome con un gran esfuerzo, he vuelto la cabeza
para enfrentarme con la materialización de mi sueño. El rostro de mi
perseguidor, el rostro cuya mirada estaba posada sobre mí un segundo antes,
estaba ahora oculta detrás de un periódico. El autobús se ha detenido. Una
ruidosa pareja de jóvenes, ligeramente embriagados, han subido al imperial y se
han sentado detrás de mí. Hemos continuado nuestro viaje. Cuando el autobús
llegaba a la parada siguiente, he vuelto de nuevo la cabeza. Un hombre bajito,
de aspecto andrajoso, se ha levantado de su asiento, ha doblado su periódico y
ha bajado la escalera del imperial. Esto ha ocurrido hace una hora. Le he dicho
a usted lo que ha sucedido: mi experiencia debe imaginarla por sí mismo.
Espéreme el sábado.
J. F.

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