De todos los hermanos tú fuiste el siempre niño,
el de más voluntad de entrega y de inocencia.
Tú domaste tus cóleras y te volviste dócil
con la voz tan lejana como una lluvia buena.
Jugabas con tus juegos de adolescencia pura
detenido en el borde sin hollar pubertades.
Y mudabas el turno-el ajedrez o el piano-
según tu más profunda virazón de almanaque.
Durante largos años compartiste mis sueños.
Nuestro cuarto -la puerta entreabierta- aún latía
del corazón -qué ritmo de estrella- de la abuela,
y el aceite soñaba luz de su lamparilla.
Nuestras respiraciones durmiendo se fundían
deponiendo entre nimbos fatigas e ilusiones,
y al acurdar sus músicos sosegados compases
se abrazaban dos ángeles hermanos de la guarda.
Hermano sencillísimo, sosiego de mi alma,
cuántas veces te siento sosteniéndome al lado,
traspasando diáfano mi existencia tan turbia,
asomándose al rostro de alguno de mis hijos,
a tiempo de salvarme, hermano, hermano mío.
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