El cantar de Roldán
ANÓNIMO
Poema
épico
Anónimo
francés
(c.
1100)
I
El rey Carlos, nuestro
emperador, el Grande, siete años enteros permaneció en España: hasta el mar
conquistó la altiva tierra. Ni un solo castillo le resiste ya, ni queda por forzar
muralla, ni ciudad, salvo Zaragoza, que está en una montaña. La tiene el rey
Marsil, que a Dios no quiere. Sirve a Mahoma y le reza a Apolo. No podrá
remediarlo: lo alcanzará el infortunio.
II
El rey Marsil se encuentra en
Zaragoza. Se ha ido hacia un vergel, bajo la sombra. En una terraza de mármoles
azules se reclina; son más de veinte mil en torno a él. Llama a sus condes y a
sus duques:
-Oíd, señores, qué azote nos
abruma. El emperador Carlos, de Francia, la dulce, a nuestro país viene, a confundirnos.
No tengo ejército que pueda darle batalla; para vencer a su gente, no es de
talla la mía. Aconsejadme, pues, hombres juiciosos, ¡guardadme de la muerte y
la deshonra!
No hay infiel que conteste una
palabra, salvo Blancandrín, del castillo de Vallehondo.
III
Entre los infieles, Blancandrín
es juicioso: por su valor, buen caballero; por su nobleza, buen consejero de su
señor. Le dice al rey:
-¡Nada temáis! Enviad a Carlos,
orgulloso y altivo, palabras de servicio fiel y de gran amistad. Le daréis
osos, y leones y perros, setecientos camellos y mil azores mudados,
cuatrocientas mulas, cargadas de oro y plata y cincuenta carros, con los que
podrá formar un cortejo: con largueza pagará así a sus mercenarios. Mandadle
decir que combatió bastante en esta tierra; que a Aquisgrán, en Francia,
debería volverse, que allí lo seguiréis, en la fiesta de San Miguel, que
recibiréis la ley de los cristianos; que os convertiréis en su vasallo, para
honra y para bien. ¿Quiere rehenes?, pues bien, mandémosle diez o veinte, para
darle confianza. Enviemos a los hijos de nuestras esposas: así perezca, yo le
entregaré el mío. Más vale que caigan sus cabezas y no perdamos nosotros
libertad y señorío, hasta vernos reducidos a mendigar.
IV
Prosigue Blancandrín:
-Por esta diestra mía, y por la
barba que flota al viento sobre mi pecho, al momento veréis deshacerse el
ejército del adversario. Los francos regresarán a Francia: es su país. Cuando
cada uno de ellos se encuentre nuevamente en su más caro feudo, y Carlos en
Aquisgrán, su capilla, tendrá, para San Miguel, una gran corte. Llegará la
fiesta, vencerá el plazo: el rey no tendrá de nosotros palabra ni noticia. Es
orgulloso, y cruel su corazón: mandará cortar las cabezas de nuestros rehenes.
¡Más vale que así mueran ellos antes de perder nosotros la bella y clara
España, y padecer los quebrantos de la desdicha!
Los infieles dicen:
-Quizá tenga razón.
V
El rey Marsil ha escuchado a sus
consejeros. Llama a Clarín de Balaguer, Estamarín y su par Eudropín, y a
Priamón y Guarlan el Barbudo, y a Machiner y su tío Maheu, y a Jouner y a
Malbián de Ultramar, y a Blancandrín, para hablar en su nombre. Entre los más
felones, toma a diez aparte y les dice:
-Señores barones, iréis hacia
Carlos. Está ante la ciudad de Cordres, a la que ha puesto sitio. Llevaréis en
las manos ramas de olivo, en señal de paz y humildad. Si gracias a vuestra
habilidad, podéis llegar a un acuerdo con él, os daré oro y plata a profusión,
tierras y feudos a la medida de vuestros deseos.
-¡Nos colmáis con ello! -dicen
los infieles.
VI
El rey Marsil ha escuchado a sus
consejeros. Dice a sus hombres:
-Señores, partiréis. Llevaréis
en las manos ramas de olivo, y le diréis al rey Carlomagno que por su Dios
tenga clemencia; que no verá pasar este primer mes sin que yo esté junto a él
con mil de mis fieles; que recibiré la ley cristiana y me convertiré en su
deudor con todo amor y toda fe. ¿Quiere rehenes? Pues, en verdad, los tendrá.
-Con ello obtendréis un buen
acuerdo -dice Blancandrín.
VII
Marsil manda traer diez mulas
blancas, que le había enviado el rey de Adalia. Son de oro sus frenos; las
sillas tienen incrustaciones de plata. Los mensajeros montan; llevan en las
manos ramas de olivo. Van hacia Carlos, que en Francia tiene su feudo. No podrá
remediarlo Carlos: lo engañarán.
VIII
El emperador se muestra alegre;
está de buen humor, pues ya conquistó Cordres. Ha destruido sus murallas y ha
abatido las torres con sus catapultas. Sus caballeros han hallado gran botín:
oro, plata y preciosas armaduras. Ni un solo infiel quedó en la villa: todos
murieron o fueron bautizados.
El emperador se halla en un gran
vergel: junto a él, están Roldán y Oliveros, el duque Sansón y el altivo
Anseís, Godofredo de Anjeo, gonfalonero del rey, y también Garín y Gerer, y con
ellos muchos más: son quince mil de Francia, la dulce. Los caballeros se
sientan sobre blancas alfombras de seda; los más juiciosos y los ancianos
juegan a las tablas y al ajedrez para distraerse, y los ágiles mancebos esgrimen
sus espadas. Bajo un pino, cerca de una encina, se alza un trono de oro puro
todo él: allí se sienta el rey que domina a Francia, la dulce. Su barba es
blanca, y floridas sus sienes; su cuerpo es hermoso, su porte altivo: no hay
necesidad de señalarlo al que lo busque. Y los mensajeros echan pie a tierra y
lo saludan con amor y respeto.
IX
Blancandrín es el primero en
hablar. Dícele al rey:
-¡Os saludo en nombre del
glorioso Dios que debemos adorar! Oíd lo que os manda decir el valeroso rey
Marsil. Se ha instruido en la ley salvadora; por ello quiere daros riquezas a
profusión, osos y leones, perros que se pueden llevar con correa, setecientos
camellos y mil azores mudados, cuatrocientas mulas, cargadas de oro y plata,
cincuenta carros con los que formaréis un cortejo, y colmados de tantos
besantes de oro fino que podréis pagar con largueza a vuestros mercenarios.
Durante largo tiempo permanecisteis en esta tierra. A Aquisgrán, en Francia, os
convendría regresar. Allí os seguirá, os lo promete, mi señor.
El emperador alza las manos
hacia Dios, inclina la cabeza y se pone a meditar.
X
El emperador mantiene inclinada
la cabeza. Jamás fueron apresuradas sus palabras: tal es su costumbre, sólo
habla cuando le viene en gana. Cuando por fin se yergue, resplandece de orgullo
su rostro.
-Habéis hablado muy bien
-contesta a los mensajeros-. Mas el rey Marsil es mi gran enemigo. ¿Qué
garantía tendré yo sobre las palabras que acabáis de pronunciar?
-Tendréis rehenes -replica el
sarraceno-. Diez, quince o veinte. Así deba perecer, pondré con ellos a un hijo
mío, y recibiréis, según creo, otros de mayor alcurnia. Cuando os encontréis en
vuestro soberbio palacio, durante la gran fiesta de San Miguel del Peligro,
estará junto a vos mi señor, os lo asegura. Allí, en vuestras fuentes, que Dios
hizo para vos, quiere recibir el bautismo.
Responde Carlos:
-Quizá pueda alcanzar aún la
salvación.
XI
La tarde es hermosa y luce claro
el sol. Carlos ordena que las diez mulas sean conducidas al establo y hace
levantar una tienda en el gran vergel. Allí dará albergue a los diez
mensajeros; doce sargentos cuidan con esmero de su servicio. Reposan esa noche
hasta que despunta el claro día. El emperador se ha levantado temprano; ha
escuchado misa y maitines. Se ha retirado bajo un pino y manda llamar a sus
barones para hacerse aconsejar: en toda circunstancia, quiere que sus guías
sean los de Francia.
XII
El emperador Se halla bajo un
pino; ha llamado a sus barones para escuchar su consejo; el duque Ogier y el
arzobispo Turpín, Ricardo el Viejo y su sobrino Enrique, y también el animoso
conde de Gascuña Acelino, Tibaldo de Reims y su primo Milón. Vienen asimismo
Gerer y Garín; y con ellos el conde Roldán y Oliveros, el noble y denodado; son
más de mil los guerreros de Francia; también se halla Ganelón, el que había de
traicionarlos. Da comienzo entonces el consejo que debía acarrear terrible
infortunio.
XIII
-Señores barones -dice el
emperador Carlos-, el rey Marsil me ha enviado sus mensajeros. Desea darme de
sus riquezas a profusión: osos y leones, perros amaestrados para que se les
pueda llevar con correa, setecientos camellos y mil azores a punto de ser
mudados, cuatrocientas mulas cargadas de oro de Arabia y además cincuenta
carros. Pero me pide que me retire a Francia: dice que me seguirá a Aquisgrán,
a mi palacio, y que recibirá nuestra ley, la más santa, según confiesa; será
cristiano, tendrá sus tierras como vasallo mío. Pero ignoro cuál es el fondo de
su corazón.
-Desconfiemos -dicen los
franceses.
XIV
El emperador ha expresado su
pensamiento. El conde Roldán, que no está de acuerdo, al momento se yergue para
contrariarlo. Le dice al rey:
-¡Desdichado de vos, si creéis
las palabras de Marsil! Son ya siete años enteros los que llevamos en España.
He conquistado para vos Noples y Comibles; he tomado Valtierra y las tierras de
Pina, Balaguer, Tudela y Sevil. Entonces el rey Marsil llevó a cabo una gran
traición: envió a quince de sus infieles hacia vos, llevaban todos una rama de
olivo en la mano y os dijeron las mismas palabras que ahora. Pedisteis consejo
a vuestros franceses. A fe que os lo dieron muy insensato: enviasteis al infiel
a dos de vuestros condes, uno era Basan y el otro. Basilio; cerca de Altamira,
en pleno monte, cortó sus cabezas. ¡Continuad la guerra como la emprendisteis!
Conducid a Zaragoza a la flor de vuestro ejército; ponedle sitio, así deba
durar toda vuestra vida, y vengad aquellos que el traidor mandó matar.
XV
El emperador mantiene inclinada
la cabeza. Alisa su barba y manosea su mostacho; ni aprueba a su sobrino, ni lo
regaña: nada responde. Los franceses guardan silencio, excepto Ganelón. Se pone
de pie, e irguiendo el cuerpo, se presenta ante Carlos. Con gran altivez
comienza a hablar, y dice al rey:
-¡Ay de vos si escucháis al
villano, sea yo, o cualquier otro, que no os aconsejara para vuestro bien!
Cuando el rey Marsil os manda decir que se convertirá en vuestro vasallo,
juntas las manos, y que recibirá toda España como un don de vuestra gracia, y
que además acatará la ley que nosotros observamos, aquel que os aconseje que
desechemos semejante acuerdo en poco aprecia, señor, nuestra vida. No debe
prevalecer un consejo de orgullo. ¡Dejemos a los locos, atengámonos a los
juiciosos!
XVI
Entonces se adelanta Naimón; no existe
mejor vasallo en toda la corte. Le dice al rey:
-Habéis oído la respuesta de
Ganelón; es muy sensata, sólo os resta ponerla en práctica. El rey Marsil ha
perdido la guerra: le habéis tomado todos sus castillos; con vuestras
catapultas habéis destrozado sus murallas; habéis incendiado sus ciudades y
vencido a sus hombres. Hoy, cuando os pide que le otorguéis clemencia, sería
pecado causarle más desdichas. Puesto que quiere entregaros rehenes como
garantía, no debéis prolongar esta gran guerra.
-¡El duque tiene razón! -dicen
los franceses.
XVII
-Señores barones, ¿a quién hemos
de enviar a Zaragoza, hacia el rey Marsil? -pregunta Carlos. El duque Naimón
responde al punto:
-Iré yo, con vuestra venia:
entregadme, pues, el guante y el bastón.
-Sois hombre de buen consejo
-dice el rey-; por mis barbas que no os alejaréis de mi lado tan pronto.
¡Regresad a vuestro sitio, que nadie os pidió nada!
XVIII
-Señores barones, ¿a quién
podríamos enviar al sarraceno que es dueño de Zaragoza?
-Muy bien podría ser yo
-contesta Roldán.
-Por cierto que no iréis -dice
el conde Oliveros-. Vuestro corazón es violento y altivo, llegaríais a las
manos, mucho me temo. Si el rey lo desea, podría ir yo.
-¡Callaos ambos! -interrumpe el
rey-. Ni vos, ni él, pondréis allí los pies. Por mis barbas, que veis aquí
blancas, ¡ay del que me nombre a alguno de los doce pares!
Los franceses guardan silencio,
intimidados.
XIX
Turpín de Reims se ha
incorporado; sale de la fila y dice al rey:
-¡Dejad tranquilos a vuestros
francos! Siete años permanecisteis en este país: han soportado muchas penas
aquí, muchas fatigas. Mas dadme, señor, el guante y el bastón, e iré hacia el
sarraceno de España: tengo ganas de ver cómo está hecho.
-¡Id y sentaos sobre esa
alfombra blanca! ¡No volváis a tomar la palabra sobre este asunto, a menos que
os lo ordene yo! -replica, irritado, el emperador.
XX
-Caballeros francos -dice el
emperador Carlos-, elegidme a un barón de mis dominios que pueda llevar a
Marsil mi mensaje.
Roldán exclama:
-Que sea Ganelón, mi padrastro.
Dicen los franceses:
-Por cierto que es el hombre
indicado; no podríais enviar a ninguno más sensato.
Y el conde Ganelón se siente
penetrado por la angustia. Retira de su cuello las amplias pieles de marta, descubriendo
su brial de seda. Sus ojos son veros, su rostro altivo; noble es su cuerpo y su
pecho amplio: tan hermoso se muestra que todos sus pares lo contemplan. Ganelón
se encara con Roldán:
-¡Insensato! ¿Cuál es el motivo
de tu frenesí? Todos aquí saben que soy tu padrastro, y sin embargo, me has
señalado para ir al encuentro de Marsil. ¡Si Dios permite que regrese de esta
empresa, te causaré males que durarán hasta el fin de tus días!
-Son ésas palabras dictadas por
el orgullo y la demencia -replica Roldán-. Bien saben todos que no me cuido de
amenazas; mas para hacerse cargo de un mensaje se necesita tener juicio. Si lo
desea el rey, estoy dispuesto: iré en vuestro lugar.
XXI
-¡No harás tal! -responde
Ganelón-. Ni eres tú vasallo mío, ni soy yo tu señor. Carlos me ordena que
cumpla su servicio: iré, pues, a Zaragoza, donde está Marsil; mas antes de
haberse apaciguado en mí la gran cólera que me invade, habré hecho una de las
mías.
Al escuchar tales palabras,
Roldán comienza a reír.
XXII
Al advertir Ganelón la burla de
Roldán, lo invade tal despecho que está a punto de estallar de rabia; poco le
falta para perder el juicio.
-Mal os quiero, a vos que habéis
hecho recaer sobre mí esta elección injusta -le dice el conde-. Buen emperador,
heme dispuesto; quiero llevar a cabo vuestra orden.
XXIII
-¡Iré a Zaragoza! Es necesario,
bien lo sé. Quien pone allí los pies, no ha de regresar. Recordad, por sobre
todas las cosas, que vuestra hermana es mi esposa. Me ha dado un hijo, el más
hermoso que existe. Su nombre es Balduino -añade-, ha de ser un hombre
valeroso. A él dejo en herencia mis tierras y mis feudos. Tomadlo bajo vuestra
protección, pues nunca volverán a contemplarlo mis ojos.
-Muy tierno tenéis el corazón
-contesta Carlos-. Fuerza os es partir, puesto que así lo ordeno.
XXIV
Dice el rey:
-Acercaos, Ganelón, y recibid el
guante y el bastón. Bien lo habéis oído: la elección de los francos ha recaído
sobre vos.
-Señor -replica Ganelón-, ¡todo
fue por causa de Roldán! Toda mi vida le guardaré rencor, y también a Oliveros,
por ser su amigo. En cuanto a los doce pares, que tanto lo quieren, aquí mismo
los desafío, señor, ante vuestros ojos.
-Sois demasiado iracundo
-observa el rey-. Verdad es que iréis, puesto que es mi mandato.
-Tal haré, mas sin ninguna
garantía, como les sucedió a Basilio y a su hermano Basan.
XXV
El emperador le entrega el
guante, aquel que lleva en la mano derecha. Mas el conde Ganelón hubiera
deseado hallarse a muchas leguas. Cuando se decide a tomarlo, el guante cae a
tierra. Los franceses dicen:
-¡Dios! ¿Qué augurio es ése?
Grandes males habrá de acarrearnos esta empresa.
-Caballeros -dice Ganelón-, ¡ya
tendréis noticias de ello!
XXVI
-Señor -prosigue Ganelón-, dadme
vuestra venia para partir. Ya que debo marchar, nada ha de retardarme. Y
responde el rey:
-¡Id en nombre de Jesús y con mi
venia!
Lo absuelve con su mano diestra
y traza sobre él el signo de la cruz. Luego le entrega el bastón y la misiva.
XXVII
El conde Ganelón se dirige hacia
su campamento. Adorna su persona con los mejores aderezos que puede hallar. En
sus pies, coloca espuelas de oro y ciñe a su costado su espada Murglés. Monta
sobre Techebrún, su corcel, cuyo estribo le sostiene su tío Guinemer. Entonces
hubierais visto llorar a muchos caballeros, que se lamentaban:
-¡Lástima grande de vuestro
valor! Largo tiempo pertenecisteis a la corte del rey, donde se os tenía por
noble vasallo. Ni siquiera Carlos podrá proteger ni salvar al que os señaló
para esta misión. No, el conde Roldán no tendría que haber pensado en vos:
vuestra estirpe es demasiado ilustre.
Y luego añaden:
-¡Señor, llevadnos con vos!
-¡No lo permita Dios, nuestro
Señor! Más vale que yo solo muera, para que vivan tantos buenos caballeros. A
Francia, la dulce, habréis de regresar, señores. Saludad a mi esposa de mi
parte, a Pinabel, par y amigo mío y a mi hijo Balduino... Brindadle vuestra
ayuda y reconocedlo como vuestro señor -responde Ganelón. Y emprende el camino.
XXVIII
Cabalga Ganelón bajo los altos
olivares, hasta dar alcance a los mensajeros sarracenos. Y he aquí que
Blancandrín demora largo tiempo a su lado: ambos conversan con gran astucia.
Blancandrín exclama:
-¡Qué hombre tan maravilloso es
Carlos! Conquistó Apulia y toda Calabria; ha cruzado el mar salado, obteniendo
para San Pedro el tributo de Inglaterra. ¿Qué más ha de encontrar aquí, en
nuestro país?
-Tal es su gusto -responde
Ganelón-. Jamás alcanzará hombre alguno su valía.
XXIX
-Son los francos hombres de gran
nobleza -observa Blancandrín-. Mas causan graves males a su señor esos duques y
esos condes que en tal manera lo aconsejan: lo agotan y lo pierden, y con él a
los que lo rodean.
Replica Ganelón:
-Eso no reza con nadie, que yo
sepa, si no es con Roldán, a quien le habrá de pesar algún día. La otra mañana,
hallábase sentado a la sombra el emperador. Llegó su sobrino, cubierto con su
loriga, trayendo el botín que había conquistado en Carcasona. Tenía en la mano
una espléndida manzana. "Tomad, mi buen señor", díjole a su tío,
"os ofrezco como presente las coronas de todos los reyes". Su orgullo
habrá de perderlo, pues todos los días se brinda a la muerte como presa. ¡Venga
quien lo mate! Gozaríamos entonces de una paz completa.
XXX
-¡Bien se merece el odio Roldán
-dice Blancandrín-, pues ambiciona someter a su dominio a todas las naciones y
pretende apoderarse de todas las tierras! Mas, ¿quiénes habrán de respaldarlo
en tales empresas?
-¡Los franceses! Tanto lo aman
que jamás podrán abandonarlo. Les da oro y plata en abundancia, mulas y
corceles, telas de seda y armaduras. Al mismo emperador le regala cuanto desea:
habrá de conquistarle estas tierras hasta Oriente.
XXXI
Tanto cabalgaron juntos Ganelón
y Blancandrín que llegan a hacerse una promesa mutua, jurando cumplirla sobre
su fe: buscar el modo de que muera Roldán. Tanto cabalgaron por caminos y
senderos que pusieron finalmente pie a tierra en Zaragoza, bajo un tejo. A la
sombra de un pino se alza un trono, cubierto de seda de Alejandría. Ahí se
sienta el rey que tiene a toda España bajo su dominio, rodeado de veinte mil
sarracenos. Todos guardan silencio, ansiosos por escuchar las nuevas. Y he aquí
que se aproximan Ganelón y Blancandrín.
XXXII
Blancandrín se presenta ante
Marsil; lleva de la mano al conde Ganelón. Dice, dirigiéndose al rey:
-¡Salud, en nombre de Mahoma y
de Apolo, cuyas santas leyes observamos! Dimos parte a Carlos de vuestro
mensaje. Alzó ambas manos hacia los cielos y alabó a su Dios, sin responder
cosa alguna. Mas os envía uno de sus nobles barones, éste que aquí veis, y que
todos consideran en Francia como ilustre caballero. Él os dirá si tendremos paz
o no.
-¡Que hable -responde Marsil-,
lo escucharemos!
XXXIII
Mas el conde Ganelón había
estado pensándolo mucho. Comienza desplegando grandes artes, cual hombre
versado en el discurso. Dícele al rey:
-¡Salud, en nombre del glorioso
Dios que debemos adorar! He aquí lo que os manda decir Carlomagno, el
esforzado: recibid la santa ley cristiana, y él habrá de entregaros como feudo
la mitad de España. Si no os place aceptar este acuerdo, se os tomará cautivo,
y encadenado de viva fuerza, seréis conducido a Aquisgrán; allí se os juzgará y
pondrase fin a vuestra vida: vuestra muerte será vil y ultrajante.
Se estremece el rey Marsil. En la
mano tiene un dardo, emplumado de oro: su deseo es herir, pero lo retienen.
XXXIV
El rey Marsil ha mudado de color
y apresta su jabalina. Al verlo Ganelón, lleva la mano a su espada,
desenvainándola la largura de dos dedos. Dice, dirigiéndose a ella:
-Muy bella eres, y muy clara.
¡No en vano te llevé tan largo tiempo en la real corte! No habrá de decir el
emperador de Francia que sucumbí solo en tierra extraña sin que los más
valientes te hayan comprado a tu precio.
-¡Impidamos el combate! -dicen los
infieles.
XXXV
Tantos han sido los ruegos de
los más ilustres sarracenos que Marsil ha vuelto a sentarse en su trono. Dice
el califa:
-Nos hubierais dejado en mala
postura, pretendiendo herir al francés; más os valía escuchar y comprender.
-Señor -dice Ganelón-, son éstas
cosas que debo por fuerza soportar. Pero no dejaría de trasmitiros, por todo el
oro que hizo Dios, y por todas las riquezas de este país, lo que Carlos, el
poderoso rey, os manda decir por mi boca, si es que me dais lugar, considerándoos
como a mortal enemigo.
Lo cubre un manto de marta
cebellina, forrado de seda de Alejandría. Lo hace a un lado y Blancandrín lo
recibe en sus manos; mas se guarda muy bien de soltar su espada. En su puño
derecho, la mantiene sujeta por el dorado pomo. Y dicen los infieles:
-¡Es noble barón!
XXXVI
Ganelón avanza hacia el rey y le
dice:
-Os irritáis sin motivo, ya que
Carlos, que reina en Francia, os manda decir esto: recibid la ley de los
cristianos, os entregará como feudo la mitad de España. La otra mitad será para
Roldán, su sobrino: de ese modo habréis de compartir con un altivo señor. Si no
os place aceptar este acuerdo, vendrá el rey a poner sitio a Zaragoza: se os
tomará cautivo y de viva fuerza se os cargará de ligaduras; seréis conducido
derechamente a Aquisgrán y no tendréis para el camino palafrén ni corcel, mulo
ni mula, para poder cabalgar; se os arrojará sobre mala bestia de carga. Una
vez allí, luego de juzgaros, se os cortará la cabeza. He aquí la misiva que os
envía nuestro emperador.
Se lo entrega al infiel, con la
mano diestra.
XXXVII
Marsil palidece de ira. Rompe el
sello, tira la cera, mira el breve y lee lo que lleva escrito:
-Carlos, el rey que tiene a
Francia bajo su dominio, me dice que traiga a mi memoria el dolor y la cólera
que lo invadieron cuando corté las cabezas de Basan y su hermano Basilio, en
los montes de Altamira. Si quiero preservar mi vida, es preciso que le envíe a
mi tío, el califa; de otro modo, jamás gozaré de su favor.
Entonces toma la palabra el hijo
de Marsil:
-Ganelón ha hablado como un loco
-le dice al rey-. Ha llegado demasiado lejos: no tiene derecho a la vida.
Entregádmelo, y yo haré justicia.
Al oír estas palabras Ganelón,
blande su espada, corre hacia un pino y toma apoyo en su tronco.
XXXVIII
Marsil se ha retirado en el
vergel. Ha llevado consigo a los mejores de entre sus vasallos. Con ellos va
Blancandrín, el de la cabellera encanecida, y Jurfaret, su hijo y heredero, y
el califa, su tío y fiel amigo. Blancandrín dice:
-Llamad al francés: me ha jurado
sobre su fe servirnos.
-Traedlo, entonces -responde
Marsil.
Y Blancandrín, tomándolo de la
mano diestra, lo conduce por el vergel hasta donde se halla el rey. Allí
conciertan entre todos la infame traición.
XXXIX
-Buen caballero Ganelón -dícele
Marsil-, os traté con alguna ligereza cuando cegado por la cólera, estuve a
punto de heriros. Ofrezco en prenda de mi palabra estas pieles de marta
cebellina, cuyo precio vale más de quinientas libras: mañana, antes de la caída
del sol, os habré pagado una buena multa.
-No la rechazo -responde
Ganelón-. ¡Que Dios os recompense, si le place!
XL
-Ganelón -dice Marsil-, sabed
que, en verdad, me siento impulsado a apreciaros en alto grado. Deseo que me
habléis de Carlomagno. Es ya muy viejo, ha cumplido su tiempo; según mi
parecer, debe tener más de doscientos años. Por tantas tierras ha llevado su
cuerpo, tantas estocadas ha recibido su escudo, tantos opulentos reyes se
vieron por su culpa convertidos en mendigos, ¿cuándo estará harto de guerrear?
-Carlos no es cual vos pensáis
-responde Ganelón-. No hay hombre que al verlo y al aprender a conocerlo, no
diga: "el emperador es un valiente". No podrían mis palabras alabarlo
y ensalzarlo lo suficiente: hay en él más honor y más virtudes de las que puedo
expresar. ¿Quién podría describir su inmenso valor? ¡Tanta nobleza hace Dios
resplandecer en su persona! Preferiría morir antes que faltar a sus barones.
XLI
-Buen motivo tengo para
maravillarme -añade el infiel-. Carlomagno es viejo y blanca su cabeza; en mi
opinión, debe tener más de doscientos años; por tantas tierras ha llevado a la
lucha su cuerpo, ha recibido tantos tajos y lanzazos, tantos opulentos reyes se
han convertido por su culpa en mendigos, ¿cuándo se cansará de guerrear?
-Nunca -responde Ganelón-,
mientras viva su sobrino. No hay hombre más valeroso que Roldán bajo el
firmamento. Y también es varón esforzado su amigo Oliveros. Y los doce pares,
que tanto ama Carlos, forman su vanguardia con veinte mil caballeros. Carlos
está bien seguro, no teme a ningún ser viviente.
XLII
-Me maravilla en gran manera
-repite el sarraceno-. Carlomagno tiene el cabello blanco; calculo que debe
tener doscientos años, si no más; por tantas tierras ha llevado sus conquistas;
tantos golpes de lanzas penetrantes recibió, tantos opulentos reyes fueron
muertos y vencidos por él en la batalla, ¿cuándo se cansará por fin de
guerrear?
-Nunca -dice Ganelón-, mientras
viva Roldán.
No hay ninguno tan valeroso como
él desde aquí hasta el Oriente. Y también su compañero Oliveros es varón
esforzado. Y los doce pares, que tanto ama Carlos, forman su vanguardia con
veinte mil franceses. Carlos está bien seguro; no teme a ningún ser viviente.
XLIII
-Buen caballero Ganelón -dice el
rey Marsil-, tengo un ejército tan brioso como nunca lo veréis; puedo contar
con cuatrocientos mil caballeros: ¿podré combatir a Carlos y sus franceses?
-¡Eso se dice pronto! Vuestras
mesnadas se perderían en masa. ¡Desechad las locuras; ateneos a vuestro juicio!
Enviad al emperador tantos regalos que todos los franceses queden maravillados.
Con sólo mandarle veinte rehenes, al punto veréis al rey regresar a Francia, la
dulce. Dejará su retaguardia a sus espaldas. Con ella quedará, supongo, su
sobrino, el conde Roldán y también el animoso y cortés Oliveros: pueden darse
por muertos los dos condes, si encuentro quien atienda a mis consejos. Carlos
verá quebrantarse su orgullo; por siempre perderá el deseo de contender
nuevamente con vos.
XLIV
-Buen caballero Ganelón, ¿de qué
medio puedo valerme para que Roldán perezca?
-Os lo voy a decir -responde
Ganelón-. Partirá el rey hacia los mejores puertos de Cize; dejará su
retaguardia a sus espaldas. Con ella quedará el poderoso conde Roldán y
Oliveros, en quien tanto confía éste, al mando de veinte mil franceses.
Enviadle cien mil de los vuestros para darles la primera batalla. Las huestes
de Francia hallarán gran quebranto, aunque también habrán de sufrir los
vuestros, no lo niego. Mas entablad luego la segunda batalla: ya sea en la una
o en la otra, no habrá de salvarse Roldán. Habréis llevado a cabo, entonces,
una gran proeza y nunca en vuestra vida volveréis a tener guerra.
XLV
-Aquel que logre la muerte de
Roldán, habrá privado a Carlos del brazo derecho de su cuerpo. Sonará la hora
de los magníficos ejércitos. No reunirá ya Carlos tan numerosas mesnadas.
¡Hallará el reposo la Tierra
de los Padres!
Al oír Marsil estas palabras,
besa a Ganelón en el cuello; luego ordena que le traigan sus tesoros.
XLVI
-Los consejos se van en humo
-dice Marsil-. Juradme que traicionaréis a Roldán.
-¡Sea, según vuestro deseo!
-responde Ganelón. Sobre las reliquias de su espada Murglés, jura la traición;
y su acción es vil.
XLVII
Había ahí un asiento, todo de
marfil. El rey hace traer un libro: en él está escrita la ley de Mahoma y de
Tervagán. Y el sarraceno de España jura que si encuentra a Roldán en la
retaguardia, habrá de combatirlo con toda su gente, y que si de él depende, el
conde hallará la muerte en esa acción.
-¡Así se cumplan vuestros
deseos! -responde Ganelón.
XLVIII
Se acerca entonces un infiel,
Valdabrún, presentándose ante el rey Marsil. Con faz risueña, dícele a Ganelón:
-Tomad mi espada, nadie posee
otra mejor; su pomo tan sólo vale más de mil escudos. Os la doy en prenda de
amistad, buen caballero, y vos nos ayudaréis a encontrar en la retaguardia al
animoso Roldán.
-Así será -responde el conde
Ganelón. Luego se besan en la cara y en la barba.
XLIX
-Luego se acerca otro infiel,
Climonn. Con faz risueña, le dice a Ganelón:
-Tomad mi yelmo, jamás vi otro
más rico, y ayudadnos contra el marqués Roldán, de tal guisa que podamos
afrentarlo.
-Así será -responde Ganelón. Y
se besan en la boca y la mejilla.
L
Viene entonces la reina Abraima,
y le dice al conde:
-Mucho os aprecio, caballero,
pues mi señor y sus hombres os tienen gran afecto. Quiero enviarle a vuestra
esposa dos collares: son de oro puro, incrustados de amatistas y jacintos;
valen más que todas las riquezas de Roma, nunca los poseyó tan bellos vuestro
emperador.
El conde los toma y los guarda
en su faldriquera.
LI
El rey llama a Malduit, su
tesorero, y le pregunta:
-¿Están preparados ya los
presentes para Carlos?
-Sí, señor -responde-, de
inmejorable manera: setecientos camellos cargados de oro y plata y veinte
rehenes, de los más nobles que existen bajo el firmamento.
LII
Marsil posa su mano en el hombro
de Ganelón, diciéndole:
-Muy valiente sois, y muy
juicioso. Por esa ley, que tenéis por sacrosanta, ¡guardaos de apartar vuestro
corazón de nuestra causa! Deseo ofreceros riquezas a profusión, diez mulos
cargados con el oro más fino de Arabia; todos los años habrá de renovarse este
regalo. Tomad: he aquí las llaves de esta gran ciudad; presentad al rey Carlos sus
innumerables tesoros; luego, haced que Roldán quede a retaguardia. Si logro
hallarlo en algún puerto o desfiladero, lo combatiré hasta la muerte.
Responde Ganelón:
-Me parece que he demorado
demasiado.
Y montando en su caballo,
emprende el camino.
LIII
El emperador se acerca
nuevamente a sus dominios. Ha llegado a la villa de Gulina, que el conde Roldán
había tomado y destruido; a partir de ese día, permaneció desierta por espacio
de cien años. El rey espera noticias de Ganelón y el tributo de la vasta tierra
de España.
Al alba, cuando comienza a
despuntar la aurora, el conde Ganelón llega al campamento.
LIV
El emperador ha abandonado
temprano su lecho. Ha escuchado misa y maitines, y se mantiene erguido sobre la
hierba verde, delante de su tienda. A su lado está Roldán, y el esforzado
Oliveros, el duque Maimón y muchos otros. He aquí que llega Ganelón, el conde
villano y perjuro, y comienza a hablar con gran astucia:
-¡Dios os salve! -le dice al
rey-. He aquí las llaves de Zaragoza, y un espléndido tesoro, y veinte rehenes:
ponedlos a buen recaudo. El valeroso rey Marsil me ha mandado deciros que si no
os entrega al califa, no debéis por ello censurarlo, pues con mis propios ojos
he visto cuatrocientos mil hombres en armas, cubiertos con sus cotas y llevando
muchos de ellos el yelmo atado y ceñidas las espadas con pomo de oro nielado,
que acompañaban al califa allende el mar. Huían de Marsil a causa de la ley
cristiana que no deseaban recibir ni guardar. No se habían alejado cuatro leguas
de la costa, cuando los sorprendieron el viento y la tormenta: todos perecieron
ahogados, no volveréis a ver ninguno de ellos. De hallarse vivo el califa, yo
os lo hubiera traído. En cuanto al rey sarraceno, tened por cierto, señor, que
no veréis tocar a su fin este primer mes sin que él os haya dado alcance en el
reino de Francia: recibirá la ley que vos observáis; juntas las manos, se
convertirá en vuestro vasallo; por vuestra voluntad aceptará el reino de
España.
-¡Alabado sea Dios! -exclama el
rey-. Ya que tan bien me habéis servido, obtendréis gran recompensa.
A través del ejército, resuenan
mil clarines. Los francos alzan el campamento, cargan los mulos y se encaminan
hacia Francia, la dulce.
LV
Carlomagno ha devastado España;
tomó sus castillos y violó sus ciudades. Él mismo dice que toca a su fin la
guerra. Hacia Francia, la dulce, cabalga el emperador. El conde Roldán ata el
gonfalón a su lanza; desde una altura, la eleva hacia el firmamento: a esta
señal, los francos establecen sus campamentos por toda la región. Mientras
tanto, a través de los anchos valles, cabalgan los infieles, cubiertos con sus
cotas, atado el yelmo, con el escudo al cuello y la espada ceñida, y con las
lanzas enristradas. Al llegar a la cima de unos montes, hacen alto en una
espesura. Son cuatrocientos mil, esperando el alba. ¡Dios! ¡Qué dolor que no lo
sepan los franceses!
LVI
Huye el día, la noche se ha
hecho oscura. Carlos, el poderoso emperador, reposa. Ha tenido un sueño:
hallábase en los más grandes puertos de Cize; sostenían sus manos su lanza de
fresno. El conde Ganelón se la arrebataba y tan violentamente la blandía que
hasta el cielo volaban las astillas.
Carlos duerme; no se ha
despertado.
LVII
Después de esta visión, lo
asedia otra. Sueña que está en Francia, en Aquisgrán, su capilla. Una bestia
cruel le muerde el brazo derecho. Del lado de las Ardenas, ve llegar un
leopardo, que con gran osadía se arroja sobre su cuerpo. Del fondo de la sala
surge un lebrel que corre hacia Carlos, galopando y brincando; de una
dentellada, parte al primer animal la oreja derecha y entabla feroz combate con
el leopardo. Y los franceses dicen: "¡Qué terrible batalla!" ¿Quién
de los dos vencerá? Nadie lo sabe.
Carlos duerme, no se ha
despertado.
LVIII
Pasa la noche íntegra, el alba
despunta clara. El emperador cabalga gallardamente entre las filas del
ejercito.
-Señores barones -dice el
emperador Carlos-, he aquí los puertos y los estrechos desfiladeros: elegidme
el hombre que deba quedar a retaguardia.
-Ha de ser Roldán, mi hijastro
-responde Ganelón-, no hay barón que le iguale en fiereza.
Óyelo el rey y lo mira
duramente. Luego le dice:
-Sois un demonio. Un odio mortal
posee vuestro cuerpo. ¿Quién, entonces, habrá de mandar mi vanguardia?
-Ogier de Dinamarca -responde
Ganelón-; no tenéis barón que mejor que él pueda hacerlo.
LIX
El conde Roldán ha oído
pronunciar su nombre. Habla entonces como cumplido caballero:
-Señor padrastro; buenos motivos
tengo para estimaros: me habéis elegido para mandar la retaguardia. Carlos, el
rey que es dueño de Francia, no habrá de perder palafrén ni corcel, mulo ni
mula para cabalgar, ni tampoco caballo de silla ni de carga que no haya sido
defendido con la espada.
-Bien sé que decís verdad
-responde Ganelón.
LX
Cuando Roldán oye que habrá de
mandar la retaguardia, se encara, airado, con su padrastro:
-¡Ah, truhán! ¡Mal hombre, de
vil estirpe! ¿Habías creído que yo dejaría caer a tierra el guante, como
hiciste tú con el bastón, ante Carlos?
LXI
-Noble emperador -dice el barón
Roldán-, dadme el arco que lleváis en el puño. Nadie me reprochará, creo,
haberlo dejado caer, como hizo Ganelón con el bastón que recibió en su mano
diestra.
El emperador mantiene la cabeza
gacha. Alisa su barba y retuerce su mostacho. Y no puede contener el llanto.
LXII
Acércase entonces Naimón: no hay
mejor vasallo en toda la corte.
-Ya lo habéis oído -le dice al
rey-, la cólera invade al conde Roldán. Ya ha sido señalado para mandar la
retaguardia, ninguno de vuestros barones puede cambiar la elección. ¡Entregadle
el arco que habéis tendido y hallad quien pueda valerle!
El rey le da el arco y Roldán lo
recibe.
LXIII
Dice el emperador a su sobrino
Roldán:
-Buen caballero, sobrino mío, os
ofrezco la mitad de mis mesnadas. Bien lo sabéis. Conservadlas con vos, serán
vuestra salvación.
-Nada de eso haré -responde el
conde-. ¡Dios me confunda, si desmiento mi estirpe! Quedarán conmigo veinte mil
animosos franceses. Cruzad vos los puertos con toda tranquilidad. Haríais mal en
temer a nadie, estando vivo yo.
LXIV
El conde Roldán ha montado su
corcel. Hacia él se dirige su compañero, Oliveros. Llegan luego Garin y el
esforzado conde Gerer, y Otón y Berenguer, e igualmente Astor y el gallardo
Anseís. Y también se le acercan Gerardo de Rosellón, el viejo, y el opulento
duque Gaiferos.
-¡Por mi testa -exclama el
arzobispo- que he de acompañaros!
-¡Y yo iré con vos! -dice el
conde Gualterio-; soy leal a Roldán, y no he de faltarle.
Y todos ellos eligen los veinte
mil caballeros que habrán de acompañarlos.
LXV
El conde Roldán llama a
Gualterio de Ulmo y le dice:
-Tomad mil franceses, de
Francia, nuestra tierra, y ocupad las cumbres y los desfiladeros, para que el
emperador no pierda a uno solo de los hombres que lo acompañan.
-Así he de hacerlo, por vos
-responde Gualterio.
Con mil franceses de Francia,
que es su patria, Gualterio sale de las filas y alcanza los desfiladeros y las
alturas. Ninguno descenderá, para conocer las más penosas nuevas, antes de que
se hayan desenvainado innumerables espadas. Ese mismo día, entablaron una dura
batalla con el rey Almaris, del país de Balferna.
LXVI
Altos son los montes y
tenebrosas las quebradas, sombrías las rocas, siniestras las gargantas. Los
franceses las cruzan ese mismo día, con grandes fatigas. Desde quince leguas de
distancia, se oye el ruido de la marcha de las tropas. Cuando llegan a la Tierra de los Padres y
avistan Gascuña, dominio de su señor, hacen memoria de sus feudos, de las
jóvenes de su patria y de sus nobles esposas. Ni uno de ellos deja de verter
lágrimas de enternecimiento. Más aún que los otros, se siente pleno de angustia
Carlos: ha dejado en los puertos de España a su sobrino. Lo invade el pesar y
no puede contener el llanto.
LXVII
Han quedado en España los doce
pares; y con ellos veinte mil franceses que no conocen el miedo ni temen a la
muerte. El emperador retorna a Francia; esconde su angustia bajo su manto. A su
lado cabalga el duque Naimón, quien le dice:
-¿Qué puede causaros tan grande
cuita?
Responde Carlos:
-Quien me hace tal pregunta, me
ofende. Tan grande es mi dolor que no puedo ocultarlo. Ganelón habrá de
destruir a Francia. Esta noche un ángel me otorgó esta visión: Ganelón rompía
mi lanza entre mis manos, y he aquí que ha elegido a mi sobrino para mandar la
retaguardia. Lo he dejado en tierra extraña. ¡Dios!, si lo pierdo, nunca
hallaré quien pueda reemplazarlo.
LXVIII
Llora Carlomagno, no puede
contenerse.
Cien mil franceses se
entristecen por él y temen por Roldán, invadidos por extraña angustia. Ganelón,
el villano, lo ha traicionado: ha recibido del rey sarraceno grandes regalos,
oro y plata, ciclatones y paños de seda, mulos y corceles, y camellos y leones.
Marsil ha mandado por toda España a barones, condes, vizcondes, duques y
emires, almocadenes e hijos de caudillos. Reúne en tres días cuatrocientos mil
guerreros y por toda Zaragoza resuenan sus tambores. En la torre más alta se
coloca a Mahoma y todos los infieles lo adoran y le rezan. Luego, a marchas
forzadas, cabalgan todos a través de la Cerdaña ; cruzan los valles, pasan los montes: al
fin columbran los gonfalones de las gentes de Francia. La retaguardia de los
doce compañeros no dejará de aceptar la batalla.
LXIX
El sobrino de Marsil, tocando
con un palo el mulo que monta, se adelanta y le dice a su tío con semblante
risueño:
-Buen rey y señor mío, ¡os he
servido por espacio de largos años! ¡Y por todo salario, recibí penas y
quebrantos! ¡Peleé en tantas batallas y tantas gané! Dadme un feudo: la honra
de llevar contra Roldán el primer ataque. Perecerá por mi afilada pica. Si me
asiste Mahoma, habré de libertar todas las comarcas de España, desde los
puertos hasta Durestante. Desfallecerá Carlos, los franceses se rendirán y en
vuestra vida no volveréis a tener guerra.
El rey Marsil le entrega, pues,
el guante.
LXX
El sobrino de Marsil alza el
guante en el puño y se dirige a su tío con altivas palabras:
-Buen rey y señor mío: me habéis
hecho gran don. Elegidme ahora doce de vuestros barones, que con ellos habré de
combatir a los doce pares.
Falsarón, hermano del rey
Marsil, es el primero en responder:
-Sobrino, buen caballero,
iremos, pues, vos y yo y por cierto que daremos batalla a la retaguardia del
gran ejército de Carlos. ¡Está escrito: perecerán por nuestras manos!
LXXI
Por otro lado llega el rey
Corsablín. Es oriundo de Berbería y conocedor de las artes maléficas. Habla
como cumplido barón: ni por todo el oro de Dios consentiría en cometer una
villanía.
Se acerca también al galope
Malprimís de Brigantia: son tan ligeros sus pies que aventajaría a un corcel a
la carrera. Con voz sonora, grita ante Marsil:
-Estaré presente en
Roncesvalles. Si allí encuentro a Roldán, bien sabré derrotarlo.
LXXII
Un noble de Balaguer se halla
entre ellos. Su cuerpo se muestra lleno de gallardía y su rostro es abierto y
esforzado. Una vez montado en su corcel y cubierto con su armadura, tiene muy
buena estampa. Su valor le ha granjeado gran fama: ¡qué noble barón, si
cristiano fuera!
Ante Marsil, exclama:
-He de ir a Roncesvalles, a
jugar mi vida. Si encuentro a Roldán, bien muerto está, y muerto también
Oliveros y los doce pares, y muertos todos los franceses, para su gran duelo y
afrenta. Carlos el grande es ya un anciano y chochea; desfallecerá y abandonará
la guerra. España quedará en nuestro poder, libertada.
El rey Marsil le da rendidas
gracias.
LXXIII
Otro jefe se encuentra allí,
oriundo de Moriana: no hay otro más felón en toda España. Ante Marsil, hace
también su vanidoso discurso:
-A Roncesvalles habré de
conducir a mis mesnadas: son veinte mil hombres armados de escudos y lanzas. Si
encuentro a Roldán en mi camino, dadlo por muerto: lo juro por mi fe. Y todos
los días habrá de lamentarlo Carlos.
LXXIV
Por otro lado, se acerca Turgis
de Tortosa: tiene título de conde, y la ciudad le pertenece. Anhela que mala
muerte alcance a los franceses. Junto a los demás, se presenta ante el rey
Marsil y le dice:
-¡Nada temáis! Más vale Mahoma
que San Pedro de Roma: si vos lo servís, vuestro ha de quedar el honor del
campo. Iré a buscar a Roldán en Roncesvalles; nadie podrá valerle para evitar
la muerte. Ved cuan buena y larga es mi espada: quiero esgrimirla contra
Durandarte. ¿Cuál de las dos habrá de vencer? Pronto tendréis nuevas de ello. Perecerán
los franceses, si contra nosotros emprenden la lucha. Dolor y afrenta
alcanzarán a Carlos el Viejo. Nunca más llevará corona en esta tierra.
LXXV
Llega de otro lugar Escremis de
Valtierra. Es sarraceno y Valtierra es su feudo. Entre la multitud, su voz
clama ante Marsil:
-Para afrentar el orgullo, iré
yo a Roncesvalles. Si hallo a Roldán, habrá de perder allí mismo su cabeza, e
igual sucederá a Oliveros, el que manda entre los demás. La muerte ha marcado
ya a los doce pares. Perecerán todos los franceses y Francia quedará vacía. No
quedarán ya buenos vasallos para servir a Carlos.
LXXVI
Y he aquí que se aproximan por
otro costado dos sarracenos: Estorgán y su compañero Estramariz, ambos villanos
y traidores reconocidos. A ellos se dirige Marsil:
-¡Señores, avanzad! Iréis a
Roncesvalles, cruzando los desfiladeros, y ayudaréis a conducir mis mesnadas.
-Obedeceremos vuestro mandato
-responden-. Atacaremos a Roldán y a Oliveros; no tendrán los doce pares quien
les valga ante la muerte. Son buenas y tajantes nuestras espadas: rojas habrá
de tornarlas la cálida sangre. Perecerán los franceses y Carlos derramará su
llanto; os devolveremos la
Tierra de los Padres. Creedlo, señor; en verdad habréis de
verlo: os entregaremos al propio emperador.
LXXVII
Corriendo se acerca Margaris de
Sevilla. A él pertenece la tierra hasta Cazmarina. Su donosura le granjea el
favor de todas las damas; ni una sola deja de solazarse al verlo, ni de
sonreírle amablemente. No hay entre los infieles mejor caballero. Se acerca por
entre el gentío e interpela al rey, cubriendo su voz todas las demás:
-¡Nada temáis! A Roncesvalles
iré para matar a Roldán; no logrará salvar la vida, al igual que Oliveros.
Quedaron aquí los doce pares para recibir el martirio. He aquí la espada que me
envió el emir de Primes; es de oro su pomo. Os lo juro, habré de templarla en
sangre carmesí. Perecerán los franceses y Francia será ultrajada. Carlos el
Viejo, el de la barba florida, sufrirá por ello cada día pesar y cólera. Antes
de que transcurra un año, contaremos a Francia entre nuestro botín y podremos
conciliar el sueño en el burgo de San Dionisio.
El rey sarraceno se inclina ante
él profundamente.
LXXVIII
Por otro lado acude Chernublo de
Monegros. Su cabellera flotante arrastra por los suelos. Es para él juego de
niños, cuando está de humor para ello, llevar largamente la carga de cuatro
mulos enalbardados. Se dice que en su país el sol no luce nunca, no puede
crecer el trigo, no cae lluvia ni se forma rocío; todas las piedras son negras.
Algunos dicen que allí moran los diablos.
-He ceñido mi buena espada -dice
Chernublo-. He de teñirla de rojo en Roncesvalles. Si se cruza en mi camino el
valeroso Roldán sin que yo lo ataque, no creáis nunca más en mi palabra. Con mi
espada conquistaré a Durandarte. Perecerán los franceses, y Francia quedará
desierta.
Al escuchar tales razones,
reúnense los doce pares. Llevan con ellos a cien mil sarracenos que arden en
deseos de combatir y aprietan el paso. Y todos juntos se dirigen hacia un
bosquecillo de abetos para armarse.
LXXIX
Ármanse los infieles con sus
cotas sarracenas, casi todas con triple espesor de mallas, atan sus excelentes
yelmos de Zaragoza y ciñen sus espadas de acero vienés. Poseen ricos escudos,
picas valencianas y gonfalones blancos, azules y bermejos. Abandonando sus
mulos y palafrenes, han montado sus corceles y cabalgan en apretadas filas. El
día luce claro y brilla el sol: resplandecen todas las armaduras. Para realzar
tal belleza, resuenan mil clarines. Tal es el zafarrancho que llega a oídos de
los franceses. Y dice el conde Oliveros:
-Señor compañero, puede ser que
nos topemos con los sarracenos.
-¡Ah! ¡Así lo permita Dios!
-responde Roldán-. Aquí habremos de resistir, por nuestro rey. Es preciso
sufrir por él las mayores fatigas, soportar los grandes calores y los grandes
fríos, y perder la piel y aun el pelo. ¡Cuiden todos de asestar violentas
estocadas, para que no se cante de nosotros afrentosa canción! Mala es la causa
de los infieles y con los cristianos está el derecho. ¡Nunca contarán de mí
acción que no sea ejemplar!
LXXX
Oliveros ha subido a una colina.
Mira hacía su derecha, y ve avanzar las huestes de los infieles por un valle
cubierto de hierba. Llama al punto a Roldán, su compañero, y le dice:
-¡Tan crecido rumor oigo llegar
por el lado de España, veo brillar tantas cotas y tantos yelmos centellear!
Esas huestes habrán de poner en grave aprieto a nuestros franceses. Bien lo
sabía Ganelón, el bajo traidor que ante el emperador nos eligió.
-¡Callad, Oliveros -responde
Roldán-; es mi padrastro y no quiero que digáis ni una palabra más acerca de
él!
LXXXI
Oliveros ha trepado hasta una
altura. Sus ojos abarcan en todo el horizonte el reino de España y los
sarracenos que se han reunido en imponente multitud. Relucen los yelmos en cuyo
oro se engastan las piedras preciosas, y los escudos, y el acero de las cotas,
y también las picas y los gonfalones atados a las adargas. Ni siquiera puede
hacer la suma de los distintos cuerpos de ejército: son tan numerosos que
pierde la cuenta. En su fuero interno, se siente fuertemente conturbado. Tan
aprisa como lo permiten sus piernas, desciende la colina, se acerca a los
franceses y les relata todo lo que sabe.
LXXXII
-He visto a los infieles -dice
Oliveros-. Jamás hombre alguno contempló tan cuantiosa multitud sobre la
tierra. Son cien mil los que están ante nosotros con el escudo al brazo, atado
el yelmo y cubiertos con blanca armadura; relucen sus bruñidas adargas, con el
hierro enhiesto. Habréis de dar una batalla como jamás se ha visto. ¡Señores
franceses, que Dios os asista! ¡Resistid firmemente, para que no puedan
vencernos!
Los franceses exclaman:
-¡Malhaya quien huya! ¡Hasta la
muerte, ninguno de nosotros habrá de faltaros!
LXXXIII
Dice Oliveros:
-Muy crecido es el número de los
sarracenos y escaso me parece el de nuestros franceses. Roldán, mi compañero,
tocad vuestro olifante: Carlos lo escuchará y volverá el ejército.
-Locura fuera -responde Roldán-.
Perdería por ello mi renombre en Francia, la dulce. Muy pronto habré de asestar
recios golpes con Durandarte. Sangrará su hoja hasta el oro del pomo. Los viles
sarracenos vinieron a los puertos para labrar su infortunio. Os lo juro: a
todos les espera la muerte.
LXXXIV
-¡Roldán, mi compañero, tocad
vuestro olifante! Carlos habrá de oírlo y volverá con el ejército; podrá
socorrernos con todos sus barones.
-¡No permita Dios que por mi
culpa sean menoscabados mis parientes y que Francia, la dulce, arrostre el
desprecio! -replica Roldán-. ¡Más bien habré de dar recios golpes con
Durandarte, mi buena espada que llevo ceñida al costado! Veréis su hoja
cubierta de sangre. Los felones sarracenos se han reunido para desdicha suya.
Os lo juro: todos ellos están señalados para la muerte.
LXXXV
-¡Roldán, mi compañero, tocad
vuestro olifante! Carlos, que está cruzando los puertos, habrá de oírlo. Os lo
juro: volverán los franceses.
-¡No plegue a Dios que jamás
hombre vivo pueda decir que por causa de los infieles toqué mi olifante!
-responde Roldán-. Nunca escucharán mis deudos tal reproche. Cuando se entable
la feroz batalla, mil y setecientos golpes habré de asestar y veréis
ensangrentarse el acero de Durandarte. Los franceses son denodados y pelearán
valientemente; no escaparán a la muerte los de España.
LXXXVI
-¿Por qué habrían de
menoscabarnos? -insiste Oliveros-. He contemplado a los sarracenos de España:
son tantos que cubren montes y valles, colinas y llanuras. ¡Poderosos son los
ejércitos de esta turba extranjera y muy reducido el nuestro!
Y responde Roldán:
-¡Ello me enardece más! ¡No
plegué al Dios de los cielos ni a sus ángeles que por mi culpa pierda Francia
su valer! ¡Antes prefiero la muerte a soportar el escarnio! ¡Cuanto más recios
sean nuestros golpes, más habrá de querernos el emperador!
LXXXVII
Roldán es esforzado y Oliveros
juicioso. Ambos ostentan asombroso denuedo. Una vez armados y montados en sus
corceles, jamás esquivarían una batalla por temor a la muerte. Los dos condes
son valerosos y nobles sus palabras.
Los felones sarracenos cabalgan
furiosamente.
-Ved, Roldán, cuán numerosos son
-dice Oliveros-. ¡Muy cerca están ya de nosotros, pero Carlos se halla
demasiado lejos! No os habéis dignado tocar vuestro olifante. Si el rey
estuviera aquí, no nos amenazaría tal peligro. Mirad a vuestras espaldas, hacia
los puertos de España; podrán ver vuestros ojos un ejército digno de compasión:
quien se encuentre hoy a retaguardia, nunca más podrá volver a hacerlo.
-¡No pronunciéis tan locas
palabras! ¡Malhaya el corazón que se ablande en el pecho! En este lugar
resistiremos firmemente. Por nuestra cuenta correrán los lances y refriegas.
LXXXVIII
Cuando advierte Roldán que está
por entablarse la batalla, ostenta más coraje que un león o leopardo. Interpela
a los franceses y a Oliveros:
-Señor compañero, amigo:
¡contened semejante lenguaje! El emperador que nos dejó sus franceses ha
elegido a estos veinte mil: sabía que no hay ningún cobarde entre ellos. Es
menester soportar grandes fatigas por su señor, sufrir fuertes calores y crudos
fríos, y también perder la sangre y las carnes. Herid con vuestra lanza, que yo
habré de hacerlo con Durandarte, la buena espada que me dio el rey. Si vengo a
morir, podrá decir el que la conquiste: "Ésta fue la espada de un noble vasallo."
LXXXIX
Por otro lado, he aquí que se
acerca el arzobispo Turpín. Espolea a su caballo y sube por la pendiente de una
colina. Interpela a los franceses y les echa un sermón:
-Señores barones, Carlos nos ha
dejado aquí: Por nuestro rey debemos morir. ¡Prestad vuestro brazo a la
cristiandad! Vais a entablar la lucha; podéis tener esa seguridad pues con
vuestros propios ojos habéis visto a los infieles. Confesad vuestras culpas y
rogad que Dios os perdone; os daré mi absolución para salvar vuestras almas. Si
vinierais a morir, seréis santos mártires y los sitiales más altos del paraíso
serán para vosotros.
Bajan del caballo los franceses
y se prosternan en la tierra. El arzobispo les da su bendición en nombre de
Dios y como penitencia les ordena que hieran bien al enemigo.
XC
Se yerguen los franceses y se
ponen de pie. Están bien absueltos, libres de todas sus culpas y el arzobispo
los ha bendecido en nombre de Dios. Luego montan nuevamente en sus ligeros
corceles. Están armados como conviene a caballeros y todos ellos se muestran
bien aprestados para el combate.
El conde Roldán llama a
Oliveros:
-Señor compañero, bien
hablasteis al decir que Ganelón nos había traicionado. Recibió como salario
oro, riquezas y dineros. ¡Séale dado vengarnos al emperador! El rey Marsil nos
compró como quien compra en un mercado, ¡pero esa mercancía, sólo habrá de
obtenerla por el acero!
XCI
Pasa Roldán por los puertos de
España cabalgando a Briador, su rápido corcel. Se halla cubierto de su coraza
que realza su figura y blande denodadamente su lanza. Hacia los cielos endereza
la punta; un gonfalón todo blanco está atado al hierro y las franjas le azotan
las manos. Noble es su apostura, risueño y claro su rostro. Le sigue su
compañero, y los caballeros de Francia lo proclaman su baluarte. Su mirada se
dirige amenazadoramente hacia los sarracenos y luego humilde y mansa hacia los
franceses, a los que dice con gran cortesía estas palabras:
-Señores barones, ¡despacio,
cabalgad al paso! Estos infieles van en busca de su martirio. Antes de que
caiga la noche habremos ganado un botín tan bello como suntuoso: nunca rey de
Francia conquistó otro igual.
Y al tiempo que así hablaba,
topáronse los dos ejércitos.
XCII
Dice Oliveros:
-No me impulsa el ánimo a discursos.
No os dignasteis tocar vuestro olifante, y Carlos no está aquí para sosteneros.
Ni una palabra sabe de esto, el esforzado rey, y no es suya la culpa, como
tampoco merecen reproche alguno todos estos valientes. ¡Así pues, cabalgad con
todo vuestro denuedo contra esas huestes! Señores barones, ¡manteneos
firmemente en la contienda! En nombre de Dios os exhorto a bien herir. ¡Golpe
dado por golpe recibido! Y no olvidemos la divisa de Carlos.
Al oír tales palabras, los
francos claman el grito de guerra:
-¡Montjoie!
Quien así los hubiera escuchado
gritar, tendría memoria de un magnífico denuedo. Luego cabalgan, ¡Dios, cuán
fieramente!; para llegar antes, clavan las espuelas y comienzan a herir pues,
¿qué otra cosa les queda por hacer? Los sarracenos los reciben sin miedo. Y he
aquí que se trenzan en combate moros y franceses.
XCIII
El sobrino de Marsil, llamado
Aelrot, cabalga el primero ante el ejército y va diciendo a nuestros franceses
palabras afrentosas:
-Francos felones, hoy habréis de
combatir contra los nuestros. Aquel que os tenía bajo su custodia os traicionó.
¡Insensato el rey que os dejó en los desfiladeros! ¡Perderá su prestigio en
este día Francia, la dulce, y Carlomagno el brazo diestro de su cuerpo!
Cuando esto escucha Roldán,
¡Dios, lo invade gran cuita! Clava espuelas a su corcel, deja rienda suelta a
sus bríos y corre a herir a Aelrot con todas sus fuerzas. Le rompe el escudo y
le desgarra la cota, le abre el pecho, destrozándole los huesos y le quebranta
el espinazo. Le arranca el alma con su lanza y la tira afuera. Hunde
violentamente el hierro, estremeciendo al cuerpo; con el asta lo derriba muerto
del caballo y al caer se le parte la nuca en dos mitades. No por ello deja
Roldán de hablarle de esta guisa:
-No, hijo de siervo, no está
loco Carlos, y jamás amó la traición. Dejarnos en los desfiladeros fue en él
valentía. No habrá de perder en este día su prestigio Francia, la dulce.
¡Herid, franceses, fue nuestro el primer golpe! ¡Con nosotros está el derecho y
el error acompaña a estos felones!
XCIV
Un duque, llamado Falsarón, se
encuentra allí. Es hermano del rey Marsil y posee las tierras de Datan y de
Abirón. No existe peor truhán bajo los cielos. Es tan amplia su frente que
puede medirse medio pie entre sus dos ojos. Cuando ve muerto a su sobrino, lo
invade gran duelo. Sale de entre la multitud, retando al primero que encuentra,
clama el grito de guerra de los infieles y lanza a los franceses palabras
injuriosas:
-¡En este día, Francia, la
dulce, perderá su honor!
Oliveros lo oye y lo invade gran
irritación. Clava las doradas espuelas en su montura y corre a herirlo como
barón de buena ley. Le rompe el escudo, le desgarra la cota; le hunde en el
cuerpo las franjas de su gonfalón y con el asta de la lanza lo arranca de los
arzones y lo derriba muerto. Mira en el suelo al traidor que yace y le dice
entonces fieramente:
-No me cuido de tus bravatas,
hijo de siervo. ¡Atacad, franceses, que hoy habremos de vencer!
Y grita la divisa de Carlos:
-¡Montjoie!
XCV
Un rey, llamado Corsablín, se
encuentra allí. Es oriundo de Berbería, una lejana comarca.
-Bien podemos entablar esta
batalla -les grita a los demás sarracenos-: son muy pocos los franceses y
tenemos derecho a menoscabarlos. No será Carlos quien salve a uno solo. Ha
llegado para ellos el día de su muerte.
El arzobispo Turpín lo ha oído
muy bien. No existe bajo el firmamento otro hombre a quien más odie. Clava sus
espuelas de oro fino y lo acomete con violencia. Ya le ha roto el escudo,
destrozándole la cota, le ha hundido en el cuerpo su larga lanza. Con fuerza la
empuja, sacudiéndola en las carnes del infiel hasta hacerlo vacilar; luego, con
el asta, lo derriba muerto en el camino. Mirando hacia atrás, ve al felón caído
y no deja de decirle unas palabras:
-Infiel, hijo de siervo, ¡cuán
falsamente habéis hablado! Siempre podrá auxiliarnos mi señor Carlos; no está
el huir en el ánimo de nuestros franceses, y todos vuestros compañeros habrán
de quedar inmóviles por nuestra mano. Oíd esta nueva: preciso es que halléis
aquí la muerte. ¡Acometed, franceses! ¡No flaquee ninguno! ¡Es nuestro este
primer golpe, a Dios gracias!
Y grita Turpín para quedar dueño
del campo:
-¡Montjoie!
XCVI
Y Garín acomete a Malprimís de
Brigantia. El buen escudo del infiel de nada le vale. Garín le rompe la bloca
de cristal y la mitad cae a tierra. Le desgarra la cota hasta la carne y le
hunde su buena pica en el cuerpo. El sarraceno se desploma como una masa.
Satanás se lleva su alma.
XCVII
Su compañero Gerer ataca al emir.
Le destroza la coraza, le desmalla la cota y en las entrañas le hunde su buena
pica; apoya con fuerza, hasta que el hierro le atraviesa el cuerpo y con el
asta lo derriba muerto en el campo.
-¡Qué magnífica batalla! -dice
Oliveros.
XCVIII
El duque Sansón acomete al jefe
moro. Le rompe el escudo que ostenta adornos de oro y florones. De nada le
sirve su buena coraza. Le atraviesa el corazón, el hígado y el pulmón y lo
derriba muerto, ¡haya de llorarlo quien quiera!
-¡Este golpe es de un valiente!
-exclama el arzobispo.
XCIX
Y Anseís deja rienda suelta a su
corcel y corre a atacar a Turgis de Tortosa. Le quiebra el escudo bajo la
dorada bloca, desgarra de arriba abajo su doble cota y le hunde en el cuerpo el
hierro de su buena pica. Empuja con fuerza y sale la punta por la espalda del
adversario; con el asta lo derriba muerto sobre el campo.
-¡Ese golpe es de un valiente!
-dice Roldán.
C
Y Angkleros, el Gascón, de
Burdeos, espolea a su caballo, suelta las riendas y acomete a Escremis de Valtierra.
Le quiebra el escudo que lleva al cuello, descoyunta sus partes, le rompe el
ventalle de la armadura y lo hiere en el pecho, bajo la garganta; con el asta,
lo derriba muerto de su silla. Luego le dice:
-¡Heos perdido!
CI
Y Otón golpea a un infiel,
Estorgán, en el borde superior de su escudo, de tal suerte que le desgarra los
cuarteles de blanco y bermellón; le rompe las partes de su coraza, le hunde en
el cuerpo su afilada pica y lo derriba muerto sobre su rápido corcel. Luego le
dice:
-¡Buscad quien os valga!
CII
Y Berenguer hiere a Estramariz.
Le rompe el escudo, le desgarra la loriga, a través del cuerpo le hunde su
poderosa pica; entre mil sarracenos lo derriba muerto. De los doce pares, diez.
hallaron la muerte; ya sólo quedan vivos dos: Chernublo y el conde Margaris.
CIII
Margaris es un cumplido
caballero, de gran donosura y firmeza, ágil y ligero. Espoleando a su caballo
corre a herir a Oliveros. Le rompe su escudo bajo la bloca de oro puro. A lo
largo de sus costados endereza su pica, mas Dios guarda a Oliveros: su cuerpo
no ha sido tocado. El asta se quiebra, mas él no fue derribado. Margaris pasa a
su lado sin que nadie le estorbe; hace sonar su trompa para reunir a los suyos.
CIV
El combate es magnífico, la
lucha se torna general. El conde Roldán no preserva su persona. Hiere con su
pica mientras le dura el asta; después de quince golpes la ha roto,
destrozándola completamente. Entonces desnuda a Durandarte, su buena espada.
Espolea a su caballo y acomete a Chernublo. Le parte el yelmo en el que
centellean los carbunclos, le desgarra la cofia junto con el cuero cabelludo,
le hiende el rostro entre los dos ojos y la cota blanca de menudas mallas, y el
tronco hasta la horcajadura. A través de la silla, con incrustaciones de oro,
la espada se hunde en el caballo. Le parte el espinazo sin buscar la juntura y
lo derriba muerto con su jinete sobre la abundante hierba del prado. Luego le
dice:
-¡Hijo de siervo! ¡En mala hora
os pusisteis en camino! No será Mahoma quien os preste su ayuda. ¡Un truhán
como vos no habría de ganar una batalla!
CV
El conde Roldán cabalga por todo
el campo. Enarbola a Durandarte, afilada y tajante. Gran matanza provoca entre
los sarracenos. ¡Si lo hubierais visto arrojar muerto sobre muerto y derramar
en charcos la clara sangre! Cubiertos de ella están sus dos brazos y su cota, y
su buen corcel tiene rojos el pescuezo y el lomo. No le va en zaga Oliveros, ni
los doce pares, ni los francos que hieren con redoblado ardor.
Mueren los infieles, algunos
desfallecen. Y el arzobispo exclama:
-¡Benditos sean nuestros
barones! ¡Montjoie! Es el grito de guerra de Carlomagno.
CVI
Oliveros cabalga a través del
caos reinante en el campo. El asta de su lanza se ha quebrado y sólo le queda
un pedazo. Va a herir a un infiel, Malón. Le rompe el escudo, guarnecido de oro
y de florones, fuera de la cabeza le hace saltar los dos ojos y se le derraman
los sesos hasta los pies. Y entre los innumerables cadáveres lo derriba muerto.
Después mata a Turgis y Esturgoz. Pero el asta se le ha roto y la madera se
astilla hasta sus puños.
-Compañero, ¿qué hacéis? -le
dice Roldán-. En una batalla como ésta, de poco me serviría un palo. Sólo valen
aquí el hierro y el acero. ¿Dónde está, pues, vuestra espada, cuyo nombre es
Altaclara? Tiene guarnición de oro y su pomo es de cristal.
-No he podido aún desenvainarla
-respóndele Oliveros-, ¡tan ocupado me hallaba!
CVII
Mi señor Oliveros desnuda su
buena espada, a instancias de su compañero Roldán y como noble caballero, le muestra
el uso que de ella hace. Hiere a un infiel, Justino de Valherrado. En dos
mitades le divide la cabeza, hendiendo el cuerpo y la acerada cota, la rica
montura de oro en la que se engastan las piedras preciosas y aun el cuerpo del
caballo, al que parte el espinazo. Jinete y corcel caen sin vida en el prado
ante él. Y exclama Roldán:
-¡Ahora os reconozco, hermano!
¡Por golpes como ése nos quiere el emperador!
Por todas partes estalla el
mismo grito:
CVIII
El conde Garín monta el caballo
Sorel, y el de su compañero Gerer tiene por nombre Paso-de-Ciervo. Ambos
sueltan las riendas, espolean a sus corceles y van a herir a un infiel,
Timocel, el uno sobre el escudo y el otro sobre la coraza. Las dos picas se
rompen en el cuerpo. Lo derriban muerto en un campo. ¿Cuál de los dos llegó
antes? Nunca lo oí decir, y no lo sé.
El arzobispo Turpín ha matado a
Siglorel, el hechicero que había estado ya en los infiernos: merced a un
sortilegio de Júpiter logro tal empresa.
-¡He aquí a uno que merecía
morir por nuestra mano! -dice Turpín.
Y responde Roldán:
-¡Vencido está, el hijo de
siervo! ¡Oliveros, hermano mío, tales lances me son gratos!
CIX
La batalla se ha tornado
encarnizada. Francos y sarracenos cambian golpes que es maravilla verlos. El
uno ataca y el otro se defiende. ¡Tantas astas se han roto, ensangrentadas!
¡Tantos gonfalones yacen desgarrados y tantas enseñas! ¡Son tantos los buenos
franceses que han perdido sus jóvenes vidas! Jamás volverán a ver a sus madres
ni a sus esposas, ni a las huestes de Francia que los aguardan en los
desfiladeros. Llorará por ello, y gemirá Carlomagno; mas ¿de qué le valdrán sus
lamentaciones? Nadie podrá socorrerlos. Mala faena le hizo Ganelón, el día en
que se fue a Zaragoza para vender a sus fieles. Por haber llevado a cabo tal
acción, perdió los miembros de su cuerpo y aun la vida en Aquisgrán, donde fue
juzgado y condenado a la horca, pereciendo con él treinta de sus parientes que
no se esperaban esta muerte.
CX
La batalla es prodigiosa y dura.
Roldán hiere sin descanso, y con él Oliveros. El arzobispo dio ya más de mil
golpes y no le van en zaga los doce pares, ni los franceses que juntos atacan.
Por centenas y miles mueren los paganos. Quien no se da a la fuga, no hallará
luego escapatoria: quiéralo o no, dejará allí su vida. Los francos van
perdiendo su mejores puntales. No volverán a ver a sus padres y parientes, ni a
Carlomagno que los espera en los desfiladeros. En Francia se levanta una
extraña tormenta, una tempestad cargada de truenos y de viento, de lluvia y
granizo, desmesuradamente. Caen los rayos uno tras otro, en rápida sucesión, y
se estremece la tierra. Desde San Miguel del Peligro hasta los Santos, desde
Besanzón hasta el puerto de Wissant, no hay una casa que no tenga las paredes
resquebrajadas. Espesas tinieblas sobrevienen en pleno mediodía; ninguna
claridad, salvo cuando se raja el cielo. A todo el que lo ve, invade el
espanto. Algunos dicen:
-¡Esto es la consumación de los
tiempos, ha llegado el fin del mundo!
Pero ellos nada saben, no son
ciertas sus palabras: es un inmenso duelo por la muerte de Roldán.
CXI
Los franceses han combatido con
entereza, firmemente. Han perecido multitudes de infieles, por millares. Apenas
lograron salvarse dos sobre los cien mil que se habían juntado. Y dice el
arzobispo:
-¡Valerosos son nuestros
guerreros! Nadie los tuvo mejores bajo el firmamento. Está escrito en los
Anales de Francia que nuestro emperador tiene buenos vasallos.
Recorren el campo, en busca de
los suyos; lloran su duelo y su compasión por sus parientes, de todo corazón,
con todo afecto. Contra ellos se adelanta, entre tanto, el numeroso ejército
del rey Marsil.
CXII
Viene Marsil a lo largo de un
valle, con el poderoso ejército que ha juntado. Puede contar con veinte cuerpos
de tropa que ha formado en batalla. Centellean los yelmos de oro, incrustados
de pedrería, y también los escudos, y las lorigas recamadas. Siete mil clarines
pregonan la carga, resuena el clamor por toda la región. Dice Roldán:
-Oliveros, mi compañero y hermano,
Ganelón, el villano, ha jurado nuestra muerte. No ha de quedar oculta su
traición; tomará el emperador ejemplar venganza. Vamos a entablar una batalla
áspera y violenta; jamás habrá visto hombre alguno encuentro semejante.
Blandiré a Durandarte, mi espada, y vos, compañero, heriréis con Altaclara.
¡Por cuántas tierras las hemos llevado! ¡Cuántas batallas nos fueron por ellas
favorables! ¡No habrán de cantarlas en afrentosa canción!
CXIII
Contempla Marsil el martirio de
los suyos. Hace sonar sus cuernos y sus trompas, luego cabalga con la flor de
su poderoso ejército. Entre los primeros galopa un sarraceno. Abismo: no hay
otro más felón en la turba. Está lleno de vicios y de crímenes, y no cree en
Dios, el hijo de Santa María. Es tan negro como la pez derretida, y más que
todo el oro de Galicia lo tientan la traición y la matanza. Nunca lo vio alguno
jugar ni reír. Pero es valeroso y temerario y por ello es grato al felón rey
Marsil. Enarbola un dragón, en torno al cual se reúnen las huestes sarracenas.
Mal había de quererlo el arzobispo, y desde el instante en que lo ve, sólo
tiene el deseo de matarlo.
-Gran herejía ostenta ese pagano
-dícese por lo bajo-. Mucho mejor será que corra a matarlo: jamás gusté de
cobardía ni cobarde.
CXIV
El arzobispo comienza la
batalla. Monta el caballo que tomó a Gresalle, un rey al que había matado en
Dinamarca. El corcel es de los buenos, muy rápido; tiene ligeros los cascos,
las piernas delgadas, el muslo corto y ancha la grupa; sus flancos son largos y
alto su espinazo. Su cola es blanca, amarillas sus crines, las orejas son
pequeñas y tiene la cabeza leonada. Ningún otro corcel puede igualarlo a la
carrera. ¡Con qué denuedo lo espolea el arzobispo! Acomete a Abismo, nadie
podrá impedírselo. Corre a golpearle sobre su escudo mágico, en el que se
engastan piedras preciosas, amatistas y topacios, y centellean los carbunclos:
un demonio lo había donado al emir Califa, en el Val Metas, y éste lo ha
obsequiado a Abismo. Hiere Turpín, sin miramientos; después de su acometida, no
creo que el escudo valga ya un mal dinero. Atraviesa al sarraceno de parte a
parte y lo derriba muerto sobre la tierra desnuda. Y dicen los franceses:
-¡Admirable denuedo! ¡Nadie
habrá de escarnecer la cruz mientras la tenga en sus manos el arzobispo!
CXV
Observan los franceses la
numerosa hueste de los infieles: por todo el campo van apareciendo más
soldados. Ocurre que llamen a Oliveros y a Roldán, y a los doce pares, para que
les presten su ayuda. Entonces les dice su parecer el arzobispo:
-Señores barones: no penséis
mal. Por Dios os suplico que no os deis a la fuga, para que ningún valiente
pueda cantar de vosotros afrentosa canción. Mejor nos vale morir combatiendo.
Pronto, según nos parece prometido, llegará nuestro fin, no viviremos más allá
de este día; pero una cosa os puedo asegurar: abiertas de par en par están para
vosotros las puertas del santo Paraíso; allí os sentaréis junto a los
Inocentes.
Al oír tales palabras, siéntense
los francos tan confortados, que ni uno solo deja de gritar:
-¡Montjoie!
CXVI
Hay allí un moro, de Zaragoza
(la mitad de la villa le pertenece); su nombre es Climorín, y no es hombre de
ley. Él es quien recibió el juramento del conde Ganelón, y luego de besarlo en
la boca en señal de amistad, le hizo don de su yelmo y de su carbunclo. Él
afrentará a la Tierra
de los Padres, dice, y al emperador arrebatará su corona. Monta en su corcel
Barbamosca, que es más ligero que el gavilán o la golondrina. Lo espolea con
fuerza, le suelta las riendas y acomete a Angeleros de Gascuña. Ni el escudo ni
la coraza le son de alguna garantía. El infiel le hunde en el cuerpo la punta
de su lanza; apoya con fuerza, el hierro lo traspasa de parte a parte; con el
asta lo derriba de espaldas en el campo, gritando:
-¡Estos engendros están hechos
para ser destruidos! ¡Herid, sarracenos, para romper las filas
Los franceses exclaman:
-¡Dios! ¡Qué valiente perdemos!
CXVII
El conde Roldán llama a Oliveros
y le dice:
-Señor compañero, ha muerto
Angeleros; no teníamos caballero más valiente.
-¡Dios me conceda vengarlo!
-responde el conde.
Clava en su corcel las espuelas
de oro puro. Blande Altaclara, cuyo acero chorrea sangre; con todas sus fuerzas
acomete al infiel. Sacude la hoja en la herida y se desploma el sarraceno; los
demonios se llevan su alma. Luego mata al duque Alfayén, corta la cabeza a
Escababi y desarzona a siete moros; nunca más volverán éstos a prestar su brazo
en la batalla. Roldán exclama:
-¡Gran enojo invade a mi
compañero! Bien vale su precio junto a mí. Por tales lances más nos quiere
Carlos.
Y con sonora voz, añade:
-¡Al ataque, caballeros!
CXVIII
Por otro lado se acerca un
infiel, Valdabrón, quien fue armado caballero por el rey Marsil. Es dueño en el
mar de cuatrocientos bajeles, y no hay un marinero que no invoque su nombre.
Por traición conquistó Jerusalén y violó el templo de Salomón, matando delante
de las fuentes al patriarca. Él fue quien, luego de recibir el juramento del
conde Ganelón, le hizo entrega de su espada y de mil monedas. Tiene por montura
al caballo llamado Gramimundo, más veloz que el halcón. Clava en él sus agudas
espuelas y embiste a Sansón, el opulento duque. Le parte el escudo, le rompe la
cota y le hunde en la carne las franjas de su oriflama. Con el asta lo arranca
de la silla y lo derriba muerto, gritando:
-¡Matad, sarracenos, que será
fácil la victoria!
Y dicen los franceses:
-¡Dios! ¡Qué duelo por este
barón!
CXIX
Sabed que cuando el conde Roldán
ve muerto a Sansón, se siente invadido por hondo pesar. Espolea su corcel y
persigue al infiel con todos sus bríos. Enarbola a Durandarte, más valiosa que
el oro puro. Ya lo embiste, el denodado, y golpea con todas sus fuerzas el
yelmo incrustado de piedras preciosas. Le parte la cabeza, la loriga y el tronco,
y la silla guarnecida y aun el lomo del caballo hiende profundamente. Luego,
¡alábelo quien quiera, o hágale reproche!, a los dos mata.
-¡Cruel es para nosotros este
lance! -dicen los infieles.
Y Roldán responde:
-No han de serme gratos los
vuestros. ¡Con vosotros va el orgullo y la sinrazón!
CXX
Hay allí un africano, oriundo de
África: Malquidán es su nombre, hijo del rey Malquid. Llevan sus armas
incrustaciones de oro y relampaguean al sol, por sobre todas las demás. El
caballo que monta se llama Saltoperdido; no hay otro que pueda igualarlo a la
carrera. Acomete a Anseís y le asesta un mandoble sobre el escudo, partiéndole
los cuarteles de bermellón y de azur. Le desgarra los paños de su cota y le
hunde en el cuerpo su pica, hierro y madera. Muerto está el conde, terminó su
tiempo.
-Lástima de vos, barón -exclaman
los franceses.
CXXI
Va por el campo Turpín, el
arzobispo. Jamás cantó misa tonsurado alguno que llevara a cabo tales hazañas
por su mano. Dícele al infiel:
-¡Así te envíe Dios todos los
males! Has matado a uno caro a mi corazón.
Azuza a su buen corcel y asesta
sobre el escudo toledano del sarraceno golpe tal que lo derriba muerto sobre la
hierba verde.
CXXII
Anda por otra parte un infiel,
Grandonio, hijo de Capuel, rey de Capadocia. Cabalga en un corcel llamado
Marmorio, más rápido que el vuelo de las aves. Le suelta las riendas, clava las
espuelas y corre a herir a Garín con todo su ánimo. Le parte su escudo bermejo,
desprendiéndoselo del cuello. Después le abre la cota, le hunde en la carne su
oriflama azul y lo derriba muerto sobre una alta roca. De tal guisa mata
también a Gerer, a Berenguer y a Guido de San Antonio, corriendo a herir
después al opulento duque Austori, quien tenía su feudo en Valeria y Envers,
sobre el Ródano, y que halla la muerte por su mano. Regocíjanse los infieles,
al tiempo que murmuran los franceses:
-¡Qué infortunio para los
nuestros!
CXXIII
El conde Roldán enarbola su
espada, tinta en sangre. Bien ha llegado a sus oídos que los francos pierden
ánimo y tan grande es su pesar que parécele que se le desgarra el corazón. Le
dice al infiel:
-¡Así te envíe Dios todos los
males! ¡Mataste a uno que habrá de costarte muy caro!
Espolea su corcel: ¿quién
vencerá? He aquí que han trenzado ya combate.
CXXIV
Era Grandonio valiente y
denodado, temible y atrevido en la batalla. Se ha cruzado Roldán en su camino.
Jamás lo ha visto: no obstante lo reconoce al punto por su altivo rostro, su
porte gallardo, su mirada y su actitud; siente temor, no puede defenderse.
Intenta huir, pero en vano. El conde le asesta tan prodigioso golpe que le raja
todo el yelmo hasta el nasal, le parte la nariz, la boca y los dientes, el
tronco todo y la cota de fuertes mallas, y la montura dorada, desde la perilla
hasta el borde de plata, y aun el lomo del caballo hiere profundamente. Nada
puede impedirlo: a los dos ha dado muerte y se lamentan por ello todos los de
España.
-¡Bien pelea nuestro protector!
-dicen los francos.
CXXV
La batalla se torna prodigiosa y
precipitada. Los franceses combaten con vigor y coraje. Cortan puños, costados,
espaldas, desgarran las ropas hasta la carne viva y chorrea la sangre en claros
hilos sobre la hierba verde. ¡Tierra de los Padres, Mahoma te maldiga! ¡Entre
todos los pueblos es más audaz el tuyo! Y no hay un sarraceno que no grite:
-¡Rey Marsil, a caballo!
¡Necesitamos tu ayuda!
CXXVI
Maravillosa y grande es la
batalla. Hieren los francos con sus bruñidas picas. ¡Hubieseis visto tanto
dolor, tantos hombres muertos, heridos, ensangrentados! Yacen los unos sobre
los otros, vuelta la faz hacia el cielo o contra la tierra. No pueden resistir
tal quebranto los sarracenos: quiéranlo o no, abandonan el campo. Y los francos
los persiguen con todos sus bríos.
CXXVII
El conde Roldán llama a Oliveros
y le dice:
-Señor compañero, confesadlo: el
arzobispo es muy cumplido caballero; no lo hay mejor bajo el firmamento; bien
hiere con la lanza y con la pica.
-¡Prestémosle, pues, nuestro
brazo! -responde Oliveros.
A tales palabras han reanudado
el combate los francos. Los golpes son recios, violento el combate. Grande es
el desamparo de los cristianos. ¡Cuán bello habría sido ver a Roldán y a
Oliveros asestar tajantes mandobles con sus espadas! El arzobispo lidia con su
pica. Pueden calcularse en cuatro mil los que hallaron la muerte por ellos,
pues cuenta la Gesta
que está escrito su número en las cartas y los breves. Resistieron firmemente
los cuatro primeros asaltos, pero el quinto les infligió gran quebranto. Muchos
caballeros franceses perecieron; sólo quedan sesenta que Dios ha guardado.
Antes de morir, habrán de venderse muy caro.
CXXVIII
Contempla el conde Roldán la
gran mortandad de los suyos y llama a Oliveros, su amigo:
-¡Buen señor, querido compañero,
por Dios!, ¿qué os parece? ¡Ved cuántos bravos yacen por tierra! ¡Buen motivo
tenemos para apiadarnos de Francia, la dulce y bella! ¡Cuan desierta quedará,
vacía de tales barones! Ah, rey amigo, ¿por qué no estáis aquí? ¿Qué podríamos
hacer, hermano Oliveros? ¿Cómo darle noticias de nosotros?
Responde Oliveros:
-¿Cómo? No lo sé. Ello podría
dar lugar a que se nos afrentase, ¡y antes prefiero morir!
CXXIX
Roldán dice:
-Tocaré el olifante. Llegará a
oídos de Carlos, que está pasando los puertos. Os lo juro, retornarán los
francos.
Responde Oliveros:
-¡Fuera para todos vuestros
parientes gran deshonor y oprobio y pesará sobre ellos esta afrenta durante
toda la vida! Cuando yo os lo aconsejé, nada hicisteis. Hacedlo ahora, mas no
será por indicación mía. ¡No fuera propio de un valiente tocar el cuerno! ¡Ya
vuestros dos brazos tenéis cubiertos de sangre!
-¡Buenos golpes he dado! -dice
el conde.
CXXX
-¡Dura es nuestra batalla! -dice
Roldán-. Tocaré mi cuerno y el rey Carlos lo escuchará.
-¡No sería propio de un valiente!
-dice Oliveros-. Cuando yo os lo aconsejé, compañero, no os dignasteis
escucharme. Si el rey hubiese estado aquí no sufriéramos quebranto alguno. Los
que ahora yacen no merecen reproche. Por mis barbas, que si me es dado retornar
junto a Alda, mi gentil hermana, ¡jamás habréis de reposar en sus brazos!
CXXXI
-¿Por qué contra mí volvéis
vuestra cólera? -dice Roldán.
Y responde Oliveros.
-Compañero, vuestra es la culpa,
pues valor sensato y locura son dos cosas distintas, y más vale mesura que
soberbia. Si tantos franceses murieron, fue por vuestra ligereza. Nunca más
volveremos a servir a Carlos. Si me hubierais escuchado, habría retornado mi
señor; la batalla estaría ganada y muerto o prisionero el rey Marsil. En mala
hora, Roldán, contemplamos vuestro denuedo. Carlos el Grande, que no tendrá su
par hasta el juicio final, no volverá a recibir nuestra ayuda. Vais a morir y
Francia será por ello afrentada. Hoy toca a su fin nuestro leal compañerismo:
antes de esta noche habremos de separarnos, y nos será muy duro.
CXXXII
Óyelos disputar el arzobispo, y
clavando en su corcel las espuelas de oro puro, va hacia ellos y les hace
reproche:
-¡Señor Roldán, y vos, señor
Oliveros, por Dios os ruego que pongáis fin a esta querella! Tocar el cuerno no
podría ya salvarnos, mas tocadlo de todos modos, será mucho mejor. Vendrá el
rey y podrá vengarnos: no habrán de retornar alegres los de España. Nuestros
franceses echarán aquí pie a tierra y nos encontrarán muertos y mutilados; nos
pondrán en ataúdes, nos cargarán en acémilas y nos llorarán, llenos de dolor y
piedad. Nos darán sepultura en atrios de iglesias y no seremos pasto de los
lobos, los cerdos y los perros.
-¡Bien hablasteis, señor!
-responde Roldán.
CXXXIII
Roldán lleva el olifante a sus
labios. Lo emboca bien y sopla con todas sus fuerzas. Los montes son altos y
larga la voz del cuerno; a treinta leguas se escucha prolongarse su sonido.
Carlos lo oye, y como él todos sus guerreros. Exclama el rey:
-¡Han trenzado combate los
nuestros!
Y Ganelón responde, llevándole
la contraria:
-Si otro fuera quien tal dijese,
ciertamente se le tacharía de gran embustero.
CXXXIV
El conde Roldán, con esfuerzo y
grandes espasmos, toca dolorosamente su olifante. Por su boca brota la sangre
clara, y se ha roto su sien. El sonido del cuerno se difunde a lo lejos.
Carlos, que cruza los puertos, lo ha oído. El duque Naimón escucha y como él
todos los francos. Y exclama el rey:
-¡Es el olifante de Roldán! ¡No
lo tocaría si no estuviese en trance de batalla!
-¡No hay tal batalla! -responde
Ganelón-. Sois ya viejo, vuestras sienes están blancas y floridas; por vuestras
palabras parecéis un niño. Bien conocéis el gran orgullo de Roldán: es
maravilla que lo haya tolerado Dios tanto tiempo. ¿No ha llegado, pues, a
conquistar Noples sin esperar vuestras órdenes? Los sarracenos hicieron una
salida y presentaron batalla a Roldán, el buen vasallo. Para borrar las huellas
del encuentro, éste mandó inundar los prados cubiertos de sangre. Por una sola
liebre se pasa el día tocando el olifante. Hoy será algún juego que lleva a
cabo entre sus pares. ¿Quién bajo el firmamento se atrevería a ofrecerle
batalla? Cabalguemos, pues. ¿Por qué detenernos? Lejos, frente a nosotros, está
aún la Tierra
de los Padres.
CXXXV
El conde Roldán tiene la boca
ensangrentada. Se le ha roto la sien. Toca su olifante dolorosamente, con
angustia. Carlos lo oye, y como él todos los franceses. Y dice el rey:
-¡Largo aliento tiene este
olifante!
-¡Es que un valiente se emplea
en ello! -responde el duque Naimón-. Estoy seguro de que ha trenzado batalla.
El mismo que lo traicionó intenta ahora que faltéis a vuestro deber. Tomad las
armas, clamad vuestro grito de guerra y corred en auxilio de vuestra buena
mesnada. Harto lo oís: es Roldán que pierde esperanzas.
CXXXVI
El emperador manda tocar sus
olifantes. Los franceses echan pie a tierra y se arman con sus cotas, sus
yelmos y sus espadas recamadas de oro. Tienen escudos bien labrados, largas y
fuertes picas y gonfalones blancos, rojos y azules. Todos los barones del
ejército cabalgan en sus corceles y clavan espuelas durante el paso de los
desfiladeros. Y van diciéndose los unos a los otros:
-Si cuando veamos a Roldán está
aún con vida, ¡qué recios golpes daremos con él!
Mas, ¿de qué sirven las
palabras? Llegarán demasiado tarde.
CXXXVII
Avanza el día, resplandece la
tarde. Las armaduras centellean bajo el sol. Fulguran las cotas y los yelmos, y
los escudos que llevan flores pintadas, y las picas y los dorados gonfalones.
El emperador cabalga invadido de cólera, y los franceses pesarosos e iracundos.
Todos vierten doloroso llanto, todos sienten gran angustia por Roldán. El rey
ha mandado prender al conde Ganelón y lo ha entregado a los cocineros de su
corte. Llama a Besgón, el jefe de éstos y le dice:
-Guárdame bien a este felón: ha
traicionado a mis mesnadas.
Recíbelo Besgón bajo su
vigilancia y lo hace custodiar por cien pinches de su cocina; los hay de los
mejores y también de los peores. Le arrancan los pelos de la barba y de los
mostachos, cuatro veces cada uno lo golpean con el puño, lo apalean con varas y
bastones y le ponen alrededor del cuello una cadena, como a un oso. Luego lo
cargan con gran menoscabo sobre un mulo, guardándolo de esta suerte hasta el
día en que habrán de devolverlo a Carlos.
CXXXVIII
Altas y tenebrosas son las
cumbres, los valles profundos y violentas las aguas. Resuenan los clarines por
todas partes y responden juntos al olifante. El emperador cabalga irritado y
los franceses pesarosos e iracundos. Ni uno solo deja de llorar y lamentarse.
Ruegan a Dios que preserve a Roldán hasta que lleguen al campo de batalla todos
juntos: entonces, con él, combatirán. Mas, ¿de qué sirven las súplicas? En nada
habrán de valerles: han tardado demasiado, no podrán llegar a tiempo.
CXXXIX
Cabalga el rey Carlos lleno de
enojo. Su barba blanca se esparce sobre su loriga. Todos los barones de Francia
clavan con fuerza las espuelas. Ni uno hay que no se lamente por no estar junto
a Roldán, el capitán, cuando enfrenta a los sarracenos de España. Tal es su
quebranto que no creen que sobreviva. ¡Dios! ¡Que barones son los sesenta que
aún lo acompañan! Jamás los tuvo mejores ningún rey o capitán.
CXL
Mira Roldán hacia los montes y
las colinas. Contemplan sus ojos a tantos de los de Francia que yacen muertos,
y los llora como cumplido caballero:
-¡Señores barones, así Dios os
tenga en su gracia! ¡Que otorgue a todas vuestras almas el paraíso! ¡Que las
reciba entre las santas flores! Jamás vi vasallos mejores que vosotros. ¡Cuán
largamente me habéis servido, luchando sin descanso, conquistando para Carlos
extensos países! Para su mal os ha mantenido el emperador. ¡Tierra de Francia,
eres un dulce país, mas el peor azote te ha desolado en este día! Barones
franceses, os veo morir por mí, y no me es dado defenderos ni salvaros: ¡así os
ayude Dios, quien jamás dijo mentira! Hermano Oliveros, no os habré de faltar.
Me matará el dolor, si no muero por otra causa. ¡Señor compañero, volvamos al
combate!
CXLI
El conde Roldán ha retornado a
la batalla. Enarbola a Durandarte y lucha como valiente. Ha descuartizado a
Faldrón de Puy y a otros veinticuatro enemigos, de entre los más nobles. Jamás
hombre alguno deseará con tanto ahínco tomar venganza. Así como el ciervo corre
ante los perros, así huyen de Roldán los infieles. Y dice el arzobispo:
-¡He aquí algo bueno! Así debe
mostrarse un caballero, portador de buenas armas y jinete en buen caballo:
fuerte y altivo en la batalla, o de otro modo no vale cuatro ochavos. ¡Mejor fuera
que se metiera a monje en un monasterio para rogar todos los días por nuestros
pecados!
Y responde Roldán:
-¡Herid, no les hagáis merced!
A tales palabras reanudan el
combate los franceses. Mas los cristianos sufrieron grandes pérdidas.
CXLII
Al saber que en tal batalla no
habrán de hacerse prisioneros, todos se defienden con fiereza. Por ello los
franceses se tornan más audaces que leones. He aquí que hacia ellos viene, como
verdadero barón, el rey Marsil. Cabalga en un corcel al que llama Gañún. Clava
fuertemente las espuelas y corre a herir a Bevón, señor de las tierras de Dijón
y de Beaune. Le rompe el escudo, le desgarra la cota y sin que sea menester dar
otro golpe, lo derriba muerto. Luego mata a Ivon y a Ivores; y con ellos a
Gerardo de Rosellón. El conde Roldán no anda lejos, y le dice al infiel:
-¡Dios te maldiga! ¡Tan
injustamente has dado muerte a mis compañeros! Antes de que nos separemos
habrás de pagarlo, y conocerás el nombre de mi espada.
Como cumplido barón lo acomete y
le corta la muñeca derecha. Luego le rebana la cabeza a Jurfaret el Blondo,
hijo de Marsil.
Los infieles claman:
-¡Ayúdanos, Mahoma! ¡Dioses
nuestros, vengadnos de Carlos! A esta tierra ha traído tales felones que así
deban morir, no abandonarán el campo.
Y dícense los unos a los otros-:
-¡Huyamos, pues!
Y vanse cien mil: llámelos quien
quiera, no retornarán.
CXLIII
Mas, ¿de qué sirve su
desbandada? Si ha huido Marsil, ha quedado su tío Marganice, que es dueño de
Cartago, Alfrere, Garmalia y Etiopía, una tierra maldita: su señorío abarca la
raza de los negros. Tienen éstos grande la nariz y amplias las orejas, y se
encuentran allí juntos más de cincuenta mil. Dejan la rienda suelta a sus
corceles y arremeten con furia y audacia, al tiempo que claman el grito de
guerra de los infieles.
Y dice entonces Roldán:
-Recibiremos aquí nuestro
martirio, y bien veo ahora que nos queda poco tiempo de vida. ¡Mas caiga la
deshonra sobre el que no se haya vendido a alto precio! ¡Herid, señores, con
vuestros bruñidos aceros y disputad vuestros muertos y vuestras vidas para que
Francia, la dulce, no sea menoscabada por nuestra causa! Cuando llegue a este
campo Carlomagno, mi señor, y vea qué cuenta dimos de los sarracenos, y
encuentre quince infieles muertos por cada uno de nosotros, por cierto que no
dejará de bendecirnos.
CXLIV
Al ver Roldán a la turba
maldita, más negra que la tinta y que sólo los dientes tiene blancos, dice:
-En verdad, ahora lo sé: hoy
será el día de nuestra muerte. ¡Atacad, franceses, que yo vuelvo al combate!
Y añade Oliveros:
-¡Maldito sea el más lerdo!
A tales voces, arremeten los
francos contra la multitud.
CXLV
Cuando los infieles ven que los
franceses son pocos, se enorgullecen y se alientan los unos a los otros,
diciéndose:
-¡Es que va la injusticia con el
emperador!
Marganice monta su caballo
alazano. Le clava fuertemente las espuelas doradas y hiere a Oliveros por
detrás, en plena espalda. Desgarrando la brillante loriga, la pica se ha
hundido en el cuerpo y luego de atravesar el pecho aparece por delante. Y dice
Marganice:
-¡Recio golpe recibisteis! El
rey Carlomagno os dejó en los puertos para vuestra desdicha. Si nos causó
muchos males, no tiene ya motivo para ufanarse: sólo con vos, bien he vengado a
los nuestros.
CXLVI
Olliveros siente que está herido
de muerte. Enarbola a Altaclara, de bruñido acero, y golpea a Marganice sobre
el yelmo puntiagudo, de oro todo él. Hace saltar por tierra sus florones y sus
cristales y le parte la cabeza hasta los dientes. Sacude la hoja en la herida y
lo derriba muerto, diciéndole:
-¡Maldito seas, infiel! No digo
que Carlos nada haya perdido; pero al menos no podrás retornar a tu reino para
vanagloriarte ante ninguna mujer o dama de haberme despojado de un mal ochavo
ni de haber causado perjuicio a mí, ni a nadie en el mundo.
Después llama a Roldán para que
le preste ayuda.
CXLVII
Siente Oliveros que lo han
herido de muerte. Nunca llevará a cabo venganza suficiente. En lo más compacto
de la turba, acomete como verdadero barón. Hace pedazos escudos y picas, pies y
puños, monturas y espinazos. Quien lo hubiera visto descuartizar infieles,
amontonar los muertos sobre los muertos, tendría memoria de un buen caballero.
No hay cuidado de que olvide la contraseña de Carlos y lanza su grito, alto y
claro:
-¡Montjoie!
Luego llama a Roldán, su par y
amigo, y le dice:
-Señor compañero, venid a mi
lado, muy cerca, ¡con gran dolor habremos de separarnos en este día!
CXLVIII
Roldán mira el semblante de
Oliveros: lo ve desencajado, pálido, sin color. Corre su clara sangre a los
costados de su cuerpo y van cayendo los coágulos a tierra.
-¡Dios! -exclama el conde-, ¡no
sé qué hacer! Señor compañero, ¡lástima grande de vuestro denuedo! Nadie habrá
de igualaros jamás. ¡Ah, dulce Francia! ¡Cuan desierta quedarás sin tus mejores
vasallos, humillada y vencida! ¡Gran daño sufrirá el emperador!
Y con estas palabras, se desmaya
sobre su corcel.
CXLIX
He aquí a Roldán sin
conocimiento sobre su montura y a Oliveros mortalmente herido. Perdió tanta
sangre que se han empañado sus ojos: ya no ve, ni de lejos ni de cerca, para
reconocer a nadie. Al aproximarse a su compañero, lo golpea sobre el yelmo
cubierto de oro y de piedras preciosas, y se lo parte hasta el nasal, mas sin
herirle la cabeza. Ante la acometida, Roldán vuelve hacia él sus ojos y le
pregunta con dulzura y afecto:
-Señor compañero, ¿sabéis lo que
estáis haciendo? ¡Soy yo, Roldán, aquel que tanto os ama! ¡Nunca recibí vuestro
reto!
-Oigo ahora vuestra voz
-responde Oliveros-. Mas no os ven mis ojos: ¡plegué a Dios, nuestro Señor, no
apartar de vos los suyos! Os he herido, perdonádmelo.
-No me habéis causado daño
-responde Roldán-. Os perdono aquí y ante Dios.
A estas palabras, se inclinan el
uno hacia el otro. Y así se separan, con gran afecto.
CL
Siente Oliveros la angustia de
la muerte. Se le ponen en blanco los ojos, va perdiendo el oído y se apaga su
vista. Baja del caballo y se recuesta sobre la tierra. En alta voz hace acto de
contrición, juntas y alzadas al cielo ambas manos, rogando a Dios que le
otorgue el paraíso, que bendiga a Carlos y a Francia, la dulce, y a Roldán, su
compañero, por sobre todos los hombres. Le flaquea el corazón, se le desprende
el yelmo y todo su cuerpo se abate contra la tierra. Ha muerto el conde, no ha
demorado por más tiempo su partida; el esforzado Roldán llora por él y se
lamenta; nunca os será dado ver en la tierra hombre más dolorido.
CLI
Ve Roldán que ha muerto su
amigo, y que yace con el rostro contra el suelo. Con gran dulzura, le dirige
palabras de adiós:
-¡Señor compañero, lástima
grande de vuestra intrepidez! Días y años nos vieron juntos: jamás me
causasteis daño alguno, ni yo a vos. Ahora que os veo muerto, me es ya dolor
vivir.
A estas palabras, el marqués pierde
el sentido sobre su corcel, cuyo nombre es Briador. Sus estribos de oro fino lo
mantienen derecho en la silla: por dondequiera que se incline, no podrá caer.
CLII
Antes de volver en sí y
reanimarse Roldán, recobrándose de su desmayo, lo alcanza un gran infortunio:
han muerto los franceses, a todos ha perdido, menos al arzobispo y a Gualterio
de Ulmo. Gualterio bajó de los montes y contra los de España peleó reciamente.
Sus hombres han muerto, vencidos por los infieles. Quiéralo o no, debe darse a la
fuga hacia los valles, invocando la ayuda de Roldán:
-¡Ah, gentil conde, valiente
caballero! ¿Dónde estás? ¡Nunca tuve miedo cuando estuviste a mi lado! Soy yo,
Gualterio, el que conquistó Monteagudo; yo, el sobrino de Droón, viejo y
canoso. Entre todos tus hombres, me querías por mi valor. Está mi lanza
quebrada y traspasado mi escudo, y desgarradas las mallas de mi cota. Voy a
morir, pero me he vendido a alto precio.
Han llegado a oídos de Roldán
las últimas palabras. Espolea a su corcel y a toda brida corre hacia Gualterio.
CLIII
El dolor y la cólera embargan a
Roldán. En lo más compacto de la turba emprende la lidia. Veinte de los de
España derriba muertos, Gualterio seis y cinco el arzobispo.
Y dicen los infieles:
-¡Qué felonía contemplamos!
¡Cuidad, señores, de que no escapen vivos! ¡Traidor el que no corra a atacarlos
y cobarde el que les permita la huida!
Prorrumpen entonces en gritos y
alaridos y de todas partes retornan al asalto.
CLIV
Noble guerrero es el conde
Roldán, Gualterio de Ulmo cumplido caballero y el arzobispo hombre de probado
valor. Ninguno de los tres quiere faltar a los otros dos. En lo más recio de la
lid, acometen a los infieles. Mil sarracenos han echado pie a tierra; a caballo
son cuarenta millares. Miradlos: ¡no osan aproximarse! Desde lejos les arrojan
lanzas y picas, flechas, dardos y venablos. A los primeros golpes matan a
Gualterio. A Turpín de Reims le traspasan el escudo y le parten el yelmo,
hiriéndolo en la cabeza; desgarran las mallas de su cota y atraviesan su cuerpo
cuatro picas. Su caballo es muerto bajo él. ¡Lástima grande que haya caído el
arzobispo!
CLV
Cuando Turpín de Reims se ve
derribado del caballo, y con el cuerpo traspasado por cuatro picas, rápidamente
se incorpora, el intrépido. Busca a Roldán con los ojos, corre hacia él y le
dice tan sólo:
-No estoy vencido. ¡Mientras
vive, un valiente no se rinde!
Desenvaina a Almaza, su espada
de bruñido acero, y en lo más apretado de las filas, asesta más de mil
mandobles. Luego, Carlos dirá que a nadie dio cuartel, pues hallará a su
alrededor cuatrocientos sarracenos, heridos los unos, otros traspasados de uno
a otro costado y algunos con las cabezas cortadas. Así reza en la Gesta ; así lo relata aquel
que presenció la batalla: el barón Gil, que Dios favorece con sus milagros y
que escribió antaño la crónica en el monasterio de Laon. Quien estas cosas
ignora, nada entiende de esta historia.
CLVI
El conde Roldán pelea
noblemente, mas su cuerpo está empapado de sudor, ardiente; siente en su cabeza
un dolor violento: al hacer resonar su olifante, se rompieron sus sienes. Pero
quiere saber si ha de llegar Carlos. Toma el cuerno y lo toca, pero es débil el
sonido. El emperador se detiene y escucha:
-¡Señores! -exclama-, ¡gran
infortunio nos alcanza! En este día, Roldán, mi sobrino, habrá de dejarnos. La
voz de su olifante me dice que le resta poca vida. ¡Quien quiera valerle, clave
espuelas a su corcel! ¡Tocad vuestros clarines, todos cuantos haya en este
ejército!
Resuenan sesenta mil clarines, y
tan alto que retumban las cumbres y responden las hondonadas. Óyenlos los
infieles, y no se sienten movidos a risa.
-Muy pronto nos dará alcance
Carlomagno -dícense los unos a los otros.
CLVII
-¡Retorna el emperador! -dicen
los infieles-, escuchad los clarines de las huestes de Francia. Si vuelve
Carlos, grandes males nos alcanzarán. Si Roldán sobrevive, recomenzará la
guerra; España, nuestra tierra, está perdida.
Júntanse cuatrocientos,
cubiertos con sus yelmos, de los que se estiman óptimos en las batallas y
llevan contra Roldán un asalto duro y violento. Recia tarea le espera al conde.
CLVIII
Cuando los ve venir, el conde se
siente más fuerte, más fiero y ardoroso. No cederá el terreno mientras le quede
vida. Va jinete en el corcel llamado Briador. Le clava las espuelas de oro fino
y arrojándose en lo más compacto de las filas, a todos acomete. Con él está el
arzobispo Turpín. Los infieles se dicen entre sí:
-Amigo, ¡vámonos de aquí! Hemos
escuchado los clarines de los franceses: ¡Carlos retorna, el poderoso rey!
CLIX
Nunca el conde Roldán sintió
inclinación por un cobarde, ni un soberbio, ni un malvado, ni tampoco por un
caballero que no fuera guerrero irreprochable. Llama, pues, al arzobispo
Turpín:
-Señor -le dice-, estáis a pie y
yo monto un caballo. Por afecto hacia vos, resistiré firmemente en este lugar.
Juntos quedaremos aquí para bien o para mal; no os abandonaré por ningún hombre
hecho de carne. Vamos a devolver a los infieles esta acometida. Los más recios
mandobles serán los de Durandarte.
Y responde el arzobispo:
-¡Malhaya quien afloje en la
lid! ¡Retorna Carlos, quien habrá de vengarnos!
CLX
-¡En mala hora nacimos! -dicen
los sarracenos-. ¡Que día de dolor despuntó para nosotros! Hemos perdido a
nuestros señores y a nuestros pares. Retorna Carlos, el valiente, con su
poderoso ejército. Ya se oye el claro sonido de los clarines de Francia; gran
clamor levantan al gritar: "¡Montjoie!" Tan fiera intrepidez anima al
conde Roldán que ningún hombre hecho de carne habrá de vencerlo jamás.
Arrojemos contra él nuestras jabalinas y abandonémosle el campo.
Y disparan en efecto dardos y
jabalinas innumerables, picas, lanzas y flechas emplumadas. Rompen y taladran
su escudo, y desgarran las mallas de su cota, mas no alcanzan a herir su
cuerpo. Empero, Briador ha recibido treinta heridas y se desploma sin vida bajo
el conde. Huyen los moros, dejándole libre el campo. Queda solo el conde
Roldán, desmontado.
CLXI
Huyen los infieles, llenos de
pesar y enojo. Hacia España apresuran el paso, con gran trabajo. El conde
Roldán no puede darles caza: ha perdido a Briador, su corcel. Le plazca o no,
allí se queda, desmontado. Acude hacia el arzobispo Turpín para auxiliarlo. Le
desata de la cabeza su yelmo guarnecido de oro y le quita su cota, blanca y
ligera. Toma su brial y lo corta en bandas que luego introduce en las terribles
heridas. Después lo estrecha entre sus brazos, contra su pecho; sobre la verde
hierba lo recuesta con gran suavidad. Y le ruega quedamente:
-Ah, gentil señor, dadme vuestra
venia; he aquí muertos a los compañeros que tan caros nos fueron, no debemos
abandonarlos. Quiero ir a buscarlos y a reconocerlos, para depositarlos todos
juntos en una fila ante vos.
Responde el arzobispo:
-¡Id, pues, y volved! Vuestro es
el campo, ¡a Dios gracias!, vuestro y mío.
CLXII
Parte Roldán. A través del campo
se encamina, solo. Por valles y montes va buscando. Halla entonces a Ivon e
Ivores, y luego a Angeleros, el Gascón. Después encuentra a Garín y a su
compañero Gerer, y también a Berenguer y a Otón. Descubre allí a Anseís y a
Sansón, y más tarde halla a Gerardo el Viejo, de Rosellón. Uno a uno los alza
en sus brazos, el esforzado, y cargado con ellos regresa junto al arzobispo.
Ante sus rodillas los ha alineado. Prorrumpe en llanto Turpín, no puede
contenerse. Levanta la mano para bendecirlos y les dice luego:
-¡Lástima de vosotros, señores!
¡Que Dios, el glorioso, acoja todas vuestras almas! ¡Que las recueste en el
paraíso sobre las flores santas! ¡Cuán angustiosa, a mi vez, se me presenta la
muerte! Nunca más verán mis ojos al poderoso emperador.
CLXIII
Parte nuevamente Roldán,
recorriendo el campo en sus búsquedas. Encuentra a su compañero Oliveros y lo
estrecha contra su pecho, fuertemente abrazado. Como puede, regresa junto al
arzobispo. Recuesta a Oliveros al lado de los demás, sobre un escudo, y el
arzobispo lo absuelve, trazando sobre él la señal de la cruz. Redoblan entonces
el dolor y la piedad, y exclama Roldán:
-Oliveros, gentil compañero,
hijo erais del duque Raniero, soberano de la marca del Val de Runer. Para
quebrar una lanza y romper los escudos, para vencer y humillar a los soberbios,
para sostener y aconsejar a los hombres de bien, ¡no hubo en toda la tierra
adalid que os aventajara!
CLXIV
Cuando el conde Roldán ve
muertos a sus pares y a Oliveros, a quien tanto amaba, se enternece y prorrumpe
en llanto. Su semblante pierde el color. Tan grande es su duelo que no pueden
sostenerlo sus piernas: quiéralo o no, cae por tierra privado de sentido.
-¡Lástima de vos, barón! -dice
el arzobispo.
CLXV
Al contemplar desmayado a
Roldán, un dolor, el más profundo que jamás haya sentido, invade al arzobispo.
Extiende la mano y toma el olifante. Hay una corriente de agua en Roncesvalles:
quiere llegar hasta ella y traerle un poco a Roldán. Se aleja a pasos cortos,
vacilantes. Tan débil se encuentra que no puede avanzar. Flaquean sus fuerzas,
ha perdido demasiada sangre; en menos tiempo del que necesita para atravesar un
arpende de tierra, le falla el corazón y cae de cabeza. La muerte lo oprime con
dureza.
CLXVI
El conde Roldán recobra el
conocimiento y se incorpora, mas padece crueles sufrimientos. Mira hacia arriba
y hacia abajo: sobre la hierba verde, más allá de sus compañeros, ve que yace
en el suelo el noble barón, el arzobispo, que Dios había enviado entre los
hombres para representarlo. Hace el arzobispo su acto de contrición, vuelve los
ojos al cielo y, juntando sus manos, las eleva: ruega a Dios que le otorgue el
paraíso. Ya se muere el guerrero de Carlos. Fue durante toda su vida su adalid
contra los infieles, por sus recias batallas y sus sermones admirables. ¡Así le
otorgue Dios su santa bendición!
CLXVII
El conde Roldán ve al arzobispo
caído en tierra. Ve derramarse por el suelo sus entrañas, fuera del cuerpo, y
gotear sus sesos por la frente. Bien en el medio del pecho le ha cruzado las
manos blancas, tan bellas. Roldán comienza a lamentarse sobre él, según la ley
de su tierra:
-¡Ah!, gentil señor, caballero
de buena raza, en esta hora te encomiendo al Todopoderoso del cielo. Jamás
habrá quien mejor lo sirva. Jamás, desde los apóstoles, hubo profeta como vos
para amparar la ley y atraer a los hombres. ¡Que no sufra vuestra alma
privación alguna! ¡Que le sean abiertas las puertas del paraíso!
CLXVIII
Siente Roldán que se aproxima su
muerte. Por los oídos se le derraman los sesos. Ruega a Dios por sus pares,
para que los llame a Él; y luego, por sí mismo, invoca al ángel Gabriel. Toma
el olifante, para que nadie pueda hacerle reproche, y con la otra mano se
aferra a Durandarte, su espada. A través de un barbecho, se encamina hacia
España, recorriendo poco más que el alcance de un tiro de ballesta. Trepa por
un altozano. Allí, bajo dos hermosos árboles, hay cuatro gradas de mármol. Cae de
espaldas sobre la hierba verde. Y se desmaya nuevamente, porque está próximo su
fin.
CLXIX
Altas son las cumbres y grandes
los árboles. Hay allí cuatro gradas, hechas de mármol, que relucen. Sobre la
verde hierba el conde Roldán ha caído desmayado. Y he aquí que un sarraceno no
cesa de vigilarlo; ha simulado estar muerto y yace entre los demás, con el
cuerpo y el rostro manchados de sangre. Se yergue sobre sus pies y se aproxima
corriendo. Es gallardo y robusto, y de gran valor; su orgullo lo empuja a
cometer la locura que lo perderá. Toma en sus brazos a Roldán, su cuerpo y sus
armas, y dice estas palabras:
-¡Vencido está el sobrino de
Carlos! ¡Esta espada a Arabia me la he de llevar!
Al sentirlo forcejear, el conde
vuelve un poco en sí.
CLXX
Roldán siente que lo quieren
despojar de su espada. Abre los ojos y exclama:
-¡Tú no eres de los nuestros,
que yo sepa!
Tiene aún en la mano el
olifante, que no ha querido soltar; con él golpea al infiel sobre su yelmo
adornado con pedrerías y recamado de oro. Rompe el acero, el cráneo y los
huesos, hace rodar fuera de la cabeza los dos ojos y ante sus pies lo derriba
muerto. Después le dice:
-Infiel, hijo de siervo, ¿cómo
tuviste bastante osadía para apoderarte de mí, fuera o no tu derecho? ¡Todo aquel
que te lo oyera decir te tendría por loco! He aquí quebrado el pabellón de mi
olifante; el oro y el cristal se han desprendido.
CLXXI
Roldán siente que se le nubla la
vista. Se incorpora, poniendo en ello todo su esfuerzo. Su rostro ha perdido el
color. Tiene ante él una roca parda; da contra ella diez golpes, lleno de dolor
y encono. Gime el acero, mas no se rompe ni se mella.
-¡Ah! -exclama el conde-.
¡Socórreme, Santa María! ¡Ah, Durandarte, mi buena Durandarte, lástima de vos!
Voy a morir, y dejaréis de estar a mi cuidado. ¡He ganado por vos tantas
batallas campales, por vos he conquistado tantos anchos territorios que ahora
domina Carlos, el de la barba blanca! ¡No caeréis jamás en las manos de un
hombre que ante su semejante pueda darse a la fuga! Durante largo tiempo
pertenecisteis a un buen vasallo; jamás habrá espada que os valga en Francia, la Santa.
CLXXII
Hiere Roldán las gradas de
sardónice. Gime el acero, mas no se astilla ni se mella. Al ver el conde que no
puede quebrarla, comienza a lamentarse para sí:
-¡Ah, Durandarte, qué bella
eres, qué clara y brillante! ¡Cómo luces y centelleas al sol! Hallábase Carlos
en los valles de Moriana cuando le ordenó Dios por intermedio de un ángel que
te donase a uno de sus condes capitanes: entonces te ciñó a mi lado, el rey
grande y gentil. Por ti conquisté el Anjeo y la Bretaña , por ti me apoderé
del Poitou y del Maine. Gracias a ti lo hice dueño de la franca Normandía, de
Provenza y Aquitania, de Lombardía y de toda la Romana. Por ti vencí
en Baviera, conquisté Flandes y Borgoña, y la Apulia toda; y también Constantinopla, de la que
recibió pleitesía, y Sajonia, donde es amo y señor. Por ti domeñé Escocia e
Inglaterra, su cámara, según él decía. Por ti gané cuantas comarcas posee
Carlos, el de la barba blanca. Por esta espada siento dolor y lástima. ¡Antes
morir que dejársela a los infieles! ¡Dios, Padre nuestro, no permitáis que
Francia sufra tal menoscabo!
CLXXIII
Hiere Roldán la parda roca, y la
quiebra de un modo que no os podría decir. Rechina la espada, mas no se astilla
ni se parte, y rebota hacia los cielos. Cuando advierte el conde que no podrá
romperla, la plañe, para sí, con gran dulzura:
-¡Ah, Durandarte, qué bella
eres, y qué santa! Tu pomo de oro rebosa de reliquias: un diente de San Pedro,
sangre de San Basilio, cabellos de monseñor San Dionisio y un pedazo del manto
de Santa María. No es justicia que caigas en poder de los infieles; cristianos
han de ser los que te sirvan. ¡Plegué a Dios que nunca vengas a manos de un cobarde!
Tantas anchurosas tierras he conquistado contigo para Carlos, el de la barba
florida. Por ellas alcanzó el emperador poderío y riqueza.
CLXXIV
Siente Roldán que la muerte
arrebata todo su cuerpo: de su cabeza desciende hasta el corazón. Corre apresurado
a guarecerse bajo un pino, y se tiende de bruces sobre la verde hierba. Debajo
de él pone su espada y su olifante. Vuelve la faz hacia las huestes infieles,
pues quiere que Carlos y los suyos digan que ha muerto vencedor, el gentil
conde. Débil e insistentemente, golpea su pecho, diciendo su acto de
contrición. Por sus pecados, tiende hacia Dios su guante.
CLXXV
Roldán siente que ha llegado su
última hora. Está recostado sobre un abrupto altozano, con el rostro vuelto
hacia España. Con una de sus manos se golpea el pecho:
-¡Dios, por tu gracia, mea culpa
por todos los pecados, grandes y leves, que cometí desde el día de mi
nacimiento hasta éste, en que me ves aquí postrado!
Enarbola hacia Dios el guante
derecho. Los ángeles del cielo descienden hasta él.
CLXXVI
Recostado bajo un pino está el
conde Roldán, vuelto hacia España su rostro. Muchas cosas le vienen a la
memoria: las tierras que ha conquistado el valiente de Francia, la dulce; los
hombres de su linaje; Carlomagno, su señor, que lo mantenía. Llora por ello y
suspira, no puede contenerse. Mas no quiere echarse a sí mismo en olvido;
golpea su pecho e invoca la gracia de Dios:
-¡Padre verdadero, que jamás
dijo mentira, Tú que resucitaste a Lázaro de entre los muertos, Tú que salvaste
a Daniel de los leones, salva también mi alma de todos los peligros, por los
pecados que cometí en mi vida!
A Dios ha ofrecido su guante
derecho: en su mano lo ha recibido San Gabriel. Sobre el brazo reclina la
cabeza; juntas las manos, ha llegado a su fin. Dios le envía su ángel Querubín
y San Miguel del Peligro, y con ellos está San Gabriel. Al paraíso se remontan
llevando el alma del conde.
CLXXVII
Ha muerto Roldán; Dios ha
recibido su alma en los cielos. El emperador llega a Roncesvalles. No hay ruta
ni sendero, ni un palmo ni un pie de terreno libre donde no yazca un franco o
un infiel. Y exclama Carlos:
-¿Dónde estáis, gentil sobrino?
¿Dónde está el arzobispo? ¿Qué fue del conde Oliveros? ¿Dónde está Garín, y
Gerer, su compañero? ¿Dónde están Otón y el conde Berenguer, dónde Ivon e
Ivores, tan caros a mi corazón? ¿Qué ha sido del gascón Angeleros? ¿Y el duque
Sansón? ¿Y el valeroso Anseís? ¿Dónde está Gerardo de Rosellón, el Viejo?
¿Dónde están los doce pares que aquí dejé?
¿De qué le sirve llamarlos, si
ninguno le ha de responder?
-¡Dios! -dice el rey-. ¡Buenos
motivos tengo para lamentarme! ¿Por qué no habré estado aquí desde el comienzo
de la batalla?
Y se mesa la barba, como hombre
invadido por la angustia. Lloran sus barones y caballeros; veinte mil francos
caen por tierra sin sentido. El duque Naimón siente por ello gran piedad.
CLXXVIII
No hay barón ni caballero que,
lleno de lástima, no derrame doloroso llanto. Lloran a sus hijos, sus hermanos,
sus sobrinos y sus amigos, y también a sus señores; muchos se han desmayado.
Como hombre juicioso, el duque Naimón es el primero que le dice al emperador:
-Mirad hacia adelante, a dos
leguas de nosotros; podréis ver elevarse grandes polvaredas por los caminos, de
tan numerosa como es la turba sarracena. ¡Cabalgad, pues! ¡Vengad este dolor!
-¡Ah, Dios! -exclama Carlos-.
¡Cuán lejos están ya! ¡Otorgadme mi derecho, concededme una merced! ¡Me han
arrebatado la flor de Francia, la dulce!
Llama a Atón y a Gebuino, a
Tibaldo de Reims y al conde Milón, y les dice:
-Montad guardia en el campo de
batalla, por los montes y las quebradas. Dejad tendidos a los muertos, tal como
están. ¡Que no se acerque a ellos león ni bestia alguna! ¡Que no los toque
escudero ni lacayo! Permanezcan así, os lo ordeno, hasta que Dios nos permita
retornar a este campo!
Y ellos responden con dulzura y
afecto:
-Así lo haremos, buen emperador,
amado soberano. Y junto a ellos conservan a mil de sus caballeros.
CLXXIX
El emperador hace sonar los
clarines, luego cabalga, el esforzado, a la cabeza de su gran ejército. Los de
España se ven forzados a volver la espalda, y los otros les dan caza sostenidos
por un mismo afán. Cuando el emperador ve declinar la tarde, se apea del
caballo en un prado, sobre la verde hierba: se prosterna en el suelo y ruega a
Dios nuestro Señor que, para favorecerlo, detenga el curso del sol, que se
demore la noche y se alargue el día. Entonces se le aparece un ángel, el mismo
que acostumbra hablarle, y con gran prisa le ordena:
-Carlos, a caballo; no habrá de
faltarte la luz. Has perdido a la flor de Francia, y Dios lo sabe. ¡Podrás
tomar venganza de la turba criminal!
Tales son sus palabras, y el
emperador monta de nuevo.
CLXXX
Para Carlomagno hizo Dios un
gran milagro: detiénese el sol y queda inmóvil. Huyen los infieles y los
francos los persiguen en recia acometida. Finalmente les dan alcance en el
Valle Tenebroso y los rechazan arrolladoramente hacia Zaragoza, descargando
sobre ellos, con todo su ánimo, mortíferos mandobles. Les han cortado las rutas
y los caminos más anchos. Ante ellos tienen el Ebro; profundas son sus aguas,
temibles y violentas. No hay en sus márgenes lancha, barcaza o almadía. Invocan
los infieles a uno de sus dioses, Tervagán, y luego se precipitan al agua, mas
nadie habrá de protegerlos. Los que llevan yelmo y loriga son los que más
pesan, y se hunden en gran número; otros van flotando a la deriva; los más
afortunados tragan grandes cantidades de agua, hasta que finalmente perecen
todos ahogados, con gran angustia. Y exclaman los franceses:
-¡Lástima grande vuestra muerte,
Roldán!
CLXXXI
Cuando ve Carlos que han muerto
todos los infieles, los unos por el hierro y la mayoría ahogados, y el rico
botín que han recogido sus caballeros, echa pie a tierra, el rey gentil, y
postrado en el suelo da gracias a Dios. Cuando se incorpora, se ha puesto ya el
sol. Y dice el emperador:
-Es hora de establecer nuestro
campamento; para volver a Roncesvalles es ya muy tarde. Nuestros caballos están
rendidos y maltrechos. Quitadles las sillas y los frenos y dejadlos refrescarse
en estos prados.
-Bien dijisteis, señor
-responden los francos.
CLXXXII
El emperador Carlos ha
establecido su campamento. Desmontan los franceses en el país desierto,
desensillan a sus corceles y les quitan de la cabeza los frenos dorados. Los
dejan sueltos por los prados, donde hallarán hierba fresca a profusión; no
pueden recibir otros cuidados. Los más extenuados duermen tendidos en el suelo.
Esa noche no se monta guardia en el campo.
CLXXXIII
El emperador se ha recostado en
un prado. Junto a su cabeza coloca su fuerte pica, el esforzado. No ha querido
esa noche desarmarse; conserva su blanca cota bruñida, y mantiene atado su
yelmo de oro incrustado de piedras preciosas, y ciñe su costado su espada
Joyosa, que jamás tuvo su par: cambia de color treinta veces por día. Sabemos
bien lo que aconteció con la lanza que hirió a Nuestro Señor en la cruz: Carlos
posee la punta, por la gracia de Dios, y la ha hecho engastar en el pomo de
oro; a causa de este honor y esta merced, ha recibido la espada el nombre de
Joyosa. No deben echarlo en olvido los barones de Francia: de ahí tomaron su
grito de guerra: "¡Montjoie!" y por ello ningún pueblo puede
ofrecerles resistencia. :
CLXXXIV
Clara es la noche y rutilante la
luna. Carlos está recostado, mas lo invade gran duelo por Roldán, y pesa en su
corazón la muerte de Oliveros, de los doce pares y de los franceses: en
Roncesvalles los ha dejado muertos y ensangrentados. Llora y se lamenta, sin
poder contenerse, y suplica a Dios que salve sus almas. Está exhausto y es
inmenso su dolor. Se duerme, no puede más. Por toda la pradera reposan los
francos. Ningún caballo puede mantenerse en pie; el que quiere hierba, debe
pacer echado. Mucho aprendió quien sufrió gran dolor.
CLXXXV
Carlos duerme, como un hombre
atormentado por profundo pesar. Dios le manda a San Gabriel, encargándole velar
sobre el emperador. Toda la noche, el ángel permanece a su cabecera. Por una
visión, le anuncia que habrá de librar una batalla, y se la muestra bajo
funestos augurios. Carlos alza la vista hacia el firmamento: contempla en él
truenos y vendavales, granizadas, borrascas y tempestades prodigiosas, un
aparato de fuegos y centellas que se abate, de repente, sobre su ejército. Se
inflaman las lanzas de fresno y de manzano, y los escudos hasta sus blocas de
oro puro. Estallan las astas de las afiladas picas y se retuercen las cotas y
los yelmos de acero. Carlos ve a sus cabalgaduras en gran cuita. Aparecen
después osos y leopardos que se aprestan a devorarlos, serpientes y reptiles,
dragones y demonios. Y hay allí más de treinta mil grifos que se arrojan sobre
los franceses, al tiempo que éstos gritan:
-¡Acórrenos, Carlomagno!
Dolor y piedad conmueven al rey;
quiere ir hacia ellos, mas no puede. Entonces sale de una selva un gran león,
lleno de rabia, de altivez y de audacia, y desafiando a su persona, lo ataca.
Ambos ruedan cuerpo a cuerpo en la lucha, mas no puede distinguir Carlos cuál
de los dos está debajo o encima. Y no se ha despertado el emperador.
CLXXXVI
Después de esta visión, otra lo
asalta: hállase en Francia, en Aquisgrán, sobre una grada y tiene a un oso
atado por dos cadenas. Del lado de la
Ardena ve llegar a treinta osos, hablando todos ellos como
hombres.
-Señor -le decían-,
¡devolvédnoslo! No es justicia que lo retengáis por más tiempo. Es pariente
nuestro, le debemos nuestra ayuda.
Desde su palacio, acude
prestamente un lebrel. Sobre la hierba verde, ataca al oso más grande entre los
demás. Contempla el rey un combate maravilloso; mas no sabe cuál es el vencedor
y cuál el vencido. He aquí lo que el ángel de Dios ha mostrado al barón. Carlos
duerme hasta la mañana, cuando luce claro el día.
CLXXXVII
Huye hacia Zaragoza el rey
Marsil. Echa pie a tierra bajo un olivo, a la sombra, y confía a sus hombres su
espada, su yelmo y su coraza. Se tiende sobre la hierba verde, miserablemente.
Ha perdido su mano derecha, cercenada de un tajo; tanta sangre derrama por la
herida, que se desmaya de angustia. Ante él, gime y llora su esposa Abraima,
lamentándose, a gritos. Con ella, son más de veinte mil los que maldicen a
Carlos y a Francia, la dulce. Corren hacia una cripta, donde está la efigie de
Apolo, y lo increpan, ultrajándolo con viles palabras:
-¡Ah, dios maligno! ¿Por qué
permites semejante agravio? ¿Por qué has consentido la ruina de nuestro rey?
¡Mal pagas a los que te sirven con abnegación! Después lo despojan de su cetro
y de su corona y lo cuelgan por las manos de una columna. Por tierra, ante sus
pies, lo derriban, y con gruesos palos lo golpean y quebrantan. Luego le
arrancan a Tervagán, su carbunclo, y arrojan a Mahoma en un foso, para que lo
muerdan y lo pisoteen los cerdos y los perros.
CLXXXVIII
Ha vuelto en sí Marsil, después
de su desmayo. Se hace llevar a su aposento abovedado; hay allí pinturas y
signos trazados con diversos colores. Y la reina Abraima vierte lágrimas sobre
él y se mesa los cabellos.
-¡Desdichada de mí! -murmura, y
exclama luego en voz alta-: ¡Ah, Zaragoza! ¡Cuan desierta quedas al perder al
rey gentil que en su feudo te tenía! Gran felonía cometieron nuestros dioses,
que lo desampararon esta mañana en la batalla. ¡El emir pasará por un cobarde
si no acude a luchar contra esa intrépida turba, esos valientes orgullosos que
en nada estiman sus vidas! Esforzado y pleno de soberbia es el emperador de la
barba florida: si le presenta batalla el emir, no habrá de rehuirla. ¡Gran
duelo es que no haya ninguno para darle muerte!
CLXXXIX
El emperador, merced a su gran
poderío, siete años enteros permaneció en España. Castillos y ciudades
conquistó en gran número. El rey Marsil se esfuerza por resistirle. Desde el
primer año mandó sellar sus breves, requiriendo la ayuda del emir de Babilonia,
Baligán: un anciano cargado de días que vivió más que Virgilio y que Homero.
Acude a Zaragoza a socorrer a Marsil: si tal no hace, el rey renegará de sus
dioses y de todos los ídolos que venera; observará la ley cristiana y tratará
la paz con Carlomagno.
Mas el emir está lejos, ha
tardado mucho. Lanzo su llamamiento a los pueblos de cuarenta reinos; ha hecho
preparar sus grandes naves, embarcaciones ligeras y falúas, sus galeras y
bajeles. Cerca de Alejandría, hay un puerto junto al mar: allí reúne toda su
flota. Es en mayo, en los primeros días del estío, cuando se hacen a la mar
todas sus tropas.
CXC
Poderosos son los ejércitos de
esa raza odiada. Los infieles navegan a toda vela, reman y gobiernan el timón.
En la punta de los mástiles y de
las altas proas, brillan numerosos carbunclos y linternas; tal resplandor
arrojan desde la altura en la noche, que el mar se halla embellecido. Al
aproximarse a la tierra de España, toda la costa centellea de luces. La noticia
llega hasta Marsil.
CXCI
Las huestes sarracenas no
detienen un instante su travesía. Dejan el mar y se adentran en las aguas
dulces. Pasan ante Marbrisa y Marbrosa, y remontan el Ebro con todas sus naves.
Innumerables linternas y carbunclos centellean, brindándoles gran claridad
durante toda la noche. De madrugada, llegan a Zaragoza.
CXCII
El día luce claro, y brilla el
sol. El emir ha descendido de su bajel. A su derecha avanza Espanelis, y
diecisiete reyes forman su cortejo; luego vienen condes y duques, cuyo número
ignoro. Bajo un laurel, en medio de una explanada, se recubre la hierba verde
con una alfombra de seda blanca y se dispone allí un trono, todo él de marfil.
En él toma asiento Baligán, el sarraceno, y todos los demás quedan de pie. El
soberano es el primero en tomar la palabra:
-¡Oídme, libres y valerosos
caballeros! El rey Carlos, emperador de los francos, no tiene derecho a comer
si no es por mi orden. A través de toda España me ha combatido en recia guerra,
y ahora he de ir a presentarle batalla en Francia, la dulce. No cejaré durante
toda mi vida hasta que él no reciba la muerte o se declare vencido.
En garantía de sus palabras,
golpea con su guante diestro su rodilla.
CXCIII
Puesto que tal ha dicho, se
promete firmemente que no dejará de ir, por todo el oro que hay bajo los
cielos, a Aquisgrán, donde tiene Carlos sus cortes. Sus hombres lo elogian y lo
aconsejan en igual forma. Llama entonces el emir a dos de sus caballeros;
Clarifán es el uno y el otro Clariano.
-Sois hijos del rey Maltrayén
-les dice-, aquel que gustosamente solía prestarse para llevar mensajes. Os
ordeno que vayáis a Zaragoza, para anunciarle de mi parte al rey Marsil que
acudo en su ayuda contra los franceses. Si la ocasión se me presenta, libraré
una gran batalla. En fe de mis palabras, entregadle plegado este guante adornado
con oro, para que se lo ponga en su mano diestra. Llevadle también esta varita
de oro puro, y decidle que venga a mi para reconocer su feudo. He de ir a
Francia, a hacerle la guerra a Carlos. Si no implora mi merced, rendido a mis
plantas, y no reniega de la fe cristiana, le quitaré de la cabeza la corona.
-Bien dijisteis, señor
-responden los infieles.
CXCIV
-¡Barones, cabalgad! -ordena
Baligán-. ¡Que lleve uno de vosotros el guante y el otro el bastón!
-¡Así lo haremos, amado señor!
-responden ellos.
Tanto cabalgan que al fin llegan
a Zaragoza. Pasan bajo diez puertas, atraviesan cuatro puentes y recorren las
calles donde se cruzan con los burgueses. Al aproximarse a la parte alta de la
ciudad, llega hasta ellos un fuerte rumor desde el palacio. Encuentran allí
reunida a la turba sarracena, llorando, en medio de un gran clamoreo y sumida
en profundo duelo; los infieles añoran a sus dioses, Tervagán, Mahoma y Apolo,
y se dicen entre sí:
-¡Pobres de nosotros! ¿Qué
haremos ahora? ¡Un terrible azote nos abruma! Hemos perdido al rey Marsil: el
conde Roldán le cercenó ayer la mano diestra; y tampoco está a nuestro lado
Jurfaret el Blondo. ¡Toda España será por siempre dominada!
Los dos mensajeros echan pie a
tierra junto a las gradas.
CXCV
Dejan ambos los caballos bajo un
olivo; dos sarracenos los toman de las riendas. Los mensajeros se agarran de
sus mantos y suben luego a lo más alto del palacio. Cuando penetran en el
aposento abovedado, hacen por amistad un saludo inoportuno:
-¡Que Mahoma y Tervagán, que en
sus manos nos tienen, y Apolo, nuestro señor, salven al rey y guarden a la
reina!
-¡Oigo palabras muy insensatas!
-exclama Abraima-. Esos dioses que invocáis, nuestros dioses, nos han
desamparado. En Roncesvalles hicieron tristes milagros: dejaron exterminar a
nuestros caballeros y mi señor, que aquí veis, fue abandonado por ellos en la
lid. Ha perdido la mano derecha; Roldán, el poderoso conde, fue quien se la
cortó. ¡Extenderá Carlos su señorío por toda España! ¿Qué será de mí, desdichada?
¡Ay!, ¿no habrá nadie, pues, que me dé muerte?
CXCVI
Clariano responde:
-Señora, ¡no pronunciéis tan
vanas palabras! Somos mensajeros de Baligán, el sarraceno. Él promete socorrer
a Marsil, y en prenda de ello le envía su guante y su bastón. Tenemos en el
Ebro cuatro mil lanchones, bajeles, barcazas y rápidas galeras, y tantas naves
que no puedo hacer su cuenta. El emir es fuerte y poderoso. Irá a Francia, en
busca de Carlomagno. Está en su ánimo darle muerte o avasallarlo.
-¿Por qué ir tan lejos? -exclama
Abraima-. Podéis topar a los franceses más cerca de aquí. Son ya siete años los
que lleva el emperador en este país; es intrépido y buen adversario; antes
moriría que huir de un campo de batalla. No hay bajo el cielo rey a quien tema
más de lo que se temería a una criatura. ¡Carlos no recela de hombre viviente!
CXCVII
-¡Basta! -dice el rey Marsil; y
añade, hablando a los mensajeros-: Señores, dirigíos a mí. Ya lo veis, la
muerte me acongoja, y no tengo hijo ni hija, ni heredero. Tenía uno, y me lo
mataron ayer noche. Decidle a mi señor que venga a verme. El emir tiene
derechos sobre la tierra de España. Se la devuelvo en franquía, si la quiere,
¡pero que la defienda contra los franceses! Le daré también un buen consejo en
cuanto a Carlomagno: dentro de un mes será prisionero del emir. Le llevaréis
las llaves de Zaragoza, y le diréis que si da fe a mis palabras, así sucederá.
-Bien hablasteis, señor
-responden ellos.
CXCVIII
-Carlos, el emperador, ha dado
muerte a mis hombres -prosigue Marsil-; asoló mis tierras, forzó y violó mis
ciudades. Esta noche se detuvo a orillas del Ebro; está a siete leguas de aquí,
las he contado. Decidle al emir que conduzca a ese lugar su ejército. Por
vuestro intermedio le mando este mensaje: ¡que presente batalla al momento!
Les hace entrega de las llaves
de Zaragoza. Los mensajeros se inclinan ambos, piden licencia y se disponen a
regresar.
CXCIX
Los dos mensajeros han montado
sus corceles. Abandonan la ciudad con premura y vanse hacia el emir presa de
gran ansiedad. Le presentan las llaves de la ciudad de Zaragoza, y dice
Baligán:
-¿Qué nuevas me traéis? ¿Dónde
está Marsil, a quien mandé comparecer ante mí?
-Está herido de muerte -responde
Clariano-. Encontrábase ayer el emperador en el paso de los desfiladeros,
porque deseaba regresar a Francia, la dulce. Había formado una retaguardia
digna de él, ya que con ella se quedó el conde Roldán, su sobrino, y Oliveros y
los doce pares, y veinte mil hombres de Francia, todos ellos caballeros.
Presentoles batalla el valeroso rey Marsil, y vinieron a encontrarse él y
Roldán. Éste le infirió tal golpe con su espada Durandarte, que le separó del
cuerpo la mano derecha. También dio muerte a su hijo, que Marsil tanto amaba, y
a los barones que con él estaban. Retirose Marsil huyendo, incapaz de
resistirle, y el emperador lo ha perseguido con gran violencia. El rey os ruega
que le prestéis ayuda; os devuelve en franquía el reino de España.
Quédase pensativo Baligán. Es
tan grande su duelo que casi se vuelve loco.
CC
-Señor emir -dice Clariano-,
ayer en Roncesvalles se libró una batalla. Roldán halló la muerte, y con él el
conde Oliveros, y los doce pares que tanto amaba Carlos; veinte mil de sus
franceses perecieron. El rey Marsil perdió la mano diestra y el emperador le ha
dado caza con violencia: no queda en esta tierra un caballero que no haya sido
muerto por el hierro o se haya ahogado en el Ebro. Los franceses han acampado
en sus riberas: se encuentran en esta comarca tan cerca de nosotros que, si vos
lo queréis, muy dura ha de serles la retirada.
La mirada de Baligán se torna
altanera; su corazón rebosa de alegría y entusiasmo. Se yergue en su trono y
exclama:
-¡Barones, apresuraos! ¡Dejad
las naves y cabalgad vuestros corceles! Si el viejo Carlomagno no se da a la
fuga, el rey Marsil tendrá pronto venganza: ¡por la mano que perdió le
entregaré la cabeza del emperador!
CCI
Los infieles de Arabia han
abandonado sus navíos, y van jinetes en los corceles y los mulos. Dieron ya
comienzo a su cabalgata; ¿qué otra cosa podrían hacer? El emir, que a todos ha
puesto en movimiento, llama a Gemalfín, uno de sus fieles:
-A ti confío el mando de todas
mis huestes -le dice, y monta después en su caballo bayo. Cuatro duques lo
acompañan. Tanto cabalga que al fin avista Zaragoza. Echa pie a tierra en un
zaguán de mármol y cuatro condes le sujetan el estribo. Por las gradas sube
hasta el palacio, y Abraima corre a recibirlo, diciéndole:
-¡Desdichada de mí! ¡En mala
hora nací, señor, que he perdido a mi rey con tal menoscabo!
Cae a los pies del emir, que la
levanta, y suben ambos a la cámara, llenos de aflicción.
CCII
Cuando el rey Marsil distingue a
Baligán, llama a dos sarracenos de España y les ordena:
-Tomadme en vuestros brazos e
incorporadme.
Con su mano izquierda toma uno
de sus guantes y dice:
-Señor rey, emir, os devuelvo
todas mis tierras, y Zaragoza, con el feudo que de ella depende. He venido a mi
perdición, y conmigo he perdido a todo mi pueblo.
-Gran pesadumbre siento por ello
-responde el emir-; mas no puedo demorar por más tiempo junto a vos: sé que
Carlos no me esperará. No obstante, acepto vuestro guante.
Abismado en su dolor, se aleja
llorando. Desciende las gradas del palacio, monta su corcel y retorna hacia sus
huestes hincando espuelas. Cabalga con tal premura que deja atrás a los otros,
y grita a cada instante:
-¡Adelante, sarracenos! ¡Ya
apresuran su huida los francos!
CCIII
De madrugada, al primer albor
del día, Carlos, el emperador, se ha despertado. San Gabriel, que por mandato
de Dios lo guarda, alza la mano y traza sobre él el signo de la cruz. El rey se
yergue, se despoja de todas sus armas y, como él, todos los de su ejército se
desarman a su vez. Después montan en sus corceles y con gran brío, cabalgan por
las largas huellas y los anchos caminos. Van a contemplar la prodigiosa
catástrofe de Roncesvalles, donde tuvo lugar la batalla.
CCIV
Carlomagno ha llegado a
Roncesvalles, y vierte llanto por los muertos que allí encuentra.
-Señores -dice a sus franceses-,
id al paso, porque es necesario que me adelante a vosotros, por mi sobrino, que
anhelo encontrar. Estaba yo en Aquisgrán, el día de una fiesta solemne, cuando
mis valerosos caballeros se vanagloriaban de recios asaltos y grandes batallas
que más tarde llevarían a cabo. Entonces oí decir a Roldán que si había de
hallar la muerte en un reino extranjero, se adelantaría a sus hombres y sus
pares en terreno enemigo, y se lo encontraría con la faz vuelta hacia el
adversario: así habría muerto victorioso, el esforzado.
Un poco más lejos de lo que se
puede arrojar un palo, separándose de los demás, el emperador sube a un
collado.
CCV
Mientras va Carlos en busca de
su sobrino, ¡tantas hierbas del prado y tantas flores encuentra enrojecidas por
la sangre de nuestros barones! La piedad lo invade, y no puede contener las
lágrimas. Llega finalmente a la sombra de dos árboles. Sobre tres rocas
reconoce los golpes de Roldán y entre la hierba verde contempla a su sobrino
que yace. ¿Quién se asombrará, si se estremece de dolor? Baja del caballo,
acude corriendo. Entre sus manos toma el cuerpo... Tanto lo abruma la angustia
que sobre él se desmaya.
CCVI
Ha vuelto en sí el emperador. El
duque Naimón, el conde Acelino, Godofredo de Anjeo y su hermano Thierry lo
toman en sus brazos, lo incorporan bajo un pino. Carlos mira a tierra y ve a su
sobrino tendido. Con gran dulzura, dice sobre él su lamento:
-¡Roldán, amigo mío! ¡Que Dios
te haga merced! Jamás hombre alguno conoció un caballero que como tú entablara
las grandes batallas y lograse la victoria. Mi prestigio comienza a declinar.
No puede contenerse Carlos por
más tiempo, y pierde el sentido.
CCVII
El emperador ha vuelto de su
desmayo. Cuatro de sus barones lo sostienen en sus manos. Mira a tierra, y ve a
su sobrino tendido. Su cuerpo sigue siendo hermoso, pero ha perdido el color;
han girado en las órbitas sus ojos, y los invaden las tinieblas. Con amor y fe,
Carlos dice sobre él su lamento;
-¡Roldán, amigo mío. ¡Que Dios
coloque tu alma entre las flores, en el paraíso, junto a los que disfrutan de
la gloria! ¡Mal señor fue el que a España te llevó! No habrá de despuntar un
día en que por ti no sufra. ¡Cómo van a decaer mí fuerza y mis bríos! Ya no
habrá nadie para defender mi honor; me parece no tener ya ni un solo amigo bajo
el cielo. ¡Entre los parientes que conmigo quedan, ninguno tiene tu valor!
A puñados se arranca los
cabellos. Cien mil franceses sienten tan agudo dolor que ni uno solo deja de
derramar lágrimas.
CCVIII
-Roldán, amigo mío, a Francia
tornaré. Cuando llegue a Laon, mi dominio privado, de muchos reinos acudirán
vasallos extranjeros y me preguntarán: "¿dónde está el conde
capitán?" Yo les responderé que halló la muerte en España. Ya mi reino
estará siempre marcado por el dolor, y no viviré un día sin llorar y gemir.
CCIX
-¡Roldán, amigo mío, valiente,
gallarda juventud! Cuando me encuentre en Aquisgrán, mi dominio, vendrán los
vasallos a conocer las nuevas. Yo se las diré, extrañas y penosas: "¡Ha
muerto mi sobrino, aquel que conquistó para mí tantos territorios!" Contra
mí se alzarán en rebelión los sajones, los húngaros y los búlgaros, y tantos
otros pueblos malditos; los romanos y los de Apulia, y todos los de Palermo,
los de África y los de Califerna. Comenzarán entonces mis penas y calamidades.
¿Quién conducirá mis huestes con tal denuedo, ahora que ha muerto aquel que
siempre las guió? ¡Ah, Francia, cuan desolada quedas! ¡Es tan grande mi duelo
que más quisiera estar muerto!
El emperador mesa su barba
blanca y con ambas manos se arranca los cabellos de la cabeza! Cien mil
franceses quedan por tierra sin sentido.
CCX
-¡Roldán, amigo mío, que Dios se
apiade de ti! ¡Que acoja tu alma en el paraíso! ¡Aquel que te dio muerte, a
Francia dejó desamparada! ¡Tan agudo es mi dolor que quisiera morir! ¡Ay, mis
caballeros, que por mí perdisteis la vida! ¡Plegue a Dios, el hijo de María
Santísima, que antes de alcanzar los grandes puertos de Cize, mi alma se separe
de mi cuerpo en este día, para ser colocada entre vuestras almas, y mi carne
sepultada con la vuestra!
Llora y se mesa la barba blanca.
Y dice el duque Naimón:
-¡Grande es la angustia de
Carlos!
CCXI
-Señor emperador -dice Godofredo
de Anjeo-, ¡no deis rienda suelta a este dolor! Haced buscar por todo el campo
los nuestros, a quienes los de España dieron muerte en la lid. Ordenad que se
les dé sepultura en una misma fosa.
Y responde el rey:
-Tocad vuestro olifante, para
que la orden sea dada.
CCXII
Godofredo de Anjeo ha tocado su
olifante. Echan pie a tierra los franceses, tal corno lo ha dispuesto Carlos.
Al momento llevan a una fosa común a todos los amigos que encuentran muertos.
En el ejército hay obispos y abades en gran número, monjes, canónigos y
sacerdotes tonsurados; ellos les dan la absolución en nombre de Dios y los
bendicen. Queman después mirra y tomillo, inciensan los cuerpos con esmero y
los entierran con todos los honores. Luego los dejan: ¿qué más podrían hacer
por ellos ahora?
CCXIII
El emperador hace preparar a
Roldán, a Oliveros y al arzobispo Turpín para la sepultura. Ante sus ojos,
manda abrir a los tres y ordena que se recojan sus corazones en un cendal de
seda y se guarden en un ataúd de mármol blanco. Luego toman los cuerpos de los
tres barones y los envuelven en pieles de ciervo, no sin antes haberlos lavado
con aromas y vino. El rey llama a Tibaldo y Gebuino, al conde Milón y a Atón,
el marqués, y les dice:
-Llevadlos en tres carros.
Los tres están bien cubiertos
con lienzos de seda de Calada.
CCXIV
El emperador se dispone a regresar,
y he aquí que ante él surge la vanguardia de los sarracenos. De la tropa más
cercana se destacan dos mensajeros que, en nombre del emir, le anuncian la
batalla:
-Rey soberbio, no habrás de
retornar tan pronto. ¡Mira como tras de ti cabalga Baligán! Poderosos son los
ejércitos que trae consigo de Arabia. ¡Antes de la noche pondremos a prueba tu
valor!
Carlos, el rey, lleva la mano a
su barba y queda pensativo, recordando su duelo y todo lo que perdió. Pasea
sobre sus mesnadas una mirada llena de fiereza y exclama con voz fuerte y
clara:
-¡Barones franceses! ¡A caballo
y a las armas!
CCXV
El emperador se arma el primero.
Con gran premura reviste su cota, se anuda el yelmo y ciñe Joyosa, cuyo
centelleo ni el mismo sol puede apagar. Suspende de su cuello un escudo de
Biterna, y toma su pica, enarbolándola. Monta después en Tencedor, su buen
corcel, que conquistó en los vados de Marsona cuando desarzonó y derribó muerto
a Malpalín de Narbona. Suelta las riendas a su montura, le hinca repetidamente
las espuelas y se lanza al galope a la vista de cien mil hombres. E invoca a
Dios y al apóstol de Roma.
CCXVI
Por todo el campo, los de
Francia echan pie a tierra; son más de cien mil los que se arman a la vez.
Tienen equipos a su gusto, sus corceles son briosos y lucidas sus armas. Saltan
gallardamente sobre sus monturas. Si llega la hora, se prometen librar batalla.
Ondean los gonfalones hasta tocar los yelmos. Al contemplar Carlos tan cabal
prestancia, llama a Jocerán de Provenza, al duque Naimón y a Antelmo de
Maguncia, diciéndoles:
-Podemos contar con estos
valientes. ¡Insensato el que entre ellos sienta algún temor! Si no renuncian a
la lucha los árabes, espero cobrarme muy cara la muerte de Roldán.
Y responde el duque Naimón:
-¡Así lo quiera Dios!
CCXVII
Carlos llama a Rabel y Guinemán
y les dice:
-Señores, os lo ordeno, tomad
los puestos de Roldán y Oliveros: lleve uno de vosotros la espada y el otro el
olifante. Cabalgad los primeros, delante de los demás, y con vosotros quince
mil franceses, todos ellos bachilleres y de los más valientes entre nuestros
valientes. Otros tantos habrán de seguiros, al mando de Gebuino y Lorenzo: El
duque Naimón y Jocerán, el conde, disponen los dos cuerpos de batalla en
arrogante formación. Cuando llegue la hora, muy dura habrá de ser la contienda.
CCXVIII
Los dos primeros cuerpos de
batalla se constituyen de franceses. Más tarde se establece el tercero,
compuesto de vasallos de Baviera: se estima su número en veinte mil caballeros.
Nunca por su lado habrá de ceder la línea de combate. Excepto los de Francia,
que conquistan los reinos, no hay gente bajo el cielo que Carlos quiera más. El
conde Ogier el Danés, buen guerrero, será su jefe, porque es muy gallarda la
tropa.
CCXIX
Cuenta ya Carlos, el emperador,
con tres cuerpos de batalla. El duque Naimón forma entonces el cuarto con
barones de gran denuedo: son oriundos de Alemania y se calcula su número en
veinte mil. Poseen buenos corceles y magníficas armas. Jamás por miedo a morir
retrocederán un paso. Herman, duque de Tracia, será su guía; antes prefiere la
muerte a cometer una villanía.
CCXX
El duque Naimón y Jocerán, el
conde, disponen que el quinto cuerpo de batalla esté compuesto por normandos.
Todos los franceses estiman su número en veinte millares. Tienen bellas armas y
buenos corceles ligeros; antes morirán que rendirse. No hay bajo el cielo
pueblo que más valga para la lid. Ricardo el Viejo los conducirá y habrá de dar
recios golpes con su afilada pica.
CCXXI
El sexto cuerpo está integrado
por bretones. Reúnense allí treinta mil caballeros, que galopan como cumplidos
barones: llevan pintadas las astas de sus lanzas y ondean en la punta los
gonfalones. El señor que los manda tiene por nombre Eudes. Llama al conde
Nevelón, a Tibaldo de Reims y al marqués Atón, diciéndoles:
-Conducid mi mesnada, os dejo
ese honor.
CCXXII
Ya tiene formados el emperador
seis cuerpos de batalla. El duque Naimón establece entonces el séptimo, con
gente del Poitou y barones de Auvernia. Habrá allí unos cuarenta mil
caballeros. Tienen buenos corceles y magníficas armas. Se reúnen aparte en un
valle, al pie de una colina y Carlos los bendice con su mano diestra. Jocerán y
Gaucelmo habrán de mandarlos.
CCXXIII
En cuanto al octavo cuerpo de
batalla, Naimón lo ha formado con flamencos y con barones de Frisia; son más de
cuarenta mil caballeros. Allí donde ellos se encuentren, jamás decaerá el
combate. Y dice el rey:
-Buen servicio me habrán de
hacer éstos.
Reinaldo y Aimón de Galicia los
conducirán como nobles caballeros.
CCXXIV
Naimón y Jocerán han formado con
valientes el noveno cuerpo de batalla. Son caballeros de Lorena y Borgoña, y
hay allí unos cincuenta mil bien contados, con el yelmo atado y vestidos con la
cota. Tienen fuertes picas, de asta corta. Si los árabes no rehuyen la lucha,
hallarán en ellos recios adversarios, cuando arremetan. Los guiará Thierry,
duque de Argona.
CCXXV
Barones de Francia integran el
décimo cuerpo de batalla. Hay allí cien mil de nuestros mejores capitanes. Gallarda
es su figura, su porte altivo; son floridas sus sienes y blancas sus barbas.
Los cubren armaduras y cotas de doble malla, y ciñen espadas de Francia y de
España. Sus bien cincelados escudos están adornados con innumerables marcas.
Han montado a caballo y piden combatir a los gritos de ¡Montjoie! Con éstos va
Carlomagno. Godofredo de Anjeo es portador del oriflama. Había pertenecido a
San Pedro y se llamaba Romano, mas cambió su nombre por el de Montjoie.
CCXXVI
El emperador baja de su caballo.
Sobre la hierba se prosterna, la faz contra la tierra. Vuélvela luego hacia el
sol naciente e invoca a Dios de todo corazón:
-¡Padre Verdadero! Defiéndeme en
este día, Tú que salvaste a Jonás del vientre de la ballena, Tú que perdonaste
al rey de Nínive y libraste a Daniel del horrible suplicio en la fosa de los
leones, Tú que protegiste a los tres niños en el horno ardiente. ¡Válgame tu
amor en este día! ¡Si te place, concédeme por tu gracia que pueda vengar a mi
sobrino Roldán!
Terminada su oración, yérguese
Carlos y traza sobre su frente el signo que fortalece. Vuelve luego a montar su
rápido corcel, cuyo estribo le han sujetado Naimón y Jocerán. Toma su escudo y
su tajante pica. Su cuerpo es noble, gallarda y airosa su apostura. Tiene el
rostro claro y sereno. Seguidamente, cabalga, firme sobre los estribos. Al
frente y a retaguardia suenan los clarines; más agudo que los otros, se eleva
el sonido del olifante. Y lloran los de Francia por la ausencia de Roldán.
CCXXVII
Gallardamente cabalga el emperador.
Su barba le cubre el pecho, fuera de la cota. Por amor a él imítanle los demás:
así habrán de reconocerse los cien mil franceses de su cuerpo de batalla.
Salvan los montes y las cumbres rocosas, los valles profundos y los siniestros
desfiladeros. Dejan atrás los puertos y las comarcas salvajes. Penetran en
España y toman posición en una planicie.
Retornan hacia Baligán sus
enviados. Un sirio le dice el mensaje:
-Hemos visto a Carlos, el rey
soberbio. Orgullosos son sus hombres y no habrán de faltarle. Armaos al punto:
libraréis batalla.
-Espléndida se anuncia -dice
Baligán-. ¡Haced sonar vuestros clarines para que lo sepan mis sarracenos!
CCXXVIII
Por todo el ejército hacen
resonar los tambores y las bocinas, y el toque agudo y claro de los olifantes.
Desmontan los infieles para armarse. No desea el emir mostrarse lento: se cubre
con su cota de faldones bruñidos y ata su yelmo guarnecido de oro y de
pedrerías. Después ciñe su espada a su costado izquierdo; en su vanidad, le ha
encontrado nombre. Como ha oído hablar de la espada de Carlos, él llama a la
suya Preciosa; tal es su grito de guerra en las batallas, y lo hace corear por
sus caballeros. Suspende después a su cuello uno de sus escudos, grande y
ancho; la bloca es de oro con los bordes de cristal; la correa es de buen paño
de seda bordado de círculos. Enarbola su pica, que llama Maltet; el asta es tan
gruesa como una maza, el hierro sería carga suficiente para un mulo.
Baligán monta sobre su caballo;
Márcules de Ultramar le ha sujetado el estribo. Tiene el esforzado muy grande
la horcajadura, las caderas estrechas y anchos los costados; amplio y bien
modelado el pecho, robustos los hombros, muy clara la tez y altanero el
semblante. Su cabello ensortijado es tan blanco como flor de primavera, y
muchas veces ha probado su denuedo. ¡Dios!, ¡qué barón, si cristiano fuera! El
emir azuza su corcel: brota clara la sangre bajo la espuela. Se lanza al galope
y salta un fosa cuya anchura puede calcularse en cincuenta pies. Los infieles
exclaman:
-¡Para defender las fronteras
está hecho este varón! ¡No hay francés que al pretender combatirlo no pierda,
quiéralo o no, su vida! ¡Muy loco está Carlos si no ha batido en retirada!
CCXXIX
El emir tiene el aspecto de un
verdadero barón. Como flor blanca es su barba. Es doctor muy sabio en su ley y
se muestra soberbio e intrépido en la lid. Su hijo Malprimís es también
cumplido caballero. Es de alta estatura y fuerte; tiene la traza de sus
antepasados.
-¡Vamos, pues, señor! ¡Adelante!
-le dice al padre-. ¡Mucho me sorprenderá que topemos con Carlos!
Y responde Baligán:
-Lo encontraremos, porque es muy
valiente. Muchas crónicas dicen de él grandes alabanzas. Pero ya no tiene a su
sobrino Roldán, no bastarán sus fuerzas para enfrentarnos.
CCXXX
Y añade Baligán:
-Malprimís, hijo gentil, el otro
día hallaron la muerte Roldán, el buen vasallo, y Oliveros, el valeroso y
noble, y con ellos los doce pares que tanto amaba Carlos. Fueron muertos veinte
mil combatientes de los de Francia. A todos los demás no les otorgo el valor de
un guante. En verdad, regresa el emperador: me lo anunció el sirio, mi
mensajero. Diez grandes cuerpos de batalla se encaminan hacia aquí. El que toca
el olifante es de gran bravura. Su compañero le responde con un cuerno de sonido
claro, y ambos cabalgan los primeros; con ellos van quince mil franceses de los
bachilleres que Carlos llama sus hijos. Tras de éstos, otros tantos se
aproximan, que muy gallardamente combatirán.
-Un don os pido -dice
Malprimís-: ¡otorgadme que sea yo quien dé el primer golpe!
CCXXXI
-Malprimís, hijo mío -responde
Baligán-, os concedo lo que me habéis pedido. Al momento acometeréis a los
franceses. Llevaréis con vos a Torleu, el rey persa y Dapamor, otro rey leude.
Si lográis echar por tierra su inmenso orgullo, os daré una parte de mi reino,
desde el Jordán hasta Valmarqués.
-¡Gracias os sean dadas, señor!
-responde Malprimís.
Se adelanta, recibe el don, la
tierra que fue del rey Florián. En mala hora la acepta: nunca había de verla.
Nunca será investido de este feudo ni llegará a poseerlo.
CCXXXII
Cabalga el emir entre las filas
de sus huestes. Su hijo, el de la alta estatura, lo sigue. Al momento, el rey
Torleu y el rey Dapamor establecen treinta cuerpos de batalla; el número de
caballeros es asombroso: el menor escuadrón cuenta con cincuenta mil. Forman el
primero los de Butrinto, y el segundo los de Misnia, de grandes cabezas; les
crecen en el espinazo, a lo largo de la espalda, cerdas como tienen los
puercos. El tercero está compuesto de nubios y de blos, y el cuarto de brucios
y de esclavones, y el quinto de sármatas y serbios, y el sexto de armenios y
moros. Forman el séptimo los de Jericó, el octavo los de Nigricia, el noveno
los kurdos y el décimo los de Balida la Fuerte. Es una raza que jamás persiguió
el bien. Jura el emir, con todos los juramentos que conoce, por los milagros de
Mahoma y por su cuerpo:
-¡Muy loco está Carlos de
Francia, que hacia nosotros cabalga! Si no la rehuye, tendrá la batalla. Jamás
volverá a ostentar la corona de oro.
CCXXXIII
Organizan después otros diez
escuadrones de combate. Está compuesto el primero de feos cananeos, que
vinieron de Valfuida a campo traviesa; el segundo de turcos, el tercero de
persas y el cuarto de petchenecos. Forman el quinto los soltras y los ávaros,
el sexto los ormaleses y los egeos, el séptimo los del pueblo de Samuel, el
octavo los de Brusa, el noveno los de Clavers y el décimo los de Occián la
Desierta: componen una turba que jamás sirvió a Dios. Nunca oiréis hablar de peores
felones. Tienen la piel tan dura como el hierro, y por eso no necesitan loriga
ni yelmo. Son recios y porfiados en la lucha.
CCXXXIV
Ha organizado el emir otros diez
cuerpos de batalla. El primero está formado de gigantes de Malprosa, el segundo
de hunos y el tercero de húngaros; el cuarto se compone de los de Baldisa la
Luenga, el quinto de los de Valpenosa y el sexto de los de Marosa. El séptimo
lo integran lituanos y astrimonios, el octavo los de Argólide, el noveno los de
Clarbona y el décimo los de Fronda, de luengas barbas. Es una turba que jamás
quiso a Dios. Los anales de los francos enumeran de esta guisa treinta cuerpos
de ejército. Imponentes son las huestes, en las que pregonan las bocinas. Los
infieles cabalgan con denuedo.
CCXXXV
El emir es señor de gran
poderío. Hace llevar ante él su dragón, el estandarte de Tervagán y de Mahoma,
y una imagen de Apolo, el felón. Diez cananeos cabalgan escoltándolos; en voz
alta van sermoneando de esta suerte:
-¡Aquel que de nuestros dioses
espere la salvación, que los sirva y los adore con todo respeto!
Los infieles inclinan la cabeza;
sus yelmos centelleantes se humillan hasta tierra.
Y dicen los franceses:
-¡Truhanes, muy pronto habrá de
llegaros la muerte! ¡Que este día siembre la confusión entre vosotros! ¡Vos,
Dios nuestro, defended a Carlos! ¡Que su nombre quede vencedor de esta batalla!
CCXXXVI
El emir es un jefe de mucho
juicio. Llama a su hijo y a los dos reyes y les dice:
-Señores barones, cabalgaréis al
frente. Habréis de tomar el mando de todos mis cuerpos de ejército, pero quiero
conservar a mi lado tres de ellos, entre los mejores: el primero de turcos, el
segundo de ormaleses y el tercero de gigantes de Malprosa. Junto a mí estarán
los de Occián; ellos acometerán a Carlos y a los franceses. Si el emperador
viene a justar conmigo, le separaré la cabeza de los hombros. ¡Créalo bien! No
habrá de caberle otra suerte.
CCXXXVII
Grandes son los ejércitos,
gallardos los cuerpos de batalla. No hay entre franceses y moros ni monte ni
valle, ni collado, ni selva ni bosque que pueda disimular una hueste: se
contemplan frente a frente, sobre la tierra llana.
Y dice Baligán:
- ¡Adelante, mis sarracenos!
¡Cabalgad para buscar la lucha!
Amborio de Oliferna es portador
de la insignia. Al verla, los infieles claman "¡Preciosa!", que es su
grito de guerra.
Y dicen los franceses:
-¡Sea este día el de vuestra
perdición! -Y añaden luego, con voz potente-: ¡Montjoie!
El emperador hace tocar los
clarines, y el olifante, que a todos conforta. Los infieles dicen:
-Magnifico es el ejército de
Carlos. Será una batalla de gran violencia y reciedumbre.
CCXXXVIII
Anchuroso es el llano y a lo
lejos se extiende la comarca. Centellean los yelmos de oro guarnecidos de
piedras preciosas, y los escudos y las cotas bruñidas, y las picas y los
gonfalones atados a los hierros. Pregonan los clarines; sus voces son muy
claras, y muy agudas las notas del olifante.
El emir llama a su hermano
Canabeu, el rey de Floredea dueño de las tierras hasta Valsevré. Le muestra los
cuerpos de ejército de Carlos y le dice:
-¡Ved el orgullo de Francia, la
celebrada! El emperador cabalga lleno de soberbia. Forma la retaguardia con
esos ancianos que ostentan sobre las armaduras sus barbas tan blancas como
nieve sobre hielo. Éstos darán recios golpes con sus espadas y sus lanzas.
Tendremos una batalla dura y encarnizada; nunca se verá otra semejante.
Al frente de sus mesnadas, más
lejos de lo que se podría arrojar una vara pelada, cabalga Baligán, gritando:
-¡Vamos, sarracenos, que yo os
señalaré el camino! Enarbola su pica, cuya punta dirige hacia Carlos.
CCXXXIX
Carlos el grande, cuando ve el
emir y el dragón, la enseña y el estandarte, y cuán poderosa es la hueste de
los árabes, y cómo cubren toda la comarca menos el terreno en que se mantiene,
exclama con sonora voz, el rey de Francia:
-Barones francos, sois buenos
vasallos; ¡en tantas grandes batallas habéis lidiado! Ved los infieles: son
felones y cobardes. Su ley no vale un dinero. Si esta turba es numerosa, ¿qué
nos importa, señores? Aquel que no quiera seguirme al instante, ¡que se vaya!
Después clava las espuelas en su
corcel. Tencedor da cuatro brincos y dicen los franceses:
-¡Este rey es un bravo!
¡Cabalgad, barones, ninguno de nosotros habrá de faltarle!
CCXL
El día es claro y centellea el
sol. Magníficos son los ejércitos, poderosos los cuerpos de batalla. Los de
vanguardia se acometen. El conde Rabel y el conde Guinemán dejan sueltas las
riendas a sus ligeros corceles y clavan con fuerza las espuelas en sus
costados. Los francos arremeten entonces al galope y corren a herir con sus
tajantes picas.
CCXLI
El conde Rabel es intrépido
caballero, Azuza su corcel con las espuelas de oro fino y ataca a Torleu, el
rey persa: ni el escudo ni la cota resisten el golpe. Le hunde en las carnes su
pica dorada y lo derriba muerto sobre unos arbustos. Los franceses exclaman:
-¡Dios nos ayude! ¡Con Carlos
está el derecho, no debemos faltarle!
CCXLI I
Lucha Guinemán contra un rey
leude. Le parte la adarga, pintada de flores; después le rompe la cota, le
hunde en la carne todo el gonfalón y, lloren por ello o se rían, lo derriba
muerto. Al contemplar la hazaña, gritan los de Francia:
-¡Herid, barones, no demoréis!
¡La razón está con Carlos contra la turba maldita! ¡Dios nos ha elegido para
defender el juicio verdadero!
CCXLIII
Malprimís es jinete de un corcel
todo blanco. Se arroja en la multitud de los franceses, y corre de uno a otro
dando recios mandobles y derribando muerto sobre muerto. Baligán es el primero
en gritar:
-¡Ah, mis barones, largo tiempo
os he mantenido! Mirad a mi hijo: ¡se esfuerza por topar con Carlos! ¡A cuántos
caballeros ha desafiado con sus armas! ¡Es vano buscar adalid más valeroso que
él! ¡Prestadle el socorro de vuestras tajantes picas!
A tales palabras, arremeten los
infieles, repartiendo recios golpes: grande es la matanza. La batalla es
prodigiosa y ruda: ni antes ni después se vio otra más violenta.
CCXLIV
Grandes son los ejércitos,
intrépidas las huestes. Todos los cuerpos de batalla han trenzado la lucha. Los
infieles atacan con singular denuedo. ¡Dios! ¡Cuántas astas partidas en dos,
cuántos escudos rotos, cuántas cotas desgarradas! La tierra está cubierta de
despojos. ¡Ah, la hierba del prado, tan verde, tan delicada!... El emir arenga
a sus hombres:
-¡Arremeted, barones, sobre esta
turba cristiana!
La batalla es dura y porfiada.
Ni antes ni después se vio ninguna de tamaña reciedumbre. No tendrá tregua
hasta la noche.
CCXLV
El emir incita a los suyos:
-¡Herid, sarracenos, que sólo
para eso estáis aquí! ¡Os daré nobles y bellas mujeres, os haré dueños de
feudos, de dominios y de tierras!
Y responden los infieles:
-Es nuestro deber hacerlo.
A fuerza de repetir los ataques,
numerosas picas se quiebran; y he aquí que se desenvainan entonces más de cien
mil alfanjes. La contienda se ha tornado dolorosa y horrible; el que se halla
entre los adversarios sabe lo que es una batalla.
CCXLVI
El emperador exhorta a sus
franceses:
-Señores barones, mucho os
estimo, tengo fe en vosotros. ¡Hartas batallas por mí librasteis,
conquistasteis muchos reinos y destronasteis monarcas! Lo reconozco, y os debo
por ello, en galardón, mi cuerpo, mis tierras y mis riquezas. Vengad a vuestros
hijos, vuestros hermanos y vuestros herederos, que en Roncesvalles hallaron la
muerte el otro día. Bien lo sabéis: la razón está conmigo contra los infieles.
Y responden los francos:
-¡Bien decís, señor!
Son veinte mil los que en torno
a él juran todos a una, por su fe, no faltarle ni en la muerte ni en la
angustia. Para ello, sabrán emplear cada uno su lanza. Al momento, acometen con
sus espadas. La batalla es prodigiosa y encarnizada.
CCXLVII
Malprimís cabalga por todo el
campo, haciendo gran matanza entre los de Francia. El duque Naimón lo mira con
fiereza y lo acomete con gran denuedo. Le rompe el brocal de su escudo, le
desgarra los dos faldones de su cota, le hunde en la carne todo su gonfalón
amarillo y lo derriba muerto entre los que yacen innumerables.
CCXLVIII
El rey Canabeu, hermano del
emir, clava fuertemente las espuelas en su corcel. Ha desnudado su espada, cuyo
pomo es de cristal. Golpea a Naimón sobre el yelmo; se lo parte en dos mitades,
cortando cinco lazos con su espada de acero. De nada le sirve el capacete; le
hiende la cofia hasta la carne y cae por tierra un pedazo. El golpe fue rudo,
el duque está como fulminado. Va a caer, mas Dios le ayuda. Con ambos brazos se
aferra al pescuezo de su montura. Si el infiel lo vuelve a herir, hallará la muerte
el noble vasallo. Para prestarle socorro se acerca Carlos de Francia.
CCXLIX
Gran angustia oprime al duque
Naimón. Y lo amenaza el infiel con repetir al instante su golpe. Carlos le
dice:
-¡Truhán, en mala hora atacaste
a ese hombre!
En su intrepidez, acude a
herirlo. Rompe el escudo del infiel y se lo aplasta contra el corazón; le parte
el ventalle de su armadura y lo derriba muerto: la silla queda vacía.
CCL
Carlomagno, el rey, está
penetrado de dolor al contemplar a Naimón herido ante sus ojos y viendo cómo se
derrama la clara sangre sobre la hierba verde. E inclinándose sobre él, le
dice:
-Gentil duque Naimón, cabalgad a
mi lado. Ya pereció el truhán que os acosaba. El cuerpo le traspasé con mi
pica.
Y responde el duque:
-Señor, en vos confío; si
sobrevivo, nada perderéis.
Después, con todo afecto y toda
fe, cabalgan juntos, y con ellos veinte mil franceses. Ni uno de éstos deja de
cortar y herir.
CCLI
El emir cabalga por el campo.
Acude a herir al conde Guinemán. Contra el corazón le aplasta su escudo blanco,
destroza los faldones de su cota, le abre en dos el pecho y lo derriba muerto
de su rápida montura. Después da muerte a Gebuino y Lorenzo y a Ricardo el
Viejo, señor de los normandos. Los infieles exclaman:
-¡Bien demuestra Preciosa su
valía! ¡Atacad, sarracenos, que hay quien vele por nosotros!
CCLII
¡Qué bello es contemplar a los
caballeros de Arabia, los de Occián, de Argólide y Vasconia cuando acometen con
sus picas! Y por su parte, no piensan los francos en romper sus filas. Muchos
contendientes de ambos bandos han hallado ya la muerte. Hasta la noche persiste
el fragor de la batalla. ¡Qué estragos ha causado entre los barones de Francia!
¡Cuántos duelos habrá antes de que tome fin!
CCLIII
Franceses y moros luchan a cual
más. ¡Cuántas astas, cuántas bruñidas picas se han quebrado! Aquel que viera
estos escudos destrozados, que escuchara resonar las blancas lorigas y rechinar
las rodelas contra los yelmos, aquel que viera desplomarse tantos caballeros y
morir tantos hombres, aullando, sobre la tierra, tendría memoria de un gran
dolor. Muy dura es de sostener esta batalla. El emir invoca a Apolo, a Tervagán
y también a Mahoma:
-Mis señores dioses: largo
tiempo fui vuestro siervo. ¡De oro puro haré esculpir todas vuestras imágenes!
Ante él se presenta uno de sus
fieles, Gemalfín, portador de malas nuevas:
-Baligán, señor -le dice-, un
gran infortunio se ha abatido sobre vos: habéis perdido a vuestro hijo
Malprimís. Y Canabeu, vuestro hermano, ha sido muerto. Dos .franceses tuvieron
la suerte de vencerlos. Creo que uno de los dos es el emperador: es un barón de
elevada estatura, cuya prestancia es propia de un paladín; tiene la barba
blanca como flor de abril.
El emir baja la cabeza, cargada
del yelmo. Se le ensombrece el rostro y es tan agudo su dolor que se siente
morir. Y llama a Jangleu de Ultramar.
CCLIV
Dice el emir:
-Jangleu, acercaos. Sois hombre
valeroso y de juicio cabal: siempre acudí a vos en busca de consejo. ¿Qué
pensáis de árabes y franceses? ¿Obtendremos el triunfo en esta batalla?
-Hallasteis la muerte, Baligán
-le es respondido-; vuestros dioses ya no han de protegeros. Carlos es altivo y
esforzados sus hombres. Jamás vi turba tan intrépida en el combate. Mas llamad
en vuestra ayuda a los barones de Occián, turcos, árabes y gigantes. ¡Sea lo
que fuere, no demoréis un instante!
CCLV
El emir ha extendido sobre su
coraza su barba blanca como la flor del espino. Sea lo que fuere, no es su
deseo ocultarse. Lleva a sus labios una bocina de timbre claro y la hace sonar
con tal fuerza que el toque llega a oídos de sus sarracenos: por todo el campo
se reagrupan sus huestes. Los de Occián rebuznan y relinchan, los de Argólide
aúllan como perros. ¡Con qué intrepidez desafían a los franceses! Arremeten en
las filas más compactas, las quebrantan y dispersan. Y después de su acometida,
quedan siete mil muertos sobre el terreno.
CCLVI
El conde Ogier no supo jamás lo
que era cobardía. Nunca cubrió una cota más cumplido caballero. Cuando ve
quebrantados los cuerpos de ejército francos, llama a Thierry, el duque de
Argona, a Godofredo de Anjeo y al conde Jocerán. Con gran fiereza exhorta a
Carlos:
-¡Ved -le dice- cómo perecen
vuestros hombres a manos de los infieles! ¡Dios no permita que ostenten vuestras
sienes la corona si no los acometéis al punto para vengar vuestra deshonra!
Nadie responde una sola palabra.
Todos clavan con fuerza las espuelas, lanzan a la carrera sus corceles y acuden
a herir al enemigo dondequiera que lo encuentren.
CCLVII
Carlomagno, el rey, asesta
prodigiosos mandobles. Y con él, Naimón el duque, Ogier el Danés y Godofredo de
Anjeo que es portador del estandarte. Y entre todos sobresale por su bravura mi
señor Ogier el Danés. Espolea su corcel, lo lanza con gran brío y acude a herir
al que lleva el dragón, con fuerza tal que al instante derriba ante sí a
Amborio, con el dragón y la enseña del rey. Contempla Baligán cómo cae su
gonfalón y se abate el estandarte de Mahoma. Entonces comienza a comprender el
emir que el error lo acompaña y que el derecho va con Carlomagno. Los infieles
de Arabia se aprestan a la retirada. El emperador exhorta a sus franceses:
-¡Decid, barones, por Dios, si
habréis de socorrerme! Y los francos responden:
-¿Por qué preguntarlo? ¡Felón es
quien no luche a porfía!
CCLVIII
Declina el día y ya se acerca el
crepúsculo. Francos e infieles combaten con sus espadas. Los que han hecho
enfrentarse estos ejércitos son ambos valerosos. No echan a olvido su divisa:
-¡Preciosa! -exclama el emir.
Y Carlos le responde con su
célebre grito de guerra:
-¡Montjoie!
Los dos se reconocen por sus
voces altas y claras. En medio del campo se topan y se desafían, cambiando
recios golpes de pica sobre sus adargas adornadas con círculos. Ambos parten la
del adversario por debajo de los anchos brazales; los faldones de las dos cotas
se desgarran, pero los combatientes no reciben herida en su carne. Se rompen
las cinchas, resbalan las sillas y caen ambos reyes. En el suelo, se incorporan
con presteza y desnudan intrépidamente sus espadas. Nadie habrá de interponerse
en este combate; no podrá tener término hasta que no perezca uno de los dos
hombres.
CCLIX
Carlos, el de la dulce Francia,
es de singular bravura, y el emir no le tiembla ni se atemoriza. Enarbolan sus
espadas desnudas y descargan sobre sus escudos recias estocadas. Parten los
cueros y las maderas, que son dobles; los clavos se desprenden, los brazales
vuelan en pedazos. Después, a cuerpo limpio, se golpean sobre sus corazas. De
sus yelmos claros salen chispas. No ha de terminar esta lucha sin que uno de
los dos reconozca su error.
CCLX
Dice el emir:
-¡Carlos, vuelve en ti!
¡Resígnate a mostrarme tu arrepentimiento! En verdad, has dado muerte a mi hijo
y es gran injusticia que quieras despojarme de mi tierra. Conviértete en mi
vasallo y ríndeme pleitesía, y ven después conmigo a Oriente para servirme.
Y responde Carlos:
-A fe que sería cometer gran
villanía. No debo otorgar a un infiel ni paz ni amor. Acepta la ley que nos
reveló Dios, la ley cristiana: de este modo te amaré al instante. Después
confiesa y sirve al rey Todopoderoso.
-¡Mal sermón me estás
predicando! -dice Baligán. Y seguidamente reanudan su lucha con la espada.
CCLXI
El emir es de gran vigor. Hiere
a Carlomagno sobre su yelmo de acero oscuro, lo quiebra sobre su cabeza y lo
hiende. La hoja penetra hasta la cabellera y corta un palmo entero de carne, o
más; el hueso queda al descubierto. Carlos se tambalea y por poco cae a tierra.
Pero Dios no quiere que sea muerto ni vencido. San Gabriel retorna hacia él y
le pregunta:
-Rey magno, ¿qué haces?
CCLXII
Cuando Carlos escucha la santa
voz del ángel, desecha todo temor; sabe que no habrá de perecer. Al momento
recobra vigor y discernimiento. Golpea al emir con la espada de Francia. Le
parte el yelmo, en el que fulguran las gemas, le abre el cráneo, derramándole
los sesos y, luego de hendirle la cabeza toda hasta la barba blanca, lo derriba
muerto sin esperanza.
-¡Montjoie! -grita después, para
reunir a sus hombres. Al oírlo, acude el duque Naimón; sujeta a Tencedor y el
monarca lo monta nuevamente. Los infieles se dan a la fuga. Dios no quiere que
puedan resistir. Al fin alcanzaron los franceses la anhelada meta.
CCLXIII
Huyen los infieles, porque tal
es el deseo de Dios. Los francos les dan caza, conducidos por el emperador, y
éste les dice:
-Señores, vengad vuestros
duelos, dad rienda suelta a vuestra ira; esclarézcanse vuestros corazones
porque esta mañana he visto vuestros ojos llenos de lágrimas.
Los francos responden:
-¡Así hemos de hacerlo, señor!
Todos asestan recios mandobles,
tantos como pueden. Muy pocos infieles habrán de escapar, de entre los que allí
se encuentran.
CCLXIV
El calor es sofocante y se
levantan nubes de polvo. Huyen los infieles, acosados por los franceses. La
caza no termina hasta Zaragoza.
Abraima ha subido a lo alto de
su torre, y con ella están los monjes y sacerdotes de la falsa ley, que nunca
fue grata a Dios: no fueron ordenados ni ostentan tonsura. Cuando contempla la
singular derrota de los árabes, exclama en alta voz:
-¡Mahoma, acórrenos! ¡Ah, rey
gentil, vencidos han sido nuestros hombres! El emir fue muerto, ¡y cuan
afrentosamente!
Cuando la oye Marsil, se vuelve
hacia la pared; sus ojos derraman llanto y deja caer su cabeza. Ha muerto de
dolor, cargando con sus pecados. Y los demonios se llevan su alma.
CCLXV
Han perecido los infieles, y
Carlos es vencedor de la batalla. Ha derribado la puerta de Zaragoza: sabe que
nadie habrá de defender la ciudad. Toma posesión de ella, sus tropas la
invaden: por derecho de conquista, allí pernoctarán sus soldados. El rey de la
barba blanca se muestra pleno de orgullo. Abraima le ha rendido las diez torres
mayores y las cincuenta pequeñas. Aquel que obtiene la ayuda de Dios lleva a
buen término sus empresas.
CCLXVI
Pasa el día; es ya noche
cerrada. Luce clara la luna y fulguran las estrellas. El emperador ha tomado
Zaragoza. Mil franceses han sido encargados de reconocer a fondo la ciudad, sus
sinagogas y sus mezquitas. Con mazas de hierro y grandes hachas destrozan las
imágenes y todos los ídolos: no perdurará allí ningún maleficio ni sortilegio.
El rey cree en Dios; quiere servirlo debidamente, y sus obispos bendicen las
aguas. Hace llevar a los infieles hasta el baptisterio; si alguno resiste ante
Carlos, el rey lo manda colgar, o le da muerte por el fuego o el acero. Más de
cien mil se vuelven verdaderos cristianos por el bautismo, excepto la reina,
que será conducida a Francia, la dulce, en cautiverio: el rey quiere que se
convierta por amor.
CCLXVII
La noche pasa, despunta el claro
día. En las torres de Zaragoza, Carlos ha dejado una guarnición. Son mil
caballeros de probado valor los que guardan la plaza en nombre del emperador.
El monarca monta su corcel; todos sus hombres lo imitan, y también Abraima, que
lleva en cautiverio; mas tan sólo bien quiere hacerle. Ya retornan, henchidos
de orgullo y alegría. Ocupan Narbona por la fuerza y prosiguen su camino.
Carlos llega a Burdeos; sobre el altar del barón San Severino, deposita el
olifante, repleto de oro y de monedas: los peregrinos que allí van pueden verlo
aún. Cruza el Girona en las grandes naves que allí encuentra. Hasta Valle ha
llevado a su sobrino, y a Oliveros, su noble compañero, y al arzobispo, que fue
juicioso y denodado. En blancos ataúdes mandó colocar los tres paladines; allí,
en San Román, yacen los valientes. Los francos los encomiendan a Dios y a sus
santos.
Por valles y montes avanza
Carlos; hasta Aquisgrán no quiere detenerse. Tanto cabalga que al fin desmonta
en el atrio. En cuanto llega a su real palacio, envía mensajeros a sus jueces,
con orden de presentarse ante él. Llama a los bávaros, los sajones, loreneses y
frisones, y también a los alemanes, los borgoñones, los del Poitou, Normandía y
Bretaña, y los de Francia, que entre todos descuellan por su prudencia.
Entonces da comienzo el juicio de Ganelón.
CCLXVIII
Ha retornado de España el
emperador. Llega a Aquisgrán, el mejor dominio de Francia. Sube al palacio y
penetra en la sala. Y he aquí que sale a recibirlo Alda, una doncella de gran
belleza. Dícele al rey:
-¿Dónde está Roldán, el adalid,
que juró tomarme por esposa?
Carlos se siente pleno de dolor
y pesadumbre. Llora y se mesa la barba blanca, y responde:
-¡Hermana, amiga querida! ¿Por
quién preguntas? Por un muerto. Mas yo haré por ti el mejor cambio: Luis será
tu prometido. No sé qué decirte que más pueda agradarte. Es mi hijo; él será el
heredero de mis dominios.
-Singulares son vuestras
palabras -responde Alda-. ¡No plegué a Dios, ni a sus santos ni a sus ángeles,
que sobreviva a Roldán!
Pierde el color y cae a los pies
de Carlomagno. Ha muerto al instante; ¡Dios se apiade de su alma! Los barones
franceses no escatiman por ella llanto y lamentaciones.
CCLXIX
Alda, la bella, ha llegado a su
fin. El rey cree que se ha desmayado, y llora conmovido. La toma de las manos,
la levanta. Mas la cabeza se inclina sobre los hombros. Cuando ve Carlos que
está muerta, llama al punto a cuatro condesas. La llevan a un convento de monjas
y la velan toda la noche, hasta el alba. Junto a un altar, la entierran con
gran pompa. El rey le ha hecho grandes honras fúnebres.
CCLXX
El emperador retorna a
Aquisgrán. Ganelón, el vil, cargado de cadenas de hierro, está en la ciudad,
ante el palacio. Los siervos lo han atado a un poste; le aprisionan las manos
con correas de cuero de gamo y lo apalean fuertemente con estacas y bastones.
No ha merecido otra suerte. Con gran sufrimiento, espera su juicio.
CCLXXI
Está escrito en la Gesta antigua
que Carlos mandó venir a sus vasallos de todos los países. Están reunidos en
Aquisgrán, en la capilla. Es el gran día de una fiesta solemne, la del barón
San Silvestre, al decir de muchos. Entonces da comienzo el juicio, y he aquí lo
que acaeció al traidor Ganelón. El emperador lo ha hecho arrastrar ante él.
CCLXXII
-Señores barones -dice
Carlomagno, el rey-; juzgadme a Ganelón según derecho. Él me siguió con el
ejército hasta España: me ha arrebatado veinte mil de mis franceses, y mi
sobrino, que nunca más veréis, y Oliveros, el esforzado y cortés; ha
traicionado a los doce pares por dinero.
Dice Ganelón:
-¡Caiga la deshonra sobre mí, si
trato de ocultarlo! Roldán me perjudicó en mi oro y en mis bienes, y por eso
busqué su muerte y su ruina. Mas no concedo que exista en ello la menor
traición.
-Habremos consejo -responden los
francos.
CCLXXIII
Ante el rey, permanece erguido
Ganelón. Tiene gallardo el cuerpo y de buen color el semblante; si fuera leal,
se le tomaría por un caballero. Mira a los de Francia, a todos los jueces y a
treinta de sus parientes que responden por él; después grita con voz alta y
fuerte:
-¡Por el amor de Dios, barones,
escuchadme! Con el ejército, señores, seguí al emperador. Lo servía con buena
fe y amor. Roldán, su sobrino, me tomó aversión y me condenó a la muerte y al
dolor. Fui enviado como mensajero al rey Marsil, mas por mi habilidad logré
salvarme. Desafié al valeroso Roldán y a Oliveros, y a todos sus compañeros:
Carlos y sus nobles barones escucharon mis palabras. ¡Tomé venganza, mas no
traicioné!
-Habremos consejo -responden los
francos.
CCLXXIV
Ganelón ve que ha dado comienzo
su gran juicio. Treinta de sus parientes están allí, con él. A uno de ellos
recurren todos los demás; es Pinabel, del castillo de Sórnese. Discurre bien y
sabe decir sus razones como conviene. Es valeroso cuando se trata de defender
sus armas. Dícele Ganelón:
-¡Amigo, arrancadme a la muerte!
¡Apartadme de este juicio!
-Pronto estaréis salvado
-responde Pinabel-. Si hay un francés que juzgue que merecéis la horca,
pónganos frente a frente en el campo el emperador: mi espada de acero le dará
el mentís.
Ganelón, el conde, se inclina a
sus pies.
CCLXXV
Bávaros y sajones han entrado en
consejo, y también los del Poitou, de Normandía y de Francia. Hay allí gran
número de alemanes y germanos; los de Auvernia son los más corteses. Bajan la
voz a causa de Pinabel y se dicen los unos a los otros:
-Conviene dejar así las cosas.
Suspendamos el juicio y roguemos al rey que absuelva por esta vez a Ganelón;
que éste lo sirva en el futuro con toda lealtad y todo amor. Roldán está
muerto, nunca más lo verán nuestros ojos; ni oro ni riquezas podrán
devolvérnoslo. ¡Gran locura cometería quien quisiera combatir!
Ni uno solo de los presentes
deja de aprobarlo, excepto Thierry, el hermano de monseñor Godofredo.
CCLXXVI
Hacia Carlomagno vuelven sus
barones, y dicen al rey:
-Señor, os lo suplicamos,
absolved al conde Ganelón. ¡Que os sirva en el futuro con todo amor y toda
lealtad! Perdonadle la vida, porque es muy noble señor. Ni oro ni riquezas
habrían de devolveros a Roldán.
Y les responde el rey:
-Sois unos felones.
CCLXXVII
Cuando ve Carlos que todos le
han fallado, baja la cabeza, presa de dolor, y exclama:
-¡Desdichado de mí!
Mas he aquí que ante él se
presenta un caballero, Thierry, hermano de Godofredo, un duque angevino. Tiene
delgado el cuerpo, menudo y esbelto; los cabellos negros, y moreno el rostro.
No es demasiado alto, pero tampoco de corta estatura. Dice cortésmente al
emperador:
-Buen rey y señor, no os apenéis
de ese modo. Os he servido durante largos años, bien lo sabéis. Por fidelidad
al ejemplo que me dieron mis antepasados, es mi deber sostener la acusación en
este juicio. Aun si Roldán hubiera perjudicado a Ganelón, hallábase a vuestro
servicio: eso debía bastar para su salvaguardia. Felonía cometió Ganelón al
traicionarlo: contra vos se mostró perjuro y vil. Por esto juzgo yo que merece
la horca y la muerte, y su cuerpo debe ser tratado como el de un felón que
traicionó. Sí tiene un pariente que me quiera desmentir, quiero defender al
instante mi juicio con esta espada que llevo ceñida.
-Bien dijisteis -exclaman los
francos.
CCLXXVIII
Ante el rey avanza Pinabel. Es
alto y robusto, de gran valor y agilidad; el que reciba un golpe de él, habrá
llegado a su fin. Dícele al rey:
-Señor, es ésta vuestra
audiencia: ¡ordenad, pues, que no se haga tanto ruido! Veo aquí presente a
Thierry, que ha dado su juicio. Yo deseo desmentirlo y combatiré contra él.
Le entrega al rey, en el puño,
un guante de piel de ciervo; es el de la mano derecha.
El emperador responde:
-Exijo buenos rehenes.
Treinta parientes se ofrecen en
leal garantía.
-Os pondré a vos en libertad
bajo caución -dice el rey a Pinabel.
Coloca bajo severa guardia a los
rehenes hasta que se haga justicia.
CCLXXIX
Al ver Thierry que habrá de
combatir, presenta a Carlos su guante derecho. El emperador lo pone en libertad
bajo caución, y luego hace disponer cuatro bancos en la plaza. En ellos toman
asiento los que habrán de enfrentarse. Al juicio de todos, se han desafiado
según las reglas. Ogier de Dinamarca es el que ha acordado el doble reto.
Después piden los adversarios sus caballos y sus armas.
CCLXXX
Puesto que están dispuestos a contender,
ambos se confiesan, y son absueltos y bendecidos. Escuchan sus misas y reciben
la comunión. Dejan a las iglesias cuantiosas ofrendas. Después, los dos vuelven
ante Carlos. Han calzado sus espuelas, se cubren con sus blancas lorigas,
fuertes y ligeras, y se atan sus claros yelmos. Ciñen sus espadas, cuyas
empuñaduras son de oro puro, cuelgan de sus cuellos los escudos acuartelados,
toman en el puño diestro sus tajantes picas y se acomodan en las sillas de sus
rápidos corceles. Entonces vierten llanto cien mil caballeros, que por amor a
Roldán, se apiadan de Thierry. Mas Dios sabe bien cómo terminará esto.
CCLXXXI
Bajo Aquisgrán es muy espaciosa
la pradera; allí habrán de enfrentarse los dos barones. Ambos son animosos y de
gran denuedo, y sus corceles se muestran ligeros y briosos. Los espolean con
fuerza y dejan sueltas las riendas. Con todo ímpetu corren al ataque. Los
escudos se rompen y vuelan en pedazos; se desgarran las lorigas, estallan las
cinchas. Las monturas resbalan y caen por tierra las sillas. Y cien mil hombres
lloran al contemplarlos.
CCLXXXII
Los dos caballeros han dado
contra el suelo. Prestamente se incorporan sobre sus pies. Pinabel es robusto,
ágil y ligero. Se provocan el uno al otro; ya no tienen sus corceles. Con sus
espadas guarnecidas de oro puro, se golpean repetidamente los yelmos de acero.
Son tan recios los mandobles que terminan por partirlos. Gran angustia oprime a
los caballeros franceses. Y Carlos exclama:
-¡Ah, Dios mío! ¡Haced que
resplandezca el derecho!
CCLXXXIII
Pinabel dice:
-¡Date por vencido, Thierry!
Seré tu vasallo con toda lealtad y todo amor; a tu antojo te colmare de mis
riquezas, ¡mas logra un acuerdo entre el rey y Ganelón!
-No tardará mi decisión
-responde Thierry-. ¡Quede yo deshonrado si consiento en ello! ¡Que en este día
señale Dios el derecho entre nosotros!
CCLXXXIV
Dice Thierry:
-Pinabel, muy denodado eres; te
muestras alto y robusto, tus miembros están bien modelados y tus pares conocen
todos tu valor: ¡renuncia a esta contienda! Te reconciliaré con Carlomagno. En
cuanto a Ganelón, se le hará justicia, ¡y en forma tal que se hablará de ella
hasta el fin de los días!
-¡No plegué a Dios, nuestro
Señor! -responde Pinabel-. Quiero sostener a todos mis parientes. No me rendiré
a ningún hombre vivo. ¡Prefiero morir a merecer tal reproche!
Y recomienzan a herir con sus
espadas los yelmos incrustados de oro. Al cielo brotan las claras centellas.
Nadie podría separarlos. No puede terminar este combate sin la muerte de un
hombre.
CCLXXXV
Pinabel de Sorence ostenta gran
denuedo. Hiere a Thierry sobre el yelmo de Provenza. Saltan chispas, la hierba
se enciende. Le presenta la punta de su hoja de acero, que se desliza por su
frente y por su rostro. La mejilla derecha quedó ensangrentada. Le hiende la
cota hasta más abajo del vientre. Dios lo protege. Pinabel no lo ha derribado
muerto.
CCLXXXVI
Advierte Thierry que está herido
en el rostro. Su sangre se derrama clara sobre la hierba del prado. Golpea a
Pinabel sobre su yelmo de acero bruñido, lo parte y lo hiende hasta el nasal.
Hace derramarse los sesos del cráneo; sacude la hoja en la herida y lo derriba
muerto. Por este lance obtiene la victoria en la batalla. Los franceses gritan:
-¡Dios hizo un milagro! Es
justicia que Ganelón sea ahorcado, y con él los parientes que han respondido
por él.
CCLXXXVII
Cuando Thierry hubo ganado la
pelea, viene hacia él el emperador Carlos. Cuatro de sus barones lo acompañan:
el duque Naimón, Ogier de Dinamarca, Godofredo de Anjeo y Guillermo de Blaye.
El rey ha estrechado a Thierry entre sus brazos. Con las anchas pieles de marta
de su manto, le enjuga el rostro; después lo arroja y se cubre con otro. Con
grandes cuidados desarman al caballero. Lo izan en una mula árabe y lo llevan
alegremente y con gran aparato. Retornan a Aquisgrán los barones y echan pie a
tierra en la plaza. Entonces da comienzo la ejecución de los otros.
CCLXXXVIII
Llama Carlos a sus duques y a
sus condes, y les dice:
-¿Qué me aconsejáis hacer con
los que he retenido?
Habían venido a las cortes para
defender a Ganelón, y se han entregado como rehenes de Pinabel.
-Ninguno tiene derecho a la vida
-responden los francos.
El rey llama a Basbrún, un
veedor a su servicio, y le dice:
-Ve y ahorca a esos del árbol maldito.
Por esta barba de pelos encanecidos, si se escapa uno solo, hallarás muerte y
perdición.
-¿Qué otra cosa podría hacer?
-responde Basbrún. Con cien sargentos, los arrastra a viva fuerza; son treinta
los que perecieron por la horca.
El que traiciona pierde a los
otros consigo.
CCLXXXIX
Entonces se retiran bávaros y
alemanes, potevinos, bretones y normandos. Todos están de acuerdo, y los
franceses los primeros, en que Ganelón debe perecer en medio de terrible
angustia.
Se traen cuatro corceles, y a
ellos se atan los pies y manos de Ganelón. Los caballos son veloces y briosos.
Ante ellos, cuatro sargentos los azuzan hacia un arroyo que atraviesa el campo.
Ganelón ha llegado a su perdición. Todos sus nervios se distienden, todos los
miembros de su cuerpo se desgarran; sobre la hierba verde se derrama clara su
sangre. Ha hallado Ganelón la muerte que merece un felón probado. Cuando un
hombre traiciona a otro, no es justo que saque de ello vanidad.
CCXC
Cuando hubo tomado venganza el
emperador, llama a sus obispos de Francia, de Baviera y Alemania, y les dice:
-Mora en mi casa una noble
prisionera. Ha escuchado tantos sermones y parábolas, que desea creer en Dios y
pide hacerse cristiana. Bautizadla, para que vaya a Dios su alma.
-Encontradle madrinas -responden
ellos.
En las fuentes de Aquisgrán es
bautizada la reina de España; le han puesto por nombre Juliana. Cristiana se ha
hecho por verdadero conocimiento de la santa ley.
CCXCI
Cuando hizo justicia el
emperador y apaciguó su gran enojo, convirtió a Abraima al cristianismo.
Huye el día, la noche se torna
oscura. El rey se ha retirado a su aposento abovedado. Por mandato de Dios, San
Gabriel viene a decirle:
-¡Carlos, alza tus ejércitos por
todo tu imperio! Irás de viva fuerza a la tierra de Bira a socorrer al rey
Viviano en su ciudad de Orfa a la que han puesto sitio los infieles. ¡Allí te
llaman y te invocan los cristianos!
El emperador hubiera deseado no
ir.
-¡Dios! -exclama-. ¡Cuántos
sinsabores trae mi vida!
Brotan lágrimas de sus ojos y se
mesa su barba blanca.
Ci falt la geste que Turoldus
declinet.
[Aquí termina la gesta que
Turoldo firma.]
FIN
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