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lunes, 16 de enero de 2012

Balance y memoria del cuento en el Exilio

Me viene a la memoria, cuando me siento a redactar este panorama de la narrativa breve del exilio, el amargo lamento del personaje Remigio Morales, escritor exiliado, antes de su desesperanzado y trágico final en el relato titulado “El remate”, que Max Aub publicó en 1961 en su revista Sala de espera:
“Sencillamente, no existimos. Fuimos borrados del mapa. Un auténtico remate. Nadie sabe quiénes fuimos.”
Han pasado muchos años desde que viera la luz ese cuento y hoy puede decirse que la suerte ha sido diversa para aquellos escritores que se vieron forzados a abandonar España tras la derrota de la República y continuaron, o empezaron, su obra literaria lejos de nuestras fronteras; así, mientras la obra de algunos ha sido plenamente reconocida y hoy goza del favor de los lectores, se edita, se lee, se estudia y forma parte incuestionable de la historia de la literatura española, la de otros no ha tenido la misma fortuna, sigue olvidada y apenas es conocida fuera de ámbitos minoritarios. Resulta sintomático que un libro de cuentos como A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales, publicado en Santiago de Chile en 1937, no se editara en España hasta el año 2001; del mismo modo, el de Antonio Sánchez Barbudo, que se editó en 1938 y mereció el Premio Nacional de Literatura, titulado Entre dos fuegos, no ha sido nunca reeditado; de otros autores sólo muy recientemente se van recuperando sus libros de cuentos, gracias a profesores que los estudian y a editoriales que apuestan, en proyectos imposibles, por recuperar esas obras olvidadas. De modo que, en primera instancia, hay que hablar de recuerdos y olvidos, de glorias e infortunios.
El cuento fue un género muy cultivado por los escritores en el exilio, quienes tuvieron que sortear no pocas dificultades para darlos a conocer, entre ellas el insalvable escollo de la prohibición de publicarlos en España y el desinterés con que eran recibidos por los lectores en los países de acogida; y sin embargo, estos autores dejaron un importante corpus de libros de cuentos, algunos de los cuales, al pasar de los años, se convertirían en clásicos, por ejemplo, Los usurpadores, de Francisco Ayala. Los autores españoles, a pesar de lo negativo que supuso el extrañamiento del exilio, pudieron expresarse con libertad y ofrecer su visión del pasado reciente sin ningún tipo de censura. En la primera década, 1939-1949, abundan los libros de cuentos que, de una u otra manera, desde diferentes sensibilidades y posiciones ideológicas, tratan el tema de la guerra civil, de sus antecedentes y de sus consecuencias. En 1944, Max Aub publicó No son cuentos, un volumen de narraciones centradas en el tema de la guerra civil y en el que figuraba el relato, publicado en Hora de España, en 1938, “El cojo”, uno de los mejores suyos. En 1939, en la revista Sur, publica Francisco Ayala su “Diálogo de los muertos”, que luego serviría, en 1949, de epílogo a Los usurpadores, sentida y profunda elegía en la que el autor da rienda suelta a su dolor:
Los que perpetraron la traición, cegados por la soberbia y poseídos por la furia del mando, están protegidos contra la pesadumbre de todo cargo de conciencia por la liviandad de sus cerebros que les consiente aceptar sin examen los endebles idearios (sarcasmo, a la dura luz de hoy) con que apresuradamente quisieron vestir y dar hechura a su fechoría.
Expresiones de esta naturaleza eran impensables en la literatura que se escribía en el interior de España. Tendrían que pasar muchos años para que la guerra civil se convirtiera en materia literaria de un libro de cuentos escrito y publicado sin censura, me refiero a Largo noviembre de Madrid, 1980, de Juan Eduardo Zúñiga. Tantos años después, la guerra civil sigue presente en la narrativa breve de nuestros días, baste recordar el éxito del relato “La lengua de las mariposas”, 1995, de Manuel Rivas.
Como muestra de la variedad de registros en la narrativa breve del exilio y para romper ese tópico que estereotipa esta literatura exclusivamente en torno a la guerra civil y sus consecuencias, durante esa década, aparecen dos libros de cuentos que poco o nada tienen que ver con el conflicto armado, Historias e invenciones de Félix Muriel, de Rafael Dieste, magnífico e imaginativo, con una prosa soberbia, publicado en Buenos Aires, en 1943, y De quince llevo una, de Paulino Masip, nostálgicas evocaciones del pasado anterior a la guerra, publicado en México, en 1949. Con todo, al margen del citado Los usurpadores, reflexión literaria sobre el poder que hunde sus raíces en la historia española a la búsqueda de las fuentes de la discordia y que contiene el que muchos han catalogado como uno de los mejores cuentos de la literatura española, nos referimos a “El hechizado”, el libro más importante de esa década es La cabeza del cordero, también de Francisco Ayala, cuatro narraciones en las que se ocupa de la guerra civil “bajo el aspecto permanente de las pasiones que la nutren; pudiera decirse: la Guerra Civil en el corazón de los hombres”, como señala el autor en el “Proemio”.
De lo dicho hasta aquí se deriva que estos libros, imposibles de publicar en la España de esos años, que asistía al renacer de la novela de la mano de Cela, Torrente Ballester, Laforet o Delibes, pero en la que los escasos libros de cuentos tienen, si los comparamos con los citados, una importancia relativa, se deriva digo, que estos son los auténticos libros de cuentos de la literatura española de posguerra en esa década, libros que las circunstancias políticas hicieron que tuvieran que ser escritos y publicados fuera de España; lo que queremos decir es que hay un sola literatura española que por razones políticas se escribe dentro y fuera de España. No creo que nadie considere hoy, en 2005, a Francisco Ayala como un escritor del exilio, sino como uno de los escritores españoles más importantes de nuestro tiempo. Se trata, creemos, de recuperar la obra de los escritores exiliados e integrarlos en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX sin formar con ellos un grupo aparte[1], como escribió, en 1980, Ignacio Soldevilla:
“Hasta ahora se ha solido poner en capítulos separados a los escritores del exilio y a los que quedaron en España. En la medida en que el criterio no es político, y responde al hecho de que el exilio llevó a concebir la narrativa y a ver la misma realidad de manera distinta, aceptaríamos la división. Pero estamos seguros de que, a la larga, como no constituyen sino dos ramas divergentes de una común raíz, el tiempo acabará por borrar lentamente las disparidades.”
En la década de los cincuenta suceden dos fenómenos dignos de mención: el primero es que entre los exiliados, tras la constatación del reconocimiento del régimen de Franco por la ONU y el apoyo decidido de los Estados Unidos, cunde el desánimo y empieza a comprenderse que el exilio no es circunstancial y va para largo; el segundo es el de la aparición en España de una nueva generación literaria, la del neorrrealismo, que va a hacer del cuento el género literario por excelencia y que dará frutos muy importantes; baste recordar los nombres de Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Ana María Matute o Medardo Fraile entre otros.
En 1946 escribía Aub: “Creo que no tengo derecho todavía a callar lo que vi para escribir lo que imagino”, con lo que ponía de manifiesto su debate interno entre la necesidad del testimonialismo y el vuelo libre de la imaginación creadora. Buena muestra de que la narrativa breve del exilio, por la circunstancia arriba señalada, empieza a abrirse a otras tendencias, sin olvidar el desastre de la guerra civil, es la publicación en 1955 de dos libros de cuentos del propio Aub, idénticos en sus portadas y en sus títulos, que simbolizan las dos facetas de su narrativa breve, la mimética y la imaginativa, nos referimos a Cuentos ciertos y Ciertos cuentos. De ese mismo año, es el libro de Francisco Ayala Historia de macacos, que sería el primero suyo publicado en España tras la guerra civil, en Revista de Occidente. Ciertos cuentos e Historia de macacos marcan una tendencia nueva en la narrativa breve exiliada, la apertura a nuevas realidades que poco tienen que ver con España. También en esos libros se pone de manifiesto una mayor complejidad estilística y estructural, deudora de influencias narrativas más universales: la multiplicidad de narradores y de perspectivas en un mismo cuento, por ejemplo en “Historia de macacos”, su simbolismo más denso y a veces hermético, la huida de un realismo pobre en la forma, el sentido de la ironía y del humor ácido y no pocas veces grotesco, la preocupación, en fin, por dar cabida a temas más amplios que tienen que ver con una visión compleja y problemática del mundo. A lo cual podríamos añadir el empleo de subgéneros del cuento poco cultivados entonces, como el microrrelato en Aub. Como ejemplo, por su brevedad, reproducimos “El monte”, incluido en Algunas prosas, de 1954, en el que los personajes aceptan con la mayor naturalidad un hecho del todo insólito:
Cuando Juan salió al campo, aquella mañana tranquila, la montaña ya no estaba. La llanura se abría nueva, magnífica, enorme, bajo el sol naciente, dorada.
Allí, de memoria de hombre, siempre hubo un monte, cónico, peludo, sucio, terroso, grande, inútil, feo. Ahora, al amanecer, había desaparecido.
Le pareció bien a Juan. Por fin había sucedido algo que valía la pena, de acuerdo con sus ideas.
—Ya te decía yo —le dijo a su mujer.
—Pues es verdad. Así podremos ir más de prisa a casa de mi hermana.
En 1952, Rosa Chacel publica el libro de relatos Sobre el piélago, de corte imaginativo y fantástico, en el que se advierten influencias que tardarían aún en llegar a la literatura española del interior, la de Borges, por ejemplo. De ese libro es un fenomenal relato titulado “Fueron testigos” en el cual asistimos incrédulos a la metamorfosis de un hombre herido en plena calle que se diluye y acaba siendo tragado por una alcantarilla, mientras la ambulancia viene en su socorro, ante los ojos atónitos de quienes contemplan la escena.
Este tipo de relatos no era lo que se escribía entonces en España, anclados los autores en la estética del neorrealismo; sin embargo, fijémonos un instante en el caso de Arturo Barea, que ya había publicado, en 1938, los relatos de Valor y miedo. Tras su muerte en el exilio en Inglaterra, en 1957, su mujer, Ilsa Barea, recopiló una serie de narraciones que publicó en 1960 bajo el título El centro de la pista, en Ediciones Cid de Madrid. No anduvo muy vivo el censor y dejó pasar cuentos en los cuales la denuncia social y la crítica a los poderosos es bien patente. En esos años, se publican en España dos importantes libros de cuentos, Cabeza rapada, de Jesús Fernández Santos, en 1958, y El corazón y otros frutos amargos, de Ignacio Aldecoa, en 1959. Si comparamos la historia del niño de “El cono”, de Barea, con la del protagonista de “Cabeza rapada”, de Fernández Santos, encontraremos que la injusticia que se denuncia es la misma, que el desamparo de esos niños y su desolación son los mismos, y que la intención crítica de sus autores, aun perteneciendo a generaciones diferentes, es idéntica, incluso en la escritura realista se pueden encontrar similitudes.
En 1950, en las ediciones de la tertulia Aquelarre, aparece el libro de José Ramón Arana El cura de Almuniaced, una de las mejores novelas cortas sobre la guerra civil, que iba seguida de una serie de cuentos, después ampliada en ¡Viva Cristo Ray! y todos los cuentos (1980), deudores de la tradición narrativa anterior; patente la influencia de Unamuno en el relato “El último sueño de Cervantes”. Siguen en esa década apareciendo buenos libros de cuentos de autores que quizá hubieran merecido mejor suerte, como José de la Colina, que publica Cuentos para vencer a la muerte, en 1955, o Segundo Serrano Poncela, que publica Seis relatos y uno más, en 1954. También en esos años cabe señalar la aportación a la narrativa breve de dos grandes poetas exiliados, Luis Cernuda y Pedro Salinas, que publican respectivamente Tres narraciones, Buenos Aires, 1948, y El desnudo impecable y otras narraciones, México, 1951.
Una de las características de la narrativa breve en el exilio es la de la apertura a las nuevas realidades sociales que les tocó vivir a los autores exiliados. En este sentido, hay que destacar el libro de Max Aub, Cuentos mexicanos (con pilón), de 1959, después publicado en España, en 1964, bajo el título de El zopilote y otros cuentos mexicanos, en la colección “El Puente”, que dirigía para EDHASA Guillermo de Torre, con el añadido de cuentos que no figuran en la edición mexicana. Con todo, el libro más innovador y uno de los que más fortuna ha tenido de entre los de Max Aub es Crímenes ejemplares, que se publicó en 1957. Libro de microrrelatos, en él Aub hace suya la cultura de la muerte, tan arraigada en México, e incluye rasgos lingüísticos y modismos propios del habla mexicana:
“¡Si el gol estaba hecho! No había más que empujar el balón, con el portero descolocado... ¡Y lo envió por encima del larguero! ¡Y aquel gol era decisivo! Les dábamos en toditita la madre a esos chingones de la Nopalera. Si de la patada que le di se fue al otro mundo, que aprenda allí a chutar como Dios manda.”
También Paulino Masip, en el libro publicado en 1954, La trampa, incluye un cuento titulado “El ladrón”, ambientado en Ciudad de México y que podría tomarse como una suerte de homenaje al país que le acogió en su exilio. De igual modo, en el cuento titulado “El zopilote”, perteneciente al libro La raya oscura, publicado en Buenos Aires, en 1959, Serrano Poncela reflexiona, a partir de la muerte de un exiliado, sobre las realidades nuevas vividas en Sudamérica. Mencionar, asimismo, el cuento de Rosa Chacel, uno de sus mejores relatos, “Ofrenda a una virgen loca”, que da título al libro, que se publicó en México, en 1961. No debe olvidarse, tampoco, el temprano libro de Ramón J. Sender, publicado en 1940, Mexicayotl, compuesto de nueve relatos de carácter mítico y legendario en el que se refleja a través de historias de personajes y elementos del paisaje, animales incluidos, espléndido el relato “El buitre[2], el México anterior a la conquista. Sender, en su costumbre de rehacer sus libros, incluyó algunos de los relatos del libro de 1940 en otro de 1961, publicado en Nueva York, titulado Novelas ejemplares de Cíbola, también de ambiente americano. Otro tipo de cuentos, relacionados con este ámbito que comentamos, es aquel en el que se narra la historia de personajes que traicionan los ideales que les han llevado al exilio y se convierten, en las nuevas sociedades en que viven, en aquello que tanto odiaban en España. Esa visión crítica de cierto tipo de exiliados es la que expresa ácidamente Manuel Andújar en cuentos como “Para la próxima figura de barro”, escrito en 1959 e incluido en el libro Los lugares vacíos, 1971.
Durante la década de los sesenta se producen tres circunstancias dignas de reseñar: de una parte, empieza o continúa el regreso, discreto, escalonado, temporal, de algunos autores exiliados; por otra, se publican libros de narraciones breves del exilio en España, normalmente con escaso eco y siempre de cuentos que no aludan a la guerra civil o al pasado republicano, que sigue siendo objeto de fuerte censura; finalmente, en 1963, mencionar la aparición del libro de José R. Marra-López, Narrativa española fuera de España 1939-1961, en el que se da a conocer al lector español la labor literaria de los escritores exiliados. Mientras en los cuentos escritos en España en esos años la guerra es sólo una sombra, una velada alusión, algo innombrable, recuerdos confusos y vivos al mismo tiempo —puede comprobarse en la antología preparada por Josefina Aldecoa en 1983, Los niños de la guerra—, en el exilio, se producía un cierto cansancio de narrar la guerra y sus consecuencias y asoma ya una severa autocrítica a la posición de los exiliados que vociferan por los cafés en espera de que se muera Franco, acusándose unos a otros de lo que hicieron o no en el pasado. En 1960, en México, Aub publicó uno de sus más famosos cuentos, “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”, en el cual un mesero de un café de México DF, harto de oír a los refugiados españoles decir “cuando muera Franco...”, decide venir a España a cometer el magnicidio durante un desfile de la victoria. Franco muere, pero al volver a su café los refugiados seguían gritando y discutiendo como si tal cosa, como si no hubiera pasado nada; el cuento dio título al libro La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos. En 1963, en la editorial Sur de Buenos Aires, Francisco Ayala publica un libro titulado El as de bastos. Contiene cuentos estupendos, como el que da título al libro y “Baile de máscaras”. Destaca en ellos una visión lúdica e irónica sobre el sexo y las infidelidades y es una buena muestra de las innovaciones técnicas que Ayala ya había introducido en su narrativa breve, como por ejemplo la multiplicidad de voces de “Baile de máscaras”, fragmentos inconexos, algunos tan breves como “—Adiós, odalisco.” o “—Ahora van a ver todos esos quién soy yo, dije entonces. Se pensarían ellos que yo no soy hombre para eso, y para mucho más.” En ese ambiente de renovación formal habría que situar el libro de Sender Las gallinas de Cervantes y otras narraciones parabólicas, publicado en México, en 1967, Compuesto de cuatro relatos, quizá habría que llamarlos novelas cortas, el mejor es que da título al libro. En él, la mujer del novelista acaba convirtiéndose, en un proceso lento, en gallina, hasta que va perdiendo el habla y adopta costumbres de gallina, en lugar de acostarse en la cama se posa en la cabecera. Es un relato en el que predomina un humor de tipo casi surreal y en el que hay un hermoso juego literario. Finalmente, Cervantessalió aquel día de Esquivias y no volvió nunca”; en el cuento también hay una crítica velada a la mezquindad de la llamada clase media española.
Las circunstancias que envolvieron el regreso de algunos exiliados y la visión de la sociedad española a la que se reintegraron, en muchos casos con no pocas dificultades, tuvo también su reflejo en la narrativa breve. Un caso paradigmático fue el de Manuel Andújar, quien regresó en 1967. En el ya mencionado Los lugares vacíos, hay cuentos como “Yacentes” u “Olor a rancio” que, desde un simbolismo algo hermético, arrojan luz sobre la situación extraña y a menudo incómoda en la que se siente un exiliado al reintegrarse a un país del que ha estado ausente muchos años por razones políticas. Lo que llama la atención en este tipo de cuentos es la decidida voluntad de estilo y el simbolismo algo oscuro que los aleja del realismo gastado y empobrecedor. Esta narrativa breve, no sólo la de Andújar, supone desde su complejidad formal una reflexión sobre un mundo confuso, problemático, ante el cual no caben certezas absolutas, sino complejas incertidumbres. Conviene recordar que desde mediados de los años sesenta la influencia de los autores del llamado boom de la narrativa latinoamericana, la mayoría maestros en la escritura de cuentos, se deja notar mucho en los autores del exilio. Por otra parte, la influencia, sobre todo en Andújar del mundo de Kafka es patente. Con ello se pone de manifiesto el deseo de renovación formal, de superación del realismo, que mueve a estos autores y que no encontrará parangón en la narrativa breve del interior hasta unos años después, cuando se produzca el renacer del cuento como género en el principio de la década de los ochenta y en el que la obra de Cortázar tendrá una influencia destacada. Todo ello se advierte en el libro que Francisco Ayala publica en 1971 bajo el título de El jardín de las delicias, una suerte de fresco que tiene como fondo la condición humana, en el que hay textos muy conocidos, como el “Diálogo entre el amor y un viejo”. Un año más tarde, en 1972, publica, también en esa línea renovadora, Segundo Serrano Poncela, un volumen de cuatro cuentos bajo el título Un olor a crisantemo. Mientras tanto, en 1969, Max Aub recopilaba sus cuentos sobre la guerra y el exilio en un volumen publicado en Venezuela, Últimos cuentos de la guerra de España.
No queremos, en la parte final de este panorama, dejar de señalar la importancia que tuvieron, en la difusión en España de esa obra cuentística, dos revistas, Ínsula y Papeles de Son Armadans. El formato de revista se prestaba muy bien para acoger en sus páginas los cuentos, de modo que, dado el talante liberal y abierto de ambas, los escritores exiliados publicaron en ellas, aunque Aub se quejara, cuando visitó España en 1969, de que fueran revistas para suscriptores que no leía nadie. La nómina de narradores que publicaron relatos, apuntes, cuentos cortos, es muy extensa, Andújar, Ayala, Aub, de la Colina, Sender, Serrano Poncela, entre otros. Del mismo modo, hay que reseñar, por la importancia que entonces tuvo para la recuperación de la narrativa breve desterrada, la antología publicada por Rafael Conte en 1970, Narraciones de la España desterrada, libro en el que muchos lectores tuvieron conocimiento por primera vez de la valía, en el cuento breve, de los escritores del exilio.
Tras la recuperación de la democracia y el levantamiento de la censura, allá por los años de la transición, se empezó un proceso de recuperación de la obra de estos escritores que dista mucho, lamentablemente, de estar concluido. Andújar pudo reunir su obra cuentística en Cuentos completos, en 1989; los libros de Ayala han sido los que más atención han merecido, al menos en ediciones críticas, Los usurpadores, La cabeza del cordero, Historia de macacos; Dieste tuvo edición crítica de Historias e invenciones de Félix Muriel en 1985; de Barea se editaron en 2001 los Cuentos completos; Aub fue editado en dos antologías de cuentos miméticos y fantásticos, Enero sin nombre y Escribir lo que imagino , en 1994; los cuentos de Sender están dispersos en ediciones que convendría revisar y agrupar de algún modo, con todo, Las gallinas de Cervantes se reeditó en 2002; los de Masip no fueron recuperados hasta 1992, El gafe o la necesidad de un responsable y luego en 2002 La trampa y otros relatos; los de Rosa Chacel, Icada, Nevda, Diada, no se reeditan desde el año 1982, aunque en 1989, Conte editó una selección breve de ellos bajo el título Balaam y otros cuentos y en 1992 se reeditó Sobre el piélago ; los de Arana se reeditaron en 1980, ¡Viva Cristo Ray! y todos los cuentos y lo harán en 2005, coincidiendo con su centenario; Serrano Poncela, José de la Colina, Roberto Ruiz y otros, esperan sosegadamente su turno.
[***]
Han pasado muchos años desde que formalmente el exilio se cerrara en 1977 y puede decirse que la narrativa breve de algunos de estos autores ha sido sustancialmente recuperada y reintegrada al corpus de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX y hoy los nombres de Ayala o de Aub son fundamentales en el panorama del cuento en España. Otra cosa es que en el caso del exilio se haya prestado más atención a la novela que al cuento —por ejemplo en Barea, Sender o Masip—, siendo éste, como hemos apuntado someramente aquí, tan importante, sobre todo porque complementa y amplía notablemente, en tema, estilo y visión del mundo, el escrito en la España de aquellos años. Quedan todavía buenos libros de cuentos por recuperar, incluso no estaría de más la publicación de una antología no condicionada por la censura como lo estuvo la de 1970, en la que pudieran aparecer juntos los escritores del exilio y los de la España del interior, Ayala y Aldecoa, Barea y Fernández Santos, Cela y Aub, García Hortelano y Sender, Matute y Arana. Pero los escritores, los del exilio también, viven, escriben y publican sus obras en su tiempo, lo que sea después de ellas, la posteridad, es cosa de otros.
Javier Quiñones,
Quimera nº 252, enero 2005



[1] Un ejemplo lo tenemos en la inclusión de obras de Aub, de Ayala, de Dieste, entre otros, en los catálogos de colecciones de clásicos de amplia difusión.
[2] En dicha colección aparecía bajo el título “El zopilote” (zopilote: nombre que en México y Centro América reciben los buitres americanos), siendo rebautizado como “El buitre” al reaparecer en 1961 en el volumen «Novelas ejemplares de Cíbola», que recogía cinco de los relatos aparecidos dos décadas atrás en «Mexicayotl».

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