Fue primero el certamen por nacer a la vida.
Soterrañas raíces, tallos verdes, crecientes,
ensayando, palpando, sorbiendo el aire puro,
larvas,gusanos,sierpes soñando alas abiertas.
Seres en limbo oscuro su redención clamaban,
abriéndose entre fustes, desgarrados de espinas,
ásperos de cortezas que la piel les escorian,
les ungen de resina, de goma, de canela,
les aroman de bálsamos de un viejo paraíso.
Formas,ya tan hermosas, a la luz se presentan,
se adelgazan,coronan, estallan casi flores,
se deshojan, tristísimas de dulce abatimiento,
lloviendo son sus pétalos la vergüenza del tránsito.
¿A quién esa doncella crecía destinada?
¿Qué error de falso timbre ha abolido en penumbra
al dios adolescente, todo inocencia y sueño,
que pudo ser, y casi fue, y derivó en fracaso?
¿Quién nos llamaba ahora, una,dos,tres, cuatro veces,
-ay,cómo palpitaste, corazón vulnerado-
con nudillos de seda en el tabique lúcido?
Algo, sí, algo muy hondo, muy humano y muy divino
sobreviene, se acerca, imploración,milagro.
Y de pronto, oh prodigio, la pena se hizo música
y la música orbe,gloria,miembros y cuerpo
y alma tangible, nuestra, oro de alma obtenido,
oro de re mayor, alquimia al fin tan bella,
oro líquido y puro que abrasa y enamora
y se hunde en el abismo, hondo cause bordónico,
o trepa por la gama de hamacas en peldaño
hasta que allá en lo alto de la prima esbeltísima
se le nievan de escamas -peces de cielo y hielo-
las ondas siempre de oro y tornaluz diamante.
Cuando después sollozan las musas del larghetto
¿quién no cierra los ojos para abrirlos al llanto?
Comprendemos apenas si es el mismo Beethoven
quien nos canta, conforta, confidencia,lastima,
librándonos el tierno secreto de su pecho,
auscultando del pájaro posado sobre un hombro.
Y los ojos abrimos y a ti te vemos sola.
ida,Ida -clamamos al regresar al mundo-
Ida-nombre de Eco- ,Herida,Vida...Ida...
Increada, Increída, Perdida...ida..Ida..
Y por el aire eléctrico de la sala del dulce
noviembre de oro,por el cielo sube y sube
tu estradivaria lira, igual que la de Orfeo,
no a inscribir constelando su cifra rota y mártil,
sino a brillar su cálido inmaterial sonido,
latiendo, palpitando su destello castísimo,
como una estrella sola, ¡milagro!, estrella única
en el cenit helado de una noche de enero.
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