Andaban, y al andar cantaban Eterna memoria.Los pies,los caballos y el soplo del viento parecían continuar el cántico en las pausas.
los transeúntes abrían paso al cortejo,contaban las coronas y se santiguaban. Los curiosos,metiéndose entre entre las filas,preguntaban:
-¿A quién entierran?
Y les respondían:
A Zhivago.
¡Ah,vaya! Entonces se entiende.
Pero no a él.
Da lo mismo.
¡Dios la tenga en el cielo!
Lujoso entierro.Se sucedían los últimos minutos,contados e irrevocables.
El sacerdote,con el ademán de la bendición,arrojó un puñado de tierra sobre María Nikoláievna. Se entonó La tierra del Señor y su creación.Después comenzó un terrible ajetreo.Cerraron el ataúd,lo clavaron y lo bajaron a la fosa.
Tamborileó la lluvia de tierra arrojada apresuradamente con cuatro palas sobre el féretro.En el lugar de la tumba se formó un pequeño túmulo.sobre él se encaramó un niño de diez años.
Sólo en ese estado de entorpecimiento e insensibilidad que suele producirse hacia el final de los entierros solemnes puede parecer plausible que un chiquillo quiera pronunciar unas palabras sobre la tumba de su propia madre....
Extracto de .:
El doctor Zhivago, de Boris Paternak
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