Y de pronto no te conozco. Nunca te vi tan joven.
Es la miel de tus ojos donde tiembla el recuerdo
de una lágrima fría, diminuta de estrella duplicada,
la que me unta y chorrea y me remoza
y antes de que el abrazo confirme nuestro encuentro
pone en mis labios agrietados y áridos dos sílabas de
las de tu nombre de miel: Gabriel, Gabriel.
Nunca te vi tan mozo. apenas veinte años.
La estatura del tiempo tras la tumba
ha rasado el nivel.
Cada muerto, ahora lo veo claro, alcanza el suyo
con paciencia de años,
la talla y cifra de su yo más profundo.
Y cuando están colmados, logrados, estallantes de vida
nueva, anticipan la hora de resurrección
y se revisten de la carne gozosa, aún no gloriosa,
y de la piel de flor a flor de piel
y de la luz de lágrimas y de miel.
Cada muerto elige su edad definitiva.
cuando él era más él, así será por siempre.
Niños, adolescentes, doncellas, barbados mozos,
y, sí, también ancianos de arrugas musicales
que sólo en el diciembre de su edad
los arpegios más hondos de su ser arrancaron.
Por eso tú al sentirte realizado
vienes a mí, a mi encuentro, impaciente de roces,
de sentir, de saber que se abolió el paréntesis
entre la vida y la vida,
que todo ha sido un sueño, un dulce dormir plúmbeo
hasta los huesos,
un nacer otra vez con la conciencia entumecida
y un crecer otra vez hacia la santa memoria
y la eterna, maravillosa identidad.
¿Y en qué otra edad ibas tú para siempre a edificarte
sino en la del asombro sin cautela,
en la del primer cántico a la luz,
del primer beso ingrávido, del beso recibido,
del beso sin saberlo merecido?
Bien lo recuerdas ahora cuando me miras
fijamente a los ojos. ¿No te parezco otro?
Mírame bien. Mi ángel es el mismo
y aletea en mis vagas pupilas verde abismo.
No me midas con la vara del año
ni me cuentes los flecos nevados o perdidos.
Yo soy aquel que en tu oficina una mañana
vino a dejarte un nido entre tus manos,
caliente y bullicioso de pajarillos nuevos.
Tú buscabas en mí tu mocedad huida
y todavía no lejana.
Luego salimos-mediodía, enero-
al Prado señorial y tu palabra augusta escalaba los cedros
y entre las ramas de encaje libanés
me enseñaste a mirar y valorar
un purísimo azul casi morado.
Ahora, Gabriel, contempla, abre los ojos,
anégalos de azul todavía más nítido y tostado.
Ése es tu cielo: el aire, el ámbito sonoro de Levante
que se raja en delicia al cortafríos, al cortafuegos
de tu mirada amante de diamante.
Ése es tu mar de joya extensa y ciega,
ésa tu tierra, tu inverosímil tierra blanca y rosa,
ésa tu ciudad cuna que te acuna
al rumor betlemita de las plumas.
Y ese hombre de la triste sonrisa,
de corpulenta madurez cargada de hombros,
ése que se apea del polvoriento asnillo,
que se te acerca blanco de cal y de algodón de julio
para darte un abrazo,
en un misterio de visitación de edades,
es tu primo Sigüenza, el de ti desdoblado, traspasado
de biseles y espejos,
es tu Sigüenza hermosamente antiguo,
florecida la boca de ironía y sentencia.
Qué plenitud, qué gloria de reconocimiento.
Tu comarca te abraza de horizontes,
te sabe regresado, te festeja celosa y entregada,
esperando el milagro de la posesión por la palabra.
Oh fiebre de matices, oh mudanzas de aromas,
oh los suaves, aspérrimos contactos,
restregados de ráfaga y de dicha.
Y levantas en la palma de la mano
al litúrgico insecto, con casulla de doctor o de mártir ,
o exprimes -turbia esperma- la acidez del limón núbil,
como si aún reviviera
la mancha de conciencia de la tinta.
Entretanto en Oleza por don magín pregunta
una dama ancianita que llegó hoy en el tren
con un libro y un ramo de nardos y claveles.
Y en el muelle ha atracado, en Alicante,
un barco con un casco y una popa tan vieja
que aún reza la matrícula cristianamente Cristianía.
¿Es que el tiempo no pasa?
¿vivimos ya, vives tú en lo eterno,
en la visitación de las edades?
¿Será verdad -Sigüenza, no sonrías-
que aún se disputan, premian escopetas
por derribar pichones blancos,blancos
en el cielo sin diana,sin tacha y sin un cerro?
Déjame que te deje, Gabriel en ese filo
que tu edad más cumplida, ilusa de sentidos y de alma.
Quiero dejarte solo, sin amigos
que se te puedan morir como Isabel al Borja,
solo, mas con los tuyos, eternizados hijos del espíritu
creados por tu mente, tu corazón de oro y tu fonética:
con Pablo y Enriqueta, Don Jeromillo y Tabalet,
y las figuras soñadas en torno al Rabbi,
en esa Tierra Santa, esa Tierra Sigüenza
hermosamente antigua frente a la tierra de Gabriel Levante.
Quédate solo, sube al cíclope Ifach,
a Guadalest la esbelta, a aitana majestuosa,
baja a altea la Vieja, bruñe el cristal de roca
de Santa Pola, entra en Polop,
en tu casa de estío y de penumbra
-un rasgueo de pluma, un bordón de moscarda-
y límpiate el sudor con el pañuelo generoso
al volver a las flores y a los cantos
de tu huerto de cruces.
Ahora, Gabriel, no preguntas
porque tú ya lo sabes.
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