No me echaron a dormir
donde yo quería.
Ni sauce,juncos y lirios
y mata de campañillas,
ni rayo de luna en claustro
ni prendiendo en tierra floja
cardo azul y cuatro ortigas.
En mi cátedra yacente
duermo,doctor sin quererlo,
a la sombra de Sevilla.
Afuera se inflaman átomos
y en un sol de amor palpitan.
Camino de San Jerónimo
-llevaba una mano fuera-
iba en el carro la niña.
Sólo una vez un poeta
me hizo al paso una visita,
muerto yo de muchos años,
él muerto de pocos días.
Lo que hablaron nuestras almas
nunca lo sabrá Sevilla.
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