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jueves, 30 de junio de 2011

{44} Oda a Belmonte 1º

¿Qué dice o cuenta o canta
al relance solemne de la noche
el ancho río en cláusulas de espumas?
¿Qué nuvos peces mágïcos levanta,
voltea,tuerce el sesgo
en diagonal regata y desvarío?
La luna,el campo,el río.
¿Voces? Silencio.El aire en los juncares.
No es nada. Nadie. ¿Bultos? Algo brilla
por la crujiente orilla,
pisa,tantea.Luces de alamares
-plata fluvial-escurren
los resbalados peces en cuadrilla,
mitologías,cielos de arrabales.
Constelados,desnuos,
se filtran,pierden entre los jarales.
Relumbra el río ya listos escudos
y la luna mirándose se peina
en larga,larga pausa,perezosa,
con su mano estrellada de virreina.


Mas ¿quién de nuevo tañe
el trémuo secreto
de tu guitarra, oh Betis, bien templada?
La rítmica de un polo
se apaga y surte, fresca ya y precisa;
y -delfín o prodigio- el agua irisa
a alterno brazo un bulto escaso y solo.
Ya retumba y resuena
la hueca palma y el vivaz jaleo,
cuando de pronto surge el centello
de un dios chaval pisando en el arena.
Sólo el ojo augural de la lechuza
pudo copiar en su redondo ozogue,
del Ulises adánico que cruza
la furtiva evasión entre las cañas,
sin que nadie,ni el viento,la interrogue.
Allá va el robinsón de las Españas,
raptor de ninfas,vangador de Europas,
sin más armas ni ropas
que un leve hatillo,incólume del río.
Allá va solo.Tarde llegó adrede
a la cita del barrio y la cuadilla.
Sentirse solo en el herbal bravío
de la marisma,leguas de Sevilla,
qué negra suerte, ay Espartero mío.


Lejos,cerca, reposan,
al selenio fulgor bien modeladas,
las moles prietas,grávidas,lustradas
que continencia y que vigor rebosan.
Son los toros tremendos,
negros de pena,cárdenos,berrendos.
Y asaltando la cerca,
al más cierto,concreto y dibujado,
tremolando un jirón ensangrentado,
el mozuelo se acerca.
Despierta,escucha,mira, se incorpora,
crece el toro solemne,
y alarga la testuz aterradora,
coronada e indemne.
Enfrente el diosecillo
desnudo,inerme, solo:un torerillo
Y la fiera se extiende y se agiganta,
y de fe ciego, la quijada hundida
y su inmóvil planta
-qué ritmo de liturgia no aprendida-
el doncel le adelanta
y el brazo y le bendice la salida.




La arrebolada en sus rubores luna
se asoma,presidenta, a su baranda.
Un toro y Juan Belmonte.
Y otro testigo, acaso y de fortuna,
porque a gozar la pugna heroica y terca
el bético horizonte
sus barreras acerca.
Pasa el toro en tropel y terremoto.
Y la vid se centra
en cada lance y ahíncase y e adelanta
y silva el aire desgarrado y roto
y olvida el tiempo su onda cosmogónica
y se cuaja y se embota,espeso,ciego,
en cada ensimismada,honda verónica.
Escultor de sí ismo, al tiempo pudo
alzarse,bloque,y suspenderse,nudo.


La faena concluye
y el agua otra vez fluye
y el horizonte,lánguido, se aleja
y se duerme la luna,suspirando,
tras de bien clausurar cancela y reja.
(Triana,sin saber por qué,llorando)

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