Creer lo que se ve: la fe suprema.
Milagro en Altamira. Hoy se descubre
la dimensión tercera de la historia.
Ya no es plana la fábula del hombre.
Ya es cavidad, relieve,perspectiva.
Ya podemos meter hasta los codos,
y más que Don Quijote en Montesinos,
los brazos en la ciencia y la aventura
sin temor de encontrar fondo ni límite.
Tiempo del hombre son doce mil años,
tiempo del hombre y no prehistoria,historia.
Y los bisontes bajan a embestirnos,
bramando: "Ayer es hoy también.Palpadnos."
Y la niña creía. Eran sus ojos
ventanas de la fe, la fe purísima.
"Toros,toros pintados. ¡Mirad!" Eran
doce años inocentes.Cada año
profundizaba mil años de caza,
de religión,de magia,de escultura.
Bulto y línea,color y movimiento
nacían-vida y sueño,arte y materia-,
nacieron,nacerán, siguen naciendo.
Prodigioso acordar de dos edades.
El cristal de la fe y la antorcha trémula
de la ciencia humildísima ensayando,
alumbrando reliquias, presta siempre
al sacrificio heroico de la hipótesis.
¿Abraham e Isaac? No. Es una niña,
su hija.El padre mira, no da crédito
a lo que ve, está viendo. Está tocando.
siguiendo con la yema de su índice
el perfil prodigioso, el anca eléctrica,
lomo abultado, testa revirada,
astas en lira que se desvanece.
La humedad de la cueva suda gotas
y la moja la mano que acaricia
-protuberancia natural- el vientre,
creación ya del arte,honra del hombre.
Y el padre ya no palpa, ya no mira,
cierra los ojos, reza,abre sus ojos,
mira los de la niña y cree,cree.
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