El ambiente. La
bula. Las procesiones. Las misas. El latín popular. El devocionario “Mi Jesús”.
Celebraciones y rezos. Las misas y su personaje: Prisca. Las Santas Misiones.
Asociaciones religiosas. Los Seminaristas. El Monaguillo. Las Benditas Ánimas
del Purgatorio. San Pascual Bailón. Rezo del Rosario. El Colegio y el “ora pro
nobis”. La capillita de la
Sagrada Familia. El Catecismo. La Primera Comunión.
El padrino y el bollo. Las golondrinas santas. La estampa milagrosa. Las
lecturas prohibidas. El juego de la misa. El agua bendita del Sábado Santo.
Las
festividades religiosas de esta Semana, durante aquellos años no pueden
compararse a lo que han quedado resumidas en los tiempos actuales.
La solemnidad del culto con aquellos
Oficios en latín, el olor a incienso en las iglesias, se complementaban con el
denso silencio reinante en las calles. Los bares procuraban también contribuir
a la penitencia, especialmente el día de Viernes Santo, en que permanecían
cerrados todo el día. Ni que decir tiene que también los “pecados de la carne” se
contenían durante toda la semana, manteniéndose cerrados los clásicos locales
del fulaneo, la primera de ellas Casa Marcela.
Hay que recordar también una actividad
eclesiástica muy común de los días de ayuno y vigilia, que era la Santa Bula. La posesión
de esta Bula te evitaba dichos sacrificios, cosa un tanto chocante pues durante
los muchos años del racionamiento ayunabas y no comías carne durante semanas
enteras. Para lograr este salvoconducto tenías que comprar un impreso con tu
nombre, cuyo precio variaba según los ingresos declarados por el adquiriente, y
que se guardaba celosamente en cada casa.
A nosotros, la gente menuda, obedientes a
los mandatos de todos los mayores, no eran precisamente unas fiestas
vacacionales muy alegres. Nuestra presencia en todos los cultos era
obligatoria, tanto en procesiones, misas, Santos Oficios y visitas
Sacramentales, como en otras de menor importancia pero también influyentes en
nuestros juegos, tal como no gritar ni reír durante todo el Viernes Santo.
De las procesiones a que acudíamos había
una que era la preferida por nuestra parte: El Santo Entierro. En ella iba toda
la representación de las demás cofradías pero lo que más nos importaba a
nosotros era la presencia de una compañía militar, con banda de música,
tambores y cornetas. Los soldados marchaban con armonioso paso de marcha
fúnebre y los fusiles boca abajo. Finalizada la procesión en la Iglesia de San Isidro,
llegaba el momento más esperado: sonaba el clarín de órdenes, comenzaba el
redoble de los tambores y la banda acometía una marcha militar, al compás de la
cual toda la compañía desfilaba desde la calle del Peso hasta el
acuartelamiento de El Milán.
Las misas de entonces duraban menos de 30
minutos y el latín era su lengua oficial, con su clasicismo y solemnidad. No
obstante la cultura general de los fieles no alcanzaba ni a dominar a medias el
idioma de Cicerón y se podían escuchar verdaderos disparates en los cánticos
más conocidos como ejemplo podemos recordar una frase del “Tantum Ergo” que en versión
original decía “et antiquum documenum no vocedat ritui” y en versión libre de
una feligresa pudimos oír claramente “con tan antiguo documento no pretenda
usted huír”.
Los niños y niñas teníamos en nuestro poder
un magnífico devocionario infantil llamado “Mi Jesús”. En sus páginas, llenas
de viñetas, estaban sintetizadas todas las oraciones, modos de oír la misa
(buenos y malos), enseñanzas y consejos, la voz del Diablo y la voz del Ángel,
Jesús reprende y Jesús llora, el Vía Crucis...
Con su ayuda acudíamos a todas las
celebraciones religiosas y participábamos en ellas sin equivocarnos. Había una
verdadera ocupación anual en rezos y seguimiento periódico, tales como los
nueve primeros viernes del Sagrado Corazón, los siete domingos de San José, el mes
de mayo de la Virgen.. .
El número de misas, tanto a diario como en
festivos y domingos era elevado pues la cantidad de sacerdotes que había
obligaba incluso a decir varias misas a la misma hora, aprovechando las
pequeñas capillas de los laterales de las iglesias. Esta simultaneidad
propiciaba la aparición de algún personaje pintoresco, entre los cuales el más
famoso era una ávida oyente de misas llamada Prisca. Era una viejecita
enlutada, pese a ser soltera, de nariz aguileña y peinada de moño. Su especialidad
era asistir a cuantas más misas podía, aprovechando la coincidencia horaria de
tantos sacerdotes. Al tener a su disposición tres o cuatro misas en el mismo
momento, ella se mantenía agazapada en su reclinatorio privado y siempre en
posición arrodillada. Sus manos juntas y en actitud de plegaria se abrían una y
otra vez para acercarlas a su cara semioculta por un velo negro y tupido, de la
que sobresalía su pronunciada nariz, la parte que sus manos repasaban en señal
de penitencia. Para completar el cuadro, tenía un libro de misa muy usado y
deteriorado, hinchado por las estampas contenidas y que lo mantenía ileso
mediante una especie de cinta elástica similar a una liga. En cuanto aparecía
un sacerdote para una nueva misa, Prisca abandonaba su recogimiento, tomaba el
reclinatorio y corría tras él para acercarse a la nueva misa, eso sí, sin
olvidar a los anteriores que simultaneaba, con lo cual muchas veces seguía
atentamente evangelios, consagraciones y últimas oraciones en el mismo momento.
Periódicamente, cada dos a cuatro años, se
producía un acontecimiento religioso que sobrecogía a todos los ovetenses de
cualquier edad y condición: las Santas Misiones. Consistían éstas en un
verdadero encierro místico, todas las tardes en todas las iglesias, con unos
sermones impresionantes sobre la moral y costumbres. Para lograr este éxito de
asistencia, venían del exterior unos predicadores muy selectos procedentes de la Orden de Jesuitas y a sus mandatos
estaban todos los sacerdotes de la diócesis.
Como complemento a la formación recibida en
estas Misiones también teníamos Ejercicios Espirituales, que aunque también
eran muy importantes para nosotros, eran de menor grado respecto a éstas.
Para que aún fuésemos más buenos teníamos a
nuestra disposición, de carácter voluntario, muchas asociaciones infantiles o
compartidas con los mayores, tales como Congregaciones Marianas, Los Luises,
Acción Católica, Beata Imelda y Apostolado de la Oración.
Los fines de semana hacían su paseo los
seminaristas, tan abundantes en aquellos duros años, en una doble fila muy
larga, todos uniformados y tocados de bonete. Tenían un coro de gran calidad y
en ocasiones cantaban por la calle pero el plato fuerte era la tarde del Jueves
Santo y la mañana del Viernes Santo, en que su actuación era en la Catedral , entronando
cantos fúnebres, que nos sobrecogían el ánimo.
Muchos de nosotros colaborábamos en los
cultos, modestamente por supuesto, haciendo el oficio de “monaguillo”, lo cual
también tenía su aspecto materialista ya que entre misa, exposición y rosario
aprovechábamos para beber vino de misa y comernos unas cuantas formas sin
consagrar. Creo que de ahí venía el conocido refrán que decía: “el que quiera
un hijo pillo, que lo meta a monaguillo”.
Hay que hacer una mención especial a las
Benditas Ánimas del Purgatorio. Según nos decían, había un elevado número de
almas de difuntos castigadas en el Purgatorio y faltaban las plegarias para su
rescate al cielo, debido a la ausencia de rezos a su favor. Era por lo tanto
muy común dedicar de vez en cuando un padrenuestro por ellas y aún más
impresionante era el trabajo que se las pedía a cambio de nuestras oraciones:
que actuasen como despertador. En la mayor parte de las viviendas solo había un
reloj de pared, por el que se guiaba toda la familia y lógicamente se carecía
de despertador. Pues bien, rezábamos a las ánimas para que nos despertasen a
cierta hora y esto se cumplía sin fallo. Yo doy fe de mi experiencia en este
tema y que siempre fui despertado a la hora exacta. Había también otra
costumbre, rezar a San Pascual Bailón y éste te avisaría con tres golpes en la
pared de tu habitación cuando tu muerte estuviera próxima. Lógicamente había
que tener mucho valor para efectuar dicho rezo y a más de uno de nosotros le
despertó sobresaltado alguno de estos golpes terroríficos aunque fuesen
originados por algún vecino.
La costumbre piadosa del rezo del Rosario
en familia era muy extendida, siendo dirigido por la madre y de obligado
cumplimiento aunque fuese en la hora en que todos estábamos próximos a dormir.
Los programas de la radio incidían en este tema con las charlas del Padre
Peyton, en las que el principal lema decía aquello de que “la familia que reza
unida, permanece unida”, sin olvidar tampoco la canción al respecto: “Las
cuentas del Rosario son escaleras, para subir al cielo las almas buenas, viva
María, viva el Rosario, viva Santo Domingo que lo ha fundado”.
También en el colegio, si era religioso,
había diariamente una actividad piadosa muy acentuada, se asistía a misa a
primera hora y se rezaba el rosario en una de las clases de última hora. En
ocasiones dominaba más el afán de travesuras que el recogimiento místico y al
rezar la letanía en latín y responder nosotros “ora pro nobis”, se producía un
alargamiento de la ese final, de modo que el “nobissssss” se implementaba con
todas nuestra respuestas al unísono, lo que motivaba indefectiblemente el
correspondiente castigo de otra hora extra de permanencia en el colegio.
Como complemento teníamos también la visita
periódica en propio domicilio de la Sagrada Familia. Era una capillita de madera en
la cual se encontraban María, José y el Niño Jesús y que circulaba de casa en
casa, con una estancia de 24 horas, siendo ese día el de mayores rezos y
plegarias a los que teníamos que asistir sin remedio y sin disculpa.
En las mañanas de los domingos invernales,
antes de la Santa Misa ,
íbamos a clases de catecismo, en las que recitábamos en voz alta todos los
enunciados de un pequeño libro llamado “Catecismo del Padre Ripalda” en cuya
introducción aprendimos una especie de letanía que todos sabíamos de memoria y
que decía así: “Todo fiel cristiano, está muy obligado, a tener devoción, de
todo corazón, con la Santa
Cruz , de Cristo nuestra luz, pues en ella, quiso morir, por
nos redimir, de nuestro pecado, y librarnos, del enemigo malo, y por tanto, te
has de acostumbrar, a signar y santiguar, haciendo tres cruces, la primera en
la frente....” siguiendo así un alarga seria de frases que repetíamos en voz
alta todos a la vez. A continuación nos tomaban la lección cristiana sobre el
contenido de dicho catecismo.
Muchas veces en la mañana de los lunes, se
nos preguntaba en el colegio por el color de la casulla del sacerdote oficiante
de la misa del domingo, con lo cual si no te acordabas sufrías una regañina, ya
que ello demostraba que habías estado distraído durante la ceremonia.
La gran fiesta religiosa de la Primera Comunión
era también en aquellos años sumamente modesta, incluso muchos de nosotros no
hemos tenido ni la fotografía de recuerdo, tan solo un pergamino con nuestros
datos. El frugal desayuno posterior, rodeados de algunos amigos, solía ser
extraordinario por la presencia de un modesto bollo suizo y un tazón de buen
chocolate. Normalmente el traje de Primera Comunión para los niños era de
marinero, el cual se aprovechaba posteriormente, previo recorte de las perneras
del pantalón, para su uso festivo en lugar de otro tipo de ropa. Otros niños
llevaban directamente un traje de calle, lo cual era eminentemente más práctico
y menos acongojante para evitar ir vestido de marinerito durante casi un año.
En la Pascua Florida era
tradicional la entrega del ramo al padrino y recibir el regalo de éste, el
bollo, bien en metálico o en juguetes. Muchos niños portaban ramos primorosos,
unos de rama verde o con adornos de frutas, tales como mandarinas y manzanas,
otros de palma lisa o de palma artística, que constituía un verdadero adorno
monumental. Los que no tenían muchas posibilidades, que eran lógicamente los
más numerosos, se conformaban con ver la procesión de los ramos y esperar el
ansiado regalo. Para colmo de sus desdichas muchas veces este regalo no llegaba
a sus manos por motivos de trueques económicos. La coincidencia familiar de
padrinos motivaba que los regalos a los ahijados se compensasen, así al ser la
madre madrina de un hijo de la madrina del suyo propio, llegaban al acuerdo de
ser las respectivas madres quienes diesen el “bollo” a su propio hijo y
lógicamente esto no prosperaba: los dos ahijados se quedaban sin regalo
pues...¿quién reclamaba el “bollo” a su propia madre?
Otra costumbre de obligado cumplimiento era
el besamanos a cada sacerdote que nos encontrábamos a nuestro paso y
santiguarnos al pasar cerca de una iglesia. Con la abundancia de sacerdotes, no
es de extrañar que omitiésemos cuanto pudiésemos esa imposición tan molesta,
pero que al no hacerla la conciencia nos remordía por tal falta.
También respetábamos en nuestras aventuras
cinegéticas cualquier pequeño daño que se pudiera causar a las golondrinas. El
motivo no era otro que se consideraban aves santificadas ya que según nos
aseguraban éstas habían quitado las espinas de la corona de Jesús clavado en la
cruz. Si por casualidad o adrede hacías daño a alguna, tendrías una desgracia
en tu casa en ese mismo día, por cuyo motivo te daba pánico cualquier encuentro
fortuito con ellas.
Los “milagros” visuales estaban muy
solicitados durante los ratos de estudio. Todos teníamos una estampa con
poderes sobrenaturales, consistente en mirar fijamente una imagen dibujada en
negativo y al cambiar la mirada hacia la pared o al techo se reflejaba allí la
cara de la Virgen
u otro santo conocido, con gran asombro del propietario de tal prodigio.
El asunto de la lectura de novelas tenía su
particularidad. Nosotros, pese a nuestra corta edad, manifestábamos una gran
apetencia por la lectura y además de los “tebeos” clásicos procurábamos leer
los libros de nuestros mayores, cosa terminantemente prohibida, lo cual
procuraba cierto disfrute al cogerlas sin permiso. En aquellos años, además de
la censura vigente en la literatura, también había una relación de novelas
peligrosas que la autoridad eclesiástica prohibía y eran todas aquellas
contenidas en el “índice”. Lógicamente alguna de éstas se escapaba tal como “El
Conde de Montecristo” y en otras, no prohibidas, buscábamos algunas partes de
gran erotismo para nosotros tal como sucedía en las obras de Espronceda, en una
de las cuales, “La desesperación”, había unos versos que nos producían gran
excitación y que decían: “me gustan las queridas, tendidas en sus lechos, sin
chales en los pechos y flojo el cinturón, al aire el muslo bello, qué gozo qué
emoción”
Hay que recordar también un juego de lo más
original por su entronque religioso. Ya vimos cómo el entrañable Nicanor vendía
en su tienda miniaturas de culto: misales con atril, porta-velas, lamparillas,
cálices y candelabros. Pues bien, había muchos niños que en su casa tenían
muchos de estos pequeños objetos y un vestuario completo de ropa para decir
misa, incluidas las casullas. Muchas veces se jugaba de esa guisa, uno era el
sacerdote y decía la misa y el otro hacía de monaguillo y le acompañaba en el
rito. Lógicamente no había vino pero este se suplía con un buen zumo de
zarzamoras recién exprimidas o por agua de regaliz.
Finalmente teníamos la comisión de ir a por
agua bendita el Sábado Santo y llevarla en una botella hasta nuestra casa,
donde nuestros padres procedían a la purificación de toda la vivienda, mediante
aspersión con ella en paredes, techos y suelos. Si sobraba agua, nos la
regalaban por nuestra colaboración y aprovechábamos la ocasión para purificar
con ella a todas nuestras mascotas y animales domésticos, aunque no parecía que
les hiciese mucha gracia tal beneficio santificante.
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