La lectura fluía,
la lectura era un río,
y el poeta, alto alto álamo,
la dictaba su ritmo.
La brisa de la tarde
nacida en el recinto
oreaba las nucas,
movía los zarcillos.
Sollozando y riendo,
juncos y versos íntimos
refrescaban la dicha
de aunarnos y sentirnos.
Tú mirabas absorta
con un dolor tan lírico,
impreso en las mejillas,
remansado en tus rizos,
que era como el paisaje
que acudía al prodigio
y se cristianizaba
virginizado y niño.
Veías, escuchabas,
más allá del martirio,
más acá de la entraña
del seno femenino.
Por tus ojos pasaban
los reflejos del río
y tú eras a la orilla
la madona sin niño,
con tus siete puñales
sólo para mí nítidos,
madre de la poesía
que era el hijo ofrecido,
tu invisible, imbesable,
inabrazable hijo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario