Lo sabes de memoria. Como el viejo piloto
o el pastor de las cumbres conocen sus estrellas,
así tú reconstruyes con los ojos cerrados,
entre los troncos fieles,los ecos de tu huellas.
El bosque es el palacio de tus sueños de niña,
habitado de trasgos y de benignas hadas.
Y cuando ahora recorres sus claros laberintos
vuelve el sueño a posársete, ave de alas plegadas.
Son loa árboles tuyos, hijos del Pirineo,
hermanos de los míos, de cántabro linaje.
El rosario de vértebras de ese saurio o coloso
de punta a punta cruje mensajes del paisaje.
Son los fresnos esbeltos, avellanos y escobios,
los nogales solemnes y estrellados castaños,
las sonajas altísimas del álamo y del chopo,
la paciencia del olmo a través de los años.
Más arriba los pinos de dolientes agujas,
los robles y el encaje de sus hojas dorando,
los azules abetos de isósceles pirámides,
las hayas aún sonoras del cuerno de Rolando.
Cuando vuelves a casa con las pupilas claras
de los pozos de cielo sorbido entre malezas,
me tiendes tus dos manos ya casi vegetales,
olorosas al beso ciego de las cortezas.
Ven, mi reina del bosque; ven, mi infantina errante.
¿No sientes en tu planta un tiron de raíces?
Di a las locas ardillas, curiosas comadrejas
que en el huerto heredado tambien somos felices.
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