LOS PERSONAJES DE LA CIUDAD
Las lecheras. Don José el de los burros. Afeitagatos. Herrerita. La Torera y su caballo. Don
Luis Somoano. La Vieja. Don
Urbano y Arturín. Milio el tonto. El Piru. El Hombre del monóculo. Los
Chatarreros. Atilano el de los huevos. Pachu La Jaspia. Cuchichi.
Nicanor. Afilador y paragüero. Casa Marcela. Marujina el Tetu. La Vuelta a Oviedo. Foto Mely.
La tragedia del Limpiabotas. Raqueta y Pelota. El Hongo. Los Vareadores. El
Vejete Lolo. La Magina. La
Nieve. Miss Fumo. Las Carretonas. Los ladrones de carbón. Don Luciano
García-Jove. Los frailes legos.
Hubo una serie de individuos que destacaban
entre nosotros por sus características inimitables de unos o por los
comentarios que se producían con las anécdotas que protagonizaban los otros.
Todos ellos merecen un modesto comentario, de modo que los que convivimos con
ellos no los olvidemos y los que no los hayan conocido se asombren con el
tipismo histórico de todas estas personas.
Las Lecheras
Constituyen un grupo característico de la
época. Había tal vez dos grupos algo diferenciados: las que traían la leche a
domicilio y las que la vendían en la plaza de El Fontán.
Las primeras venían desde los pueblos
cercanos a la capital, montadas en burros y con su producto también a lomos del
pollino. Tenían clientela fija e iban casa por casa, con su inconfundible olor
a leche fresca y su medidor metálico. En estas casas eran recibidas
cariñosamente y se producían pequeñas charlas que poco a poco finalizaban con
amistades, llegando muchas veces a ser invitadas las jovencitas de la casa a la
fiesta del pueblo de la suministradora del producto lácteo. Esta leche, recién
ordeñada, era de gran calidad, con un contenido graso natural muy abundante,
que producía en su tratamiento posterior, lo que conocíamos como “natas”, que
untadas en una rebanada de pan y con un poco de azúcar morena, constituían la
mayor de las veces una merienda infantil muy socorrida. El tratamiento
posterior consistía en hervir la leche para desinfectarla, lo cual se realizaba
en un recipiente específico: el hervidor. Éste era una especie de cacerola
esmaltada provista de tapadera con grandes agujeros. Como la leche “subía” al
hervir y se podía derramar parte de su valioso volumen, se metía dentro del
hervidor una pieza triangular y ondulada hecha de cerámica que evitaba una
ebullición tumultuosa y así no había riesgos de pérdidas. Una vez producida
esta etapa se dejaba enfriar la leche y era en este momento en el que se originaban
las natas, que solidificaban en toda la superficie, con un grosor de casi 2 mm , la cual se separaba
fácilmente y se guardaba en una taza. La leche hervida y la nata se almacenaban
posteriormente en el lugar adecuado llamado “fresquera”, que era un pequeño
hueco aireado, bien en un armario o en un tabique de la cocina, que permitía
con gran modestia la conservación de los alimentos durante un corto tiempo.
En ocasiones, durante el verano y con
atmósfera tormentosa, la leche se agriaba y se producía así la leche cuajada
que lógicamente se aprovechaba en su totalidad. Ignoro qué fenómeno
electrostático podía producir tal modificación en la estabilidad láctea.
El otro grupo de lecheras, las de El
Fontán, estaba constituido por profesionales que no tenían casa fija y por
otras intermediarias de éstas. Estas últimas, más desvergonzadas y sin la
conciencia profesional de las otras, vendían leche, pero muchas veces aguada y
adulterada. Para que no se notase esta dilución, que muchas veces los niños
veíamos hacer en el grifo de la fuente-león de esta Plaza, le añadían polvos de
un producto llamado “Blanco España”, que servía como limpiador de zapatos de lona
blanca y era aprovechada esta particularidad para producir densidad y blancura
en la leche, así manipulada. Esto se descubrió al cabo de muchos años de tal
delito alimentario y pese a su gravedad, no tuvo mucha importancia ni revuelo
informativo.
Don José el de los burros
La gran afluencia de las lecheras con sus
burros tenía el problema de qué hacer con éstos mientras ellas se iban a
repartir por las casas o a vender en El Fontán. En una parte de la ciudad, el
barrio de Santo Domingo, dada su proximidad a la Plaza , había un lugar idóneo
donde dejar alojados a estos animales. Existía un portón de madera a la
izquierda de la Iglesia ,
que comunicaba con una explanada en la que estaban situados unos cobertizos,
hechos solo con tejado y pesebre, en donde se ataban estos pollinos durante el
tiempo en que sus dueñas estaban ausentes y se les suministraba así protección
y sustento por un módico precio. Los burros acudían a este lugar muchas veces
sin la presencia de las lecheras, acostumbrados ya a su lugar de descanso, por
lo cual era muy frecuente ver reatas solas provenientes del barrio de San
Lázaro y en ocasiones teníamos espectáculo gratuito pues muchos machos se
encelaban con las hembras presentes e intentaban seducirlas, pese a la albarda
que todos portaban. Los rebuznos se oían en toda la zona, pues eran muchos los
asnos que allí se recogían.
Don José era el dueño de los establos, de
la casa y de la finca. Vivía en compañía de dos hermanas mayores, serias y
enlutadas, que también revendían la leche que les suministraban sus inquilinas.
La mayor de ellas se casó con un criado de la casa y la menor tenía un defecto
en la locomoción, lo que motivaba que su caminar fuese con los pies rozando el
suelo y en movimientos oscilantes de atrás para adelante.
Afeitagatos
En la misma calle del Arzobispo Guisasola
había una modestísima peluquería de hombres, en una casa desvencijada por los
años y por las huellas de la reciente guerra. Su propietario era un veterano
peluquero, bajo, rechoncho y calvo, al que los chavales denominábamos con este
apodo tan humillante para un peluquero. Muchas
veces nuestro atrevimiento era tal que nos asomábamos a la decrépita puerta y
gritábamos a coro: “afeitagatos, afeitagatos”, lo que motivaba que el viejecillo
se pillase un cabreo mayúsculo y dejando su tarea de afeitado, salía corriendo
detrás de nosotros con la navaja barbera abierta y gritando como un poseso
amenazas de lo que nos haría si nos pillaba. Presos del pánico corríamos acera
arriba y llegados al Campillín, bajábamos velozmente la senda pedregosa que
comunicaba con la calle de Santo Domingo, todavía perseguidos por el iracundo
peluquero, hasta que éste, agotado, cesaba en su empeño y nosotros nos
recuperábamos de la carrera todavía con el miedo metido en el cuerpo.
Herrerita
Fue el ídolo infantil por excelencia. En
los juegos en que predominaba el fútbol, los chavales elegíamos el nombre del
futbolista que más admirábamos y lógicamente el nombre no podía ser repetido
por lo cual se echaba a suerte para ver quién era uno u otro. Herrerita era
siempre el más disputado y el poseedor del sosias jugaba orgulloso de sentirse
nada más y nada menos que el ídolo de toda la afición ovetense. Este magnífico
jugador vivía así una doble vida, una en el verdadero campo de Buenavista, con
la alineación de Argila, Jugo, Penedo, Sansón, Diestro, Sirio, Antón, Goyín,
Cabido, Herrerita y Emilín; este magnífico equipo, de gran capacidad goleadora,
creó el mítico “Jorobu”, el número 5 con un abultamiento en el centro. La otra
era en el juego del fútbol con la personalidad suplantada en tantos niños que
le idolatraban: “yo, Herrerita”.
Le veíamos muchas veces pasear por las
calles de Oviedo, con aquel aspecto tan distinguido y elegante, el mismo que
manifestaba en el campo de fútbol. Como solía comer, también en soledad, en un
restaurante de la calle de Arzobispo Guisasola, íbamos muchas veces a la hora
prevista para verle llegar y después, ya en el barrio decíamos orgullosamente:
¡ he visto a Herrerita !
La torera y su caballo
Ubicaba su lugar en pleno Campo de San
Francisco y fue durante muchos años la encargada de hacer fotos tanto a niños
como a mayores, con la compañía de un caballo de madera y cartón piedra que
colaboraba en el lujo de la foto. Allí quedó el recuerdo amoroso de muchos
quintos y muchachas de servir que eran los mayores pobladores del Parque tanto
a diario como en los festivos. Fue un personaje entrañable y cariñoso que dejó
tal recuerdo en la vida de la ciudad que nadie en el día de hoy desconoce la
historia de esta inolvidable mujer con su gigantesca máquina de fotografías y
su tablero expositor.
Don Luís Somoano
Era un sacerdote elegante, siempre con el
manteo bien colocado y la cabeza cubierta con su típico sombrero de clérigo.
Fumaba cigarrillos en larga boquilla, tal vez hechos en una clásica máquina
Victoria y fue dueño durante muchos años del Colegio Hispania, hasta su venta a
Don Félix Prendes. Era típico en su caminar felino pero más que nada era su
presencia, al atardecer de orbayu en una pastelería de la calle de La Magdalena , sentado en
una mesa con vistas a la calle, con el cigarrillo encendido, una copa de anís y
un vaso de agua sobre la mesa de mármol. Las malas lenguas murmuraban sobre
esta costumbre y se decía que el contenido de vaso y copa era inverso, es decir
el agua en la copa y el anís en el vaso.
La Vieya
Durante muchas fiestas del año salían a la
calle los gigantes y cabezudos. Los gigantes eran, entre otros, Telva, Pinón,
un rey y una reina blancos y otra pareja real de negros con turbantes,
acompañados por varios cabezudos, provistos de un palo delgado, sobre cuyo
extremo un cordel sujetaba una vejiga de cerdo, desecada e hinchada con aire.
Con este artilugio los cabezudos arremetían contra mayores y pequeños a base de
inocentes golpes con dicha vejiga, que sonaban pero no lastimaban. No todos
eran así y había un cabezudo vestido de mujer, peinada de moño en la nuca y de
cara fea y contraída: La
Vieja. Esta malencarada era el terror de los niños, tanto por
su aspecto siniestro como con el modo de actuar pues llevaba la vejiga
deshinchada, por lo cual sus golpes eran dolorosos y no contenta con ello
golpeaba o pinchaba con el mismo palo e incluso pegaba patadas a los que tenían
la mala suerte de estar en sus cercanías. Los niños le gritaban a coro ¡ Vieya !
¡ Vieya ! Y las carreras desenfrenadas se producían durante todo el recorrido
previsto, saliendo siempre triunfante esta fea criatura.
Don Urbano y Arturín
Aunque ambos personajes tienen la
suficiente categoría para ser independientes, sus anécdotas se entrecruzan en
una que fue el regocijo de la época.
Don Urbano era un sacerdote muy especial y
conocido en la ciudad por muchas de sus excentricidades, tal como sus paseos en
bicicleta, que producía un efecto chocante con sus ropas negras balanceándose
al aire.
Arturín era un vendedor ambulante de
periódicos, un tanto afeminado, que se le conocía por el sobrenombre de “el de
los periódicos”. Era muy típico oírle gritar su mercancía por las aceras de las
calles Argüelles, Fruela y Uría, su zona preferida, trajeado con unos
pantalones típicos que le quedaban muy cortos.
Fue en una de estas calles donde se produjo
un día el encuentro casual entre Don Urbano montado en bicicleta y Arturín el
de los periódicos voceando La
Nueva España , Carbón y La Voz de Asturias. A media mañana apareció en plena
calle Don Urbano a todo pedal y con el manteo desplegado, como las velas de un
galeón. Arturín caminaba gritando al aire sus productos y héteme aquí que Don Urbano dirige su bici
justamente a la acera en la que Arturín se encontraba, rodeado de compradores y
curiosos. El sacerdote se para en seco y según estaba colocando su bicicleta,
Arturín gritó con su voz afeminada: “¡ Meca, nunca vi a un cura montando en
bicicleta !” a lo que Don Urbano respondió rápido y con voz aún más potente: “¡
Ni yo a un marica vendiendo periódicos !”. Lógicamente todos los presentes se
rieron a carcajadas y la noticia de este duelo verbal corrió como la pólvora
por toda la ciudad y su relato duró mucho tiempo en el anecdotario ovetense.
Milio “El Tonto”
Al final de la calle de Travesía Monte de
Santo Domingo, después del puente del ferrocarril, había una típica finca
asturiana, con ganado vacuno, hórreo y maizal, cuya familia propietaria tenía
dos hijas, llamadas Lucina y América, y un hijo retrasado mental llamado Emilio.
Este ser inocente, ya entrado en años, era muy querido entre los vecinos y población
infantil y rondaba por el barrio de Santo domingo a todas horas. Tenía un
vocabulario especial, poco académico, que conocíamos y no precisaba intérprete,
tal como “Magüensu” equivalente a “Sinvergüenza” y “santominino” por “Santo
Domingo”, que era el primero como nos llamaba cuando le provocábamos. Tenía un
inconfundible olor corporal a cucho de las vacas que él cuidaba, y paseaba a
diario por todas las calles. Su tendencia religiosa era muy profunda, oyendo
misa en Santo Domingo y acudiendo a rezos y procesiones con una vela encendida,
lo que le hizo muy popular en nuestro barrio y sus alrededores pero su principal
afición era asistir a todos los duelos y velatorios y repetir cansinamente el
pésame a todos los familiares presentes, lo que motivó muchas veces que le
hicieran salir de la casa mortuoria sin muchas contemplaciones.
El pobre Emilio, Milio para todos, portaba
en un bolsillo del pantalón una peseta, doblada al máximo y envuelta en papel
de seda y posteriormente otra de metal, una rubia, también primorosamente
envuelta y guardada celosamente en el mismo lugar del pantalón. Dicha peseta
constituía su riqueza y era frecuente entre nosotros pedir que nos la enseñase
pero no había forma humana de que la sacase del bolsillo y menos que la gastase
en alguna compra.
Su padre estuvo ausente muchos años, se
decía que exiliado, por lo cual el patriarca de la familia era su enérgico
abuelo Lucio.
El Piru
Un personaje de lo más entrañable y
recordado era este buen hombre, especialista en vender a la gente menuda toda
una serie de artículos modestos y apetecibles. Como una de sus especialidades
eran los pirulís, que el voceaba como “pirulís de La Habana ”, se quedó
lógicamente con el apodo simplificado de Pirulero. Vivía detrás de la Iglesia de Santo Domingo y
provisto de una amplia bandeja de madera, sujeta con un tirante de cuero a su
cuello, salía a vender sus golosinas durante la hora del recreo en los cercanos
colegios de Santo Domingo de Guzmán e Hispania. Posteriormente iba al más
alejado, Los Maristas, y de allí si aún le quedaba mercancía sin vender, se
instalaba en el Campo de San Francisco.
Lógicamente era muy querido por todos
nosotros, tanto por sus productos como por su trato bondadoso. La mayor parte
de sus especialidades las fabricaba él mismo en su modesta vivienda y eran a
base de productos infantiles, tales como los pirulís, caramelos de color rojo
en forma cónico-alargada y envueltas en papel de estraza provistos de un
palillo en la base para facilitar su degustación, manzanas rebozadas también de
caramelo rojo y con un palillo para su manejo, chufas hinchadas en agua,
caramelos de distintos precios de 5
a 50 cts por unidad y su mayor golosina: postres se
llamaban y eran pequeños barquillos rectangulares con un relleno de dulce.
Todos los que fuimos a estos colegios lo recordamos con cariño, rodeado de
ávidas miradas pues en aquellos años las perrinas (5 cts) y las perronas (10
cts) eran el máximo capital de que disponíamos la mayoría de los niños para
procurarnos algún capricho.
El Hombre del Monóculo
Su presencia fue siempre motivo de respeto
mezclado con muchas dosis de miedo. Era un señor vestido de oscuro a la vieja
usanza, muchas veces incluso con capa, lo que producía un halo de misterio. Su
cara era cetrina y seria, sin asomo de ninguna mueca ni sonrisa, barba de chivo
y un objeto que nos causaba el mayor de los misterios: un monóculo. Debido a
este, y como le ocultaba uno de sus ojos, era conocido por nosotros como “el
del ojo”, nombre que producía el alejamiento rápido cada vez que se le
distinguía en la distancia. ¡ Que viene el del ojo ! Ante este aviso, emitido
por el primer niño que lo veía, escapábamos todos a la carrera y escondidos en
alguna ruina esperábamos su paso circunspecto y grave, con su mano apoyada en
un bastón, con la respiración contenida y sin atrevernos a mirar su cara,
temerosos del supuesto poder maléfico que emanaba del monóculo. Fue durante
mucho tiempo la inquietud en nuestros juegos en plena calle, siempre pendientes
y temerosos de su aparición, que debido a lo pausado de su caminar se
presentaba siempre de improviso, por lo cual el grito de aviso era siempre una
señal de precaución que nos alertaba ante aquel imaginario peligro que nunca
fue real, ya que este viejo aristócrata solamente pretendía pasear por la
ciudad y sus alrededores. No obstante nosotros le atribuíamos a su mirada, a
través del monóculo, dicho poder maléfico que podía paralizarnos e incluso
producirnos una grave enfermedad.
Los Chatarreros
En este tema podemos agrupar a los
buscadores y a los compradores. En gran cantidad de casas en ruinas, debido al
sitio de Oviedo, se escondían restos de materiales estratégicos: cobre, latón,
hierro colado, etc. Éstos tenían mucho valor para ser vendidos, ya que la
escasez de materias primas motivaba que se recuperase casi todo, incluso las
suelas de goma de las zapatillas, las botellas de vidrio y los trapos, que
vendidos en ciertas tiendas, chatarrerías, proporcionaban unas pesetas que eran
muy necesarias y bien recibidas. Había muchos hombres, tanto jóvenes como
mayores, que provistos de una azada y un saco iban desescombrando ruinas y
buscando afanosamente restos de estos materiales. En estas excavaciones hubo
muchos que perdieron la vida al encontrar algún obús sin explotar pero era un
riesgo aceptado y éste no les impedía seguir con su peligroso trabajo.
Observando a estos buscadores de chatarra se produjo lógicamente una imitación
entre la población infantil ya que así podíamos lograr un modesto pecunio que
nos permitía posteriormente disfrutar de algún capricho, más bien satisfacer
una pequeña necesidad. De este modo entre varios amigos nos “juntábamos a
chatarra”, es decir, creábamos una especie de sociedad limitada en la que sus
miembros buscaban productos vendibles, escarbando a mano o simplemente
revolviendo los trozos de tabiques en las abundantes ruinas y todo lo
encontrado era almacenado y clasificado según su valor para transformarlo en su
momento a pesetas reales y repartir después éstas entre los miembros de la
sociedad. El precio de estos materiales iba en aumento a su calidad, comenzaba
por el más barato, el hierro común y seguía por el hierro colado, plomo, latón
(lo llamábamos metal) y cobre. La venta se producía en unos establecimientos
especializados, las chatarrerías, donde sus dueños nos timaban en el peso, de
modo que siempre recibíamos menos dinero que el esperado. Por nuestro barrio había
dos establecimientos llamados Gontán y Garvi a donde íbamos con nuestros
productos, deseosos e ilusionados por el modesto ágape de caramelos y
cacahuetes que ansiábamos comprar con esta ganancia tan elaborada.
Atilano el de los huevos
Una firma muy famosa por aquellos años era
especialista en productos avícolas y se llamaba Atilano San Pedro, nombre por
el cual era muy conocido. Tenía varias furgonetas de reparto, con su rótulo en
los laterales. En aquellos tiempos la propaganda estaba en sus inicios y tan
solo se encontraba en modestos carteles y en anuncios sonoros con altavoces
instalados en el capó de alguno de los escasos coches que circulaban por las
calles.
Ignoro cuál fue el motivo por el cual
indujeron al buen Atilano a redactar una frase publicitaria que decía: “Para
huevos, los de Atilano San Pedro”. Se rotuló esta frase en sus camiones y
furgonetas peo su aparición en la ciudad tuvo el efecto contrario al deseado ya
que la clásica sorna ovetense hizo que ésta se limitase a una presunción de los
órganos genitales de Atilano, por lo cual la duración de este anuncio tan
original fue fugaz y en pocos días se restablecieron las rotulaciones de
siempre en los laterales de sus vehículos.
Pachu “La Jaspia ”
Tal como recordamos anteriormente, los talleres
del ferrocarril Vasco-Asturiano estaban situados en el barrio de Santo Domingo
y el trasiego de obreros era muy abundante en las horas de entrada y salida,
anunciados por un toque de sirena, el cual junto al paso de los ferrocarriles
de viajeros, nos servían de marcador del horario, ya que pocos niños tenían
acceso a un reloj de muñeca. Entre estos obreros destacaba por su simpatía e
instinto comercial un hombre que venía a diario nada menos que desde Pola de
Siero a trabajar en estos talleres mecánicos. Tocado con su gorra capada y
provisto de un cesto cuadrado de mimbre, donde llevaba su comida, venía y
volvía Pachu, siempre jovial y alegre y provisto muchas veces de pequeñas
golosinas que repartía entre los chavales que le salían al paso. La otra
actividad empresarial a la que se dedicaba con esmero era al tráfico y
compra-venta de alimentos, al estraperlo vamos, y era muy frecuente verlo
acarrear pequeños sacos con harina, azúcar y alubias que eran principalmente
los productos más solicitados por su abundante clientela.
Cuchichi
En estos mismos talleres trabajaba este
magnífico e histórico cantante, en sus años duros en los que la voz ya no le
acompañaba y que también estaba falto de sus compañeros Botón, Miranda y
Claverol. Todos los niños de este barrio conocíamos su fama y lo mirábamos
respetuosamente durante sus idas y venidas por nuestras calles, pues vivía con
su familia en una casa del mismo ferrocarril muy próxima a los Talleres. En
esta casa la empresa reunió a los empleados más destacados y uno de ellos era
este famoso cantante de tonadas ¿Quién no recuerda aquella de “Soy asturianín,
soilo de verdad”?
Nicanor
Al final de la Calle Mon , esquina con
la de Santa Ana y frente al entonces Colegio del Santo Ángel tenía este
venerable anciano su tienda. En ella vendía principalmente ex–votos de cera que
él mismo fabricaba y que por entonces tenían mucha aceptación como pago de las
promesas pro curaciones milagrosas, por lo cual el beneficiado ofrecía al santo
curador aquella parte de su anatomía que había sido sanada, reproducida en
cera. Aparte de estos productos Nicanor tenía un pequeño escaparate en el que exponía otros
materiales, esta vez dedicados a los niños. Había allí, a la vista infantil,
miniaturas de objetos litúrgicos tales como misales con atril, cálices,
candelabros y velas. No es de extrañar la existencia de tales artículos pues en
estos años que ahora se evocan era muy frecuente jugar a ser sacerdotes. Además
de estos había pequeños juguetes y sobre todo materiales pirotécnicos tales
como voladores (cohetes), petardos, restallones, bombas explosivas, etc, en un
surtido amplísimo y cuya descripción se verá más adelante. Aquí se trata ahora
de rendir el merecido homenaje a este entrañable hombre, que siempre nos
despachó sus productos con una bondad personificada. Su recuerdo es muy
chocante pues siempre lo evocamos como un anciano de gafas muy pulcro y vestido
con una bata verde oscura, por lo cual el imaginarlo como joven es tarea
imposible, ya que lo conocimos siempre con ese aspecto de persona muy mayor.
Afilador y Paragüero
En los barrios periféricos de la ciudad era
muy frecuente la aparición de unos profesionales que anunciaban su presencia
con un sonido peculiar a base de varios silbatos unidos entre sí que al pasar
sobre los labios emitían un sonido ondulado e inconfundible que servía para
identificarles y requerir así sus servicios. Eran todos gallegos y portaban una
caja grande de madera con una rueda que servía para mover la muela de afilar
los cuchillos y las tijeras y a la vez para el transporte de sus modestos
enseres en dicha caja. Arreglaban también paraguas, sustituyendo las varillas
rotas y ponían remaches a las bases de las sartenes y las cacerolas agujereadas
por el cotidiano uso en las cocinas de carbón, cuya llama directa erosionaba y
corroía estos utensilios y eran estos profesionales los encargados de alargar
su vida por un económico precio.
Los sobrantes de las varillas de los
paraguas solían dejarlos abandonados en la misma calle y eran aprovechados por
nosotros para fabricarnos rústicas ballestas y arcos con flechas.
Casa Marcela
Pese a nuestra educación rígida y
moralista, los temas referentes al sexo nos eran conocidos perfectamente desde
la edad más temprana y aunque los pecados sobre el sexto mandamiento nos tenían
atemorizados, todos sabíamos perfectamente los secretos de la vida y
procurábamos aumentarlos con cualquier experiencia que nos transmitían otros
niños. De este modo sabíamos de la existencia en la ciudad de las prostitutas,
fulanas las llamábamos, comenzando por su localización nada más y nada menos
que en la Calle
Covadonga , la menos apropiada para albergar todo lo contrario
a la virginidad femenina.
Una de las casas de lenocinio de la ciudad
más conocida era Casa Marcela, mucho más importante que las de dicha calle, del
Café Suizo o de la Granja
en el campo de San Francisco. Dicha Casa estaba a las afueras, en un barrio
cercano al Campo de los Patos, llamado Fozaneldi. Allí se veía un edificio de
tres plantas que destacaba en la lejanía y que siempre era observado por
nosotros con cierta excitación, al conocer las actividades pecaminosas que allí
se desarrollaban.
Había también otras profesionales del amor
que eran muy conocidas en la ciudad y que ahora recordaremos a continuación.
Marujina “El tetu”
Era una chavala jovencita, cuya fama de
frescachona todos los jóvenes conocían y de la que se aprovechaban muchas veces
para hacer roces y tocamientos gratuítos en los bailes de las romerías. Vivía
por la zona de Buenavista y sus andanzas eran seguidas y comentadas por la
chavalería ovetense. Su triste fama y recuerdo se plasmó incluso en una canción
de Jerónimo Granda dedicada a ella con su fina ironía.
La Vuelta
a Oviedo
Era la decana de las prostitutas ovetenses.
Esta pobre mujer caminaba mañana, tarde y noche en completa soledad por las
calles de la ciudad, vestida pulcramente e intentando disimular el paso del
tiempo a base de gruesas capas de cosméticos baratos. Debido a estos paseos
solitarios se le puso el mote de “La
Vuelta a Oviedo”, acertadísimo en su fundamento tal vez
evocador del ciclismo. Su modestia en esta decrepitud hacía que el precio por
sus servicios fuese muy económico. Hubo un dicho popular, muy cruel por cierto,
relatando un récord que había establecido durante el día de San Mateo, en que
cobrando a perrona (10 cts) cada servicio había recaudado 100 ptas solamente en
dicho día.
Foto Mely
Era el especialista en acudir a fiestas
familiares para hacer un recuerdo gráfico de acontecimientos tales como bodas y
bautizos, incluso desplazándose a lugares alejados de la ciudad. Tenía su
estudio en el Monte de Santo Domingo y sus fotos, a base de la ignición de
magnesio en polvo, tenían su nombre impreso en la misma base o en el reverso
con sello de caucho. Tal vez tenga en su estudio muchas historias archivadas,
pues era un magnífico profesional. La utilización del polvo de magnesio para
producir un fogonazo era entonces el “flash” necesario para las fotos
interiores o con poca luz. Su combustión ocasionaba también una explosión apagada
que asustaba a muchos de los retratados.
La tragedia del Limpiabotas
En plena plaza de la Escandalera estaban
ubicados un kiosco de revistas y periódicos y un pequeño edificio de limpiabotas, cuyo dueño
tenía tres hijos de los cuales el mayor no superaba los 10 años. Fue una aciaga
tarde en la que los tres niños estuvieron caminando en sus juegos por las vías
del ferrocarril Vasco-Asturiano, que en su recorrido final atravesaba parte de
la ciudad. La tragedia surgió en el puente de este ferrocarril sobre la calle
Gascona. Allí se encontraban los tres niños cuando llegaba un tren e
inconscientemente se subieron en el lateral metálico de dicho puente, lo cual
fue su perdición ya que al pasar dicho tren, aspiró hacia el interior de la vía
a los ligeros cuerpecitos de los niños y allí acabaron sus vidas, troceados
entre las vías y el balasto. La noticia corrió como la pólvora y toda la ciudad
sufrió esta gran tragedia cuyo recuerdo aún perdura en los que entonces éramos
niños y conocimos la desventura de estos pobres niños y que recordábamos
siempre al pasar por la Plaza
de la Escandalera
y mirar hacia el establecimiento de su padre el limpiabotas.
Raqueta y Pelota
Eran dos hermanos gemelos, rubios y con
cara de traviesos tipo Zipi y Zape, que caminaban siempre juntos e
inseparables, de ahí el doble mote con que eran conocidos. Solían realizar
pequeñas travesuras aprovechando su idéntico parecido, una de las más conocidas
era el entrar en el cine con una sola entrada. El truco que utilizaban era aprovechar
un momento de distracción del portero en que uno de los dos, el poseedor de la
entrada, una vez dentro del cine le decía que tenía que salir a la calle por
algún motivo figurado y procuraba evadirse de nuevo hacia el interior del cine,
llegando poco después su hermano y le decía al portero “he vuelto”, lo que le
permitía entrar al cine sin la correspondiente entrada.
El Hongo
La historia del hongo puede incluirse aquí,
dado que también era un ser vivo. No sé en qué parte de la península comenzó a
cundirse el prodigio curativo de un hongo que se criaba metido en un recipiente
de cristal y cubierto de agua. Este vegetal crecía enormemente en el interior
de dicho recipiente y un pequeño trozo que se sacara y pusiera en otro
contenedor producía en pocos días un nuevo hongo gigantesco de aspecto
blanquecino y gelatinoso, similar a una medusa solidificada. La cuestión fue
que la gente se bebía el líquido en el cual estaba este vegetal con tal fe que
era un curativo de todos los males que aquejaban a la familia en que se criaba,
desde dolores de cabeza a reumatismo. Todos bebimos de aquella agua milagrosa y
creímos sanarnos de cualquier enfermedad. Lógicamente en casi todas las casas
había uno pues dada su capacidad reproductora, se fue extendiendo fácilmente de
unas familias a otras. No se recuerdan curaciones prodigiosas pero sí hizo un
gran efecto placebo que alivió la vida de muchos de los que creímos a pies
juntillas en sus beneficiosas propiedades.
Los Vareadores
Los colchones de la época eran a base de un
relleno de lana, para así lograr un fondo de calor en los días duros del crudo
invierno. Lógicamente sufrían un deterioro con su uso, consistente en el
apelmazamiento de la lana, lo que motivaba la aparición de grumos en el
interior y pérdida de solidez y comodidad. La solución a este problema era
desarmar el colchón y volver la lana a su original forma esponjosa, a base de
azotar ésta para que se soltase de su agrupamiento. Para realizar esta
operación solían acudir periódicamente por las viviendas unos profesionales un
tanto originales, llamados vareadores debido al útil con el que trabajaban que
no era otra cosa que una vara larga de avellano, con la cual golpeaban a los
grumos de lana y éstos se iban transformando nuevamente a su aspecto original similar a un plumón de
pájaro. Era muy típico ver a estos vareadores en los prados y zonas planas
realizar su labor, con sonidos silbantes procedentes de la nerviosa vara. La
operación tenía su verbo propio, derivado de la vara a “varear”. De este modo
se lograba la rehabilitación de los clásicos colchones, tan típicos de aquellos
años.
También había una operación de blanqueado
de las sábanas, consistente en disponerlas extendidas sobre la hierba, con lo
cual aumentaban su color blanco sin la ayuda del “azulete”, un modesto
blanqueador del lavado. Estas operaciones eran muy típicas y con frecuencia
podíamos ver parte de los prados ocupados por este tipo de ropa. La explicación
científica actual es lógica, se aprovechaba el oxígeno que desprendía la hierba
durante su función clorofílica y éste era el productor de tan ingenioso
blanqueo.
El Vejete Lolo
Es uno de los personajes más locales, solo
conocido por los chavales de nuestro barrio. Este buen anciano, de edad
indefinida, vivía en el Monte de Santo Domingo, con toda su familia de hijos y
nietos. Con el fin de sentirse útil era el encargado de ir a comprar la leche,
tal vez hasta la Plaza
del Fontán, y en su diario deambular lo encontrábamos diariamente con su andar
cansino, arrastrando los pies al caminar y la colilla en sus labios. Hasta aquí
es un recuerdo sin mucho interés pero la anécdota que lo destaca es que
descubrimos, que pese a su deterioro físico frecuentaba periódicamente una
modesta casa de fulanas de nuestra calle, lo cual nos producía un asombro
mayúsculo al comprobar su otra faceta, tal vez con menos deterioro que el de
sus piernas.
La Magina
Se paseaba frecuentemente por la zona del
barrio de Santo Domingo una anciana enjuta, enlutada, con gafas de cristales
muy gruesos y cara cadavérica. Portaba un bolso negro, grande, en el cual traía
jabón que ella misma fabricaba y que vendía a sus amistades. Esta visita
comercial solía hacerla próxima a la hora de la merienda, con lo cual sacaba
doble provecho: la venta y la manduca. Llegaba pues a la casa y una vez
aposentada en la cocina o en el cuarto de estar, abría el bolso y sacaba la
pastilla de jabón, muy bueno por cierto, de ahí su clientela fija. Una vez
fijada la cantidad y precio del producto, la visitada le ofrecía, dada la hora,
una taza de café con alguna compañía, tal vez un poco de pan pues las golosinas
no abundaban. La Magina ,
que era éste su apodo, decía siempre “sí” a esta invitación y solía ampliar
esta afirmación con la frase de “siempre llego a tiempo”, con una sonrisa
fingida que asomaba unos dientes amarillentos. Además de este comercio, muy
característico de aquellos años, La
Magina se dedicaba a la usura, con préstamos a un interés del
10% mensual, con lo que a ella le parecía que haría una obra de misericordia.
Muchas veces en sus conversaciones introducía una frase muy típica: “yo no
necesito ir a la iglesia a confesar pues como ni robo ni mato, estoy en gracia
de Dios”.
La Nieve
Aunque no se trate de una persona este
meteoro, puede considerarse casi un ser vivo, ya que nos acompañó en varias
ocasiones todos los años. El frío reinante durante los inviernos de los años
cuarenta fue muy duro, durísimo y aún más significativo a causa de la escasez
de alimentos y de carbón. Para nosotros los niños, la nevada suponía un
espectáculo, con aquellos copos, como trapos los llamábamos debido a su gran
tamaño y que cubrían la ciudad de un manto blanco permanente muchas veces más
de una semana. Debido a esta dificultad, con nieve de 30 cm o más en todas las
calles, se suspendían las clases de los colegios, lógicamente con la alegría de
todos nosotros, lo que no nos impedía disfrutar con batallas a bolazos,
patinazos y exploraciones en lugares que nadie había pisado. El reflejo
condicionado de “nieve=vacaciones” quedó tan metido en nuestro intelecto que
ahora, ya abuelos, se nos alegra el ánimo cada vez que caen cuatro copos, pues
la verdad la nieve no es lo que era en nuestra infancia.
Miss Fumo
En las ruinas de los bloques de viviendas
de la Plaza de
Santo Domingo habitaba una pobre mujer viuda, en una habitación de la planta
baja, que tenía dos hijos famélicos, y malvivían a base de las escasas limosnas
que recibían, procurando incrementar sus ingresos realizando pequeños recados y
transportando objetos. La madre era la protagonista principal y deambulaba por
las calles del barrio, bien solicitando ayuda o bien cargando con bultos de una
parte a otra. Al pasar cerca de ella se desprendía un fuerte olor al humo que
se producía en su infravivienda y que se impregnaba en sus harapos. Por tal motivo
fue bautizada con el apodo de Miss Fumo, adecuado lógicamente a sus
características olorosas.
Las Carretonas
Hubo una humilde profesión muy conocida en
aquellos años en los que el reparto de mercancías era prácticamente nulo,
respecto a los productos a peequeña escala. Por tal motivo y para suplir tal
carencia aparecieron unas personas que se encargaban de transportar cosas entre
Oviedo y los pueblos cercanos. Generalmente eran mujeres mayores y del verbo
asturiano “carretar” derivó el sustantivo por el que se las conocía: las
carretonas. Estas heroicas mujeres , vestidas con ropas oscuras llevaban
ocupados de fardos ambos brazos y para aumentar su capacidad de transporte se
ponían en la cabeza una rosca de paño llamada “rodete”, gracias a la cual podían
cargar más peso con la ayuda de esta parte del cuerpo.
Solían hacer sus trayectos de ida y vuelta
tanto en los trenes del Vasco como del Norte y Económicos, pero lo más
impresionante era verlas subir fatigadas por aquellas escaleras interminables
de la estación del Vasco, características por los anuncios de color amarillo y
negro en los bordes, con el nombre de Almacenes AlPelayo.
Una vez entregado su producto en el
domicilio del destinatario, allí recibían nuevamente más encargos con el envío
de nuevos paquetes que viajaban en sentido inverso.
Con este servicio a domicilio se facilitaba
la recepción de productos hortícolas, en especial de las huertas de Grado y
Candamo
Los ladrones de carbón
El carbón era un bien no muy abundante y
muy necesario tanto en la incipiente industria como en el consumo doméstico, ya
que el tipo de cocina que se utilizaba, llamada “vizcaína”, precisaba de este
combustible para su funcionamiento cotidiano.
El reparto de este carbón familiar lo
realizaban unos profesionales con su carro arrastrado por tracción animal,
generalmente un humilde pollino y se medía en “quintales”, que era más o menos
medio saco.
El suministro masivo hacia la ciudad se
realizaba a través del ferrocarril, tanto del “Norte” como del “Vasco-Asturiano”.
En este último era muy frecuente la llegada de largos trenes de mercancías
llenos de carbón, con la superficie pintada de blanco, para garantizar su
integridad, y con vagones de pequeña garita intercalados a lo largo de ellos,
provistos de celosos guardias vigilantes armados de escopetas.
A la salida del túnel, próximo a los
talleres, que iniciaba la última parte del recorrido y allí solían apostarse
cuadrillas de profesionales del robo, se encaramaban en los vagones y con
rápidos movimientos de sus manos arrojaban parte del carbón a las vías. El
peligro era inminente pues al ser detectados por los vigilantes, se tiraban del
tren y en muchas ocasiones fueron atropellados por éste. Era muy frecuente ver
a supervivientes de este proceso montados en carros de ruedas de cojinetes, sin
las dos piernas, los cuales engrosaban al otro número de mutilados de guerra.
Lógicamente el carbón derramado era
hábilmente recogido y posteriormente vendido por las casas, lo que les
procuraba un medio de subsistencia en aquellos años de vida tan dura.
También había grupos de niños y niñas que,
provistos de un cubo y sin ninguna protección en sus manos, recogían los
pequeños trozos de carbón que solían desprenderse de las locomotoras y con ello
ayudaban a la maltrecha economía de sus familias. Se les conocía con el nombre
de “carbonerines” debido a su corta estatura y era muy frecuente verlos
caminar, con el cuerpo inclinado a lo largo de las vías del tren, en busca de
los restos carboníferos.
Don Luciano García-Jove
Este sacerdote que vivía en la calle de
La Magdalena ,
fue muy famoso entre todos los niños ovetenses de muchas generaciones debido a
ser el autor de unos magníficos libros de Religión, asignatura que entonces se
estudiaba con gran devoción e importancia. La fisonomía de este buen cura era
la peculiar de los paisanos asturianos, con unos rasgos faciales muy
acentuados, que lo hacían inconfundible cuando nos acercábamos a besarle la
mano, costumbre entonces de obligado cumplimiento para niños y niñas.
Los frailes legos
En la Iglesia y Colegio de Santo
Domingo había por aquellos años una numerosa congregación de frailes. Los
estratos sociales de algunas órdenes religiosas eran muy clasistas, existiendo
dos grandes grupos: Sagradas Órdenes y Legos. Los primeros eran la élite de la
congregación, oficiantes de misa, predicadores y confesores. Los segundos eran
los auxiliares que realizaban las tareas más modestas, tales como la vigilancia
de la iglesia, adiestramiento de monaguillos, encendido y apagado de velas, etc
y no podían decir misa pero participaban en todos los asuntos sociales de la Orden.
En este modesto grupo hubo dos frailes
que fueron muy populares, uno perteneciente al propio convento y otro al
colegio.
Fray Cueto, “fray” para los vecinos,
poseía una gran humanidad y cariño fraternal para todos y vivió largos años en
este clásico convento ovetense, desarrollando sus buenas actividades frente a
los necesitados.
Fray Epifanio se dedicó a colaborar en
las tareas del colegio como vigilante de estudios. Provenía del Tercio y
apareció en Oviedo en 1948. Todos los alumnos recordamos a este nada típico
lego pues entre sus especialidades poco ortodoxas realizaba demostraciones de
lucha libre durante los recreos. Para ello se subía el hábito hasta la cintura,
se lo ataba con el rosario y desafiaba a dos o tres voluntarios, de los más
mayores a luchar contra él todos a la vez, lo que producía un espectáculo, ya
que siempre fue el ganador de las peleas.
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