Ese colegial tímido de resplandor trigueño
en la cabeza fina como hueso de fruta
es un torero nuevo de Sevilla la vieja
que los rancios saberes perpetúa y destila.
Nadie sabe en que aulas cursó trivio y cuadrivio.
Dicen que al matadero, como un Rembrandt obseso,
acudía a leer en las moradas vísceras
y en las rojas el signo de su fausto planeta.
Niño entre los doctores de la ciencia jifera
-qué escena para un lienzo soberbio de Velázquez-
junto a los rostros crueles del satánico oficio
asoma el suyo apenas florido de pelusa.
Mas vedle hecho ya "un otro Marte",la noble espada,
no el cuchillo de cachas, en la diestra ya ungida,
y la borla suprema de la saya escolástica
como un nimbo simbólico tras la dorada frente.
Hacia el toro estatuado,solemne se encamina.
Un paso,dos,tres,cuatro y una orden desdeñosa.
El zaíno le observa,le calcula,le rumia
y en su confusa noche de herido instinto aguarda.
Y ahora ya no son pasos.Es la carrera alegre
desde lejos y el súbito,encarnizado arranque
del receloso bruto. Ya es Marte contra Júpiter.
Qué colisión -angustia- de dos lanzadas órbitas.
Mas no. La suerte pudo salvarse a puro riesgo.
La astrología pinta con firme pulso zurdo
el arco del destino.Las entrañas no mienten.
Y Pepe Luis sonríe ante la obra perfecta.
La esencia de un toreo de cristal fino,fino,
la elegancia ignorándose de la naturaleza,
la transparencia misma hallaron ya su cause.
Y bajo el sol de España hay torero nuevo.
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