Mi madre y yo vivíamos en una casa solitaria, a cuarto de hora del pueblo, al lado de la carretera.El sitio era alto,claro,abierto y despejado.
La casa tenía balcones a tres fachadas.Desde allí dominábamos toda la ciudad y el puerto hasta la la punta de la atalaya y el mar.
Veíamos,a lo lejos,las lanchas cuando entraban y salían,y por delante de nuestra casa pasaba la diligencia de Elguea, que se detenía en la fonda próxima.
En el mirador central de esta casita nuestra,transcurrieron los primeros años de mi infancia.
Los días de temporal,más que una casa, parecía aquello un barco; las puertas y ventanas golpeaban con furia, el viento se lamentaba por las rendijas y chimeneas,gimiendo de una manera fantástica, y las ráfagas de lluvia azotaban furiosamente los cristales.
En la casa vivíamos tres personas: mi madre y yo, y la vieja que había sido nodriza de mi madre, a quién llamábamos la Iñure. Me parece que estoy viéndola a esta vieja.Era flaca,acartonada,la boca sin dientes,la cara llena de arrugas,los ojos pequeños y vivos...
Veíamos salir y entrar las barcas; veíamos a los chicos que se chapuzaban, desnudos,en la punta de Cayluce, y a los pescadores de caña haciendo ejercicio de paciencia.Los pescadores nos conocian.
¡Qué sorpresa cuando aparecía,al final de un aparejo,un pulpo con sus ojos miopes,redondos y estúpidos,su pico de lechuza y sus horribles brazos llenos de ventosas! Tampoco era pequeña la emoción cuando salía una de esas anguilas grandes, que luchaban valientemente por su vida, o uno de esos sapos de mar, inflados,negros,verdaderamente repugnantes...
Los domingos y días de labor que faltábamos a clase, solíamos ir al arenal, nos quitábamos las botas y las medias y andábamos con los pies descalzos.
Recogíamos conchas,trozos de espuma de mar, mangos de cuchillo y
piedrecitas negras, amarillas,rosadas,pulidas y brillantes...
El que tenía más suerte para los descubrimientos era Zelayeta; él encontraba la estrella de mar o la concha rara;él veía el pulpo entre las peñas o el delfín nadando entre las olas.Siempre estaba escudriñándolo todo; su padre,por esta tendencia a registrar,le llamaba el carabinero.
1961. Textos de Pío Baroja
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