no fingen un mar los trigos
cuando el céfiro en la siesta
mece los campos dormidos.
El viento llega impregnado
del acre olor de los pinos;
circulan por el ramaje
misteriosos calofríos.
Bajo del toldo de parra
tiembla el último racimo,
y en los aleros las aves
abandonaron sus nidos.
Con el rostro entre las manos,
silencioso y pensativo,
desde la abierta ventana
el campo brumoso miro.
Dentro del alma sintiendo
algo del paisaje mismo:
la tristeza resignada
de un cielo gris y tranquilo.
Francisco A. de Icaza
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