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jueves, 22 de noviembre de 2012

Camacho, en el Retiro


Camacho, en el Retiro
FRANCISCO UMBRAL 08/06/1976 

Los jóvenes estudiantes y las jóvenes estudiantes, los progres con una primavera 
socialista florecida en la barba, los buenos burgueses paseantes que intuyen y 
temen, tímidos por su querida parcela, una mitología marxista de ahora mismo, 
todos querían ver a Marcelino Camacho firmando libros en la Feria del 
Libro, en el Retiro.Osea la meleé, la debacle, el tumulto, el follón, la cosa. 
Suasorio de voz y acento, el señor del micrófono lo anunciaba por los altavoces 
de la Feria: «Camacho en la caseta tal». Como si no pasase nada. Pero hace unos 
años al que más anunciaban era a Sánchez-Silva, que hasta puso caseta 
propia, caseta de escritor. De Marcelino pan y vino a este Marcelino a pan y 
agua durante tanto tiempo, toda la evolución política española y,toda la 
evolución de una Feria, que no es la de Jerez cantada por Pemán, pero casi lo 
parecía, antaño, por lo latifundista de la derecha que les habla salido, con jacas 
jerezanas altas, de lomo cómo las novelas de don Manuel Halcón.Marcelino 
en la Feria, digo. Alvaro Cunqueiro se pasea entre los libros con la paz abacial 
de Mon-1 doñedo en el rostro, pero recién viene de Suecia -permítanme el 
argentinismo, en gracia de la mucha literatura latinoamericana que hay en la 
Feria-, quién sabe si de ver bruj*asj*óvenes en cueros. Gabriel y Ainparo, los 
Celaya, cruzan hacia su, caseta, viene,n como de tomarse un piscolabis o 
tentempié (que la palabra exacta la dirá Gabriel cuando sea académico, que va 
siendo hora). Tiempos entrañables en que la Feria limitaba por, la izquierda con 
las firmas de Gabriel Celaya. Ahora, 'mi querido arcángel rojo y donostiarra, a tí 
y a mí nos ha desplazado gozosarnente Marcelino. Bendito sea.
Marcelino en el Retiro, firmando libros, firmando ese su libro. delgado que no se 
atreve al desgarrón rojo de la portada, y lo tiene marroncillo. Recuerda, 
Marcelino, esta fionda en que don Pablo Iglesias hablaba al personal obrero 
y a la hueste rala y enlutada de¡ noventa y ocho, los domingos de¡ principio de 
siglo. Creo que don Antonio y don Pío lo cuentan, Marcelino.
Marcelino Camacho, con el pelo rizado y corto de los comisionados por la 
historia, con el suéter ligero, el gesto abierto y su letra clara de metalúrgico 
aplicado: «De un militante obrero a un amigo», pone en algunas dedicatorias. 
Siempre dice lo de su mano, algo. Una multitud.
Y este Retiro primaveral donde algunas tardes hay rosarios oiasivos y líoy se ha 
aparecido un santo laico de otro culto, un santo modesto y atroz llamado 
Marcelino. Había una subasta de coches antiguos, en el Retiro, viejos Austin 
arqueológicos, la-matrícula treinta. mil de Barcelona, como las ruinas 
melancólicas y esbeltas de un tiempo dorado y capitalista que se viene abajo por 
impulso, entre otros, de Marcelino Camacho. Peiró, viej«o,púgil de los años 
cuarenta, campeón entrañable de mi infancia, pasa entre los libros de la Feria 
atizándole ganchos cortos al mentón del aire. Ramón Tamames es otro santo 
laico que se le ha aparecido a la gente, en olor de multitud, firmando libros, y 
Cannen, su mujer, bella como otra primavera en ot ' ro Retiro, me dice que 
tiene nostalgia de mar. José María Valverde, estilizado de exilios,' me da un 
abrazo. Mientras tú firmas libros, Marcelino, han vuelto los poetas, ha vuelto la 
poesía, Mareelino.
También gracias a tí, Mardelino.

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