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martes, 7 de junio de 2011

El Intruso

¿Por qué,dime, te obstinas
en cantar la ciudad que ya no es tuya?
Sube a cualquiera de sus dos colinas
-altos senos de amor-.Y en torno lanza
tu mirada amorosa.
Nada ves que no fluya
-declive lento,dulce lontananza-
camino eterno de la madre ociosa.
La que tanto en silencio acariciaste
variada corteza,
te permanece,hielo de belleza.
Mas las minas del agua que anhelaste,
que sediento bebiste,
son otras que en perpetua,alada fuga,
sacian labios novicios de amor triste,
mojan y besan frentes sin arruga.

La ciudad que fue tuya
sabe vengarse del que la abandona.
Por eso,aunque su faz te restituya,
te niega el corazón y te traiciona.

Si te atreves al fin, anda,penetra,
salva sus puentes,rompe sus murallas.
Ya estás,intruso,adentro
y tu leyenda propia, letra a letra,
te ha salido al encuentro.
Ya eres fantasma,sueño,anacronismo,
incógnita escolar,blanco guarismo.
ciego apóstol,arcángel de arquivolta,
atormentado medallón barroco,
que una mano piadosa y erudita
quiso salvar de ruina o de revoco.

Con qué garras de náufrago te abrazas
al fontanal rumor de espumas nuevas
y en vahos de tahona te compruebas
y en auras de tomillo te adelgazas.

Al muro aquél,frontón de un sueño viejo,
lanzas tu parabólica pelota
y otra vez rebotando del espejo
el duro proyectil tu mano embota.
La esquina de la plaza
ahí está,como entonces,alta prora,
reloj de sombra que proyecta y traza
la arista resbalada de la hora.
Hierbas de olivo crecen entre guijas,
ornato de la lonja solitaria,
y en una losa verdes lagartijas
laten al sol su insignia nobiliaria.



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