Callar, callar. No callo porque quiero,
callo porque la pena se me impone,
para que la palabra no destrone
mi más hondo silencio verdadero.
Reina el silencio, el obrador austero
que un puente entre dos músicas compone,
para que el labio enmudecido entone
hacia dentro, hasta el pozo, el salmo entero.
Yo bien quisiera abrir el sello el borde,
desligar a las aves del acorde
y en volador arpegio darles cielo,
si no temiera que al soltar mi rama
en vez del dulce cántico del celo
sonara la palabra que no ama.
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