Era tras de la misa el domingo de mayo.
Una silueta aguda de pronto se revela
-esbelto canon gótico-. Dije: ése es Pepe Tudela.
Sin conocerle era la identidad bien clara.
Mil que con él vinieran,nunca le equivocara.
Bermeja y satinada le ardía la mejilla
del color que la piedra toma al sol de Castilla.
Sus ojos revelaban un perenne estupor
y era su risa un gozo de hermanito mayor.
Su hablar tenía un dedo agudo de honradez franca,
como el de don Miguel, rector de Salamanca.
Después viví a su lado la ciudad y el paisaje,
y el sentido del árbol y del mueble y del traje.
Su apasionada charla se abría en la tertulia
y era el claro fermento de la indolente abulia.
Huraño y silencioso, a su lado aprendí
a empezar a amar todas las cosas porque sí,
porque todas son buenas como el dios que las hizo,
y hay que estudiar sus gestos y sorprender su hechizo
y -alterno apostolado de biología andante-
canjear las estampas del mundo circundante.
La risa sin sentido de las niñas precoces,
que rezuman sus labios impacientes de roces.
La sabrosa malicia de las adolescentes,
el modesto apetito de glorias inocentes
que el pequeño grande hombre apenas disimula,
el egoísmo magnífico con que sacia su gula
un menudo heliegábalo de tres años rollizos,
la niña que aún no muda los dientes primerizos
y sabe ya que es niña y se prueba collares
y se atufa en las sienes húmedos aladares.
Sólo el amor desata el propio laberinto
porque la vida es santa y es sagrado el instinto,
y el corazón que ama -fray luis lo dice- sabe
abrir y cerrar cielos y tierra con su llave.
Alado verso mío, a Soria la alta vuela
y un despierto saludo a Pepe Tudela.
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