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miércoles, 2 de mayo de 2012

El Siglo de Oro español.



















Durante el siglo XVI y parte del XVII España conoció su máximo esplendor y el comienzo de su ruina. Los imperios de Carlos I y Felipe II se habían extendido por todas las partes del orbe. Sus nombres eran respetados y temidos. Carlos II el Hechizado, el último de los Austrias, era ya un deshecho humano. El siglo XVIII amaneció con sombrías perspectivas. España dejó de ser temida y respetada, y a consecuencia de este hecho los seculares enemigos, los que habían de tejer la "leyenda negra" e impedir todo resurgimiento posterior, levantaron la cabeza, especialmente a partir de la batalla de Rocroy al advertir que los tercios españoles podían ser vencidos. Y en los mares, los buques ingleses, franceses y holandeses, por primera vez en muchos años pusieron en fuga a los de España. Este esplendor y exuberancia de poder al cual siguió la decadencia, coincidió con una altísima expresión cultural como no se ha vuelto a dar en España. Todas las ciencias y las artes cobraron un impulso extraordinario. Hombres ilustres en las letras, en el arte y en el pensamiento se reunieron para aportar conceptos y formas originales. La reunión de estos hombres y su obra ha dado origen a la expresión "Siglo de Oro", aunque el lapso de tiempo que duró este auténtico renacimiento español casi alcanzara los doscientos años. Cuando la decadencia política era manifiesta y las dificultades sociales y económicas graves, aún continuaba en el campo del pensamiento y del arte el movimiento ascensional que no cesó, prácticamente, hasta el siglo XVIII. La influencia que este movimiento tuvo en el resto de Europa fue considerable.

El pensamiento en el Siglo de Oro.




El Siglo de Oro en el campo intelectual fue eminentemente católico. El protestantismo sólo se dio en España en brotes aislados que la Inquisición y el poder real sofocaron con mano dura y gran rapidez. Si Felipe II hubiese tenido un hijo protestante, no hubiese dudado en llevarlo a la hoguera y prender fuego a la pira. Esta intransigencia llevada a veces hasta la saña, evitó a España las cruentas guerras de religión que ensangrentaron otros países, pero contribuyó a aumentar la posición de intolerancia que, a la larga, la mantuvo alejada de Europa. Por esta razón la filosofía española no fue casi nunca heterodoxa, y aunque se apartó algo del puro escolasticismo fue tomista en esencia. La Filosofía íntimamente unida a la Religión dio, en el Concilio de Trento, nombres famosos como Melchor Cano y Francisco de Soto, domínicos, y Diego Laínez, jesuita. Más avanzado en sus concepciones y más influido por corrientes renacentistas fue Francisco de Vitoria, también domínico. Comparable a él fue el jesuita Francisco Suárez, llamado en su época "Doctor Eximius". Anterior a todos ellos, y claramente influido por el pensamiento de Erasmo de Rotterdam, vivió el valenciano Luis Vives (1492-1540) que viajó mucho por Europa y fue profesor en las universidades de Lovaina y Oxford, residió largo tiempo en Brujas e intervino en el pleito de separación entre Catalina de Aragón y Enrique VIII de Inglaterra. Vives fue un gran pedagogo que sentó las bases de la moderna Psicología con sus estudios sobre la atención. Fue contemporáneo de los Reyes Católicos. Un desarrollo político tan considerable como tuvo el Imperio Español debía plantear problemas jurídicos de importancia. De ahí que surgieran figuras tan notables en el campo del Derecho, como fueron el P. Vitoria, ya citado, que es el auténtico creador del Derecho Internacional. Los malos tratos que recibieron los indígenas de América preocuparon a fray Bartolomé de las Casas, que protestó ante la Corona, mas a pesar de sus quejas y las disposiciones reales, los malos tratos continuaron en tal forma que motivaron la petición de importar negros del Africa a fin de librar a los indios de la dureza de los colonizadores. Este sacerdote domínico cruzó catorce veces el Atlántico llevado por el celo de que los indios viviesen y fuesen tratados como seres humanos. Se ha dicho si las denuncias de fray Bartolomé fueron exageradas, pero es lo cierto que entre las cédulas y disposiciones reales respecto al trato de los indios y la conducta de algunos gobernadores existía un abismo. El llamado hoy "problema social" preocupó en aquel tiempo a hombres como Ginés de Sepúlveda, Salgado Somoza y Saavedra Fajardo, éste, notable literato. El historiador más conocido y famoso del Siglo de Oro fue el P. Juan de Mariana (1537-1624), pero su Historia de España no es una obra de investigación erudita, cosa que el autor tampoco se propuso, sino un relato en el cual incluso inventa discursos o frases que imagina pudieron pronunciar los personajes famosos. En otra de sus obras, De rege et regis institutione, se pregunta si es lícito matar al tirano, y contesta afirmativamente coincidiendo con la atrevida tesis que también sustentaba el P. Vitoria. Los historiadores fueron numerosos y entre ellos se debe mencionar a Florián de Ocampo y Jerónimo de Zurita, autor éste de los Anales de Aragón, que escribió en forma mucho más objetiva e imparcial que el P. Mariana. Francisco de Moncada narró las hazañas de los aragoneses y catalanes en Oriente basándose en testimonios y crónicas de la época. Diego Hurtado de Mendoza hizo lo mismo con la guerra de los moriscos de Granada, y Francisco Manuel de Melo historió la guerra de Cataluña. Saavedra Fajardo (1584-1648) fue un pensador más que un historiador. Vivió en tiempo de Felipe IV, y en sus Empresas políticas realiza un verdadero ensayo sobre las cualidades que ha de reunir un buen gobernante. Los que vivieron las grandes hazañas de la conquista de América dejaron buen número de tratados, como las Cartas de Relaciones, de Hernán Cortés, aunque son más interesantes las narraciones del soldado Bernal Díaz del Castillo, que acompañó al conquistador de México. El inca Garcilaso escribió la Historia de la Florida; Antonio de Solís, La conquista de México; López de Gomara, Historia general de las Indias, etcétera. Tantos viajes y descubrimientos dieron un impulso extraordinario a la Geografía. El procedimiento o sistema de proyección llamado de Mercator fue ideado primeramente por un español: García Torreno. El primer mapamundi fue dibujado por el navegante y piloto Juan de la Cosa, el primer atlas por García Céspedes, los primeros intentos de medir longitudes se deben a Alonso de Santa Cruz, y fueron los españoles quienes intentaron abrir el canal de Panamá ya a raíz del descubrimiento del Pacífico. Durante estos dos siglos, XVI y XVII, el Atlántico fue surcado preferentemente por naves españolas, que fueron también las primeras en iniciar la ruta del Asia a partir de las costas americanas del Pacífico. Este auge cultural en todos sentidos fue preparado por las Universidades españolas, que en el siglo XVI tuvieron fama internacional. Salamanca llegó a contar con unos 8.000 alumnos. No siempre la grey estudiantil estuvo a la altura de sus maestros, ni esta proliferación de hijos de señores o de nobles que se entregaron a los estudios lo hicieron con verdaderos deseos de contribuir a la cultura patria. Al lado de ellos surgió la figura del estudiante humilde, tenaz e inteligente, que lograba alcanzar un puesto notable, pero también el que dio origen a una parte muy considerable de la "picaresca" y que en El Buscón, de Quevedo, se retrata con una crudeza impresionante. El número de centros culturales que se fundaron en este período fue considerable. La Escuela de Náutica y de Cartografía dependiente de la Casa de Contratación de Sevilla, que a su vez entendía todo lo que se relacionaba con América, las Academias de Ciencias y Matemáticas, el Museo de Ciencias Naturales, el Jardín Botánico de Aranjuez, la Biblioteca de El Escorial, la Biblioteca Colombina de Sevilla, fundada por Fernando Colón, hijo del descubridor, el Archivo de Simancas, que actualmente conserva inapreciables documentos sobre la conquista y la colonización, etcétera.

La literatura en el Siglo de Oro.



La literatura es la forma más expresiva del espíritu de un pueblo. Jamás se dio en España una riqueza tan grande de obras y de autores como durante este tiempo. A pesar de la gran variedad de géneros y de estilos se observa en todos ellos un acendrado fervor religioso y patriótico. La idea de España, cuya unidad se había conseguido en tiempo relativamente muy próximo; el sentido católico, el carácter caballeresco de protección a la mujer y a los débiles, la exaltación de las virtudes, el aprecio al honor, a la palabra empeñada, la lealtad al soberano, etc., fueron compatibles con una soltura de estilo y un naturalismo de expresión que incluso hoy día nos sorprende. Influencia directa del renacimiento italiano se encuentra en Juan Boscán (1500-1543) que tradujo Il Cortigiano de Castiglione y fue poeta famoso, introductor del verso endecasílabo en España. Junto con Garcilaso de la Vega (1503- 1536), ambos fueron los mejores poetas líricos, netamente renacentistas. Los dos murieron jóvenes. Garcilaso trajo de Italia un estilo nuevo que le llevó a inventar la composición denominada "lira", llamada así porque el primer verso decía: "Si de mi baja lira...". Gutierre de Cetina (1520- 1560), autor de "Ojos claros serenos", fue un continuador de los anteriores. La época de Felipe II, que abarcó prácticamente la segunda mitad del siglo XVI, fue distinta de la de Carlos I. Ésta fue más pagana, más libre y naturalista. Los hechos de armas y la tendencia renacentista predominan. En cambio, con Felipe II, España inicia un retorno al misticismo, al sentido religioso, y de este cambio está impregnada toda la literatura. La poesía popular, especialmente lírica y sencilla, está representada por la figura de Fray Luis de León (1527- 1591), agustino, que había estudiado en Madrid y en Valladolid y llegó a ser catedrático de Sagrada Teología en Salamanca. Por dos veces sufrió proceso por la Santa Inquisición, pero siempre fue absuelto. Su obra poética es muy conocida y apreciada por su naturalidad y belleza: Oda a la Ascensión del Señor, A Salinas, Noche Serena, Vida retirada, etcétera. Su tratado De los nombres de Cristo es un comentario sobre las catorce denominaciones que recibe Jesús en las Escrituras. El Cantar de los Cantares es una traducción del libro de Salomón, y La Perfecta Casada una exposición de los deberes y cualidades que han de adornar a la mujer cristiana. Fray Luis, representante de la llamada "escuela salmantina", utilizó un lenguaje lleno de naturalidad y elegancia. Muy diferentes fueron los que se agruparon bajo la denominación de "escuela sevillana", que se entregaron a verdaderas piruetas de lenguaje, amaron la altisonancia y, sin poder negar la influencia árabe, se sintieron atraídos por los temas orientales. Fernando de Herrera (1534-1597) era un sacerdote sevillano, entusiasta de Petrarca, que vivió toda su vida en la ciudad del Guadalquivir. Su obra poética es muy extensa, pero destaca un poema grandilocuente titulado A la victoria de Lepanto. Un sevillano famoso por sus poesías alegres y retozonas fue Baltasar del Alcázar (1530-1606), autor de Cena jocosa y Modo de vivir en la vejez. Una época tan belicosa y brava como los siglos que historiamos debía dar también una poesía épica de gran empuje, pero si bien las hazañas fueron dignas de los héroes griegos, la poesía no siempre estuvo a su altura. Algunos intentaron imitar las grandes epopeyas clásicas, como puede verse por los títulos de algunas y su ambición temática; otras se inspiraron en las glorias de los viejos romances, pero sin su candor y sencillez. Las tres obras culminantes de la épica del Siglo de Oro son: La Cristiada, poema escrito por Fray Diego de Hojeda (1571- 1615), en el cual a través de 1974 octavas reales versifica la Historia de Cristo. El Monserrate, debido a Cristobal de Virués (1570-1610), narra la leyenda montserratina de Fray Garí, el monje que pecó y después de larguísima penitencia fue perdonado. La Araucana, positivamente la mejor de las tres, debida a Ercilla y Zúñiga (1533-1594) que luchó en tierras de Chile contra el caudillo araucano Caupolicán, y en memoria de aquellas luchas épicas escribió este poema considerado la primera obra literaria nacida en la América hispana.



El teatro en el Siglo de Oro.




Lo que durante la Edad Media era una especie de función religiosa escenificada, nacida al amparo de los pórticos o claustros para conmemorar una festividad, salió del templo, se apartó de su tutela y se convirtió en el teatro profano, origen del que hoy conocemos. Juan de la Encina (1469-1534) era poeta y músico, y aunque escribió y representó algunas obras de carácter profano, se dedicó especialmente a las de tema religioso. Entre las primeras se cuentan El auto del repelón, que representa escenas de estudiantes de Salamanca. Gil Vicente (1470-1536), portugués, escribió diversos autos, entre ellos el de San Martinho, el de La Sibila Casandra, etcétera. Pero fue el sevillano Lope de Rueda (1544-1566) quien inició la comedia libre, profana, con verdadero sentido de la escena. En el paso de Las aceitunas, de carácter cómico, presenta la disputa entre marido y mujer por el empleo que darán al dinero que logren cobrar de la venta de unas aceitunas. A un amigo que desea comprarlas le confiesan que ahora acaban de plantar el olivo. En el espacio de muy cortos años, protegido por la Corte y con el entusiasmo del pueblo, que veía en él una diversión extraordinaria y un motivo de solapada crítica, el teatro alcanzó en España una cumbre de perfección que no había de volver a conocer. La primera figura de esta ascensión extraordinaria es Lope de Vega (1562- 1635). De él se cuenta que a los cinco años de edad daba la merienda a sus amigos mayores que ya sabían escribir para que le pusieran letra a los versos que dictaba. A los catorce había traducido "De raptum Proserpinae" del latín. Ya mayor, fue soldado en la Armada Invencible, secretario del duque de Alba, casado, viudo y sacerdote. Su producción literaria es asombrosa, por lo que se le ha llamado "El Fénix de los Ingenios" y "Monstruo de la Naturaleza". Escribió 1.800 comedias y unos 400 autos sacramentales, todos ellos en verso. Con Lope de Vega se puede hablar de un Teatro Español, ya que él centró la escena en tres actos y se apartó de la verborrea y ampulosidad propios de los cómicos de la legua que recorrían ciudades y ventas. Escribió dramas más o menos históricos y legendarios como La estrella de Sevilla, que narra los amores del rey Don Sancho; El mejor alcalde, el Rey, y sobre todo, el drama social y político por antonomasia, Fuenteovejuna, en el que escenifica la rebelión de un pueblo contra el despotismo de un gobernante. Otras comedias suyas han sido calificadas de "capa y espada" por predominar en ellas la intriga, los amores y, por tanto, las luchas. También se hallan entre sus obras algunas de tipo religioso y pastoril. Tirso de Molina (1571-1648) fue un clérigo seguidor de la obra de Lope de Vega que escribió comedias de asunto no religioso, como El celoso prudente, El burlador de Sevilla, El vergonzoso en palacio, etc. En El condenado por desconfiado plantea un tema de gran interés religioso en una época en la que el protestantismo chocaba con el catolicismo precisamente en este punto de la predestinación. En ella se presenta a un ermitaño preocupado por su salvación. El diablo le dice que su suerte será la misma que la de Eurico, un célebre bandido napolitano. El ermitaño intenta convencer al bandido para que se convierta, pero ante la resistencia de éste el ermitaño muere desesperado y se condena. Más tarde el bandido se arrepiente y se salva. Juan Ruiz de Alarcón (1581-1639) nació en México, de padres españoles. Sus obras, que son escasas, presentan ya problemas de enredo y de intriga de cierta complicación escénica. Es el autor de La verdad sospechosa, historia de un joven que no puede dominar el vicio de mentir. Francisco de Rojas (1607-1660) era toledano y escribió Entre bobos anda el juego, Don García del Castañar y otras. Superior a Lope de Vega en calidad, aunque inferior en cantidad de obras escritas, profundo en el fondo y bellísimo en la forma, fue el madrileño don Pedro Calderón de la Barca (1600-1681). Había estudiado en la Universidad de Salamanca y sirvió al rey en Italia y en Flandes. Felipe IV le nombró poeta de la Corte y a los 51 años se ordenó sacerdote. Su obra sólo es comparable a la de Shakespeare, pues mientras sus antecesores, Lope de Vega incluido, retrataron tipos y personajes, él supo plasmar al hombre de todos los tiempos y los grandes defectos o virtudes de la Humanidad. Por ser fervoroso católico escribió numerosos autos sacramentales como son: Los encantos de la culpa, La cena de Baltasar, El pleito matrimonial del Cuerpo y el Alma, etc., dedicadas a ensalzar la Eucaristía. Su drama filosófico más conocido es La vida es sueño, en el que un príncipe llamado Segismundo sufre los rigores de la prisión que alternan con el goce del trono, por lo que llega a dudar de la realidad de la vida y si ésta o el sueño es lo verdadero. En El Alcalde de Zalamea dibuja el problema del honor y de la honra llevado hasta los últimos extremos como era propio de la época. Pedro Crespo, alcalde de Zalamea, manda colgar al capitán de los ejércitos reales que ha mancillado a su hija. La drástica sentencia es sancionada por Felipe II, que nombra a Crespo alcalde perpetuo de Zalamea. Una de sus mejores comedias de intriga es la obra en tres actos titulada Casa de dos puertas, mala es de guardar. También escribió entremeses, jácaras y comedietas ligeras.




La novela en el Siglo de Oro.




La decadencia del romance y el descrédito en que cayeron pronto los libros de caballería, permitieron la aparición de un género que debía alcanzar gran importancia: la novela. Si bien se produjeron obras de tipo histórico y dramático, y también algunas novelas inspiradas en las pastoriles italianas nacidas a raíz de La Arcadia, de Sannazaro, la novela más cultivada en el Siglo de Oro español fue la picaresca. El pícaro no era el hombre patológicamente peligroso o degenerado que en la actualidad ha popularizado la literatura negra. El pícaro español es, ante todo, un hombre simpático, alegre y agradable. Su principal defecto es la holgazanería. No le gusta trabajar ni esclavizarse a una obligación determinada. Medra y vive a salto de mata. Y como para vivir hay que buscar el sustento, el pícaro lo encuentra al amparo de un mecenas. Hijo de una infancia triste y desafortunada, aprendió en la escuela de la vida toda la maldad, y así comete hurtos, miente, falsea, calumnia y llega a ser capaz de todas las bajezas. A veces se detiene ante al crimen o la auténtica canallada, pero en otras ocasiones, si la ocasión es propicia, no duda en entregar a su mejor amigo. La picaresca fue un producto de la época, como hoy puede serlo la literatura de gangsters y de "teddy boys". El pícaro español fue el resultado de unos siglos en que era fácil hacerse rico sin trabajar, en que la falsedad, la adulación y el engaño abrían muchas puertas, en que el trabajo era considerado como un mal, y el oro el mejor de los bienes posibles. El pícaro es el redomado holgazán, el vividor, el hombre derrotado. En El lazarillo de Tormes vemos a un muchacho que empieza su vida como guía o cicerone de ciegos; luego cambia bruscamente de oficio, sufre los golpes del hambre, del frío y de la miseria, hasta que se redime, se casa y termina de pregonero en Toledo. Es de autor anónimo. En Guzmán de Alfarache, debida a Mateo Alemán (1547-1610), se narra la vida de otro pícaro que conoce el duro banco de las galeras. Algo parecido le ocurre a Marcos de Obregón, estudiante, soldado y viajero, que escribió Vicente Espinel (1544-1634). En cambio, en El diablo cojuelo, de Luis Vélez de Guevara (1579-1664), el argumento es más original. En él se relata cómo el estudiante Cleofás es arrebatado por los aires por el Diablo Cojuelo, el cual levanta los tejados de las casas para que aquel pueda conocer la vida de la gente. Ninguna de estas obras es comparable a El gran tacaño, llamado también El buscón, de Quevedo, del que se habla más adelante.




Cervantes.




Así como Quevedo fue siempre un caballero que conoció la persecución y el odio, pero no la miseria, Cervantes es el prototipo del hidalgo español, idealista y noble, sobre cuyas espaldas se amontonaron infortunios sin cuento, desgracias y calamidades. Había nacido en Alcalá de Henares en 1547 y murió en Madrid en 1616. Estuvo en Sevilla, y a los 21 años marchó a Roma como criado o camarero del cardenal Acquaviva. Luego se alistó como soldado en los Tercios y asistió a la batalla de Lepanto, donde perdió la mano izquierda y ganó de este modo el sobrenombre de "Manco de Lepanto". Cuando embarcó para España a bordo de la galera El Sol, no podía sospechar que frente a las costas de Argel los piratas berberiscos le apresarían y en dicha ciudad viviría cautivo más de cinco años hasta que unos monjes lo rescataron, por 500 escudos de oro. Regresó a Madrid, se alistó en las tropas del marqués de Santa Cruz, fue proveedor de la Armada, estuvo encarcelado en Sevilla por un asunto de cuentas, procesado en Valladolid porque la justicia encontró un caballero atravesado a la puerta de su casa, y finalmente murió en Madrid, pobre y desdichado. Las cenizas del más grande escritor de habla castellana no han sido encontradas. Contemporáneo de Shakespeare, el más famoso de habla inglesa, las dos existencias son muy dispares. Famoso y rico uno, pobre y desgraciado el otro. El primero dedicado a la producción teatral, abundante y de gran calidad toda ella. El segundo, a la novela, en cuyo género había de producir la mejor de cuantas han sido escritas. Su primera obra la terminó a los 38 años y percibió por ella 1.336 reales. Se titulaba La Galatea, y es una novela pastoril. Incluso llegó a componer, poco después, ocho comedias. Escribió también una serie de Novelas ejemplares, algunas de las cuales son muy interesantes: La gitanilla, La ilustre fregona, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, etc. A los 58 años publicó la primera parte de su obra definitiva, Don Quijote de la Mancha, y diez años más tarde la segunda, que tuvo gran aceptación, aunque el mismo Cervantes afirmara en el prólogo que nunca segundas partes fueron buenas. Es muy difícil enjuiciar la novela más leída y traducida que se ha escrito. Cervantes solamente se propuso, y lo consiguió, ridiculizar los libros de caballería que obsesionaban a los lectores de su tiempo. Es muy posible que no se diera cuenta de la trascendencia de lo que escribió porque este libro contiene una riqueza que su propio autor ni llegó a sospechar. La fama que adquirió en su tiempo fue tanta que se cuenta de Felipe III que viendo reír a orillas del Manzanares a un muchacho dijo: "O está loco o ha leído el Quijote". Cervantes tuvo el gran acierto de juntar dos tipos psicológicos inmortales: el asténico e idealista don Quijote, y el pícnico y materialista Sancho. Son dos tipos eternos y por tanto comprensibles en cualquier época y lugar. Sus reacciones y su modo de pensar y producirse los vemos repetidos a menudo a lo largo de nuestra experiencia. El argumento es sencillo. Un hidalgo medio enloquecido por la lectura de libros de caballería decide lanzarse por los caminos del mundo para deshacer entuertos. Alonso Quijano se convierte, de este modo, en Don Quijote de la Mancha, enamorado de una aldeana rústica que él imagina bellísima dama, doña Dulcinea del Toboso. En sus aventuras le acompaña un labriego a quien promete riquezas y gobiernos, Sancho Panza. Las hazañas que corren la pareja son innumerables, pero en ellas no interesa tanto el argumento como el desarrollo de las mismas, los pensamientos que suscitan, el diálogo. En cuanto a la forma, la riqueza lingüística de Cervantes es admirable, y después de casi cuatro siglos de su publicación, eruditos, lexicógrafos, gramáticos y puristas encuentran aún en sus páginas temas de estudio y enseñanzas inapreciables.



Góngora.




En el siglo XVII, que entra ya en el Barroco y cuyas características generales se estudiarán en aquel capítulo, se inició en España un estilo llamado "conceptismo" y otro similar denominado "culteranismo". No es posible estudiarlos al hablar del Barroco europeo porque se hallan íntimamente ligados al Siglo de Oro español, aunque sea en su momento decadente. El Barroco fue un resultado natural del Renacimiento, una exuberancia de formas. Cuando éstas se manifestaron en la expresión verbal, externa, dieron lugar al culteranismo: metáforas exageradas, latinismos, retorcimientos lingüísticos, etc. Cuando utilizaron la palabra sobria, pero aspiraron a un significado profundo, a un simbolismo y a una exagerada elevación de ideas originaron el conceptismo. Quevedo era un conceptista, y Baltasar Gracián (1601-1658), el autor de El Criticón, pensador, moralista y filósofo, otro. En algunos casos el mal gusto fue desastroso; en otros se consiguió una elevación unida a una gran riqueza poética. Éste fue el caso de Luis de Góngora (1561-1627), poeta y sacerdote cordobés famoso por sus letrillas, romances, madrigales, sonetos, canciones, etc., que le llevaron a una producción en extremo rebuscada, como sus Soledades, cuyas estrofas sólo una minoría selecta puede saborear. Los neologismos y giros que acumula en su producción son una muestra de su riqueza de léxico y de su cultura literaria. Otras de sus producciones son más conocidas, como las poesías Servía en Orán al Rey, Hermana Marica, Ande yo caliente, etcétera. Aunque Góngora tuvo sus discípulos e imitadores, también tuvo sus contradictores, entre los cuales se hallan los que seguían fieles al estilo tradicional, directo, enemigo de novedades. Entre ellos están Fernández de Andrada, autor de la Epístola moral a Fabio, y Rodrigo Caro, que escribió la titulada A las ruinas de Itálica. Pero muchos de los continuadores o antagonistas de la obra de Góngora y del culteranismo entran ya dentro del Barroco por desenvolverse en pleno siglo XVII.



Quevedo.




El caballero de las antiparras, de nariz ganchuda, bigote y perilla, era un antiguo estudiante de Alcalá, muy documentado en Filosofía, Ciencias, Matemáticas y Jurisprudencia, de vastísima cultura y pluma ágil. Había nacido en Madrid el año 1580 y murió en Villanueva de los Infantes en 1645. Su agudeza intelectual fue la causa de su acre humorismo, y en último término la causa de sus desgracias, porque Quevedo no pudo soportar las inmoralidades, la pompa vana y la venalidad de la corte de Felipe IV, y como se complacía en expresar lo que pensaba no tardó en topar con el valido, el conde-duque de Olivares. Esta enemistad le llevó a pasar los últimos años de su vida en el destierro de Torre de Juan Abad, aunque antes de morir recobrara el aprecio del favorito. Quevedo no desdeñó ningún género y los cultivó todos con singular gracejo. Ha sido el primer satírico y el primero humorista español. En El Buscón relata la vida de don Pablos, hijo de un barbero y una hechicera o "zurcidora de voluntades", el cual sigue las aventuras propias del estudiante en una pensión donde el hambre reina a su placer, y luego los distintos oficios y empleos que tiene en su picaresca vida. Nadie como Quevedo supo trazar un cuadro más deprimente y real de la época de decadencia que fue el reinado de Felipe IV. En Los Sueños estudió a la sociedad de su tiempo. Se trata de una obra de imaginación, pero de fondo satírico-moral. Entre sus sátiras se cuentan Libro de todas las cosas y muchas otras más. La culta latiniparla, que es una burla del culteranismo o hablar afectado, La Perinola, etc. También escribió obras de carácter político, histórico y ascético. Entre éstas una Introducción a la vida devota. Quevedo fue muy popular, contradecido e imitado. Su acre ironía lo hizo temible y, por tanto, tuvo muchos enemigos que amargaron su existencia, aunque él también amargó la de muchos, entre ellos la de Lope de Vega, con quien mantuvo una gran enemistad.




Literatura religiosa en el Siglo de Oro.



Una época en la que el fervor y la piedad fueron tan grandes debía dar también figuras extraordinarias en el campo de la literatura religiosa, sobre todo místicos y ascetas. Los primeros buscan la unión del alma con Dios en la vida presente a través de la purificación, la iluminación y, finalmente, la unión con el Creador. El asceta se ejercita por medio de actos, oraciones, mortificaciones, etc., en lograr la perfección. Las tres figuras más importantes en este género literario son: Fray Luis de Granada (1504-1588), hijo de una lavandera, estudió en Valencia y vivió en Portugal. Llegó a predicar ante Felipe II y fue confesor del duque de Alba. Escribió Introducción al símbolo de la Fe, que es una exaltación poética del Cristianismo, y Guía de pecadores, donde trata de la virtud, del pecado y del recto camino para salvarse. Santa Teresa de Jesús (1515-1582) era de Avila y posiblemente la mujer más admirable del siglo XVI español. Era carmelita, y su celo, entusiasmo y afán apostólico la llevó incluso a topar con la Santa Inquisición. Fue la santa andariega por excelencia, reformadora de la orden y visitadora de conventos. Su poesía más conocida es Vivo sin vivir en mí. Las moradas es una obra de perfección piadosa donde describe el castillo interior, es decir, el alma. San Juan de la Cruz (1542- 1591) tuvo contacto con Santa Teresa y, como ella, fue perseguido e incomprendido. El lirismo de San Juan de la Cruz corre parejas con su misticismo. Algunas de sus poesías nos parecen incomprensibles por su elevación y profundo sentido: Noche oscura del alma, Cántico espiritual entre el alma y Cristo, Llama de amor viva, etcétera.



Pintura del Siglo de Oro.



Si la pintura italiana llegó a rayar a una altura considerable, y esta acción tuvo relaciones íntimas con España, con un constante trasiego de personalidades, cuando no de ejércitos enteros, es lógico suponer una influencia de los grandes maestros renacentistas en el ánimo de los pintores españoles. Por ejemplo, Juan de Juanes, valenciano, fue llamado "el Rafael español" porque su pintura muestra una clara influencia del autor de las famosas "madonnas". Sin embargo, los artistas de España pronto encontraron el camino de su propia originalidad. Merece citarse a Morales el Divino, autor de numerosas obras de carácter religioso, de entre las cuales sobresale su famosa Piedad. Al valenciano Juan de Ribera (1588-1656) se le llamó "el Españoleto" porque éste era el mote que le habían puesto los italianos, lo cual demuestra una larga permanencia en aquel país. Su Martirio de San Bartolomé es famoso por su gran realismo lleno de devoción hacia el santo. Otros pintores famosos fueron el catalán Francisco de Ribalta, Herrera el Viejo y Herrera el Mozo, sevillanos, Valdés Leal y Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, entre otros. Más por encima de todos se destacaron El Greco, Zurbarán, Velázquez y Murillo. Diferentes estilos, distintas valoraciones y calidades, pero una característica común: la originalidad dentro de un estilo típicamente español. Éste puede caracterizarse por dos cualidades concretas: el espíritu religioso que informa, si no la obra total, sí la mayoría de la pintura de nuestro Siglo de Oro, y el realismo común a todos ellos. Fueron pintores que plasmaron lo que vieron. Así, se ha llegado a decir que el cuadro que representa al papa Inocencio X, pintado por Velázquez, es el retrato más fiel, despiadado y realista que ha salido de pincel alguno. Francisco Zurbarán (1598-1655) pertenece a la escuela sevillana a pesar de no haber nacido en Andalucía, pero se formó en la ciudad del Guadalquivir. Su estilo es tenebrista, con una dedicación constante, a lo largo de su vida, a la técnica del claroscuro. Es la pintura más parecida a la escultura que existe en esta escuela sevillana. Los libros o los objetos parecen fotografiados y en sus lienzos no hay elementos secundarios, sino que todos están teñidos de un naturalismo que es casi relieve. Sus modelos preferidos son escenas de convento o temas religiosos. Bartolomé Esteban Murillo (1618-1682) fue un sevillano que gozó de holgada posición económica, a pesar de haberse quedado huérfano a los catorce años. Fue un pintor de moda a quien admiraban frailes y monjas por la delicadeza de sus cuadros. Su colorido es deslumbrante, sus formas redondeadas, barrocas, mas a pesar de su aparatosidad no cae en la escenografía propia de un Rubens. Sus Inmaculadas o las Vírgenes con el Niño, rodeadas de nubes, de cielos azules o de angelotes rollizos, respondían al deseo de los fieles que veneraban una imagen de la Madre de dios o de los santos, idealizada y dotada de una belleza sobrehumana. La Sagrada Familia con el pajarito, Niños de la Concha, que simbolizan el Niño Jesús y San Juan Bautista en la niñez, San Antonio, Santa Isabel, y sus Inmaculadas son sus mejores cuadros. Fue un pintor exclusivamente de temas religiosos y murió a consecuencia de haberse caído del andamio donde estaba pintando un retablo en la iglesia de los capuchinos de Cádiz.El Greco (1550-1614), llamado realmente Domenico Teotokopulos era natural de Creta, pero muy joven pasó a Venecia, donde se formó artísticamente y luego vino a vivir a España cuando contaba apenas 26 años. Le gustó la ciudad de Toledo, en ella se estableció y en ella murió. Actualmente se conserva la casa que le sirvió de vivienda y estudio, y en Toledo se hallan gran parte de sus obras. El Greco no fue debidamente valorizado hasta el pasado siglo. Su pintura es distinta de cualquier otra y se reconoce con facilidad. Se ha discutido si su estilo era debido a un defecto visual o bien pintaba de este modo porque tal era su deseo, pero en cierta ocasión dijo que la peor cualidad de una figura pintada era la de ser enana, lo cual prueba que pintaba las figuras extremadamente alargadas porque así lo deseaba. La estilización de El Greco sigue una norma que revela con qué cuidado utilizaba este recurso. En El entierro del Conde de Orgaz puede verse la gradación que existe entre los caballeros que rodean al difunto y las figuras de la Santísima Trinidad situadas en lo alto del lienzo. Los primeros casi son de tamaño normal, apenas estilizados, pero a medida que la vista sube hacia la parte superior del cuadro se van afinando los rostros, las manos, los cuerpos y las figuras de la Trinidad muestran un desmesurado predominio de las líneas verticales sobre las horizontales. Los principales lienzos del Greco, aparte del citado, y sus numerosos apóstoles y santos, son El Expolio, San Mauricio, retrato del Cardenal Niño de Guevara, de Covarrubias, etcétera.
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-1660) era sevillano y fue discípulo de Pacheco, que lo admiraba tanto que no dudó en concederle la mano de su hija. Joven aún fue a Madrid, donde pintó un retrato de Felipe IV, tan bien acogido por el soberano que lo admitió en la Corte, donde fue nombrado pintor real. Velázquez no era propiamente un noble ni un caballero que pudiera codearse con la nobleza, pero gozaba del favor del rey. Cuando Rubens visitó España, Velázquez le acompañó, y poco tiempo más tarde consiguió permiso para conocer Italia, donde pintó varios lienzos, entre ellos el retrato del papa Inocencio X del que hemos hablado. Felipe IV, finalmente, le concedió el hábito de Santiago y se cuenta que el soberano, en persona, pintó la roja cruz de caballero en el lienzo de Las Meninas que Velázquez estaba terminando. Su producción es tan extensa como notable. Como pintor de Corte ha dejado numerosos retratos de Felipe IV, infantes y personas de la familia real, sin olvidar al favorito, el conde-duque de Olivares y los bufones y demás tipos que en palacio recibían acogida. Las Meninas, quizás la mejor de sus obras, es una escena llena de naturalidad en la cual Velázquez ha resuelto numerosos problemas de luz y de atmósfera. Los rostros de los soberanos se reflejan en un espejo, la luz entra por la parte derecha del cuadro y al mismo tiempo se produce un contraluz en la puerta del fondo. Estas dificultades técnicas complacían a Velázquez, que las repite en Las Hilanderas y en otros lienzos. La rendición de Breda o Cuadro de las lanzas ha sido ponderado como exponente de elegancia y armonía, no sólo de colores, sino de formas. Los borrachos es un cuadro simbolista en el que los tipos son auténticos campesinos y hombres de pueblo. La fragua de Vulcano fue pintada después de su viaje a Italia y refleja una clara influencia de Rubens. En Italia pintó algunos paisajes, entre los que destacan el titulado Paisaje de la Villa Médicis, en el que utiliza la técnica de pinceladas sueltas, propia de los impresionistas del siglo XIX. Por esta razón Velázquez fue llamado el primero de los impresionistas. Algunos bodegones y el cuadro Vieja friendo huevos demuestran cómo este pintor, acostumbrado a la vida cortesana, no desdeñaba prestar atención a las pequeñas cosas y tareas de la vida cotidiana. La Venus ante el espejo fue uno de los rarísimos, y quizás el primer desnudo que salió de los pinceles de un artista español. Lo cual no deja de ser extraordinario en una época tan severa.




Arquitectura y escultura.



La catedral de Segovia y la Nueva de Salamanca fueron construidas durante el siglo XV, y a pesar de ello se levantaron según las normas del estilo gótico. Éste fue evolucionando y dio lugar al llamado estilo plateresco, que se caracteriza porque sus formas generales y trazado de arcos y puertas es netamente gótico, pero al que se le han añadido un exceso de adornos y elementos accesorios. Por su semejanza a la labor de los plateros recibió el nombre de plateresco. Las universidades de Salamanca y Alcalá, así como el Ayuntamiento de Sevilla pertenecen a este estilo que es de pura transición. Durante el reinado de Carlos I penetró en España el estilo renacentista. Por esta razón, el césar Carlos mandó construir, según líneas clásicas, el Alcázar de Toledo y el palacio anexo al de la Alhambra de Granada. La lonja de Zaragoza y la catedral de Málaga, debida ésta a Diego de Siloé, pertenecen al mismo gusto. En cambio, Felipe II, uno de los monarcas más severos y sencillos que ha tenido España, se sintió íntimamente compenetrado con las ideas de Juan de Herrera (1530-1597) y aprobó con ilusión los planos del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Es sabido que el rey Prudente gustaba de contemplar cómo se iba levantando la enorme mole de piedra sentado en un lugar que hoy es conocido con el nombre de "silla de Felipe II". La Plaza Mayor de Madrid, cerrada por grandes soportales y flanqueada por torres que semejan las de El Escorial, fue construida según el más puro estilo herreriano. Cuando el gusto barroco se introdujo en España, pareció que se remozaba el estilo isabelino y plateresco, si bien con mayor profusión de formas curvas y opulentas. Su manifestación más típica fue el estilo "churrigueresco", llamado así por ser debido al arquitecto salmantino José de Churriguera (1650- 1723). Las torres de la catedral de Salamanca son obra suya, y al mismo estilo pertenecen la fachada de la catedral de Santiago, el Pilar de Zaragoza y, ya en el siglo XVIII, la fachada del palacio del marqués de Dos Aguas, y otras. La escultura de esta época o tiene un carácter exclusivamente religioso o está al servicio de la nobleza, y se manifiesta por medio de sepulcros o en la ornamentación de palacios. Los desnudos y la belleza desenfadada, naturalista y libre de los renacentistas italianos no encontró eco en España. Alonso Berruguete había sido discípulo de Miguel Angel, a pesar de lo cual sus figuras muestran la severidad típica de la época de los Austrias. La imaginería religiosa tuvo sus mejores representantes en Gregorio Hernández, Juan Martínez Montañés y Alonso Cano. Algunas de sus numerosas esculturas policromadas aún se muestran al fervor de los creyentes durante las procesiones de la Semana Santa española. El arte de la orfebrería fue cultivado por Juan de Arfe (1535- 1602), a quien se debe la maravillosa custodia de la catedral de Toledo, conceptuada como la más rica de cuantas existen en el mundo. Otras manifestaciones de tipo artístico entroncadas con la artesanía, como la fabricación de tapices, las cerámicas, etc., tuvieron en esta época protección real y gran fama, incluso fuera de España.

























































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