Las manos
sucias (Les mains sales), drama en siete cuadros, fue estrenado en 1948, época
en la que Sartre se mantenía aún muy ligado al Partido comunista. La obra fue
acogida críticamente por parte de los sectores comunistas (entonces
estalinistas) y puede decirse que marca el punto de inflexión en el estalinismo
de Sartre. No es que la obra sea una crítica anticomunista; al contrario. Está
en perfecta coherencia con el existencialismo ya bosquejado en La náusea y en
El ser y la nada, e incluso con la postura de la Crítica de la razón
dialéctica, mucho más tardía.
El drama es sencillo y lineal. Hugo Barine, un
joven intelectual, de familia aristócrata, acaba de salir de la cárcel. Dos
años antes fue condenado por asesinar a Hoederer, líder del partido comunista,
aunque quedan dudas si se trató de un crimen político o pasional. Saliendo de
la cárcel, Hugo va a casa de Olga, también militante del partido comunista, y
su antigua amante. Llega Louis, actual líder del partido (o uno de sus jefes)
con la intención de liquidar a Hugo, porque sabe demasiado. Olga pide una
tregua, hasta media noche, para ver si Hugo es o no es recuperable para el Partido.
Louis acepta. Olga pide a Hugo que le cuente de nuevo toda la historia. Termina
así el primer cuadro. Los cinco siguientes cuentan la historia sucedida en
1943. El séptimo y último recupera el hilo donde se había quedado al final del
primero. Año 1943. Estamos en un país imaginario de Europa del este. En la
guerra, el rey ha tomado partido a favor de Alemania; después, viendo mal la
suerte alemana, el Regente, junto con el jefe del partido conservador, intentan
un acercamiento a los comunistas. Hugo, que se ha hecho comunista por
idealismo, trabaja en la redacción de un periódico comunista. En esa sede tiene
lugar una votación de lo que puede ser el comité político del Partido, para
decidir sobre una propuesta del líder, Hoederer: unirse con todas las fuerzas
políticas para después de la guerra repartirse el Poder. Hoederer ha ganado.
Pero Louis está en contra. Aprovechando los deseos de Hugo de entrar en la
lucha, le encarga una misión: liquidar a Hoederer antes de que se reúna con los
fascistas y conservadores. Hoederer ha solicitado un secretario —que, no se
sabe por qué, tiene que ser casado—; se decide que Hugo ocupe ese puesto,
llevándose a su mujer, Jessica...
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