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miércoles, 29 de noviembre de 2023

LA PIRÁMIDE .- Florencia Abbate

 


 

Egipto, aproximadamente 2560 antes de Cristo.

Para los faraones egipcios, las tumbas eran todavía más importantes que los palacios, porque en ellas esperaban pasar la eternidad. La tumba más grande que existe es la pirámide del tiránico faraón Keops, situada junto a las de los reyes Kefrén y Micerino, en Giza.

Keops a lo largo de veinte años. La perfecta geometría que alcanzaron en su construcción resulta inexplicable aún en nuestros días. Dos millones de bloques de piedra, de 2 toneladas y media cada uno, fueron colocados uno encima de otro, hasta alcanzar una altura de 147 metros.

Pocas tumbas de la Antigüedad lograron conservarse intactas hasta la llegada de los arqueólogos actuales. Los ladrones saquearon la mayoría de los grandes sepulcros egipcios. De las tres pirámides de Giza, únicamente la más pequeña -la del faraón Micerino- se mantuvo intacta.

En el antiguo Egipto hubo un gran faraón llamado Micerino. Vivía rodeado de lujo y tenía poder absoluto. Era dueño de las tierras y podía hacer con ellas lo que quisiera. El ejército y los sacerdotes se sometían a sus órdenes. El pueblo lo consideraba a la altura de un dios.

Una tarde, dos sacerdotes pidieron una cita con él. Querían contarle que le habían preguntado a un oráculo la fecha de su muerte. Y el oráculo había respondido que el rey moriría en seis años.

Micerino sintió un escalofrío que lo recorrió desde la cabeza hasta la punta de los pies. Luego lo indignó que los dioses fueran tan crueles e injustos. Tanto su abuelo -un gran faraón llamado Keops- como su padre -otro gran faraón llamado Kefrén- habían reinado por más de cincuenta años. ¿Por qué el mandato de Micerino iba a durar nada más que seis?

Se puso de pie y agitó su impresionante capa tejida con hilos de oro. Frunció las cejas con rabia y apuntó a los sacerdotes con su cetro, como si fuera una espada. Quería hallar una solución, pero solo atinaba a reaccionar de manera violenta.

Por fin creyó encontrar una alternativa astuta. Llamó a todos los esclavos que tenía y les ordenó que encendieran antorchas y velas en cada rincón del palacio, y que hicieran lo mismo en los lugares más bellos de Egipto. De ese modo, parecería que nunca era de noche y los seis años se harían el doble de largos.

Los servidores inclinaron la cabeza. No estaban de acuerdo, pero jamás se les hubiera ocurrido contradecir a un faraón.…

Micerino se dio cuenta de que, si iba a morir, era necesario tener asegurada una hermosa vida después de la muerte.

Según se decía, los faraones egipcios eran inmortales. Cuando la muerte alcanzaba sus cuerpos, eran juzgados por Ra, el dios del Sol.

Entonces una diosa pesaba sus corazones en una balanza.

Si el peso de las maldades y los descuidos resultaba menor que el de la pluma de la verdad, el faraón disfrutaba de una hermosa vida eterna. En cambio, si eran más pesados que la pluma, el faraón se quedaba sin conocer los infinitos placeres del Otro Mundo y su corazón era arrojado a la trompa de Ammit, el monstruo devorador de muertos.

Todo esto Micerino lo sabía porque, cuando era muy chico, se lo había explicado su abuelo Keops. Y también sabía que, si uno disponía de su propia pirámide, era mucho más fácil tener éxito en el juicio de Ra.

Micerino conocía las pirámides, ya que tanto su padre como su abuelo habían hecho construir las de ellos cerca del palacio, en un lugar llamado Giza.

En esas grandes tumbas descansaban los cuerpos de los faraones muertos.. Y sus cadáveres estaban momificados, para evitar que se descompusieran.

Junto a ellos se guardaban todas las riquezas que habían poseído en vida.

Keops le había contado a Micerino todo esto cuando lo llevaba a pasear por los jardines del palacio. Lo que seguramente jamás se le ocurrió a Keops en aquel entonces, era que su nieto trataría de hacerse una pirámide más alta que la suya……

La pirámide de Keops era enorme. Y la de su hijo Kefrén, un poco más baja.

Micerino quería que su pirámide, cuando estuviera terminada, fuese la más grande de todo el reino. Pero primero había que construirla. Los obreros transportaban las pesadas piedras, una a una, bajo un sol de fuego. Transpirados y agotados, ubicaban los bloques en hileras, calculando que quedaran colocados en la orientación correcta. Desde el principio, alrededor de la pirámide en construcción, circulaba una multitud de ingenieros, transportistas, aguateros, cocineros y otros trabajadores. Unas diecisiete mil personas giraban en torno a la obra de Micerino. Vistas de lejos, parecían dibujar un enorme hormiguero en medio de la nada.

El problema fue que nada salía como el rey deseaba. Cada día surgía una nueva complicación.

Los obreros no eran suficientes. Los arquitectos se pelearon con los capataces y, muy ofendidos, abandonaron la obra y se fueron al desierto a descansar. Los barcos que tenían que llegar de la ciudad de Asuán, con los bloques de granito rojo para la parte baja de la pirámide, terminaron hundidos en las profundidades del Nilo. Muchos esclavos sufrieron accidentes y perdieron la vida.

Era evidente que, si todo seguía así, la pirámide no iba a concluirse jamás…

Nunca antes se había visto al faraón tan nervioso y angustiado. Vagaba por el palacio como un fantasma que recorre las ruinas de un imperio vencido. Y, algunas madrugadas negras, los sirvientes creían oír sollozos detrás de la pesada puerta de su habitación.…

Un día, una mujer llamada Rodopis entró en el templo y le rezó a Ra, como era su costumbre:

-Oh, príncipe de la luz, amo de los seres mágicos. Tú que te elevas y te ocultas armónicamente, derrama sobre nosotros tu protección. Tú que brillas con tu ojo redondo y contemplas todo desde lejos, dame claridad. Tú que eres señor de la Vida, ayúdame a ser mejor cada mañana…

Entonces ocurrió algo asombroso, que la dejó repentinamente muda.

Ra, el mismísimo dios del Sol, se presentó ante ella. Tenía cuerpo de hombre, cabeza de toro y una larga cola de tigre. Junto a él estaba el alma del faraón Keops.

Los dos hablaron al mismo tiempo, con una única voz cavernosa.

-Necesitamos conversar con Micerino -le dijeron.

Luego, tan misteriosamente como habían aparecido, se desvanecieron en la nada.

Temblando, Rodopis caminó hasta la puerta del templo. Estaba muy asustada. Salió a la calle y corrió a toda velocidad, sin saber muy bien adónde iba. Tan rápido corría que se le perdió una sandalia en el camino y ella no se dio cuenta.

Un ave acuática emergió del Nilo y planeó sobre la zona hasta que encontró la sandalia y la tomó con su pico. Voló hasta el palacio y entró por una ventana.

Micerino acababa de despertarse de la siesta cuando vio que un pájaro avanzaba hacia él. Un ave en su habitación era algo bastante llamativo. Pero se sorprendió mucho más al descubrir que el animal llevaba una sandalia en el pico. El faraón se la quitó y la examinó con mucha seriedad. Luego tuvo una corazonada. Llamó a sus servidores y les encargó que buscaran a la dueña de la sandalia.

No fue muy difícil encontrar a una mujer con un solo pie calzado. A Rodopis la tomó por sorpresa que unos guardias la agarraran y se la llevaran por la fuerza. Pero, a medida que se acercaban al palacio, empezó a comprender. Y cuando estuvo ante el faraón en su trono, se arrodilló con admiración y respeto. Micerino caminó hacia ella y le mostró la sandalia.

-¿Qué puede decirme de esto? -le preguntó con autoridad.

-He visto a Ra, sagrado faraón -le dijo Rodopis-. Junto a él estaba Keops. Tal vez sea vuestro abuelo quien se opone a la construcción de esta pirámide. Le ruego con mi mayor humildad que dialogue con ellos.…

Esa misma tarde, Micerino condujo su carro hasta el templo donde eran momificados los cadáveres de los faraones.

Rezó una oración ante el altar y después presionó una piedra que abría una entrada secreta. Por allí se ingresaba en un túnel que comunicaba con la pirámide de Keops. Andando por el angosto pasadizo, Micerino llegó hasta el centro de la pirámide, donde estaba la Puerta Sagrada. Tomó coraje, la empujó y entró en la cripta.

Poco a poco, su mirada se acostumbró a la oscuridad. Los detalles comenzaron a volverse nítidos: las paredes se encontraban cubiertas de dibujos y por todos lados centelleaban diversos objetos de oro. Micerino abrió con mucha precaución el sarcófago que guardaba la momia de su abuelo. Adentro, solo había una sandalia que él ya había visto antes…

El faraón retrocedió y lanzó un grito. Escuchó unas risas a su espalda y se dio vuelta.

Ra y Keops, como si fueran íntimos amigos, se burlaban de él..

Micerino se acercó lentamente al alma de su abuelo. Se miraron a los ojos sin siquiera pestañear, durante unos instantes. Si bien no dijeron ni una sola palabra, Micerino supo con toda claridad lo que debía hacer cuando saliera de allí.…

La construcción de la pirámide llegó a su fin, sin que surgieran nuevas complicaciones.

Como muestra de agradecimiento, el faraón le regaló a Rodopis su capa de oro.

Micerino continuó en el trono veinticinco años. Según se cuenta, fue un gobernador humilde y generoso con sus súbditos.

Nadie conoce cuál fue el mensaje que Keops le transmitió a su nieto, aquel día del encuentro en la cripta. Pero hay un dato que permite adivinarlo… Si hoy visitan las pirámides de Giza, en Egipto, comprobarán que la de Micerino es la más pequeña de las tres.

 

FIN

 

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