Y el día que se acaben las palabras
¿qué va a ser de nosotros?
porque ellas, obedientes, vienen dóciles,
pero de tanto y tanto acariciarlas
para hacerles decir lo que queremos
y de tanto cargarles las reliquias
de un amor insaciable,
las estamos gastando y abrumando,
desfigurando de transfigurarlas.
Y ellas no pueden más, las pobres
y ya casi inservibles de tan fieles.
Las palabras se agotan, se marchitan,
y detrás de ellas lega la amenaza
de la mudez.
Y el día que se acaben, que se callen
de pura inefabilidad
¿cómo continuará nuestro amor trágico?
Desprevenidos nos sorprenderá
la estación de la muda.
Hay otro idioma eterno, inagotable,
el que debimos aprender
y no estudiamos nunca. A su crujiente
playa de sal nos acercamos trémulos
sin atrevernos a sus verdes aguas.
Es el mar de la música
o la esponja total -luces y abismos
para el abismo y la luz única
del deseo de amor y de la entrega-.
Allá donde los bosques, las montañas,
las rocas,las arenas de poesía
se desesperan, loco finisterre,
allá nace y resuena y muere y nace
la lengua del amor supremo,
del dolor y la súplica infinita,
la que sabe decir lo que ni el labio
ni la mente conciben o articulan,
la que crea el amor y en él se crece
y se descrece,
y es del amor creída y escuchada.
Pero tú y yo nada sabemos
de sus frases, sus ondas evasivas,
de cómo se moldean y se inventan.
Y amordazados vamos al prodigio
de lo que otros amantes más felices
se dijeron cantando.
Y revolvemos ráfagas o folios,
las cartas a elegir del "Secretario
de los enamorados, esa música
a Clara o a maría destinada,
y la hacemos decir tras lo que dice
-los que nuestro cielo intransferible
nos abre en flor- la otra humilde letra,
el escucho al oído: "Te amo siempre"
"voy contigo a la muerte y no la temo,
"Ayer tarde ¿por qué no me mirabas?"
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