Y el Huécar baja cantando,
sabiendo lo que le espera,
que va al abrazo ladrón
de su nombre y de su herencia.
Y el Huécar baja contento
y cantando pasa el Huécar,
torciendo de puro gozo
sus anillos de agua y menta.
Toda la hoz, todo el eco
de la noche gigantesca,
se hace silencio de concha
para escuchar su pureza,
porque viene tan vacante,
tan sin cítolas ni ruedas,
que está inventando la música
al compás de su inocencia.
Nunca vi un río tan íntimo,
nunca oí un son tan de seda,
es el resbalar de un ángel
unicornio por la tierra.
A un lado y otro del tránsito
renuevan su muda alerta
rocas de pasmo sublime
humanadas de conciencia,
casas con alma y corona
y, al baño de luna llena,
los descolgados hocinos
sus rocíos centellean.
La creación está aquí,
aquí mismo se congregan
el nacimiento del aire,
la voluntad de la piedra.
Y allá en el hondo -unicornio
entre lanzas que le tiemblan-
cosas que sabe del cielo
nos canta el ángel del Huécar.
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