Jacob Steinberg (1887 - 1947) fue un importante poeta nacido en Ucrania israelí. Se trasladó a la Tierra de Israel en 1915. Desafió las tendencias de dos maneras significativas: su poesía era individualista y no nacionalista, y escribió en el dialecto de askenazíes más que el dialecto sefardí, que se convirtió en la norma aceptada de hebreo israelí. Sus dos poemas más famosos son "No es un jardín cerrado" y "Confesión".
No es un jardín Cerrado
No un jardín cerrado es el mundo: siete alegrías cercarán
tu tristeza serena, en un día angosto, en la vejez.
Entre reposo se mueve la vejez, aunque en los cotos de los
senescentes
pulula aún la duda cruel, el escorpión del renegado.
Te sentarás en silencio y meditará: mi camino empedrado cesó,
más allá sube tumultuante la masa del pueblo.
Te despertarás madrugador, enrevesado enigmas: sobre una era
han echado la lápida.
y de sus bordes ya han sacudido la carcoma al Profundo.
Y cuando la tarde clara sosiegue, las constelaciones cantarán:
entre constelación y constelación no hay más linde que
entre lo semejante.
Así, nadie que se separa retorna; y el condenado a la corrupción
ve la sepultura y enmudece, y se contiene mirando a sus cielos
Confesion
Pronto el resto de mi vida concluirá
con sus obras menudas, encantadoras,preciosas,
y como el anciano que se regocija en lo inútil,
levantaré mis ojos
a lo grande, a lo sublime...., cuya sazón pasó.
Y esta libertad elegida, lumbre del alma,
que a tiempo me descubrió la vanidad que me acechaba,
que ensanchó para mí el mundo aun en sus angosturas,
se convertirá en la luz de mi tristeza radiante.
Y como un hombre que no elige en vano,elegiré sentarme
y ver en manos de otros sus títulos de dicha
y tal corteza con el tiempo les agracia, ajena a mí,
me parecerá un obsequio a la era que adviene.
Otras Poesias
Nos Pareceremos en esta Noche
Nos parecemos en esta noche a una ciudad que arde.
Crecen las ruinas y el humo, sobre todo en el corazón
de los hombres
que se hieren la frente mientras las chispas vuelan
al cobertizo de paja, al tejado de madera.
Chiquillos huérfanos convierten en tizones sus casas,
sorben una lágrima vana, una lágrima muerta.
Puñados de supervivientes se pegan a los escombros,
rendidos por el fuego, pues nada hay ya que hacer.
Pero los viejos, al pie de sus serones salvados,
cambian en silencio un coloquio sencillo:
no es la primera vez que el fuego devora, y además hay
parábolas.
Y se ponen a reconstruir la ciudad en su altozano.
La Amante
Al enrarecerse de pronto el manantial de llamadas
dulces,
se oscureció la maravilla de sus hombros destapados.
Un tenue resplandor divaga por sus ojos castaños,
como el resplandor que retoza por los sueños profundos.
En lo alto de la almohada desfallecía su brazo desnudo
y un dejo de felicidad golpeaba su ala con blandura
en el hueco de la mano entrecerrada.
Al vomitar el mar de delicias su cuerpo,
la pierna torneada lentamente aún se movía
como un pez de oro agonizando
en una red olvidada.
Termina la Siega
Termina la siega y se amortecen las ganas; crecen ortigas
locas
en el patio interior de la vida, pues la mano firme ha
desfallecido.
Las tierras del pasado se abandonan todas a la memoria
frágil;
pronto la última parcela se gastará, como la fianza del
pobre.
Tiempo de rebeldías,hermano mío, de aflicción: como
un borracho entre alucinaciones
se revolcará para venir a levantarse a la puerta del día
aciago;
y el rescoldo de esperanza humana, el manojo de recuerdos
benditos,
buscará un refugio milagroso en la grieta de la ilusión
falaz.
Y cuando hasta este mal acabe para tu alma, ¡oh artesano!,
recuerda que ha llegado la tarde y con precipitación las
sombras edifican:
ya han puesto escala medida al castillo de púrpura,
¡sube!...y caerá para atrás, rompiéndose, el cántaro del pobre.
Bueno es que los Heroes
Bueno es que los héroes tajen con el filo del cuchillo
toda herida de sus almas, toda llaga de la pared del
corazón.
Pero he conocido hombres en duelo, que lamían su herida
y el cadáver
de su pobredumbre negaban al sepulcro.
En mi juventud me acerqué a la Majestad, y el ala creadora
no vibró ante mí con temblor de bendición,
y yo no sabía si la Majestad me parecía a mí muerta
o bien otro sacerdote la había ungido.
Hoy,si reuniera un puñado del polvo de los santos
y lo arrojase al cielo, como diciendo: "Eso es tuyo,
tómalo",
habría de aliviarse. Pero en vez de eso, estoy sentado
al pie de la arruinada Majestad, haciendo duelo.
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