Disimulada y frágil como un nido
eres desde la paz de tus andenes,
libre de humo y carbón, limpia de ruido,
la estación de los sueños y los trenes.
Emigran y regresan por tus vías
vagones con apero de labranza,
locomotoras de olvidados días,
dulces viajeras rumbo a la esperanza.
Tú a todos muda y casta los acoges,
los despides,sensible al desconsuelo,
y grabas en su alma -íntimos bojes-
la sonrisa,la lágrima,el pañuelo.
Por ti se va, no a la ciudad doliente,
sino al largo,torcido laberinto
del mundo. Soledades del ausente
vendrán luego a morir en tu recinto.
Viajeros del amor y la fortuna
de ti hicieron la llave de sus sueños.
Crujió la cerradura. En parte alguna
vieron cuajar los sueños halagüeños.
No, tren mansucto de orden e ironía
que vas rezando el hilo del trayecto.
Tú eres cause ejemplar de la poesía,
motivo a la presión del intelecto.
Los entresueños de la madrugada
son tus leyes,divinos acarreos
entre pinos de línea torsionada,
por las trincheras de color burdeos,
sobre la recta esbelta del viaducto
cuyo fragor avisa el fin del viaje,
invitado a gozar -breve usufructo-
los líricos abismos del paisaje.
Momento que el zagal contempla absorto
desde el arroyo, la cabeza alzada:
el verde de hojalata del tren corto,
puente violeta y piedra sonrosada.
Estación de la paz. Viajes beatos
de luminosa, inmarcesible estela.
En mi álbum de paisajes y retratos
los vuestros guardo en múltiple acuarela.
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