El dios invadió al cisne, ebrio de urgencia,
temblando de sentirse tan hermoso
y en él se abandonó turbio, azaroso.
Mas ya el dolo apremiaba a la inminencia
del acto, aun sin pulsar palpitaciones
del no estrenado ser. Y ya la abierta
recibía en el cisne a ciencia cierta
al Encarnado. Y supo. Últimos dones
él suplicaba, y viéndose perdida nada pudo
cubrir. Mano vencida
burló el cuello a través, lazo tras lazo,
y el dios sin fin se desató en la amada.
Sólo entonces gozó pluma esponjada
y de verdad fue cisne en su regazo.
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