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miércoles, 28 de marzo de 2012

{90} La Lectura

La lectura fluía,
la lectura era un río,
y el poeta, alto alto álamo,
la dictaba su ritmo.


La brisa de la tarde
nacida en el recinto
oreaba las nucas,
movía los zarcillos.


Sollozando y riendo,
juncos y versos íntimos
refrescaban la dicha
de aunarnos y sentirnos.


Tú mirabas absorta
con un dolor tan lírico,
impreso en las mejillas,
remansado en tus rizos,


que era como el paisaje
que acudía al prodigio
y se cristianizaba
virginizado y niño.


Veías, escuchabas,
más allá del martirio,
más acá de la entraña
del seno femenino.


Por tus ojos pasaban
los reflejos del río
y tú eras a la orilla
la madona sin niño,
con tus siete puñales
sólo para mí nítidos,
madre de la poesía
que era el hijo ofrecido,


tu invisible, imbesable,
inabrazable hijo.



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