Autor: Flannery O’Connor
Durante el fin de semana las dos chicas se estuvieron
llamando Templo Uno y Templo Dos, se desternillaron de risa y se ruborizaron
hasta el punto de volverse realmente feas, en especial Joanne, que tenía
espinillas en la cara. Llegaron con el uniforme marrón que usaban en el
convento de Mount Saint Scholastica, pero tan pronto como abrieron las maletas
los hicieron desaparecer, se pusieron faldas rojas y blusas de colores
chillones. Se pintaron los labios, se calzaron los zapatos de domingo y
caminaron con tacones altos por toda la casa, procurando pasar siempre frente
al largo espejo del recibidor para mirarse las piernas. No prestaron un segundo
de atención a la niña. Si hubiera ido sólo una de ellas, habría jugado con la
niña, pero eran dos; así pues, la niña quedó excluida y las observaba con
suspicacia desde cierta distancia.
Tenían catorce años -dos más que ella-, pero ninguna era
inteligente, motivo por el cual las habían enviado al convento. Si hubieran ido
a una escuela normal, no habrían hecho otra cosa que pensar en los muchachos;
en el convento, las hermanas, decía la madre de la niña, las tendrían a raya.
La niña decidió, después de observarlas durante dos horas, que prácticamente
eran imbéciles y se alegró al pensar que sólo eran primas segundas y que ella
no podía haber heredado algo de esa necedad. Susan se llamaba a sí misma Suzan.
Estaba muy delgada, pero tenía una linda cara alargada y el cabello rojo.
Joanne era rubia con rizos naturales, hablaba con voz nasal y, cuando se reía,
le salían manchas púrpuras. Ninguna de las dos era capaz de decir algo
inteligente y todas sus frases comenzaban: «Mira, ese chico que conozco, una
vez…».
Iban a quedarse todo el fin de semana. Su madre había dicho
que no sabía cómo iba a entretenerlas, puesto que no conocía a ningún chico de
su edad. La niña, en un súbito arranque de genialidad, exclamó:
-¡Está Cheat! ¡Dile a Cheat que venga! ¡Dile a la señorita
Kirby que haga que Cheat venga a pasearlas un poco! -Y casi se atragantó con la
comida que tenía en la boca. Se dobló de risa, golpeó la mesa con el puño y
miró a las dos desconcertadas chicas mientras se le humedecían los ojos y las
lágrimas empezaban a rodar por sus gordezuelas mejillas y el aparato dental que
tenía en la boca brillaba como hojalata. Nunca se le había ocurrido nada tan
divertido.
Su madre rió con discreción, la señorita Kirby se sonrojó y
se llevó con delicadeza el tenedor a la boca, que pinchaba un solo guisante.
Era una maestra de escuela rubia con la cara larga que se hospedaba en la casa,
y el señor Cheatam era su admirador, un viejo y rico granjero que iba todos los
sábados por la tarde en un Pontiac azulado de quince años de antigüedad,
empolvado de arcilla roja y con negros en el interior, a quienes cobraba quince
centavos por cabeza por llevarlos al pueblo los sábados por la tarde. Después
de dejarlos, iba a ver a la señorita Kirby y siempre le llevaba un regalito:
una bolsa de cacahuetes tostados, una sandía o una caña de azúcar, y, en una
ocasión, toda una caja de caramelos Baby Ruth comprada al por mayor. Tenía la
cabeza calva, con excepción de un pequeño bordecillo de pelo rojizo; su rostro
tenía casi el mismo color de los caminos sin pavimentar y estaba erizado, como
ellos, de roderas y hondonadas. Siempre llevaba una camisa verde pálido con una
fina lista negra y tirantes azules, y sus pantalones cruzaban un estómago
abultado en el que, de vez en cuando, clavaba con ternura su chato pulgar.
Todos sus dientes tenían fundas de oro y, cuando estaba con la señorita Kirby,
ponía los ojos en blanco de una manera traviesa y decía: «Hummm», sentado en el
balancín del porche con las piernas bien separadas y los zapatos apuntando cada
uno en una dirección.
-No creo que Cheat venga al pueblo este fin de semana -dijo
la señorita Kirby, sin haber comprendido que se trataba de una broma; la niña
volvió a retorcerse de risa, se echó hacia atrás en la silla y se cayó, rodó
por el suelo y allí se quedó, jadeante. Su madre le dijo que si no ponía
término a esas tonterías tendría que irse de la mesa.
El día anterior, la madre había convenido con Alonzo Myers
que las llevara hasta Mayville, a setenta kilómetros de distancia, donde estaba
el convento, para buscar a las chicas que iban a pasar el fin de semana en la
casa, y también había contratado el viaje de regreso para el domingo por la
tarde. Era un muchacho de dieciocho años que pesaba más de cien kilos,
trabajaba para compañía de taxis y era el único que se prestaba a llevarte a
cualquier lado. Fumaba, o más bien mascaba, un corto cigarro negro y dejaba ver
su pecho redondo y sudoroso a través de su camisa de nailon amarillo. Cuando
conducía, había que tener abiertas todas las ventanillas del coche.
-¡Bueno, está Alonzo! -exclamó la niña desde el suelo-.
¡Digámosle a Alonzo que las pasee! ¡Vamos a decírselo!
Las dos chicas, que habían visto a Alonzo, comenzaron a
protestar indignadas. La madre pensó que eso también resultaba gracioso, pero
dijo:
-Ya es más que suficiente. -Y cambió de tema. Les preguntó
por qué se llamaban Templo Uno y Templo Dos, lo que desató en ellas un vendaval
de risitas. Al final lograron explicarlo. La hermana Perpetua, la monja más
anciana de las hermanas de la misericordia de Mayville, les había soltado un
sermón acerca de lo que debían hacer si un joven (en este punto se echaron a
reír tan estrepitosamente que no pudieron continuar sin volver al principio)…
lo que tendrían que hacer si un joven (las dos bajaron la cabeza)… lo que
debían hacer si (finalmente pudieron decirlo, a voz en grito)… si «se
comportase de un modo impropio de un caballero en el asiento trasero de un
automóvil». La hermana Perpetua dijo que debían decirle: «¡Pare, señor! ¡Soy un
templo del Espíritu Santo!», y eso pondría fin al incidente. La niña se sentó
en el suelo y las miró con rostro inexpresivo. No le veía la gracia. Lo que sí
era gracioso era la idea de que el señor Cheatam o Alonzo Myers las cortejara
por el pueblo. Al pensarlo se moría de risa.
La madre no se rió de lo que habían contado.
-Me parece que sois bastante tontas -dijo-. Después de todo,
eso es lo que sois, templos del Espíritu Santo.
Las dos chicas la miraron, reprimiendo sus risitas por
cortesía, pero con cara de perplejidad, como si empezaran a darse cuenta de que
estaba hecha de la misma pasta que la hermana Perpetua.
La señorita Kirby mantuvo el rostro impasible y la niña
pensó: «De todos modos, ella no lo entiende». «Yo soy un templo del Espíritu
Santo», se dijo, y la frase le gustó. Hizo que se sintiera como si le hubieran
dado un regalo.
Después de la comida, la madre se desplomó en la cama y
comentó:
-Esas mocosas van a volverme loca si no les procuro alguna
diversión. Son espantosas.
-Apuesto a que sé a quién puedes conseguir -dijo la niña.
-Escucha, no quiero volver a oír hablar del señor Cheatam
-repuso la madre-. Has incomodado a la señorita Kirby. Es su único amigo. Oh,
Dios mío -añadió mientras se sentaba y miraba con expresión triste por la
ventana-, esa pobrecita está tan sola que hasta subiría a ese coche que huele
como el último círculo del infierno.
«Ella también es un templo del Espíritu Santo», reflexionó
la niña.
-No estaba pensando en él -dijo-. Estaba pensando en los
Wilkins, Wendell y Cory, que están de visita en la granja de la vieja Buchell.
Son sus nietos. Trabajan para ella.
-Eh, es una buena idea -murmuró la madre, y le dirigió una
mirada de gratitud. Pero enseguida se desanimó-. No son más que unos granjeros.
Ellas no se dignarían ni mirarlos.
-Vamos -dijo la niña-. Llevan pantalones. Tienen dieciséis
años y un coche. Alguien dijo que los dos iban a ser predicadores de la Iglesia
de Dios porque no es necesario saber nada para llegar a serlo.
-Estarían absolutamente seguras con esos chicos -observó la
madre, y se levantó de inmediato, telefoneó a la abuela de los muchachos y,
después de hablar con la anciana durante media hora, quedó concertado que
Wendell y Cory irían a cenar y luego llevarían a las chicas a la feria.
Susan y Joanne estaban tan contentas que se lavaron el pelo
y se pusieron rulos de aluminio. «Ja -pensaba la niña, que, sentada con las
piernas cruzadas en la cama, las observaba mientras se los quitaban-, esperad a
ver a Wendell y a Cory».
-Os gustarán esos chicos -dijo-. Wendell mide un metro
ochenta y es pelirrojo. Cory mide un metro noventa, tiene el pelo negro y usa
una chaqueta de sport, y tienen ese coche que lleva una cola de ardilla en el
morro.
-¿Cómo es que una niña como tú sabe tanto acerca de esos
hombres? -preguntó Susan, y acercó la cara al espejo para ver cómo se le
dilataban las pupilas.
La niña se tendió de espaldas en la cama y empezó a contar
las estrechas tablas del techo hasta que perdió la cuenta. «Los conozco muy
bien -dijo a alguien-. Luchamos juntos en la guerra mundial. Estaban bajo mi
mando y los salvé cinco veces de los aviones suicidas japoneses y Wendell dijo:
“Voy a casarme con esta niña” y el otro dijo “Oh no, tú no, me casaré yo”, y yo
dije que ninguno de los dos porque los iba a llevar ante el consejo de guerra
en menos de lo que canta un gallo».
-Los he visto por ahí, eso es todo -dijo.
Cuando llegaron, las chicas los miraron por un segundo y
luego comenzaron a reírse y a hablar entre ellas del convento. Se sentaron
juntas en el balancín, y Wendell y Cory juntos en la baranda. Se sentaron como
monos, con las rodillas a la altura de los hombros y los brazos caídos a los
costados. Eran dos muchachos flacos, bajos, de caras coloradas, pómulos altos y
ojos como pálidas semillas. Habían llevado una armónica y una guitarra. Uno
empezó a soplar el instrumento de viento, observando a las chicas, y el otro
empezó a rasguear la guitarra y luego a cantar, sin mirarlas, con la cabeza
echada hacia atrás como si su único interés consistiera en escucharse a sí
mismo. Cantaba una canción country que sonaba mitad a canción de amor y mitad a
himno religioso.
La niña estaba encaramada a un barril colocado entre unos
arbustos al costado de la casa, con la cara a la altura del suelo del porche.
El sol se ponía y el cielo tomaba un color morado que parecía en íntima
relación con el dulce y triste sonido de la música. Wendell comenzó a sonreír
mientras cantaba y a mirar a las chicas. Miró a Susan con ojos de perro
enamorado y cantó:
He hallado un amigo en Jesús,
Él lo es todo para mí,
Es el lirio de los valles,
¡Es quien me libera a mí!
Luego volvió la misma mirada a Joanne y cantó:
En derredor, hay de fuego una pared,
Yo no tengo nada que temer,
Él es el lirio de los valles,
¡Y cerca de Él siempre estaré!
Las chicas se miraron y apretaron los labios para no reírse,
pero Susan no pudo reprimir una risita y se llevó la mano a la boca. El cantor
frunció el entrecejo y por unos segundos sólo rasgueó la guitarra. Luego
comenzó a cantar «La vieja cruz inquebrantable» y ellas escucharon con
cortesía, pero cuando terminó dijeron: «¡Cantemos algo!», y, antes de que él
empezara otra, se pusieron a cantar con sus voces educadas en el convento:
Tantum ergo Sacramentum
Veneremur Cernui:
Et antiquum documentum
Novo cedat ritui.
La niña observó el rostro serio y ceñudo de los muchachos,
que se miraron perplejos como dudando de si les estaban tomando el pelo.
Praestet fides supplementum
Sensuum defectui.
Genitori, Genitoque
Laus et jubilatio
Salus, honor, virtus quoque…
El rostro de los muchachos tenía un color rojo oscuro a la
luz gris y morada. Parecían sorprendidos y furiosos.
Sit et benedictio;
Procedenti ab utroque
Compar sit laudatio.
Amén.
Las chicas alargaron el «amén» y luego se hizo el silencio.
-Debe de ser algún canto judío -dijo Wendell, y empezó a
afinar la guitarra.
Las chicas se rieron como tontas y la niña pataleó en el
barril.
-¡Pedazo de burro! -gritó-. ¡Pedazo de burro de la Iglesia
de Dios! -rugió, y se cayó del barril; se levantó y dobló como una bala la
esquina de la casa justo cuando ellos saltaron de la baranda para descubrir al
que gritaba.
La madre había dispuesto que cenarían en el patio de atrás y
habían colocado la mesa bajo unos farolillos chinos que guardaba para las
fiestas en el jardín.
-No voy a comer con ellos -dijo la niña; cogió su plato, lo
llevó a la cocina, se sentó con la cocinera flaca de encías azules y se puso a
cenar.
-¿Cómo puedes ser tan mala a veces? -preguntó la cocinera.
-Esos estúpidos idiotas… -replicó la niña.
Los farolillos daban a las hojas de los árboles un brillo
naranja; por encima de todo tenía un tinte verdinegro y abajo había diferentes
colores débiles y apagados que hacían que las chicas, sentadas ya a la mesa,
parecieran más guapas de lo que en realidad eran. De vez en cuando, la niña
volvía la cabeza y miraba la escena por la ventana de la cocina.
-Dios te podría dejar sorda y ciega -dijo la cocinera-, y
entonces no serías tan lista como ahora.
-Aún sería más lista que algunos -afirmó la niña.
Después de cenar se fueron a la feria. Ella quería ir a la
feria, pero no con ellos, de modo que, aunque se lo hubieran pedido, no habría
ido. Subió por las escaleras, se paseó por el largo dormitorio con las manos
entrelazadas a la espalda, la cabeza hacia delante y, en el rostro, una
expresión furiosa y al mismo tiempo soñadora. No encendió la luz eléctrica,
sino que dejó que la oscuridad se agolpara e hiciera más pequeña e íntima la
habitación. A intervalos regulares, una luz cruzaba la ventana abierta y
arrojaba sombras en la pared. Se detuvo y se quedó mirando por encima de las
oscuras colinas, más allá de donde el estanque plateado relumbraba, más allá
del muro de árboles, hacia el cielo punteado, donde un largo dedo de luz giraba
en la distancia escudriñando el aire como si estuviera buscando el sol perdido.
Era la luz del faro de la feria.
Oyó el sonido distante del organillo y vio en su mente todas
las tiendas levantadas en una especie de resplandor dorado, y el anillo
diamantino de la noria dando vueltas y vueltas en el aire y bajando nuevamente,
y el chirriante tiovivo dando vueltas y vueltas en el suelo. Una feria duraba
cinco o seis días y había una tarde especial para los niños y una noche
especial para los negros. Ella había ido el año anterior la tarde de los
escolares, había visto los monos y al hombre gordo, y había subido a la noria.
Algunas tiendas estaban cerradas porque contenían cosas que sólo se mostraban a
los adultos, pero ella había mirado con interés los anuncios de las tiendas
cerradas, los retratos desvaídos sobre la lona de personas con mallas, con el
rostro sereno y frío, como el de los mártires, que esperaba a que los soldados
romanos les cortasen la lengua. Se imaginó que el interior de esas tiendas
tenía algo que ver con la medicina y había resuelto ser médico cuando fuera
mayor.
Desde entonces había cambiado de opinión y decidido ser
ingeniero, pero mientras miraba por la ventana y veía la luz giratoria
ensancharse y estrecharse y rodar en su arco, pensó que tenía que ser mucho más
que un médico o un ingeniero. Tendría que ser una santa porque ésa era la
ocupación que incluía todo lo que uno podía saber; no obstante, comprendió que
jamás sería una santa. No robaba ni mataba pero era una mentirosa nata,
perezosa, daba disgustos a su madre y era deliberadamente desagradable con casi
todo el mundo. También estaba carcomida por el pecado del orgullo, el peor de
todos. Se burlaba del predicador baptista que iba a la escuela a rezar las
oraciones el día de graduación. Bajaba la boca y se ponía la cabeza entre las
manos como si fuera presa de un terrible sufrimiento y farfullaba: «Paadre, te
aagradecemos», exactamente como hacía el predicador y como tantas veces le
habían ordenado no hacer. Nunca podría ser una santa, pero pensó que podría
llegar a ser una mártir si la mataban pronto.
Podría soportar que la acribillaran a balazos, pero no que
la metieran en aceite hirviendo. No sabía si podría aguantar que los leones la
destrozaran. Comenzó a preparar su martirio; se vio vestida con unas mallas en
la arena del gran circo, iluminada por los primeros cristianos que colgaban en
jaulas de fuego, lo que producía una luz de polvillo dorado que caía sobre ella
y los leones. El primer león cargó contra ella y cayó a sus pies, convertido.
Lo mismo le sucedió a toda una serie de leones. Éstos la querían tanto que
hasta dormían juntos y, al final, los romanos se vieron obligados a quemarla,
pero para su sorpresa en ella no prendía el fuego y, habida cuenta de que era
tan difícil de matar, por último le cortaron la cabeza con una espada y ella
subió de inmediato al cielo. Repasó esto varias veces, volviendo siempre desde
la entrada al Paraíso hasta los leones.
Finalmente se alejó de la ventana, se preparó para ir a la
cama y se acostó sin rezar sus oraciones. Había dos camas en el dormitorio. Las
chicas ocupaban la otra y la niña trató de pensar en algo frío y viscoso que
pudiera esconder en ella, pero fue inútil. No tenía a mano nada de lo que se le
ocurría, como el esqueleto de un pollo o un trozo de hígado. El sonido del
organillo que entraba por la ventana la mantuvo despierta. Se acordó de que no
había dicho sus oraciones, se levantó, se arrodilló y comenzó a rezar. Tuvo un
comienzo rápido y pasó a la otra parte del credo; luego apoyó el mentón sobre
el borde de la cama, sin pensar en nada. Sus oraciones, cuando se acordaba de
rezar, generalmente las decía de forma mecánica, pero a veces, cuando había
hecho algo malo o escuchado música o perdido algo, o en ocasiones sin ninguna
razón, se llenaba de fervor y pensaba en Cristo camino del Calvario, aplastado
tres veces por la tosca cruz. Su mente se detenía en esto durante un rato y
luego se vaciaba, y cuando algo la sacaba de su ensimismamiento se daba cuenta
de que estaba pensando en algo totalmente diferente, en algún perro, alguna
chica o algo que haría algún día. Esa noche, al acordarse de Wendell y Cory, se
sintió muy agradecida y, casi llorando de alegría, dijo:
-Gracias, Señor, Señor, gracias. ¡Gracias a Dios que no
estoy en la Iglesia de Dios, gracias, gracias, Señor! -Se metió en la cama y
continuó repitiéndolo hasta que se quedó dormida.
Las chicas regresaron a las doce menos cuarto y la
despertaron con sus risitas. Encendieron la lamparita de pantalla azul para ver
mientras se desvestían, y sus sombras delgadas subieron por la pared y
continuaron moviéndose levemente por el techo. La niña se sentó para escuchar
cuanto iban a comentar de la feria. Susan tenía una pistola de plástico llena
de caramelos baratos y Joanne un gato de cartón con topos rojos.
-¿Habéis visto bailar a los monos? -preguntó la niña-.
¿Habéis visto al hombre gordo y a los enanos?
-Toda clase de monstruos -respondió Joanne. Luego le dijo a
Susan-: Me ha gustado todo menos ya-sabes-qué, -Y su rostro adoptó una
expresión extraña, como si hubiera dado un mordisco a algo que no sabía si le
gustaba o no.
La otra se quedó quieta, movió la cabeza y señaló a la niña,
-Pequeños en la costa -dijo en voz baja, pero la niña lo oyó
y el corazón le empezó a latir muy deprisa.
Se levantó de su cama y se encaramó a los pies de la de
ellas. Apagaron la luz y se acostaron, pero la niña no se movió. Se sentó allí
y se las quedó mirando hasta que se delinearon bien sus rostros en la
oscuridad.
-No soy tan mayor como vosotras -dijo-, pero soy un millón
de veces más lista.
-Hay algunas cosas -repuso Susan- que una niña de tu edad no
sabe. -Y las dos empezaron a reír.
-Vuelve a la cama -dijo Joanne.
La niña no se movió.
-Una vez -dijo, y su voz sonó cavernosa en la oscuridad- vi
a una coneja tener conejitos.
Hubo un silencio. Luego Susan preguntó: «¿Cómo?», con tono
indiferente, y la niña supo que las tenía en su poder. Dijo que no lo contaría
hasta que le hubieran contado lo del ya-sabes-qué. En realidad, nunca había
visto a una coneja tener conejitos, pero se olvidó de ello en cuanto las otras
comenzaron a contar lo que habían visto en la tienda.
Era un monstruo con un nombre raro pero no lo recordaban, La
tienda donde se hallaba estaba dividida en dos partes por una cortina negra, un
lado para los hombres y el otro para las mujeres. El monstruo iba de uno al
otro, hablando primero a los hombres y luego a las mujeres, pero todos podían
oírle. El escenario ocupaba todo el frente. Las chicas oyeron al monstruo decir
a los hombres: «Os lo voy a mostrar, y, si os reís, puede que Dios os castigue
de la misma manera». El monstruo tenía voz de campesino, lenta y nasal, ni alta
ni baja, inexpresiva. «Dios m’hizo d’esta manera, y, si os reís, puede que Dios
os castigue de la misma manera. D’esta manera quiso que yo fuera y no me opongo
a lo que Él hizo. Os lo muestro porque debo aprovecharlo,
Espero que os comportéis como damas y caballeros. No me lo
hice yo mismo ni tengo na que ver con ello, pero trato d’aprovecharlo. No me
opongo a lo que Él hizo».
A continuación se produjo un largo silencio en el otro lado
de la tienda y por fin el monstruo dejó a los hombres y fue donde estaban las
mujeres y dijo lo mismo.
La niña sintió todos los músculos tensos, como si estuviera
oyendo la respuesta a un acertijo y ésta fuera más indescifrable que el mismo
acertijo.
-¿Queréis decir que tenía dos cabezas? -preguntó.
-No -respondió Susan-, era un hombre y una mujer a la vez.
Se levantó el vestido y nos lo enseñó. Tenía un vestido azul.
La niña quiso saber cómo era posible que fuera un hombre y
una mujer a la vez sin tener dos cabezas, pero no preguntó. Quería volver a su
cama para pensar sobre ello y empezó a bajar de los pies de la cama.
-¿Y la coneja? -preguntó Joanne.
La niña se detuvo y sólo asomó el rostro por encima de los
pies de la cama, abstraído, ausente.
-Los escupió por la boca -dijo-. Seis.
Tumbada en la cama, trató de imaginarse la tienda con el
monstruo caminando de un lado a otro, pero estaba demasiado cansada. Podía ver
mejor los rostros de los campesinos, los hombres más serios que en la iglesia,
y las mujeres austeras y educadas, con los ojos pintados, como si estuvieran
esperando la primera nota del órgano para comenzar el himno. Oía al monstruo
decir:
-Dios m’hizo d’esta manera y no se lo discuto.
Y a la gente:
-Amén, amén.
-Dios m’hizo esto y yo lo alabo.
-Amén. Amén.
-Él podría castigaros de la misma manera.
-Amén. Amén.
-Pero no lo ha hecho.
-Amén.
-Levantaros. Un templo del Espíritu Santo. ¡Vosotros! ¡Sois
el templo de Dios!, ¿no lo sabéis? ¿No lo sabéis? El espíritu de Dios habita en
vosotros, ¿no lo sabéis?
-Amén. Amén.
-Si alguien profana el templo de Dios, Dios lo destruirá, y
sí os reís, puede que Él os castigue de la misma manera. Un templo de Dios es
algo sagrado. Amén. Amén.
-Soy un templo del Espíritu Santo.
-Amén.
La gente comenzó a aplaudir sin hacer mucho ruido, con un
ritmo regular entre los «Amén», cada vez más y más suavemente, como si supieran
que cerca había una niña medio dormida.
A la tarde siguiente, las chicas se vistieron con sus
uniformes marrones de convento y la niña y la madre las llevaron de regreso a
Mount Saint Scholastica.
-¡Oh, gloria, gloria! -dijeron-. De vuelta a las minas de sal.
Alonzo Myers conducía. La niña iba sentada delante, a su
lado; la madre detrás, entre las dos chicas, y les hablaba, les decía lo
contenta que estaba de haberlas tenido en casa y que debían volver otra vez, y
luego, lo bien que lo había pasado con sus madres cuando eran alumnas del
convento. La niña no escuchaba esas tonterías. Iba pegada a la portezuela
cerrada y sacaba la cabeza por la ventanilla. Habían pensado que Alonzo tendría
mejor olor en domingo, pero no era así. Con el pelo esparcido por la cara a
causa del aire, podía mirar directamente el sol de marfil que estaba enmarcado
en medio de la tarde azul, pero cuando se lo apartó de los ojos tuvo que
cerrarlos un poco.
Mount Saint Scholastica era una casa de ladrillo rojo al
fondo de un jardín en el centro de la ciudad. Había una gasolinera a un lado y
un parque de bomberos al otro. Estaba rodeada de una alta verja negra y había
angostos caminitos de ladrillo entre árboles viejos y macizos de rosales de
China que estaban en flor. Una monja mofletuda llegó corriendo hasta la puerta
para hacerlas pasar y abrazó a la madre, y habría hecho lo mismo con la niña si
ésta no hubiera tendido la mano y fruncido el entrecejo con frialdad, mirando
el friso de la pared tras los zapatos de la hermana. Tenían tendencia a besar
hasta a las niñas feas, pero la monja le dio un fuerte apretón de manos y hasta
le hizo crujir los nudillos un poco, y dijo que debían ir a la capilla, que la
bendición estaba a punto de empezar. «Pones un pie en el umbral y ya te hacen
rezar», pensó la niña mientras caminaban presurosas por el pasillo encerado.
«Cualquiera diría que tiene que coger el tren», continuó con
el mismo tono desagradable cuando entraron a la capilla, donde las hermanas
estaban arrodilladas a un lado y las chicas, todas con uniforme marrón, en el
otro. La capilla olía a incienso. Era verde claro y dorada, con una serie de
arcos que terminaban en el que estaba sobre el altar, donde el sacerdote se
arrodillaba frente al ostensorio, con la cabeza gacha. Un niño pequeño con
sobrepelliz estaba parado detrás de él, bamboleando el incensario. La niña se
arrodilló entre su madre y la monja, y ya estaba muy avanzado el «Tantum Ergo»
cuando detuvo sus malos pensamientos y comenzó a darse cuenta de que se
encontraba en presencia de Dios. «Ayúdame a no ser tan mala -empezó
mecánicamente-. Ayúdame a no dar a mi madre tantos disgustos. Ayúdame a no
hablar como lo hago». Su mente empezó a callar, luego quedó vacía, y, cuando el
sacerdote elevó el ostensorio con la hostia brillando con el color del marfil
en el centro, estaba pensando en la tienda de la feria que tenía al monstruo en
su interior. El monstruo decía: «No lo discuto. Él quiso que yo fuera d’esta
manera».
Cuando salían por la puerta del convento, la monja
grandullona descendió sobre la niña con malicia y casi la ahogó con su hábito
negro. Le aplastó la mejilla contra el crucifijo sujeto a su cinto, luego la
alejó y la miró con sus ojillos de bígaro.
A la vuelta, la niña y su madre se sentaron en el asiento
trasero. Alonzo, sentado solo delante, conducía. La niña observó los tres
pliegues de grasa que se le formaban en el cogote y advirtió que sus orejas
acababan en punta, casi como las de un cerdo. Su madre, para trabar
conversación, le preguntó si había ido a la feria.
-Sí -respondió-. Nunca me pierdo nada, y menos mal que fui,
porque ya no estará la semana que viene, como decían.
-¿Por qué? -preguntó la madre.
-La han cerrado -dijo-. Algunos predicadores del pueblo
fueron, la inspeccionaron y buscaron a la policía para que la cerraran.
La madre dejó que la conversación llegara a su fin. La cara
redonda de la niña estaba absorta en sus pensamientos. Volvió la cabeza hacia
la ventanilla y contempló unos pastos que se elevaban y descendían con un
verdor creciente hasta tocar el bosque oscuro. El sol era una enorme bola roja
igual que una hostia alzada empapada de sangre, y cuando se hundió y
desapareció de la vista dejó en el cielo una línea como una senda de arcilla
roja tendida sobre los árboles.
FIN
* El templo del Espíritu Santo. Harper’s Bazaar, vol. 88,
mayo de 1954. Quinto relato de Un hombre bueno es difícil de encontrar.

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